Grabación Magnética

agosto 13, 2020 on 4:51 pm | In colección, hist. sonido y música electrónica | No Comments

Adolfo García Yagüe | Desde que Luigi Galvani (1737-1798) descubrió a finales del XVIII que la pata de una rana muerta sufría espasmos al entrar en contacto con ciertos metales, se fueron sucediendo experiencias y teorías para explicar aquel fenómeno. Inspirándose en el citado descubrimiento, Alessandro Volta (1745-1827) desarrolló en 1800 la famosa pila de Volta, que era una fuente de energía más estable y controlable que la producida con mecanismos electroestáticos. Además de sentar las bases de la generación y almacenamiento de electricidad por procesos químicos, el invento de Volta revolucionaría los trabajos prácticos de laboratorio permitiendo profundizar en las distintas manifestaciones de la electricidad. Uno de aquellos descubrimientos fue el que haría en 1820 el danés Hans Christian Ørsted (1777-1851) al demostrar cómo era posible alterar la orientación de una brújula aproximando a esta un flujo eléctrico.

El galvanómetro, el electroimán, el motor eléctrico o la dinamo fueron algunas de las aplicaciones más populares de la relación entre magnetismo y electricidad, y no fue hasta el año 1888 cuando el norteamericano Oberlin Smith (1820-1926) propuso el uso de un electroimán para registrar magnéticamente un sonido en un fino alambre. El trabajo de Oberlin fue publicado en la revista Electrical World y tuvo cierta resonancia entre los científicos de su época por lo que no es extraño -aunque no está demostrado- que fuese leído por otro danés, Valdemar Poulsen (1868-1942), quién construyó un ingenio que se inspiraba en el fonógrafo de Edison al sustituir el rulo de cera por un cilindro rodeado de un alambre de acero que era grabado y leído por un electroimán. Aquel invento llegó a ser patentado en Dinamarca y el EE.UU. y Poulsen lo presentó en la Exposición Universal de París de 1900 con el nombre de Telegráfono. La base de este ingenio motivó la fundación en 1903 de la American Telegraphone Company que adquiriría los derechos para comercializar un dictáfono basado en un carrete de alambre de acero y así competir con el fonógrafo de Edison. Aunque aquel telegráfono ya disponía de DC Bias, con el que se mejoraba la calidad de sonido (señal de corriente continua con la que se polariza el soporte magnético), nació antes de la revolución electrónica de Lee De Forest (1873-1961) y no se resolvía el necesario tratamiento de la señal.

Al comienzo de la segunda década del siglo pasado se desarrolla la radiodifusión y, posteriormente, la televisión. Como era de suponer la reproducción y grabación del sonido se benéfica de esta revolución y, gramófonos y grabadoras de carrete de alambre, incorporarán circuitos electrónicos para captar y amplificar el sonido. Por otro lado, desde que años atrás Poulsen ensayara sin éxito con una cinta de tela impregnada de un material magnético, la idea de usar una cinta que sustituya a los delicados, pesados y caros carretes de hilo de acero es un objetivo prioritario. No obstante, a pesar de su potencial, son años donde la grabación magnética no logra trascender de dictáfonos de poca fidelidad. Esta lenta evolución hace que, al finalizar los años veinte, la grabación magnética pase a un segundo plano en EE.UU. Sin embargo en Reino Unido y, especialmente, en Alemania se recoge este testigo para seguir innovando.

Con Poulsen ya desvinculado de su invento y éste en manos de la American Telegraphone Company, entra en escena desde Alemania Kurt Stille (1873-1957) quien logra rodear las patentes de la American Telegraphone y así vender licencias para que otros puedan fabricar un grabador. Una de esas licencias fue a parar a manos de Louis Blattner (1881-1935), un emprendedor alemán del mundo del cine afincado en UK. Blatter buscaba desarrollar un invento que permitiese introducir sonido en las películas (recordemos que hasta el año 1927 el cine era mudo). Blatter y su equipo de técnicos desarrollan el Blatterphone, un grabador basado en cinta de acero que llamó la atención de la BBC y lo adquirió para emitir programas de su Empire Service. En estos primeros años treinta las licencias de Stille y distintas versiones del Blattnerphone pasarán por diferentes compañías como la alemana Lorenz AG y la Marconi en Reino Unido. Por su parte, emisoras de radio de Italia, Canadá y Alemania también empiezan a usar la transmisión de programas pregrabados en cinta de acero.

Durante este ir y venir de la grabación magnética, la germana AEG advierte su potencial y firma un acuerdo en 1931 con un desconocido inventor austriaco, Fritz Pfleumer (1881-1945). Pfleumer venía trabajando desde 1928 en un grabador que empleaba una suerte de cinta de papel impregnada en un polvo magnético. Aquello, que prometía prescindir de la costosa cinta de acero, terminó demostrando poca eficacia como consecuencia del desgaste que sufría el recubrimiento magnético y la fragilidad del papel. A pesar de que AEG rediseño totalmente la mecánica y la electrónica, el equipo se enfrentaba a un desafío que solo podía resolverse desde un enfoque químico, y es por eso que se buscó ayuda en la todopoderosa IG Farben y su empresa química BASF para desarrollar una cinta magnética de sustrato plástico. Así, en 1935, presentaron en Radio Berlín el grabador Magnetophon K1.

