| Platón no relató,
que el prisionero de la Caverna, en lugar de ver la
luz del exterior, eligió internarse más
en las oscuras profundidades del mundo. Descendió
durante mucho tiempo, aunque a tal hondura, el tiempo
mismo parecía tener su centro, por lo que todo
parecía inmerso en un denso marasmo. A su paso
halló a otros prisioneros, en otros ámbitos
de cautiverio, y allí les escuchaba expresar
su tortuoso anhelo por un exterior, sin darse cuenta,
como el fugado ahora lo veía, que el exterior
de cualquier celda subterránea, era otra prisión
en sí misma. Pero al persistir el fugado, ahora
desesperadamente sintiendo ya todo perdido, por fin
arribó a un lugar distinto (no supo si lo había
conseguido afinando la vista, luchando contra las penumbras;
o por el contrario, si fue cerrando los ojos y dejándose
llevar por la libre intuición de una postrera
esperanza).
En aquel espacio de tinieblas, que
era húmedo y tibio, escuchó los susurros
de una mujer. Se acercó a dialogar con ella.
Resultó ser la joven Antígona, que al
verse sepultada en vida, y separada forzosamente de
su amado Hemón, había decidido seguir
la ruta del silencio de la realidad, y así arribado
a este habitáculo insondable, en donde resolvió
ponerse a dormir, para que a través de sus sueños,
su amado y el mundo fueran existentes, a través
de las musitaciones y los murmullos que brotaban de
ella, sumida en su eterno reposo.
Antígona, notó que su
nuevo amigo suspiraba al escucharla, lleno de un conmovedor
sentimiento. Le preguntó entonces ella, que cuál
era su nombre, y cómo había logrado llegar
ahí. Él le contestó, que su nombre
era Pirrón de Elis, un estudioso de los silencios,
un escucha de sus mudos secretos. Explorándoles
insuficientemente, era como había dudado alguna
vez, y de tal suerte, había sido capturado por
los grilletes de la célebre caverna platónica.
Pero le comunicó también, que había
sido capaz de escuchar ciertos ecos tenues de poemas
de ardorosa melancolía y de sueños: la
voz lejana de silencios, de Antígona; y entonces
luego, se había fugado para llegar hasta allí,
y así aprender de ella los obscuros misterios
del ser. Ahora Antígona fue la conmovida por
el gesto: en las tinieblas buscó la mano de su
compañero, y se la estrechó con sincero
agradecimiento. Entonces él le propuso un trato;
que Antígona se decidiera a despertar, a fin
de que Pirrón pudiera contemplar la total belleza
de su ser, aunque fuera al menos sólo por un
instante, y a cambio le ofrecía a ella, por este
gran favor, regresar al mundo de las apariencias, a
fin de correr la voz de su eterno sacrificio, para que
a la larga llegara a los oídos de su amado Hemón,
y así quizá, pudiera el ausente acudir
a rescatarla, hasta aquella tumba lejana. Antígona
dejó escapar una lágrima, que en el mar
de sombras en que se hallaban no fue percibida por él,
sin embargo, aceptó el ofrecimiento. Y entonces
Antígona comenzó a relatar toda la historia
de nuevo, desde su cautiverio en la tumba fría,
y además la captura de Pirrón; hasta ese
instante inolvidable, en que los dos amigos del silencio,
se hermanaron entre sí. Entonces, ante los ojos
atónitos de Pirrón de Elis, Antígona
despertó, extendió sus alas inmensas,
y llenó de fulgores diamantinos todo aquel ámbito
cavernoso. Saturado de tanta hermosura, Pirrón
perdió el sentido por completo.
Cuando despertó, volvió
a hallarse preso en la caverna platónica, junto
a sus antiguos compañeros. Por un instante temió
que todo hubiera sido un sueño sin más.
Pero luego, comprendió que precisamente esa incertidumbre
del Todo, le daba una noble certeza, a su único
y auténtico modo de vivir. Y entonces les habló
a sus amigos de un nuevo plan de fuga, en donde ahora
sí se dirigiría al exterior, para proclamar
el secreto, la verdad última del ser: la que
manifestaba, que en el corazón profundo del mundo,
una llama permanente, era la que daba vida a las tinieblas
y a todo.
Precisamente, como un regalo secreto
de amor, expresado en sueños de silencios, y
de luz.
publicado en enero de 2008
|