| Un amanecer extraño
descubres algo que no entiendes. Al día siguiente conoces
a un tipo loco que te abre los ojos. Sabes que puedes
hacer algo y te dedicas a ello; pero como era obvio
terminan descubriéndote y te persiguen.
Al final descubres que nada es como
tú creías. Todo es un cúmulo de malos entendidos y decisiones
incorrectas desde tiempo inmemorial.
En tus manos se encuentra el futuro
de la Humanidad.
Prólogo
Arriba en el cielo, más allá de las
nubes que cubren la atmósfera terrestre puede verse
un espectáculo majestuoso lleno de luminarias incandescentes
unas y a modo de espejos otras. El negro fondo está
lleno de estrellas. Ese universo, uno entre infinitos,
es el destino de un Ser aparentemente insignificante
pero cósmico en esencia.
No se sabe si saldrá del terrible periodo
por el que está pasando. El Orgullo, el Egoísmo y la
Avaricia son uno de tantos estorbos en el camino hacia
la eclosión de su crisálida. Un Ser aparentemente inteligente;
pero que de un modo incomprensible está destruyendo
su entorno.
Está predestinado a conquistar estrellas
y planetas primero para convertirse en uno con el vacío
cósmico después. Su futuro Ser, a modo de ameba, place
majestuosamente luminosa entre las nebulosas planetarias
cargadas de polvo de helio e hidrógeno. Una vez debió
de vivir en un planeta que giraba alrededor de una estrella;
pero después llevó consigo los gases que le permitían
respirar en un entorno tan hostil como el aparente vacío
del espacio exterior.
Después ya no fue necesario pues su
organismo se adaptó a su nueva vivienda. Su cuerpo perdió
consistencia y sus huesos desaparecieron. Ya no era
necesario respirar otra cosa que la "Nothing-all".
Partículas que son conocidas por muy pocas especies
evolucionadas.
Se ve un planeta azul verdoso. Gira
alrededor de su estrella, el Sol. Un satélite rocoso
y plagado de cráteres de impacto, a su vez, lo orbita
elípticamente. Una estación espacial inacabada, mohosa,
roída por el polvo y oxidada por el contacto con las
gotas de agua que desprenden las colas de los cometas;
permanece inerte, como una fotografía en color sepia;
como si fuera mudo testigo de algo que podría haber
sido y que sin embargo no llegó a ser.
***
Nuestro hombre, caras ropas pero de
aspecto andrajoso, regresaba a su vivienda muy de mañana.
Todavía no había levantado el Sol. Una noche de música
y alcohol en algún fiestorro mal llevado.
Se encuentra en el andén de algún suburbano.
Medio encogido, aún permanece en pie gracias a que se
encuentra apoyado sobre una pared; pero sigue luchando
por mantener controlada una borrachera difícilmente
inhibida.
Se oye el sonido de las bocinas del
tren. Son como truenos en una noche tranquila de verano.
Sus pabellones auditivos se resienten y lleva sus manos
hacia los oídos. Llega el metro; pero le han entrado
ganas de vomitar. Piensa que debe de esperar al próximo
ya que todavía tiene consciencia del estropicio que
puede armar en el interior de algún vagón.
Empieza a escuchar voces en su interior.
Él sabe que no se trata de ningún sonido audible, aunque
lo parece, pero lo achaca a su lamentable y triste estado.
Algo le impulsa a lanzarse sobre la nada; pero no se
puede mover y termina vomitando sobre el esquinazo que
forman el muro y el suelo del andén. Su cabellera permanece
inclinada junto a la pared y sus brazos abiertos, con
sus manos apoyadas, manteniéndole en vilo.
No entiende por qué las voces le inducen
a comprar un coche de alto precio que él no puede adquirir.
Si pudiese ya habría ido al concesionario, aun en su
estado; pero el dilema le lleva a un extraño intento
de suicidio que no entiende. Vuelve a vomitar y lleva
una de sus manos, con un pañuelo de papel, hacia su
sucio rostro.
Se vuelve y contempla un espectáculo
entre dantesco y daliniano.
Una joven y bella señorita, posiblemente
una secretaria, cargada con una carpeta rebosante de
documentos, entra en uno de los compartimentos del metro,
acompañada por otros tres individuos trajeados a modo
de ejecutivos.
Cuando la joven trata de sentarse,
algunos de sus papeles resbalan y van a caer por propia
inercia a la junta que existe entre el vehículo y el
andén.
-Lo que faltaba para el canto de un
duro leche -expresó la joven su disgusto, mientras realizaba
la acción de levantarse.
Las mismas voces que machacan el cerebro
del joven espectador le indican, a la joven, que sea
valiente y que debe conseguir su objetivo. Por otro
lado, el espectador borracho, entiende que debe tratar
de ayudar a la señorita que se encuentra en apuros;
pero la idea del coche caro no se quita de su cabeza.
"Todo es fácil no debes de tener miedo" dicen
las fantasmales voces.
-Joder, estás borracho gilipollas -se
dice en voz casi inaudible-, espere jovencitaa hip,
que ya le echo un cableee hip.
Hace un intento por moverse; pero cae
de rodillas. Intenta arrastrarse; pero no puede. Vuelve
a incorporarse sujetándose con la misma pared que le
había mantenido erguido hasta el momento.
Sin pensárselo dos veces, durante ese
periodo de tiempo indefinido, la joven se abalanza sobre
los papeles que ella cree que han huido por propia voluntad.
Introduce sus manos y parte de su cuerpo en el peligroso
hueco por donde aquellos habían escapado.
Una voz, inaudible y que su consciencia
no escuchaba venía a decirla que fuese valiente que
se decidiese a adquirir aquella casa de la sierra de
tan elevado precio; pero sus neuronas entendían que
debía de actuar "ipso facto". El metro cierra sus puertas
e inicia la marcha arrollando en su camino a la joven
y desapareciendo, ésta entre sus ruedas de acero.
Actuando, por algún sistema de seguridad
automático, el vehículo eléctrico detuvo su marcha por
un instante, y abrió las puertas de todos los compartimentos.
El joven borracho sigue escuchando
esas voces y al parecer debe de ser el único que las
oye debido a un efecto secundario, quizá, producido
por tan alta ingestión de alcohol.
-¿Quién coño quiere que me mate? ¡Hostias!
-Susurra intentando lanzar un grito reprimido-, no me
gusta mi vida; pero que se jodan, que la voy a seguir
viviendo. ¿Quiénes sois, descubriros ya de una puta
vez?
Los demás, todos, son afectados por
esas mismas voces; pero no son conscientes de su mensaje
silábico implícito.
Mientras el borracho, sollozando,
trata en vano de dominar su estado con el fin de poder
ayudar, los tres compañeros de la joven salen del vagón
para intentar rescatar a su compañera.
Las voces siguen insistiendo. "Sé
valiente y no te reprimas, adquiere lo que más te gusta,
el dinero es para gastarlo".
Las personas trajeadas se abalanzan
sobre las vías al inútil objeto de rescatar a su compañera.
Sus rostros, al igual que anteriormente el de la secretaria
no reflejaban ningún tipo de sentimiento; Parecían marionetas
o algún tipo de androides, si no fuese porque al arrancar
de nuevo el tren, sus cuerpos al ser arrollados, se
habían transformado en un amasijo sanguinolento de restos
humanos.
En un último golpe de lucidez, el infatigable
espectador, reacciona introduciéndose en el vagón más
cercano y accionando el sistema de seguridad manual.
La máquina paró definitivamente su marcha y su conductor
salió con la cara desencajada al contemplar tan macabro
espectáculo.
Al poco, empezaron a llegar los médicos
y la policía municipal.
-¡Oiga joven! ¿Qué le ha pasado, qué
ha sucedido?- se dirigió al borracho un viejo doctor
creyendo que el estado del joven era consecuencia de
algún trauma psicológico, debido a tan trágico accidente.
El anciano era de cara rosada y su
piel cargada de arrugas estaba adornada con un monumental
mostacho tan níveo como su deshilachada cabellera.
-Yo estaba aquí, sin molestar a nadie
y hip, entonces hip, empezaron a pasar cosas que hip...
¿Dónde estoy?
Entonces, el viejo doctor pudo comprobar
que el joven se encontraba bajo la influencia de una
embriaguez bastante aparatosa; pero, según le había
explicado el conductor del metro, el sujeto, había tenido
la suficiente lucidez como para intervenir aunque hubiese
sido demasiado tarde.
En el Hospital Doce de Octubre, pasadas
unas horas, el doctor intentó descubrir lo sucedido
manteniendo una conversación con tan inédito espectador;
pero tuvo que esperar a que el agente de policía, de
rigor, acabase con su pequeño interrogatorio.
-Ya puede entrar doctor -dijo el joven
agente, mientras salía de la habitación-, se encontraba
allí de forma casual no sabe nada.
-Gracias agente -contestó con una
sonrisa el anciano.
