| Soy Matías Herrera
y ha llegado el momento de escribir lo que sé.
Mis averiguaciones me han revelado que todos los sucesos
extraños y portentos acaecidos aquí, en
Santa María de los Ángeles, el caos actual
de nuestra situación, están indefectiblemente
unidos a la misteriosa desaparición de mi amigo
Federico Arce. No sé quién podrá
leer estas líneas. Cuando termine de redactar
este texto lo guardaré junto con otros manuscritos
y testimonios, todos envueltos en papel encerado, en
mi caja fuerte.
De sobra nos es conocido que Federico
desapareció de su estudio, el cual estaba cerrado
desde dentro. Mis inmediatas pesquisas no aportaron
nada y, de todas formas, enseguida nos dimos cuenta
de que teníamos problemas mucho más urgentes
en que ocuparnos.
Recuerdo su estudio como si fuera ayer.
Sus libros y papeles esparcidos por el suelo, muchos
de ellos quemados. Además, estaban aquellos restos
pútridos de materia vegetal que, con una luminiscencia
obscena, se encontraban tanto en el techo como en el
suelo así como en las paredes. Y ni un solo rastro
de mi infortunado amigo.
Recogí todo lo que pude encontrar,
legajos y libros. No será ahora cuando relate
las muchas horas de duro trabajo que sufrí hasta
que logré ordenar todo aquello. Ni creo ser capaz
de describir ni el horror ni el estremecimiento sentido
ante la lectura de ciertos textos que, en buena ley,
deberían estar proscritos.
El tiempo apremia pero es de rigor
que comience describiendo mi relación con Federico.
Le conocí siendo niños. Juntos recibimos
las primeras letras y la Primera Comunión. Éramos
uña y carne. Le recuerdo como un muchachito alto,
espigado y dotado de una gran vitalidad. También
era despierto y ágil de mente.
De aquella parte de nuestra vida no
hay nada demasiado importante que reseñar. Siendo
ya jóvenes las desgracias nos separaron. Mis
padres murieron y hube de trasladarme a la capital a
casa de una de mis tías. De él sólo
supe que, a pesar de la modesta condición de
su familia en aquel momento, pudo realizar estudios
superiores doctorándose en antropología
y filología. Realizó largos viajes, supimos
que se fue a vivir a Nueva Inglaterra y su rastro se
perdió para nosotros. Ya maduro, volví
a mi querida y nunca olvidada Santa María y seis
meses después también lo hizo Federico.
Su aspecto era elegante y más
bien sobrio. Su expresión, más que alegre
era como la de un hombre liberado de una carga. El paso
del tiempo y los quevedos habían marcado su rostro,
aunque éste conservaba su afabilidad y mirada
soñadora.
Su vuelta trajo consigo una agitación
desconocida hasta entonces a nuestra pequeña
ciudad. Se le rindieron homenajes y se le nombró
hijo predilecto de la ciudad. Esto ponía de manifiesto
nuestra admiración. Federico decidió ocupar
una casona en el Camino de los Pinos, propiedad familiar
recibida en herencia, que se encontraba fuera de la
ciudad, antes que irse a vivir al viejo hogar de sus
padres.
A las pocas semanas fue a visitarle
el cura de la parroquia más cercana a su domicilio.
Sin duda, quedó extrañado de que tan notable
personaje ni siquiera guardase los domingos. Yo no fui
testigo de aquella entrevista, pero me han relatado
que aquel entrañable Padre volvió a su
parroquia visiblemente consternado. Nunca quiso desvelarnos
la naturaleza de su conversación con mi amigo
pero, sin embargo, llegó a mi conocimiento que
sí informó con cierta urgencia al obispo
de la diócesis.
Encontré un diario de Federico,
por lo que dejaré que sea él, a través
de sus propios escritos de los que transcribo una pequeña
parte, quien relate ciertos hechos.
