Los ojos eran abominables, con la feroz
e intensa mirada de los ojos que ven pero no
ven, vueltos para siempre hacia el
interior, hacia el estéril infierno de
unos sueños sin control, sueños
desencadenados,
surgidos de las hediondas ciénagas del
inconsciente
Stephen King
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1
LA LLEGADA DEL FORASTERO
Un cuervo se posó sobre el
cartel que oscilaba al viento y picoteó las letras
desiguales:
BIENVENIDO A COLORADO SPRINGS
El jinete ignoró el aviso y
espoleó a su montura. El animal descendió
por un terraplén de arena, traspasó el
cementerio y dejó atrás las lápidas
grises castigadas por el sol. A un kilómetro
de distancia, las casas del pueblo se desperdigaban
en la llanura, rompiendo la monotonía del desierto
implacable. Una corriente de viento sacudió el
camino, levantó una polvareda de tierra y ocultó
las montañas delineadas en la lontananza. El
Forastero inclinó la cabeza y su perfil quedó
oculto bajo la sombra del Stetson: una miraba fría
e impasible brillaba en sus ojos azules. El caballo
aplastó la hierba reseca con sus cascos, cruzó
las lomas erosionadas y enfiló el camino polvoriento
de la diligencia. Las nubes remolinearon en el firmamento
antes de desvanecerse sin dejar rastro por el oeste.
El jinete tiró de las riendas. El Fox Trotter,
criado en las montañas Ozark de Missouri, obedeció
al instante, disminuyó de velocidad y pasó
a un trote ligero. De esta manera, entraron en Colorado
Springs, que se levantaba como una ciudad fantasma en
mitad del terreno baldío.
Lentamente, el Forastero recorrió
la calle principal de la ciudad, sin prestar atención
a las miradas curiosas de sus habitantes. A buen ritmo,
pasó la tienda de comestibles, el hotel, la oficina
del sheriff, la iglesia, una casa en construcción,
la barbería y un carromato que avanzaba en dirección
contraria. Dos ancianos fumaban en la sombra de un porche.
Uno de ellos lo reconoció.
-¡Joe! -exclamó mientras
le daba un codazo en las costillas a su compañero-.
Es el Pistolero, ¿verdad?
Joe entornó los párpados.
-¡Mierda! -masculló-.
Habrá que ir ampliando el cementerio...
-¿Por qué diablos habrá
venido?
La voz se corrió por el pueblo
como un reguero de pólvora. Ojos fisgones aparecieron
detrás de las cortinas, deseosos de contemplar
al desconocido: uno de los mayores cazadores de cabezas
de todo el estado. El jinete no demostró haber
oído los cuchicheos que flotaban en el aire sobrecargado
de la tarde y continuó adelante. En la distancia,
por encima de los tejados de las casas, el sol era una
rueda de fuego carmesí que se ocultaba en el
horizonte. El Forastero detuvo al animal, descendió
de la silla con movimientos lentos y lo ató a
la barra que había en el exterior del saloon.
El caballo blanco agachó la cabeza y bebió
del abrevadero, agradecido, para saciar su sed. Sin
mirar atrás, el Forastero avanzó hacia
el local e hizo crujir los escalones de madera con sus
botas de caña alta.
Joe no le quitaba la mirada de encima:
-Leí en el periódico
que mató a seis hombres en San Luis.
Su compañero soltó una
bocanada de humo.
-Alguien me comentó que ahorcó
en Dallas a un cuatrero con sus propias tripas.
Joe enarcó una ceja.
-¿Hablas en serio?
-Lo colgó del primer árbol
que encontró y no se largó hasta que los
buitres le arrancaron los ojos.
Un escalofrío recorrió
a ambos hombres.
-Seguro que ha venido a cargarse a
alguien...
El jinete pasó las puertas de
vaivén y entró en el local mediovacío.
Los escasos clientes volvieron las cabezas y lo miraron
con ojos brillantes por el interés. El Forastero
vestía como un empresario de pompas fúnebres:
botas, pantalón, camisa, chaleco y sombrero,
todo negro, preservado por una levita oscura que le
llegaba a la altura de las rodillas. En su cadera derecha,
dentro de un cinturón canana, a la altura del
muslo, descansaba un Colt 45 plateado. La única
nota de color de su sombría apariencia.