Una vez en el interior, el trabajador
del Samur se dirigió a quien era objeto de su interés.
-Joven, me llamo Arpegio, Armando Arpegio,
ya nos conocemos, nos vimos en el accidente ¿se acuerda?
-dijo el anciano, casi saltando, como si hubiese recibido
una pequeña descarga eléctrica.
-Joder, ¡Sí que me acuerdo!, tengo
una resaca de mil demonios, parece que me hubiese atropellado
un tren, casi no me acuerdo de nada -dijo el joven con
una visible actitud de cansancio y malestar mientras
se echaba las manos a la cabeza intentando parar su
cerebro, que tantas vueltas le daba-, me duele todo
el cuerpo y me cuesta pensar.
-Tómate este paracetamol, te ayudará
un poco -Le ofreció el anciano doctor, una cápsula junto
a un vaso de agua-, ¿quiere que le traigan un café jovencito?
-Disculpe Don Armando, no le he dicho
mi nombre. Soy Roberto Beltrán, Ingeniero en Telecomunicaciones
Aeronáuticas y tengo treinta y cinco años. Me haría
muy bien ese cafetito.
-¿Buena fiesta la de anoche? -sonrió
con complicidad el doctor Arpegio, mientras hacía señas
a una de las enfermeras haciéndole saber que el paciente
estaba necesitado de una bebida excitante-; por cierto,
no aparentas la edad que dices tener.
-No estoy acostumbrado ni a las fiestas
ni al alcohol. De hecho, se trataba de un compromiso
estúpido que no supe evitar.
-¿Puedo hacerte algunas preguntas Roberto?
-El doctor hizo uso de su veteranía para seguir tuteando
a su paciente-, y por favor te ruego que me tutees tú
también, seguro que será más cómodo para ambos.
Arpegio gesticulaba con sus manos mientras
se dirigía a su contertulio, y un pequeño tic, en uno
de los párpados de sus salientes ojos, le concedía un
indudable aire de profesor chiflado.
-Desde luego, Armando -dado lo campechano
que parecía ese anciano, Roberto decidió que no perdía
nada con concederle su confianza.
El joven Ingeniero comenzó a contestar
las, aparentemente sin sentido, cuestiones, mientras
el anciano profesor emérito de la Universidad Autónoma
y médico Psiquiatra del Samur, asentía unas veces y
ponía cara de perplejidad en otras ocasiones...
Pronto las preguntas cesaron y el encuentro
se fue transformando en un relato surrealista, que el
joven no dejó de narrar.
Hasta el más mínimo detalle, que permitía
la maltrecha memoria de Roberto, fue desnudando antes
los oídos de Arpegio: Que había escuchado unas extrañas
voces que le incitaban a un consumo inadmisible; así
como que un impulso irresistible le empujaba a tirarse
al andén; pero que su situación de embriaguez le impidió
realizar una majadería semejante.
-Roberto, todo lo que acabas de contarme
me suena mucho, diría más, muchísimo; ahora, ahora si
tu me lo permites y si no, te va a dar lo mismo, soy
yo el que tiene que decirte algo ¿vale?
-Como usted, perdón, como tú digas
Armando -el joven sonrió.
-Así me gusta. Buen chico este Roberto,
sí buen chico.
-Mira tú -comenzó el anciano su disertación-,
esto es un secreto a voces; pero a pesar de que ejerzo
la docencia en la Universidad y en los ratos libres
ando haciendo el indio de "Onegista", en estas ambulancias
del Ayuntamiento, en realidad soy autodidacta. Mi título
de Doctor en Neuropsiquiatría lo adquirí en Costa Rica
por unos pocos de dólares; cuando todo se supo, no hace
demasiado, yo llevaba ejerciendo la medicina durante
más de treinta y cinco años. Nadie daba crédito a esta
herejía científica y todo el mundo pensó que o estaba
teniendo demencia senil y que el Alzeimer estaba haciendo
mella en mi vejestoria mente o, simplemente que les
tomaba el pelo. Nadie me creyó y aquí estoy.
Hijo, hazme caso, el Sistema se defiende
gracias a los poderes fácticos y si la defensa es imposible,
intenta convertir a sus enemigos en irrelevantes. El
ejército, las religiones, incluso en los países que
se denominan como laicos, y los políticos tienen que
pasar por la escuela del Sistema. Sí, cuando tú has
estudiado para ingeniero, lo que menos importa es que
llegues a ejercer tan laureada profesión; lo que realmente
es imprescindible es que si algún día llegas a ejercer,
seas un fiel vasallo del Sistema. Da lo mismo que sea
una monarquía, como tuvimos no hace mucho aquí en España,
una república como ahora o unas indeseables dictaduras
militares o del tipo que fueren.
Por otro lado, eso de tener uno o varios
títulos oficiales, universitarios, sirve para que te
lisonjeen en cualquier ponencia u acto público. Los
aplausos también ayudan a dar brillo a nuestro natural
narcisismo. Viene a ser algo así como un privilegio
ganado con el esfuerzo de muchos años de estudio y ¡ojo!
Exámenes que hacen que los no aptos, eso lo decide el
Sistema, no tengan la más mínima posibilidad de acceder
a los escalafones de poder. Así el Sistema se defiende
y mantiene la hipocresía e injusticia como los mayores
baluartes. Esto lleva a lo siguiente. No sirve de nada
que seas una eminencia si no posees tu título universitario
oficial y el pelo engominado. Si intentas saltarte las
normas, tendrás como oposición y terribles enemigos
a todos aquellos que tuvieron que entrar por el aro
de lo previamente establecido.
Llevo muchos años viendo que suceden
cosas tan macabras, como la experiencia que tú has vivido
en el suburbano. Me alegro que estuvieses en estado
de embriaguez; si no, el trauma que hubieses padecido
podría haber resultado mayúsculo. Es imposible que tanta
locura se haya apoderado de la humanidad sin un motivo
bien evidente. Tengo mis sospechas; pero me falta información,
algún eslabón, que permita corroborarlas. ¿Puedo hacerte
una pregunta de nada Roberto?
-Cómo no, las que tú necesites Armando
-dijo Roberto, mientras la expectante atención que había
mantenido hasta ese instante se había transformado en
una curiosidad sin límites.
-¿Cuál es la rama de tu Ingeniería?
-Licenciatura en Telecomunicaciones
y Doctorado en Electrónica de altas frecuencias.
Capítulo I
Don Roberto Beltrán, se encontraba
sentado en su asiento de piel y los codos apoyados sobre
una enorme mesa de despacho en caoba cubana.
Su rostro, claro como el culito de
un recién nacido, estaba surcado por una multitud de
arrugas brevemente marcadas. Su cabeza, cuyo cabello
blanco se encontraba coronado por una brillante calva,
desde la frente hasta la coronilla, contrastaba con
su tupida barba recortada y de color plateado.
Cubría su cara con sus enormes y rugosas
manos, dejando ver tan sólo sus brillantes ojos de color
azul enmarcados por el carmesí de los párpados propio
de la vejez. Su nariz aguileña y afilada era dulcemente
flanqueada por unas pequeñas y translúcidas lágrimas
que resbalaban, inocentemente, desde las ojeras de sus
cargados lagrimales.
Tras su asiento de ejecutivo puede
ver, al otro lado del enorme ventanal, un majestuoso
paisaje de montaña cuyo cielo azul, flanqueado por algunas
tenues nubes, estaba bañado por la claridad de la media
mañana. Unas pequeñas aves, entre aviones, golondrinas
y vencejos, iban y venían cazando sus insectos favoritos
con el fin de reponer fuerzas para afrontar una próxima
nidada.
En el quicio de la puerta de entrada
al despacho, en el que está el anciano, se encuentra
apoyado un jovencito de tez morena y de unos quince
o dieciséis años de edad. Su expresión denota preocupación.
El abuelo, parece triste y no cabe duda de que está
sollozando a pesar de que comprende perfectamente que
está intentando reprimir sus visibles sentimientos.
El joven es consciente de que su abuelo no ha tenido
la oportunidad de verlo aún.
Don Roberto Beltrán recoge, de encima
de la mesa, un pequeño espejo cuyos bordes dorados,
bellamente labrados, recuerda con toda claridad, que
su procedencia es sin duda alguna hindú.
Tras apartar las manos de su húmedo
rostro puede contemplarse asimismo y los pensamientos
se empiezan a agolpar ante la mirada interna de su memoria.
Recuerda su primer encuentro con el difunto Armando
Arpegio, aquel Doctor que en una primera aproximación
le mereció toda su confianza. Aquel profesor "chiflado"
que le mostraba sin rubor sus propias paranoias.
Recuerda que le empezó a seguir el
juego, un poco por curiosidad; pero sin tomarse en serio
aquella antigua y prolongada disertación, breves horas
después de haberse producido aquel accidente tan extraño
y surrealista.
