| Esta es una Historia
llena de Vida. No me gustaría que nadie se echase a
llorar.
¡Ay!,que no me he presentado. Mi nombre...,
los que creía que eran los dioses me llamaban Jabato
y como a mí me gustaba pues así me he quedado.
Ahora que veo las cosas, desde la distancia,
con más claridad puedo contaros lo que pasó.
Mis trece hermanitos y yo, nos encontrábamos
en el Cielo, esperando a que los dioses uniesen a nuestros
padres. ¡Sí!, Aunque parezca extraño, mis padres no
podían vivir juntos. En realidad, ninguno de nuestra
especie lo podemos hacer, pues las hembras no soportan
la compañía de los machos más que el tiempo suficiente
para poder ser fecundadas.
Alrededor del día Trece de Marzo, el
dios principal lo consideró el momento oportuno y se
puso unos guantes de cuero reforzado. Soltó a mis padres
sobre una superficie poco amplia, bajo la cual se encontraba
un pronunciado precipicio, para nuestro tamaño.
Mamá Bolita de Nieve, así se llamaba,
no aguantaba, tal y como dije, a Colín... Ese es el
nombre de mi papá. Mamá se revolvía contra él para morderlo;
pero, con rapidez, el dios principal... ¡Bum!, Ponía
el enorme guante entre ellos y así evitaba que mamá
hiciese daño a papá.
Durante cerca de veinte minutos, mi
mamá pasó a quedarse quietecita y papá podía juntarse
con mamá durante un breve instante. Luego, él que era
muy aseado, se limpiaba con su saliva, restregándose
el cuerpo con sus hábiles manitas.
Papá, después de esta operación, durante
ese tiempo, volvía a la carga una y otra vez. Así, de
este modo, mamá quedó preñada con catorce óvulos en
su interior.
Mis trece hermanitos y yo, íbamos creciendo
muy deprisa, dentro de nuestra madre, y en muy poco
tiempo ya sabíamos los que éramos machos, seis, y los
que eran hembras, el resto.
Aproximadamente, a los quince días,
mamá parió en una estancia muy limpita, repleta de algodón
y lana. También la despensa estaba llena.
No os podéis ni imaginar el gozo que
tuvo cuando nos tuvo, entre su regazo, a todos juntitos
y calientes en su confortable nido. A mamá, en ese instante
crítico, no se la podía molestar. Si los dioses lo hubieran
hecho, se habría vuelto loca y nos hubiese comido.
De vez en cuando, encontrándome desvelado,
contemplaba como alguno de los dioses introducía con
mucha cautela, para no despertar a mamá, alimentos diversos,
agua, algodón y una tierra con un olor muy fuerte. Los
dioses la conocían como bactericida. Todavía me pregunto
lo que eso significa.
Los de mi especie nacemos muy chiquitos;
hasta tal punto, que a los cinco días del parto, tan
solo pesamos cinco gramos. No obstante, nuestro crecimiento
es el más veloz de todos los mamíferos.
A los ocho días del nacimiento nos
empezó a crecer una pelusilla; pues si no os lo he contado,
nacemos desnudos y de un color rosita.
Ahora todo lo veo claro; pero entonces
no podía ya que nací ciego como el resto de los de mi
especie. Aunque hacíamos ímprobos esfuerzos por abrir
los párpados, no podíamos pues la piel los cubría. Quizá,
este hecho, no sea más que un sistema de defensa creado
por la naturaleza para que entre tanto recién nacido
gruñón, no saliésemos alguno tuerto o ciego debido a
los arañazos que nos producíamos al intentar apropiarnos
de alguna tetilla donde poder mamar.
Mamá, de vez en cuando, cambiaba su
posición con el objeto de que todos tuviésemos oportunidad
de comer y así poder sobrevivir. Esto es así porque
ella sólo disponía de doce tetillas y creo que eso es
lo habitual. Nosotros éramos catorce y bueno, qué os
voy a contar que no sepáis.
A los once días después del parto,
ya nos esforzábamos por salir aunque todavía era prematuro.
