| I. COINCIDENCIAS
NO VANALES
Estaba a punto de aterrizar el helióptero
H2 Builder, el nuevo y más potente helicóptero
solar lanzado hasta el momento, que haría las
construcciones de grandes rascacielos más cómodas
y rápidas. Carlo había dejado de tomar
notas y tenía su capturador fotográfico
ajustado al milímetro para captar la escena.
Aquella terraza era gigantesca y lo suficientemente
alejada para albergar a todos los periodistas digitales
de noticias de segunda línea. A doscientos metros
de la terraza donde aterrizaba el helióptero,
este desplazaba una onda de aire impulsado pero suave,
que movía ligeramente los cabellos castaños
de Carlo. Pero la nota más importante en su bloc
electrónico era la de su mínima contaminación
acústica, un modelo excepcional el Builder.
La esquina de la terraza, detrás
de decenas de inquietos hombros periodísticos,
desvelaba que su posición para captar la escena
no era nada privilegiada. Capturó la primera
imagen del azulado aparato casi tocando el suelo de
la pista, que había sido preparada en la otra
terraza. El capturador fotográfico mostró
un porcentaje bajo de calidad de imagen debido a que
el helicóptero solar había salido algo
ladeado. Carlo lanzó una maldición inaudible
al cielo despejado que gobernaba aquel esplendoroso
sol.
Quizá fue por instinto, quizá
fue su sistema auditivo, o sencillamente casualidad,
aunque él no creía en las casualidades,
el caso es que su mirada no volvió directamente
al visor de ajuste. Desde la esquina de aquella terraza
de vértigo pudo observar lo que parecía
la figura de un hombre gordo caído en el suelo
boca abajo. Era un callejón trasero viejo y sucio,
seguramente habría tropezado, pensó Carlo.
La diminuta figura se levantó apresurándose
detrás de unas cajas. Aquel tipo parecía
nervioso o extraño y durante unos segundos Carlo
no pudo divisar qué hacía detrás
de las cajas, pero aquel hombre había acaparado
su atención por completo.
Con una leve presión sobre
el lóbulo de su oreja derecha, aumentó
la sensibilidad del sistema auditivo que llevaba implantado.
El silencio del helióptero se convirtió
en un ruido de fondo molesto, las pulsaciones de los
demás capturadores fotográficos eran agudas
y difíciles de soportar y, además, las
voces de los periodistas hablando entre ellos eran ensordecedoras,
pero consiguió escuchar un tintineo metálico
junto a la respiración cansada del hombre gordo.
Aquel personaje de gran envergadura y traje gris claro,
manchado por los charcos del callejón, se levantó
derrumbando algunas de las cajas y siguió corriendo
nerviosamente hacia el extremo contrario de donde había
venido.
De repente, una sombra se movió
desde la entrada del callejón hasta aquel hombre
a una velocidad vertiginosa, sobrehumana. Durante una
fracción de segundo, como si de un espectro se
tratase, apareció la figura humana al lado del
hombre gordo y al detener su velocidad provocó
tal onda expansiva en el aire, que el sonido grave recibido
por el sistema de Carlo se convirtió en un dolor
agudo. Cerró los ojos instintivamente volviendo
a ajustar a un nivel normal su oído, pero cuando
los abrió de nuevo la escena se había
convertido en un baño de sangre. Aquel gordo
estaba separado en dos, cortado en un ángulo
diagonal como si lo hubiera hecho un láser de
alta precisión. Yacía en un charco de
sangre enorme y no había rastros de aquel espectro.
Era una chica, era una… ¿niña?
-susurró Carlo para sus adentros, recordando
la figura humana y desviando la mirada al infinito.
Se oyeron sirenas de la guardia de seguridad nacional.
En breves instantes, agentes uniformados con mascarilla
de guerra nuclear y subfusiles de asalto se colocaron
estratégicamente en ambas entradas del callejón.
La mayoría de los periodistas allí presentes
se agolparon sobre la solitaria esquina de Carlo para
contemplar la escena, olvidándose del helióptero
que ya terminaba su corta exposición. Una inquietud
cortante recorrió el cuerpo de Carlo, todos gritaban
mirando hacia abajo, e incluso alguno vomitó.