El doctor Arpegio no había llegado
a realizar todas sus preguntas, dándose por satisfecho
con las amplias explicaciones que le había dado Roberto
y a continuación le contó una extraña historia que puso
en alerta al joven.
-Roberto, me alegro enormemente de
haberte conocido; llevo obsesionado, desde hace unos
cuantos años, hasta el punto de llegar a creer que me
encontraba bajo los efectos de algún tipo de paranoia
con...
"¿Considera qué estamos siendo manipulados
por algo o por alguien?" Se contestó Roberto con
el pensamiento.
-¡Efectivamente Roberto! -sonrió expresivamente
el anciano como no dándole importancia al silencio del
joven-, es harto difícil de concebir qué es lo que está
pasando.
-En mis ratos libres, como Ingeniero
en telecomunicaciones, me ha dado por investigar posibles
señales extrañas, en frecuencias que hasta el presente
pocos han tratado, y me ha parecido encontrar algo que
toma significado después de lo que a usted le estoy
escuchando.
-Amigo Roberto, ¿te importaría que
mantuviésemos algún tipo de reuniones sobre este tema
con alguna asiduidad y mayor detalle?
-Creo Armando, que es una idea genial.
Un profesor Doctor en Psiquiatría y un Ingeniero, aficionado
radiomontador, investigando un extraño caso de "manipulación
electrónica" -pensó- digno de algún episodio de
fantasía o ciencia-ficción, no está mal.
-Ya veo, telecomunicaciones, sí me
lo dijiste. Escúchame con atención hijo, ¿es posible
descubrir algún tipo de frecuencia electromagnética,
modulada con ciertos mensajes, y que estuviera afectando
a nuestro subconsciente sin que nuestra consciencia
tuviese noción de ello?
-Como Psiquiatra, esa es su especialidad
doctor Arpegio -El joven puso cara de póquer no sabiendo
qué contestar a ese anciano, que en ocasiones daba la
apariencia de encontrarse más loco que una cabra-, en
mis experiencias personales con esos "presuntos mensajes
extraterrestres de los que le hablé", me he encontrado
con extraños datos que nunca he logrado ubicar; pero
lo que usted, tú me estás diciendo me inquieta en extremo
y da que pensar.
-Efectivamente, Roberto, esa es mi
especialidad, como tú bien dices; pero parece que los
hados han movido ficha para que podamos encontrarnos.
¿Te importaría ocupar parte de tu valioso tiempo en
ayudarme a descubrir qué es lo que se encuentra detrás
de esas macabras situaciones? -El doctor hizo mucho
hincapié, incluso repitiéndose, en lo importante que
era esa investigación para él; pero mucho más para el
resto de la humanidad.
El joven permaneció pensativo sólo
durante un momento, como preguntándose que ya había
escuchado aquello hacía un instante y luego dijo.
-Ya se lo he dicho, no sé si se trata
de una locura suya o de una verdad oculta; pero le aseguro,
Arpegio, que si hay alguien ahí, moviendo los hilos
de nuestras vidas, a su antojo, lo descubriremos y se
lo haremos pagar caro. Por supuesto que le ayudaré.
Había sido una conversación en la que
el viejo profesor le solicitaba una ayuda que sólo la
tecnología podía proporcionarle. La biología es la biología;
pero los cuerpos biológicos están influenciados por
componentes químicos, ambientales y electromagnéticos.
Piensa en la cantidad inmensa de radiaciones microscópicas,
que a modo de diminutos alfileres, están atravesando,
continuamente, el tejido animal del que estamos formados.
Las ondas de radio, entre otras, siguen
siendo invisibles y diminutas para cualquiera de nuestras
células; pero muchos componentes, que se encuentran
sensibles a su modificación accidental, tales como el
ácido desoxirribonucleico ADN y el ribonucleico ARN,
componentes principales del código genético, son aniquilados
o modificados por miles de millones.
El ser, en su totalidad, es inconsciente
de dichas matanzas porque la propia célula es muy prolífica
en esas situaciones de agresión. La radioactividad siempre
ha convivido con la vida y la propia vida modifica sus
aptitudes gracias a dicha causa; pero lo que existe
hoy es una locura, una aberración. Las células ante
tan titánicos ataques entran en un proceso caótico y
empiezan a procrear de forma incontrolada hasta que
terminan muriendo en compañía del ser que las contiene.
Eso no es otra cosa que el cáncer.
De todo eso era plenamente consciente
Beltrán: pero de ahí a aprender a utilizar las señales
eléctricas, en sus diversas frecuencias, para manipular
la mente humana, sin que el ser fuese consciente de
ello, consideraba que había un abismo en ese sentido.
Nadie dudaba que todos los medios de
comunicación han sido utilizados, desde su nacimiento,
radio, televisión, cine, telefonía, prensa y literatura
para manipular las tendencias de consumo o morales de
los seres humanos. Roberto no creía en algo más allá
de eso, hasta que, como Santo Tomás, metió sus dedos
en la llaga haciendo sus propios experimentos en el
taller que tenía ubicado en su propia casa.
Recuerda que fue entonces cuando tomó
plena consciencia de la magnitud de tan terrible afrenta
para con la humanidad...
El joven Roberto, se encuentra en pie
tras terminar de leer un voluminoso libro de tapas rojas.
Su delgadez desnuda era sólo adornada por las sinuosas
curvas de sus desarrollados músculos. Roberto Beltrán,
cuando se encontraba en su domicilio, solía pasar la
mayor parte del tiempo en cueros, estuviese solo o en
compañía de otras personas. De hecho, siempre invitaba
a quienes solían visitarle a que se despojasen de sus
atuendos. Era un nudista convencido como la inmensa
mayoría de los habitantes del planeta.
El salón donde se encontraba tenía
forma triangular y estaba adornado a modo de navío marítimo.
Sus lámparas eran claramente de barco y hasta un timón
con el nombre de la Bounty se encontraba en pie delante
del enorme mirador que había en la proa.
A estribor se encontraba una gran biblioteca
cargada con libros de diferente categoría como esotéricos,
de consulta, ciencia-ficción y universitarios. Dicha
pared sólo poseía un claro y donde un gran espejo ocultaba,
en su interior, una pantalla de plasma de unas cincuenta
y dos pulgadas de diagonal con sus bafles debidamente
camuflados. Algún adorno que otro rompía la armonía
de todo aquel papel impreso encuadernado.
Unos pequeños monos del Tao adornaban
las estanterías por un lado, con sus respectivas manos
en los ojos, orejas y boca. Shiva y Satki, dioses hindúes
de cuatro brazos, en diferentes estatuillas de bronce
por otro. Otra imagen impresa de Kalí, la Satki de la
Edad del Hierro, o de la venganza femenina hindú, con
la cabeza ensangrentada de Shiva, el ario invasor, en
una de sus manos así como una corta daga en otra, con
la sangre resbalando de su mellado filo. Su cintura
está cubierta con un cinturón cargado con las cabezas
ensangrentadas de otros tantos hombres.
A babor, un pequeño reloj de cuco ponía
un pequeño toque de la Selva Negra Alemana. Un completo
sistema informático era rodeado por otra enorme librería
cargada de una multitud ingente de libros técnicos de
electrónica y radio electricidad.
Cursos por correspondencia de prestigiosa
procedencia así como otros tratados universitarios debidamente
actualizados y una diminuta vitrina. Como adornos, en
esta parte del mobiliario, se encontraban diferentes
aparatos de medición que, por obsoletos, habían dejado
de cumplir su función, antaño principal como útiles
de laboratorio.
En la popa de la sala, a parte de la
necesaria y amplia entrada podía contemplarse un calendario
azteca así como un secretísimo grabado que representaba
la constitución mística del Universo esotérico.
-¡Berta!, si eres tan amable reduce
la luminosidad de la sala.
Berta era el nombre con que el ingeniero
Beltrán había bautizado al sistema inteligente de la
vivienda. Como todo sistema informático de la época
estaban bajo su responsabilidad, tanto la seguridad
como el confort del habitáculo. Redujo la luz del salón
y a continuación preguntó con una voz melodiosa y claramente
sensual. Así había sido programada.
-¿Así está bien Roberto?
-Cojonudo Berta, muchas gracias; si
puedes aumenta un poco más la temperatura de la caldera.
Tal y como estoy tengo un poco de frío.
-¿Te valen veinticinco grados Roberto?
-Muchas gracias Berta así está perfecto.
El libro que está leyendo Beltrán tiene
como título: TECNOLOGÍA DE FÍSICA CUÁNTICA.
Considera que está, no a punto de haber
dado con la clave, ya que eso sucedió hace ya varios
meses; pero sí de conseguir la suficiente miniaturización
como para que su objeto pueda ser llevado por cualquiera
sin que sea demasiado evidente. Su vivienda estaba completamente
a salvo de cualquier invasión de radiofrecuencias manipuladoras
ya que la había equipado con una especie de jaula de
faraday o pararrayos, en forma de malla, que desviaba
cualquier radiofrecuencia no deseada hacia tierra. El
diminuto efecto personal debería conseguir el mismo
objetivo.
