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Overflow Más sobre Carlos Gaona

Era tarde y la noche, densa y oscura, se comprimía bajo gotas de lluvia demasiado gruesas que precipitaban violentamente, como pequeños luchadores de sumo en plan suicida contra la ciudad.

En el tercer hotel más caro de la capital, un salón palpitaba con basura corporativa. En él, cientos de asistentes se reunían en una comunión comercial circunstancial y abiertamente cínica. Portavoces del biosoftware, artesanos genéticos, brokers de electroplantaciones. Todos, al fin y al cabo, enemigos peligrosamente armados con marketing.

Cristóbal no prestaba atención pues era un profesional. Entendía que más allá de los rituales tribales, nadie se tomaba el espectáculo en serio. Pura charlatanería vendedora de revoluciones, como todas, fallidas. La exhibición, y toda su fauna, no eran otra cosa que un televisor con dos mil canales: todos sintonizando estática. Aburrido y algo aturdido, buscó la salida.

Una vez afuera, se acomodó la corbata e intentó ordenar su cabello. Tiró, a penas pudo, dos bolsas llenas de memorabilia panfletaria.

El ascensor llegó sin siquiera llamarlo, y dentro -con el abrir de sus puertas metálicas y bruñidas- descubrió un resplandor azulado muy frío y sensual, contenido en la forma de una serpiente tatuada. La imagen de inspiración nahuatl descansaba en la espalda morena de una chica alada.

-Hola dijo ella. ¿Tienes fuego?

-No, sorry. No fumo

-Súper. Yo tampoco. ¿A dónde vas?

-A mi departamento.

-¿Compartimos el taxi? Voy al mismo lugar.

Segundos más tarde caminaron a través de la brisa sonora de un electrotango en vivo, que desde el bar, acariciaba el lobby del hotel. Subieron a un taxi y recorrieron laberintos metropolitanos salpicados por enormes plasmas y perros vagos. El conductor hizo algunos comentarios imprudentes sobre las alas. "Díganme anticuado, pero ninguna de mis hijas se pondrá de esas, aunque estén de moda". Cristóbal, a cuadras de llegar, notó que la chica no llevaba ropa interior; acto seguido, agradeció a Dios.

 

Abajo del cuatro-ruedas y frente al portal de mármol y ratán, una torre cubierta de enredaderas abría sus puertas automáticas. Justo cuando la pareja de desconocidos entraba, algo se quebró en el cielo y comenzó a llover aún más fuerte. La chica se mantuvo silenciosa y solo emitió un suspiro de alivio frente al departamento de Cristóbal, justo antes de entrar.

Al fondo del primer piso, enfrentado a la puerta roja de la entrada, pasando unos mandalas de luminosidad halógena y debajo de tres telares mapuches, había un pequeño edén ciclotrónico perfumado con sándalo. La chica, a pesar de la tormenta, podía oír el respirar suave y ligero del pequeño jardín de computadoras. Cada una de ellas descansaba sobre un bastidor de madera, con sus raíces electrónicas colgando -suspendidas y lamiendo un líquido espeso, proteico, conductivo.

-¿Son hidropónicas? -preguntó la chica mientras se paseaba coqueta por la terraza.

-Sí, prefiero las computadoras limpias, sin sustrato fijo -respondió Cristóbal-. Con la tierra podría tentarse mi gato -dijo mientras acariciaba con sus dedos las máquinas floridas.

El huerto parecía nacido desde la manzana final y profética de Turing. Las espinas eran diodos luminosos; las hojas, delgadas capas de silicio con nervaduras doradas. En algunas -las más bellas, las cuánticas- florecían hermosos nanocircuitos nacarados.

-Los gatos me recuerdan a Max. Él los odia y teme. Fobia de sociópata -susurró ella con amargura. Cristóbal no la escuchó.