Al fondo del local, el pianista inclinó
el cráneo sobre el instrumento, pasó los
dedos sobre las teclas y empezó a tocar una melodía
tétrica. Su voz de barítono quebrada por
el alcohol se elevó entre las sombras y repercutió
por todos los rincones del saloon. El barman experimentó
un escalofrío de repulsión al escuchar
la letra, una de las historias populares de la zona,
que trataba sobre asesinato, muerte y violencia.
Have mercy on me, sir
Allow me to impose on you
I have no place to stay
And my bones are cold right through...
Impertérrito, el jinete traspasó
el local y se dirigió a la barra haciendo rechinar
sus espuelas de plata. A su diestra, alrededor de una
mesa, varios parroquianos jugaban al póquer,
inmersos en sus cartas. De un rápido vistazo,
estudió el local de cabo a rabo, localizando
la puerta de salida, los ángulos de tiro, el
reflejo de los espejos y los mejores puntos para parapetarse
en caso de sufrir una emboscada.
El pianista continuaba cantando:
Then one morning I awoke to find
her weeping
And for many days to follow
She grew so sad and lonely
Became Joy in name only
Within her breast there launched
an unnamed sorrow…
El Forastero apoyó el codo
sobre la barra y esperó a que el barman lo atendiera.
El ladrido de un perro sonó en la calle. Un hombrecillo
calvo, vestido con un delantal manchado de cerveza,
inquirió mientras pasaba un trapo a un candil.
-¿Qué desea, caballero?
El jinete percibió cómo
el barman analizaba sus vestiduras cubiertas de polvo:
el cuello rígido de la camisa, el pañuelo
que llevaba en la garganta, el reloj de oro que colgaba
de su bolsillo, la funda donde guardaba el revólver...
El dueño del local tembló al contemplar
los rasgos de su nuevo cliente. Su arrogancia desapareció
reemplazada por el respeto. Del desconocido emanaba
una frialdad que helaría el mismísimo
Infierno. El aura de misterio que lo circundaba creaba
un vacío ominoso a su alrededor.
Voy a tener problemas, pensó
el barman. Esta clase de tipos siempre los dan.
La entonación del Forastero
fue cortante:
-Whisky.
El dueño del saloon nunca hubiera
imaginado cuánta razón tendría:
le faltaba poco para corroborar sus sospechas. Muchas
veces el destino nos ofrece las oportunidades en bandeja,
pero por hábito o estupidez, no somos capaces
de retroceder a tiempo, menos aún de modificar
nuestras acciones: ésta es la triste historia
del ser humano, ni más ni menos.
2
LOS HERMANOS LEE
El barman dejó el paño
sobre la barra y sacó una botella nueva de whisky
debajo del mostrador. Durante un momento, estuvo tentado
en engañar al desconocido y servirle alguno de
los menjunjes que reservaba para los viajeros incautos,
pero algo en la mirada del hombre le desistió
a hacerlo. Acto seguido, cogió un vaso limpio,
se acercó al jinete, cortó el precinto
con una navaja, abrió el envase y lo llenó
hasta los bordes. Se disponía a retirarse cuando
el Forastero lo detuvo con su voz helada:
-Deje la botella.
El barman obedeció.
-Por supuesto, caballero.
De un trago, el jinete vació
el vaso sin variar de expresión. De inmediato,
volvió a llenarlo y lo terminó con la
misma rapidez: parecía que quería borrar
el polvo del camino lo antes posible.
El pianista recitó los últimos versos
y enmudeció con brusquedad:
Would be the sum of earthly bliss
Do you reckon me a friend?
The sun to me is dark
And silent as the moon
Do you, sir, have a room?
Are you beckoning me in?
Inesperadamente, la puerta se abrió
y una figura familiar apareció en la entrada.
Los parroquianos suspiraron, tranquilos, la atmósfera
del local era tan densa que se podía cortar con
una navaja. El sheriff localizó al Forastero,
se estiró los bigotes, ajustó su placa
de cinco puntas y se encaminó hacia la barra.
Aparentemente ausente, el jinete continuó bebiendo,
disfrutaba del amargo licor. El representante de la
Ley se colocó al lado del desconocido y lo saludó
con cierto desdén:
-Buenas tardes, forastero.
Éste levantó la mirada
de la barra: sus ojos impávidos atravesaron al
sheriff de un lado a otro.
-¿Qué desea?
El hombre intentó reunir valor.