-Berta -preguntó Roberto a su electrónica
ama de llaves-, ¿seguimos inmunes a cualquier invasión
electromagnética?
-Sí Roberto, en el exterior de la casa
hay una gran afluencia de dichas radiaciones; pero aquí
te encuentras seguro.
-En caso de que surja alguna anomalía,
en dicho sentido, ¿me tendrás informado?
-Evidentemente, mi querido Roberto.
-Gracias, Berta, de nuevo.
El ordenador contestó con un leve no
hay de qué y a continuación se silenció.
Roberto Beltrán se acerca al paisaje
marino, en el que hay gaviotas sobrevolando el oleaje
de unas bravas aguas. Chocando contra la costa, se dejan
ver, tras el amplio mirador que se encuentra flanqueado
por el timón de la Bounty.
La luminosidad del exterior contrasta
con la penumbra del interior; pero al abrirlo, nos deja
contemplar la única y cruda realidad. Un ambiente cargado
de Smog amarronado y cuyo olor no debe de ser muy agradable,
ya que el propio Roberto hizo un manifiesto gesto de
asco y volvió a cerrar el ventanal, con violencia, regresando
la virtual imagen del paisaje marítimo.
Su rostro, desencajado muestra una
terrible expresión de ira y rabia; como si quisiera
descuartizar a quien ha convertido lo que podría haber
sido un auténtico paraíso en un infierno de mierda y
corrupción. Cierra con violencia el voluminoso libro
de pastas rojas y lo deposita sobre una pequeña mesa
de centro, cuya transparente tapa deja entrever un mandil
de la Masonería del Arco Real de Jerusalén.
-Todavía no sé cómo vamos a dar con
los sinvergüenzas que controlan nuestras vidas. Si al
menos tuviésemos alguna pequeña pista -se dice-. ¿Estará
el gobierno detrás de ello, o será tan ignorante como
lo somos el resto de la humanidad?
-Berta, por favor, conecta la pantalla
de plasma en el Canal Seis de las noticias -el ordenador
así lo hizo, permaneció en silencio, y a continuación
apareció la dulce imagen de una locutora virtual, con
poca ropa, que estaba dando las noticias.
Tras acomodarse, sobre el sofá en toda
su desnudez, Roberto, puso atención a lo que le transmitía
su pantalla de televisión.
"La oleada de malos tratos no parece
ceder ante el endurecimiento de las leyes de la República
de Iberia. El alto grado de consumo ha disparado la
inflación a grados intolerables. Los suicidios se han
multiplicado por veinte en los dos últimos años y los
divorcios están transformando la mentalidad de nuestros
niños.
Todo es muy lamentable, dice el
Presidente de nuestra República; pero tenemos que aprender
a convivir con ello. Marieta Fernández para el Canal
Seis de la Televisión Pública de Iberia".
A continuación se produjo una oleada
de anuncios que trataban de despertar el afán consumista
de los televidentes y entonces Roberto se levanta y
sale del salón tras decirle a Berta que apague el monitor.
Piensa que el Sistema no se ha conformado
con la manipulación habitual de los medios publicitarios.
Han tenido que ir más lejos y han convertido a la mayor
parte de la humanidad en psicópatas con trastorno bipolar.
No sabe si ese efecto se trata de algo secundario o
realmente buscado por una manipulación cerebral dirigida
hacia el consumismo; pero no es normal que la situación
actual rompa todas las estadísticas de anormalidad posible.
No obstante se pregunta si no estamos
siendo manipulados, con diversas tecnologías, desde
tiempo inmemorial
-Berta, ¡ponme una película porno en
mi habitación!
Capítulo II
Roberto Beltrán se ha quedado dormido,
mientras contemplaba una de tantas películas de educación
sexual explícita. La pequeña pantalla de plasma que
se encuentra frente a su cama sigue encendida mostrando
algunas escenas consideradas, antaño, como muy duras.
Su cuerpo permanece relajado y espatarrado;
mientras unos leves ronquidos no dejan lugar a dudas
de que se encuentra profundamente dormido. Sobre la
cabecera de la cama se encuentra un anagrama, perfectamente
enmarcado, del Árbol de la Vida, cabalístico, de los
judíos; perteneciente con mucha probabilidad a algún
tipo de organización discreta o secreta, así como dos
ángeles guardianes, con apariencia de mujer, que cuidan
a niños en ambas situaciones de peligro.
En un esquinazo del dormitorio se encuentra
una mesa de trabajo; que por los artilugios electrónicos
que contiene, tanto sobre sus baldas, como sobre su
superficie, se trata con toda seguridad de un completo
laboratorio de aficionado. Dos osciloscopios, generadores
de funciones; así como otros medidores y algunas fuentes
de alimentación completan el diverso aparellaje.
Justo en el centro de la mesa se encuentra
un dispositivo, probablemente terminado; pero que se
trata de un prototipo experimental, de tamaño medio,
del trabajo que lleva a medias con el profesor Arpegio.
***
-¿Roberto, hijo, has localizado algo
importante desde nuestra última conversación?
-Armando; creo que tengo que pedirte
disculpas. Tu apariencia de anciano profesor despistado
me confundió. Debo de confesarte que un poco te seguí
el juego, sin creer demasiado en tus paranoias, entre
comillas.
-No te lo reprocho, Roberto; pero
dime ¿qué has encontrado?
-Ahora voy al grano. Tú me comentaste
que durante el estado profundo de sueño, denominado
Rem, se hace evidente la presencia de nuestro subconsciente,
y es a ese estado al que se debe de llegar cuando se
pretende hipnotizar a algún paciente o persona en concreto.
-Efectivamente -interrumpió brevemente
Arpegio.
-Pues bien, Armando, considerando que
nuestro cerebro funciona eléctricamente, tanto en forma
receptora como emisora con diferente frecuencias, que
tú me comentaste que se trataban de las ondas alfa,
beta y theta; me puse a trabajar en ello, pero sin dejar
de considerar aquello que te comenté de unos mensajes
cifrados que había descubierto hace ya tiempo y que
intuí, en aquel momento, que podría tratarse de algún
tipo de mensajes extraterrestres.
-Jodioporculo, ve al grano de una vez
-exclamó Armando con una clara actitud de impaciencia,
haciendo uso de la gran confianza que habían logrado
desarrollar durante los últimos años.
Roberto sonrió, ante la exclamación
de su peculiar oyente y continuó con su discurso.
-Alguien nos está bombardeando con
mensajes que sólo pueden ser interpretados por nuestro
subconsciente. Eso ya es evidente. Se trata de una señal
de muy baja frecuencia que está montada en una portadora
de microondas propias de los satélites de comunicaciones.
Algunos de los mensajes que he encontrado son puramente
comerciales; pero otros, esto si es grave, se trata
de manipulación política y militar.
-Si no hubiese estado tan seguro de
ello, habría exclamado ¡no Jodas!
-Sí Armando, tengo que pedirte disculpas
por haber dudado de ti, en un principio. Debes reconocer
que tu actitud rebosaba de paranoia; pero ahora encajan
muchas cosas en este tenebroso puzzle. Ahora podemos
comprender esos mensajes extraños que escuchaba en el
andén del metro, estando bajo los efectos del alcohol;
pero sigo sin entender por qué entonces sí y ahora no.
-Es muy fácil Roberto. Por un lado,
no debes de olvidar que, en el fondo, el alcohol no
es otra cosa que una droga que te mantenía en un estado
alterado de consciencia y de ese modo podías recibir
los mensajes que en realidad iban dirigidos a la otra
personalidad oculta que todos tenemos, nuestro subconsciente;
cosa que por otro lado, te protegió contra ese suicidio
involuntario al que te llevaban dichos mensajes.
-¿Cómo involuntario? ¡Arpegio, había
una voz que me decía...!
-Disculpa que te interrumpa querido
niño; pero nada de lo que tú me has contado me hace
presuponer que hubiese un claro mensaje de suicidio.
Según mi hipótesis se trata de un efecto secundario
derivado de encontrarte ante un dilema; como les pasa
a los computadores, que se bloquean bajo esas mismas
o parecidas circunstancias.
-Ahora entiendo Armando. Yo debía de
comprar un vehículo de alta cilindrada y elevadas prestaciones;
pero que me era imposible de adquirir, por una cosa
tan simple como falta de poder adquisitivo. Eso habría
llevado a una guerra interna entre el destinatario del
mensaje, el subconsciente que no da valor económico
a nada y mi consciencia de vigilia que sabía perfectamente
que eso era imposible.
-Eso es Roberto. No digo yo que sea
exactamente así; pero resulta evidente que debe de acercarse
mucho a la verdad. Las personas que actuaron en el suburbano
de una forma tan irracional debieron de haber sido afectadas
por lo mismo que tú; pero ellos no tenían alterada su
consciencia ni mermadas sus facultades locomotrices.
