| Los colores del otoño
pincelaban de pardo y amarillo los bosques que rodeaban
el lago Aanis. Amanecía sobre la residencia del
Rey, un enorme caserón situado en una estrecha
península granítica que se adentraba en
el agua. Nada rompía la quietud del alba salvo
el leve batir de las pequeñas olas sobre las
rocas. Poco a poco las aves empezaron a elevar el vuelo.
En el mástil de la residencia tremolaba la bandera
roja y negra de Karjala. Por lo tanto, el Rey habitaba
el caserón.
Éste llevaba bastante tiempo
despierto, observando el lago por la ventana y mirando
hacia el norte. No sabía por qué, pero
sufría un extraño malestar, sintiendo
una presencia que debía estar en esa dirección,
la septentrional.
–¿Podría haber
otro Mago? –pensó mientras se volvía
y observaba a su amante, dormida en el lecho–
¿Me amaría ella si supiera quién
soy en verdad? ¿Si supiera lo que soy? ¿Si
desvelara mi auténtico aspecto?
Él mismo sabía que era
un maestro en el sutil arte del disimulo, la mentira
y el engaño. Y necesitaba esa maestría
para poder, no solo gobernar, sino para poder presentarse
ante otras personas. No le bastaba con sembrar indiferencia
alrededor de sí para lograr de hecho ser invisible.
También precisaba el engaño para cualquier
clase de intimidad.
–¿Me amaría
si conociera mi verdadera edad?
Recordaba la gran cantidad de amantes
que habían compartido su lecho a lo largo de
su vida. Tan diferentes entre sí. A veces tan
jóvenes, incluso niñas a las que forzó
su doncellez. Recordaba todo aquello, una y otra vez.
Cada ocasión era distinta pero en esencia igual.
Humedad, semen, a veces la sangre, a veces dolor. La
búsqueda de no sabía muy bien qué.
La soledad al final, siempre la soledad.
–Ese es el precio de mi naturaleza.
He tenido muchos nombres, he ocupado muchos puestos,
muchos me dieron por muerto, yo era el rebelde que me
derrocaba… Nadie, realmente, me ha conocido.
Se volvió hacia la cama y observó
la espalda y las nalgas de la joven aún dormida.
–Nadie me ama. Tampoco tú,
que no pones ningún reparo a ninguno de mis caprichos
–adelantó una mano como si fuera a acariciar
la piel femenina– Tú no buscas mi amor…
pero tampoco tengo amor que ofrecerte, no al menos el
amor de los hombres –Llevó de nuevo
la mano al batín, buscando en un bolsillo–
También los dioses tienen necesidades humanas...
El Rey recordó los actos carnales
que protagonizaron ambos. Su propio placer, tan efímero.
La ilusión de ese “algo más”.
–...pero los hombres no conocen
las necesidades de un Dios.
En su mano derecha brilló una
daga muy fina, mientras que con la zurda acariciaba
los labios de la joven, despertándola.
–¿Que deseáis mi
Señor? –le preguntó con dulzura.
Luego lamió los dedos que le habían acariciado
introduciendo el pulgar en su boca. El Rey acercó
su rostro al de la joven y besó con deleite la
boca de su amante.
–¿Me amáis? –preguntó
sin esperanzas.
–Más que a nadie en el
mundo, mi Señor.
–Voy a hacerte un regalo.
–¡Sí! ¿Cuál?
–Voy a mostrarte mi verdadero
rostro.
Sintiendo una enorme liberación,
el Rey desenmascaró su rostro de todos los encantamientos
que lo sujetaban a su aspecto aparente y se mostró
tal cual era. La joven no pudo disimular su espanto
gritando y chillando como una posesa.
–Has yacido conmigo. ¿Aún
me amas? … No temas, mi amada.
El rey se acercó a la muchacha,
la atrajo hacia sí y le clavó la daga
repetidamente en su pecho.
–Con este acto yo te libero
del dolor del mundo. Créeme, más me duele
mi soledad que a ti tu muerte.
La joven murió en sus brazos.
El Rey depositó el cadáver sobre el lecho
y besó por última vez sus labios. –Adiós,
joven amiga–, musitó para sí
mientras limpiaba sus manos de sangre en un aguamanil.
Tras secarse se acercó al terminal de la red
local del palacio y tecleó una serie de órdenes
para el Chambelán. Meditando sobre su soledad,
con unas lágrimas fugaces en el rostro, el Rey
abandonó sus aposentos.
Agosto de 1995, revisado en diciembre
de 2006.
El argumento de mi novela La Vuelta
de Väinö cuajó durante 1993 y
la historia ya estaba completa, en mi mente, al año
siguiente. Finalmente empecé a redactarla en
agosto de 1995, pero la escritura quedó interrumpida
bruscamente en septiembre de aquel año al cesar
mi relación laboral en la empresa en la que yo
prestaba mis servicios. Este hecho afectó profundamente
mi vida durante bastantes años y tuvo como consecuencia
inmediata el abandono de toda actividad creativa al
enfocar mis esfuerzos en la preparación de oposiciones.
Este vacío literario en mi producción
duró casi diez años.
En aquel momento estaban escritos
dos esbozos de material para los dos primeros capítulos.
El primero era de carácter lírico y el
segundo es el que aquí se presenta. Fue éste
último el que me hizo darme cuenta de que si
podía escribir aquello podía escribir
lo que quisiera. Suena un poco presuntuoso, pero así
eran tanto mi entusiasmo como mi pensamiento de entonces.
En 2006, cuando ya había vuelto
a escribir, revisé este fragmento y se publicó
el 23 de diciembre de aquel año en el número
10 de Pélago, Revista Literaria (mbuchanscot@yahoo.com).
La publicación ha accedido amablemente a que
este fragmento encuentre un nuevo hogar aquí.
No he desechado el proyecto de escribir
La Vuelta de Väinö pero no sé si se
hará. En cualquier caso no inmediatamente. Tampoco
está claro si los fragmentos ya escritos se incorporarán
o no al nuevo texto. Y en el caso de que lo hicieran
tampoco sé de qué forma y si se mantendrán
como tal o no.
Carlos Romeo, 30 de diciembre de
2007.
publicado en enero de 2008
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