| Mentiría descaradamente
si dijese que esta historia es reciente, pero lo cierto
es...
Que todo lo que me sucedió en un tiempo
pasado ha vuelto a resurgir con la misma o más fuerza,
si cabe, que entonces.
En aquel momento, todo lo sucedido
me pareció un maravilloso aunque cruel sueño. Ahora
sé, ciertamente, que fue y es una realidad que a algunas
personas nos toca experimentar.
Nada del día anterior parecía que iba
a modificar la rutina de mi propia vida, un científico,
astrónomo, como yo, y aunque pudiera parecer mentira,
suele llevar una vida vulgar y anodina.
A las tres de la madrugada todo cambió
de repente. Una simple llamada telefónica me despertó
de un maravilloso aunque inquietante sueño.
-Profesor Rubio, debe personarse de
inmediato en el observatorio astronómico -me dijo, turbado,
uno de los miembros de la academia que se encontraba
de guardia-, algo fuera de lo común está sucediendo
y parece ser algo de extrema gravedad.
-Bien, bien, García no se excite. ¿Puede
contarme algunos detalles con más calma? -pregunté a
mi interlocutor, el cual, parecía ansioso y ofuscado.
-Poco puedo decirle, Profesor, pero
es como si el mismísimo cielo fuera a despeñarse contra,
Éste, nuestro pequeño planeta...
-¿Que dice García?, Por el Amor de
Dios -exclamé, pues algo me decía que tenía mucha relación,
lo que estaba sucediendo, con los sueños que me habían
atenazado durante estos últimos años- voy inmediatamente.
Contesté sin permitir que mi compañero,
en la lejanía, me diera alguna explicación y que, de
algún modo, yo le había exigido previamente.
El observatorio astronómico se encontraba
en lo alto de una colina, a varios kilómetros de la
ciudad; esto hacía posible que la contaminación luminosa
y los influjos radio-eléctricos, de aquella, no turbasen
las precisas mediciones y observaciones del astronómico
laboratorio estelar.
Sin apenas haberme calzado, ni vestido,
llegué sofocado a mi habitual puesto de trabajo.
-Celador, ¿ha visto al profesor García?...
-pregunté al anciano guarda.
No terminé de hacer la pregunta, cuando
la persona a la que hacía referencia salió disparado
hacia mí, mostrando una leve sonrisa en sus labios,
aunque más bien denotaba preocupación que alegría.
-Rubio, tiene usted que ver lo que
está sucediendo, allí, en el cielo; Dios mío, parece
el fin del mundo.
Nos dirigimos aceleradamente hasta
el telescopio principal de ocho metros y allí pude observar,
aterrado, cómo una especie de nebulosa incandescente
surgía del firmamento estrepitosamente.
-Parece como si se dirigiese hacia
acá -interrumpió mi observación el profesor García-,
había una cosa que yo tenía bastante clara, aunque mi
acompañante no se hubiese percatado. Lo que allí arriba
sucedía era exactamente lo mismo que pasaba en los sueños
que con cierta periodicidad me atormentaban. ¡Yo sabía
lo que era!, claro que lo sabía...
-Es el núcleo ígneo de una de las principales
nebulosas de la constelación de Leo y que se ha separado
de sus hermanas.
-¿Que dice? ¡Eeeso es imposible...!
¿No? -me increpó García-, incrédulo y turbado al mismo
tiempo.
-¿Cree que estoy loco verdad?, venga
conmigo y se lo demostraré.
Nos dirigimos a la sala principal de
radio telescopios. Con unas pocas mediciones y tras
comprobar éstas, visualmente, en el planetario, mi compañero
quedó convencido. Su extrañeza se había convertido en
algo inexplicable, quizá angustia.
-¿Profesor...? -no permití que continuase
hablando. De sobra sabía que el mismo corazón del universo
se había desmembrado para venir en mi búsqueda, pero
esto, yo no debía comentarlo pues me hubiesen tildado
de majareta.
-García -Le dije tras la breve interrupción-,
debemos hablar con el comité aerospacial; tenemos la
obligación de salvar al Planeta Tierra de una certera
colisión.
-Debemos ponernos en comunicación,
directa, con el comité Internaciones, para disponer
de alguna astronave militar que nos permita desviar
la trayectoria de ese demonio ígneo -comentó García
dirigiéndose hacia el teléfono rojo.
