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La sangre de Dios Más sobre Alexis Brito Delgado


«Dijo Yahvé a Abram: «Salte de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré; Yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será una bendición. Y bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Y serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra».»

Gen 12:1-3.

 

1

NOCHE INFERNAL

 

 

Año de Nuestro Señor 1.307

El retumbar de los caballos llenó la noche, propagó su sonido a través de los campos negros y llegó al interior del castillo. En las almenas, vencidos por la curiosidad, los centinelas bajaron las lanzas, levantaron las viseras de los yelmos y observaron a los jinetes. ¿Qué motivo conducía a la Santa Inquisición a sus hogares? El cielo oscuro, cargado de nubes plomizas, amenazaba con desencadenar una tormenta sobre la tierra. Los pendones ondearon al viento, los cascos herrados repiquetearon, los escudos chocaron contra las sillas, las cotas de malla brillaron y las espadas prometieron tenebrosos designios, mientras la tropa de trescientos hombres, poderosamente armados, llegaba a las faldas de la fortaleza. Dentro del recinto, en lo alto de una torre, la Beaussant blanca y roja flotaba orgullosa bajo la luna llena. La hueste se detuvo ante las murallas del castillo. Uno de los jinetes que cabalgaba en primera fila se adelantó, ignoró el ulular del viento y rugió con voz autoritaria:

-¡Abrid las puertas! -ordenó-. ¡Traigo órdenes del Rey!

El jefe de la guardia, un italiano de facciones afiladas y modales soberbios, tomó la palabra.

-¿Quién sois? -inquirió receloso-. ¿Y por qué venís a estas horas a importunar nuestro descanso?

El encapuchado dejó caer la caperuza sobre sus hombros.

-Soy Guillermo de Nogaret, confesor del Rey e inquisidor de la Madre Iglesia. ¡Obedecedme!

Los centinelas murmuraron, nerviosos, ante la presencia de aquel hombre: uno de los individuos más odiados y temidos de Francia. La luz tenue de las antorchas bañó su rostro: cabellos hirsutos, piel sombría, frente hundida, nariz bulbo sa, pómulos marcados y boca estrecha. Guillermo continuó:

-¡Bajad el portón! -instó-. ¡Mi misión no admite demora alguna!

De improviso, en las almenas apareció el Senescal del castillo, medio adormilado, sus sirvientes lo habían sacado de la cama a horas intempestivas.

-Buenas noches, señor -saludó con condescendencia-. ¿A qué debemos el honor de vuestra visita?

El inquisidor enrojeció de rabia:

-¿Debo seguir aguantando esta cháchara a la intemperie como si fuera un vulgar campesino, Senescal?

El hombre se revolvió.

-Por supuesto que no, eminencia.

Guillermo arrastró las palabras:

-Permitidme pasar -dijo con malignidad-. ¡O de lo contrario os pudriréis en una celda!

El jefe de la guardia susurró a su superior:

-Esto no me gusta nada, señor.

El Senescal replicó:

-A mí tampoco, Arnaldo, amigo mío.

Arnaldo comentó:

-Os recuerdo, que antes de partir, el Gran Maestre dio instrucciones específicas de que nadie entrara en el casti llo, mi Senescal.

Su superior encogió los hombros:

-No te preocupes, Arnaldo, asumiré la responsabilidad ante De Molay.

Inquieto, el jefe de los guardianes señaló con el índice a los jinetes.

-Hay dominicos entre sus filas, señor.

 

La Orden de los Hermanos Predicadores, siervos del Papa Clemente, encargados de erradicar el pecado y la herejía, eran conocidos en toda Europa por su crueldad y fanatismo religioso. Vestían hábitos blancos, capuchas, escrapularios, capas azabaches y llevaban bien visibles las cruces de Calatrava con el lema de su unidad: Laudare, Benedicere, Praedicare.

 

El Senescal agitó la mano, indiferente:

-Esto no es una caza de brujas, mi buen Arnaldo.

Este resopló:

-Preferiría no correr riegos, mi Senescal.

Arnaldo estudió al pequeño ejército: caras hoscas, aceros centelleantes, expresiones ominosas, dedos engarrotados alrededor de los arcos, miradas ardientes... Un escalofrío recorrió su espina dorsal y le erizó los pelos de la nuca: intuía que algo terrible estaba apunto de suceder. El inquisidor real chilló como un poseso:

-¡Estáis agotando mi paciencia! -amenazó-. ¡A su Majestad no le gustará saber que desobedecéis sus órdenes!

