Telegrafía y Telefonía

marzo 18, 2018 on 11:56 am | In colección, hist. telecomunicaciones | 1 Comment

Adolfo García Yagüe | La necesidad de comunicarse es tan antigua como la humanidad. La capacidad de generar diferentes sonidos y, a cada uno de ellos, darle un significado nos permitió comunicar al resto lo que nos rondaba por la cabeza. Esta forma de comunicación basada en nuestra voz, tan básica y natural, tenía una importante limitación relacionada con la distancia. Si esta aumentaba entre los interlocutores, las dificultades de escucha se presentaban. Por esta razón recurrimos al uso de señales y el sonido de nuestra voz quedó solo para comunicaciones muy próximas. Las señales nos permitieron llegar más lejos. Solo había que poner, entre emisor y receptor, a alguien que supiera interpretar las señales y se encargara de reenviar el mensaje. Esa interpretación requería de una codificación en la que cada letra o palabra se representaba por una secuencia limitada símbolos que podían ser vistos en la distancia. Así nacieron las primeras “comunicaciones ópticas” y hablamos de telegrafía óptica.

Aquella telegrafía óptica era flexible y los militares se dieron cuenta de ello. Si el campo de batalla así lo exigía, rápidamente podían mandar un mensaje a casi cualquier parte. Únicamente necesitaban tener visibilidad entre el punto que enviaba y recibía el mensaje. También era importante que el enemigo no viera el mensaje y, si esto sucedía, no lo entendiera. Es lo que se conoce como cifrado o encriptación del mensaje. En el caso de que se quisiera mantener una comunicación estable entre los puntos era necesario “acomodar” a los intermediarios en un lugar de visibilidad privilegiada, algo así como un faro o torreón. Las ruinas de aquellos torreones aun hoy se pueden ver en algunos puntos de España y son lo que queda del telégrafo óptico del teniente Mathé (1800-1875).

Las redes del telégrafo óptico fueron eclipsadas -nunca mejor dicho- por el telégrafo eléctrico. El descubrimiento y dominio de la electricidad permitió enviar un mensaje entre dos puntos como una serie de pulsos eléctricos. Lógicamente era necesario que, entre ambos extremos, existiera un cable metálico por el que viajaban los citados pulsos. A este cable le llamaremos circuito. Samuel Morse (1791-1872) inventó una forma de codificar el mensaje: el famoso código Morse. De esta forma de codificar un mensaje se podían beneficiar las ya mencionadas comunicaciones ópticas o las -recién inventas- eléctricas.

En aquel momento las comunicaciones dejaron de ser cosa exclusiva de militares. Si queríamos dar capilaridad y llegar a muchos usuarios, estaba claro que era necesario tender y mantener una gran red de cables entre ciudades. Así nacen los operadores de telecomunicaciones y hacen posible el envío de mensajes entre, principalmente, hombres de negocios y gente acaudalada.

Nos encontramos en 1874 cuando Alexander Graham Bell (1847-1922), un logopeda de personas sordomudas, investigaba en las posibles aplicaciones de la electricidad en el campo de sonido. Bell inventó un aparato o transductor con el que era posible convertir una vibración mecánica -como la voz- en un pulso eléctrico. Con ciertas limitaciones, ese pulso eléctrico podía viajar por los mencionados circuitos o cables telegráficos. No sin dificultades, aquel transductor también permitía el proceso contrario, es decir, convertir el pulso eléctrico en sonido audible. Bell se dio cuenta del potencial de su invento al que bautizó como Telégrafo Armónico. Tuvo serias disputas sobre aquella invención en la que otros inventores ya trabajaban pero, al final, sería Bell el que se llevó el gato al agua. En aquellas luchas ayudo -sin duda- la brillante dialéctica y carisma de Bell, y que no tardó en montar una compañía para explotar el invento, la Bell Telephone Company. Se ponía en marcha el servicio telefónico.

En los primeros años el teléfono era un asunto menor comparado con la seriedad del envío de un telegrama. Los hombres de bolsa lo veían con cierto desdén y cosa de “amas de casa”, casi un entretenimiento más. En cambio, los mensajes enviados a través del telégrafo eran concretos y “veraces”, estos se imprimían y no se podían manipular. En favor del terminal telefónico, es decir, el aparato a través del cual nos comunicamos, hay que mencionar que era más barato e infinitamente más fácil de manejar que el telégrafo. Casi cualquiera podía tener acceso a un teléfono y la red de cables tenía algo de humana porque, al descolgar el transductor por el hablábamos (o micrófono), nos preguntaban por el auricular (o transductor de la escucha) con quien deseábamos hablar. Incluso, en aquellos locos años, había tiempo para ensayar nuevos modelos de negocio alrededor de la mencionada red de cables. Uno de ellos es el antecesor del actual “hilo musical” y consistía en emitir música generada por un intérprete a través de una red de cables. Nos referimos al Tellarmonium, hito de la ingeniería y de la música eléctrica.

El teléfono se convirtió en el método de comunicación predilecto para las comunicaciones no oficiales o que exigían esa autentificación. Era una comunicación natural y rápida basada en la voz. Esta razón hizo que su crecimiento fuera exponencial. Todo el mundo quería tener un teléfono en casa y aquel aspecto humano de la Red (las señoritas que te preguntaban con quién querías hablar) dejó paso a una red automática donde tú tenías de indicar el número de teléfono de destino.

La red y los cables se perfeccionaron para transmitir los débiles impulsos eléctricos. Se trabajó en la estandarización a nivel internacional y, con los años, se produjo una fuerte evolución en los terminales disponibles y en la automatización de la red, llegando a casi cualquier rincón del mundo.

Era necesario inventar una red que combinara lo mejor de ambos mundos: la sencillez de un dial, a través del cual podíamos llamar a alguien, y la “robustez” de un mensaje telegráfico o escrito. Eso originó el nacimiento de la Red Telex cuyos terminales eran Teleimpresores con aspecto de máquina de escribir, fácilmente operables por cualquiera. Aunque la codificación Morse quedó anticuada años atrás, esta no cayó en desuso ya que era fácil de aprender por personas. En cambio para las máquinas o “modernos” terminales resultaba un poco limitada y lenta. Así se alumbró el telégrafo y codificación Baudot (1845-1903), más rápida y eficiente, y pensada para la comunicación de máquinas. Los primeros Teleimpresores usaban codificación Baudot para enviar sus mensajes y el circuito, o cable, que une a dos teleimpresores era un circuito que se establecía durante la comunicación y se liberaba cuando esta finalizaba. La Red se encargaba de establecer el circuito.

Para acabar, solo recordar que frente al terminal se sentaba una persona para hablar o escribir un mensaje. Eran los años ’50 del siglo pasado y la Red Telefónica ya estaba extendida y, sobre todo, pensada para transportar la voz de personas. Los ordenadores se acababan de inventar y, como hemos visto en otros textos, eran un recurso clave. Parecía lógico pensar que el siguiente paso era conectarlos entre si y acceder remotamente a ellos.

Colección | Marconi y el Día Internacional de la Radio | Telégrafo y Telecomunicación | Construcción de un Telégrafo | La Música Eléctrica del Cura Castillejo

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