Su subconsciente les llevó al suicidio y ninguna borrachera,
"in extremis", pudo evitarlo. Pero tú has comentado
que había mensajes militares y políticos ¿cómo es eso?
-Armando, algunos mensajes eran evidentemente
comerciales, no vamos a volver sobre ello; pero otros
decían claramente cuál debía de ser el comportamiento
de los receptores ante unas próximas elecciones, pretendidamente,
democráticas en Nigeria. Otros mensajes iban dirigidos
a ejércitos rivales para que depusieran sus armas de
forma pacífica. Los mensajes, Armando, son tremendamente
claros y puedes escucharlos, descifrados, cuando tú
quieras. Evidentemente, permitiéndome un simpático trabalenguas,
y tras lo que tú acabas de aclararme, ¡los receptores
me consta que no son conscientes de sus actos!; ¡pero
sus consciencias paralelas, el subconsciente, es plenamente
consciente de dichos mensajes!
Con dos escáneres, tanto el profesor
Arpegio como el ingeniero Beltrán, salieron a la calle
para realizar una triangulación de las extrañas señales
que se encontraban investigando, con el fin de localizar
el origen de aquellas y que éste último ya había detectado
y en parte desentrañado.
Evidentemente, según comentara Roberto
al Anciano, las señales eran emitidas desde la tierra,
recibidas por los satélites de comunicaciones y reenviadas
de nuevo a Tierra; pero ¿dónde se encontraban los repetidores?.
Todas las triangulaciones, siempre, llevaban a los mismos
sitios.
Objetos publicitarios situados en las
vías públicas de todas las ciudades y pueblos del mundo
entero. Grandes balaustres que soportaban un letrero
luminoso así como un termómetro y reloj digital, eran
los encargados de repetir la señal hacia todos los cerebros
de los viandantes o de aquellos ciudadanos que se encontraban,
falsamente protegidos, dentro de sus cálidas y seguras
viviendas o de sus puestos de trabajo.
***
De repente, la mente del durmiente
Roberto rompe con los pensamientos de hechos pasados
recientemente y se sitúa en el salón de la vivienda.
La luz de la estancia es tenue y Beltrán no se encuentra
solo; sino en compañía de una bella joven. Los dos están
desnudos. Ella a horcajadas sobre él. Su movimiento
de vaivén así como el jadeo de ambos muestran, con rotunda
evidencia, que se encuentran en pleno acto sexual. El
rostro de la mujer sólo se vislumbra al trasluz.
-¿Por qué paras? Tere, mi Amor.
-Mi ansiado y amado Roberto, algo tienes
sobre el brazo.
Con sus inmensas uñas, de color carmesí,
arrancó una especie de insecto semejante a un pulgón;
pero que al instante saltó hacia la obscuridad como
si se tratase de algún tipo de pulga o algo así. Uno
tras otros, los insectos fueron arrancados del brazo
de Roberto por las expertas manos de su amada compañera.
Ella seguía sentada sobre Roberto, con una parte substancial
de él, en su interior.
Cuando acabó, Teresa le dijo algo muy
extraño a Roberto.
-Estos insectos amado mío, se encontraban
sobre una parte sana de tu cuerpo. En el resto está
creciendo un importante cáncer.
En ese mismo instante, Roberto se sobresaltó,
como no entendiendo lo que le estaba sucediendo. Encendió
a tope la luz y ambos dieron un grito de pánico. Ella
saltó de su anterior posición, situándose al lado de
Roberto, abrazándose a él como si el mismo infierno
hubiera sido presenciado por sus desencajados ojos,
dejando al descubierto el erecto y húmedo pene de Roberto.
Toda la sala se encontraba infectada
de todo tipo de insectos, aves y roedores. Las ratas
pululaban por el suelo, mientras extraños insectos entre
cucarachas y saltamontes, de un negro tan profundo como
el betún y de un tamaño exageradamente imposible se
encontraban aposentados en todos los lugares más elevados
que el propio suelo. El mirador se encontraba entreabierto
y un inmenso Águila Real se había apostado en dicho
hueco. Todos estaban en el interior como intentando
protegerse de algo.
Un suspiro, digno de un mortuorio estertor
acabó con todo.
La pantalla de plasma seguía encendida
mostrando, con la misma crudeza, las escenas explícitas
propias de una película de ficción sexual.
Roberto se encontraba sudando, como
si su organismo se hubiese liberado de ingentes cantidades
de adrenalina. Era evidente que sus sueños se habían
mezclado con una extraña pesadilla, cuyo significado,
con toda probabilidad, jamás llegaría a comprender.
Su órgano reproductor se había encogido ante tamaño
susto.
-¡Berta, Berta! ¿Me escuchas?
-Sí, Roberto, ¿te sucede algo, quieres
que llame a los servicios de emergencia?
-¡No!, no es necesario, amiga mía.
He tenido una pesadilla. ¿Has notado algo extraño?
-Nada que pueda tener algún tipo de
importancia, querido Roberto, tan solo...
-¿Tan solo qué? -Interrumpió Roberto
a su ordenador.
-Durante un par de minutos se ha ido
la luz; pero enseguida ha entrado en funcionamiento
la batería auxiliar.
-Eso lo explica todo Berta, ¡eso lo
explica todo!
Berta permaneció en silencio. A pesar
de tratarse de un sistema de inteligencia artificial,
era lógico que tuviese sus limitaciones y sus conversaciones
nunca trascendían de lo cotidiano. Roberto tenía un
sistema de alimentación eléctrica auxiliar dedicado
al Sistema de Seguridad primario; pero que no cubría
la jaula de faraday que lo protegía de las influencias
electromagnéticas exteriores.
Roberto comprendió enseguida que durante
los pocos minutos que había faltado el suministro eléctrico
había estado expuesto a las manipulaciones que él mismo
había estado investigando.
No existía otra explicación. De hecho
era la única explicación.
Capítulo III
Roberto Beltrán salió del baño tras
darse una prolongada ducha de agua caliente. Se enfundó
unos pantalones de tela vaquera así como un jersey,
nórdico, de cuello alto.
-¿Qué hora tenemos Berta?
-Las ocho treinta de la mañana Roberto.
-Enciende la pantalla del salón y continuemos
nuestra conversación allí.
Roberto entró en el salón y enseguida
encontró a una bellísima mujer virtual, sin nada de
ropa, que parecía salirse de la pantalla del televisor.
Su parecido con la Teresa del sueño del Ingeniero, seguro
que no era una simple coincidencia.
-Ya ha sido remitido al supermercado
el pedido que me solicitaste. Harina, azúcar, tallarines...
Jabón para el suelo, champú y cuatro lámparas ahorradoras
de energía... También...
-Berta, déjalo me fío de que has realizado
la compra con el mejor criterio; pero ¿no habrás olvidado
los yogures como la vez anterior?
-No, querido Roberto, los yogures
es lo primero que he solicitado.
-Ya me lo imaginaba, gracias amiga
mía.
-Roberto, la señorita Petunia está
llamando a la puerta.
Petunia era una especie de sirvienta
que realizaba todos aquellos menesteres que el ordenador
era incapaz de realizar y que a Roberto le ocupaban
un excesivo tiempo. Para Roberto era la planchadora;
ya que el planchar era una de las labores domésticas
que no había sido capaz de aprender a realizar y eso
que lo había intentado en repetidas ocasiones; pero
siempre había tostado alguna prenda que había terminado,
cómo no, en el contenedor de la basura.
-Berta, haz entrar a la planchadora;
me gustas mucho, pero ahora necesito hablar con Don
Armando Arpegio. Pasa a la rutina de compañía.
La operadora virtual del servicio telefónico
aparece indicando que su llamada se está realizando;
pero que comunica.
-Servicio telefónico, le agradecemos
su acceso; pero debe de esperar unos segundos, la línea
está ocupada.
Petunia era una hermosa mujer morena
de baja estatura, cuyos ojos negros le daban un aire
de profundidad entrañable.
-Buenas mañanitas, Roberto -dijo en
cuanto vio al dueño de la vivienda.
-Buenos días Petunia, ya sabes, ponte
cómoda.
-Ya estoy cómoda Roberto. No quiero
ser la causa de enturbiarle este día tan hermoso -dirigió
una mirada cómplice hacia la bragueta de Roberto-, a
pesar de esa maldita contaminación que no somos capaces
de quitarnos de encima. Veo que tú también te encuentras
vestido.
Roberto cogió la indirecta y no le
dio mayor importancia. Para él era muy importante el
respeto hacia todos sus amigos, conocidos y sirvientes,
como era el presente caso; su nudismo era una cuestión
prácticamente ideológica, pero siempre era condescendiente
con sus visitas. Si no querían desvestirse era una cosa
sin importancia. Para él, lo realmente importante es
que siempre se encontrasen a gusto, independientemente
de que hubiese o dejase de haber sexo.