El jefe de la guardia tragó saliva:

-¿Qué demonios querrá?

Su superior esbozó una sonrisa tensa:

-Pronto lo sabremos.

Arnaldo gritó a sus hombres:

-¡Bajad el puente!

Con un chirrido, los pernos giraron, las cadenas se desplegaron, la superficie de madera descendió y tomó tierra firme al otro lado del foso. Segundos después, los jinetes espolearon sus monturas, avanzaron como una mareada lóbrega y traspasaron la estructura: el tronar de los corceles levantó ecos en la madrugada. El jefe de la guardia bajó al patio acompañado por el Senescal del castillo. Guillermo de Nogaret detuvo su corcel cerca de ambos hombres.

-¡Infieles! -gritó-.¡Habéis mancillado el nombre de Cristo!

La sorpresa los dejó sin habla.

-No os comprendo, eminencia -dijo Armando-. ¿De qué se nos acusa?

Los ojos del inquisidor chispearon como ascuas:

-¡De blasfemia! -exclamó-. ¡Adoráis a Baphomet!

Colérico, el Senescal llevó la mano a su cadera, para descubrir que estaba vacía: con las prisas había dejado la espada en sus aposentos. Su voz fue helada:

-Os ruego que os retractéis de vuestras palabras, señor. -susurró-. O la sangre empapará estos muros dedicados a la meditación y a la plegaria.

El inquisidor no le hizo caso.

-¡Sodomitas! ¡Adoradores de símbolos paganos! ¡Arderéis en las llamas purificadoras del Señor!

El jefe de los centinelas desenvainó su arma.

-¡Perro! -gruñó-. ¡Demostradlo ante un tribunal!

Guillermo sacó un pergamino de sus vestiduras.

-En el nombre de Felipe IV “el Hermoso”, con el consentimiento de su Santidad Clemente V, estáis todos arrestados por los delitos anteriormente aludidos.

El Senescal le arrancó el documento de las manos.

-¡Imposible! -bramó-. ¡Somos buenos cristianos!

El inquisidor esbozó una de sus escasas sonrisas: un gesto capaz de helar la sangre en las venas al soldado más aguerrido.

-¡Mentira! -hizo una señal a su gente-. ¡Prendedlos!

 

2

LA SANGRE DE DIOS

 

Inquieto, Wolfgang Stark abrió los párpados y buscó el pomo de su espada: el contacto del arma no lo tranquilizó. Después, apartó la manta que cubría su cuerpo y puso los pies desnudos sobre la alfombra: una pesadilla había desvelado su descanso. Sus anchos hombros temblaron, la estancia helada erizó los poros de su piel: tendría que pedir más paja a los hermanos legos. De manera inconsciente, intentó recordar sus sueños, pero su mente estaba en blanco, un débil consuelo que le proporcionó la tranquilidad que necesitaba. Inmediatamente, abandonó la cama y se uniformó: ropa interior, cota de malla hasta los muslos, túnica con la cruz de Salomón y botas de cuero. Su rostro taciturno, poblado por una espesa barba rubia, mostró signos de turbación: sabía que algo no iba bien. Más tarde, se puso el cinturón, ajustó la espada dentro de la vaina sin adornos y colocó un puñal en su costado: estaba listo para entrar en combate. Desde el exterior, el sonido de gritos llegó a sus oídos y le causó un espasmo de aprensión: el castillo estaba bajo asedio. En sus ojos grises, fríos y melancólicos, destelló una llama acerada: hombres tendrían que perecer por su osadía. El alemán se colocó el casco cilíndrico y salió de la habitación. En el pasillo, las lámparas de aceite iluminaron su figura enjuta y le proporcionaron un aspecto lúgubre. Stark cruzó el corredor ovalado con grandes pasos y llegó a una puerta cerrada. Su puño enguantado aporreó la madera.

-¡Despertad, Constantin! -vociferó-. ¡Despertad, maldita sea!

El rostro somnoliento de uno de sus escuderos apareció en la entrada.

-¿Qué sucede, señor?

El alemán lo apartó a un lado e invadió la estancia a oscuras.

-Vestiros -indicó-. Alguien nos ataca.

Al anciano se le pasó el sueño de inmediato.

-¿Estáis seguro de lo que decís, señor?

-¡Apresuraos! -masculló-. ¡No hay tiempo para charlas!

