| De repente te despiertas
y te das cuenta de que es muy tarde. Te lavas, desayunas,
dejas la cama sin hacer y el desayuno sin recoger porque
vas muy retrasada. Ya en la calle casi corres, aunque
te suponga un gran esfuerzo, pero es que no puedes dejar
de ver a tu hija. El camino no es que sea ni muy largo
ni muy corto, pero te cuesta. La fatiga te vence y no
puedes más. Es tan duro que debes parar. Entras
en el parque y te sientas a descansar.
Súbitamente la fatiga y
el dolor cesan. Es como aquella laxitud que sentiste
mientras te desangrabas tras tu segundo parto y te dejas
llevar. Ya no hay dolor, ya no hay angustia.
Rememoras escenas de tu vida como
cuando jugabas a tocar el piano sobre el mantel cuando
eras niña. Recuerdas los gruesos libros que te
ponías sobre el abdomen, tumbada en el suelo,
para ejercitar el diafragma. Vuelven a tu memoria las
partituras con las que acudías a los recitales
y también las lecciones de piano. Aparece la
imagen de aquel joven ingeniero el día que le
conociste. Te emociona tu primer embarazo. Evocas tu
llanto al llegar a Helsinki en 1938 desde Carelia. Revives
con horror los bombardeos de la Guerra de Invierno.
Te desgarra tu viudedad.
Entonces recuerdas que tu hija
está enferma y no quieres marcharte.
***
Me acerqué a la mujer sentada
en un banco del parque y le hablé.
-Mummi -así me dirigí
a Hilja, mi abuela-. Despierte.
Ella se sobresaltó, levantó
su mirada y frunciendo el ceño me observó
con una mezcla de prevención y curiosidad.
-¿Quién es usted?
-Hola. Me llamó Karl y aunque
le parezca sorprendente soy su nieto, el único
hijo de Lisbeth.
-Sé muy bien que eso no es verdad
-me dijo mientras se incorporaba separándose
de su cuerpo-, usted no tiene edad para ser mi nieto
¿sabe? Lisbeth no ha tenido ningún hijo.
-Y yo sé por qué está
usted en este parque -le dije-. Lisbeth está
ingresada en el hospital y está muy enferma -ella
asintió asombrada-. Esta mañana, como
se le hizo tarde, dejó la casa sin arreglar y
se fue corriendo a verla. En un momento dado no pudo
más por el esfuerzo y se sentó en este
banco. ¿No es así?
-¿Cómo es que sabe todo
esto de nosotras? Me ha espiado y me ha seguido. ¿Qué
quiere usted?
-Hilja, soy su nieto y fue mi madre
quien me contó todo esto.
-¡Déjeme en paz! -exclamó
emprendiendo el camino hacia el hospital-. ¡No
se acerque!
La dejé marchar sabiendo lo
que iba a pasar. Cuanto más se esforzaba en ir
hacia el hospital más se alejaba de éste.
Cuando llegaba a la salida más cercana a la dirección
deseada, ella se daba cuenta que estaba justo al otro
lado. Pasado un momento cejó en el empeño
y se quedó de pie, angustiada y casi llorando.
Me acerqué a ella de frente para que me viera
venir.
-¡Usted otra vez! -gritó
al reconocerme-. ¡Ya le dije que no se me acercara!
¿Qué está pasando aquí?
-¿Quiere saberlo? ¿En
serio? Por favor Hilja, mire dónde estaba sentada
hace un momento.
Al hacerlo se quedó atónita.
Se acercó lentamente al banco para encontrarse
con que veía en éste a una mujer mayor
y algo obesa. Estaba sentada con los ojos cerrados y
una sonrisa. No respiraba. Estaba muerta y era ella
misma.
Hilja se miró las manos, la
ropa. Tocó a la mujer del banco intentando despertarla,
pero no tuvo éxito. Me buscó con la mirada
con un interrogante en el rostro.
Asentí con un gesto.
-¿Podemos hablar? -le pregunté-.
Tengo algunas respuestas que ofrecerle, si usted quiere.
-Entonces ¿ambos estamos muertos?
-Sí. Es así. Tengo que
admitirlo.
Ella quedó en silencio un instante
sosteniéndome la mirada. Asumir los hechos pareció
serenarla.
-¿Podríamos tutearnos?
-le pedí-. Me cuesta mucho hablarle así
a un familiar.
-Sí. Creo que será mejor.
¿Puedo ver a Lisbeth?
-No Hilja. Aquí y ahora no;
pero sí un poco más tarde. Estamos, y
al mismo tiempo no estamos, en el Helsinki de 1956.
Nos encontramos en un lugar a mitad de camino entre
lo que dejamos y lo que nos espera. Yo lo llamo la Ciudad
Invisible. Has estado atrapada en ella, en la indefinición
entre dos mundos.
-¿Por qué me ha pasado
esto? ¿Cuánto tiempo he estado aquí
Karl?
-Creo que no te fuiste del todo por
el amor que le tienes a tu hija. No tiene mucho sentido
hablar de tiempo. Desde mi punto de vista son unos sesenta
años, desde el tuyo es sólo un instante.
