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El jinete pálido Más sobre Alexis Brito Delgado


Los ojos eran abominables, con la feroz
e intensa mirada de los ojos que ven pero no ven, vueltos para siempre hacia el
interior, hacia el estéril infierno de unos sueños sin control, sueños desencadenados,
surgidos de las hediondas ciénagas del inconsciente

Stephen King

 

1

LA LLEGADA DEL FORASTERO

 

Un cuervo se posó sobre el cartel que oscilaba al viento y picoteó las letras desiguales:

 

BIENVENIDO A COLORADO SPRINGS

 

El jinete ignoró el aviso y espoleó a su montura. El animal descendió por un terraplén de arena, traspasó el cementerio y dejó atrás las lápidas grises castigadas por el sol. A un kilómetro de distancia, las casas del pueblo se desperdigaban en la llanura, rompiendo la monotonía del desierto implacable. Una corriente de viento sacudió el camino, levantó una polvareda de tierra y ocultó las montañas delineadas en la lontananza. El Forastero inclinó la cabeza y su perfil quedó oculto bajo la sombra del Stetson: una miraba fría e impasible brillaba en sus ojos azules. El caballo aplastó la hierba reseca con sus cascos, cruzó las lomas erosionadas y enfiló el camino polvoriento de la diligencia. Las nubes remolinearon en el firmamento antes de desvanecerse sin dejar rastro por el oeste. El jinete tiró de las riendas. El Fox Trotter, criado en las montañas Ozark de Missouri, obedeció al instante, disminuyó de velocidad y pasó a un trote ligero. De esta manera, entraron en Colorado Springs, que se levantaba como una ciudad fantasma en mitad del terreno baldío.

Lentamente, el Forastero recorrió la calle principal de la ciudad, sin prestar atención a las miradas curiosas de sus habitantes. A buen ritmo, pasó la tienda de comestibles, el hotel, la oficina del sheriff, la iglesia, una casa en construcción, la barbería y un carromato que avanzaba en dirección contraria. Dos ancianos fumaban en la sombra de un porche. Uno de ellos lo reconoció.

-¡Joe! -exclamó mientras le daba un codazo en las costillas a su compañero-. Es el Pistolero, ¿verdad?

Joe entornó los párpados.

-¡Mierda! -masculló-. Habrá que ir ampliando el cementerio...

-¿Por qué diablos habrá venido?

 

La voz se corrió por el pueblo como un reguero de pólvora. Ojos fisgones aparecieron detrás de las cortinas, deseosos de contemplar al desconocido: uno de los mayores cazadores de cabezas de todo el estado. El jinete no demostró haber oído los cuchicheos que flotaban en el aire sobrecargado de la tarde y continuó adelante. En la distancia, por encima de los tejados de las casas, el sol era una rueda de fuego carmesí que se ocultaba en el horizonte. El Forastero detuvo al animal, descendió de la silla con movimientos lentos y lo ató a la barra que había en el exterior del saloon. El caballo blanco agachó la cabeza y bebió del abrevadero, agradecido, para saciar su sed. Sin mirar atrás, el Forastero avanzó hacia el local e hizo crujir los escalones de madera con sus botas de caña alta.

 

Joe no le quitaba la mirada de encima:

-Leí en el periódico que mató a seis hombres en San Luis.

Su compañero soltó una bocanada de humo.

-Alguien me comentó que ahorcó en Dallas a un cuatrero con sus propias tripas.

Joe enarcó una ceja.

-¿Hablas en serio?

-Lo colgó del primer árbol que encontró y no se largó hasta que los buitres le arrancaron los ojos.

Un escalofrío recorrió a ambos hombres.

-Seguro que ha venido a cargarse a alguien...

El jinete pasó las puertas de vaivén y entró en el local mediovacío. Los escasos clientes volvieron las cabezas y lo miraron con ojos brillantes por el interés. El Forastero vestía como un empresario de pompas fúnebres: botas, pantalón, camisa, chaleco y sombrero, todo negro, preservado por una levita oscura que le llegaba a la altura de las rodillas. En su cadera derecha, dentro de un cinturón canana, a la altura del muslo, descansaba un Colt 45 plateado. La única nota de color de su sombría apariencia.