Mientras su siervo se vestía, Stark se asomó a la puerta y escudriñó el pasadizo, con los músculos tirantes por la espera.

-¿Dónde está Armand? -inquirió.

Su escudero agachó la cabeza.

-No lo sé, señor.

El caballero enarcó las cejas debajo del yelmo.

-¡Mentís como un bellaco!

El hombre titubeó.

-He escuchado rumores, señor.

Wolfgang encajó las quijadas.

-Explicaros, Constantin.

-Los hombres de las caballerizas comentan que suele visitar a las campesinas de los alrededores, señor.

Stark ahogó una blasfemia. En su mente cristiana no cabía peor pecado que los delitos de la carne. Armand no era digno de ser su siervo. Se encargaría de que el Gran Maestre lo expulsara de la Orden por lascivo.

-Ya hablaremos de esto...

 

Minutos después, el alemán y el anciano traspasaron una galería, en dirección al patio del castillo. Afuera, el sonido de la ofensiva arreció: el entrecruzar de los aceros, el gemido de los heridos, el crepitar del fuego y los improperios de los soldados. Circunspecto, Stark adelantó a su escudero, empuñando el acero de doble filo. Descendieron una escalera de caracol, avanzaron por un pasillo cubierto de tapices y llegaron a una vasta sala. Un hombre yacía en el suelo circundado por un charco carmesí. El alemán corrió y se inclinó sobre el moribundo.

-¡Arnaldo! -exclamó-. ¿Qué os ha sucedido?

El jefe de la guardia escupió unas gotas de sangre.

-Los hombres del Rey nos atacan -musitó-. Tened cuidado...

Stark se quitó el casco y comprobó la espantosa herida: era un milagro que continuara vivo.

-¿Por qué? -preguntó-. ¿Qué clase de locura es esta?

La mirada vidriosa de Arnaldo reconoció a su interlocutor.

-Wolfgang... Debéis huir... Todo está perdido...

El alemán lo zarandeó sin contemplaciones.

-¡Contestadme! -rugió-. ¿Por qué nos asedian los siervos de su Majestad?

El moribundo susurró:

-Nos acusan de profanaciones al nombre del Señor...

Stark hizo acopio de paciencia.

-¿Profanaciones? ¿Cómo es posible?

Arnaldo no pudo contestar sus preguntas: su corazón había cesado de latir. Deprimido, el alemán cerró sus párpados abiertos y oró una pequeña plegaria.

-Descansa en paz -murmuró-. Que nuestro señor Jesucristo te acoja en su seno.

Constantin lloraba como un niño. Stark efectuó una promesa.

-Vengaré tu muerte, Arnaldo. Lo juro por la carne y la sangre que Cristo vertió para salvarnos. Dios es testigo de mis palabras.

El alemán se incorporó. Una expresión terrible desfiguraba sus elegantes facciones. Sus dedos apretaron la empuñadura del acero hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El anciano se santiguó.

-Dios nos coja confesados...

Stark volvió a ponerse el yelmo.

-¡Vamos! -instó-. ¡Mi espada clama venganza!

 

En aquel momento, la puerta de bronce situada al fondo de la cámara se abrió: cuatro dominicos armados con mazas de plomo y afilados machetes penetraron en la estancia. Uno bramó:

-¡Infieles! ¡Atrapadlos, hermanos!

El alemán no esperó a que tomaran la iniciativa. Su diestra agarró el cuchillo y lo arrojó hacia el sacerdote. El arma trazó una elipsis y se hundió en su garganta: el hombre murió soltando un borbotón escarlata por la boca. De inmediato, extendió las piernas, afianzó su posición y detuvo el primer ataque: chispas blancoazuladas saltaron al entrar las hojas en contacto. Stark retrocedió, esquivó un impacto dirigido a sus costillas y enterró la espada en el estómago de su oponente. El dominico profirió un chillido, se llevó las manos al vientre y lanzó un insulto estrangulado:

-¡Que el Señor te maldiga!

Wolfgang lo despanzurró como a una res: sus entrañas salpicaron los azulejos de mármol. Su voz destiló un tono cínico y cruel impropio de su persona.

-¡Púdrete en el Infierno!

