| Era una mañana
soleada…, que tontería estaba nublado y
llovía a cántaros. Salíamos a pasear,
por primera vez, mi amiga Pilar Boitone y yo. Lo de
Boitone no era un mote porque estuviera locamente enamorada
de la pasta Italiana, que también, sino porque
su abuelo paterno era originario de la región
italiana de la Toscana.
Voy a lo que importa. Nos impactó
un meteorito en mitad de la carretera de Andalucía.
Bueno, en realidad ni nos rozó porque de haberlo
hecho, no estaría aquí para contarlo.
Salimos del vehículo, tras sacarlo
de la calzada, y nos dirigimos a un cráter del
que salía una humareda verdosa y cuyo olor semejaba
al almizcle.
Cogí del brazo a Pilar ya que
parecía bastante ansiosa por contemplar el espectáculo
que el cosmos nos había preparado. Le indiqué
que podía ser peligroso. ¿Quién
sabe las radiaciones que podría estar desprendiendo
aquel objeto incandescente?
Solo con su mirada comprendí
que podría parecerle un cobarde, sin mácula,
e hice de tripas corazón y el apretón
del brazo, por donde la tenía amarrada, se convirtió
en un tirón de impaciencia al encuentro del misterio,
intentando de algún modo, hacerla comprender
que podía ser tan valeroso como un Harrison Ford
o un Clint Eastwood. Pero lo cierto es que no era más
que un Dustin Hoffman o un Woody Allen cualquiera.
Aquel objeto enorme, que instantes
atrás había surcado el espacio sideral,
se había convertido en un objeto negro como el
carbón de no más de cinco centímetros
de grosor. Esperamos a que se enfriara y Pilar hizo
ademán de tomarlo con sus manos. Estás
loca le dije. Te podrías quemar, como
poco, maticé.
Me acerqué al automóvil
y tomé unos guantes de mecánico que siempre
suelo llevar por si acaso. Tomé el objeto y lo
guardé justo cuando empezaron a oírse
las sirenas de la policía y los bomberos.
Aún lo conservamos en casa.
Nos ha dado mucha suerte a pesar de que somos conscientes
de que esa apropiación, de nuestra parte estaba
muy mal. Ladrones del espacio podrían llamarnos;
pero sigue siendo nuestro talismán para una buena
relación y que se encuentra perfectamente consolidada.
Además, la piedra negra, una vez limpia del hollín
mostró una magnífica esmeralda de un tamaño
descomunal.
Pilar me dice que la regalemos al museo
de Ciencias Naturales de Madrid. Quizá lo hagamos,
cuando nos nazca nuestro primer Hijo. No queremos que
con el tiempo, la criatura piense que sus padres son
unos vulgares ladrones de piedras espaciales.
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