| Pesadas y asalmonadas
nubes eran salpicadas con estruendosos rayos que terminaban
por cegar, con su luminosa blancura, cualquier tipo
de instrumentación científica. Sólo el radar era capaz
de detectar capas atmosféricas cada vez más densas,
a medida que la ligera pero robusta cápsula se sumergía
bajo el espeso manto gaseoso. El Piloto de la Esfera
parecía incrustarse, hasta casi desaparecer, en su anatómico
asiento, cuyos polímeros deformables con memoria molecular
habían sido diseñados para soportar la brutal presión
de varias G de gravedad.
La química del Planeta, compuesta principalmente
de hidrógeno y helio, no era combustible debido a la,
práctica, total ausencia de oxígeno; sólo esa circunstancia
permitía que el comandante pudiera utilizar los cohetes
auxiliares de maniobra.
Las luces de la Consola de Mando comenzaron
a parpadear arrítmicamente y el ordenador de abordo,
tras detectar un imprevisto percance, lo comunicó al
único tripulante.
- "La Nave ha sido atrapada por
el vórtice de un tornado”.
Vientos con velocidades capaces de
competir con la del propio sonido, provocaban en el
diminuto entorno habitable, unos efectos vibratorios
que podrían desconcertar a cualquier miembro de una
especie inteligente.
- "Tomo el control de la Sonda.
Los mandos manuales no responden. El piloto se encuentra
inconsciente. Activada la Caja Negra ignífuga"
-prosiguió la femenina voz del Computador, con su característico
tono metálico .
El solitario navegante yacía sumergido,
aparentemente sin vida, en la espuma tecnológica de
su asiento. Las carnes y piel de sus partes expuestas
-cara y manos- parecían querer desprenderse de su esqueleto
con la intención de tomar vida propia en un cercano
círculo de influencia. Su vibrante faz dejaba entrever
ráfagas de líneas, semejantes a rayos violáceos, debido
a las múltiples hemorragias producidas en los vasos
sanguíneos. Los ojos, sin vista, sobresalían de un modo
horrible primero, para ocultarse después al abrigo de
unos párpados inútiles y las habituales venillas empezaron
a recibir una afluencia exagerada de sangre, cuya apariencia
figuraban radios quebrados de un rojo intenso sobre
enormes globos sobredimensionados y... Su muerte parecía
inminente.
Los motores de hidrógeno líquido y
queroseno ayudaron al tímido avance de la maltrecha
nodriza. La cual había hecho uso, en un intento desesperado,
de sus impulsores nucleares.
Afuera, el resplandor natural del espeso
caldo atmosférico, en cuyo origen era adornado por las
interminables tormentas magnéticas, ahora era acompañado
por una cadena de múltiples explosiones de diminutas
bombas de fusión.
La máquina, ideada para soportar las
inclemencias derivadas de una exploración a las capas
más externas de la atmósfera de Júpiter; había sabido
salir airosa de su aventura, muy a pesar de los graves
daños estructurales, por sus propios medios.
Había salvado con éxito, el vector
de fuerza a que la había sometido el remolino joviano;
pero faltaba conocer la salud del auténtico valor humano
que habitaba sus entrañas.
Breves, pero efectivas descargas eléctricas
realizaron su función de masaje cardíaco y los sensores
vitales de todo tipo -electroencefalógrafo y cardiógrafo,
entre otros- no paraban de monitorizar, intermitentes,
como enloquecidos por una partícula vital que intentara
no dejar de ser lo que en realidad era: Inteligencia.
Esta vez, tampoco moriría. Volvería
para contarlo.
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