A su izquierda, su escudero luchaba contra dos enemigos con grandes esfuerzos, manteniendo a raya sus armas a duras penas. Con un grito, Stark embistió por detrás, el acero trazó un arco horizontal y una cabeza decapitada rodó por el suelo. Constantin reculó, sorprendido, con el pecho abierto en dos. El alemán dejó caer el arma y cortó la mano de su adversario: el sacerdote aulló como un endemoniado. Inmisericorde, remató al dominico, una estela púrpura dividió su faz hasta el esternón. Asqueado, Stark limpió la espada en las ropas del cadáver, recuperó el puñal y corroboró el estado del anciano: nada podía hacer por salvarlo. Una sensación de derrota lo invadió: había visto a demasiados camaradas caídos. El alemán lanzó una blasfemia, no quedaban soldados jóvenes en el castillo, De Moley había destinado a los mejores hombres a la Isla de Chipre y a las provincias de Ultramar: sólo contaba con criados y viejos para defender la guarnición. La violencia se apoderó de su ser y relegó sus emociones a un segundo plano: quedaban deudas por saldar. Wolfgang rogó con ojos férvidos:

-Permíteme que sea el adalid de Tu Cólera, Señor. Llevaré tu palabra donde vaya y venceré a los pecadores con la fe que me has otorgado...

 

 

3

EL ÚLTIMO TEMPLARIO

 

Stark apretó los puños, controló la ira que palpitaba en sus venas y se arrastró en la oscuridad. Una docena de cuerpos prendían en las almenas, iluminados por el espejismo lunar. Impotente, lanzó un gruñido y ahogó un sollozo desesperado. El pesar lo cubrió como un sudario, los remordimientos que creía olvidados regresaron y quemaron su interior. El alemán había fracasado, sus camaradas fueron ejecutados ante sus narices, tendría que cargar sus muertes sobre su conciencia. El odio lo impulsó hacia delante. Su cara pálida estaba desencajada por la necesidad de venganza, terminaría con aquellos pecadores, costara lo que costara. Risas rasgaron el silencio sepulcral. Su agitación aumentó y borró cualquier atisbo de humanidad de su mente: Satanás hubiera retrocedido ante su presencia de tenerlo enfrente. El resplandor mortecino de las hogueras alumbró los muros: cadáveres retorcidos, mutilados y saeteados, despojos carbonizados y desechos agonizantes. La matanza, sádica y sangrienta, no había dejado a nadie con vida: Stark era el único superviviente. Wolfgang rodeó los cobertizos, silencioso como una cobra, con la intención de comprobar cuantos enemigos quedaban en el patio del castillo. Masoquista, miró los esqueletos de sus compañeros, horriblemente consumidos, colgados en los postes funerarios. De inmediato, apartó la vista, la tristeza lo abrumaba y le hacía un nudo en la garganta. Seis hombres bebían alrededor de una fogata. El alemán reconoció los muebles de los aposentos privados del Gran Maestre: habían sido troceados para hacer leña. Los soldados del Rey asaban lonchas de carne en la punta de sus cuchillos, dispuestos a pegarse un atracón. Un individuo se aproximó al fuego y arrojó un pellejo vacío a las llamas.

-Buen vino el de los templarios, ¿verdad, muchachos?

Sus hombres rieron, levantaron las botellas y brindaron con diversión.

-En el cuerpo de su Majestad no nos permiten beber en horas de servicio, sargento Léopold.

-¡Cierto! -un soldado raso se llevó un pedazo de carne a la boca-. ¡Maldición!

Léopold fue burlón:

-¡Id con cuidado, Wilfried, os vais a quemar!

El gordinflón exclamó:

-¡Iros al diablo!

Otro añadió, sarcástico:

-La guarnición os ha ablandado, Wilfried.

Stark apuntó su rostro desfigurado por la viruela en su memoria: ojos porcinos, nariz aplastada y boca desencajada. Las secuelas de la enfermedad habían convertido sus facciones en una máscara inmunda. Uno de los soldados tomó la palabra:

-De Nogaret ha hecho una buena limpieza -comentó-. ¡Esta basura merecía perecer por su iniquidad!

Nuevas carcajadas:

-Mañana regresaremos a París -declaró el sargento-. Debo pedirle un permiso al capitán Donatien.

-Dudo que os lo conceda -replicó el gordinflón con sorna-. La caza de los templarios sólo acaba de empezar.

-Ya veréis -terminó otro pellejo de vino-. Tengo buenos contactos en el ejérci...