-¿Qué ha venido a hacer
aquí?
-No creo que sea de su incumbencia,
sheriff.
El agente de la Ley tragó saliva:
algo en aquel individuo lo ponía nervioso.
-Colorado Springs es una ciudad tranquila...
El desconocido lo interrumpió.
-¿Y eso qué significa?
El sheriff se obligó a continuar.
-Si ha venido a buscar problemas tendrá
motivo para lamentarlo, amigo.
-Lo tendré en cuenta.
Su tranquilidad lo aterró,
hubiera preferido una maldición o una respuesta
despectiva, pero el jinete controlaba su temperamento,
no tenía motivo alguno para encerrarlo. Una impresión
funesta emanó de la clientela: había perdido
el respeto de sus vecinos. El Forastero añadió
con frialdad:
-Déjeme solo, sheriff, no disfruto
de su compañía.
El agente de la Ley enrojeció
como un colegial.
-Está avisado, forastero.
-Lo tendré en cuenta.
El sheriff se volvió, soportó
las miradas burlonas de los parroquianos y salió
con el rabo entre las piernas: no volvería a
pasar por el local durante semanas.
El Forastero sacó papel y tabaco
de un bolsillo de la levita, lió un cigarrillo
con dedos expertos y lo prendió con una cerilla.
El humo azulado flotó en el aire, giró
alrededor de sus facciones y desapareció en el
techo del local. El barman siguió frotando todo
lo que encontraba a mano. El pianista se aproximó
a la barra y pidió una cerveza. Los jugadores
terminaron la partida y comenzaron otra. El jinete contempló
a los clientes del saloon, se encogió de hombros
y siguió bebiendo.
En el exterior, la noche aplastó
los contornos de la ciudad y cubrió las casas
en sombras: luces anaranjadas y tenues iluminaron los
hogares. Los pocos establecimientos que quedaban abiertos
cerraban sus puertas al público. Los comerciantes
agarraban sus abrigos y regresaban a sus viviendas.
Colorado Springs se transformaba en un erial recorrido
por oscuras vibraciones: parecía como si la llegada
del pistolero lo hubiera cambiado todo.
Una vez más, las puertas de
vaivén se abrieron y cuatro hombres penetraron
en el local. Un súbito silencio llenó
el saloon. Los hombres que jugaban a los naipes se levantaron,
recogieron su dinero y salieron del local rápidamente.
El jinete estudió a los recién llegados
con ojos calculadores. El líder del grupo tomó
la palabra.
-¡Fuera de aquí! -ordenó-.
¡Rápido!
Los clientes que bebían frente
a la barra no tardaron en obedecerlo.
-Todos menos tú, amigo.
El Forastero no hizo movimiento alguno
que indicara que lo había escuchado.
-¡Parece que es duro de oído,
Jim! -exclamó el más alto de los vaqueros.
El jinete continuó fumando
y bebiendo: quedaba media botella de whisky. Jim se
plantó delante del desconocido con las piernas
abiertas y las manos junto a las Remington que colgaban
en sus caderas.
-¿No me has oído?
El Forastero lo provocó intencionadamente.
-¿Has terminado?
El líder de la banda se adelantó
con la diestra cerca de uno de sus revólveres.
-¿Qué demonios has dicho?
-Cierra la boca -nstó-. No
quiero hablar contigo.
Los hombres encajaron los dientes y
acariciaron las culatas de sus armas: el cazador de
cabezas estaba buscando que lo llenaran de plomo.
Uno de los vaqueros se colocó
ante la puerta y preguntó irritado:
-Te llaman el Pistolero, ¿no
es cierto?
El desconocido no respondió.
-Sabemos quién eres -masculló-.
Tú mataste a nuestro hermano.
El jinete sonrió glacialmente:
-¿Cómo se llamaba? -manifestó-.
He liquidado a mucha gente.
El único que no había
hablado gruñó:
-¡Se llamaba Henry Lee, perro!
El gesto del Forastero se convirtió
en una mueca macabra:
-Lo recuerdo -admitió-. Era
un cochino ventajista.
Jim estuvo apunto de disparar.
-¡Hijo de puta! -chilló-.
¡Lo mataste por la espalda!
-Te equivocas, amigo -puntualizó
el jinete-. Lo até a la cola de mi caballo y
lo arrastré por las calles de Kansas hasta que
reventó como un perro rabioso.
