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Guión 'Conspiración' Más sobre Antonio Ruiz Alba

Un amanecer extraño descubres algo que no entiendes. Al día siguiente conoces a un tipo loco que te abre los ojos. Sabes que puedes hacer algo y te dedicas a ello; pero como era obvio terminan descubriéndote y te persiguen.

Al final descubres que nada es como tú creías. Todo es un cúmulo de malos entendidos y decisiones incorrectas desde tiempo inmemorial.

En tus manos se encuentra el futuro de la Humanidad.

 

Prólogo

 

Arriba en el cielo, más allá de las nubes que cubren la atmósfera terrestre puede verse un espectáculo majestuoso lleno de luminarias incandescentes unas y a modo de espejos otras. El negro fondo está lleno de estrellas. Ese universo, uno entre infinitos, es el destino de un Ser aparentemente insignificante pero cósmico en esencia.

No se sabe si saldrá del terrible periodo por el que está pasando. El Orgullo, el Egoísmo y la Avaricia son uno de tantos estorbos en el camino hacia la eclosión de su crisálida. Un Ser aparentemente inteligente; pero que de un modo incomprensible está destruyendo su entorno.

Está predestinado a conquistar estrellas y planetas primero para convertirse en uno con el vacío cósmico después. Su futuro Ser, a modo de ameba, place majestuosamente luminosa entre las nebulosas planetarias cargadas de polvo de helio e hidrógeno. Una vez debió de vivir en un planeta que giraba alrededor de una estrella; pero después llevó consigo los gases que le permitían respirar en un entorno tan hostil como el aparente vacío del espacio exterior.

Después ya no fue necesario pues su organismo se adaptó a su nueva vivienda. Su cuerpo perdió consistencia y sus huesos desaparecieron. Ya no era necesario respirar otra cosa que la "Nothing-all". Partículas que son conocidas por muy pocas especies evolucionadas.

Se ve un planeta azul verdoso. Gira alrededor de su estrella, el Sol. Un satélite rocoso y plagado de cráteres de impacto, a su vez, lo orbita elípticamente. Una estación espacial inacabada, mohosa, roída por el polvo y oxidada por el contacto con las gotas de agua que desprenden las colas de los cometas; permanece inerte, como una fotografía en color sepia; como si fuera mudo testigo de algo que podría haber sido y que sin embargo no llegó a ser.

 

***

 

Nuestro hombre, caras ropas pero de aspecto andrajoso, regresaba a su vivienda muy de mañana. Todavía no había levantado el Sol. Una noche de música y alcohol en algún fiestorro mal llevado.

Se encuentra en el andén de algún suburbano. Medio encogido, aún permanece en pie gracias a que se encuentra apoyado sobre una pared; pero sigue luchando por mantener controlada una borrachera difícilmente inhibida.

Se oye el sonido de las bocinas del tren. Son como truenos en una noche tranquila de verano. Sus pabellones auditivos se resienten y lleva sus manos hacia los oídos. Llega el metro; pero le han entrado ganas de vomitar. Piensa que debe de esperar al próximo ya que todavía tiene consciencia del estropicio que puede armar en el interior de algún vagón.

Empieza a escuchar voces en su interior. Él sabe que no se trata de ningún sonido audible, aunque lo parece, pero lo achaca a su lamentable y triste estado. Algo le impulsa a lanzarse sobre la nada; pero no se puede mover y termina vomitando sobre el esquinazo que forman el muro y el suelo del andén. Su cabellera permanece inclinada junto a la pared y sus brazos abiertos, con sus manos apoyadas, manteniéndole en vilo.

No entiende por qué las voces le inducen a comprar un coche de alto precio que él no puede adquirir. Si pudiese ya habría ido al concesionario, aun en su estado; pero el dilema le lleva a un extraño intento de suicidio que no entiende. Vuelve a vomitar y lleva una de sus manos, con un pañuelo de papel, hacia su sucio rostro.

Se vuelve y contempla un espectáculo entre dantesco y daliniano.

Una joven y bella señorita, posiblemente una secretaria, cargada con una carpeta rebosante de documentos, entra en uno de los compartimentos del metro, acompañada por otros tres individuos trajeados a modo de ejecutivos.

Cuando la joven trata de sentarse, algunos de sus papeles resbalan y van a caer por propia inercia a la junta que existe entre el vehículo y el andén.

-Lo que faltaba para el canto de un duro leche -expresó la joven su disgusto, mientras realizaba la acción de levantarse.

Las mismas voces que machacan el cerebro del joven espectador le indican, a la joven, que sea valiente y que debe conseguir su objetivo. Por otro lado, el espectador borracho, entiende que debe tratar de ayudar a la señorita que se encuentra en apuros; pero la idea del coche caro no se quita de su cabeza. "Todo es fácil no debes de tener miedo" dicen las fantasmales voces.

-Joder, estás borracho gilipollas -se dice en voz casi inaudible-, espere jovencitaa hip, que ya le echo un cableee hip.

Hace un intento por moverse; pero cae de rodillas. Intenta arrastrarse; pero no puede. Vuelve a incorporarse sujetándose con la misma pared que le había mantenido erguido hasta el momento.

Sin pensárselo dos veces, durante ese periodo de tiempo indefinido, la joven se abalanza sobre los papeles que ella cree que han huido por propia voluntad. Introduce sus manos y parte de su cuerpo en el peligroso hueco por donde aquellos habían escapado.

Una voz, inaudible y que su consciencia no escuchaba venía a decirla que fuese valiente que se decidiese a adquirir aquella casa de la sierra de tan elevado precio; pero sus neuronas entendían que debía de actuar "ipso facto". El metro cierra sus puertas e inicia la marcha arrollando en su camino a la joven y desapareciendo, ésta entre sus ruedas de acero.

Actuando, por algún sistema de seguridad automático, el vehículo eléctrico detuvo su marcha por un instante, y abrió las puertas de todos los compartimentos.

El joven borracho sigue escuchando esas voces y al parecer debe de ser el único que las oye debido a un efecto secundario, quizá, producido por tan alta ingestión de alcohol.

-¿Quién coño quiere que me mate? ¡Hostias! -Susurra intentando lanzar un grito reprimido-, no me gusta mi vida; pero que se jodan, que la voy a seguir viviendo. ¿Quiénes sois, descubriros ya de una puta vez?

Los demás, todos, son afectados por esas mismas voces; pero no son conscientes de su mensaje silábico implícito.

Mientras el borracho, sollozando, trata en vano de dominar su estado con el fin de poder ayudar, los tres compañeros de la joven salen del vagón para intentar rescatar a su compañera.

Las voces siguen insistiendo. "Sé valiente y no te reprimas, adquiere lo que más te gusta, el dinero es para gastarlo".

Las personas trajeadas se abalanzan sobre las vías al inútil objeto de rescatar a su compañera. Sus rostros, al igual que anteriormente el de la secretaria no reflejaban ningún tipo de sentimiento; Parecían marionetas o algún tipo de androides, si no fuese porque al arrancar de nuevo el tren, sus cuerpos al ser arrollados, se habían transformado en un amasijo sanguinolento de restos humanos.

En un último golpe de lucidez, el infatigable espectador, reacciona introduciéndose en el vagón más cercano y accionando el sistema de seguridad manual. La máquina paró definitivamente su marcha y su conductor salió con la cara desencajada al contemplar tan macabro espectáculo.

Al poco, empezaron a llegar los médicos y la policía municipal.

-¡Oiga joven! ¿Qué le ha pasado, qué ha sucedido?- se dirigió al borracho un viejo doctor creyendo que el estado del joven era consecuencia de algún trauma psicológico, debido a tan trágico accidente.

El anciano era de cara rosada y su piel cargada de arrugas estaba adornada con un monumental mostacho tan níveo como su deshilachada cabellera.

-Yo estaba aquí, sin molestar a nadie y hip, entonces hip, empezaron a pasar cosas que hip... ¿Dónde estoy?

Entonces, el viejo doctor pudo comprobar que el joven se encontraba bajo la influencia de una embriaguez bastante aparatosa; pero, según le había explicado el conductor del metro, el sujeto, había tenido la suficiente lucidez como para intervenir aunque hubiese sido demasiado tarde.

En el Hospital Doce de Octubre, pasadas unas horas, el doctor intentó descubrir lo sucedido manteniendo una conversación con tan inédito espectador; pero tuvo que esperar a que el agente de policía, de rigor, acabase con su pequeño interrogatorio.

-Ya puede entrar doctor -dijo el joven agente, mientras salía de la habitación-, se encontraba allí de forma casual no sabe nada.