En 1935 la tensión entre Alemania y el resto de potencias iba en aumento y las ambiciones de Hitler presagiaban nuevos conflictos. Esta situación explica que aquel Magnetophon pasara desapercibido para el resto de países y la Gestapo lo convirtiera en una pieza esencial de sus actividades de espionaje y propaganda. Ya inmersos en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), mientras los aliados seguían usando grabadores de alambre de poca calidad, las estaciones de radio alemanas eran capaces de emitir largos discursos del Führer y música con una sorprendente fidelidad gracias al AC Bias, una innovación que hizo Walter Weber (1907-1944) en 1940 mientras era ingeniero de la emisora Reichs-Rundfunk-Gesellschaft (RRG). El AC Bias se basa en incorporar una señal de alta frecuencia –inaudible- junto con la señal a grabar para conseguir que el medio magnético registre altas frecuencias de audio y evite distorsiones. Hay que recordar que esta técnica fue, sin saberlo, redescubierta por Weber y antes había sido inventada -pero olvidada- en EE.UU en 1921 y patentada en 1927 por Wendell Carlson y Glenn Carpenter. Posteriormente, en 1937, Dean Wooldrige, de los laboratorios Bell, la volvió a redescubrir pero los abogados lo silenciaron para no tener problemas. Otra coincidencia fue que Teiji Igarashi, Makoto Ishikawa y Kenzo Nagai publicarían en 1938 en Japón un artículo donde describían el AC Bias, incluso llegaron a patentarlo en 1940 y ya, en el colmo de coincidencias, en EE.UU. en 1941, Marvin Camras (1917-1995) (re)descubrió y recibió la patente del AC Bias en 1944. Semejantes concurrencias solo se explican por el aislamiento que existía entre países y profesionales.

Acabada la guerra y consciente de la altísima calidad del invento alemán, el Mayor americano Jack Mullin (1913-1999) estudió uno de estos aparatos y logró, disimuladamente, enviar las piezas esenciales a su domicilio de California. Ya en EE.UU. aquellas partes fueron la base para reconstruir un equipo que llamó la atención de varias emisoras de radio y personajes del espectáculo, como el popular Bing Crosby (1903-1977) quién impulsaría esta tecnología y los usos de la producción magnética de audio y vídeo. También Ampex, un pequeño fabricante de motores eléctricos de California, se interesó por el equipo convirtiéndose en el líder de equipos de grabación junto con las cintas magnéticas Scotch de 3M. Como no, algunos fabricantes japoneses de nueva creación como Sony (1946) y Akai (1946), no tardaron en destacar con sus máquinas. Alemania siguió desarrollando buenos equipos pero fue despojada de las patentes sobre la tecnología desarrollada años atrás por AEG y BASF, y estás pasaron a dominio público como compensación de daños de guerra. Tal decisión se justificó porque el Magnetophon jugó un papel destacado en las acciones bélicas, propagandísticas y de represión nazi.

A partir de estos años la evolución fue imparable: la incorporación de sonido estereofónico, multipistas, dolby… y, como estas líneas se están alargando más de la cuenta, permitirme citar solo dos hechos. El primero es la incorporación de las cintas magnéticas como sistema de almacenamiento en los ordenadores. Aquel histórico paso lo dio en 1951 la Eckert–Mauchly Computer Corporation con el UNIVAC I y sus unidades de almacenamiento UNISERVO. Allí se empleaban cintas metálicas de una aleación de níquel-bronce. Cada cinta contenía ocho pistas (6 bits para un carácter, 1 de paridad y 1 de timing). En una pulgada de cinta (2,54cm) se podían almacenar 128 caracteres y su velocidad de lectura y escritura era de 100 pulgadas por segundo, es decir 12800 caracteres por segundo.

El otro apunte, igualmente interesante, es la aparición en 1958 de los cartuchos de cinta magnética por parte de RCA (Radio Corporation of America). Con aquello la RCA pretendía impulsar un formato para comercializar (su) música, y el cobro de los consiguientes royalties a cada fabricante que desarrollara un reproductor. Este hecho desató una pequeña guerra de formatos que competían entre sí para intentar hacerse con el mercado hasta que Philips, en 1963, presentó su formato cassette (en francés, cajita para guardar algo de valor) y que ofreció al mercado libre de royalties para que cualquier empresa comercializase casetes. En cambio, en sus inicios, Philips pretendía una regalía económica de aquél que fabricase un aparato reproductor-grabador. Esto fue así hasta el consorcio alemán encabezado por Grundig, Telefunken y Blaupunkt se aproximó a Sony para promocionar el formato DC-International. Aquel hecho forzó a Philips a eliminar totalmente sus royalties con lo que Sony y el resto de fabricantes secundó la propuesta holandesa.

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