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Cáliz Más sobre Carlos Daminsky

La criatura salió del coche amarillo... alma oscura... ira ancestral.

En lo alto de la farola oxidada una blanca paloma, observaba la escena con mirada torva. En sus ojos testigos, se reflejó aquella figura humanoide y pálida que daba manotazos al aire y balbuceaba arcanos... la paloma voló, dejando en el cielo hermético y de carbón un rastro de plumas flotando.

El abyecto ser babeó y andó torpemente. En su espalda tenía un grueso cable de plástico articulado y tras él, (unido al cable), emergió otra criatura. Ésta tenía faz de macho cabrío y largas patas acabadas en pezuñas. En su torso mostraba unas enormes ubres y un largo falo flácido le colgaba entre las patas. Agitó su cabeza de bañas marfileñas y estiró con sus zarpas del cable, que estaba conectado a su vientre, para que la criatura sierva parara.

 

Sobre la puerta quebrada de la entrada crepitaba un mortecino rótulo luminoso. A los lados había pudientes manchas de orines. Las dos criaturas entraron en el bar.

El asfalto cuarteado era presente mudo.

 

El interior era penumbroso y recargado. El humo formaba niebla. La niebla formaba siluetas amorfas. La música ambiental se repetía una y otra vez. Los dos seres avanzaron silenciosos y desgarbados, hasta llegar donde se sentaba un tipo que llevaba una mascarilla que le tapaba nariz y boca.

Él les esperaba. Dio golpecitos en la barra a su vaso de whisky.

Las criaturas se sentaron a sus lados. Notó el cable-cordón umbilical rozar su espalda. Los bellos se le pusieron de punta.
El camarero arácnido se deslizó con sus patas escabrosas hacia el fondo de la barra... huyendo...

El hombre sonrió, aunque su mueca no fue visible, oculta bajo la máscara de filtrado de aire. Apuró el vaso mediante un tubo que utilizaba para beber. Buscó en vano al camarero para que le sirviese otra copa.

El ser macho cabrío abrió de repente sus ojos redondos. Ambarinos. Fulgentes. Dejó sobre la barra una copa engastada con piedras preciosas. Después miró la luenga uña de su dedo índice un momento y se cortó. El hombre rápidamente apresó la copa y con ella recogió las gotas turbias que caían, hasta que se llenó. Bebió y aguardó unos instantes. El tiempo se combó.

Después barajó. Extrajo del mazo tres cartas y las dejó en la barra. Un nuevo sorbo a la copa. Aquel líquido negro le sabía dulce...

Tres cartas, tres figuras. El ser demonio las miró. Y su falo se excitó. Se puso eréctil, y unas gotas de semen manaron de él. La criatura sierva también se contagió de la excitación de su amo...

Rugidos. Diminutas alimañas viscosas se escabulleron asustadas entre las grietas...

 

El cordón umbilical de plástico se agitaba suelto.

En el suelo la criatura-sierva yacía en un charco lechoso. Música ambiental monótona.

El camarero arácnido se acercó a curiosear.

El Hombre-Tarot cruzó los brazos.

El ser macho cabrío se acercó hasta el cadáver de su siervo. Lo recogió del suelo y lo meció en sus brazos apenado.

El Hombre-Tarot guardó la copa de piedras preciosas en una bolsa. Después cogió otra carta y la hizo rodar dando vueltas en la barra, hasta que la paró aplastándola con las palmas de sus manos. La descubrió. El arcano número 13.

El tiempo se fue.

 

Ya de noche. Borracho, el hombre de las cartas del Tarot salió por la puerta desquebrajada. La polvorienta calle se extendió de repente ante sus ojos fallidos.

Parpadeos.

Las cartas cayeron de su bolsillo poco a poco. Se quedaron atrás en la acera irregular. En la acera rota.

 

Un poco de claridad. Aullidos. Se despertó. Caían cenizas. Se durmió.


Cruzó la puerta herrumbrosa de la valla y entró en el cementerio de coches. Caminó entre pilas de amasijos de hierro, hasta que llegó a una cabaña. De allí, como una gran muñeca andrajosa y desgastada, salió una mujer. Al llegar hasta ella, inmediatamente se arrodilló y le ofreció la copa enjoyada. Ella le tocó el pelo. Sonrisa de mugre. Llovió. La tierra yerma se bebió enseguida las gotas.

 

Se levantó de la crujiente cama. Se vistió y antes de abandonarla cuando los albores del día despuntaban, se llevó consigo la copa.

 

Ella tubo pesadillas. Fulgores. Se alzó sudando con grito mudo. El corazón le palpitaba. Y la puerta de la entrada crujía. Gritó. La puerta se desmoronó y una figura siniestra se dibujó en el umbral. El ser demonio entró unido a otras tres criaturas que no paraban de agitarse. Ella hizo una mueca. Sabía que iba a morir.

 

Un perro famélico y sucio correteaba inquieto por entre los escombros. El hombre aguardó. El can llegó hasta él y le miró con sus agudas orejas plantadas. Sacó una última carta de bolsillo y comprendió. Después la lanzó al aire pesado y se marchó.

El perro se quedó inmóvil sobre un alto montículo de basura. Sus ojos marrones eran solitario infinito.

 

El hombre llegó hasta la entrada. En la fachada desquebrajada y desconchada se alzaba todavía una cruz medio doblada, guardando una extraña proporción entre el equilibrio y la caída.

Entró en las penumbras de la antigua iglesia. Las paredes antaño con cristaleras de colores, eran ahora meros agujeros irregulares. El interior estaba cubierto por ruinas, polvo y soledad. Ecos.

Subió unas escaleras y de repente una figura oculta entre las sombras tomó forma. Él sacó la copa enjoyada que tenía guardada y la ofreció alargando los brazos. El ser macho cabrío se hizo visible, emitió un rugido sulfuroso, cogió la copa con una zarpa y con la otra acercó al hombre. En el suelo yacían cuerpos inertes. Momias resecas.

Una sucia uña le cortó en el brazo, y las gotas rubíes cayeron en el cáliz hasta colmarlo. El ser demonio bebió de él con avidez. Unos rayos entraron por un gran agujero que había en el techo y una figura tiznada que estaba en una cruz pareció retorcerse. El Hombre-Tarot se sintió cansado, y por unos instantes en sus recuerdos aparecieron hongos anaranjados de explosiones que llenaban el aire de partículas despedidas.

El ser demonio dejó el cáliz en el altar y después le mostró los garfios agitados del extremo de su cordón umbilical sintético.

Algo revoloteó entre las bóvedas.

 

publicado en mayo de 2008

 
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