Al fondo del local, el pianista inclinó el cráneo sobre el instrumento, pasó los dedos sobre las teclas y empezó a tocar una melodía tétrica. Su voz de barítono quebrada por el alcohol se elevó entre las sombras y repercutió por todos los rincones del saloon. El barman experimentó un escalofrío de repulsión al escuchar la letra, una de las historias populares de la zona, que trataba sobre asesinato, muerte y violencia.

 

Have mercy on me, sir

Allow me to impose on you

I have no place to stay

And my bones are cold right through...

 

Impertérrito, el jinete traspasó el local y se dirigió a la barra haciendo rechinar sus espuelas de plata. A su diestra, alrededor de una mesa, varios parroquianos jugaban al póquer, inmersos en sus cartas. De un rápido vistazo, estudió el local de cabo a rabo, localizando la puerta de salida, los ángulos de tiro, el reflejo de los espejos y los mejores puntos para parapetarse en caso de sufrir una emboscada.

El pianista continuaba cantando:

 

Then one morning I awoke to find her weeping

And for many days to follow

She grew so sad and lonely

Became Joy in name only

Within her breast there launched an unnamed sorrow…

 

El Forastero apoyó el codo sobre la barra y esperó a que el barman lo atendiera. El ladrido de un perro sonó en la calle. Un hombrecillo calvo, vestido con un delantal manchado de cerveza, inquirió mientras pasaba un trapo a un candil.

-¿Qué desea, caballero?

El jinete percibió cómo el barman analizaba sus vestiduras cubiertas de polvo: el cuello rígido de la camisa, el pañuelo que llevaba en la garganta, el reloj de oro que colgaba de su bolsillo, la funda donde guardaba el revólver... El dueño del local tembló al contemplar los rasgos de su nuevo cliente. Su arrogancia desapareció reemplazada por el respeto. Del desconocido emanaba una frialdad que helaría el mismísimo Infierno. El aura de misterio que lo circundaba creaba un vacío ominoso a su alrededor.

Voy a tener problemas, pensó el barman. Esta clase de tipos siempre los dan.

La entonación del Forastero fue cortante:

-Whisky.

El dueño del saloon nunca hubiera imaginado cuánta razón tendría: le faltaba poco para corroborar sus sospechas. Muchas veces el destino nos ofrece las oportunidades en bandeja, pero por hábito o estupidez, no somos capaces de retroceder a tiempo, menos aún de modificar nuestras acciones: ésta es la triste historia del ser humano, ni más ni menos.

 

2

LOS HERMANOS LEE

 

El barman dejó el paño sobre la barra y sacó una botella nueva de whisky debajo del mostrador. Durante un momento, estuvo tentado en engañar al desconocido y servirle alguno de los menjunjes que reservaba para los viajeros incautos, pero algo en la mirada del hombre le desistió a hacerlo. Acto seguido, cogió un vaso limpio, se acercó al jinete, cortó el precinto con una navaja, abrió el envase y lo llenó hasta los bordes. Se disponía a retirarse cuando el Forastero lo detuvo con su voz helada:

-Deje la botella.

El barman obedeció.

-Por supuesto, caballero.

De un trago, el jinete vació el vaso sin variar de expresión. De inmediato, volvió a llenarlo y lo terminó con la misma rapidez: parecía que quería borrar el polvo del camino lo antes posible.



El pianista recitó los últimos versos y enmudeció con brusquedad:

 

Would be the sum of earthly bliss

Do you reckon me a friend?

The sun to me is dark

And silent as the moon

Do you, sir, have a room?

Are you beckoning me in?

 

Inesperadamente, la puerta se abrió y una figura familiar apareció en la entrada. Los parroquianos suspiraron, tranquilos, la atmósfera del local era tan densa que se podía cortar con una navaja. El sheriff localizó al Forastero, se estiró los bigotes, ajustó su placa de cinco puntas y se encaminó hacia la barra. Aparentemente ausente, el jinete continuó bebiendo, disfrutaba del amargo licor. El representante de la Ley se colocó al lado del desconocido y lo saludó con cierto desdén:

-Buenas tardes, forastero.

Éste levantó la mirada de la barra: sus ojos impávidos atravesaron al sheriff de un lado a otro.

-¿Qué desea?

