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La caída de Afrodita Más sobre Antonio Ruiz Alba

A una distancia prudencial y al amparo del negro vacío del espacio, se podía contemplar la majestuosa belleza del vals Vienés que interpretara la estación orbital de Venus.

 

Como en una invisible y gigantesca pista de baile, la bella diosa y su sombra desarrollaban su sincrónica danza en torno al infernal y ácido planeta del que había tomado prestado el nombre.

 

Las naves de carga se apiñaban en el exterior, alrededor de los repletos hangares. Las espacio-naves de transporte parecían miniaturas de juguete cuando se las comparaba con la enorme mole mecánica condenada a ser compañera de Lucifer. Una enorme rueda de carro, una peonza luminosa y multicolor, abrigo de pieles plateados y vestido de cola que recogían y desviaban la energía del Astro Rey.

 

Durante más de dos décadas, Afrodita II, había permanecido operativa y asimismo, durante otras tantas, debería seguir realizando valiosos servicios a la Flota Estelar antes de quedar obsoleta.

 

Emergencias derivadas de aquella situación habían sido infrecuentes en el pasado y nunca, hasta entonces, la posición orbital de la estación se había interpuesto ante el avance de un cometa de la magnitud del Yamamoto.

 

Cuando el titánico satélite fue construido se tuvo en cuenta dicha posibilidad y fueron instalados potentes reactores sustentados por impresionantes amortiguadores con la intención de modificar, en caso necesario, la órbita estándar; pero en el transcurso de los años, aquellos no fueron necesarios y primero se descuidó su mantenimiento para después dejar que la sofisticada maquinaria, literalmente, se oxidara.

 

Los destructores de la Armada Espacial, habían luchado valerosamente, y hasta la extenuación, para intentar cambiar el curso del mortal viajero de los confines del Sistema Solar; pero lo cierto era, que aquellas maniobras no dieron resultado alguno.

 

La masa del Yamamoto era comparable a la de una pequeña luna y las explosiones nucleares sólo producían insignificantes mellas en su superficie, descongelando parte del hielo, el cual absorbía, a modo de esponja, cualquier impacto ya que el frío del entorno volvía a congelar el líquido cometario a una endiablada velocidad.

 

Los trabajos de evacuaci6n habían empezado varios días atrás con el concurso de todos los cruceros y transbordadores disponibles de la Federación de Planetas Unidos.

 

El impacto del cometa era inminente y todos los esfuerzos por intentar evitar el fatal desenlace habían fracasado repetidamente. Los ingenieros de Afrodita, en el último instante, lograron desarrollar fuerza de impulso; pero al parecer no fue suficiente. Yamamoto interceptó la fatídica órbita a muy pocos kilómetros de la lasciva diosa.

 

No existió impacto directo pero la gran masa cometaria, escapada del cinturón de Kuiper, hizo que las delicadas entrañas de Afrodita se esparcieran miles de kilómetros, en el vacío, debido a la fuerte explosión producida por la deflagración gravitacional. Primero fueron los cristales de material orgánico, después la materia viva y las cosas...

 

Todo había sido previsto, por los ingenieros que proyectaran la plataforma espacial, para hacer frente a una emergencia similar; pero la desidia convirtió una situación nimia y evitable en la mayor catástrofe que se recuerda en los anales de la conquista del espacio.

 

Un desnudo esqueleto gris permanece en órbita de Venus como claro testimonio de la irracionalidad y desidia humana.

 

 
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