-Gracias agente -contestó con una sonrisa el anciano.

Una vez en el interior, el trabajador del Samur se dirigió a quien era objeto de su interés.

-Joven, me llamo Arpegio, Armando Arpegio, ya nos conocemos, nos vimos en el accidente ¿se acuerda? -dijo el anciano, casi saltando, como si hubiese recibido una pequeña descarga eléctrica.

-Joder, ¡Sí que me acuerdo!, tengo una resaca de mil demonios, parece que me hubiese atropellado un tren, casi no me acuerdo de nada -dijo el joven con una visible actitud de cansancio y malestar mientras se echaba las manos a la cabeza intentando parar su cerebro, que tantas vueltas le daba-, me duele todo el cuerpo y me cuesta pensar.

-Tómate este paracetamol, te ayudará un poco -Le ofreció el anciano doctor, una cápsula junto a un vaso de agua-, ¿quiere que le traigan un café jovencito?

-Disculpe Don Armando, no le he dicho mi nombre. Soy Roberto Beltrán, Ingeniero en Telecomunicaciones Aeronáuticas y tengo treinta y cinco años. Me haría muy bien ese cafetito.

-¿Buena fiesta la de anoche? -sonrió con complicidad el doctor Arpegio, mientras hacía señas a una de las enfermeras haciéndole saber que el paciente estaba necesitado de una bebida excitante-; por cierto, no aparentas la edad que dices tener.

-No estoy acostumbrado ni a las fiestas ni al alcohol. De hecho, se trataba de un compromiso estúpido que no supe evitar.

-¿Puedo hacerte algunas preguntas Roberto? -El doctor hizo uso de su veteranía para seguir tuteando a su paciente-, y por favor te ruego que me tutees tú también, seguro que será más cómodo para ambos.

Arpegio gesticulaba con sus manos mientras se dirigía a su contertulio, y un pequeño tic, en uno de los párpados de sus salientes ojos, le concedía un indudable aire de profesor chiflado.

-Desde luego, Armando -dado lo campechano que parecía ese anciano, Roberto decidió que no perdía nada con concederle su confianza.

El joven Ingeniero comenzó a contestar las, aparentemente sin sentido, cuestiones, mientras el anciano profesor emérito de la Universidad Autónoma y médico Psiquiatra del Samur, asentía unas veces y ponía cara de perplejidad en otras ocasiones...

Pronto las preguntas cesaron y el encuentro se fue transformando en un relato surrealista, que el joven no dejó de narrar.

Hasta el más mínimo detalle, que permitía la maltrecha memoria de Roberto, fue desnudando antes los oídos de Arpegio: Que había escuchado unas extrañas voces que le incitaban a un consumo inadmisible; así como que un impulso irresistible le empujaba a tirarse al andén; pero que su situación de embriaguez le impidió realizar una majadería semejante.

-Roberto, todo lo que acabas de contarme me suena mucho, diría más, muchísimo; ahora, ahora si tu me lo permites y si no, te va a dar lo mismo, soy yo el que tiene que decirte algo ¿vale?

-Como usted, perdón, como tú digas Armando -el joven sonrió.

-Así me gusta. Buen chico este Roberto, sí buen chico.

-Mira tú -comenzó el anciano su disertación-, esto es un secreto a voces; pero a pesar de que ejerzo la docencia en la Universidad y en los ratos libres ando haciendo el indio de "Onegista", en estas ambulancias del Ayuntamiento, en realidad soy autodidacta. Mi título de Doctor en Neuropsiquiatría lo adquirí en Costa Rica por unos pocos de dólares; cuando todo se supo, no hace demasiado, yo llevaba ejerciendo la medicina durante más de treinta y cinco años. Nadie daba crédito a esta herejía científica y todo el mundo pensó que o estaba teniendo demencia senil y que el Alzeimer estaba haciendo mella en mi vejestoria mente o, simplemente que les tomaba el pelo. Nadie me creyó y aquí estoy.

Hijo, hazme caso, el Sistema se defiende gracias a los poderes fácticos y si la defensa es imposible, intenta convertir a sus enemigos en irrelevantes. El ejército, las religiones, incluso en los países que se denominan como laicos, y los políticos tienen que pasar por la escuela del Sistema. Sí, cuando tú has estudiado para ingeniero, lo que menos importa es que llegues a ejercer tan laureada profesión; lo que realmente es imprescindible es que si algún día llegas a ejercer, seas un fiel vasallo del Sistema. Da lo mismo que sea una monarquía, como tuvimos no hace mucho aquí en España, una república como ahora o unas indeseables dictaduras militares o del tipo que fueren.

Por otro lado, eso de tener uno o varios títulos oficiales, universitarios, sirve para que te lisonjeen en cualquier ponencia u acto público. Los aplausos también ayudan a dar brillo a nuestro natural narcisismo. Viene a ser algo así como un privilegio ganado con el esfuerzo de muchos años de estudio y ¡ojo! Exámenes que hacen que los no aptos, eso lo decide el Sistema, no tengan la más mínima posibilidad de acceder a los escalafones de poder. Así el Sistema se defiende y mantiene la hipocresía e injusticia como los mayores baluartes. Esto lleva a lo siguiente. No sirve de nada que seas una eminencia si no posees tu título universitario oficial y el pelo engominado. Si intentas saltarte las normas, tendrás como oposición y terribles enemigos a todos aquellos que tuvieron que entrar por el aro de lo previamente establecido.

Llevo muchos años viendo que suceden cosas tan macabras, como la experiencia que tú has vivido en el suburbano. Me alegro que estuvieses en estado de embriaguez; si no, el trauma que hubieses padecido podría haber resultado mayúsculo. Es imposible que tanta locura se haya apoderado de la humanidad sin un motivo bien evidente. Tengo mis sospechas; pero me falta información, algún eslabón, que permita corroborarlas. ¿Puedo hacerte una pregunta de nada Roberto?

-Cómo no, las que tú necesites Armando -dijo Roberto, mientras la expectante atención que había mantenido hasta ese instante se había transformado en una curiosidad sin límites.

-¿Cuál es la rama de tu Ingeniería?

-Licenciatura en Telecomunicaciones y Doctorado en Electrónica de altas frecuencias.

 

Capítulo I

 

Don Roberto Beltrán, se encontraba sentado en su asiento de piel y los codos apoyados sobre una enorme mesa de despacho en caoba cubana.

Su rostro, claro como el culito de un recién nacido, estaba surcado por una multitud de arrugas brevemente marcadas. Su cabeza, cuyo cabello blanco se encontraba coronado por una brillante calva, desde la frente hasta la coronilla, contrastaba con su tupida barba recortada y de color plateado.

Cubría su cara con sus enormes y rugosas manos, dejando ver tan sólo sus brillantes ojos de color azul enmarcados por el carmesí de los párpados propio de la vejez. Su nariz aguileña y afilada era dulcemente flanqueada por unas pequeñas y translúcidas lágrimas que resbalaban, inocentemente, desde las ojeras de sus cargados lagrimales.

Tras su asiento de ejecutivo puede ver, al otro lado del enorme ventanal, un majestuoso paisaje de montaña cuyo cielo azul, flanqueado por algunas tenues nubes, estaba bañado por la claridad de la media mañana. Unas pequeñas aves, entre aviones, golondrinas y vencejos, iban y venían cazando sus insectos favoritos con el fin de reponer fuerzas para afrontar una próxima nidada.

En el quicio de la puerta de entrada al despacho, en el que está el anciano, se encuentra apoyado un jovencito de tez morena y de unos quince o dieciséis años de edad. Su expresión denota preocupación. El abuelo, parece triste y no cabe duda de que está sollozando a pesar de que comprende perfectamente que está intentando reprimir sus visibles sentimientos. El joven es consciente de que su abuelo no ha tenido la oportunidad de verlo aún.

Don Roberto Beltrán recoge, de encima de la mesa, un pequeño espejo cuyos bordes dorados, bellamente labrados, recuerda con toda claridad, que su procedencia es sin duda alguna hindú.

Tras apartar las manos de su húmedo rostro puede contemplarse asimismo y los pensamientos se empiezan a agolpar ante la mirada interna de su memoria. Recuerda su primer encuentro con el difunto Armando Arpegio, aquel Doctor que en una primera aproximación le mereció toda su confianza. Aquel profesor "chiflado" que le mostraba sin rubor sus propias paranoias.

Recuerda que le empezó a seguir el juego, un poco por curiosidad; pero sin tomarse en serio aquella antigua y prolongada disertación, breves horas después de haberse producido aquel accidente tan extraño y surrealista.