Al siguiente día podía mover mis pequeñas orejas de
uno a otro lado, ya que se habían despegado del resto
del cuerpo. Con ellas podía escuchar los susurros del
mundo que me rodeaba y si percibía algo raro; me acurrucaba,
más si cabe, junto a mis hermanos, junto al caliente
cuerpo de mamá.
No obstante, siendo todavía ciego,
mi curiosidad no tenía límites y salía repetidamente
al exterior del nido. También sé que mis hermanitos
hacían lo mismo.
Mamá, con infinita paciencia, salía
detrás de nosotros y uno a uno nos volvía a introducir
en el confortable nido. Nos cogía, con su boca, de los
lomos o de donde buenamente podía; pero nunca nos hizo
daño alguno con sus afilados incisivos. Algunas veces
éramos tan traviesos que cuando nos escapábamos, íbamos
unos en una dirección y otros en otra volviendo loca
a mamá tratando de atraparnos.
¡Uy!, Se me olvidaba. Ya desde el principio
y hasta que dejamos de tomar leche de mamá, cuando nos
invadía el hambre chillábamos como posesos tratando
de encontrar los pezones de nuestra madre y cuando los
encontrábamos, nos enganchábamos a ellos como lapas.
Tengo que reconocer, que los de nuestra
especie, somos en exceso crueles entre nosotros.
Pasadas cuatro semanas del nacimiento,
siendo aún demasiado chiquitos, vimos por primera vez
a los dioses que venían para separarnos, a los machos,
de mamá. Esta lloró mucho y nosotros también; pero ya
podíamos valernos por nosotros mismos y no hubiese sido
conveniente que continuásemos con las hembras. Sin embargo,
mis hermanas permanecieron durante un tiempo mayor junto
a ella.
Es hora de que os cuente un secreto
que sólo sé yo, ahora que me encuentro en el Cielo.
El día que Madre nos tuvo, el dios
principal y su esposa salieron del mundo conocido en
busca de materiales con los que confeccionar una mansión
grande para mí y mis hermanos. Cuando regresó del espacio
exterior, trajo consigo tela metálica y alambre inoxidable
con el fin de realizar la estructura principal y otro
más finito con el que coser la malla metálica a aquella.
El dios principal, ayudado por el dios
chiquito, estuvo trabajando durante algunos días en
su construcción. Se levantaba temprano y paraba muy
poco para comer, yéndose muy tarde a descansar.
Cuando la vivienda, separada en dos
compartimentos, estuvo finalizada, el dios principal
nos metió a mí y a mis hermanos y hermanas, junto con
mamá, en uno de los departamentos y el otro lo
reservaron. Papá Colín permaneció en su casita de siempre.
El suelo poseía una capa considerable
de arena. En un principio nos metieron piedras para
que pudiésemos jugar; pero al parecer eso no era muy
práctico y desistieron. Nos las quitaron y volvieron
a rellenar el suelo con ese producto bactericida.
En relación con la antigua casa de
mamá, esta otra era enorme. Tenía dos pisos cuadrados
y bien espaciados. Una escalera para subir a la planta
superior. En ésta, había un molinillo o rueda de ejercicios
así como un gracioso comedero para las pipas y el maíz.
El abrevadero era el mismo que habíamos tenido en la
casa de mamá. Nosotros chupábamos y el agua salía gota
a gota, tan solo la que necesitábamos en cada instante.
No sé si algún día comprenderé por qué era así cuando
en el exterior, al otro lado del pitorro, veía un depósito
repleto de agua.
Como la vivienda estaba dividida en
dos compartimentos, tal y como os dije, al poco tiempo
el dios principal nos separó a los hermanos en un sitio
y a las hermanas en otro; ya que nuestros juegos ya
no eran tan infantiles.
Ciertamente, nos podíamos contemplar
a través de la rejilla e incluso tocar nuestras manitas;
pero era lo más que nos era permitido.
Antes de pasados dos meses de existencia,
el tiempo en que los dioses nos consideran ya adultos,
mis hermanos y yo nos dábamos unas zurras de campeonato;
pues aunque el edificio era enorme, para uno de nosotros,
en realidad era chiquito para el conjunto de los seis.
De hecho, no sé si lo dije, somos una especie muy territorial.
