| Jerry Cornelius cantaba aquel
tango con una fingida indiferencia. Él, el más elegante
de La Boca, realmente bien trajeado, observaba a Miss Brunner
advirtiendo su extrema palidez y echando de menos un trago de
buen whisky. Se sentía cansado y expectante, aunque en
cierta forma vacío. Recordaba o podía adivinar otros
tiempos, del burdel al cafetín, ser estribillista o compartir
cartel con los grandes, conocer a Pichuco o no haberlo tratado
nunca, salvar a Gardel o dejar que todo sucediera de nuevo. Un
remolino de pensamientos y tiempos encontrados.
Ella tangueaba con un obeso visiblemente nervioso.
Los remiendos de tinta en el sombrero negro delataban su momento
económico. Ella desapareció con él camino
de un reservado mientras finalizaba el tango, camino de la vieja
ceremonia.
Casi como en una película de cámara lenta, filmada
adrede para examinar los detalles de un ritual, los soldados chinos
destrozaron la puerta e irrumpieron en el local. Saltos y gestos
de cualidad felina, cuchilladas y subfusiles escupiendo balas.
Estrellas y banderas rojas parecían señalar el firmamento,
iluminado por las bombas incendiarias que caían una tras
otra. En ese preciso instante había empezado la masacre
en el arrabal.
Mientras los soldados empezaban a tapizar las
paredes con dazibaos. Jerry, recordando su hermosa villa victoriana
en Shangai, buscó al oficial al mando abriéndose
paso pateando los cadáveres.
Volviendo del reservado, Miss Brunner bajó
tras él. Atrás, ni siquiera en el recuerdo, las
ropas para siempre vacías del obeso. Recuerdos de pianistas
desnudas, de algo que iba mucho más allá de un aparente
vampirismo lésbico.
Jerry, removiendo sus recuerdos del antes, del ahora y del después,
vio todo aquello como un cambio del color de una bandera en un
mapa de campaña, del azul al rojo. Pasó, pudo ser,
podría suceder, todo ello a la vez. Y pensó, esto
es, pero no será.
Un amplio sedán negro esperaba con la
puerta abierta, custodiado por soldados de mirada perdida, inmóviles
como estatuas de terracota. Invitados ambos a entrar en el vehículo,
dentro les esperaban whisky y pastelillos de la suerte.
-Celebro encontrarles.
El Coronel ofreció unos cigarrillos St.
Moritz a Miss Brunner. Ella tomó uno que no encendió
inmediatamente. Después de beber un buen trago, acariciando
terciopelo, Jerry leyó su pastelillo: -“La dulzura
de carácter complace al Señor del Cielo”.
El automóvil, casi imperceptiblemente,
se había puesto en marcha. Alrededor, ajeno a la conversación,
el arrabal ardía. Columnas con miles de soldados confluían
hacia las ruinas de la Casa Rosada, mientas coros de niños
entonaban cánticos revolucionarios.
-Jerry. Debo admitir que su nombre y sus iniciales
siempre me han fascinado. Jerry Cornelius, JC, como el Crucificado.
Si yo no tuviera una visión tan materialista de la Historia
le preguntaría si acaso no es usted el Anticristo del Libro
de las Revelaciones.
Encendiendo el cigarrillo intervino Miss Brunner.
-No creo que Cornelius lo sea ¿verdad
Jerry? Pero, siempre he tenido la sensación de que ambos
lo esperábamos. Recuerde para quién trabajó
él al principio, por largo tiempo. Según parece
podría haber ascendido a los altares. Beato, quizá
santo.
-Sí -Jerry tomó la palabra-, ambos
estuvimos esperando al Anticristo.
-Pero debe haber algo más que permanece
velado, señor Cornelius, al menos para mí, -adujo
el coronel-. Creo que siempre ha actuado usted de forma coherente.
Favoreciendo la entropía del sistema. Si se trata de escoger
entre el orden y el caos, usted ha preferido el caos.
