| A una distancia prudencial
y al amparo del negro vacío del espacio, se podía contemplar
la majestuosa belleza del vals Vienés que interpretara
la estación orbital de Venus.
Como en una invisible y gigantesca
pista de baile, la bella diosa y su sombra desarrollaban
su sincrónica danza en torno al infernal y ácido planeta
del que había tomado prestado el nombre.
Las naves de carga se apiñaban en el
exterior, alrededor de los repletos hangares. Las espacio-naves
de transporte parecían miniaturas de juguete cuando
se las comparaba con la enorme mole mecánica condenada
a ser compañera de Lucifer. Una enorme rueda de carro,
una peonza luminosa y multicolor, abrigo de pieles plateados
y vestido de cola que recogían y desviaban la energía
del Astro Rey.
Durante más de dos décadas, Afrodita
II, había permanecido operativa y asimismo, durante
otras tantas, debería seguir realizando valiosos servicios
a la Flota Estelar antes de quedar obsoleta.
Emergencias derivadas de aquella situación
habían sido infrecuentes en el pasado y nunca, hasta
entonces, la posición orbital de la estación se había
interpuesto ante el avance de un cometa de la magnitud
del Yamamoto.
Cuando el titánico satélite fue construido
se tuvo en cuenta dicha posibilidad y fueron instalados
potentes reactores sustentados por impresionantes amortiguadores
con la intención de modificar, en caso necesario, la
órbita estándar; pero en el transcurso de los años,
aquellos no fueron necesarios y primero se descuidó
su mantenimiento para después dejar que la sofisticada
maquinaria, literalmente, se oxidara.
Los destructores de la Armada Espacial,
habían luchado valerosamente, y hasta la extenuación,
para intentar cambiar el curso del mortal viajero de
los confines del Sistema Solar; pero lo cierto era,
que aquellas maniobras no dieron resultado alguno.
La masa del Yamamoto era comparable
a la de una pequeña luna y las explosiones nucleares
sólo producían insignificantes mellas en su superficie,
descongelando parte del hielo, el cual absorbía, a modo
de esponja, cualquier impacto ya que el frío del entorno
volvía a congelar el líquido cometario a una endiablada
velocidad.
Los trabajos de evacuaci6n habían empezado
varios días atrás con el concurso de todos los cruceros
y transbordadores disponibles de la Federación de Planetas
Unidos.
El impacto del cometa era inminente
y todos los esfuerzos por intentar evitar el fatal desenlace
habían fracasado repetidamente. Los ingenieros de Afrodita,
en el último instante, lograron desarrollar fuerza de
impulso; pero al parecer no fue suficiente. Yamamoto
interceptó la fatídica órbita a muy pocos kilómetros
de la lasciva diosa.
No existió impacto directo pero la
gran masa cometaria, escapada del cinturón de Kuiper,
hizo que las delicadas entrañas de Afrodita se esparcieran
miles de kilómetros, en el vacío, debido a la fuerte
explosión producida por la deflagración gravitacional.
Primero fueron los cristales de material orgánico, después
la materia viva y las cosas...
Todo había sido previsto, por los ingenieros
que proyectaran la plataforma espacial, para hacer frente
a una emergencia similar; pero la desidia convirtió
una situación nimia y evitable en la mayor catástrofe
que se recuerda en los anales de la conquista del espacio.
Un desnudo esqueleto gris permanece
en órbita de Venus como claro testimonio de la irracionalidad
y desidia humana.
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