Cada dos por tres, estábamos hechos
unos zorros, como decían los dioses. Entonces el dios
principal tomó la determinación de separarnos a los
hermanos machos. Uno de mis hermanos fue a parar a manos
de un dios externo muy agradable. Su casa era alta y
redonda con dos pisos.
Otro de mis hermanitos fue a caer en
el Mundo de un dios peluquero, amante de los de mi especie.
Su casita era más pequeña; pero lo suficientemente confortable
para él solito.
El tercero de mis hermanos cayó en
las manos de una diosa que estaba emparentada con el
dios principal. Su casa también era muy hermosa con
dos pisos. Me consta que todos ellos tuvieron mucha
suerte, dentro de lo que supone la falta de libertad.
En definitiva, que nos quedamos en
casa del Mundo interior, Jabato, que soy yo, y mis lanudos
hermanos, Pelusín y Peluso.
Como de los tres, yo era el más fuerte,
les daba unas palizas monumentales; sobre todo a Peluso,
pues Pelusín me huía y con eso me bastaba para no continuar
agrediéndole; pero Peluso, pobre Peluso ahora que lo
veo desde otra perspectiva, era muy valiente pero ni
tenía mi musculatura ni el coraje que me reservó la
naturaleza. Siempre salía magullado y lleno de heridas.
En cierta ocasión le rompí una oreja.
Los dioses no paraban de regañarme;
pero no les hice caso nunca ya que mi instinto era muy
celoso. Era el principal de la camada. Sólo el contemplar,
al otro lado de la verja, a ocho hembras adultas, me
sacaba de quicio. No podía permitir la existencia de
un solo competidor.
Un día, después de una buena paliza
que le propiné a Peluso, el dios principal, debido a
las costras que tenía, nos llevó a mí y a mis dos hermanos
a un dios sanador para que nos curase las heridas.
El dios principal consultó con otros
dioses con el fin de darnos la libertad en un parque;
pero esto fue descartado ya que otros seres voraces
nos habrían devorado. No estábamos preparados para vivir
en el Mundo exterior.
La desesperación de los dioses crecía
pues no sabían qué hacer con nosotros. No era posible
que cada uno de nosotros tuviésemos nuestra casita,
ya que seguíamos siendo muchos.
El dios principal cogió a mis hermanitos
heridos y les untó en sus heridas un líquido milagroso
de color marrón; pero las guerras y las heridas se sucedían
sin un fin que se apreciara cercano.
En esos días, yo ya estaba aislado
del resto de mis hermanos en la casita enfermería. Esta
era muy pequeña y sin molinillo con el que poder hacer
ejercicio. Mi hermano Peluso fue introducido, de forma
provisional, en un pozo alto de color verde.
Los dioses se dieron cuenta que mi
hermanito allí no se encontraba bien y lo trasladaron
a la casita enfermería. A mí me trasladaron junto a
Pelusín; pero él me huía y yo no le hacía nada.
Poco duró ese diminuto paraíso, ya
que cuando Peluso se recuperó lo regresaron a su lugar
con Pelusín. A mí me encerrarían, de por vida, en la
prisión enfermería. Esta era chiquita y un poco alargada;
sus paredes eran blancas, flexibles y opacas. El techo
no estaba muy elevado; pero se encontraba cubierto con
una rejilla metálica.
En unas cuantas ocasiones me dejaron
contemplar el mundo obscuro del interior. Me soltaron,
sin dejar de vigilarme. Corría todo lo que podía. Nunca
había sentido nada igual. Era libre, libre, libre. Eso
era lo que yo siempre había deseado y que nunca había
sentido hasta ahora. Esa sensación debía de ser a la
que los dioses conocían como libertad. Desde ese breve
instante, yo sólo viví para conseguir la libertad definitiva.
Deseaba conocer, con detenimiento, el Mundo.
Intenté por todos los medios que me
había concedido la naturaleza, conseguir mi objetivo.
Con mis incisivos intenté realizar un hueco en el material
flexible del que estaba compuesta mi prisión.
Mi único deseo en la vida, se traducía
en ser libre. Volver a corretear y buscarme el sustento
por mí mismo. Quería conocer hembras libres con las
que poder jugar y hermanos libres con los que poderme
zurrar. Iluso de mí, pronto comprendí que había emprendido
una tarea imposible ya que no era capaz de encontrar
un pequeño borde por el que empezar a roer.
