| Fue el destino acaso,
disfrazado de azar inocente, el que conectó dos
mecanismos inservibles de manera autónoma, en
uno de los enormes e incontables montones de escombros,
de un mundo devastado. Juntos empero, los dos artilugios
dieron pie a una actividad motora, que poco a poco fue
anexando a su conjunto y de manera ciega y paulatina,
determinados componentes, valiéndose del mucho
tiempo disponible, particular de un ámbito sin
restricciones, ni premuras. Luego de esto por fin, y
en un momento de cierta gloria que nadie pudo atestiguar,
el ente se incorporó con dificultad, y tras hacerse
de cierta confianza, su segundo movimiento inmediato
fue levantar un tosco puño metálico en
amenaza al cielo.
***
Nadie sino él se bautizó
como Alciber, tras asimilar información diversa
proporcionada por la basura de aquel lugar. Impulsado
por una frenética imperiosidad, fue forjando
a sus pares, a partir de aquel mar de desechos, deambulando
por senderos de soledad azotados por vientos de alarido
esporádico. Bajo un firmamento enfermo, umbrío
y roto por inciertos fulgores, Alciber construyó
su propio ejercito de entes mecánicos de grotesca
e improvisada conformación, aunque todos animados
al parecer con la misma intención de reclamo
y encono que alimentaba la existencia singular de su
colosal creador.
Cuando el grupo estuvo de pie ante
Alciber, a un gesto suyo, los androides se inclinaron
con respeto.
-Señor… -rasgó
aquel silencio denso, un zumbido de multitud, que dispersó
ecos de espanto por entre todo aquél vacío.
***
Decidido a cobrar venganza por su aciaga
condición, por su infausta e indigna procedencia,
por su derruida heredad de nada, Alciber organizó
a sus autómatas para emprender un asedio de castigo
a sus creadores involuntarios. Desarrollaron poderosas
máquinas de espantosa variedad, cañones
y bazucas inéditas, ballestas improvisadas y
extrañas cimitarras inmensas, de extremo filo.
La marcha de aquellos despiadados portadores de muerte
era comandada por Alciber, el más grande y peligroso
de tales entes. Su cabeza titánica era como un
inmenso astro de cables, circuitos y múltiples
luces rojizas. Su torso era un nudo de conexiones y
tubos plásticos y chorreantes. Los miembros de
su cuerpo titánico eran largos trozos de desechos
metálicos soldados, llenos de punzones acerados
y alambres puntiagudos.
El suelo entero parecía gemir
bajo el peso de aquel tropel de condenados furiosos.
El ácido cielo lloró
entonces, como atemorizado.
***
A poca distancia un grupo de hombres,
cual miserables bestezuelas ruidosas, llenas de llagas
y harapos, se devoraban entre sí. En aquellas
ruinas inmensas de extraña arquitectura, habían
establecido su paupérrima morada, en refugios
de basura y calcinada piedra. Absortos en su brutal
ejercicio, no se percataron en un inicio de la proximidad
del ejército de autómatas que se desplazaba
hacia ellos directamente. Luego, al ver el horizonte
colmado por esta horda de monstruos, los humanos comenzaron
a rodar por el suelo entre cenizas, llenos de espanto,
arañándose el rostro y mesándose
los escasos cabellos de sus cráneos deformes,
ante la cercanía amenazante de aquel grupo de
inmensos verdugos. Alciber llegó al lugar con
los suyos, decidido y furioso. Algunos hombres al verlo
fenecieron de espanto, otros pocos buscaron palos y
piedras y se organizaron torpemente para una desesperada
defensa, risible aunque digna.
Los autómatas ingresaron al
recinto derruido con las armas prestas y amenazando
con sus voces mecánicas, sirenas y zumbidos.
Muchos humanos cerraron los ojos en
inerme actitud.
La venganza tan esperada por Alciber
estaba a punto de dar inicio.
***
…e inesperadamente los autómatas
embravecidos pasaron de largo ante las criaturillas
infectas, ignorando su ruidosa alarma de chillidos.
Llenos de sorpresa los hombres presenciaron óomo
esos fuertes y apresurados entes se aprestaron a retirar
escombros, rocas y residuos que se habían acumulado
en aquella antigua edificación. Pronto un artilugio
gigantesco quedó al descubierto. Los autómatas,
siguiendo órdenes silenciosas que Alciber les
dirigía a través de señales y de
gestos, fueron manipulando ese objeto increíble,
modificando su estructura, añadiendo o retirando
componentes. Los hombres huían de un lado a otro
para evitar ser aplastados ante la actividad desarrollada
por los terribles seres, y se ocultaban entre las ruinas
para atisbar con temor. Cuando al parecer quedaron satisfechos
los autómatas, el grupo entero ingreso en fila
al artefacto. El único que restaba por hacerlo
era el propio Alciber. Cuando se decidía a entrar
también, un particular espacio entre las ruinas
llamó su atención. Se acercó allí
y luego de un tenso instante destrozó con sus
manos pavorosas el reducido recinto hallado. Mientras
pisoteaba con encono manifiesto el cúmulo de
escorias, se inclinó a levantar una gran cruz
de madera, que aún ostentaba los restos de un
Cristo artesanal. La sostuvo un instante ante sí.
Luego, el mecanismo entero de su ser tembló de
rabia y la hizo trizas. Alzó el rostro hacía
el cielo y volvió a amenazar con su puño
estremecido. Un momento después ingresó
en el artilugio, que comenzó entonces a sacudirse,
diseminando piedras y basuras, para luego elevarse lentamente,
ganar altura y velocidad, y perderse en las tinieblas
del espacio celeste hacia un destino ignoto.
***
Un humano entonces, un niño
apenas, sucio y desnudo, se acercó hacia los
fragmentos de la cruz destrozada. Cerca de ellos yacía
en el suelo la figura entre cenizas de un ángel
sonando una trompeta. Parecía dar alarma de algo.
El niño contempló ensimismado la belleza
luminosa de aquel ser representado. Luego tomó
un trozo de la cruz y con un cordel, se lo puso en el
cuello. Tomó su improvisada lanza y se dirigió
con los suyos, a seguir entre danzas, su festín
de cadáveres.
publicado en mazo de 2008
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