| Un triple estornudo
le sobrevino al agente mientras inspeccionaba el cadáver
del supuesto suicida, el cual yacía inerte sobre la
nevada acera.
Era alérgico a los ácaros que colonizan
la coraza de algunos insectos; pero ahora, en pleno
mes de enero, no entendía...?
Extrajo del apretado puño del muerto
un papel arrugado. He visto a Dios, decía la enigmática
inscripción.
El agente se frotó con energía las
manos, debido al gélido frío y dirigió su escrutadora
mirada hacia lo alto: Un octavo piso "Vaya tortazo"
pensó. Las acristaladas ventanas permanecían abiertas
de par en par y sus goznes rechinaban por la acción
mecánica del ligero pero constante empuje del viento.
La obscuridad era Reina y Señora en
la estancia, a pesar de los continuos intentos por reponer
la electricidad levantando los interruptores automáticos
y el diferencial.
Otro estornudo, cargado de múltiples
partículas acuosas, estuvo apunto de apagar la llama
de su encendedor de gasolina.
El ligero pero penetrante olor a queratina
endurecida estimuló sus fosas nasales e hizo que volviera
su vista hacia un rincón de la habitación.
Algo similar a una araña, cuya cabeza
se asemejaba a la de un pulpo pero sin boca ni orificios
olfativos observables, le miraba, suspendido a pocos
centímetros de una repisa, con unos ojos negros como
el azabache. Su exagerado tamaño hizo que el inspector
retrocediera unos pasos y que sus cabellos se erizaran
ante la visión de aquel espanto.
En su vida había tenido noticia de
nada igual. Aquella luminosa mirada parecía cargada
de inteligencia. Sus delgadas y largas extremidades
acababan su negrura en una especie de muñones rosados
que parecían cubiertos de diminutos apéndices a modo
de dedos.
Al lado de aquel Ser, se manifestó
una tenue lluvia de fotones y otro insecto semejante
apareció; pero el nuevo era distinto, muy distinto...
Aquella nueva mente alienígena parecía
ser la suya propia pero con más información. Entonces,
el pasivo espectador pudo comprender que la raza humana
no era más que una colección de androides biológicos
creada por aquellas criaturas con intenciones mecánicas,
ya que sus cuerpos eran demasiado imperfectos e inútiles
para tan materiales tareas.
Ese conocimiento debía de comunicarlo
al mundo entero. La humanidad debía saber eso.
Los ojos del hombre contemplaron a
modo de zombi, como sin vida, la paulatina desaparici6n
de aquellas entidades, diluyéndose tras una luminiscente
cortina teleportadora.
Apretó, con su mano, el papel que arrebatara
al suicida y se dirigió, como el autómata que era, hacia
la oquedad cuyas agitadas hojas no paraban de quejarse
y por donde la nieve seguía entrando helada como un
mal presagio. Un bolígrafo, aplastado por su pie, fue
mudo testigo de su último acto.
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