El doctor Arpegio no había llegado a realizar todas sus preguntas, dándose por satisfecho con las amplias explicaciones que le había dado Roberto y a continuación le contó una extraña historia que puso en alerta al joven.

-Roberto, me alegro enormemente de haberte conocido; llevo obsesionado, desde hace unos cuantos años, hasta el punto de llegar a creer que me encontraba bajo los efectos de algún tipo de paranoia con...

"¿Considera qué estamos siendo manipulados por algo o por alguien?" Se contestó Roberto con el pensamiento.

-¡Efectivamente Roberto! -sonrió expresivamente el anciano como no dándole importancia al silencio del joven-, es harto difícil de concebir qué es lo que está pasando.

-En mis ratos libres, como Ingeniero en telecomunicaciones, me ha dado por investigar posibles señales extrañas, en frecuencias que hasta el presente pocos han tratado, y me ha parecido encontrar algo que toma significado después de lo que a usted le estoy escuchando.

-Amigo Roberto, ¿te importaría que mantuviésemos algún tipo de reuniones sobre este tema con alguna asiduidad y mayor detalle?

-Creo Armando, que es una idea genial. Un profesor Doctor en Psiquiatría y un Ingeniero, aficionado radiomontador, investigando un extraño caso de "manipulación electrónica" -pensó- digno de algún episodio de fantasía o ciencia-ficción, no está mal.

-Ya veo, telecomunicaciones, sí me lo dijiste. Escúchame con atención hijo, ¿es posible descubrir algún tipo de frecuencia electromagnética, modulada con ciertos mensajes, y que estuviera afectando a nuestro subconsciente sin que nuestra consciencia tuviese noción de ello?

-Como Psiquiatra, esa es su especialidad doctor Arpegio -El joven puso cara de póquer no sabiendo qué contestar a ese anciano, que en ocasiones daba la apariencia de encontrarse más loco que una cabra-, en mis experiencias personales con esos "presuntos mensajes extraterrestres de los que le hablé", me he encontrado con extraños datos que nunca he logrado ubicar; pero lo que usted, tú me estás diciendo me inquieta en extremo y da que pensar.

-Efectivamente, Roberto, esa es mi especialidad, como tú bien dices; pero parece que los hados han movido ficha para que podamos encontrarnos. ¿Te importaría ocupar parte de tu valioso tiempo en ayudarme a descubrir qué es lo que se encuentra detrás de esas macabras situaciones? -El doctor hizo mucho hincapié, incluso repitiéndose, en lo importante que era esa investigación para él; pero mucho más para el resto de la humanidad.

El joven permaneció pensativo sólo durante un momento, como preguntándose que ya había escuchado aquello hacía un instante y luego dijo.

-Ya se lo he dicho, no sé si se trata de una locura suya o de una verdad oculta; pero le aseguro, Arpegio, que si hay alguien ahí, moviendo los hilos de nuestras vidas, a su antojo, lo descubriremos y se lo haremos pagar caro. Por supuesto que le ayudaré.

Había sido una conversación en la que el viejo profesor le solicitaba una ayuda que sólo la tecnología podía proporcionarle. La biología es la biología; pero los cuerpos biológicos están influenciados por componentes químicos, ambientales y electromagnéticos. Piensa en la cantidad inmensa de radiaciones microscópicas, que a modo de diminutos alfileres, están atravesando, continuamente, el tejido animal del que estamos formados.

Las ondas de radio, entre otras, siguen siendo invisibles y diminutas para cualquiera de nuestras células; pero muchos componentes, que se encuentran sensibles a su modificación accidental, tales como el ácido desoxirribonucleico ADN y el ribonucleico ARN, componentes principales del código genético, son aniquilados o modificados por miles de millones.

El ser, en su totalidad, es inconsciente de dichas matanzas porque la propia célula es muy prolífica en esas situaciones de agresión. La radioactividad siempre ha convivido con la vida y la propia vida modifica sus aptitudes gracias a dicha causa; pero lo que existe hoy es una locura, una aberración. Las células ante tan titánicos ataques entran en un proceso caótico y empiezan a procrear de forma incontrolada hasta que terminan muriendo en compañía del ser que las contiene. Eso no es otra cosa que el cáncer.

De todo eso era plenamente consciente Beltrán: pero de ahí a aprender a utilizar las señales eléctricas, en sus diversas frecuencias, para manipular la mente humana, sin que el ser fuese consciente de ello, consideraba que había un abismo en ese sentido.

Nadie dudaba que todos los medios de comunicación han sido utilizados, desde su nacimiento, radio, televisión, cine, telefonía, prensa y literatura para manipular las tendencias de consumo o morales de los seres humanos. Roberto no creía en algo más allá de eso, hasta que, como Santo Tomás, metió sus dedos en la llaga haciendo sus propios experimentos en el taller que tenía ubicado en su propia casa.

Recuerda que fue entonces cuando tomó plena consciencia de la magnitud de tan terrible afrenta para con la humanidad...

El joven Roberto, se encuentra en pie tras terminar de leer un voluminoso libro de tapas rojas. Su delgadez desnuda era sólo adornada por las sinuosas curvas de sus desarrollados músculos. Roberto Beltrán, cuando se encontraba en su domicilio, solía pasar la mayor parte del tiempo en cueros, estuviese solo o en compañía de otras personas. De hecho, siempre invitaba a quienes solían visitarle a que se despojasen de sus atuendos. Era un nudista convencido como la inmensa mayoría de los habitantes del planeta.

El salón donde se encontraba tenía forma triangular y estaba adornado a modo de navío marítimo. Sus lámparas eran claramente de barco y hasta un timón con el nombre de la Bounty se encontraba en pie delante del enorme mirador que había en la proa.

A estribor se encontraba una gran biblioteca cargada con libros de diferente categoría como esotéricos, de consulta, ciencia-ficción y universitarios. Dicha pared sólo poseía un claro y donde un gran espejo ocultaba, en su interior, una pantalla de plasma de unas cincuenta y dos pulgadas de diagonal con sus bafles debidamente camuflados. Algún adorno que otro rompía la armonía de todo aquel papel impreso encuadernado.

Unos pequeños monos del Tao adornaban las estanterías por un lado, con sus respectivas manos en los ojos, orejas y boca. Shiva y Satki, dioses hindúes de cuatro brazos, en diferentes estatuillas de bronce por otro. Otra imagen impresa de Kalí, la Satki de la Edad del Hierro, o de la venganza femenina hindú, con la cabeza ensangrentada de Shiva, el ario invasor, en una de sus manos así como una corta daga en otra, con la sangre resbalando de su mellado filo. Su cintura está cubierta con un cinturón cargado con las cabezas ensangrentadas de otros tantos hombres.

A babor, un pequeño reloj de cuco ponía un pequeño toque de la Selva Negra Alemana. Un completo sistema informático era rodeado por otra enorme librería cargada de una multitud ingente de libros técnicos de electrónica y radio electricidad.

Cursos por correspondencia de prestigiosa procedencia así como otros tratados universitarios debidamente actualizados y una diminuta vitrina. Como adornos, en esta parte del mobiliario, se encontraban diferentes aparatos de medición que, por obsoletos, habían dejado de cumplir su función, antaño principal como útiles de laboratorio.

En la popa de la sala, a parte de la necesaria y amplia entrada podía contemplarse un calendario azteca así como un secretísimo grabado que representaba la constitución mística del Universo esotérico.

-¡Berta!, si eres tan amable reduce la luminosidad de la sala.

Berta era el nombre con que el ingeniero Beltrán había bautizado al sistema inteligente de la vivienda. Como todo sistema informático de la época estaban bajo su responsabilidad, tanto la seguridad como el confort del habitáculo. Redujo la luz del salón y a continuación preguntó con una voz melodiosa y claramente sensual. Así había sido programada.

-¿Así está bien Roberto?

-Cojonudo Berta, muchas gracias; si puedes aumenta un poco más la temperatura de la caldera. Tal y como estoy tengo un poco de frío.

-¿Te valen veinticinco grados Roberto?

-Muchas gracias Berta así está perfecto.

El libro que está leyendo Beltrán tiene como título: TECNOLOGÍA DE FÍSICA CUÁNTICA.

Considera que está, no a punto de haber dado con la clave, ya que eso sucedió hace ya varios meses; pero sí de conseguir la suficiente miniaturización como para que su objeto pueda ser llevado por cualquiera sin que sea demasiado evidente. Su vivienda estaba completamente a salvo de cualquier invasión de radiofrecuencias manipuladoras ya que la había equipado con una especie de jaula de faraday o pararrayos, en forma de malla, que desviaba cualquier radiofrecuencia no deseada hacia tierra. El diminuto efecto personal debería conseguir el mismo objetivo.