Aquí las leyes que rigen estas cosas no son como
en el mundo que abandonamos.
-¿No nos ve nadie?
-Normalmente no nos ven, pero sí
nos sienten ¿no has visto nunca a alguien que
de pronto cambie de dirección o que dé
un rodeo sin que hubiera un obstáculo delante?
Han sentido algo. Algunas personas excepcionales, muy
pocas, sí son capaces de vernos; pero no hay
ninguna por aquí. También es posible aparecer
y ser vistos, confundidos entre los seres vivos. Yo
prefiero moverme así para poder interaccionar
con las personas.
-¿Y ahora qué hacemos?
-me preguntó Hilja.
-Tenemos que irnos, pero no hay mucha
prisa.
-Irnos, ¿a dónde?
-A Viipuri, claro.
-Ya sé que te lo acabo de preguntar
pero ¿puedo ver a Lisbeth o pasar por mi piso
antes de irnos?
-La verás después, pero
vayamos a tu casa ahora. Muéstrame el camino.
Hilja se dirigió al extremo
opuesto del parque haciéndome un gesto para que
la siguiera.
Al cruzar la calle se dio la vuelta
para ver de nuevo a la mujer sentada en el banco, cómo
dormida, pero muerta.
-¿Tenemos que… dejarla
así? -me dijo Hilja.
Afirmé con la cabeza. -Sí.
La encontrarán, claro. Será muy triste,
pero no te preocupes. Será también digno.
-¿Y Lisbeth?
-Lo pasará muy mal en cuanto
lo sepa. También sufrirá otra vez cuando
pueda volver a casa porque lo revivirá de nuevo,
pero lo superará.
La seguí por las calles de
aquel Helsinki de 1956, bulliciosas y tranquilas a un
tiempo, hasta el número cinco de la calle Freesen.
-¿Cómo podremos entrar?
-me preguntó ella.
-Es la naturaleza de la Ciudad Invisible.
Hay cosas que son posibles y otras no. Ésta lo
es, aquí y ahora.
Mi abuela sacó las llaves y
abrió. Ya en la casa reconocí algunos
muebles, cuadros, retratos y otros objetos de la vida
corriente. Estaba muy turbado por observar aquellas
cosas en su contexto original. Los tapices hechos por
Hilja y mi madre, las fotos de mi abuelo; incluso los
cubiertos que tan bien conocía.
Mi abuela se había dirigido
al cuarto de baño, ya que quería lavarse
la cara y las manos. Una reminiscencia de su etapa con
vida.
-¿Por qué estamos aquí?
-me preguntó ella al salir.
-En realidad en parte es un capricho
mío, ya que tenía mucha curiosidad por
conocer este lugar. Pero es también la ocasión
para que te despidas de tu vida anterior.
-Karl, me he visto en el espejo y soy
como cuando tenía unos treinta años de
edad. Tú también tienes el mismo aspecto;
sin embargo, no te pareces a nosotras. ¿Cómo
es esto posible?
-Lo primero resulta que es parte de
la naturaleza de la Ciudad Invisible -le dije-. Con
treinta años, más o menos, uno es joven
aún, pero con experiencia. Existimos aquí
con toda nuestra potencialidad hecha acto. Vivimos en
la Plenitud. Por lo demás, no soy como vosotras
porque físicamente me parezco a mi padre.
-¿Pero se está aquí,
así, para siempre? -preguntó Hilja.
-No, no es así. En la Ciudad
Invisible algunos de nosotros estamos un tiempo y siempre
por algún motivo. O bien tenemos algo que hacer
o bien es que hemos dejado algo pendiente. Después,
vamos al Otro Lugar del que nada puedo decirte. Desde
allí hay personas que vienen aquí si es
necesario o si les place, pero jamás contestan
a nuestras preguntas sobre esa forma de vida. Sólo
sonríen y se encogen de hombros. Por lo que sospecho,
aquí adquirimos la Plenitud pero es allí
donde la disfrutamos.
-¿Qué haces tú
aquí?
-Mi vida anterior fue muy imperfecta
y para mí muy dolorosa, pero aquí he aprendido
mucho y me he desarrollado como persona. Lo que tengo
claro es que quizá lo más importante,
mi objetivo principal, era encontrarte. Por el amor
a Lisbeth te negaste a aceptar tu propia muerte y entraste
en la Ciudad Invisible de forma inconsciente. Mi misión
era abrirte los ojos, por así decirlo.
-Entonces has hecho algo más
¿no?
-Sí. He estudiado piano, armonía
y composición; también varios idiomas.
Incluso he educado mi voz, para cantar tangos. También
me he estado dedicando a cosas muy especiales. Aprovecho
que puedo moverme en el espacio y el tiempo para recuperar
obras de arte perdidas. Llevo algún tiempo haciendo
esto. Nadie me lo indicó, simplemente supe que
iba a hacerlo. Aquí nadie te da instrucciones,
sólo lo sabes.
-¿Qué obras de arte?