-Muy graciosilla la niña -dijo Roberto
con una ingenua sonrisa en los labios-, de sobra sé
que en cuanto salga yo a la calle te quitarás la ropa
y cambiarás la rutina de Berta por la de un morenazo
impresionante.
-Eso es problema mío Roberto, no hay
más que hablar -contestó con insolencia Petunia; pero
con la sonrisa característica que concede una absoluta
y mutua confianza.
Petunia entró en la cocina y preparó
la tabla de planchar. Cogió la ropa sucia de su cesto
correspondiente y la metió en la lavadora de burbujas.
A continuación tomó la que estaba colgada en el tendedero
y se puso a planchar.
-Berta -dijo al ordenador-, utiliza
el programa de lavado para la ropa de color.
-Hecho, señorita Petunia -dijo con
toda cortesía el ordenador abandonando la sensualidad
que había utilizado, anteriormente, con Roberto-, ¿alguna
cosa más?
-Por supuesto Berta, faltaría más,
de momento gradúa la temperatura de la plancha para
camisas de nylon y después... También...
-¡Petunia! -se dirigió Roberto a la
planchadora-, por la agencia, ¿sabes algo de Teresa
mi sexóloga? Hace ya más de un mes que no me visita.
-Creo que Tere, ahora, tiene mucho
trabajo. ¿Por qué no pide los servicios de otra profesional
cualquiera? Yo misma le haría dichos servicios si poseyera
el título correspondiente.
-Petunia, te doy las gracias -respondió
Roberto con una expresión de disgusto-, pero ya sabes
que Teresa es algo muy especial para mí. No se trata
sólo de una profesional del sexo es algo mucho más que
eso.
-De sobra sabe que es broma Roberto,
además yo no tengo acceso a los medicamentos antivenéreos
de la profesión. Me consta que ustedes están tremendamente
enamorados. ¿No será que Teresa está harta de cobrar
por los servicios que te presta?
Roberto Beltrán permaneció durante
un instante en silencio, pensando en lo que Petunia
le había acabado de decir.
Vuelve la figura de la teleoperadora
indicando a Beltrán que el profesor Arpegio se encuentra
al otro lado de la línea, desde la Universidad Autónoma
de Madrid.
-Roberto -pregunta Arpegio-, ¿cómo
va todo amigo mío? Me preocupa lo que comentamos acerca
de los políticos y los militares. Alguien más podría
conocer esas técnicas y aprovecharse de la debilidad
humana que tú y yo conocemos. Creo que la precaución
debe de ser nuestra regla de oro. Nadie más debería
conocer nuestros trabajos.
-Creo, Armando, que lo que tenga que
ser será. He utilizado La Red para realizar parte de
mis experimentos. Hay ya alguna gente involucrada y,
en el fondo, si nos localizan, también les habremos
localizado nosotros a ellos. El dispositivo de interferencias
personal está acabado. Tan solo necesitamos de la financiación
necesaria para poder distribuirlo, en suficiente cantidad,
entre la población civil.
-Poca cosa es esa -dijo Arpegio mostrando
en su expresión una evidente ironía- Yo te diré Roberto
que nuestras vidas no valen ni cincuenta céntimos de
euro. ¿Has podido saber quién se encuentra detrás de
las manipulaciones?
-Armando, bien sabes que pertenezco
a varias asociaciones y ONGS, de gran influencia en
la sociedad. Es un secreto que está más allá de todas,
por lo menos de la parte que conozco de ellas. El Gobierno,
sí puedo asegurarte que es ignorante en esta cuestión.
Nadie que vaya a ostentar el poder, entre comillas,
durante un breve periodo de cuatro a ocho años, máximo,
puede ser conocedor de estos secretos. Alguna persona
en particular, puede, pero siempre que pertenezca a
la cúpula de la organización u organizaciones que intentamos
descubrir.
-¿Que me dices de los Servicios Secretos?
-Apuntó el anciano doctor.
-Eso es otra cosa Armando; pero todo
se andará. Si vamos a hacer pupa, seguro que son ellos
los que nos encontrarán a nosotros.
-Eso es lo que más miedo me da, hijo
mío. No por mí, ya que mi existencia vale poca cosa,
sino por ti que te queda mucha vida por delante.
-Doctor Arpegio, Armando. Tengo una
teoría y quiero que me des tu parecer. Desde hace más
de cincuenta años, Una potencia norteamericana viene
haciendo uso de técnicas parecidas, sólo parecidas,
a las que nosotros hemos descubierto. Es posible que
aunque esta técnica sea reciente, otras más antiguas,
hayan estado produciendo esos mismos efectos en las
personas. Si no, recuerde el caso de, hará unos diez
años, aquel afamado neurocirujano que destripó a su
esposa, degolló a sus cinco hijos sin motivo aparente
y terminó suicidándose.
-Tienes razón -interrumpió el viejo
profesor-, no se encontró nada en la autopsia que se
realizó del cerebro de aquel médico. Es uno más de los
misterios sin resolver de la medicina actual. Y no fue
el único caso. Lo cierto es que tenemos, en nuestras
manos, una gran responsabilidad. La humanidad está en
un proceso de degeneración progresivo y nosotros conocemos
la causa principal. Tráeme tu artilugio y veré qué puedo
hacer moviendo algunos hilos en los medios universitarios.
Es difícil, pero algo tenemos que intentar. Ten cuidado,
hijo, es posible que estemos siendo espiados. A mí me
consideran un viejo loco pero lo tuyo es distinto.
-Hasta luego querido Armando. Tendré
todo el cuidado posible, cuídate tu también.
Petunia, la planchadora, se dirigió
a Roberto Beltrán.
-Siento haber escuchado Roberto, de
veras que lo siento; pero no pude evitarlo.
-Es igual Petunia. Llevas conmigo muchos
años y te aseguro que tienes toda mi confianza.
-No es por eso -insistió la sirvienta-,
es que cuando he entrado en el edificio me ha extrañado
ver un vehículo negro aparcado delante de la puerta.
Quizá no tenga nada que ver con lo que acabo de escucharles;
pero por si acaso yo le hago partícipe de mi extrañeza.
-Muchas gracias Petunia, no sé qué
haría sin vosotros mis amigos.
Petunia continuó con sus labores caseras,
mientras mantenía una lúdica conversación rosa, sobre
los famosos de turno, con Berta.
Por otro lado, Roberto indicó a Berta
que dirigiese la cámara de televisión, más cercana,
hacia el portal de la casa.
Efectivamente, allí podía verse un
largo vehículo, gran turismo, de color negro como el
azabache. Su matrícula no era muy corriente y parecía
estar relacionada con algún servicio diplomático.
Roberto Beltrán se puso una trinchera
de color "beige" e hizo intención de salir de la casa.
-Hasta luego Petunia.
-Hasta luego Roberto, cuídese mucho.
-Señor Beltrán, tiene una llamada por
vídeo-teléfono -interrumpió la acción, con sus palabras,
Berta el ordenador.
En la pantalla de plasma aparece la
imagen de un niño de unos nueve o diez años de edad.
Se trata de uno de los hijos de Roberto Beltrán. El
fondo es neutro, como si se hubiese colocado, de forma
artificial, en el videoteléfono de tercera generación.
Circunstancia a la que no le dio importancia Roberto
Beltrán.
-Papá, mi madre se va de viaje con
Jaime a París y me ha dicho que te llame por si quieres
que esté contigo.
Alberto es consciente de lo peligroso
que puede ser, bajo la presente circunstancia, que su
hijo permanezca con él; pero entiende que no pude evitarlo.
No es para tanto, se dice a sí mismo.
-Miguel -Se dirige Roberto a su hijo-,
de sobra sabes que aquí está tu casa. Sólo espero que
te acuerdes de la palabra de acceso. Si no te la sabes,
Berta no te dejará entrar. ¿Tardarás mucho?
-Todavía me queda un buen rato. Tengo
que dirigirme a la estación de autobuses -contestó el
joven Miguel con cara de pillo como si escondiese algo-.Y
papá, que ya no soy un niño, Berta me preguntará con
la pregunta ¿bloque? Y yo tendré que contestarle: Bella,
siempre Bella mi Amada Berta. Hasta luego papá, que
no quiero perder más tiempo.
-Hasta luego hijo mío, ten mucho cuidado.
Roberto pudo salir de la vivienda tras
volver a despedirse de Petunia que seguía atareada con
las labores propias de su oficio.
Al salir del subportal, donde se encontraba
su casa, en lugar de dirigirse hacia el portal principal,
lo hizo por el de servicios yendo hacia un esquinazo,
con el fin de poder comprobar que el automóvil negro
seguía en su posición anterior.
Allí seguía; pero al parecer le han
visto y decide salir corriendo callejeando por las cortas
y estrechas calles del pueblo serrano de Navacerrada.