El hombre intentó reunir valor.

-¿Qué ha venido a hacer aquí?

-No creo que sea de su incumbencia, sheriff.

El agente de la Ley tragó saliva: algo en aquel individuo lo ponía nervioso.

-Colorado Springs es una ciudad tranquila...

El desconocido lo interrumpió.

-¿Y eso qué significa?

El sheriff se obligó a continuar.

-Si ha venido a buscar problemas tendrá motivo para lamentarlo, amigo.

-Lo tendré en cuenta.

Su tranquilidad lo aterró, hubiera preferido una maldición o una respuesta despectiva, pero el jinete controlaba su temperamento, no tenía motivo alguno para encerrarlo. Una impresión funesta emanó de la clientela: había perdido el respeto de sus vecinos. El Forastero añadió con frialdad:

-Déjeme solo, sheriff, no disfruto de su compañía.

El agente de la Ley enrojeció como un colegial.

-Está avisado, forastero.

-Lo tendré en cuenta.

El sheriff se volvió, soportó las miradas burlonas de los parroquianos y salió con el rabo entre las piernas: no volvería a pasar por el local durante semanas.

El Forastero sacó papel y tabaco de un bolsillo de la levita, lió un cigarrillo con dedos expertos y lo prendió con una cerilla. El humo azulado flotó en el aire, giró alrededor de sus facciones y desapareció en el techo del local. El barman siguió frotando todo lo que encontraba a mano. El pianista se aproximó a la barra y pidió una cerveza. Los jugadores terminaron la partida y comenzaron otra. El jinete contempló a los clientes del saloon, se encogió de hombros y siguió bebiendo.

En el exterior, la noche aplastó los contornos de la ciudad y cubrió las casas en sombras: luces anaranjadas y tenues iluminaron los hogares. Los pocos establecimientos que quedaban abiertos cerraban sus puertas al público. Los comerciantes agarraban sus abrigos y regresaban a sus viviendas. Colorado Springs se transformaba en un erial recorrido por oscuras vibraciones: parecía como si la llegada del pistolero lo hubiera cambiado todo.

Una vez más, las puertas de vaivén se abrieron y cuatro hombres penetraron en el local. Un súbito silencio llenó el saloon. Los hombres que jugaban a los naipes se levantaron, recogieron su dinero y salieron del local rápidamente. El jinete estudió a los recién llegados con ojos calculadores. El líder del grupo tomó la palabra.

-¡Fuera de aquí! -ordenó-. ¡Rápido!

Los clientes que bebían frente a la barra no tardaron en obedecerlo.

-Todos menos tú, amigo.

El Forastero no hizo movimiento alguno que indicara que lo había escuchado.

-¡Parece que es duro de oído, Jim! -exclamó el más alto de los vaqueros.

El jinete continuó fumando y bebiendo: quedaba media botella de whisky. Jim se plantó delante del desconocido con las piernas abiertas y las manos junto a las Remington que colgaban en sus caderas.

-¿No me has oído?

El Forastero lo provocó intencionadamente.

-¿Has terminado?

El líder de la banda se adelantó con la diestra cerca de uno de sus revólveres.

-¿Qué demonios has dicho?

-Cierra la boca -nstó-. No quiero hablar contigo.

Los hombres encajaron los dientes y acariciaron las culatas de sus armas: el cazador de cabezas estaba buscando que lo llenaran de plomo.

Uno de los vaqueros se colocó ante la puerta y preguntó irritado:

-Te llaman el Pistolero, ¿no es cierto?

El desconocido no respondió.

-Sabemos quién eres -masculló-. Tú mataste a nuestro hermano.

El jinete sonrió glacialmente:

-¿Cómo se llamaba? -manifestó-. He liquidado a mucha gente.

El único que no había hablado gruñó:

-¡Se llamaba Henry Lee, perro!

El gesto del Forastero se convirtió en una mueca macabra:

-Lo recuerdo -admitió-. Era un cochino ventajista.

Jim estuvo apunto de disparar.

-¡Hijo de puta! -chilló-. ¡Lo mataste por la espalda!

-Te equivocas, amigo -puntualizó el jinete-. Lo até a la cola de mi caballo y lo arrastré por las calles de Kansas hasta que reventó como un perro rabioso.