-Me dedico básicamente a recuperar
partituras musicales y literatura. La primera vez fue
todo un sueño. Fui a Jarvenpää para
introducirme en Ainola y copiar la octava sinfonía
de Sibelius el día previo a su destrucción
mientras éste aún vivía.
-¡Pero si Sibelius está
vivo!
-No, no, no. Tu mente sigue anclada
en 1956, pero él murió al año siguiente.
Además, puedo añadir que después
de aprender alemán, me centré en recuperar
las partituras perdidas de Johann Sebastian Bach, como
los conciertos que fueron luego reconstruidos, los motetes
en latín y otro material. Ahora me planteo recuperar
la Ariadna de Monteverdi. He estudiado italiano
a propósito.
-¡Dios mío! Estoy asombrada
¿se pueden salvar personas?
-No. No se puede hacer ya que alteraría
el curso de la Historia y eso, aunque posible, no es
deseable. Pero es muy tentador, claro.
-¿A qué se dedica Lisbeth?
-Ahora está en el Otro Lugar,
del que no sabemos nada directamente, pero aquí
escribió varios libros de poemas y se dedicó
a traducir al finés textos de poetas románticos
de habla alemana.
-¿Pero no me dijiste que la
vería hoy?
-Sí Hilja, no te preocupes.
Ha venido a propósito. Ella me pidió que
fuera yo a buscarte.
Mi abuela, más tranquila, se
sentó cerca del piano. Probablemente trataba
de asimilar todo lo que le estaba diciendo. Pasado un
momento me dirigí a ella de nuevo.
-¿Puedo pedirte un favor?
-¿Cuál Karl?
-Es algo egoísta pues es sólo
un sueño… ¿Quieres cantar para mí?
Hilja se me quedó mirando muy
sorprendida.
-Sí, pero tengo que preparar
la voz, claro. ¿Qué quieres que cante?
Saqué unas hojas de papel pautado
del portafolio que había llevado conmigo y se
las enseñé.
-Es la “Canción de Solveig”
de Edward Grieg, la primera de sus Seis Canciones
para Orquesta. He hecho una reducción para
piano especialmente para ti en esta ocasión.
Espero que el noruego no sea una dificultad.
Ella negó con la cabeza y estudió
la partitura. Después, sin mediar palabra, empezó
a calentar la voz. Yo, mientras tanto, abrí el
piano y me preparé. Estuvimos trabajando las
líneas vocales con las hojas en la mano ya que
la versión de la pieza que mi abuela conocía
era la instrumental, incluida en la segunda Suite
de Peer Gynt. Finalmente, Hilja me indicó
que estaba preparada y esperando mi entrada. Le di el
La central.
Estaba tan nervioso. Me sobrepuse y
ataqué el inicio de la pieza con decisión
y justo antes del momento en que ella iba a hacer su
entrada, la hice un signo con la mirada. Nada me había
preparado para la impresión que recibí
al escucharla. Como cuando un joven debutante como director
recibe y se ve envuelto en la marea de sonido de la
orquesta después de dar la anacrusa. Su voz me
atravesó por completo. Sólo pude intentar
no perderme en mis sentimientos y seguir fielmente la
pieza, para su lucimiento. Antes de la resolución
de la canción, donde se repite un pasaje de coloratura,
no pude sujetar más mis lágrimas. Terminé
como pude mi parte al piano con el rostro húmedo
y con el corazón acelerado. Como si se tratara
del final del concierto del debut de un artista, cuando
éste se refugia en el camerino -el cuarto de
las lágrimas en alguna ocasión- y escucha
cómo el público le reclama. Al comprender
que lo ha hecho bien y que el respetable quiere más.
Si volviera a suceder podría acostumbrarse a
ello, pero nunca sería como esa primera vez.
Cuando cesaron las últimas
resonancias de la pieza nada quebró la quietud.
Estaba inmóvil y no podía
ni mirarle a la cara. Me avergonzaba un poco mi estallido
emocional. Sentí cómo se acercó
a mí y puso una de sus manos en mi hombro.
-Está todo bien, Karl. Lo has
hecho todo muy bien -me habló mientras me di
la vuelta-. Kulti pieni -me dijo antes de darme
un beso en la frente.
-Mummi, ahora tocaré
para ti -le susurré con un hilo de voz-. Un fragmento
de tu repertorio, el Largo de uno de los conciertos
de Vivaldi transcritos por Bach al órgano, el
BWV 596. Lo he arreglado para piano para esta ocasión.
La música barroca tiene una
cualidad que me serena. Y es que no puedo quedarme indiferente
ante la belleza de ese movimiento lento. Me refiero
a la de su parte solista para violín, transcrita
para tecla por Bach, y al que yo intentaba devolverle
un matiz mediterráneo y luminoso con mi humilde
arreglo. Una pieza que hubiera agradado, tal vez, al
propio Erik Satie.
De nuevo volvió el silencio
al apagarse las resonancias, tras la parte que, en el
concerto de Vivaldi, tocaba el tutti.
Después, inesperadamente para mí, el aplauso
solitario de mi abuela; que en mi corazón sonaba
más alto y más fuerte que el de cualquier
teatro con el aforo completo aplaudiendo de pie.
