| Era tarde y la noche,
densa y oscura, se comprimía bajo gotas de lluvia
demasiado gruesas que precipitaban violentamente, como
pequeños luchadores de sumo en plan suicida contra
la ciudad.
En el tercer hotel más caro
de la capital, un salón palpitaba con basura
corporativa. En él, cientos de asistentes se
reunían en una comunión comercial circunstancial
y abiertamente cínica. Portavoces del biosoftware,
artesanos genéticos, brokers de electroplantaciones.
Todos, al fin y al cabo, enemigos peligrosamente armados
con marketing.
Cristóbal no prestaba atención
pues era un profesional. Entendía que más
allá de los rituales tribales, nadie se tomaba
el espectáculo en serio. Pura charlatanería
vendedora de revoluciones, como todas, fallidas. La
exhibición, y toda su fauna, no eran otra cosa
que un televisor con dos mil canales: todos sintonizando
estática. Aburrido y algo aturdido, buscó
la salida.
Una vez afuera, se acomodó la
corbata e intentó ordenar su cabello. Tiró,
a penas pudo, dos bolsas llenas de memorabilia panfletaria.
El ascensor llegó sin siquiera
llamarlo, y dentro -con el abrir de sus puertas metálicas
y bruñidas- descubrió un resplandor azulado
muy frío y sensual, contenido en la forma de
una serpiente tatuada. La imagen de inspiración
nahuatl descansaba en la espalda morena de una chica
alada.
-Hola dijo ella. ¿Tienes fuego?
-No, sorry. No fumo
-Súper. Yo tampoco. ¿A
dónde vas?
-A mi departamento.
-¿Compartimos el taxi? Voy al
mismo lugar.
Segundos más tarde caminaron
a través de la brisa sonora de un electrotango
en vivo, que desde el bar, acariciaba el lobby del hotel.
Subieron a un taxi y recorrieron laberintos metropolitanos
salpicados por enormes plasmas y perros vagos. El conductor
hizo algunos comentarios imprudentes sobre las alas.
"Díganme anticuado, pero ninguna de mis
hijas se pondrá de esas, aunque estén
de moda". Cristóbal, a cuadras de llegar,
notó que la chica no llevaba ropa interior; acto
seguido, agradeció a Dios.
Abajo del cuatro-ruedas y frente al
portal de mármol y ratán, una torre cubierta
de enredaderas abría sus puertas automáticas.
Justo cuando la pareja de desconocidos entraba, algo
se quebró en el cielo y comenzó a llover
aún más fuerte. La chica se mantuvo silenciosa
y solo emitió un suspiro de alivio frente al
departamento de Cristóbal, justo antes de entrar.
Al fondo del primer piso, enfrentado
a la puerta roja de la entrada, pasando unos mandalas
de luminosidad halógena y debajo de tres telares
mapuches, había un pequeño edén
ciclotrónico perfumado con sándalo. La
chica, a pesar de la tormenta, podía oír
el respirar suave y ligero del pequeño jardín
de computadoras. Cada una de ellas descansaba sobre
un bastidor de madera, con sus raíces electrónicas
colgando -suspendidas y lamiendo un líquido espeso,
proteico, conductivo.
-¿Son hidropónicas? -preguntó
la chica mientras se paseaba coqueta por la terraza.
-Sí, prefiero las computadoras
limpias, sin sustrato fijo -respondió Cristóbal-.
Con la tierra podría tentarse mi gato -dijo mientras
acariciaba con sus dedos las máquinas floridas.
El huerto parecía nacido desde
la manzana final y profética de Turing. Las espinas
eran diodos luminosos; las hojas, delgadas capas de
silicio con nervaduras doradas. En algunas -las más
bellas, las cuánticas- florecían hermosos
nanocircuitos nacarados.
-Los gatos me recuerdan a Max. Él
los odia y teme. Fobia de sociópata -susurró
ella con amargura. Cristóbal no la escuchó.