-Berta -preguntó Roberto a su electrónica ama de llaves-, ¿seguimos inmunes a cualquier invasión electromagnética?

-Sí Roberto, en el exterior de la casa hay una gran afluencia de dichas radiaciones; pero aquí te encuentras seguro.

-En caso de que surja alguna anomalía, en dicho sentido, ¿me tendrás informado?

-Evidentemente, mi querido Roberto.

-Gracias, Berta, de nuevo.

El ordenador contestó con un leve no hay de qué y a continuación se silenció.

Roberto Beltrán se acerca al paisaje marino, en el que hay gaviotas sobrevolando el oleaje de unas bravas aguas. Chocando contra la costa, se dejan ver, tras el amplio mirador que se encuentra flanqueado por el timón de la Bounty.

La luminosidad del exterior contrasta con la penumbra del interior; pero al abrirlo, nos deja contemplar la única y cruda realidad. Un ambiente cargado de Smog amarronado y cuyo olor no debe de ser muy agradable, ya que el propio Roberto hizo un manifiesto gesto de asco y volvió a cerrar el ventanal, con violencia, regresando la virtual imagen del paisaje marítimo.

Su rostro, desencajado muestra una terrible expresión de ira y rabia; como si quisiera descuartizar a quien ha convertido lo que podría haber sido un auténtico paraíso en un infierno de mierda y corrupción. Cierra con violencia el voluminoso libro de pastas rojas y lo deposita sobre una pequeña mesa de centro, cuya transparente tapa deja entrever un mandil de la Masonería del Arco Real de Jerusalén.

-Todavía no sé cómo vamos a dar con los sinvergüenzas que controlan nuestras vidas. Si al menos tuviésemos alguna pequeña pista -se dice-. ¿Estará el gobierno detrás de ello, o será tan ignorante como lo somos el resto de la humanidad?

-Berta, por favor, conecta la pantalla de plasma en el Canal Seis de las noticias -el ordenador así lo hizo, permaneció en silencio, y a continuación apareció la dulce imagen de una locutora virtual, con poca ropa, que estaba dando las noticias.

Tras acomodarse, sobre el sofá en toda su desnudez, Roberto, puso atención a lo que le transmitía su pantalla de televisión.

"La oleada de malos tratos no parece ceder ante el endurecimiento de las leyes de la República de Iberia. El alto grado de consumo ha disparado la inflación a grados intolerables. Los suicidios se han multiplicado por veinte en los dos últimos años y los divorcios están transformando la mentalidad de nuestros niños.

Todo es muy lamentable, dice el Presidente de nuestra República; pero tenemos que aprender a convivir con ello. Marieta Fernández para el Canal Seis de la Televisión Pública de Iberia".

A continuación se produjo una oleada de anuncios que trataban de despertar el afán consumista de los televidentes y entonces Roberto se levanta y sale del salón tras decirle a Berta que apague el monitor.

Piensa que el Sistema no se ha conformado con la manipulación habitual de los medios publicitarios. Han tenido que ir más lejos y han convertido a la mayor parte de la humanidad en psicópatas con trastorno bipolar. No sabe si ese efecto se trata de algo secundario o realmente buscado por una manipulación cerebral dirigida hacia el consumismo; pero no es normal que la situación actual rompa todas las estadísticas de anormalidad posible.

No obstante se pregunta si no estamos siendo manipulados, con diversas tecnologías, desde tiempo inmemorial

-Berta, ¡ponme una película porno en mi habitación!

 

Capítulo II

 

Roberto Beltrán se ha quedado dormido, mientras contemplaba una de tantas películas de educación sexual explícita. La pequeña pantalla de plasma que se encuentra frente a su cama sigue encendida mostrando algunas escenas consideradas, antaño, como muy duras.

Su cuerpo permanece relajado y espatarrado; mientras unos leves ronquidos no dejan lugar a dudas de que se encuentra profundamente dormido. Sobre la cabecera de la cama se encuentra un anagrama, perfectamente enmarcado, del Árbol de la Vida, cabalístico, de los judíos; perteneciente con mucha probabilidad a algún tipo de organización discreta o secreta, así como dos ángeles guardianes, con apariencia de mujer, que cuidan a niños en ambas situaciones de peligro.

En un esquinazo del dormitorio se encuentra una mesa de trabajo; que por los artilugios electrónicos que contiene, tanto sobre sus baldas, como sobre su superficie, se trata con toda seguridad de un completo laboratorio de aficionado. Dos osciloscopios, generadores de funciones; así como otros medidores y algunas fuentes de alimentación completan el diverso aparellaje.

Justo en el centro de la mesa se encuentra un dispositivo, probablemente terminado; pero que se trata de un prototipo experimental, de tamaño medio, del trabajo que lleva a medias con el profesor Arpegio.

 

***

 

-¿Roberto, hijo, has localizado algo importante desde nuestra última conversación?

-Armando; creo que tengo que pedirte disculpas. Tu apariencia de anciano profesor despistado me confundió. Debo de confesarte que un poco te seguí el juego, sin creer demasiado en tus paranoias, entre comillas.

-No te lo reprocho, Roberto; pero dime ¿qué has encontrado?

-Ahora voy al grano. Tú me comentaste que durante el estado profundo de sueño, denominado Rem, se hace evidente la presencia de nuestro subconsciente, y es a ese estado al que se debe de llegar cuando se pretende hipnotizar a algún paciente o persona en concreto.

-Efectivamente -interrumpió brevemente Arpegio.

-Pues bien, Armando, considerando que nuestro cerebro funciona eléctricamente, tanto en forma receptora como emisora con diferente frecuencias, que tú me comentaste que se trataban de las ondas alfa, beta y theta; me puse a trabajar en ello, pero sin dejar de considerar aquello que te comenté de unos mensajes cifrados que había descubierto hace ya tiempo y que intuí, en aquel momento, que podría tratarse de algún tipo de mensajes extraterrestres.

-Jodioporculo, ve al grano de una vez -exclamó Armando con una clara actitud de impaciencia, haciendo uso de la gran confianza que habían logrado desarrollar durante los últimos años.

Roberto sonrió, ante la exclamación de su peculiar oyente y continuó con su discurso.

-Alguien nos está bombardeando con mensajes que sólo pueden ser interpretados por nuestro subconsciente. Eso ya es evidente. Se trata de una señal de muy baja frecuencia que está montada en una portadora de microondas propias de los satélites de comunicaciones. Algunos de los mensajes que he encontrado son puramente comerciales; pero otros, esto si es grave, se trata de manipulación política y militar.

-Si no hubiese estado tan seguro de ello, habría exclamado ¡no Jodas!

-Sí Armando, tengo que pedirte disculpas por haber dudado de ti, en un principio. Debes reconocer que tu actitud rebosaba de paranoia; pero ahora encajan muchas cosas en este tenebroso puzzle. Ahora podemos comprender esos mensajes extraños que escuchaba en el andén del metro, estando bajo los efectos del alcohol; pero sigo sin entender por qué entonces sí y ahora no.

-Es muy fácil Roberto. Por un lado, no debes de olvidar que, en el fondo, el alcohol no es otra cosa que una droga que te mantenía en un estado alterado de consciencia y de ese modo podías recibir los mensajes que en realidad iban dirigidos a la otra personalidad oculta que todos tenemos, nuestro subconsciente; cosa que por otro lado, te protegió contra ese suicidio involuntario al que te llevaban dichos mensajes.

-¿Cómo involuntario? ¡Arpegio, había una voz que me decía...!

-Disculpa que te interrumpa querido niño; pero nada de lo que tú me has contado me hace presuponer que hubiese un claro mensaje de suicidio. Según mi hipótesis se trata de un efecto secundario derivado de encontrarte ante un dilema; como les pasa a los computadores, que se bloquean bajo esas mismas o parecidas circunstancias.

-Ahora entiendo Armando. Yo debía de comprar un vehículo de alta cilindrada y elevadas prestaciones; pero que me era imposible de adquirir, por una cosa tan simple como falta de poder adquisitivo. Eso habría llevado a una guerra interna entre el destinatario del mensaje, el subconsciente que no da valor económico a nada y mi consciencia de vigilia que sabía perfectamente que eso era imposible.