Después de aquello aspiré
hondo para serenarme y me dirigí a Hilja.
-Creo que llegó el momento de
irnos -le dije mientras me levantaba de la silla y recogía
las partituras de Grieg y Bach-. No es que el camino
sea muy largo, pero algo tardaremos. Tengo a mi disposición
un coche, que no está muy lejos de aquí.
Cuando mi abuela se dispuso a salir,
antes de que cerrase la puerta, recorrió su casa
como despidiéndose de ésta y, después
de llevarse los dedos a sus labios, tocó el retrato
de mi abuelo Kaarlo.
-Vayámonos ya -me dijo-. Como
siga aquí un solo instante más creo que
no podría irme. Tanto mi nostalgia como mi tristeza
serían más fuertes que mi voluntad.
Ya en la calle, tras echar un último
vistazo a la casa, bajamos hacia Correos. Entramos en
el edificio dejando a mano izquierda la estatua ecuestre
del Mariscal Mannerheim, ya que atravesar su vestíbulo
era el camino más rápido para llegar a
la estación de trenes siguiendo nuestra dirección.
-¿Tienes algo de hambre, Hilja?
-La verdad es que no. ¿Tú
sí?
-Te diría que es más
apetito que hambre. Recuerdo muy bien haber estado en
muchas ocasiones en esta estación con Lisbeth
en los años setenta y haber comido liha piirakka
allí. Pero en el siglo XXI, el puesto donde
lo vendían ya no existía, ya que hicieron
una reforma de esa parte del edificio.
-¿Liha piirakka? Eres
como un niño, Karl.
-¡Venga! Dame la mano Hilja.
Ya que aún no has aprendido a viajar en el tiempo
por ti misma, lo haré yo por ti. Lo único
que notarás, Mummi, es que la gente
viste de una manera un poco extraña para tu gusto
y que hay más de un puliukko tirado
por ahí.
Cogí de la mano a mi abuela
y entramos en la hermosa catedral modernista que es
la estación de trenes de Helsinki. Al mismo tiempo,
nos desplazamos unos veinte años hacia el futuro.
Nos detuvimos delante del puesto que
buscaba y compré mi liha piirakka junto a una
botella pequeña de zumo de naranja. Mi abuela,
que no había querido tomar nada, me miraba con
una expresión entre divertida e incrédula.
-Si no lo hubiera visto con mis propios
ojos, no lo creería. Puedes ir donde quieras.
Incluso puedes moverte en el tiempo. Y todo eso lo utilizas
para esto.
Respondí a Hilja encogiéndome
de hombros mientras daba buena cuenta de mi pastel de
carne. Desde luego, estábamos de mejor humor.
Una vez terminada la consumición
le hice una seña a mi abuela para que me siguiera.
-Vamos a buscar el coche, que está
en un aparcamiento aquí mismo, pero no en este
siglo. Así pues atravesamos la puerta hacia la
explanada y al mismo tiempo llegamos a la segunda década
del siglo XXI.
Ya en el vehículo, le enseñé
a ponerse el cinturón de seguridad. Esto era
más un reflejo de mis costumbres estando con
vida y no una auténtica necesidad. El automóvil
en realidad era espectral pero a primera vista indistinguible
de un coche verdadero. Lo suficientemente convincente
como para mezclarse entre el tráfico sin llamar
la atención.
Nos dirigimos hacia el este dejando
a un lado Porvoo por una autovía rodeada de bosques.
Íbamos camino de Kotka. Le comenté a mi
abuela que debíamos cambiar de coche. También
le dije que cerca de la frontera rusa había un
lugar indeterminado en el tiempo que yo usaba para relevar
los vehículos. Además, me servía
para efectuar otros cambios, como vestirme con ropa
adecuada, etc. Pasado Kotka salimos de la autovía
para tomar la antigua carretera de Viipuri y a unos
pocos kilómetros, antes de la aduana, abandonamos
la vía principal. Nos incorporamos a una carretera
secundaria de tierra, que se dirigía hacia el
sur. Ya cerca del mar, un camino apenas visible se apartaba
de esta vía para llegar a una cabaña.
Nos dirigimos al aita, que yo había
habilitado como garaje. Después de abrir su portón
introdujimos el coche.
Ya fuera de éste, entre la casa
y el aita, Hilja estiraba un poco las piernas
y lo cierto es que yo lo necesitaba también.
Era curioso comprobar cómo los hábitos
del cuerpo físico se mantenían en la Ciudad
Invisible y tal vez en el Otro Lugar. Las sensaciones
eran totalmente corpóreas, indistinguibles de
las de un ser humano de carne y hueso. Me cuestionaba,
si llegado el caso, sería capaz de sangrar, incluso
si sería posible morir en este lugar. Y si era
así, qué podría sucederme.