El gigante del grupo decidió
terminar con aquella farsa:
-¡Acabemos con este charlatán!
-bramó-. ¡Mandémoslo al Diablo!
La banda se abrió en abanico
y circundó al desconocido. El barman retrocedió,
aterrado, buscando refugio detrás de la barra.
Sus miradas se cruzaron, el olor tenue de la muerte
flotó en el ambiente y realzó la lobreguez
del establecimiento. El pianista se sentó en
el taburete y contempló el espectáculo
con los ojos entrecerrados: hacía tiempo que
no veía una lucha a muerte en el saloon. El Forastero
echó la levita a un lado: los dados estaban echados,
no había marcha atrás.
-Esto no es necesario -instó-.
Largaros y no pasará nada.
Los vaqueros ignoraron sus palabras
y llevaron las manos a los revólveres con intenciones
asesinas. Antes de que lograran empuñar las culatas,
el cazador de cabezas desenfundó el Colt con
un movimiento relampagueante imposible de seguir con
la vista...
¡Bang!
El primer impacto perforó la
mandíbula de Jim, le reventó el cráneo
y arrojó su cadáver convertido en un guiñapo
hacia atrás.
¡Bang!
El segundo disparo atravesó
el corazón del gigante del grupo, abrió
un agujero en la espalda e hizo que sus pulmones salpicaran
el rostro de su hermano.
¡Bang!
La tercera detonación alcanzó
al hombre de la puerta en el centro de la frente, desparramó
sus sesos como una lluvia púrpura y lo obligó
a dar una grotesca pirueta.
¡Bang!
El cuatro proyectil destrozó
el esternón del último oponente, su boca
manchada de sangre se abrió para gritar un aullido
póstumo, pero el estampido ahogó las palabras
en el fondo de su garganta.
¡Bang!
El barman salió despedido contra
los anaqueles que habían detrás de su
figura. Su anatomía derribó las botellas
al suelo y se derrumbó entre la bebida y los
cristales rotos: un Winchester resbaló entre
sus dedos mientras expiraba.
La pistola humeante apuntó
al pianista:
-Me queda una bala -comentó
el Forastero-. ¿Quieres que sea para ti?
El músico levantó los
brazos y sonrió sin ganas:
-No, gracias.
El jinete recargó el tambor
y guardó el revólver en la funda. El pianista
contempló la carnicería con satisfacción.
El Forastero sacó un dólar de plata del
interior de la levita y lo arrojó sobre el mostrador.
El músico se atrevió
a decir:
-Dan una buena recompensa por los
Lee.
El jinete esbozó una mueca
de interés:
-¿En serio?
-Eran cuatreros -explicó-.
Robaban a los rancheros de la zona impunemente.
El Forastero asintió:
-¿Y por qué no los encerró
el sheriff?
-Porque es un cobarde.
El jinete volvió esbozar su
helada sonrisa:
-Suele pasar.
3
EL HOMBRE OSCURO
Al salir del saloon, el Forastero
ya había olvidado a los cinco cadáveres
que yacían en el interior del local: la prueba
sólo acababa de empezar. Con pasos tranquilos,
traspasó la calle y se detuvo en mitad de la
misma con la diestra cerca de las cachas del revólver.
-¡He acabado con tus títeres!
-gritó-. ¡Muéstrate, cobarde!
Una impresión de irrealidad
cubrió Colorado Springs. Los edificios de madera
fluctuaron, cambiaron de forma y revelaron su auténtica
apariencia. En pocos segundos, el pueblo fue suplido
por una moderna ciudad, rascacielos de acero y cristal
elevaban sus perfiles abruptos hacia el cielo ensombrecido
por la contaminación de las grandes refinerías,
zeppelines publicitarios irradiaban las fachadas de
los imponentes bloques de apartamentos, vehículos
metálicos aparecieron aparcados a ambos lados
de la avenida. El jinete no pareció sorprendido
por la transformación de la ciudad, esperaba
algo parecido, su enemigo nunca cesaba de improvisar
sobre la marcha. Inmutable, se caló el sombrero
sobre los ojos y flexionó los dedos: había
llegado al final del largo camino iniciado meses atrás.
La puerta de un pub se abrió,
el pianista emergió al exterior mientras se ajustaba
un cinturón canana en la cintura: sus pasos suaves
presagiaban lo peor. Su silueta nervuda, de anchos hombros
y brazos largos, quedó iluminada por los reflejos
transversales de un dirigible que flotaba sobre su cabeza.