Jerry miró al Coronel con una expresión
hastiada.
-Mi actuación no es siempre incondicional
mi querido Coronel. Yo intento sobrevivir entre el caos y el orden,
pero incluso así, no sé qué hago yo aquí,
en este simulacro de guerra. Sí, ya sé, la “Hegemonía
del Pueblo en el Hemisferio Sur”. En la Unión Sudafricana
y en Rhodesia, ahora Repúblicas Populares, les acogieron
como liberadores ¿pero aquí en el cono sur? -Tras
un instante de silencio y un trago Jerry siguió hablando-
La entropía ¿verdad? Sí, claro, sí.
No sé por qué sigo hablando, me siento cansado y
enfermo. Pero quiero que le quede claro algo, mi querido coronel.
El hecho de que ahora estemos juntos usted, Miss Brunner y yo,
es algo exigido por las circunstancias, algo casual. Nuestro status
de agentes espacio temporales no está tan inequívoco
como pueda parecer. Además, en muchos casos hay un excesivo
control...
-Entonces es preciso establecer un estado estacionario,
un momentáneo equilibrio -puntualizó Miss Brunner-.
A pesar de todo tenemos que tener en cuenta que el caos es el
estado más probable. Sólo se puede mantener el orden
-como en un ser vivo- aumentando el caos de su entorno, incrementando
la entropía del sistema. La vida, incluida la vida humana,
es una lucha perdida contra la entropía. El orden siempre
perderá, sólo el caos es creativo. Por eso perderán
ustedes, ya que sólo pueden ofrecer orden y certeza, y
eso no puede durar.
Todos quedaron en silencio en el sedán.
-Paradójicamente, la inminencia o la
posibilidad del caos parece debilitarle señor Cornelius
-Jerry no contestó al Coronel. Se encontraba mal por el
humo del St. Moritz. No todo se había ajustado a sus propios
planes. Jerry se preguntó cuántas veces iban a cambiar
de color ciertas banderitas en los mapas de campaña. Del
azul al rojo, del rojo al azul y vuelta a empezar.
Además, estaba la grandilocuencia formal.
Sólo cambiaban las fotos de los líderes, pero los
grandes movimientos de masas eran iguales en todas partes. Niños
cantando con lágrimas en los ojos las alabanzas del líder,
las gigantescas exhibiciones gimnásticas... Y a la vuelta
de la esquina, tras la fachada triunfal, la melancolía
de las ruinas de cada ciudad destruida. Siempre la misma.
Jerry observaba cómo las tropas chinas
repartían raciones de arroz entre los supervivientes de
los bombardeos que acababan de efectuarse hacía sólo
unos minutos.
Ayer fue en Ciudad del cabo, hoy en Buenos Aires,
mañana en algún lugar de Nueva Caledonia, Australia
o Nueva Zelanda. La “Hegemonía del Pueblo en el Hemisferio
Sur” seguía adelante. Desde el sur al trópico
y más tarde al ecuador. El objetivo expreso, la liberación
de los pueblos oprimidos del sur. El objetivo implícito,
las proyecciones de las nuevas repúblicas populares sobre
el continente antártico y la soberanía de facto
sobre éste y sus recursos.
Pero todos estos actos parecían existir
con un cierto aire de irrealidad. Como situados al borde del final
del mundo, donde reina el caos por definición. Todo podía
ser, o haber sido, o no ser en absoluto ni siquiera una posibilidad.
Allí las diferentes opciones confluían y se separaban
a un tiempo. Donde era posible transitar por una realidad fluida
y el tiempo no era un camino anisótropo.
Terminado el viaje en coche, Jerry embarcó
solo en el SS Kao Ann -de bandera panameña-. Mientras tanto
Miss Brunner emprendía vuelo en un helicóptero Sykorsky.
El Coronel quedó en tierra con sus hombres.
Sus pequeños pulgares eran oponibles.