Cuando algún dios pasaba la mano sobre
la tela metálica yo intentaba morderlo. En eso me había
convertido. En un Ser acorralado y agresivo. Necesitaba
hacerles ver a los dioses que yo era algo más que lo
que me consideraban. Mi lugar no estaba allí, encerrado
en una prisión de por vida.
Con el fin de poder contemplar el mundo
exterior, me incorporaba sobre mis patas traseras, y
como consecuencia mi inteligencia se afinó. Este hecho
se fue convirtiendo en algo habitual ya que el Mundo
se encontraba justo sobre mí.
Un día el dios principal me cambió
el agua y volvió a cerrar el techo, como de costumbre;
pero no cayó en la cuenta de cerciorarse que la malla
metálica hiciese un buen contacto con el resto de la
estructura. Esa fue mi oportunidad soñada.
El día 20 de julio, cuando contaba
con cuatro meses de edad, encontré el medio de poder
hincar mis dientes y empezar a roer. Solo fue cuestión
de tiempo. La libertad me esperaba impaciente al otro
lado de mi prisión.
Durante mi arduo trabajo, mi mente
empezó a realizarse múltiples preguntas. ¿Quién
era yo?, ¿por qué nací prisionero?, ¿eran buenos o malos
mis amos?, ¿sabían o no sabían lo que hacían? Si hubiesen
sido malos yo no viviría, me habrían comido o me hubiesen
dejado en manos de las fieras para servirles de alimento.
Recordé cómo en cierta ocasión mis dioses llamaron a
un lugar del exterior para ver si nos querían ¿cómo
se llamaba?..., ah, sí Acuarium de Madrid.
Los dioses de aquel lugar dijeron al
dios principal que nos llevaran allí ya que ellos podían
darnos buena utilidad. Si el Amo nos hubiese trasladado
al acuarium, nos hubiesen entregado como alimento a
serpientes, boas y pitones; además, si fuesen malos,
no nos acariciarían como lo hacían, suavemente y procurando
no hacernos daño; pero ¿por qué no nos dejaban correr
por el mundo en libertad?, ¿por qué?
Esas eran mis preguntas, pero yo no
cejaba en mi trabajo de roer. Al otro lado se encontraba
la libertad. De forma inexorable, mis dientes conseguían
el objetivo propuesto por mi pequeña mente. Después
de algunas horas de oscuridad, el butrón llegó a ser
lo suficientemente grande y pude sacar mi cabeza primero
y mi cuerpo después. Intenté asirme en algún lugar,
pero el precipicio fue lo único que encontró mi pequeño
cuerpo.
Fue un pequeño golpe pero me encontré
en una terraza cuya puerta al mundo interior se encontraba
cerrada. Tras una verja se encontraba un inmenso abismo
que pude atisbar con mis pequeños ojos.
Yo me sabía valeroso y fuerte. No debía
de tener miedo. De hecho no lo tuve y me lancé a la
obscuridad de un precipicio desconocido. Todos mis congéneres
no dejaban de llamarme. Jabato ven a por nosotros y
danos la libertad. El murmullo del viento se mezclaba
con sus voces mientras yo seguía cayendo hacia lo desconocido
y sin poder hacer nada más que revolverme en un vacío
desprovisto de cualquier tipo de soporte donde agarrarme.
La libertad me encontró de forma brutal.
Nuestro abrazo fue mortal. El duro pavimento recibió
mi cuerpo y la vida se me escapó. Intenté incorporarme
pero no pude. Debía levantarme y llamar con sonidos
sordos al dios principal. Ahora entendía lo que era
la libertad. Era demasiado tarde, mi Vida se escapaba
del cuerpo y...
Pronto amaneció y contemplé con los
ojos del espíritu cómo florecía el día. La belleza era
inmensa. Jamas había visto algo semejante. Cuando los
dioses despertaron me estuvieron buscando; pero lo único
que pudieron encontrar fue el cuerpo sin vida de un
pequeño roedor. A mí me perdieron para siempre pues
yo era un hamster que ahora vivía en otro lugar. Un
lugar llamado Libertad.
19/07/2003
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