Seis de octubre. (...) Han llegado
a mis manos, gracias a la inapreciable ayuda de Don
Luis Morales, unos legajos que incluyen un manuscrito
que me ha interesado mucho. Se encontró recientemente
en una cámara sellada de un caserón de
Cuzco y por sus características podría
haber sido escrito allí en el siglo XVI.
Nueve de octubre. (...) Según
se profundiza en el manuscrito, éste se vuelve
aún más interesante, si cabe. Tras una
introducción en castellano en la cual el autor,
o más presumiblemente copista, nos advierte sobre
el contendido, calificándolo de blasfemo y ciertamente
peligroso para el alma, se da paso a lo que parece un
texto de algún idioma propio quizá del
altiplano tomado al dictado. Al menos esa es la impresión
que ofrece. Creo que me encuentro en posesión
de algo realmente único en el mundo.
Veintidós de octubre. (...)
Mi intento de traducción de las primeras páginas
me ha revelado que lo contenido en el manuscrito no
es más que un extracto, tal vez una ínfima
parte, de una tradición muy extraña. Sin
duda mucho más antigua que la incaica y, pese
a dedicarme sólo a este tema, yo no logro localizarla
ni en el tiempo ni en el espacio. ¿Será
una cultura amazónica desconocida hasta ahora?
¿O es previa incluso a la emigración amerindia?
No puedo encontrar un marco preciso, no encaja con lo
que conocía de América del Sur (...).
Diez de noviembre. A pesar de algunas
concomitancias con libros prohibidos que conocí
en Nueva Inglaterra el trabajo es difícil. Esta
especie de trascripción fonética fue en
ocasiones, demasiadas diría yo, muy aventurada
(...). Sé que es fácil caer en el desánimo
pero debo terminar lo empezado (...). Para qué
negar que el manuscrito de Cuzco es bello. Está
lleno de terribles y bellas imágenes a un tiempo
(...). Sin duda se trata de un texto esotérico.
Se hace referencia a otros tiempos y lugares que pueden
hacerse simultáneos mediante la invocación
de ciertas puertas. (...) Realmente fascinante, aunque
ciertamente agotador, estremecedor y terrible.
Diecisiete de noviembre. La primera
fase, por fin, ha sido completada. Al menos una primera
traducción. Quizá, a pesar de todo, es
en este momento cuando va a empezar lo más duro.
No sé. De todas maneras hay que terminar lo que
se ha empezado. La teoría sin la práctica
no es nada. Mi curiosidad es más fuerte que mi
prudencia.
El que dejase de anotar en su diario
no es un hecho trivial, ya que Federico, hombre meticuloso,
no había dejado pasar ni un solo día desde
su adolescencia sin consignar sus vivencias y sentimientos
en el papel. Encontré su diario, sí, pero
en la chimenea había restos de papeles quemados,
los cuales podrían corresponder con el manuscrito
citado y su traducción. Solamente pude rescatar
un pequeño fragmento que aunque algo aclara,
no nos permitirá remediar lo sucedido. Esto es
lo que pude recuperar:
(...) si ahora que he (...) al
conocimiento, mi mente no quiere aceptar la Verdad.
(...) si (...) lugares y otros (...) simultáneamente
(...). Sé (...) estoy aquí, en esta ciudad
desolada con sus piedras cubiertas por el sucio polvo
de eones de abandono. En esta tierra que no es la mía,
en esta tierra sin luna. Yo, solo aquí, junto
a tu maligna presencia, sin poder escapar de tu mirada
abominable, y perdido entre estas ruinas ciclópeas.
Y tú, tras de mí, en silencio y armado.
¿Qué gente fue la tuya? Hjassa, Vigilante,
antes de que me mates dime cómo crucé
un puente de sueños. Desde tu trono de olor hediondo
y a la vista del laberinto donde me tienes acorralado
dime quién habitó estas torres. No sé
por qué pero creo que algún día
llegarás a revelarme el secreto y me (..) llegué
aquí (...) por las selvas (...).