No tardó en subir un agente
a la terraza, estaban desalojando los edificios que
rodeaban al callejón. Carlo, aún con la
mente en blanco, bajó las escaleras de forma
ordenada y calmada junto al resto de compañeros
de profesión. Abajo, varios agentes de cara descubierta
los retuvieron y los interrogaron. Nadie había
visto lo sucedido, ni siquiera Carlo. ¿Cómo
iba a contarle a la guardia de seguridad nacional, uno
de los cuerpos del estado más respetado, que
había visto lo que había visto? Se reirían
de su fantasma, o aún peor, le encerrarían.
De nuevo un temor interno le sacudió al pasar
por delante de los precintos que cerraban el paso a
la zona, pero entonces vio las cajas a unos pocos metros.
Su instinto periodístico le animó a pensar
en volver a allí. Regresó a la oficina
directamente, sin su habitual café expreso doble
de las mañanas.
***
El doctor Howard observó minuciosamente
el examen radiográfico, el escáner colorimétrico,
la caja verde y todas y cada una de las pruebas obtenidas
de la cámara médica. Negaba ligeramente
con la cabeza y eso inquietaba a la joven madre, pero
Howard sabía que no podía dar una explicación
concluyente, ni siquiera para sí mismo. Las marcas
que el pequeño Adam tenía en su piel,
como puntos parecidos a ínfimas picaduras de
algún diminuto insecto, no tenían explicación.
En el último año las marcas se habían
expandido por su torso, brazos y muslos, aumentando
en número y extensión. El doctor le proporcionó
algunos pases farmacéuticos para obtener las
mejores medicinas antibióticas, de este modo
habría mayor probabilidad de conseguir algún
resultado positivo. Prometió llevar el caso y
los resultados obtenidos a una corporación de
investigación biomédica de la que era
miembro.
Adam tenía doce años
y sufría un caso atípico de autismo irregular.
Él y su madre volvían andando a su casa,
que se encontraba a pocas calles de allí, cuando
llegaron al mayor cruce de calles de la zona. Había
gente observando la pantalla gigante de la DEB Corp.,
donde la famosa presentadora Lynn Hollow de AdTV informaba
de varios sucesos en un avance de noticias. Adam no
prestaba atención, nunca prestaba atención
a las imágenes de pantallas digitales, y su madre
apenas se percató. La voz peculiar de Lynn finalizaba
la noticia de un gran hallazgo en el proyecto Terranova
del gobierno. Adam y su madre esperaron el marco de
seguridad vial para cruzar. Duwall, un peligroso personaje
de pelo rojo, acusado de múltiples delitos contra
menores llevaba casi dos semanas fugado de la prisión
y en paradero desconocido. La sonrisa de Lynn finalizaba
el avance cuando el patín electromagnético
de un joven salpicó de agua el vidrio del marco
vial.
Nada más llegar a casa Adam
fue directo a su habitación para activar el juego
de ajedrez en red. Nunca nadie se conectaba para jugar
con él y siempre se activaba automáticamente
la inteligencia artificial para que pudiera jugar. En
realidad no se le daba bien ese juego pero a Adam no
le importaba, nunca le importaba perder, quizá
no era ni siquiera consciente de ello, él solo
quería jugar. Su madre se dio un baño
y luego se dispuso a cocinar para la hora de la comida
y mientras esta se calentaba recogió el salón
y preparó el arnés de la silla. Darle
de comer a Adam no resultaba una tarea fácil,
sufría una especie de fobia a ingerir alimentos.
Cuando todo estuvo listo Adam gritó
y pataleó porque comprendía que era hora
de comer, pero su madre lo ató igualmente a la
silla. A pesar de ser una madre joven, era una madre
cansada y cada día daba gracias a Dios por tener
fuerzas para sujetar a Adam cuando pataleaba. Adam se
calmó mientras la comida se enfriaba. En el canal
seis hablaban del gran hallazgo. Un pesquero autorizado
había encontrado una esfera plateada y ligera,
llena de símbolos extraños y del tamaño
de una persona. Estaba recubierta por plancton y otros
vegetales marinos adheridos. El material, el interior
y la antigüedad eran datos que se estaban investigando,
aunque se suponía muy antigua y de material desconocido.
El hecho de que hubiera surgido a la superficie se atribuía
a posibles errores del proyecto Terranova en el control
de las corrientes marítimas del océano
Atlántico.