La voz del Hombre Oscuro fue casi amistosa:
-Por fin nos encontramos, Pistolero.
El Forastero cambió el peso
de un pie a otro.
-Afortunadamente.
El pianista se situó a quince
pasos de distancia.
-¿Por qué no me disparaste
dentro?
El jinete replicó:
-No quería que fuera tan fácil.
El Hombre Oscuro soltó una
carcajada sin humor:
-Continúas siendo arrogante
por lo que veo...
-Siempre.
El pianista cesó de reír
y su tono se volvió amenazador:
-Esa será tu perdición.
El Forastero volvió a apartar
la levita.
-¿Tú crees?
La melodía de un zeppelín
llegó a sus oídos:
It was back in '32 when times were
hard
He had a Colt .45 and a deck of
cards
Stagger Lee
He wore rat-drawn shoes and an
old Stetson hat
Had a '28 Ford, had payments on
that
Stagger Lee...
La atmósfera de la megalópolis
se convirtió en una masa irrespirable. Los letreros
de neón que destellaban en las fachadas de los
rascacielos adquirieron una apariencia lúgubre
y sobrenatural. Los ojos acerados de ambos individuos
se encontraron, llenos de odio, velados por designios
homicidas. Una ráfaga de aire recorrió
la calle y susurró entre las ruedas de los Plymouth
Fury del 58, los Cadillacs descapotables, los Bugatti
T-35, los Duesenberg metalizados y los Rolls Royce de
manufactura británica. Un coyote cruzó
la avenida, se inmovilizó entre los dos hombres,
estudió la escena y se ocultó en un portal
con las orejas inclinadas: el animal había percibido
el aroma de la muerte que flotaba en el aire.
-Deberías hacer lo mismo -comentó
el jinete-. Vivirías más.
El Hombre Oscuro rechinó los
dientes:
-¿Por qué tanta charla,
Pistolero?
-Llevo mucho tiempo detrás
de tu rastro -explicó-. ¿Te importa que
saboree el momento?
La entonación del pianista
fue irónica:
-En absoluto...
El Forastero añadió:
-Me gustó la canción
que me dedicaste. ¿La compusiste tú?
-No.
-Lástima...
-¿Lástima? -repitió
su adversario-. ¿Por qué?
-Hubiera sido un buen epitafio sobre
tu tumba.
El Hombre Oscuro tembló de
rabia.
-¿Qué epitafio?
-Tuvo talento antes de diñarla.
Un pesado silencio cubrió la
calle. El zumbido de una sirena de policía rasgó
la oscuridad, rebotó entre los edificios y se
desvaneció a unas manzanas de distancia. Las
respiraciones de ambos contrincantes ascendieron de
intensidad mientras se disponían a empuñar
las armas. Aquello era algo personal, quedaban muchas
deudas por saldar, la muerte de cualquiera de los dos
solucionaría el problema. El pianista arqueó
los antebrazos y sus dedos, finos y sensibles, rozaron
las culatas de madreperla de los Colt Navy de 1851.
El tema del dirigible terminó:
"Yeah, I'm Stagger Lee and
you better get down on your knees
And suck my dick, because If you
don't you're gonna be dead"
Said Stagger Lee
Billy dropped down and slobbered
on his head
And Stag filled him full of lead...
-¡Te veré en el Infierno,
Pistolero!
Sus miembros descendieron a una velocidad
endemoniada, desenfundaron las pistolas y las pusieron
en ángulo de tiro: dos fogonazos relampaguearon
en las tinieblas. El Hombre Oscuro boqueó, asombrado,
sus ojos se volvieron vidriosos y su frente se perló
de sudor. A trompicones, trató de guardar las
armas, pero sus miembros trémulos no obedecieron
las órdenes de su cerebro. Con una mirada desorbitada,
vio cómo un reguero de sangre manaba de su corazón
perforado y formaba una mancha granate sobre su camisa
blanca.
-Maldito se...
El pianista no logró terminar
la frase. Su cuerpo perdió fuerzas y se desplomó,
boca abajo, sobre el alquitrán. No podía
creer que su rival manejara el revólver con tanta
rapidez.
El jinete giró el Colt y lo
enfundó en la pistolera bien engrasada: finalmente
había cumplido su venganza.
publicado en junio de 2008
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