El gigante del grupo decidió terminar con aquella farsa:

-¡Acabemos con este charlatán! -bramó-. ¡Mandémoslo al Diablo!

La banda se abrió en abanico y circundó al desconocido. El barman retrocedió, aterrado, buscando refugio detrás de la barra. Sus miradas se cruzaron, el olor tenue de la muerte flotó en el ambiente y realzó la lobreguez del establecimiento. El pianista se sentó en el taburete y contempló el espectáculo con los ojos entrecerrados: hacía tiempo que no veía una lucha a muerte en el saloon. El Forastero echó la levita a un lado: los dados estaban echados, no había marcha atrás.

-Esto no es necesario -instó-. Largaros y no pasará nada.

Los vaqueros ignoraron sus palabras y llevaron las manos a los revólveres con intenciones asesinas. Antes de que lograran empuñar las culatas, el cazador de cabezas desenfundó el Colt con un movimiento relampagueante imposible de seguir con la vista...

¡Bang!

El primer impacto perforó la mandíbula de Jim, le reventó el cráneo y arrojó su cadáver convertido en un guiñapo hacia atrás.

¡Bang!

El segundo disparo atravesó el corazón del gigante del grupo, abrió un agujero en la espalda e hizo que sus pulmones salpicaran el rostro de su hermano.

¡Bang!

La tercera detonación alcanzó al hombre de la puerta en el centro de la frente, desparramó sus sesos como una lluvia púrpura y lo obligó a dar una grotesca pirueta.

¡Bang!

El cuatro proyectil destrozó el esternón del último oponente, su boca manchada de sangre se abrió para gritar un aullido póstumo, pero el estampido ahogó las palabras en el fondo de su garganta.

¡Bang!

El barman salió despedido contra los anaqueles que habían detrás de su figura. Su anatomía derribó las botellas al suelo y se derrumbó entre la bebida y los cristales rotos: un Winchester resbaló entre sus dedos mientras expiraba.

La pistola humeante apuntó al pianista:

-Me queda una bala -comentó el Forastero-. ¿Quieres que sea para ti?

El músico levantó los brazos y sonrió sin ganas:

-No, gracias.

El jinete recargó el tambor y guardó el revólver en la funda. El pianista contempló la carnicería con satisfacción. El Forastero sacó un dólar de plata del interior de la levita y lo arrojó sobre el mostrador.

El músico se atrevió a decir:

-Dan una buena recompensa por los Lee.

El jinete esbozó una mueca de interés:

-¿En serio?

-Eran cuatreros -explicó-. Robaban a los rancheros de la zona impunemente.

El Forastero asintió:

-¿Y por qué no los encerró el sheriff?

-Porque es un cobarde.

El jinete volvió esbozar su helada sonrisa:

-Suele pasar.

 

3

EL HOMBRE OSCURO

 

Al salir del saloon, el Forastero ya había olvidado a los cinco cadáveres que yacían en el interior del local: la prueba sólo acababa de empezar. Con pasos tranquilos, traspasó la calle y se detuvo en mitad de la misma con la diestra cerca de las cachas del revólver.

-¡He acabado con tus títeres! -gritó-. ¡Muéstrate, cobarde!

Una impresión de irrealidad cubrió Colorado Springs. Los edificios de madera fluctuaron, cambiaron de forma y revelaron su auténtica apariencia. En pocos segundos, el pueblo fue suplido por una moderna ciudad, rascacielos de acero y cristal elevaban sus perfiles abruptos hacia el cielo ensombrecido por la contaminación de las grandes refinerías, zeppelines publicitarios irradiaban las fachadas de los imponentes bloques de apartamentos, vehículos metálicos aparecieron aparcados a ambos lados de la avenida. El jinete no pareció sorprendido por la transformación de la ciudad, esperaba algo parecido, su enemigo nunca cesaba de improvisar sobre la marcha. Inmutable, se caló el sombrero sobre los ojos y flexionó los dedos: había llegado al final del largo camino iniciado meses atrás.

La puerta de un pub se abrió, el pianista emergió al exterior mientras se ajustaba un cinturón canana en la cintura: sus pasos suaves presagiaban lo peor. Su silueta nervuda, de anchos hombros y brazos largos, quedó iluminada por los reflejos transversales de un dirigible que flotaba sobre su cabeza. La voz del Hombre Oscuro fue casi amistosa:

-Por fin nos encontramos, Pistolero.