Parece mentira, como en pleno siglo
XXI, cuando surge algún grave acontecimiento, la maquinaria
política y científica actúa de forma veloz y coordinada;
pues a los dos días, escasos, el comité había localizado
una nave disponible para nuestros propósitos.
Estábamos, allí, ante ella. Quedé sorprendido
al comprobar que habían proporcionado una pequeña astronave
de operaciones civiles para nuestra importante misión.
-No me dijeron -increpé indignado-,
que fueran a servirnos una nave de protección civil.
-No hubo posibilidad de conseguir otra,
no obstante y aunque parezca inofensiva, la hemos equipado
con un potente cañón ultrasónico y un poderoso láser
de plasma. Esto aparte de los torpedos de antimateria
que convierten a este pequeño trastejo en un arma mortífera.
Terminó de contestar, a mi increpación,
el general encargado de emergencias en clave cero. La
clave cero significa prioridad absoluta.
-No obstante -continuó-, en parte tiene
usted razón. Este aparato sólo puede llevar en su vientre
a un único pasajero y ese único tripulante deberá hacer
uso de las armas y gobernar la nave, con ayuda del ordenador
de abordo, claro está; además ese hombre, profesor Rubio...,
usted deberá ser ese tripulante.
En aquel instante mi faz cambió de
expresión y noté la blancura de mi tez al contemplarme
en uno de los espejos del telescopio hexagonal. Hacía
años yo fui astronauta en ejercicio, pero ahora me encontraba
desentrenado y no sé..., la edad quizá.
-En el poco tiempo que hemos tenido
-continuó el general-, no hemos podido encontrar a nadie
más capacitado que usted para tripular este petardo
volante. Usted, amigo mío, los ha pilotado muchas veces
y además es el único que conoce los misterios astronómicos
de esa, extraña, cosa que se nos viene encima.
Ya estaba todo listo para la cuenta
atrás. Sabía de sobra que algún poder, superior a todo,
había premeditado este acontecimiento; mi persona, en
esos momentos, era tan solo un conejillo de indias,
de una misteriosa inteligencia, que se enfrentaba a
un incierto destino y a un más que negro futuro.
Ciertamente, nada dejaba detrás de
mí. No existían lazos que me mantuvieran atado al mundo
que dejaba. Yo, estaba convencido que este sería un
viaje sin retorno.
Era sorprendente la velocidad que aquel
núcleo ígneo iba consiguiendo por momentos. De seguir
así, en pocas horas, acabaría con el sistema solar y
consecuentemente con el joven planeta Tierra y todos
sus moradores.
En breves instantes, me encontré frente
a frente con el mayor enigma de todos los tiempos. Sólo
me separaba del núcleo ígneo de Leo algunos kilómetros.
Calculé sus coordenadas, por medio del potentísimo ordenador,
y lo dejé programado para que descargara todo su poder
destructivo contra aquella masa, que por momentos, me
daba la impresión de que estuviese viva.
Cuatro, tres, dos, uno, cero...
La descarga fue prácticamente instantánea.
Con tal reacción se produjo la detonación que el retroceso
de mi propia nave me dejó aturdido.
Cuando me recuperé, pensé que todo
había concluido, pero ¡no!, la masa ígnea había absorbido
todo aquel magnífico arsenal de guerra.
Permanecía intacto, como si nada hubiese
ocurrido.
En unas décimas de segundo, reaccioné
e ideé mi último plan: retrocedería, adquiriría impulso
y me estrellaría contra aquella cosa, haciendo explotar
el reactor nuclear de la nave, en el momento del impacto,
al igual que los antiguos camicaces japoneses de la
segunda guerra mundial.
Cuál fue mi sorpresa al comprobar cómo
una fuerza no física y de carácter desconocido impedía
mi retroceso. Algo superior a la fortaleza de los reactores
atómicos, de la nave me, aceleraron vertiginosamente
hacia el centro de Leo.
Su aceleración se hizo, por momentos,
mayor y llegó hasta tal punto que me fue absolutamente
imposible realizar cualquier tipo de movimiento.