En la madrugada del diecinueve al veinte
me despertaron unos repetidos golpes en la puerta de
la calle. Porrazos que atestaba alguien que me llamaba
a gritos. Bajé raudo, pistola en mano y no fue
pequeña mi sorpresa al ver que se trataba de
Pepín, el criado que había contratado
Federico. Viéndole descompuesto y angustiado
le hice pasar. Encendí una lámpara.
-¡Ay, don Matías! ¡Qué
desgracia más grande!
-Pero ¿qué pasa? Por
Dios bendito... ¡Habla de una vez!
-Mire don Matías que don Federico
se ha vuelto loco -empezó a temblar-. Se ha encerrado
en su estudio y no ha dejado que entrase ni a llevarle
la comida. Pero es que después, empezaron a oírse
ruidos muy raros ¿sabe usted? Y yo me dije que
antes de ir a buscar a la autoridad era mejor buscarle
a usted, a ver si puede arreglar este lío.
Después de decirme todo aquello
Pepín, que es un alma de Dios, casi se puso a
llorar. Le di una palmada en el hombro para intentar
animarle y le dije que iría de inmediato a la
casona del Camino de los Pinos.
Apresté mi berlina y prendí
sus lámparas de aceite. Ya con Pepín adentro
emprendimos el camino. Coincidiendo con su llegada se
había desatado una tormenta, por lo que las calles
desiertas parecían veladas por el agua. Por la
carrera del Mediodía, a punto de salir de Santa
María, tan fuerte caía la lluvia que me
impidió seguir. Además, el caballo se
espantaba con los truenos. Resolví apartarme
del camino y guarecer la berlina bajo un saliente. Me
metí dentro de la cabina junto con Pepín,
el cual, al faltarle mi aplomo, estaba hecho un manojo
de nervios. Me preocupaba que el camino se embarrase
en exceso. Pasó un tiempo, no demasiado, pero
algo amainó, por lo que me decidí a seguir
adelante. El Camino de los Pinos estaba en las pésimas
condiciones que imaginaba. Al llegar a la vista de la
casona, no hubo manera humana de seguir con la berlina.
Un golpe de viento apagó las lámparas
y el caballo se negó a avanzar a pesar de mis
vanos esfuerzos.
En aquél lugar sentí
crecer en mi interior una terrible opresión.
Como si sintiera la presencia de algo abominable, ajeno
a la vida tal y como la conocemos. A pesar de ello,
recordando la amistad que me unía a Federico,
decidí continuar por mis propios medios, guiándome
por el resplandor de los relámpagos. Ante mi
determinación Pepín, sacando fuerzas de
flaqueza, me siguió. Ignoro el tiempo que finalmente
nos tomó llegar a la casona. Ésta se encontraba
a oscuras salvo por una luminosidad de naturaleza viscosa
e inhumana. Además, era imposible no reparar
en el olor espantosamente fétido del lugar ni
en el horrendo murmullo de la gran cantidad de animales
allí reunidos.
Al abrir la puerta me arrolló
una masa oscura que me asustó. Era el perro de
Federico que había quedado encerrado tras la
marcha precipitada de Pepín y que ahora se presentaba
enloquecido y con los ojos desorbitados.
Nada más entrar subimos buscando
el estudio, cuya puerta comprobamos que estaba firmemente
atrancada. Pudimos oír a Federico gritar lo que
parecían invocaciones, mezcladas con puros chillidos
de terror. Al mismo tiempo podíamos distinguir
un sonido extraño, como una mezcla de gorgojeo,
sonidos de succión y el rumor de unas flautas
blasfemas.
Aquello me hizo desfallecer e inconscientemente
empecé a retirarme. Pepín, demostrando
esta vez más vigor, me zarandeó e increpó
empujándome hacia la puerta. Intentamos forzarla
entre ambos sin éxito alguno y cejamos en el
empeño. Lo volvimos a intentar usando un banco
del pasillo como ariete. En ello estábamos cuando,
coincidiendo con un rayo muy próximo, se escuchó
un alarido impresionante en los límites de lo
humano, enloquecedor. Entonces, todo empezó a
temblar. Por desgracia, lo que ocurrió entonces
es que perdí el equilibrio y me golpeé
de mala manera perdiendo el conocimiento.