-Estar aquí me hace recordar
mi niñez -la voz de Hilja interrumpió
el hilo de mis cavilaciones-. Me trae a la memoria el
verano, cuando íbamos al campo y la vida era
sencilla. Nos pasábamos el día jugando,
escondiéndonos en el aita entre las
herramientas y las conservas. También tomando
la sauna. Me recuerda, sí, los días luminosos
y felices de antes de la guerra. Éste era el
sueño de Lisbeth, tener un lugar así.
Lo sabes ¿no? -asentí con la cabeza-.
Pero dime ¿lo consiguió?
-No, no pudo ser. Incluso un sueño
más sencillo que tener un mökki
al lado de un lago y con una sauna, como el de tener
una casa con terraza, o con una veranda, como ella decía,
no fue posible.
Entramos en la cabaña donde
añadí un sombrero y una gabardina al estilo
de los años treinta a mi traje de chaqueta. Lo
que yo llamaba en broma mi “aspecto vienés”.
De esta guisa, yo ya estaba listo para la parte final
del viaje.
Abrimos el portón para sacar
el simulacro espectral de un Fiat Balilla de 1936.
-¿Sabes por qué escogí
este modelo, Hilja?
-No tengo ni idea. Evidentemente es
un coche de antes de la guerra pero no conozco tus motivos.
-Hay dos razones. La primera es que
cuando salgamos de aquí estaremos en la Finlandia
de 1938 y necesitaremos un vehículo que no llame
la atención. La segunda es que mi abuelo español
tenía este modelo de coche y se lo requisaron
al inicio de la guerra en España.
-¿Tu abuelo español?
¿Lisbeth se casó con un español?
Con toda la gente que conocía… ¿tuvo
que irse a España a casarse?
-Así fue, Hilja, así
fue. Pero ella misma te lo contará todo luego.
Descuida.
Una vez que el coche estuvo fuera,
cerré el aita y nos dirigimos al camino.
Allí hice la transición para retroceder
en el tiempo más de setenta años. Volvimos
a la carretera de Viipuri, para retomarla en dirección
a la ciudad. Al atravesar el lugar donde se ubicaría
en el futuro la nueva frontera, no pude dejar de sentir
la inmensa alegría de seguir estando en tierra
finlandesa.
Al llegar a la ciudad, menos de una
hora después, dimos una vuelta por su centro
sorteando los tranvías. Finalmente llegamos al
número 13 de la calle Pellervo, que hacía
esquina y lugar donde detuve el coche.
-Esta ciudad es justo como la recuerdo,
Karl.
-Claro que sí, es Viipuri en
1938. Es como si no te hubieras ido nunca.
Una quietud expectante nos envolvió
hasta que me dirigí a ella.
-Están esperándote en
casa, Hilja.
-¿Quién me espera? -me
dijo visiblemente nerviosa-. ¿Lo sabes?
-Está mi abuelo Kaarlo-Artturi,
también Lisbeth y Wilhelmina.
-¿Wilhelmina? ¿Mi suegra?
-No, mummi, no. Es tu hija,
tu segunda hija.
Mi abuela se llevó las manos
a la cara y empezó a llorar. Ella no había
caído en la cuenta de que en la Ciudad Invisible
cabía la posibilidad de encontrarse, quizá,
con cualquier fallecido. Siempre, en algún lugar
de su corazón, albergaba su amor por aquella
niña recién nacida que murió desangrada.
Aquello sucedió en 1919 durante la guerra civil
finlandesa. Ella dio a luz asistida sólo por
una matrona, la cual tuvo que elegir entre salvar a
la madre o a la hija. Mientras tanto el padre estaba
ausente ya que le buscaban para fusilarle.
Hilja seguía llorando.
-¡Dios mío, Dios mío!
¿Cómo es posible?
No pude menos que emocionarme y la
respondí con voz entrecortada.
-Es la naturaleza de este lugar. Como
ves, es una muestra más de la Plenitud que se
adquiere aquí.
Pasó un tiempo, cesó
su llanto y ya serena se dirigió a mí.
-Karl, de verdad, hoy me están
pasando tantas cosas. Tengo que decir que hoy es un
día feliz para mí. Hoy Jesús enjuagó
mis lágrimas.
-Hilja, yo no sabría decirte
si es gracias a Cristo o no, pero aquí el dolor
a veces puede ser redimido. Eso sí que lo sé.
-¿No estamos más cerca
de Dios aquí que en el mundo?
-Hilja, éste es un lugar sorprendente.
Para el que era creyente en vida esto no es lo que esperaba
encontrar. Para el agnóstico o el ateo la sorpresa
no es precisamente menor, pero en otro sentido.
Hilja meditó y volvió
a hablar, casi para sí misma.
-Hay tanto que hubiera querido hacer
con ella. Con aquella niña. Recuerdo, por ejemplo,
el día que fuimos con nuestra Lisbeth a ver en
el Kinolinna el largometraje de Al Jonson Sonny
Boy. La primera película sonora que recuerdo.
No podía dejar de pensar en ella, en mi pequeña.
Son tantas cosas.
Calló un instante, pensativa.
-¿Cómo es Wilhelmina?