El Forastero cambió el peso de un pie a otro.

-Afortunadamente.

El pianista se situó a quince pasos de distancia.

-¿Por qué no me disparaste dentro?

El jinete replicó:

-No quería que fuera tan fácil.

El Hombre Oscuro soltó una carcajada sin humor:

-Continúas siendo arrogante por lo que veo...

-Siempre.

El pianista cesó de reír y su tono se volvió amenazador:

-Esa será tu perdición.

El Forastero volvió a apartar la levita.

-¿Tú crees?

La melodía de un zeppelín llegó a sus oídos:

 

It was back in '32 when times were hard

He had a Colt .45 and a deck of cards

Stagger Lee

He wore rat-drawn shoes and an old Stetson hat

Had a '28 Ford, had payments on that

Stagger Lee...

 

La atmósfera de la megalópolis se convirtió en una masa irrespirable. Los letreros de neón que destellaban en las fachadas de los rascacielos adquirieron una apariencia lúgubre y sobrenatural. Los ojos acerados de ambos individuos se encontraron, llenos de odio, velados por designios homicidas. Una ráfaga de aire recorrió la calle y susurró entre las ruedas de los Plymouth Fury del 58, los Cadillacs descapotables, los Bugatti T-35, los Duesenberg metalizados y los Rolls Royce de manufactura británica. Un coyote cruzó la avenida, se inmovilizó entre los dos hombres, estudió la escena y se ocultó en un portal con las orejas inclinadas: el animal había percibido el aroma de la muerte que flotaba en el aire.

-Deberías hacer lo mismo -comentó el jinete-. Vivirías más.

El Hombre Oscuro rechinó los dientes:

-¿Por qué tanta charla, Pistolero?

-Llevo mucho tiempo detrás de tu rastro -explicó-. ¿Te importa que saboree el momento?

La entonación del pianista fue irónica:

-En absoluto...

El Forastero añadió:

-Me gustó la canción que me dedicaste. ¿La compusiste tú?

-No.

-Lástima...

-¿Lástima? -repitió su adversario-. ¿Por qué?

-Hubiera sido un buen epitafio sobre tu tumba.

El Hombre Oscuro tembló de rabia.

-¿Qué epitafio?

-Tuvo talento antes de diñarla.

Un pesado silencio cubrió la calle. El zumbido de una sirena de policía rasgó la oscuridad, rebotó entre los edificios y se desvaneció a unas manzanas de distancia. Las respiraciones de ambos contrincantes ascendieron de intensidad mientras se disponían a empuñar las armas. Aquello era algo personal, quedaban muchas deudas por saldar, la muerte de cualquiera de los dos solucionaría el problema. El pianista arqueó los antebrazos y sus dedos, finos y sensibles, rozaron las culatas de madreperla de los Colt Navy de 1851.

El tema del dirigible terminó:

 

"Yeah, I'm Stagger Lee and you better get down on your knees

And suck my dick, because If you don't you're gonna be dead"

Said Stagger Lee

Billy dropped down and slobbered on his head

And Stag filled him full of lead...

 

-¡Te veré en el Infierno, Pistolero!

Sus miembros descendieron a una velocidad endemoniada, desenfundaron las pistolas y las pusieron en ángulo de tiro: dos fogonazos relampaguearon en las tinieblas. El Hombre Oscuro boqueó, asombrado, sus ojos se volvieron vidriosos y su frente se perló de sudor. A trompicones, trató de guardar las armas, pero sus miembros trémulos no obedecieron las órdenes de su cerebro. Con una mirada desorbitada, vio cómo un reguero de sangre manaba de su corazón perforado y formaba una mancha granate sobre su camisa blanca.

-Maldito se...

El pianista no logró terminar la frase. Su cuerpo perdió fuerzas y se desplomó, boca abajo, sobre el alquitrán. No podía creer que su rival manejara el revólver con tanta rapidez.

El jinete giró el Colt y lo enfundó en la pistolera bien engrasada: finalmente había cumplido su venganza.

 

 


publicado en junio de 2008

 
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