Luego de un par de segundos incómodos
-con silencio y miradas furtivas- la chica fue a la
cocina por un café. Quería una gran tazón
de grano egipcio -negro y muy frío. Sus ojos
ligeramente altiplánicos lucían sensuales,
melancólicos, y pertenecían a una princesa
india testigo de alguna antigua masacre. Cristóbal
observó inmóvil su triste y hermosa figura,
y excitado por sus pechos perfectos, pasó de
la ternura a la obscenidad del deseo. Los tatuajes tornasoles
que recorrían su espalda semidesnuda, lo hicieron
salivar. Entonces alguien golpeó la puerta con
violencia servotaurina.
-¡Es Max! -dijo ella, súbitamente
desesperada.
-¿Quién es Max? -preguntó
Cristóbal dirigiéndose a la puerta.
-¡No abras! -exclamó la
chica. Desde sus ojos se escapaba un horror viejo, conocido
y terrible.
-¿Quién es Max? -volvió
a preguntar Cristóbal mientras la puerta parecía
ceder.
-Max -respondió apenas a media
voz -es mi dueño. Soy Una.
En efecto: era perfecta. Había
sido armada para serlo. Era un objeto de placer viviente,
húmedo y artificial. Un cóctel de lo orgánico
y electrónico. Era Una -una puta escapada de
la imaginación de Mary Shelley. Un pantano de
componentes diseñados, órganos robados
por las noches, tejido cultivado en serie y algún
cerebro secuestrado y formateado.
-¿Eres Una? ¿Por qué
mierda no me lo dijiste? -Gritó Cristóbal
iracundo. Simultáneamente era acosado por una
imagen sangrienta que involucraba Max, un machete y
sus testículos.
-¡Porque no quiero ser Una! Quiero
ser otra. Quiero... -comenzó a sollozar-. Quiero
ser yo -Y estalló en llanto.
El cerrojo cayó al piso junto
a parte de la puerta. Max entró al departamento
con la bota derecha por delante. Cristóbal, entre
cómico y patético, sólo atinó
a decir “hola”. La chica aún sostenía
-entre sudores fríos- la cafeína.
-¿Y tú quién fuck
eres, ha? -vociferó el chulo lleno de desprecio
gansteril.
-Nadie... soy nadie -tartamudeo Cristóbal
mientras se alejaba de Max, lenta y cuidadosamente,
como un camión en reversa pero sin señalizar.
-¿Eres nadie o no eres nadie?
-volvió a preguntar-. Qué mierda más
simpática eres -añadió con la gracia
y humor de una hiena nocturna acechando en medio de
la sabana.
-Soy un nadie... nadie. No tengo ningún
problema contigo… con usted, señor... porque
claro, no lo conozco, y si no lo conozco, no podemos
tener desacuerdos y sin desacuerdos... -improvisó
Cristóbal, mientras tropezaba con los libros
tirados en el piso.
-Cállate y siéntate -le
ordenó Max a Cristóbal-. Y tú dame
eso que tienes en la mano -era el turno para obedecer
de la chica- y ve al sillón ese. ¡Ahora,
perra!
Max se sentía, como siempre,
poderoso:
-¿Café? ¿Cuántas
veces te he dicho que no tomes esta mierda, zorra? Los
dientes, zorrita. Los dientes los termino pagando yo.
La chica temblaba. Cristóbal
trataba de recordar si había cancelado la prima
del seguro.
-¿Tú le diste este ensucia-dientes
a la cochina ésta? -preguntó Max, mientras
caminaba lentamente hacia Cristóbal.
-Eh, creo que ella lo tomó sola,
eh... -respondió.
-¿A, sí? -le dijo a Cristóbal
mientras se agachaba frente a é, con el tazón
en su mano-. Mira tú. La conchita tiene iniciativa.
¿ Qué bueno no? -interrogó Max.
-Eh... -Cristóbal no sabía
qué responder.
-¿Eh? ¡Responde! -gritó
Max, con sus pulgares presionando la sien de Cristóbal.
-Digo, digo... digo que sí,
supongo que sí, la… la iniciativa es buena…
es... -improvisó de nuevo.
El chulo lo miró en silencio
directo a los ojos, sin dejar de presionar con sus manos
masivas el cráneo. Luego miró a la chica,
sentada en el sillón rojo que dominaba el piso.
Max volvió su rostro y sin aviso alguno -además
de sus enormes pupilas excitadas- golpeó la nariz
de Cristóbal con su cabeza. Sangre al piso, gota
a gota. Con fuerza lanzó el café contra
el muro. La chica saltó del susto.