Luego de un par de segundos incómodos -con silencio y miradas furtivas- la chica fue a la cocina por un café. Quería una gran tazón de grano egipcio -negro y muy frío. Sus ojos ligeramente altiplánicos lucían sensuales, melancólicos, y pertenecían a una princesa india testigo de alguna antigua masacre. Cristóbal observó inmóvil su triste y hermosa figura, y excitado por sus pechos perfectos, pasó de la ternura a la obscenidad del deseo. Los tatuajes tornasoles que recorrían su espalda semidesnuda, lo hicieron salivar. Entonces alguien golpeó la puerta con violencia servotaurina.

-¡Es Max! -dijo ella, súbitamente desesperada.

-¿Quién es Max? -preguntó Cristóbal dirigiéndose a la puerta.

-¡No abras! -exclamó la chica. Desde sus ojos se escapaba un horror viejo, conocido y terrible.

-¿Quién es Max? -volvió a preguntar Cristóbal mientras la puerta parecía ceder.

-Max -respondió apenas a media voz -es mi dueño. Soy Una.

En efecto: era perfecta. Había sido armada para serlo. Era un objeto de placer viviente, húmedo y artificial. Un cóctel de lo orgánico y electrónico. Era Una -una puta escapada de la imaginación de Mary Shelley. Un pantano de componentes diseñados, órganos robados por las noches, tejido cultivado en serie y algún cerebro secuestrado y formateado.

-¿Eres Una? ¿Por qué mierda no me lo dijiste? -Gritó Cristóbal iracundo. Simultáneamente era acosado por una imagen sangrienta que involucraba Max, un machete y sus testículos.

-¡Porque no quiero ser Una! Quiero ser otra. Quiero... -comenzó a sollozar-. Quiero ser yo -Y estalló en llanto.

El cerrojo cayó al piso junto a parte de la puerta. Max entró al departamento con la bota derecha por delante. Cristóbal, entre cómico y patético, sólo atinó a decir “hola”. La chica aún sostenía -entre sudores fríos- la cafeína.

-¿Y tú quién fuck eres, ha? -vociferó el chulo lleno de desprecio gansteril.

-Nadie... soy nadie -tartamudeo Cristóbal mientras se alejaba de Max, lenta y cuidadosamente, como un camión en reversa pero sin señalizar.

-¿Eres nadie o no eres nadie? -volvió a preguntar-. Qué mierda más simpática eres -añadió con la gracia y humor de una hiena nocturna acechando en medio de la sabana.

-Soy un nadie... nadie. No tengo ningún problema contigo… con usted, señor... porque claro, no lo conozco, y si no lo conozco, no podemos tener desacuerdos y sin desacuerdos... -improvisó Cristóbal, mientras tropezaba con los libros tirados en el piso.

-Cállate y siéntate -le ordenó Max a Cristóbal-. Y tú dame eso que tienes en la mano -era el turno para obedecer de la chica- y ve al sillón ese. ¡Ahora, perra!

Max se sentía, como siempre, poderoso:

-¿Café? ¿Cuántas veces te he dicho que no tomes esta mierda, zorra? Los dientes, zorrita. Los dientes los termino pagando yo.

La chica temblaba. Cristóbal trataba de recordar si había cancelado la prima del seguro.

-¿Tú le diste este ensucia-dientes a la cochina ésta? -preguntó Max, mientras caminaba lentamente hacia Cristóbal.

-Eh, creo que ella lo tomó sola, eh... -respondió.

-¿A, sí? -le dijo a Cristóbal mientras se agachaba frente a é, con el tazón en su mano-. Mira tú. La conchita tiene iniciativa. ¿ Qué bueno no? -interrogó Max.

-Eh... -Cristóbal no sabía qué responder.

-¿Eh? ¡Responde! -gritó Max, con sus pulgares presionando la sien de Cristóbal.

-Digo, digo... digo que sí, supongo que sí, la… la iniciativa es buena… es... -improvisó de nuevo.

El chulo lo miró en silencio directo a los ojos, sin dejar de presionar con sus manos masivas el cráneo. Luego miró a la chica, sentada en el sillón rojo que dominaba el piso. Max volvió su rostro y sin aviso alguno -además de sus enormes pupilas excitadas- golpeó la nariz de Cristóbal con su cabeza. Sangre al piso, gota a gota. Con fuerza lanzó el café contra el muro. La chica saltó del susto.