-Wilhelmina, o mejor Mina, es una mujer
espléndida. Lisbeth se parece a ti, pero su hermana
ha salido a tu marido, ya que ella es morena de ojos
claros. Además, tiene tu talento para la música
ya que es una excelente mezzosoprano. Como se dice en
España, canta como los ángeles.
-Y tú ¿estás
sólo?
-Mi esposa me sobrevivió, así
que la espero con mucha ilusión porque sé
que aquí será muy feliz.
Le indiqué con un gesto que
saliera del coche.
-Hilja, ya sabes dónde es. Encontrarás
la puerta de la calle abierta. Arriba sólo tendrás
que llamar y te abrirán. Yo no subiré
ahora ya que este momento es sólo para vosotros
cuatro. Estaré de vuelta en una hora.
Después de ver cómo
se introducía en el portal me dirigí hacia
la plaza del mercado, que siempre es un agradable espectáculo
para mí. Quería ver si había manzanas
de Estonia, aquéllas que traían en barco
cruzando el golfo de Finlandia.
Me entretuve entre los tenderetes
hasta que decidí irme a la librería de
la esquina de la calle Torkelli. Ojeé unos cuantos
libros para ver si había alguna novedad de la
divertida serie de Vaasan-Jaakkoo entre otras cosas
de mi interés como planos y atlas.
Tras consultar mi reloj, salí
a la calle y desanduve el camino hasta llegar a mi coche.
Lo abrí para recoger mi portafolio. Acto seguido
entré por el portal, subí las escaleras
y toqué el timbre. Abrió mi abuelo mientras
las tres mujeres seguían con su animada conversación.
Acerqué una silla y me uní a ellas alrededor
de la mesa. Tanto ésta como las sillas y el sofá,
todo ello en estilo rococó rústico finlandés,
me resultaban familiares al recordarlos de otros entornos.
Me serví una taza de tzaika, endulzada
con mermelada de arándanos, ya que eso era lo
que estaban bebiendo, y probé uno de los deliciosos
bollitos que había hecho mi madre. Bebida y comida
espectral, que reproducía con asombrosa exactitud
las sensaciones del mundo de los vivos. Para mí
seguía siendo algo inexplicable.
-Äiti -dije, dirigiéndome
a Lisbeth-¿habéis hablado mucho?
-Más o menos. Hay mucho que
decir en muy poco tiempo y lo cierto es que aunque lo
tenemos de sobra y llevamos un buen rato hablando, aún
falta casi todo por contar. Desde luego lo más
impactante para mi madre ha sido conocer a mi hermana
-tanto Hilja como Mina se miraron y asintieron con la
cabeza-. Ahora sé por qué Mina no está
con nosotros en el Otro Lugar.
Quedamos en silencio un instante y
entonces le hablé a mi abuelo.
-Vääri, ya que por
fin estáis todos juntos -Kaarlo-Artturi esbozó
una amplia sonrisa- quizá sea ya el momento de
retomar viejas y buenas costumbres.
-¿Qué quieres decir,
Karl? -me preguntó sorprendido, mientras las
tres mujeres me miraron con la misma expresión.
-Hablo de las cosas que hacíais
aquí en las veladas. Me lo contó mi madre
siendo niño. Son situaciones difíciles
de imaginar en el mundo tal y como era cuando yo tenía
cuarenta años. Es decir, esas tardes dedicadas
a la lectura de poesía o de fragmentos de novela;
esas horas dedicadas al canto o a tocar el piano. Cuando
traducías del ruso o del alemán textos
de arias o canciones para tu esposa; o cuando ella tocaba
algún nocturno de Chopin. Esas cosas inconcebibles
en un mundo de televisión basura.
-Creo que ya sé por dónde
vas Karl -intervino Hilja-. Pero… lo tuyo es curioso.
Me sacas del parque donde morí para pedirme que
cante para ti. Luego, cuando ya nos fuimos de la calle
Freesen, lo único en lo que pensabas era en comer.
Y ni siquiera parece que haga falta. ¿Qué
quieres que hagamos ahora? Eres un caprichoso.
-Sí que es verdad que fui y
sigo siendo algo caprichoso, y por eso mismo es cierto
que tengo algo pensado y preparado. Pero en este caso
no estoy solo ya que Mina ha colaborado conmigo. Se
trata del "Dúo de las flores", de la
ópera de Léo Delibes Lakmé.
En ella hay una parte de soprano y otra de mezzosoprano.
Se trata de Lakmé, sacerdotisa de Brahma y de
Mallika, su esclava. Los papeles exactos para ti y mi
tía, respectivamente. De nuevo la reducción
para piano la he hecho yo y la traigo conmigo -dicho
esto abrí el portafolio y saqué unas partituras-.
Piénsalo mummi, tres generaciones de
una misma familia unidas por un dueto de ópera.
¿No es maravilloso?
-Pero no pretenderás que cantemos
ahora ¿verdad? -contestó mi abuela.
-Por mí sí, claro, pero
sé que es mejor no abusar. En cualquier caso,
nosotros tres podríamos ensayar en otro momento,
para hacerlo más adelante.