-Conchetumadre. Ella no puede tener
iniciativa, porque si la tiene, se creería persona.
Y eso no es bueno para el negocio. Ella es Una. Es algo,
no alguien. No tengo idea de cómo la trajiste
hasta aquí, qué trucos usaste, etcétera.
Y no quiero saber. No me interesa. ¿Y sabes por
qué? Porque lo único que tengo en la cabeza
ahora son los 70.000 dólares que dejé
de ganar porque esta no estaba cogiendo donde debía.
Perrita de mierda -dijo, dirigiéndose a la chica-
¿sabes cuánto semen tendrás que
tragar para recuperar la plata que podríamos
haber ganado en la reunión de directorio? Y tú
-volviendo sus ojos enfurecidos a Cristóbal -preocúpate
porque la cuenta tiene tu nombre, perro.
Max sacó desde el bolsillo de
su chaqueta un arma calibre 45 -mango plateado, cañón
transparente-. El gatillo estaba enchulado con neón.
“No te preocupes, que no voy a gastar balas contigo,
hijoputa. De hecho, nos vamos a divertir”.
Acto seguido, desde el otro bolsillo,
sacó un pequeño estuche de terciopelo
púrpura. Lo abrió, y desde él apareció
un cable sucio, grueso y anudado como intestinos.
-¿Sabes lo que es esto? -preguntó
Max mientras sostenía por uno de los extremos
el dispositivo.
-Eh… es un... uno de esos...
eh... -Cristóbal lo reconocía pero no
lograba armar una frase coherente.
-Te apuesto que alguna vez te enchufaste
uno -dijo Max, mientras mojaba con su saliva los contactos.
"¿A dónde va todo
esto?", pensó Cristóbal, presa del
pánico y la confusión. Claro reconocía
el juguete. Era un empalmador neural. La mejor invención
desde el menage-a-trois.
-Mueve tu culo y siéntate al
lado de la comevergas. Y tú hacele un espacio
a tu novio.
Max, con el arma en una mano y el dispositivo
nervioso en la otra, cerró con una patada la
puerta -aún sin cerrojo- y fue hacia el sillón
donde la pareja compartía miradas hundidas en
el fango de la vergüenza.
-Aprieta los dientes, maricón
-susurró Max, mientras ubicaba un extremo del
cable en la base de la columna de Cristóbal,
palpando con inusual cuidado la piel-. Segunda... tercera...
cuarta. Cuarta vértebra, aquí -Entonces
Cristóbal sintió cómo los conectores
entraban en su piel como una fina vellosidad metálica,
hasta sentir una sensación eléctrica indescriptible.
Luego repitió el procedimiento con la chica.
Ella... ella estaba acostumbrada.
Sin soltar el cañón,
y con extraña habilidad, Max se quitó
el cinturón -blanco, lanudo, de alpaca. Como
activada de forma remota e inalámbrica por una
pulsión hardcodeada- sin orden verbal, mirada
o seña alguna la chica cambió de posición,
y a vista de Cristóbal, se puso en cuatro patas
sobre el sillón. El cable del empalmador cedió
membranoso como un cartílago extensible, y pese
a la mayor distancia no parecía tensionarse.
Max golpeó con energía, a palma abierta,
los muslos de la chica apenas cubiertos por su falda.
Ella hizo un ruido. Cristóbal sintió una
cosquilla sónica. Max sacó su pene, erecto
y furioso. La chica no le quitaba los ojos. Cristóbal
cerró los ojos y salivó. Ella movió
las caderas y levantó el trasero. Cristóbal
no veía, sólo oía. Max puso dos
dedos en la entrepierna de la chica y abrió sus
pliegues. Ella, húmeda, gimió. Cristóbal
se aferró a uno de los lados del sillón
y soltó un grito inconfundible de placer. Max,
sin penetrarla, se puso detrás de ella.
-¿Te gustó, ah, mierda?
-dijo el chulo sin quedar claro a quién se dirigía.