No sé cuánto tiempo permanecí
sin sentido. Desperté gracias a los lamidos del
perro. Todo estaba en silencio y no acerté a
recordar en un primer momento qué me había
pasado. Sólo al levantarme me di cuenta de lo
débil y entumecido que me encontraba.
Se filtraba una luz gris desde el exterior,
ya que era de día. La visión de la puerta
destrozada del estudio me hizo consciente del lugar
en el que me encontraba. Entré en el estudio
y descorrí la cortina de la ventana, La luz inundó
el cuarto mostrándome su triste desolación.
El desorden era total. Una gran mesa de roble se encontraba
patas arriba, había libros y papeles desparramados
por doquier, algunos de ellos quemados. De igual modo
se veía una colección de masas pútridas
verdosas. Vi cómo el perro se asomó a
través de la puerta, pero sin llegar a entrar,
víctima tal vez de una sensación de horror
intolerable.
Pepín no estaba allí.
Decidí buscarlo y vagué por toda la planta
superior sin encontrarlo. Intranquilo, descendí
a la planta baja. Lo encontré tirado al pie de
las escaleras con la espalda apoyada en una pared. Estaba
dormido. Al despertarlo dio un respingo. Acallado su
ánimo, y ante mis preguntas, me contó
lo sucedido desde el momento en que perdí el
conocimiento.
Por él supe que una vez finalizado
el temblor cesaron de forma abrupta tanto la tormenta
como los horribles sonidos procedentes del estudio.
La puerta permanecía firme por lo que éste
bajó para buscar un hacha y así poder
abatirla. Así lo hizo y, cuando pudo penetrar
en la habitación, la encontró en el mismo
estado en que yo la vería unas horas después.
Me contó también un hecho asombroso que
enseguida comprobé una vez en el exterior de
la casona. El cielo no era normal. No había nubes,
pero no habían sido sustituidas por un cielo
azul, sino por una luminosidad lechosa y homogénea.
Después de haber visto aquello, Pepín
decidió volver a entrar en la casona. Cansado,
sin saber qué hacer, decidió sentarse
al pie de la escalera. Sorprendentemente, a pesar de
las terribles experiencias vividas, se quedó
dormido hasta que le encontré.
Creo que Federico, merced a sus amplios
conocimientos de lo esotérico debió usar
ese texto execrable que recibió, el manuscrito
de Cuzco, para conjurar una extraña presencia
que propició un encuentro que nunca debió
tener lugar. Tales fueron, además, las consecuencias
de aquél acto, que una parte de nuestro mundo
tomando como centro su casona e incluyendo a la ciudad
de Santa María de los Ángeles, fue trasladada
a través del éter a este lugar sin luna
y rodeado por extrañas selvas. Las carreteras
y caminos terminan abruptamente, formando barrancos
o taludes. Nuestros animales han huido y en las raras
ocasiones en las que se abre el cielo por la noche,
las constelaciones que observamos nos son desconocidas.
La selva empieza a hacerse dueña de este fragmento
de nuestro mundo.
Nada sé de mi amigo, la presencia
que él invocó debió arrastrarle
hacia algún lugar aún más extraño
que éste. Pero igual sucedió un intercambio
y, en nuestro país, en el área donde se
encontraba Santa María, haya ahora una extraña
selva impenetrable, en cuyo centro es posible que puedan
encontrarse él y ese ser cuya presencia invocó.
Supongo que Federico debe estar muerto y yo rezo por
su alma.
Todos tenemos miedo y muchos incluso
se han suicidado. Hay noches en las que desaparece alguno
de nosotros entre el rumor de unas flautas blasfemas.
Escribo este texto para que se sepa
qué sucedió aquí, por si alguien
sobrevive y por si de alguna manera nuestra ciudad es
restituida a su mundo.
¡Dios Padre, acógenos
en tu seno! ¡Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros!
Diciembre de 1980, revisado en septiembre
de 2006.
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