Sólo pude observar, con mis verdes
ojos; los cuales, se encontraban abiertos de una forma
desorbitada, viendo..., o más bien, contemplando espasmódicamente
aquel maravilloso espectáculo por el que no importaba
morir y que de forma gratuita alimentaba, al unísono,
tanto a mi corazón como a mi mente.
Me olvidé de la Tierra y de sus moradores.
Ante mí, el núcleo ígneo se convirtió
en una noria de color rojo sangre y fue adquiriendo
la forma de siete maravillosas rosas carmesíes, sus
pétalos eran refulgentes y de un frescor inigualable.
Las flores giraban al ritmo de un vals
que mis oídos del alma escuchaban.
Jamás en mi vida había sentido una
música igual.
Aquella música de las esferas no debía
ser humana, sino más bien celestialmente alienígena;
mientras tanto, todo mi organismo se iba inundando de
deseo y de pasión. Algo más sorprendente, si cabe, surgió
ante mis párpados.
De aquel torbellino de rosas rojas
surgió, en su centro, algo que impulsó a mi mente a
cerrar los ojos, cosa que evidentemente no pude realizar
pues algo exterior y más poderoso que mi voluntad me
lo impidió.
Cual maravillosa puerta celestial surgió
algo similar a una preciosa y purísima rosa blanca que,
algo en mi interior, me dijo ser el corazón de la Constelación
de Leo.
Ígneo y refulgente en el exterior,
rojo de pasión y deseo en la superficie y blanca pureza
en el interior de su corazón.
Una voz inaudible y de armoniosas y
sugerentes melodías, me habló al corazón.
-Ya no necesitas nada de lo que llevas
encima-, y sin que mi persona pudiera hacer nada, justo
cuando me encontraba a poca distancia de la impresionante
rosa, me vi fuera de la astronave y cuando traspasé
el umbral de la preciosa flor desapareció mi traje espacial;
mientras tanto aquella voz alienígena seguía sonando,
dentro de mí, igualmente melodiosa.
-Nada impuro puede penetrar mi dolido
corazón.
Si la maravilla del espectáculo anterior
era grande, lo que en esos instantes se encontraba ante
mis ojos no tenía explicación posible con palabras de
hombre.
Envuelto en una claridad majestuosa,
al final de un interminable túnel lechoso y transparentemente
plagado de luces multicolores, allí, allí se encontraba,
en persona, el mismo Signo de Leo.
Una hermosa mujer, cubierta con una
digna desnudez, sus ojos eran semejantes a grandes galaxias
azules y aquellos pómulos eran sonrosados cual estrellas
enanas.
Allí, allí, estaba grandiosa, gloriosamente
protegida por dos enormes y fieros leones del color
del fuego.
En un impulso de locura intenté correr
hacia ella y abrazarla sin poner reparo a los fuertes
leones, alienígenas inteligentes, que la resguardaban
de cualquier posible mal.
Lo intenté una y otra vez; pero la
mayor de las angustias me embargaba al comprobar que
no era capaz de dar un solo paso. Algo invisible me
lo impedía como en las ocasiones anteriores.
De pronto, y cuando ya lo daba todo
por inútil, la misma voz de antes surgió poderosa y
vibrante:
-Sólo una voluntad fuerte, una mente
pura y un corazón sacrificado puede conquistar mi propio
corazón.
Sabía sobradamente que yo era débil
de carácter y, por descontado, no podía considerarme
puro; pero aún así saqué fuerzas de flaqueza y en un
impulso de loco amor me tiré, a lo que no sé si podía
denominarse suelo, y me arrastré, me arrastré fuertemente;
no sé, lo juro, de dónde sacaba las fuerzas, pero avanzaba...,
iba avanzando centímetro a centímetro por aquel luminoso
y eterno túnel.
No debía de cejar, sabía que Leo era
terriblemente fuerte, pero yo debía mostrarme más fuerte
que ella aunque, eso no era cierto.
Empezaba a notar cómo mi voluntad flaqueaba
y miré hacia atrás.
Quedé horrorizado al comprobar cómo
mi sangre había producido una estela a mis espaldas.
Cada paso que había logrado dar, se
había conseguido con grandes desgarros de mi carne permitiendo,
con ello, la salida del rojo fluido vital.
