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Ladrones del espacio, o a ver qué sale Más sobre Antonio Ruiz Alba

Era una mañana soleada…, que tontería estaba nublado y llovía a cántaros. Salíamos a pasear, por primera vez, mi amiga Pilar Boitone y yo. Lo de Boitone no era un mote porque estuviera locamente enamorada de la pasta Italiana, que también, sino porque su abuelo paterno era originario de la región italiana de la Toscana.

Voy a lo que importa. Nos impactó un meteorito en mitad de la carretera de Andalucía. Bueno, en realidad ni nos rozó porque de haberlo hecho, no estaría aquí para contarlo.

Salimos del vehículo, tras sacarlo de la calzada, y nos dirigimos a un cráter del que salía una humareda verdosa y cuyo olor semejaba al almizcle.

Cogí del brazo a Pilar ya que parecía bastante ansiosa por contemplar el espectáculo que el cosmos nos había preparado. Le indiqué que podía ser peligroso. ¿Quién sabe las radiaciones que podría estar desprendiendo aquel objeto incandescente?

Solo con su mirada comprendí que podría parecerle un cobarde, sin mácula, e hice de tripas corazón y el apretón del brazo, por donde la tenía amarrada, se convirtió en un tirón de impaciencia al encuentro del misterio, intentando de algún modo, hacerla comprender que podía ser tan valeroso como un Harrison Ford o un Clint Eastwood. Pero lo cierto es que no era más que un Dustin Hoffman o un Woody Allen cualquiera.

Aquel objeto enorme, que instantes atrás había surcado el espacio sideral, se había convertido en un objeto negro como el carbón de no más de cinco centímetros de grosor. Esperamos a que se enfriara y Pilar hizo ademán de tomarlo con sus manos. Estás loca le dije. Te podrías quemar, como poco, maticé.

Me acerqué al automóvil y tomé unos guantes de mecánico que siempre suelo llevar por si acaso. Tomé el objeto y lo guardé justo cuando empezaron a oírse las sirenas de la policía y los bomberos.

Aún lo conservamos en casa. Nos ha dado mucha suerte a pesar de que somos conscientes de que esa apropiación, de nuestra parte estaba muy mal. Ladrones del espacio podrían llamarnos; pero sigue siendo nuestro talismán para una buena relación y que se encuentra perfectamente consolidada. Además, la piedra negra, una vez limpia del hollín mostró una magnífica esmeralda de un tamaño descomunal.

Pilar me dice que la regalemos al museo de Ciencias Naturales de Madrid. Quizá lo hagamos, cuando nos nazca nuestro primer Hijo. No queremos que con el tiempo, la criatura piense que sus padres son unos vulgares ladrones de piedras espaciales.

 
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