-Conchetumadre. Ella no puede tener iniciativa, porque si la tiene, se creería persona. Y eso no es bueno para el negocio. Ella es Una. Es algo, no alguien. No tengo idea de cómo la trajiste hasta aquí, qué trucos usaste, etcétera. Y no quiero saber. No me interesa. ¿Y sabes por qué? Porque lo único que tengo en la cabeza ahora son los 70.000 dólares que dejé de ganar porque esta no estaba cogiendo donde debía. Perrita de mierda -dijo, dirigiéndose a la chica- ¿sabes cuánto semen tendrás que tragar para recuperar la plata que podríamos haber ganado en la reunión de directorio? Y tú -volviendo sus ojos enfurecidos a Cristóbal -preocúpate porque la cuenta tiene tu nombre, perro.

Max sacó desde el bolsillo de su chaqueta un arma calibre 45 -mango plateado, cañón transparente-. El gatillo estaba enchulado con neón. “No te preocupes, que no voy a gastar balas contigo, hijoputa. De hecho, nos vamos a divertir”.

Acto seguido, desde el otro bolsillo, sacó un pequeño estuche de terciopelo púrpura. Lo abrió, y desde él apareció un cable sucio, grueso y anudado como intestinos.

-¿Sabes lo que es esto? -preguntó Max mientras sostenía por uno de los extremos el dispositivo.

-Eh… es un... uno de esos... eh... -Cristóbal lo reconocía pero no lograba armar una frase coherente.

-Te apuesto que alguna vez te enchufaste uno -dijo Max, mientras mojaba con su saliva los contactos.

"¿A dónde va todo esto?", pensó Cristóbal, presa del pánico y la confusión. Claro reconocía el juguete. Era un empalmador neural. La mejor invención desde el menage-a-trois.

-Mueve tu culo y siéntate al lado de la comevergas. Y tú hacele un espacio a tu novio.

Max, con el arma en una mano y el dispositivo nervioso en la otra, cerró con una patada la puerta -aún sin cerrojo- y fue hacia el sillón donde la pareja compartía miradas hundidas en el fango de la vergüenza.

-Aprieta los dientes, maricón -susurró Max, mientras ubicaba un extremo del cable en la base de la columna de Cristóbal, palpando con inusual cuidado la piel-. Segunda... tercera... cuarta. Cuarta vértebra, aquí -Entonces Cristóbal sintió cómo los conectores entraban en su piel como una fina vellosidad metálica, hasta sentir una sensación eléctrica indescriptible. Luego repitió el procedimiento con la chica. Ella... ella estaba acostumbrada.

Sin soltar el cañón, y con extraña habilidad, Max se quitó el cinturón -blanco, lanudo, de alpaca. Como activada de forma remota e inalámbrica por una pulsión hardcodeada- sin orden verbal, mirada o seña alguna la chica cambió de posición, y a vista de Cristóbal, se puso en cuatro patas sobre el sillón. El cable del empalmador cedió membranoso como un cartílago extensible, y pese a la mayor distancia no parecía tensionarse. Max golpeó con energía, a palma abierta, los muslos de la chica apenas cubiertos por su falda. Ella hizo un ruido. Cristóbal sintió una cosquilla sónica. Max sacó su pene, erecto y furioso. La chica no le quitaba los ojos. Cristóbal cerró los ojos y salivó. Ella movió las caderas y levantó el trasero. Cristóbal no veía, sólo oía. Max puso dos dedos en la entrepierna de la chica y abrió sus pliegues. Ella, húmeda, gimió. Cristóbal se aferró a uno de los lados del sillón y soltó un grito inconfundible de placer. Max, sin penetrarla, se puso detrás de ella.

-¿Te gustó, ah, mierda? -dijo el chulo sin quedar claro a quién se dirigía.