-¡Dios! -grité-, lo doy por bien, pues
prefiero morir que vivir sin amar a Esta Mujer.
Cuando las fuerzas de mi organismo
se convirtieron en inútiles para poder seguir avanzando,
me encontré impotente y desnudo. La ropa había quedado
muy atrás y sólo era un despojo de carnicería al que
apenas le quedaba sangre en las venas para poder sostener
su cuerpo.
Ante esta situación, tan lamentable,
lancé un agudo grito de dolor antes de caer fulminado
por el desfallecimiento. Había logrado dar un paso más,
pero fue el último antes de caer en los brazos de una
obscura lipotimia, cuando aún me separaban cientos de
metros de mi amada.
Solo noté algo que se dirigía a mi
corazón con palabras agradablemente sinceras y amorosas.
Contemplé con los ojos del espíritu
como dos bellos seres, angélicos con pies halados, me
cogían suavemente entre sus brazos y me llevaron ante
la presencia de la bella dama.
Ya no había sorpresa en mi corazón,
al comprobar que los seres que me habían llevado hasta
ella eran aquellos dos grandes leones que anteriormente
la custodiaran.
-¿Que haces aquí?, ¡ingenuo mortal!
-me replicó con reproche.
Yo quería hablar pero no podía. Lo
intenté una, dos, y a la tercera sólo pude articular
una única palabra.
Amor...
Entonces se dirigió a los dos rugientes
leones.
-LLevadle, curarle de sus heridas y
que coma hasta que sacie su apetito, luego me avisáis.
Inmediatamente, y sin mediar palabra,
los leones se transformaron en dos bellos ángeles mercurianos
que me llevaron ante una estancia, la cual me recordó
mucho a una de mis habitaciones, allá en la Tierra.
Me proporcionaron bebida y comida.
Pasaron algo parecido a una pomada por mis heridas y
aquellas sanaron de inmediato.
Quise darles las gracias, pero mis
cuerdas vocales fueron incapaces de articular palabra
alguna.
Cuando me encontré saciado, de forma
milagrosa, me encontré ante la bella Dama. Ella ya no
parecía desnuda, sino que, al igual que yo, llevaba
un lujoso vestido digno de la Corte de Luis XV.
-¿Quien eres tú, ¡indigno géminis!,
para enturbiar mi eterno sueño?
Por momentos, tuve miedo de no poder
articular palabra alguna; pero cuál fue mi sorpresa,
al comprobar que de mis labios salía mi propia voz realzada
y extrañamente vigorosa.
-Los indignos mortales -contesté-,
de aquel pequeño planeta azul, tienen miedo de ser destruidos...
-Ésos indignos mortales -me interrumpió-,
como tú dices, no tienen nada que temer pues sólo he
venido a por ti.
-¿Qué he echo yo ¡Majestad!, para que
queráis mi destrucción?
-¿Quién ha hablado de destrucción?,
y además ¿por qué me llamáis majestad?
-Con vuestra hermosura y belleza, sólo
podéis ser una Princesa, en cuanto a mi temor, Señora,
es debido a los sufrimientos que he pasado para poder
estar con vos y sentir vuestro calor.
Me sorprendió, cuando de aquellos hermosos
y carnosos labios surgió una calurosa sonrisa que se
transformó en una sonora y estridente carcajada.
Sin poder controlar mi corazón, la
acompañé en aquella orquesta de sonrisas y carcajadas,
gestos insinuantes y feromonas.
Hubo un breve intervalo de silencio.
Me miró, a los ojos, seriamente ycon cariño me dijo:
-Todo ha sido una ilusión, Antoni Rubio;
nada de esto ha sucedido, sólo quería probar tu valor,
constancia y fidelidad...
De pronto y mientras me hablaba cadenciosa
y amorosamente caí desmayado.
Cuando desperté, me encontré en la
cama de mi habitación. Todo había sido un sueño y la
mayor de las angustias me invadió al pensar que nunca
volvería a ver a aquella dama de dorados cabellos y
comencé a llorar.
Entonces noté cómo unas finísimas manos
me envolvían enjugándome las lágrimas.
-No llores, tonto mío -me dijo aquella
voz que yo, tan recientemente, conocía-, no llores más
Antoni Rubio. Aquí está para consolarte tu amada Itziar.
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