-Eso es Roberto. No digo yo que sea exactamente así; pero resulta evidente que debe de acercarse mucho a la verdad. Las personas que actuaron en el suburbano de una forma tan irracional debieron de haber sido afectadas por lo mismo que tú; pero ellos no tenían alterada su consciencia ni mermadas sus facultades locomotrices. Su subconsciente les llevó al suicidio y ninguna borrachera, "in extremis", pudo evitarlo. Pero tú has comentado que había mensajes militares y políticos ¿cómo es eso?

-Armando, algunos mensajes eran evidentemente comerciales, no vamos a volver sobre ello; pero otros decían claramente cuál debía de ser el comportamiento de los receptores ante unas próximas elecciones, pretendidamente, democráticas en Nigeria. Otros mensajes iban dirigidos a ejércitos rivales para que depusieran sus armas de forma pacífica. Los mensajes, Armando, son tremendamente claros y puedes escucharlos, descifrados, cuando tú quieras. Evidentemente, permitiéndome un simpático trabalenguas, y tras lo que tú acabas de aclararme, ¡los receptores me consta que no son conscientes de sus actos!; ¡pero sus consciencias paralelas, el subconsciente, es plenamente consciente de dichos mensajes!

Con dos escáneres, tanto el profesor Arpegio como el ingeniero Beltrán, salieron a la calle para realizar una triangulación de las extrañas señales que se encontraban investigando, con el fin de localizar el origen de aquellas y que éste último ya había detectado y en parte desentrañado.

Evidentemente, según comentara Roberto al Anciano, las señales eran emitidas desde la tierra, recibidas por los satélites de comunicaciones y reenviadas de nuevo a Tierra; pero ¿dónde se encontraban los repetidores?. Todas las triangulaciones, siempre, llevaban a los mismos sitios.

Objetos publicitarios situados en las vías públicas de todas las ciudades y pueblos del mundo entero. Grandes balaustres que soportaban un letrero luminoso así como un termómetro y reloj digital, eran los encargados de repetir la señal hacia todos los cerebros de los viandantes o de aquellos ciudadanos que se encontraban, falsamente protegidos, dentro de sus cálidas y seguras viviendas o de sus puestos de trabajo.

 

***

 

De repente, la mente del durmiente Roberto rompe con los pensamientos de hechos pasados recientemente y se sitúa en el salón de la vivienda. La luz de la estancia es tenue y Beltrán no se encuentra solo; sino en compañía de una bella joven. Los dos están desnudos. Ella a horcajadas sobre él. Su movimiento de vaivén así como el jadeo de ambos muestran, con rotunda evidencia, que se encuentran en pleno acto sexual. El rostro de la mujer sólo se vislumbra al trasluz.

-¿Por qué paras? Tere, mi Amor.

-Mi ansiado y amado Roberto, algo tienes sobre el brazo.

Con sus inmensas uñas, de color carmesí, arrancó una especie de insecto semejante a un pulgón; pero que al instante saltó hacia la obscuridad como si se tratase de algún tipo de pulga o algo así. Uno tras otros, los insectos fueron arrancados del brazo de Roberto por las expertas manos de su amada compañera. Ella seguía sentada sobre Roberto, con una parte substancial de él, en su interior.

Cuando acabó, Teresa le dijo algo muy extraño a Roberto.

-Estos insectos amado mío, se encontraban sobre una parte sana de tu cuerpo. En el resto está creciendo un importante cáncer.

En ese mismo instante, Roberto se sobresaltó, como no entendiendo lo que le estaba sucediendo. Encendió a tope la luz y ambos dieron un grito de pánico. Ella saltó de su anterior posición, situándose al lado de Roberto, abrazándose a él como si el mismo infierno hubiera sido presenciado por sus desencajados ojos, dejando al descubierto el erecto y húmedo pene de Roberto.

Toda la sala se encontraba infectada de todo tipo de insectos, aves y roedores. Las ratas pululaban por el suelo, mientras extraños insectos entre cucarachas y saltamontes, de un negro tan profundo como el betún y de un tamaño exageradamente imposible se encontraban aposentados en todos los lugares más elevados que el propio suelo. El mirador se encontraba entreabierto y un inmenso Águila Real se había apostado en dicho hueco. Todos estaban en el interior como intentando protegerse de algo.

Un suspiro, digno de un mortuorio estertor acabó con todo.

La pantalla de plasma seguía encendida mostrando, con la misma crudeza, las escenas explícitas propias de una película de ficción sexual.

Roberto se encontraba sudando, como si su organismo se hubiese liberado de ingentes cantidades de adrenalina. Era evidente que sus sueños se habían mezclado con una extraña pesadilla, cuyo significado, con toda probabilidad, jamás llegaría a comprender. Su órgano reproductor se había encogido ante tamaño susto.

-¡Berta, Berta! ¿Me escuchas?

-Sí, Roberto, ¿te sucede algo, quieres que llame a los servicios de emergencia?

-¡No!, no es necesario, amiga mía. He tenido una pesadilla. ¿Has notado algo extraño?

-Nada que pueda tener algún tipo de importancia, querido Roberto, tan solo...

-¿Tan solo qué? -Interrumpió Roberto a su ordenador.

-Durante un par de minutos se ha ido la luz; pero enseguida ha entrado en funcionamiento la batería auxiliar.

-Eso lo explica todo Berta, ¡eso lo explica todo!

Berta permaneció en silencio. A pesar de tratarse de un sistema de inteligencia artificial, era lógico que tuviese sus limitaciones y sus conversaciones nunca trascendían de lo cotidiano. Roberto tenía un sistema de alimentación eléctrica auxiliar dedicado al Sistema de Seguridad primario; pero que no cubría la jaula de faraday que lo protegía de las influencias electromagnéticas exteriores.

Roberto comprendió enseguida que durante los pocos minutos que había faltado el suministro eléctrico había estado expuesto a las manipulaciones que él mismo había estado investigando.

No existía otra explicación. De hecho era la única explicación.

 

Capítulo III

 

Roberto Beltrán salió del baño tras darse una prolongada ducha de agua caliente. Se enfundó unos pantalones de tela vaquera así como un jersey, nórdico, de cuello alto.

-¿Qué hora tenemos Berta?

-Las ocho treinta de la mañana Roberto.

-Enciende la pantalla del salón y continuemos nuestra conversación allí.

Roberto entró en el salón y enseguida encontró a una bellísima mujer virtual, sin nada de ropa, que parecía salirse de la pantalla del televisor. Su parecido con la Teresa del sueño del Ingeniero, seguro que no era una simple coincidencia.

-Ya ha sido remitido al supermercado el pedido que me solicitaste. Harina, azúcar, tallarines... Jabón para el suelo, champú y cuatro lámparas ahorradoras de energía... También...

-Berta, déjalo me fío de que has realizado la compra con el mejor criterio; pero ¿no habrás olvidado los yogures como la vez anterior?

-No, querido Roberto, los yogures es lo primero que he solicitado.

-Ya me lo imaginaba, gracias amiga mía.

-Roberto, la señorita Petunia está llamando a la puerta.

Petunia era una especie de sirvienta que realizaba todos aquellos menesteres que el ordenador era incapaz de realizar y que a Roberto le ocupaban un excesivo tiempo. Para Roberto era la planchadora; ya que el planchar era una de las labores domésticas que no había sido capaz de aprender a realizar y eso que lo había intentado en repetidas ocasiones; pero siempre había tostado alguna prenda que había terminado, cómo no, en el contenedor de la basura.

-Berta, haz entrar a la planchadora; me gustas mucho, pero ahora necesito hablar con Don Armando Arpegio. Pasa a la rutina de compañía.

La operadora virtual del servicio telefónico aparece indicando que su llamada se está realizando; pero que comunica.

-Servicio telefónico, le agradecemos su acceso; pero debe de esperar unos segundos, la línea está ocupada.

Petunia era una hermosa mujer morena de baja estatura, cuyos ojos negros le daban un aire de profundidad entrañable.

-Buenas mañanitas, Roberto -dijo en cuanto vio al dueño de la vivienda.

-Buenos días Petunia, ya sabes, ponte cómoda.

-Ya estoy cómoda Roberto. No quiero ser la causa de enturbiarle este día tan hermoso -dirigió una mirada cómplice hacia la bragueta de Roberto-, a pesar de esa maldita contaminación que no somos capaces de quitarnos de encima. Veo que tú también te encuentras vestido.

Roberto cogió la indirecta y no le dio mayor importancia. Para él era muy importante el respeto hacia todos sus amigos, conocidos y sirvientes, como era el presente caso; su nudismo era una cuestión prácticamente ideológica, pero siempre era condescendiente con sus visitas. Si no querían desvestirse era una cosa sin importancia. Para él, lo realmente importante es que siempre se encontrasen a gusto, independientemente de que hubiese o dejase de haber sexo.

