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Marionetas
Más sobre Antonio Ruiz Alba

Un triple estornudo le sobrevino al agente mientras inspeccionaba el cadáver del supuesto suicida, el cual yacía inerte sobre la nevada acera.

Era alérgico a los ácaros que colonizan la coraza de algunos insectos; pero ahora, en pleno mes de enero, no entendía...?

Extrajo del apretado puño del muerto un papel arrugado. He visto a Dios, decía la enigmática inscripción.

El agente se frotó con energía las manos, debido al gélido frío y dirigió su escrutadora mirada hacia lo alto: Un octavo piso "Vaya tortazo" pensó. Las acristaladas ventanas permanecían abiertas de par en par y sus goznes rechinaban por la acción mecánica del ligero pero constante empuje del viento.

La obscuridad era Reina y Señora en la estancia, a pesar de los continuos intentos por reponer la electricidad levantando los interruptores automáticos y el diferencial.

Otro estornudo, cargado de múltiples partículas acuosas, estuvo apunto de apagar la llama de su encendedor de gasolina.

El ligero pero penetrante olor a queratina endurecida estimuló sus fosas nasales e hizo que volviera su vista hacia un rincón de la habitación.

Algo similar a una araña, cuya cabeza se asemejaba a la de un pulpo pero sin boca ni orificios olfativos observables, le miraba, suspendido a pocos centímetros de una repisa, con unos ojos negros como el azabache. Su exagerado tamaño hizo que el inspector retrocediera unos pasos y que sus cabellos se erizaran ante la visión de aquel espanto.

En su vida había tenido noticia de nada igual. Aquella luminosa mirada parecía cargada de inteligencia. Sus delgadas y largas extremidades acababan su negrura en una especie de muñones rosados que parecían cubiertos de diminutos apéndices a modo de dedos.

Al lado de aquel Ser, se manifestó una tenue lluvia de fotones y otro insecto semejante apareció; pero el nuevo era distinto, muy distinto...

Aquella nueva mente alienígena parecía ser la suya propia pero con más información. Entonces, el pasivo espectador pudo comprender que la raza humana no era más que una colección de androides biológicos creada por aquellas criaturas con intenciones mecánicas, ya que sus cuerpos eran demasiado imperfectos e inútiles para tan materiales tareas.

Ese conocimiento debía de comunicarlo al mundo entero. La humanidad debía saber eso.

Los ojos del hombre contemplaron a modo de zombi, como sin vida, la paulatina desaparici6n de aquellas entidades, diluyéndose tras una luminiscente cortina teleportadora.

Apretó, con su mano, el papel que arrebatara al suicida y se dirigió, como el autómata que era, hacia la oquedad cuyas agitadas hojas no paraban de quejarse y por donde la nieve seguía entrando helada como un mal presagio. Un bolígrafo, aplastado por su pie, fue mudo testigo de su último acto.

 

 
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