| El atronador ruido que
producían los calzados cascos de un alazán rojo, a galope
tendido, desgarraba el embriagador silencio que había
traído consigo las primeras hora del alba.
El Caballero de Albany abandonaba el
campo de batalla; donde centenares de muertos yacían
apilados, entre las cañadas del río, cuyas aguas aparecían
tintadas de un rojo intenso debido a la sangre derramada.
-No razono -pensaba el armado guerrero-
¡huyo! ¿De quién?..., ¡de la pesadilla y del horror!
Macabra danza de muerte y destrucción,
donde los miembros volaban tras ser cercenados de sus
troncos, para ser esparcidos a todo lo largo de la mancillada
rivera.
Esas horribles imágenes se repetían,
sin algún tipo de compasión, en la mente del maltrecho
y horrorizado caballero.
En un instante de su azarosa huida
de sí mismo y tras hundir, sin compasión, las espuelas
que calzaba en los lomos del brioso y bello corcel,
la montura encabritó su cuerpo sobre las patas traseras
e hizo descabalgar, de forma violenta, a su asustado
jinete.
***
La fuerte bebida elaborada con lúpulo
y malta fermentada, había realizado su embriagador milagro
sobre los bárbaros que contendieran contra las tropas
cristianas.
Muchos de los suyos sufrían el dolor
fronterizo de la muerte. Muerte que era bien esperada,
como si de una bendición se tratara, por muchos de los
miles de heridos. Gabón sólo luchaba.
Gabón nunca entendería la guerra; pero
era consciente de ser considerado, por sus hordas, como
el más poderoso y salvaje guerrero de las tierras norteñas.
-Yo debo luchar. Las circunstancias
me obligan a hacer la guerra para proteger a mi tribu,
familia, esposa e hijos. Me roban la tierra y matan
mi ganado.
Desde hacía varias generaciones, Gabón
y sus hermanos bárbaros habían luchado contra diferentes
pueblos, que se denominaban a sí mismos como civilizados,
y que proferían una misma religión. Ellos eran denominados,
por aquellos, paganos al tiempo que violaban a sus mujeres
y robaban a sus hijos para convertirlos en esclavos.
Distintos estandartes habían sido enarbolados
contra su pueblo obligándoles a armarse con la violencia
de sus propias manos. Serpientes y águilas eran mostrados
como símbolos por los invasores. La Cruz reinaba sobre
todos ellos intentando destruir su cultura rúnica y
sus creencias paganas. Brujos y brujas, seguidores del
diablo, les llamaban.
Ellos siempre se habían defendido,
como mejor sabían. No poseían grandes conocimientos
de ciencia guerrera; pero algo debían de hacer, con
el fin de preservar su milenaria cultura de caza y pastoreo.
Tras la embriaguez proporcionada por
la mágica cerveza, Gabón montó a su blanca mula y partió
en persecución del Caballero huido y que, instantes
antes, mandara las destruidas tropas invasoras.
***
Después de pasar un tiempo indeterminado
en estado de inconsciencia, Albany, gravemente herido,
visualizó la bella imagen de su amada Dama. La madre
de sus hijos. Las imágenes de la guerra se mezclaban,
intermitentemente, con situaciones familiares de gran
ternura.
-Yo -se decía-, Gran Caballero y Alto
Dignatario de las grandes casas de Roma, poseedor de
extensas tierras pobladas por multitud de vasallos.
Mis hijos, naturales, putativos y oficiales... Sus hijos,
los bárbaros también tienen niños y sus ojillos se alimentan
de un gran sufrimiento y de una efímera alegría. Veo
los ojos llorosos de mi progenie. Veo los llorosos ojos
de sus hijos..., los niños no. ¡No!
-También reconozco la incontenible
rabia de las viudas, obligadas a mantener en soledad
a sus jóvenes retoños. ¡Dios!, perdóname si puedes.
Gran Señor pensaba que era y bárbaro me encuentro por
haber asesinado a tanto ser humano.
El delirio, consecuencia del dolor,
fue arropado por una incipiente razón que había despertado
en la consciencia del Grande y vitoreado caballero.
Una afilada y roñosa daga de acero,
templado en nitrógeno por la sangre de muchas muertes,
rasgó con inusitada violencia la primera capa de piel
de su blanco cuello.
Albany abrió sus llorosos ojos y vio,
ante sí, una sombra de sí mismo. Un alto y fornido salvaje,
acostumbrado a tratar con el ganado, lo había tomado
por el cabello dispuesto a cercenar su cabeza.
Gabón, el pastor de las laderas del
norte, mantuvo su queda mirada en los ojos del despojo
de hombre que tenía a su merced. Intentaba ver en ellos
un pequeño atisbo de pánico, terror o tan siquiera miedo.
Esperaba un gesto que lo indujese a la clemencia, aunque
en su interior sabía que aquella estaba desterrada de
su mente. Gabón no sólo no pudo ver aquello en los ojos
del guerrero sino que observó pena, dolor, bondad y
amor. Un señorío y sincero arrepentimiento era lo único
que pudo ver antes de...
-Toma mi daga Gran Señor, empuña este
puñal y atraviésame las entrañas.
-Hunde en mi vientre -continuó-, el
arma que pretendía acabar con tu vida y destruye la
mía para darme paz y descanso. ¿Qué valor tiene ya?,
después de haber visto morir a toda mi familia.
Unas lágrimas resbalaron sobre las
mejillas del gigante, mezclándose como en cascada de
amor, con las ya, hacía tiempo, surgidas de los ojos
del Caballero de Albany.
-¿Por qué haces esto, Gran Hombre?
-balbuceó el cristiano.
-No lo sé -replicó Gabón-, quizá vi
algo en tus ojos que nunca antes había observado.
-¿Qué? -preguntó Albany.
-Tu humildad mostraba, en el espejo
de tu mirada, mi propio rostro.
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