-Muy graciosilla la niña -dijo Roberto con una ingenua sonrisa en los labios-, de sobra sé que en cuanto salga yo a la calle te quitarás la ropa y cambiarás la rutina de Berta por la de un morenazo impresionante.

-Eso es problema mío Roberto, no hay más que hablar -contestó con insolencia Petunia; pero con la sonrisa característica que concede una absoluta y mutua confianza.

Petunia entró en la cocina y preparó la tabla de planchar. Cogió la ropa sucia de su cesto correspondiente y la metió en la lavadora de burbujas. A continuación tomó la que estaba colgada en el tendedero y se puso a planchar.

-Berta -dijo al ordenador-, utiliza el programa de lavado para la ropa de color.

-Hecho, señorita Petunia -dijo con toda cortesía el ordenador abandonando la sensualidad que había utilizado, anteriormente, con Roberto-, ¿alguna cosa más?

-Por supuesto Berta, faltaría más, de momento gradúa la temperatura de la plancha para camisas de nylon y después... También...

-¡Petunia! -se dirigió Roberto a la planchadora-, por la agencia, ¿sabes algo de Teresa mi sexóloga? Hace ya más de un mes que no me visita.

-Creo que Tere, ahora, tiene mucho trabajo. ¿Por qué no pide los servicios de otra profesional cualquiera? Yo misma le haría dichos servicios si poseyera el título correspondiente.

-Petunia, te doy las gracias -respondió Roberto con una expresión de disgusto-, pero ya sabes que Teresa es algo muy especial para mí. No se trata sólo de una profesional del sexo es algo mucho más que eso.

-De sobra sabe que es broma Roberto, además yo no tengo acceso a los medicamentos antivenéreos de la profesión. Me consta que ustedes están tremendamente enamorados. ¿No será que Teresa está harta de cobrar por los servicios que te presta?

Roberto Beltrán permaneció durante un instante en silencio, pensando en lo que Petunia le había acabado de decir.

Vuelve la figura de la teleoperadora indicando a Beltrán que el profesor Arpegio se encuentra al otro lado de la línea, desde la Universidad Autónoma de Madrid.

-Roberto -pregunta Arpegio-, ¿cómo va todo amigo mío? Me preocupa lo que comentamos acerca de los políticos y los militares. Alguien más podría conocer esas técnicas y aprovecharse de la debilidad humana que tú y yo conocemos. Creo que la precaución debe de ser nuestra regla de oro. Nadie más debería conocer nuestros trabajos.

-Creo, Armando, que lo que tenga que ser será. He utilizado La Red para realizar parte de mis experimentos. Hay ya alguna gente involucrada y, en el fondo, si nos localizan, también les habremos localizado nosotros a ellos. El dispositivo de interferencias personal está acabado. Tan solo necesitamos de la financiación necesaria para poder distribuirlo, en suficiente cantidad, entre la población civil.

-Poca cosa es esa -dijo Arpegio mostrando en su expresión una evidente ironía- Yo te diré Roberto que nuestras vidas no valen ni cincuenta céntimos de euro. ¿Has podido saber quién se encuentra detrás de las manipulaciones?

-Armando, bien sabes que pertenezco a varias asociaciones y ONGS, de gran influencia en la sociedad. Es un secreto que está más allá de todas, por lo menos de la parte que conozco de ellas. El Gobierno, sí puedo asegurarte que es ignorante en esta cuestión. Nadie que vaya a ostentar el poder, entre comillas, durante un breve periodo de cuatro a ocho años, máximo, puede ser conocedor de estos secretos. Alguna persona en particular, puede, pero siempre que pertenezca a la cúpula de la organización u organizaciones que intentamos descubrir.

-¿Que me dices de los Servicios Secretos? -Apuntó el anciano doctor.

-Eso es otra cosa Armando; pero todo se andará. Si vamos a hacer pupa, seguro que son ellos los que nos encontrarán a nosotros.

-Eso es lo que más miedo me da, hijo mío. No por mí, ya que mi existencia vale poca cosa, sino por ti que te queda mucha vida por delante.

-Doctor Arpegio, Armando. Tengo una teoría y quiero que me des tu parecer. Desde hace más de cincuenta años, Una potencia norteamericana viene haciendo uso de técnicas parecidas, sólo parecidas, a las que nosotros hemos descubierto. Es posible que aunque esta técnica sea reciente, otras más antiguas, hayan estado produciendo esos mismos efectos en las personas. Si no, recuerde el caso de, hará unos diez años, aquel afamado neurocirujano que destripó a su esposa, degolló a sus cinco hijos sin motivo aparente y terminó suicidándose.

-Tienes razón -interrumpió el viejo profesor-, no se encontró nada en la autopsia que se realizó del cerebro de aquel médico. Es uno más de los misterios sin resolver de la medicina actual. Y no fue el único caso. Lo cierto es que tenemos, en nuestras manos, una gran responsabilidad. La humanidad está en un proceso de degeneración progresivo y nosotros conocemos la causa principal. Tráeme tu artilugio y veré qué puedo hacer moviendo algunos hilos en los medios universitarios. Es difícil, pero algo tenemos que intentar. Ten cuidado, hijo, es posible que estemos siendo espiados. A mí me consideran un viejo loco pero lo tuyo es distinto.

-Hasta luego querido Armando. Tendré todo el cuidado posible, cuídate tu también.

Petunia, la planchadora, se dirigió a Roberto Beltrán.

-Siento haber escuchado Roberto, de veras que lo siento; pero no pude evitarlo.

-Es igual Petunia. Llevas conmigo muchos años y te aseguro que tienes toda mi confianza.

-No es por eso -insistió la sirvienta-, es que cuando he entrado en el edificio me ha extrañado ver un vehículo negro aparcado delante de la puerta. Quizá no tenga nada que ver con lo que acabo de escucharles; pero por si acaso yo le hago partícipe de mi extrañeza.

-Muchas gracias Petunia, no sé qué haría sin vosotros mis amigos.

Petunia continuó con sus labores caseras, mientras mantenía una lúdica conversación rosa, sobre los famosos de turno, con Berta.

Por otro lado, Roberto indicó a Berta que dirigiese la cámara de televisión, más cercana, hacia el portal de la casa.

Efectivamente, allí podía verse un largo vehículo, gran turismo, de color negro como el azabache. Su matrícula no era muy corriente y parecía estar relacionada con algún servicio diplomático.

Roberto Beltrán se puso una trinchera de color "beige" e hizo intención de salir de la casa.

-Hasta luego Petunia.

-Hasta luego Roberto, cuídese mucho.

-Señor Beltrán, tiene una llamada por vídeo-teléfono -interrumpió la acción, con sus palabras, Berta el ordenador.

En la pantalla de plasma aparece la imagen de un niño de unos nueve o diez años de edad. Se trata de uno de los hijos de Roberto Beltrán. El fondo es neutro, como si se hubiese colocado, de forma artificial, en el videoteléfono de tercera generación. Circunstancia a la que no le dio importancia Roberto Beltrán.

-Papá, mi madre se va de viaje con Jaime a París y me ha dicho que te llame por si quieres que esté contigo.

Alberto es consciente de lo peligroso que puede ser, bajo la presente circunstancia, que su hijo permanezca con él; pero entiende que no pude evitarlo. No es para tanto, se dice a sí mismo.

-Miguel -Se dirige Roberto a su hijo-, de sobra sabes que aquí está tu casa. Sólo espero que te acuerdes de la palabra de acceso. Si no te la sabes, Berta no te dejará entrar. ¿Tardarás mucho?

-Todavía me queda un buen rato. Tengo que dirigirme a la estación de autobuses -contestó el joven Miguel con cara de pillo como si escondiese algo-.Y papá, que ya no soy un niño, Berta me preguntará con la pregunta ¿bloque? Y yo tendré que contestarle: Bella, siempre Bella mi Amada Berta. Hasta luego papá, que no quiero perder más tiempo.

-Hasta luego hijo mío, ten mucho cuidado.

Roberto pudo salir de la vivienda tras volver a despedirse de Petunia que seguía atareada con las labores propias de su oficio.

Al salir del subportal, donde se encontraba su casa, en lugar de dirigirse hacia el portal principal, lo hizo por el de servicios yendo hacia un esquinazo, con el fin de poder comprobar que el automóvil negro seguía en su posición anterior.

Allí seguía; pero al parecer le han visto y decide salir corriendo callejeando por las cortas y estrechas calles del pueblo serrano de Navacerrada. El vehículo ruge al ser puesto en marcha y comienza una persecución desigual, ya que aunque Roberto conocía a la perfección el pequeño pueblo, sus perseguidores iban motorizados.