El vehículo ruge al ser puesto en marcha y comienza
una persecución desigual, ya que aunque Roberto conocía
a la perfección el pequeño pueblo, sus perseguidores
iban motorizados.
Por el momento, les ha perdido; pero
se encuentra aislado sin forma de salir de la sierra
y dirigirse a Madrid. Está convencido que sus perseguidores
saben que no ha podido tener acceso a su automóvil y
por otro lado, de sobra sabe, que alguien estará vigilando
las paradas del autocar de línea.
Capítulo IV
En la avenida de Burgos, en Madrid,
hay un edificio negro como el azabache; cuyos cristales
tintados y opacos desde el exterior no dejan entrever
los misterios profundos que se cuecen en su interior.
En la séptima planta se encuentra una
enorme puerta de ébano y marfil con el ojo de Horus
en la parte superior. Las paredes están repletas de
papiros egipcios entre las que destacan imágenes de
Horus, Isis y Osiris. También se encuentra escrita una
leyenda en caracteres griegos que viene a decir lo siguiente:
Quien haya tenido la osadía de traspasar
el umbral
Ha firmado con sangre su destino
¡O permanece con nosotros por siempre
jamás!
¡O la muerte más horrenda será su
final!
El Gran Maestre de la Soberana Orden
del Clavel, se encuentra reunido en una amplia sala
con algunos de sus más allegados y altos iniciados.
Una mesa enorme, tintada de caoba e incrustada con madera
de ébano y marfil es el soporte de esta pequeña; pero
trascendente disertación entre maestro y súbditos. Una
enorme cruz Ansata, plateada, preside la reunión.
Los cuatro hombres visten ropas oscuras
y ostentan un gran mandil triangular, ribeteado de rojo;
pero negro como el tizón. Una calavera plateada adorna
el centro del triángulo; a ambos lados se encuentran
una rosa y un clavel y debajo del blanco cráneo una
cruz lobulada bordada en oro. De las cuencas vacías
de los ojos parecen surgir cuatro gotas de sangre bordadas
en hilo carmesí.
El Gran Maestre se encuentra de pie
iluminado, a contraluz, por el sol que penetra a través
del inmenso ventanal. Sólo se puede contemplar su majestuosa
figura, erguida y noble. Su traje es de color grafito
con rallas diplomáticas y su cabello negro y levemente
acaracolado. Está hablando a los otros tres asistentes;
pero tan solo se puede escuchar un leve murmullo.
Se trata de Javier González de la Mata
y Vergara. Un nombre desconocido para la mayoría; pero
cuyo poder se alarga, como inmensos tentáculos, más
allá de la propia República de Iberia o de la Unión
de Estados Europeos.
En los sillones de piel de ternera
se encuentran apostados un italiano, un argentino y
un norteamericano. Sus acentos delatan su procedencia.
La voz del Gran Maestre se vuelve atronadora
y sus notas demuestran que aquella ha sido educada en
las nobles artes de la oratoria, retórica o discurso.
-Queridos hermanos, esta reunión extraordinaria,
ha sido convocada por la gravedad de los hechos que
se ciernen sobre nuestra noble y antiquísima Orden.
Todos sabemos que desde tiempo inmemorial, hemos venido
utilizando, los medios que El Gran Arquitecto nos ha
concedido, para encauzar el noble destino de la humanidad
descarriada. Primero fue la Religión y la Filosofía,
después la Política y por último la Ciencia. Ciencia
que desde los años cuarenta nos ha permitido influir
de forma mucho más directa en la mente de nuestros hermanos
menores, no iniciados, el vulgo, mediante el cinematógrafo
primero "incluyendo imágenes subliminales entre los
fotogramas" y las ondas hertzianas después "emitiendo
señales electromagnéticas que influyen sobre el sistema
simpático del sistema nervioso humano"; pero debo
haceros partícipe que nuestra Orden Madre de la Rosa
en Norteamérica, ha recibido una terrible noticia desde
nuestra Sede Central de Espionaje en Inglaterra. Individuos,
no controlados, de nuestra república, parecen haber
descubierto el método que actualmente estamos utilizando
para reencauzar el errado camino de la humanidad...
El italiano levantó la mano, como queriendo
intervenir.
-Nuestro hermano Carlo Giovani tiene
la palabra -dijo el Gran Maestre mientras hacía el ademán
de sentarse e invitaba al italiano a tomar la palabra.
Carlo Giovani era un hombre delgado
cuya incipiente calvicie no ocultaba que el resto de
su cabello, lacio, se encontraba abrillantinado y echado
hacia atrás. Detrás de su nuca, ese mismo pelo reproducía
algunas ondas cuyo brillo le daba la apariencia de pequeñas
olas de un mar de petróleo. Su nariz aguileña era acompañada
por una fina y afeminada voz que daría poca confianza
a cualquier persona que lo escuchase.
-Como bien sabemos, los aquí presentes,
aunque dependemos de nuestra madre americana, nuestro
poder sobre los poderes fácticos de Europa es demasiado
grande como para ser echado a perder por individuos
no controlados y pertenecientes al vulgo. Eso es algo
que nuestro Soberano Gran Maestro, Don Javier González
de la Mata, sabe y considero que no tenemos nada que
perder. Sabremos, de cualquier modo, encauzar la situación
por muy difícil que nos la quieran poner. Eso es todo
respetado Gran Maestro.
Volvió a levantarse, de su asiento,
Javier González de la Mata, para dirigirse a sus compañeros
y contestar a lo dicho por Carlo.
-Mi querido Carlo; me consta que te
mueve la actitud más positiva que jamás he podido descubrir
en cualquiera de los hermanos; pero el problema es mucho
más grave pues el científico que ha descubierto nuestros
mensajes encriptados no pertenece al vulgo. Se trata
de Roberto Beltrán, que aunque a vosotros no os suene,
quiero deciros que ostenta el cuarto grado, Maestro
del Arco Real de Jerusalén, de la Masonería regular.
A primera vista eso no debería ser un inconveniente;
pero de sobra sabéis que tan importantes organizaciones
contienen en sus filas muchos miembros de la matriz
de la Orden de la Rosa o del Clavel.
Ahora fue el súbdito argentino quien
se levantó para intervenir. Antonio Galván tenía toda
la apariencia de un psicólogo que estaba siempre preparado
para dar su veredicto tras una sesión de psicoterapia.
-Venerable Gran Maestro, queridos hermanos,
con toda humildad, entiendo que precisamente por ser
un hermano menor, ¿cómo se llama? Ah, sí Roberto Beltrán,
tenemos más posibilidades de hacerlo callar, o en el
mejor de los casos atraérnoslo a nuestra causa. Quizá
pueda ser algo prematuro, fuera del tiempo de iniciación
reglamentario, pero entiendo queridos hermanos que la
causa es lo principal. Considero que es tan sencillo
como eso, o se nos une o lo rajamos. Así de sencillo.
Es lo único que quería decir hermanitos míos.
Volvió el Gran Maestre a tomar la palabra.
-Nuestra influencia sobre la soberana
y discreta Orden de la Francmasonería, es muy limitada,
aunque yo mismo sea masón del grado treinta y tres del
Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Prácticamente el conjunto
de la cúpula de poder, en ella, es inconsciente de nuestra
existencia y de los métodos que utilizamos para llevar
a nuestros hermanos menores al camino de la moralidad,
la decencia y la religión. La humanidad es cada vez
menos religiosa; pero tiende, de forma natural, a endiosar
a la ciencia. Ese es el mito que en la actualidad estamos
utilizando para llevar a nuestros descarriados hermanos
al camino correcto. Ya está bien de sexo libre y de
inmoralidad manifiesta. Soy consciente que debemos atajar
los problemas incluso con la guerra si fuese necesario;
no sería la primera vez que así actuamos; pero no podemos
atacar, impunemente, a un alto iniciado en la masonería
regular mundial. La Masonería podría verse involucrada
y nuestros topos, en ella, descubiertos. Miles de años
hemos estado manipulando sus destinos y no creo que
sea conveniente que en unos pocos días todo lo llevemos
al traste.
Por último tomó la palabra el hermano
norteamericano, Jhon Williams. Su acento tejano y las
marcadas arrugas en su bronceado rostro le daban apariencia
de vaquero. Sólo le faltaba el sombrero.
-Soberano Gran Comendador, queridos
frateres, como delegado en Iberia de la Orden de la
Rosa, Orden madre de la Fraternidad del Clavel, quiero
ponerme a disposición de todos vosotros. Es cierto que
hemos sido descubiertos, por eso estamos aquí. Quiero
deciros que mis agentes del Servicio Secreto están en
ello y probablemente, en poco tiempo, tengamos resultados
concretos y que no deberán de influir, negativamente,
en nuestro labrado futuro. El Sistema debe continuar
su camino y la depravación, como dice nuestro amado
Gran Comendador, debe de ser erradicada, a costa de
lo que sea, de sobre la faz del planeta.