Y es que eran sensorialmente una sola entidad, compartiendo, gracias al empalmador, texturas y paisajes dérmicos. El dispositivo, llamado también Exonervio de Varela, enlazaba canales espinales hasta crear un mosaico sexual, copiado y pegado con mielina. Estampidas de neurotransmisores iban desde la chica a Cristóbal. Él sentía como propia la calentura de la Una, sus pezones duros, ese cuello sensible y descubierto. Deseaba ser penetrado, a través de ella, por Max. Era asqueroso -lo sabía- y quería más.

-Esto les va a gustar masmás, putos -y el chulo se hundió en ella.

La Una lo disfrutaba. No tenía alternativa. Su corteza, su hipotálamo, su grilla dérmica, todo fue configurado para el placer. Para sentir placer, para desear placer, para -a toda costa- ser objeto de placer. Y, de nuevo, querer más placer. No tenía pudores o dignidad. El sexo con ella siempre era consentido, aunque en realidad no lo fuera. Ella siempre estaba dispuesta a ser tomada, y desconocía de abusos. No era violada: sólo se divertía -a su pesar- con el sexo duro. Ella -tristemente- no sabía de límites.

Cristóbal se sentía poseído por un placer sucio e irresistible. Su conciencia se comprimía al ritmo de la pelvis de Max en un solo punto luminoso y sonoro. Caminaba -con una 45 apuntándole en la cabeza- hacia un gemido femenino y ondicular que no le pertenecía. La chica, sonrojada, acalorada, comenzó a agitar suavemente sus alas: se acercaba al clímax. Cristóbal entonces sintió algo fuera de lugar. La marea de placeres culpables transferidos por el empalmador creció. Más que una onda, sentía una corriente muy caliente que serpenteaba sin dejar de engrosarse. Intentó abrir los ojos, pero sus párpados se sentían pesados, mielificados. Comenzó a caer, a zozobrar. Se ahogaba de maneras nuevas y exquisitas. Las alas estaban por abrirse.

De repente el exonervio chistó. Para Cristóbal fue un sopor, como un espacio en blanco seguido de un sonido agudo, breve. Mientras que para Max fue el sonido de la venganza. Fue el derrumbe de un nanodique entre dos identidades terminales. El chulo había removido el filtro intermedio. Ahora el orgasmo en ciernes podría trasladarse íntegro entre ambas espinas, y freír el cerebro de Cristóbal en el proceso. El orgasmo de una chica lanzado contra un cerebro masculino era un arma con efecto vegetativo permanente.

La Una separó sus piernas tan sólo un poco, como ofreciendo su entrepierna rosada, su carne perfecta. Respiraba brevemente, entre jadeos. Max, que conocía casi de memoria los tiempos de la chica, desde un bolsillo sacó una píldora. Era un momento perfecto para ello. La chica acabaría con su cabeza entre los cojines, mojada, mientras Cristóbal, ese hijo de punta, quedaría estático de por vida. Quería disfrutar ese, y otros placeres más obvios, así que tragó el cronoestimulante.

En unos milisegundos todo comenzó a ir despacio. Muy despacio. El chulo veía la realidad desde lejos, en cámara lenta. Pensaba casi en término de fotogramas y cada movimiento se extendía indefinidamente. Disfrutó por semanas cada vez que se introducía en la chica. Se burló durante años de la patética suerte de Cristóbal. Descubrió la suave caricia de cada una de las fibras de alpaca que rozaban sus talones, por días. Pero de alguna forma, un gato -el de Cristóbal- lo sorprendió. Atraído por los charcos de café, el felino entró sin anuncio en escena y le recordó su fobia más primitiva e infantil. Max -por siglos- intentó controlar una ansiedad galopante, sin darse cuenta cómo en cuestión de segundos -esos otros segundos- la chica tomó el arma y disparó. La bala demoró dos mil años en atravesar cada una de las capas corticales, y Max estuvo allí, sintiendo en detalle el estallido salvaje de su materia gris. Para entonces -es decir un minuto después- ella se había marchado dejando atrás a dos hombres desechos.

 

-Me llamo Antawara y seré tu dueña.

El gato respondió con un maullido. El ascensor abrió sus puertas. Primer piso.

 
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