***
“Felt for You, Velvet for Me”, de
The Deep Fix, regalaba los oídos de Jerry Cornelius. Mientras
tanto, éste seguía el ritmo tamborileando los dedos
sobre la borda del SS Kao Ann, atracado en Macao, mientras pensaba
en su amada Catherine. Jerry aún recordaba fragmentos de
su conversación incoherente con el Coronel, pero éste
no le inquietaba.
-Si se trata de escoger entre el orden y
el caos, usted ha preferido el caos. (...) La “Hegemonía
del Pueblo en el Hemisferio Sur”. (...) La inminencia o
la posibilidad del caos parece debilitarle señor Cornelius...
Jerry sólo quería quitarse todo
eso de la cabeza. La bebida ayudaba y también el rock,
pero le esperaban sucesos inevitables en esta línea del
espacio tiempo.
Mientras sucedían estas cavilaciones,
en un punto intermedio entre la resaca y la desinhibición,
la colonia portuguesa había sido invadida por cientos,
tal vez miles, de soldados chinos montados en bicicletas Royal
Albert. Las comunicaciones con Portugal habían quedado
cortadas desde primera hora, pero en Hong Kong nadie se inquietaba
demasiado. El flujo de pasajeros y mercancías entre las
dos ciudades seguía como de costumbre.
Entrando y saliendo de los casinos, entre juego
y juego, el gentío iba y venía del puerto observando
risueño y curioso los acontecimientos. Era palpable la
tensión entre las tropas aposentadas en el muelle y el
SS Kao Ann. El vino de arroz y otras bebidas destiladas regaban
abundantemente los lugares de juego. Los burdeles abrían
sus puertas.
Las columnas de soldados tapizaban la ciudad
con dazibaos, repartían libros rojos y acaparaban sin ningún
disimulo los productos del mercado negro. Sobre todo el tabaco
rubio y las bebidas destiladas, en busca de negocio.
Jerry sabía que, de nuevo, esto era sólo un incidente
más. Incluso sólo una anécdota impredecible
ayer y olvidada mañana sobre un mero cambio de color en
un mapa de campaña. Tampoco olvidaba la presencia del lanzallamas
y su pistola de agujas, muy a mano, por si acaso. El viento se
enredaba en su camisa de seda, mientras saboreaba un vaso de whisky.
Algún miembro servicial de la tripulación
le acercó un telegrama. Lo leyó y escribió
una pequeña respuesta en un papel. Volviéndoselo
a pensar mejor, lo arrugó y tiró por la borda; y
despidió al emisario. Jerry empezaba a estar realmente
muy harto de todo este juego.
Cinco minutos más y el SS Kao Ann abandonaría
el muelle. Luego, al soltar amarras, Jerry no pudo evitar que
una leve sonrisa asomara a sus labios.
El Coronel, impasible, observaba fijamente el
barco mientras que a su orden, las bicicletas se ponían
en marcha. Los soldados pedaleaban hacia el final del muelle cayendo
al mar sin remedio.
Cientos, tal vez miles de ellos se deslizaban
hacia el fondo del puerto. Muchos morían mientras el Coronel,
derrotado e inmutable, atravesaba la frontera dejando la colonia.
Había una duda en el aire. ¿Había sido todo
una ilusión colectiva? Pero más allá de lo
que podría haber sido un inmenso efecto de sugestión
sobre el gentío, se empezaron a recuperar cadáveres
y bicicletas.
En Macao aquella noche fue festiva apareciendo
por doquier farolillos, fuegos de artificio y generosas raciones
de vino de arroz. No cerraron los mercados de comida, tampoco
los casinos y burdeles.
En Portugal costó mucho dar unas explicaciones
meramente convincentes a los responsables, ya que se tardó
mucho más de lo conveniente en dragar el puerto.
-¡Sangre y almas para Arioch!