Aquello pareció tranquilizar
a Hilja, que ya había tenido muchas emociones
fuertes en las últimas horas. Seguimos charlando,
ya que llevaba un tiempo sin ver a mis familiares y
quería complacerme con su compañía.
Lisbeth insistió en la idea
de hacer algo de cena y, conociendo a mi madre, aquello
era deliciosamente inevitable. Mientras tanto, aproveché
la ocasión para decirle a mi abuela que diéramos
un paseo, ya que tenía la intención de
enseñarle algo importante. Así, bajamos
por la calle Pellervo hasta la plaza Punaisenlähteen.
Una vez allí fuimos hacia el sur por la calle
Vaasa, una de cuyas aceras pertenece al parque Torkelli.
Entonces, casi sin querer, nos detuvimos ante la verja
de la puerta de la biblioteca de la ciudad y le hable
a Hilja.
-Mummi, uno de los aspectos
más fascinantes para mí de La Ciudad Invisible
es lo que yo llamo la Biblioteca de Babel. Que yo sepa
no tiene un nombre oficial -eso aquí no tiene
sentido-, pero éste es el lugar donde se concentra
todo el conocimiento humano y espectral. Tiene dos funciones,
una de ellas es su uso como archivo y la otra es la
formativa. Es justamente aquí donde aprendí
a usar la tecnología espectral y perfeccioné
mis estudios de música e idiomas.
-¿Y todo eso está en
la biblioteca de Viipuri?
-No, esta biblioteca es sólo
una de las puertas de entrada de la Biblioteca de Babel.
Esos accesos se ubican de forma variada. Algunos están
en lugares sagrados, otros en templos de la cultura
o incluso en construcciones interesantes por algún
motivo. En Helsinki hay una en la estación de
trenes y otra en el monumento a Sibelius.
-Karl ¿hemos venido en coche
cuando podíamos haber atravesado la Biblioteca
de Babel y llegar aquí enseguida?
-Sí, tengo que reconocerlo;
pero deseaba hablar contigo y, además, me encanta
viajar en coche. También quería pasar
por mi mökki para cambiarme de ropa y
coger otro coche, ya sabes.
-¿Se puede ir a dónde
se quiera?
-Sí, con la debida precaución
de que siempre haya una puerta abierta en el tiempo
oportuno.
-¿Cómo es eso?
-Por ejemplo, uno no puede pretender
llegar a París en 1956 a través de la
Pirámide del Louvre.
-La Pirámide del Louvre, el
monumento a Sibelius… desde luego tengo mucho
que conocer. ¿Crees que me gustarán?
-No lo sé, Hilja, pero creo
que incluso no gustándote podrás reconocer
el valor espiritual de esos lugares. La Sagrada Familia
y el Parque Güell en Barcelona, el Círculo
de Bellas Artes en Madrid, la casa de la cascada de
Frank Lloyd Wright, ¡hay tantos sitios!
Durante esta breve conversación
habíamos estado de pie delante de la verja que
sellaba la entrada de la biblioteca.
-Pero ¿cómo vamos a entrar
si el edificio está cerrado?
-Ya lo aprenderás. Somos…
fantasmas ¿no?
La cogí de la mano y atravesamos
la verja de la puerta de la biblioteca sin problemas.
Al pasar entramos por lo que era uno de los lados de
un enorme hexágono que rodeaba un jardín
central circular. Era un inmenso vestíbulo que
comunicaba con otras salas, pasillos y rampas; con un
sol radiante que lo inundaba de luz a través
de unas ventanas cenitales y una inmensa cristalera
que daba al jardín. Toda la estructura visible
tenía un revestimiento de madera muy clara, posiblemente
de abedul. Yo ya lo conocía sobradamente, pero
para Hilja aquel lugar era totalmente nuevo.
-¡Qué hermoso es esto!
¿Cómo me orientaré aquí?
-En realidad es mucho más sencillo
de lo que podrías creer. Las salas de lectura
son para grupos muy reducidos. En ellas puedes pedir
en cualquier idioma cualquier documento o archivo disponible
en el soporte que tú elijas. Si lo que deseas
es formación, el sistema te dará instrucciones
precisas para llegar a los talleres o aulas que necesites.
Parte de la docencia es individual pero también
hay clases en grupo, sobre todo las prácticas.
Además, hay salas de concierto, teatros, exposiciones,
todo lo que quieras. Fíjate en la cantidad de
personas que hay aquí.
Ella miró con asombro y entusiasmo
a un tiempo al variopinto gentío que se desplazaba
por el lugar, mezcla de todas las razas, épocas
y culturas de la humanidad.
-Y aún hay más ¿verdad,
Karl?
-Sí, hay zonas de trabajo especializado.
Por ejemplo, una de las más activas ahora es
la de un grupo que está ocupado recuperando los
fondos de la Biblioteca de Alejandría, incluyendo
la del Serapeo -de la misma Alejandría- y la
de la ciudad de Pérgamo, que tiene una relación
histórica importante con ella. Es el sueño
de cualquier filólogo, filósofo o historiador.
Además, los fondos se están traduciendo
en primer lugar a los idiomas más hablados del
mundo. Significa, por ejemplo y entre otras muchas posibilidades,
poder disponer de la biblioteca particular de Aristóteles.