Adam estaba nervioso y su madre no
veía el momento de darle la primera cucharada
cuando, por primera vez en su vida, Adam dirigió
sus ojos atendiendo al televisor digital. La joven madre
tremendamente sorprendida analizaba inútilmente
su comportamiento. Cuando el canal seis mostró
imágenes de la esfera plateada y sucia remolcada
por el pesquero, Adam gritó de forma aguda y
repetida moviéndose endiabladamente y sin dejar
de mirar las imágenes. La silla se volteó
y la fuerza rabiosa de Adam rompió el arnés
a los ojos atónitos de su madre. El chaval se
arrodilló delante del televisor digital levantando
las manos, como intentando tocar las imágenes.
Su madre sintió una extraña angustia y
susurró débilmente el nombre de su hijo.
Adam volvió la cabeza hacia su madre sin apartar
las manos de allí y el blanco de sus ojos había
desparecido. Sus ojos eran como dos óvalos inyectados
en tinta negra y de su boca surgió una voz de
ultratumba que sonaba y resonaba con algo casi impronunciable...
“epxzael”. Un terror, como un cuchillo en
lo más profundo, atravesó a la madre de
Adam, que se desmayó.
***
El conserje del turno de noche emergió
lentamente de un profundo sueño, arrastrado por
las ondas sonoras que anunciaban problemas. Cuando fue
consciente de que estaba despierto y se percató
de que aquello era la alarma del centro, el mismo sobresalto
le hizo caer de la silla junto con el libro que había
estado leyendo. Se levantó patosamente mientras
flexionaba y frotaba los ojos para recuperar una consciencia
total. El sensor de movimiento aumentó la luz
de la sala paulatinamente, el reloj atómico que
había sobre la puerta marcaba casi las cuatro
y media de la madrugada. A esas horas nunca había
nadie allí.
Se levantó tan deprisa como
le permitió su reciente letargo y buscando nerviosamente
en el bolsillo de su bata blanca no encontraba su tarjeta
identificativa. Dos chillidos breves atravesaron el
corredor hasta la puerta que tenía enfrente.
Probablemente de alguno de los animales, en ese centro
de investigación había muchos en el ala
norte. El conserje se percató de que llevaba
la tarjeta colgando del cuello pero por la espalda.
Rápidamente la pasó por el receptor de
la puerta que se abrió con el característico
sonido descompresor que él tanto odiaba. Se dirigió
hacia el ala norte sin dudar que todo provenía
de allí, pero no sin temor, andó atenta
y cuidadosamente. De nuevo dos chillidos breves volvieron
a romper el sepulcral silencio, únicamente interrumpido
por la alarma intermitente y la melodía inquietante
de su respiración. Esta vez los chillidos, aunque
provenían de la misma zona, se escucharon lejanos.
El ala norte era la zona más
cercana a la sala de conserjería, por lo que
no tardó en llegar. La luz ámbar provenía
del laboratorio al final del pasillo C1. Su corazón
se aceleró, pero se detuvo delante de la caja
de seguridad, descubrió la tapa de esta y pasó
torpemente su tarjeta. Después de teclear el
código de seguridad dos veces, la alarma cesó.
El único sonido que gobernaba ahora era el de
los latidos contundentes de su corazón. Respiró
ahogando todo temor y esperando que en el centro de
vigilancia hubieran recibido la señal de alarma.
Aunque no tardarían en llegar decidió
dirigirse hasta la puerta del laboratorio. A pesar de
que la visión era un tanto oscura, el cristal
superior de la puerta no revelaba ningún incidente
en el interior. Todo parecía estar en su sitio
normal y los animales, aunque inquietos, estaban en
sus jaulas. Pasó la tarjeta por el receptor de
la puerta y esta se abrió.
La luz del laboratorio parpadeó
levemente y el conserje echó un vistazo rápido.
Lo primero que vio fue la ventana abierta con el alambre
protector cortado. Comprendió que algo había
ocurrido realmente pero no veía nada más
que resultara extraño. Siguió paseando
entre las jaulas de animales y allí estaba, una
de ellas completamente abierta y vacía. La reconoció
al instante, era la que pertenecía a uno de los
animales más famosos del centro, el único
animal del mundo capaz de pasar el test de Wynn. Mientras
esperaba que llegara alguien del centro de vigilancia,
el conserje seleccionó rápidamente un
número en su celular.
-Siento llamarle a estas horas doctor
Clark pero pensé que le interesaría saber
que ha habido un incidente aquí en el centro…
sí… no lo sé… eso es lo que
parece… no se cómo ha podido ocurrir, pero
ha desaparecido Evelyn 12, su famosa chimpancé…
[capítulo
2]
publicado en febrero de 2008
|