-musitó para sí Jerry antes de darle el último
trago al vaso de whisky, mientras el barco enfilaba su rumbo a
Hong Kong. Él no quería más complicaciones,
sólo volver a Londres y dejar que el futuro se presentase
por sí mismo. De pronto, se dio cuenta de que por la megafonía
de la nave sonaba “The Best is Yet to Come”, cantada
por Sinatra-. ¡Una de las armas del enemigo! -pensó-.
Entonces se dirigió al camarote correspondiente de la nave
para lograr que sonara música más adecuada -la que
él mismo había sugerido- como “Needle Gun”
o mejor aún, “Silver Machine”.
En Hong Kong todo seguía como de costumbre.
***
Jerry Cornelius -chaqueta de terciopelo, camisa
de seda y pantalones ajustados- paseaba por Hyde Park mientras
trataba de recuperarse de la depresión y el cansancio de
los últimos días. Mientras tanto, jóvenes
aspirantes a músicos vendían cometas artesanales
en las inmediaciones del Speaker’s Corner.
Sentía la tentación de volver a
coger su guitarra, su querida Stormbringer, ser el rey
del blues blanco y que el nombre de The Deep Fix apareciera en
la portada del Melody Maker o del New Musical Express.
No era sólo la nostalgia de la buena música y de
las actuaciones pasadas, también el anhelo de compartir
con Hawkwind algún cartel. Tal vez.
Entonces sucedió lo inesperado.
-¡Vos cantastes tangos y milongas! -Un
individuo lo había agarrado del brazo y le miraba con los
ojos desorbitados— ¡Vos cantastes tangos y milongas!
En el arrabal ¿no recordás?
-¿Pudo salvarse alguien que me recuerde?
-pensó Jerry.
La situación, más que desagradable
era espantosa. Esta persona podía recordar un pasado que
nunca había sucedido, había sido testigo de una
línea de tiempo alternativa. Además, aquél
individuo tenía una grabadora. En ese momento más
que en ningún otro deseó que se lo hubiera tragado
la tierra. Tenía que enfrentarse a esto. Había que
tomar una decisión y hacer algo rápidamente. -¿Dónde
le mato?
En el coche donde le metió con falsas
promesas, camino de Canvey Island, resonaba la música de
los Rolling Stones. Pero la mente de Jerry, mientras conducía
de forma semiconsciente, era un torbellino de imágenes
y sensaciones. Razzano, Hendrix, las orquestas típicas
donde había tocado antes de convertirse en cantante, el
Campeón Eterno, The Deep Fix, su soledad en cualquier burdel
bonaerense, el sombrero que le compró a aquel muchacho
que los vendía en Carnaby Street, la avenida Corrientes
en los años cuarenta, el Multiverso, su casa en Ladbroke
Grove o la pistola de agujas.
Jerry le asesinó con fingida indiferencia,
para después destruir la grabadora. Necesitaba urgentemente
beber un vaso de whisky, le habían estropeado la tarde.
En los medios de comunicación no había
ninguna referencia a la “Hegemonía del Pueblo en
el Hemisferio Sur”. Nada de esto había sido, era
o sería alguna vez. Jerry no había asesinado. No
hubo nunca una pistola de agujas. Sólo le esperaba su guitarra.
Sólo estaba el anhelo de Catherine.
Agosto de 1980, revisado y reelaborado en septiembre de 2007.
Sobre "Cruzar
un puente de sueños" y "Vos cantastes
tangos y milongas"
A finales de 2005, como consecuencia de haber
asistido a la HispaCon
de Vigo, decidí revisar dos de los escritos de mi primera
época, ya que recordaba haber trabajado mucho en ellos
y me parecían legibles. Ambos fueron redactados antes de
cumplir veinte años de edad.
De cada narración tenía a mi disposición
varias versiones, ya que fueron reelaboradas cada una de ellas
en al menos cuatro ocasiones. La primera de estas, “Cruzar
un puente de sueños”, en su versión definitiva,
que es la alojada en la página NGC
3660, usó como base la más antigua de las redacciones,
a la que se añadió algún mínimo elemento
de las tres versiones posteriores. Tras una revisión del
texto y de su estructura quedé satisfecho del resultado,
ya que respetaba el espíritu y la letra de aquel escrito
en el que trabajé con diecinueve años. Creo que
aquel joven se hubiera podido identificar sin problemas con esta
versión.