¿Qué te parece?
-Es maravilloso pero al mismo tiempo
es una lástima que este conocimiento recuperado
no pueda revertir en el mundo de los vivos.
-Es así por la misma razón
por la que no podemos recuperar o salvar vidas ni intervenir
en la Historia. El mundo se ha desarrollado sin ello,
para bien o para mal, y debemos respetarlo. Antes de
la era de la comunicación, sólo una fracción
del conocimiento antiguo se salvó del paso del
tiempo y de las vicisitudes del devenir histórico.
Es como si sólo nos quedara del pasado un cuadernillo
medio quemado, con sólo algunas páginas
intactas, que en otro tiempo era parte de un hermoso
volumen. Aquí reconstruimos el libro para quien
habite en la Ciudad Invisible o en el Otro Lugar y quiera
estudiarlo.
-La era de la comunicación…
que concepto más singular ¿Qué
más hacéis?
-Mucho, pero lo más difícil
es recuperar culturas perdidas. Las que no dejaron ninguna
tradición escrita. Sólo podemos reconstruir
su tradición oral y su arte si disponemos de
accesos adecuados. Cuanto más atrás retrocedemos
en el tiempo es más difícil encontrarlos.
Ya no hablo de edificios, sino de lugares sagrados,
como la montaña de Saana o la isla de Ukko en
Laponia, por ejemplo. Éstas no existían
antes de la última era glaciar.
Hilja se llevó las manos a
la cabeza queriendo asimilar tanta información
y guardó silencio por un instante. Poco a poco
iba entendiendo las posibilidades de aquel lugar.
-¿Puedes enseñarme algo
más concreto?
Asentí con un gesto y la cogí
de la mano. Atravesamos el vestíbulo para meternos
en el primer gran pasillo a la derecha, decorado con
vistosos tapices, hasta encontrar una pequeña
sala vacía. Ésta era hexagonal con un
área central circular. Una de las paredes era
diáfana con una ventana que daba a un bosque,
otra estaba ocupada por la puerta, mientras que las
cuatro restantes tenían terminales y puntos de
lectura. Pasamos y cerramos la puerta para acomodarnos
en dos sillones confortables.
Me dirigí a mi abuela.
-Voy a programar una grabación
que hice de los conciertos de órgano dados por
Bach. Es sencillo, sólo hay que dirigirse al
archivo y hacer la demanda -me di la vuelta y en voz
alta hice mi petición. -Sistema, por favor, queremos
ver y escuchar las dos últimas piezas del concierto
dado por Johann Sebastian Bach el primero de diciembre
de 1736, entre las dos y las cuatro de la tarde, en
la Liebfrauenkirche de Dresde. Primero un plano
general del interior de la iglesia y después
un travelling para centrarnos en el ejecutante.
Dicho y hecho, esto es lo que apareció
sucesivamente en el centro de la sala.
Yo contemplaba a mi abuela mientras
ésta no desviaba su mirada del músico,
al que tanto admiraba. Hilja estaba maravillada y no
pudo contenerse. Se acercó a la imagen dando
una vuelta alrededor de ella. Como la reproducción
era tridimensional ella observaba con detalle todos
los aspectos técnicos de la interpretación
del organista. Se diría que hubiera querido tocarle,
de haber sido posible. Finalmente, Hilja se paró
y quedó de pie, a la derecha del teclista, para
disfrutar con su técnica. -“Cómo
desearía tener la partitura delante”-
pensó.
El sonido era de tal calidad por su
acústica que, cerrando los ojos, uno podía
imaginarse estar situado en el mejor lugar de la iglesia.
Al finalizar la última pieza,
la imagen, antes de desvanecerse, volvió a un
plano general del interior del templo. Hilja se volvió
a sentar.
-Otro día, si quieres, podrás
escuchar el concierto completo.
-Sí, claro, supongo que lo haré.
No sé ni qué decirte. Estoy tan emocionada
que no tengo palabras para agradecerte todo esto.
-Entonces, cuando termine tu período
de aprendizaje, ¿vendrás conmigo y con
Mina a escuchar la Ariadna de Monteverdi?
-Eso no debes ni preguntarlo, ¡claro
que sí! Soy soprano, ¿cómo podría
perderme ser testigo de una de las primeras óperas?
Ella estaba visiblemente excitada.
Casi podría decir que veía cómo
se amontonaban nuevas ideas y emociones en su mente.
Hilja me habló.
-Entonces será aquí donde
aprenderé a moverme en el espacio y el tiempo;
y a hacerme visible o no ante los vivos. Es aquí
donde podré consultar las partituras que tú
mismo recuperaste. Todo eso y más ¿verdad?
-Sí, todo eso y más.
Volvamos ahora a casa y regresemos con los nuestros.
Escrito en Madrid, entre el 6 de marzo de 2007 y
el 29 de febrero de 2008, y dedicado a la memoria de
mi madre en el vigesimoquinto aniversario de su muerte
(21/02/1983).
publicado en marzo de 2008
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