Y es que eran sensorialmente una sola
entidad, compartiendo, gracias al empalmador, texturas
y paisajes dérmicos. El dispositivo, llamado
también Exonervio de Varela, enlazaba canales
espinales hasta crear un mosaico sexual, copiado y pegado
con mielina. Estampidas de neurotransmisores iban desde
la chica a Cristóbal. Él sentía
como propia la calentura de la Una, sus pezones duros,
ese cuello sensible y descubierto. Deseaba ser penetrado,
a través de ella, por Max. Era asqueroso -lo
sabía- y quería más.
-Esto les va a gustar masmás,
putos -y el chulo se hundió en ella.
La Una lo disfrutaba. No tenía
alternativa. Su corteza, su hipotálamo, su grilla
dérmica, todo fue configurado para el placer.
Para sentir placer, para desear placer, para -a toda
costa- ser objeto de placer. Y, de nuevo, querer más
placer. No tenía pudores o dignidad. El sexo
con ella siempre era consentido, aunque en realidad
no lo fuera. Ella siempre estaba dispuesta a ser tomada,
y desconocía de abusos. No era violada: sólo
se divertía -a su pesar- con el sexo duro. Ella
-tristemente- no sabía de límites.
Cristóbal se sentía poseído
por un placer sucio e irresistible. Su conciencia se
comprimía al ritmo de la pelvis de Max en un
solo punto luminoso y sonoro. Caminaba -con una 45 apuntándole
en la cabeza- hacia un gemido femenino y ondicular que
no le pertenecía. La chica, sonrojada, acalorada,
comenzó a agitar suavemente sus alas: se acercaba
al clímax. Cristóbal entonces sintió
algo fuera de lugar. La marea de placeres culpables
transferidos por el empalmador creció. Más
que una onda, sentía una corriente muy caliente
que serpenteaba sin dejar de engrosarse. Intentó
abrir los ojos, pero sus párpados se sentían
pesados, mielificados. Comenzó a caer, a zozobrar.
Se ahogaba de maneras nuevas y exquisitas. Las alas
estaban por abrirse.
De repente el exonervio chistó.
Para Cristóbal fue un sopor, como un espacio
en blanco seguido de un sonido agudo, breve. Mientras
que para Max fue el sonido de la venganza. Fue el derrumbe
de un nanodique entre dos identidades terminales. El
chulo había removido el filtro intermedio. Ahora
el orgasmo en ciernes podría trasladarse íntegro
entre ambas espinas, y freír el cerebro de Cristóbal
en el proceso. El orgasmo de una chica lanzado contra
un cerebro masculino era un arma con efecto vegetativo
permanente.
La Una separó sus piernas tan
sólo un poco, como ofreciendo su entrepierna
rosada, su carne perfecta. Respiraba brevemente, entre
jadeos. Max, que conocía casi de memoria los
tiempos de la chica, desde un bolsillo sacó una
píldora. Era un momento perfecto para ello. La
chica acabaría con su cabeza entre los cojines,
mojada, mientras Cristóbal, ese hijo de punta,
quedaría estático de por vida. Quería
disfrutar ese, y otros placeres más obvios, así
que tragó el cronoestimulante.
En unos milisegundos todo comenzó
a ir despacio. Muy despacio. El chulo veía la
realidad desde lejos, en cámara lenta. Pensaba
casi en término de fotogramas y cada movimiento
se extendía indefinidamente. Disfrutó
por semanas cada vez que se introducía en la
chica. Se burló durante años de la patética
suerte de Cristóbal. Descubrió la suave
caricia de cada una de las fibras de alpaca que rozaban
sus talones, por días. Pero de alguna forma,
un gato -el de Cristóbal- lo sorprendió.
Atraído por los charcos de café, el felino
entró sin anuncio en escena y le recordó
su fobia más primitiva e infantil. Max -por siglos-
intentó controlar una ansiedad galopante, sin
darse cuenta cómo en cuestión de segundos
-esos otros segundos- la chica tomó el arma y
disparó. La bala demoró dos mil años
en atravesar cada una de las capas corticales, y Max
estuvo allí, sintiendo en detalle el estallido
salvaje de su materia gris. Para entonces -es decir
un minuto después- ella se había marchado
dejando atrás a dos hombres desechos.
-Me llamo Antawara y seré tu
dueña.
El gato respondió con un maullido.
El ascensor abrió sus puertas. Primer piso.
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