| La criatura salió
del coche amarillo... alma oscura... ira ancestral.
En lo alto de la farola oxidada una
blanca paloma, observaba la escena con mirada torva.
En sus ojos testigos, se reflejó aquella figura
humanoide y pálida que daba manotazos al aire
y balbuceaba arcanos... la paloma voló, dejando
en el cielo hermético y de carbón un rastro
de plumas flotando.
El abyecto ser babeó y andó
torpemente. En su espalda tenía un grueso cable
de plástico articulado y tras él, (unido
al cable), emergió otra criatura. Ésta
tenía faz de macho cabrío y largas patas
acabadas en pezuñas. En su torso mostraba unas
enormes ubres y un largo falo flácido le colgaba
entre las patas. Agitó su cabeza de bañas
marfileñas y estiró con sus zarpas del
cable, que estaba conectado a su vientre, para que la
criatura sierva parara.
Sobre la puerta quebrada de la entrada
crepitaba un mortecino rótulo luminoso. A los
lados había pudientes manchas de orines. Las
dos criaturas entraron en el bar.
El asfalto cuarteado era presente
mudo.
El interior era penumbroso y recargado.
El humo formaba niebla. La niebla formaba siluetas amorfas.
La música ambiental se repetía una y otra
vez. Los dos seres avanzaron silenciosos y desgarbados,
hasta llegar donde se sentaba un tipo que llevaba una
mascarilla que le tapaba nariz y boca.
Él les esperaba. Dio golpecitos
en la barra a su vaso de whisky.
Las criaturas se sentaron a sus lados.
Notó el cable-cordón umbilical rozar su
espalda. Los bellos se le pusieron de punta.
El camarero arácnido se deslizó con sus
patas escabrosas hacia el fondo de la barra... huyendo...
El hombre sonrió, aunque su
mueca no fue visible, oculta bajo la máscara
de filtrado de aire. Apuró el vaso mediante un
tubo que utilizaba para beber. Buscó en vano
al camarero para que le sirviese otra copa.
El ser macho cabrío abrió
de repente sus ojos redondos. Ambarinos. Fulgentes.
Dejó sobre la barra una copa engastada con piedras
preciosas. Después miró la luenga uña
de su dedo índice un momento y se cortó.
El hombre rápidamente apresó la copa y
con ella recogió las gotas turbias que caían,
hasta que se llenó. Bebió y aguardó
unos instantes. El tiempo se combó.
Después barajó. Extrajo
del mazo tres cartas y las dejó en la barra.
Un nuevo sorbo a la copa. Aquel líquido negro
le sabía dulce...
Tres cartas, tres figuras. El ser
demonio las miró. Y su falo se excitó.
Se puso eréctil, y unas gotas de semen manaron
de él. La criatura sierva también se contagió
de la excitación de su amo...
Rugidos. Diminutas alimañas
viscosas se escabulleron asustadas entre las grietas...
El cordón umbilical de plástico
se agitaba suelto.
En el suelo la criatura-sierva yacía
en un charco lechoso. Música ambiental monótona.
El camarero arácnido se acercó
a curiosear.
El Hombre-Tarot cruzó los brazos.
El ser macho cabrío se acercó
hasta el cadáver de su siervo. Lo recogió
del suelo y lo meció en sus brazos apenado.
El Hombre-Tarot guardó la copa
de piedras preciosas en una bolsa. Después cogió
otra carta y la hizo rodar dando vueltas en la barra,
hasta que la paró aplastándola con las
palmas de sus manos. La descubrió. El arcano
número 13.
El tiempo se fue.
Ya de noche. Borracho, el hombre de
las cartas del Tarot salió por la puerta desquebrajada.
La polvorienta calle se extendió de repente ante
sus ojos fallidos.
Parpadeos.
Las cartas cayeron de su bolsillo
poco a poco. Se quedaron atrás en la acera irregular.
En la acera rota.
Un poco de claridad. Aullidos. Se
despertó. Caían cenizas. Se durmió.
Cruzó la puerta herrumbrosa de la valla y entró
en el cementerio de coches. Caminó entre pilas
de amasijos de hierro, hasta que llegó a una
cabaña. De allí, como una gran muñeca
andrajosa y desgastada, salió una mujer. Al llegar
hasta ella, inmediatamente se arrodilló y le
ofreció la copa enjoyada. Ella le tocó
el pelo. Sonrisa de mugre. Llovió. La tierra
yerma se bebió enseguida las gotas.
Se levantó de la crujiente
cama. Se vistió y antes de abandonarla cuando
los albores del día despuntaban, se llevó
consigo la copa.
Ella tubo pesadillas. Fulgores. Se
alzó sudando con grito mudo. El corazón
le palpitaba. Y la puerta de la entrada crujía.
Gritó. La puerta se desmoronó y una figura
siniestra se dibujó en el umbral. El ser demonio
entró unido a otras tres criaturas que no paraban
de agitarse. Ella hizo una mueca. Sabía que iba
a morir.
Un perro famélico y sucio correteaba
inquieto por entre los escombros. El hombre aguardó.
El can llegó hasta él y le miró
con sus agudas orejas plantadas. Sacó una última
carta de bolsillo y comprendió. Después
la lanzó al aire pesado y se marchó.
El perro se quedó inmóvil
sobre un alto montículo de basura. Sus ojos marrones
eran solitario infinito.
El hombre llegó hasta la entrada.
En la fachada desquebrajada y desconchada se alzaba
todavía una cruz medio doblada, guardando una
extraña proporción entre el equilibrio
y la caída.
Entró en las penumbras de la
antigua iglesia. Las paredes antaño con cristaleras
de colores, eran ahora meros agujeros irregulares. El
interior estaba cubierto por ruinas, polvo y soledad.
Ecos.
Subió unas escaleras y de repente
una figura oculta entre las sombras tomó forma.
Él sacó la copa enjoyada que tenía
guardada y la ofreció alargando los brazos. El
ser macho cabrío se hizo visible, emitió
un rugido sulfuroso, cogió la copa con una zarpa
y con la otra acercó al hombre. En el suelo yacían
cuerpos inertes. Momias resecas.
Una sucia uña le cortó
en el brazo, y las gotas rubíes cayeron en el
cáliz hasta colmarlo. El ser demonio bebió
de él con avidez. Unos rayos entraron por un
gran agujero que había en el techo y una figura
tiznada que estaba en una cruz pareció retorcerse.
El Hombre-Tarot se sintió cansado, y por unos
instantes en sus recuerdos aparecieron hongos anaranjados
de explosiones que llenaban el aire de partículas
despedidas.
El ser demonio dejó el cáliz
en el altar y después le mostró los garfios
agitados del extremo de su cordón umbilical sintético.
Algo revoloteó entre las bóvedas.
publicado en mayo de 2008
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