Más arduo ha sido el trabajo para “Vos
cantastes tangos y milongas”. El escrito más antiguo
-aquél que en su día se remitió al concurso
de relatos de la HispaCon
en el cual ganó el accésit al “mejor título”-
se ha perdido. Sin embargo, sí están en mi poder
las sucesivas reescrituras que hice ampliándolo. He trabajado
con la versión redactada en agosto de 1980 en Otur (Asturias),
la cual interpolaba el fragmento llamado No Answer (Incidente
en Macao) a la redacción original. Esta versión
se tituló “Arrabal”, pero una nueva redacción
de la misma, presumiblemente de la primavera de 1981 recibió
ya el título de “Esperando al Anticristo”.
La acción que se narra tiene lugar en Buenos Aires, Macao
y Londres, que en esta historia son más bien espacios míticos
antes que ciudades reales, situadas en algún lugar del
Multiverso en una época nebulosa, previa a la guerra de
las Malvinas, que pueden ser a un tiempo los años treinta,
cincuenta o setenta. El fragmento del Macao colonial es una interpolación,
por lo que el relato original podría reconstruirse excluyéndolo.
En el momento en que lo incluí en la historia, ésta
cambió de nombre y durante las dos décadas y media
siguientes me he referido siempre a la misma con el título
de “Esperando al Anticristo”. Después de reflexionar
sobre este asunto, dado que voy a permitir que esta narración
se someta al escrutinio público, creo que lo más
conveniente es que vuelva a su denominación original. A
diferencia de “Cruzar un puente
de sueños”, en esta ocasión he intervenido
mucho más sobre el texto. Me resultaba claro que no bastaba
sólo con recuperar la mejor redacción implantando
detalles de las otras versiones. Lo que realmente se precisaba
era el bisturí de un cirujano plástico y reconstructivo
–reelaborar, sustraer y añadir–, dado que el
estilo original de mi escrito era un pastiche verdaderamente desmañado
y torpe de las narraciones breves que componen el libro La
Naturaleza de la Catástrofe. Esa publicación
me había impresionado muy hondamente cuando la conocí
y aquél fue un libro que releí en múltiples
ocasiones. Con una mezcla de ingenuidad y soberbia, quizá
creí entonces que un servidor podía medirse con
escritores de la talla de Michael Moorcock y Norman Spinrad. Por
eso ha sido difícil presentar ”Vos cantastes tangos
y milongas” al público, ya que no quería traicionar
a mi joven espíritu de aquellos días, tan impactado
entonces por el personaje de Jerry Cornelius, y al mismo tiempo
deseaba lograr algo que no fuera sólo un pastiche. Así
pues, no me ha sido posible ser fiel a la letra en esta ocasión.
Estos dos textos recuperados son un catálogo
virtual de mis obsesiones al empezar mi trayecto universitario
y reflejan también lo que fueron mis hábitos de
lectura entre finales de los años setenta y el inicio de
los ochenta. Son historias que hoy no se me ocurriría escribir.
Carlos Romeo.
Septiembre de 2007.
Habría que dar las gracias a varias
personas.
En primer lugar al joven Carlos Romeo de los 70, inexperto e inmaduro,
pero con entusiasmo.
En segundo lugar a mi mujer, ya que ella no es aficionada a nuestro
género, pero es lo suficientemente generosa como para leer
mis "cosas" y decirme dónde falta o sobra una
tilde, una coma o un punto; o para decirme que "esto no hay
quién lo entienda" y hacerme sugerencias.Por último,
aunque suene paradójico, a los que decidieron que con que
se publicara el título de la narración que ganó
el "Áccesit al mejor Título" ya bastaba.
Así me dieron la oportunidad de hacer esta reelaboración.
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