Por el momento, les ha perdido; pero se encuentra aislado sin forma de salir de la sierra y dirigirse a Madrid. Está convencido que sus perseguidores saben que no ha podido tener acceso a su automóvil y por otro lado, de sobra sabe, que alguien estará vigilando las paradas del autocar de línea.

 

Capítulo IV

 

En la avenida de Burgos, en Madrid, hay un edificio negro como el azabache; cuyos cristales tintados y opacos desde el exterior no dejan entrever los misterios profundos que se cuecen en su interior.

En la séptima planta se encuentra una enorme puerta de ébano y marfil con el ojo de Horus en la parte superior. Las paredes están repletas de papiros egipcios entre las que destacan imágenes de Horus, Isis y Osiris. También se encuentra escrita una leyenda en caracteres griegos que viene a decir lo siguiente:

 

Quien haya tenido la osadía de traspasar el umbral

Ha firmado con sangre su destino

¡O permanece con nosotros por siempre jamás!

¡O la muerte más horrenda será su final!

 

El Gran Maestre de la Soberana Orden del Clavel, se encuentra reunido en una amplia sala con algunos de sus más allegados y altos iniciados. Una mesa enorme, tintada de caoba e incrustada con madera de ébano y marfil es el soporte de esta pequeña; pero trascendente disertación entre maestro y súbditos. Una enorme cruz Ansata, plateada, preside la reunión.

Los cuatro hombres visten ropas oscuras y ostentan un gran mandil triangular, ribeteado de rojo; pero negro como el tizón. Una calavera plateada adorna el centro del triángulo; a ambos lados se encuentran una rosa y un clavel y debajo del blanco cráneo una cruz lobulada bordada en oro. De las cuencas vacías de los ojos parecen surgir cuatro gotas de sangre bordadas en hilo carmesí.

El Gran Maestre se encuentra de pie iluminado, a contraluz, por el sol que penetra a través del inmenso ventanal. Sólo se puede contemplar su majestuosa figura, erguida y noble. Su traje es de color grafito con rallas diplomáticas y su cabello negro y levemente acaracolado. Está hablando a los otros tres asistentes; pero tan solo se puede escuchar un leve murmullo.

Se trata de Javier González de la Mata y Vergara. Un nombre desconocido para la mayoría; pero cuyo poder se alarga, como inmensos tentáculos, más allá de la propia República de Iberia o de la Unión de Estados Europeos.

En los sillones de piel de ternera se encuentran apostados un italiano, un argentino y un norteamericano. Sus acentos delatan su procedencia.

La voz del Gran Maestre se vuelve atronadora y sus notas demuestran que aquella ha sido educada en las nobles artes de la oratoria, retórica o discurso.

-Queridos hermanos, esta reunión extraordinaria, ha sido convocada por la gravedad de los hechos que se ciernen sobre nuestra noble y antiquísima Orden. Todos sabemos que desde tiempo inmemorial, hemos venido utilizando, los medios que El Gran Arquitecto nos ha concedido, para encauzar el noble destino de la humanidad descarriada. Primero fue la Religión y la Filosofía, después la Política y por último la Ciencia. Ciencia que desde los años cuarenta nos ha permitido influir de forma mucho más directa en la mente de nuestros hermanos menores, no iniciados, el vulgo, mediante el cinematógrafo primero "incluyendo imágenes subliminales entre los fotogramas" y las ondas hertzianas después "emitiendo señales electromagnéticas que influyen sobre el sistema simpático del sistema nervioso humano"; pero debo haceros partícipe que nuestra Orden Madre de la Rosa en Norteamérica, ha recibido una terrible noticia desde nuestra Sede Central de Espionaje en Inglaterra. Individuos, no controlados, de nuestra república, parecen haber descubierto el método que actualmente estamos utilizando para reencauzar el errado camino de la humanidad...

El italiano levantó la mano, como queriendo intervenir.

-Nuestro hermano Carlo Giovani tiene la palabra -dijo el Gran Maestre mientras hacía el ademán de sentarse e invitaba al italiano a tomar la palabra.

Carlo Giovani era un hombre delgado cuya incipiente calvicie no ocultaba que el resto de su cabello, lacio, se encontraba abrillantinado y echado hacia atrás. Detrás de su nuca, ese mismo pelo reproducía algunas ondas cuyo brillo le daba la apariencia de pequeñas olas de un mar de petróleo. Su nariz aguileña era acompañada por una fina y afeminada voz que daría poca confianza a cualquier persona que lo escuchase.

-Como bien sabemos, los aquí presentes, aunque dependemos de nuestra madre americana, nuestro poder sobre los poderes fácticos de Europa es demasiado grande como para ser echado a perder por individuos no controlados y pertenecientes al vulgo. Eso es algo que nuestro Soberano Gran Maestro, Don Javier González de la Mata, sabe y considero que no tenemos nada que perder. Sabremos, de cualquier modo, encauzar la situación por muy difícil que nos la quieran poner. Eso es todo respetado Gran Maestro.

Volvió a levantarse, de su asiento, Javier González de la Mata, para dirigirse a sus compañeros y contestar a lo dicho por Carlo.

-Mi querido Carlo; me consta que te mueve la actitud más positiva que jamás he podido descubrir en cualquiera de los hermanos; pero el problema es mucho más grave pues el científico que ha descubierto nuestros mensajes encriptados no pertenece al vulgo. Se trata de Roberto Beltrán, que aunque a vosotros no os suene, quiero deciros que ostenta el cuarto grado, Maestro del Arco Real de Jerusalén, de la Masonería regular. A primera vista eso no debería ser un inconveniente; pero de sobra sabéis que tan importantes organizaciones contienen en sus filas muchos miembros de la matriz de la Orden de la Rosa o del Clavel.

Ahora fue el súbdito argentino quien se levantó para intervenir. Antonio Galván tenía toda la apariencia de un psicólogo que estaba siempre preparado para dar su veredicto tras una sesión de psicoterapia.

-Venerable Gran Maestro, queridos hermanos, con toda humildad, entiendo que precisamente por ser un hermano menor, ¿cómo se llama? Ah, sí Roberto Beltrán, tenemos más posibilidades de hacerlo callar, o en el mejor de los casos atraérnoslo a nuestra causa. Quizá pueda ser algo prematuro, fuera del tiempo de iniciación reglamentario, pero entiendo queridos hermanos que la causa es lo principal. Considero que es tan sencillo como eso, o se nos une o lo rajamos. Así de sencillo. Es lo único que quería decir hermanitos míos.

Volvió el Gran Maestre a tomar la palabra.

-Nuestra influencia sobre la soberana y discreta Orden de la Francmasonería, es muy limitada, aunque yo mismo sea masón del grado treinta y tres del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Prácticamente el conjunto de la cúpula de poder, en ella, es inconsciente de nuestra existencia y de los métodos que utilizamos para llevar a nuestros hermanos menores al camino de la moralidad, la decencia y la religión. La humanidad es cada vez menos religiosa; pero tiende, de forma natural, a endiosar a la ciencia. Ese es el mito que en la actualidad estamos utilizando para llevar a nuestros descarriados hermanos al camino correcto. Ya está bien de sexo libre y de inmoralidad manifiesta. Soy consciente que debemos atajar los problemas incluso con la guerra si fuese necesario; no sería la primera vez que así actuamos; pero no podemos atacar, impunemente, a un alto iniciado en la masonería regular mundial. La Masonería podría verse involucrada y nuestros topos, en ella, descubiertos. Miles de años hemos estado manipulando sus destinos y no creo que sea conveniente que en unos pocos días todo lo llevemos al traste.

Por último tomó la palabra el hermano norteamericano, Jhon Williams. Su acento tejano y las marcadas arrugas en su bronceado rostro le daban apariencia de vaquero. Sólo le faltaba el sombrero.

-Soberano Gran Comendador, queridos frateres, como delegado en Iberia de la Orden de la Rosa, Orden madre de la Fraternidad del Clavel, quiero ponerme a disposición de todos vosotros. Es cierto que hemos sido descubiertos, por eso estamos aquí. Quiero deciros que mis agentes del Servicio Secreto están en ello y probablemente, en poco tiempo, tengamos resultados concretos y que no deberán de influir, negativamente, en nuestro labrado futuro. El Sistema debe continuar su camino y la depravación, como dice nuestro amado Gran Comendador, debe de ser erradicada, a costa de lo que sea, de sobre la faz del planeta.