El súbdito norteamericano se sienta
y vuelve a tomar la palabra el Gran Comendador y Soberano
Gran Maestre de la Fraternidad de la Orden del Clavel.
-Queridos hermanos. Son tiempos muy
delicados. Ahora el analfabetismo es una minoría en
los países desarrollados y nuestro trabajo lo debemos
de llevar con la mayor discreción posible; pero me temo
que también debemos de aceptar nuestros posibles errores.
No digo que hallamos cometido alguno; pero antes de
desarrollar alguna tecnología y ponerla en práctica
para el beneficio de la humanidad, en general, y de
nuestra Sagrada Orden en particular, debemos aceptar
que pueden existir efectos secundarios adversos o errores
subsanables, aún no detectados. No quisiera acabar esta
breve y extraordinaria tenida sin comentaros mis dudas
acerca de la tecnología que venimos utilizando desde
hace relativamente poco tiempo.
El Soberano Gran Comendador expuso
la posibilidad de que algo importante se les podía haber
escapado de las manos y que unos terribles efectos secundarios
podrían estar afectando a toda la población civil; y
no para bien precisamente.
-Mi hija fue terriblemente asesinada
por su novio en un lamentable ataque de celos; pero
yo conocía a Iván, el joven, y os puedo asegurar que
era la persona más cándida que jamás he llegado a conocer.
Cierto que detrás de cualquier persona se puede encontrar
un psicópata; pero lo que está sucediendo últimamente
es incomprensible. Yo me hago esta pregunta ¿es posible
que nuestras actuales técnicas tengan algo que ver con
estos luctuosos hechos o que produzcan algún tipo de
efecto secundario de carácter negativo? Es sólo una
pregunta que os remito a vosotros para que la meditéis
y me digáis algo. He llegado a odiar a ese joven que
un día yo apadrinara para que entrara en una de las
órdenes menores. Eso hermanos es muy grave. Estamos
reconociendo que podemos equivocarnos a la hora de introducir
en nuestras filas a individuos no preparados. Iván se
suicidó, cuando fue consciente de lo que había hecho.
Se voló los sesos. Probablemente sea inocente de sus
actos; pero éste, vuestro hermano, le odia con todo
su corazón y eso hermanos no es cristiano ni religioso
en modo alguno.
Los asistentes permanecieron en silencio
durante un breve instante. El mismo tiempo que pasó
hasta que una llamada telefónica lo interrumpió.
Se trata de los agentes que habían
sido apostados ante la vivienda de Roberto Beltrán para
vigilar sus movimientos.
-Aquí Jhon Williams, ¿de qué se trata?
-contestó a su celular el norteamericano.
-Patrón, el objeto de vigilancia se
nos ha escapado por entre las calles del pueblo de Navacerrada
-dijeron los secuaces del automóvil negro.
-Páseme el teléfono -instó el Gran
Maestre al súbdito norteamericano.
-Enseguida, señor..., cumplir las órdenes
que os proporcione Don Javier González de la Mata y
sin rechistar -terminó diciendo Williams, por el teléfono,
antes de pasarlo a manos del Gran Maestre.
-Aquí Javier González, exijo que me
traigan a Roberto Beltrán vivo. Sólo lo quiero vivo.
Captúrenlo y me lo traen vivo ¿entendido? Sabe demasiado
y es necesario que yo mismo descubra hasta dónde llega
ese conocimiento acerca de nosotros y de nuestros métodos
-mientras dice estas últimas palabras, el Gran Maestre
volvió su rostro hacia el ventanal, dándole la luz de
plano. En su mirada se podía vislumbrar algún terrible
secreto que le rondaba por la cabeza y que sólo él sabía
de qué se trataba.
-Entendido señor, Soberano Gran Maestre,
lo tendrá vivo y en perfectas condiciones, no lo dude
señor. Continuamos nuestra búsqueda. Tenemos otros dos
coches con tres agentes ocupados en esta labor. Mientras
tanto, procederemos a registrar su apartamento.
-Espero que así sea, adiós y, por favor,
sean prudentes -El Gran Maestre devolvió el teléfono
a su legítimo propietario.
Capítulo V
Roberto Beltrán se encuentra jadeando
de cansancio. Hace frío y el vaho sale de su boca y
orificios nasales; pero él no lo siente, sigue callejeando
mientras su cerebro intenta pensar deprisa, más aprisa.
¿Cómo va a salir de la ratonera que supone la Villa?
Sale de un callejón mirando a ambos
lados, esperando encontrar un automóvil negro. Un vehículo
pasa cerca de él y lo sobresalta. De repente, comprueba
cómo un coche deportivo rojo se abalanza sobre él, y
lo peor de todo, da la impresión de que no va a parar.
Sigue corriendo, jadea y no puede más. Está a punto
de rendirse.
Una puerta se abre junto a su persona.
No cabe duda que le han cazado. Ya no hay remedio.
-Roberto, sube de una vez -escucha
una conocida voz femenina.
-Tere, tú aquí ¿cómo es eso? -Roberto
no se lo pensó dos veces y montó en el automóvil junto
a Teresa la sexóloga.
-Hace un rato me llamó Petunia, diciéndome
que tú necesitabas ayuda. No podía negarle un favor
a una buena amiga como ella.
-Gracias a Dios que has aparecido,
Teresa, no tenía forma de salir de aquí. ¿Podrías llevarme
hasta Madrid? Necesito reunirme con un viejo amigo y
entregarle algo de vital importancia.
-¿Cómo me va a importar, Roberto, para
algo estamos los amigos o no? -Dijo, la sexóloga con
una evidente expresión de enfado.
-Creo amigo Roberto -continuó preguntando-,
que merezco alguna explicación. Espero que no me hayáis
metido, entre tú y Petunia, en algún asunto ilegal grave.
-Sinceramente, querida, no tengo ni
la más remota idea de, en lo que estoy metido. No sé
si se trata de alguna organización ilegal o del propio
gobierno; pero sí puedo decirte algo: Que la culpa la
tiene la "Invasión de los Ladrones de Cuerpos".
Roberto la explicó, con el mayor detalle
posible, en esas circunstancias, todo lo acontecido;
pero en definitiva que ya desde los años cuarenta o
cincuenta, el ser humano viene utilizando la tecnología
para manipular a sus semejantes.
Nos creemos dueños de nuestras vidas
y de nuestro destino; pero nada más lejos de ello. Desde
que nacemos estamos censados por el Estado y como en
la novela de Orwell, aquél tiene controlada nuestras
vidas hasta el día de nuestra muerte.
-Mira Tere, amor mío, no se trata de
historias fantásticas o de ciencia-ficción. No son extraterrestres
que se meten dentro de nosotros, a través de vainas,
y nos hacen cambiar nuestra personalidad. Tampoco de
máquinas que se han rebelado y tienen manipulada la
percepción del hombre, es mucho más sencillo que todo
eso y sin embargo es tanto o más siniestro. Estamos
siendo alienados desde hace un tiempo indeterminado,
quizá mucho más de lo que podamos pensar; la cuestión
es, que es ahora cuando los hemos descubierto.
-¿Te has dado cuenta de lo que acabas
de decir Roberto?
-Claro que me doy cuenta. Te prometo
que no estoy loco, puedo demostrártelo; de hecho puedo
demostrárselo a...
-A cualquiera -interrumpió Teresa-;
pero no me refería a eso. Has dicho la palabra mágica:
¡Amor mío!
Teresa dirigió el vehículo fuera del
pueblo y tomó el camino de Colmenar Viejo. Su conducción
era suave y de una prudencia encomiable. Las montañas
quedaban a ambos lados y ya con más tranquilidad, por
lo menos por parte de Roberto Beltrán, pudieron mantener
una conversación más personal.
Teresa era una criatura soberbia. No
era una mujer baja. Su tez morena era finamente ovalada
y su cuerpo genéticamente casi perfecto había sido realzado,
en el transcurso de los años, por una disciplina digna
del mejor gimnasio. Su vestimenta, de color hueso, era
de lo más sencilla. Un simple vestido de suave lino,
que era en parte ocultado por una gabardina militar
de color caqui.
Estaba claro que lo que menos le interesaba
a la sexóloga era la circunstancia por la que estaba
pasando ahora Roberto. A ella le importaban las cuestiones
meramente personales.
-Mira Roberto, claro que te creo lo
que me has contado -volvió a hablar Teresa después de
un brevísimo silencio-, y de hecho, para eso estoy aquí
para ayudarte y llevarte donde tú quieras. Eso es todo.
-No, querida amiga, ahora soy yo el
que ha entendido perfectamente. Soy consciente de que
he dicho amor mío, y es que te quiero de veras, aunque
sé que tú sólo cumples con tu trabajo. Claro que estoy
enamorado de ti, perdóname por eso, o mejor dicho, no
me perdones... ¿Qué tienes que perdonarme?
La mujer sonrió, al ver en el aprieto
en el que se había colocado, solito, su evidentemente
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