Aquella fue su última frase, la punta de una espada asomó en su pecho, a la altura del corazón. El alemán pateó a su adversario y lo arrojó dentro de la hoguera: el cadáver chisporroteó al caer sobre las brasas. Los soldados intentaron levantarse. De un salto, Stark se situó entre los cinco hombres, osciló el arma sobre su cabeza y lanzó un alarido de guerra. Un enemigo murió con la nuez atravesada. Wolfgang sacó el arma de un tirón, efectuó una finta e introdujo la hoja por el hueco del brazo de una armadura: el acero mordió carne y extirpó otra vida. El alemán giró, una espada chocó contra su cráneo y le arrancó el casco: el retumbar del acero lo atontó durante unos segundos. Furioso, dio un largo paso, flexionó la rodilla derecha con la pierna izquierda extendida, introdujo la espada debajo de la faldeta de su oponente y desgarró sus genitales: el soldado berreó antes de caer inerte. Una maza le rozó el hombro, Stark se ladeó, desenfundó el cuchillo y lo hundió en el tórax del soldado: aquel hombre no volvería a darle problemas. Aterrorizado, Wilfried soltó el hacha y corrió hacia la entrada de la fortaleza, sin molestarse en mirar atrás.

-¡Cobarde! -tronó el caballero-. ¡Te arrancaré las entrañas!

En diez zancadas, el alemán estuvo encima del gordinflón y lo embistió por la espalda. Su propio impulso lo hizo zozobrar, pisó unas piedras sueltas y ambos cayeron dentro del foso con un sonoro chapoteo. El agua oscura y grasienta los rodeó con su masa. Stark elevó el puñal e intentó degollar a su adversario, pero el hombre le agarró la muñeca y buscó su propio cuchillo: el pánico proporcionaba una fuerza sobrehumana a sus movimientos. Los dos soldados forcejaron y levantaron remolinos de espuma. Wilfried le arañó la mejilla, el caballero lanzó un gemido ahogado y lo apartó de un manotazo. El alemán cambió de táctica, hundió a su oponente en las aguas turbulentas y lo impulsó hacia el fondo, utilizando todo su peso. El individuo se resistió y pataleó. Stark le metió los pulgares en las órbitas y le estalló los ojos. El grito del gordinflón quedó silenciado debajo de la superficie burbujeante. Irritado, apretó con dedos de hierro la cabeza, hasta que el cuerpo quedó inmóvil, flotando boca arriba. Sin pensarlo, hundió el puñal en las facciones del cadáver y convirtió sus rasgos una masa sanguinolenta irreconocible: parecía que Lucifer se había apoderado de sus actos.

 

Stark salió del foso y se dirigió a la fortificación: tenía frío y le dolían todas las articulaciones del cuerpo. Un relámpago rasgó la madrugada, destelló en las tinieblas e irradió las figuras ahorcadas en las almenas. Una fría llovizna manchó los hombros del alemán. Wolfgang soltó un suspiro, se encontraba demasiado cansado para dilucidar, no quería sufrir más, bastantes horrores había presenciado hasta ahora. En el horizonte, las nubes comenzaban a clarear y mostraban los primeros destellos del sol matutino: la visión del cielo gris lo hizo inclinar la cabeza, abrumado por el pesar. Inmediatamente, el alemán se despojó de su manto manchado de sangre y de barro, le quitó las vestiduras a un cadáver y recuperó su yelmo: debía que salir de allí lo antes posible. Después, registró los cuerpos inertes de sus oponentes, les arrebató las escasas monedas que llevaban en los bolsillos y las provisiones de sus morrales: los muertos no las necesitarían. ¿Dónde estaban las huestes de Guillermo de Nogaret? Stark oteó la entrada del castillo, unas figuras cabalgaban en la lejanía, acercándose inexorablemente hacia la fortificación. No podía continuar en aquel punto, tarde o temprano sus enemigos lo localizarían, había visto lo que eran capaces de hacer, no albergaba muchas ilusiones si caía vivo en sus manos. Con una mueca determinada, el alemán se aproximó al lado oeste del patio, eligió una de las monturas de los soldados, un caballo blanco de mirada orgullosa y patas robustas, y se dispuso a huir para salvar su existencia.

 

En la salida, volvió la cabeza acorazada, apretó las riendas del animal y musitó con los ojos llenos de lágrimas.

-Lo siento amigos, que Dios de reposo a vuestras almas y castigue a los criminales que os asesinaron...

 

publicado en marzo de 2008

 
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