El súbdito norteamericano se sienta y vuelve a tomar la palabra el Gran Comendador y Soberano Gran Maestre de la Fraternidad de la Orden del Clavel.

-Queridos hermanos. Son tiempos muy delicados. Ahora el analfabetismo es una minoría en los países desarrollados y nuestro trabajo lo debemos de llevar con la mayor discreción posible; pero me temo que también debemos de aceptar nuestros posibles errores. No digo que hallamos cometido alguno; pero antes de desarrollar alguna tecnología y ponerla en práctica para el beneficio de la humanidad, en general, y de nuestra Sagrada Orden en particular, debemos aceptar que pueden existir efectos secundarios adversos o errores subsanables, aún no detectados. No quisiera acabar esta breve y extraordinaria tenida sin comentaros mis dudas acerca de la tecnología que venimos utilizando desde hace relativamente poco tiempo.

El Soberano Gran Comendador expuso la posibilidad de que algo importante se les podía haber escapado de las manos y que unos terribles efectos secundarios podrían estar afectando a toda la población civil; y no para bien precisamente.

-Mi hija fue terriblemente asesinada por su novio en un lamentable ataque de celos; pero yo conocía a Iván, el joven, y os puedo asegurar que era la persona más cándida que jamás he llegado a conocer. Cierto que detrás de cualquier persona se puede encontrar un psicópata; pero lo que está sucediendo últimamente es incomprensible. Yo me hago esta pregunta ¿es posible que nuestras actuales técnicas tengan algo que ver con estos luctuosos hechos o que produzcan algún tipo de efecto secundario de carácter negativo? Es sólo una pregunta que os remito a vosotros para que la meditéis y me digáis algo. He llegado a odiar a ese joven que un día yo apadrinara para que entrara en una de las órdenes menores. Eso hermanos es muy grave. Estamos reconociendo que podemos equivocarnos a la hora de introducir en nuestras filas a individuos no preparados. Iván se suicidó, cuando fue consciente de lo que había hecho. Se voló los sesos. Probablemente sea inocente de sus actos; pero éste, vuestro hermano, le odia con todo su corazón y eso hermanos no es cristiano ni religioso en modo alguno.

Los asistentes permanecieron en silencio durante un breve instante. El mismo tiempo que pasó hasta que una llamada telefónica lo interrumpió.

Se trata de los agentes que habían sido apostados ante la vivienda de Roberto Beltrán para vigilar sus movimientos.

-Aquí Jhon Williams, ¿de qué se trata? -contestó a su celular el norteamericano.

-Patrón, el objeto de vigilancia se nos ha escapado por entre las calles del pueblo de Navacerrada -dijeron los secuaces del automóvil negro.

-Páseme el teléfono -instó el Gran Maestre al súbdito norteamericano.

-Enseguida, señor..., cumplir las órdenes que os proporcione Don Javier González de la Mata y sin rechistar -terminó diciendo Williams, por el teléfono, antes de pasarlo a manos del Gran Maestre.

-Aquí Javier González, exijo que me traigan a Roberto Beltrán vivo. Sólo lo quiero vivo. Captúrenlo y me lo traen vivo ¿entendido? Sabe demasiado y es necesario que yo mismo descubra hasta dónde llega ese conocimiento acerca de nosotros y de nuestros métodos -mientras dice estas últimas palabras, el Gran Maestre volvió su rostro hacia el ventanal, dándole la luz de plano. En su mirada se podía vislumbrar algún terrible secreto que le rondaba por la cabeza y que sólo él sabía de qué se trataba.

-Entendido señor, Soberano Gran Maestre, lo tendrá vivo y en perfectas condiciones, no lo dude señor. Continuamos nuestra búsqueda. Tenemos otros dos coches con tres agentes ocupados en esta labor. Mientras tanto, procederemos a registrar su apartamento.

-Espero que así sea, adiós y, por favor, sean prudentes -El Gran Maestre devolvió el teléfono a su legítimo propietario.

 

Capítulo V

 

Roberto Beltrán se encuentra jadeando de cansancio. Hace frío y el vaho sale de su boca y orificios nasales; pero él no lo siente, sigue callejeando mientras su cerebro intenta pensar deprisa, más aprisa. ¿Cómo va a salir de la ratonera que supone la Villa?

Sale de un callejón mirando a ambos lados, esperando encontrar un automóvil negro. Un vehículo pasa cerca de él y lo sobresalta. De repente, comprueba cómo un coche deportivo rojo se abalanza sobre él, y lo peor de todo, da la impresión de que no va a parar. Sigue corriendo, jadea y no puede más. Está a punto de rendirse.

Una puerta se abre junto a su persona. No cabe duda que le han cazado. Ya no hay remedio.

-Roberto, sube de una vez -escucha una conocida voz femenina.

-Tere, tú aquí ¿cómo es eso? -Roberto no se lo pensó dos veces y montó en el automóvil junto a Teresa la sexóloga.

-Hace un rato me llamó Petunia, diciéndome que tú necesitabas ayuda. No podía negarle un favor a una buena amiga como ella.

-Gracias a Dios que has aparecido, Teresa, no tenía forma de salir de aquí. ¿Podrías llevarme hasta Madrid? Necesito reunirme con un viejo amigo y entregarle algo de vital importancia.

-¿Cómo me va a importar, Roberto, para algo estamos los amigos o no? -Dijo, la sexóloga con una evidente expresión de enfado.

-Creo amigo Roberto -continuó preguntando-, que merezco alguna explicación. Espero que no me hayáis metido, entre tú y Petunia, en algún asunto ilegal grave.

-Sinceramente, querida, no tengo ni la más remota idea de, en lo que estoy metido. No sé si se trata de alguna organización ilegal o del propio gobierno; pero sí puedo decirte algo: Que la culpa la tiene la "Invasión de los Ladrones de Cuerpos".

Roberto la explicó, con el mayor detalle posible, en esas circunstancias, todo lo acontecido; pero en definitiva que ya desde los años cuarenta o cincuenta, el ser humano viene utilizando la tecnología para manipular a sus semejantes.

Nos creemos dueños de nuestras vidas y de nuestro destino; pero nada más lejos de ello. Desde que nacemos estamos censados por el Estado y como en la novela de Orwell, aquél tiene controlada nuestras vidas hasta el día de nuestra muerte.

-Mira Tere, amor mío, no se trata de historias fantásticas o de ciencia-ficción. No son extraterrestres que se meten dentro de nosotros, a través de vainas, y nos hacen cambiar nuestra personalidad. Tampoco de máquinas que se han rebelado y tienen manipulada la percepción del hombre, es mucho más sencillo que todo eso y sin embargo es tanto o más siniestro. Estamos siendo alienados desde hace un tiempo indeterminado, quizá mucho más de lo que podamos pensar; la cuestión es, que es ahora cuando los hemos descubierto.

-¿Te has dado cuenta de lo que acabas de decir Roberto?

-Claro que me doy cuenta. Te prometo que no estoy loco, puedo demostrártelo; de hecho puedo demostrárselo a...

-A cualquiera -interrumpió Teresa-; pero no me refería a eso. Has dicho la palabra mágica: ¡Amor mío!

Teresa dirigió el vehículo fuera del pueblo y tomó el camino de Colmenar Viejo. Su conducción era suave y de una prudencia encomiable. Las montañas quedaban a ambos lados y ya con más tranquilidad, por lo menos por parte de Roberto Beltrán, pudieron mantener una conversación más personal.

Teresa era una criatura soberbia. No era una mujer baja. Su tez morena era finamente ovalada y su cuerpo genéticamente casi perfecto había sido realzado, en el transcurso de los años, por una disciplina digna del mejor gimnasio. Su vestimenta, de color hueso, era de lo más sencilla. Un simple vestido de suave lino, que era en parte ocultado por una gabardina militar de color caqui.

Estaba claro que lo que menos le interesaba a la sexóloga era la circunstancia por la que estaba pasando ahora Roberto. A ella le importaban las cuestiones meramente personales.

-Mira Roberto, claro que te creo lo que me has contado -volvió a hablar Teresa después de un brevísimo silencio-, y de hecho, para eso estoy aquí para ayudarte y llevarte donde tú quieras. Eso es todo.

-No, querida amiga, ahora soy yo el que ha entendido perfectamente. Soy consciente de que he dicho amor mío, y es que te quiero de veras, aunque sé que tú sólo cumples con tu trabajo. Claro que estoy enamorado de ti, perdóname por eso, o mejor dicho, no me perdones... ¿Qué tienes que perdonarme?

La mujer sonrió, al ver en el aprieto en el que se había colocado, solito, su evidentemente