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Eón Hadeico (cap 02) Más sobre Darko Wiggin

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II. ENCUENTROS INESPERADOS

El general Brahuer nunca se reía y esta no era la mejor ocasión para esperar que lo hiciera. El mayor Willson se presentó en su despacho.

-General Brahuer -anunció el mayor cuadrándose al entrar.

-Mayor Willson -daba su permiso el general sin dejar de mirar papeles.

-¿Hay novedades con la esfera? -se adelantó el general.

-No, señor, nos han informado que siguen sin poder abrirla -contestó Willson.

-Está bien ¿y a qué ha venido? -preguntó el general de forma reticente.

-Número dos no ha vuelto, sigue desaparecida y tampoco hay rastro del maletín -titubeó Willson.

-Tenemos la tecnología suficiente para encontrarla, tráiganla, y no creo que haya venido solo por eso -el general seguía hablándole a los papeles que observaba en su mesa.

-Es que no llevan el controlador y no encontramos a nadie -la voz de Willson sonó quebrada y lenta.

-¿Qué coño significa A NADIE? -levantó su vista hacia el mayor.

-Número uno y número tres -tragó saliva- han desaparecido de la base -el mayor ya sabía lo que le esperaba.

-Pues utilicen los satélites o lo que sea necesario, además tenemos observadas a las gemelas, no sería la primera vez que se escapan para visitarlas -al general se le hinchaba la vena de la frente.

-Tampoco sabemos qué ha pasado con ellas -tembló en su interior.

-¿Pero qué coño me está diciendo? Creo que usted ya sabe que hay muy pocos proyectos con una prioridad superior al Proyecto Doce Discípulos -se levantó- ¡Por Dios! ¿Esto qué es? ¿Una guardería? -golpeó la mesa-. ¡Le juro que si salimos de esta haré que degraden a alguien y si no quiere ser usted será mejor que se largue ya de aquí y vuelva con algo!

-Sí, señor -Willson dio media vuelta y se apresuró a salir.

-Qué Dios nos pille confesados -susurró para sí el general Brahuer.

 

***

 

Carlo entró en el despacho del jefe de redacción y conectó su capturador fotográfico a la pantalla del escritorio metálico.

-¿Eso es todo? -replicó el jefe-. Después de toda la mañana me traes solo dos imágenes y encima mal capturadas -hizo una pausa mientras Carlo gesticulaba burlonamente-. No sé qué te pasa últimamente, pero eras el mejor que teníamos aquí y ahora hasta el novato lo hace mejor que tú -esta vez se enfureció-. ¡Sal de aquí y vuelve con unas buenas fotos para mañana, aunque tengas que robarlas!

Carlo no tenía ninguna intención de robar nada, la solución iba a ser casi la misma. Se dirigió a su casa y pasó la tarde conectado a Internet V en los black chats, hablando con gente interesante, hasta que alguien le recordó el incidente que había vivido por la mañana. Cogió su fiel compañera minimochila de trabajo, en la que nunca llevaba casi nada, y se dirigió al lugar. Ya habían levantado el precinto y no quedaba rastro de nadie vigilando. -Sospechoso -pensó Carlo. Ya no había cajas en el callejón, observó la rejilla que había a la altura del suelo y se quedó pensativo.

Rodeó el edificio hasta llegar al portal y después de marear a algunos vecinos por el videoteléfono, consiguió dar con el dueño de aquel sótano, que bajó de su casa para abrirle. El dueño era un señor mayor de aspecto asiático pero hablaba como si hubiera vivido allí toda la vida. Carlo no sabía lo que buscaba, pero sí sabía que oyó un tintineo metálico, así que mintió al viejo contándole que desde la calle le había parecido sentir caer una plaquita de metal, pero no estaba seguro. El viejo le permitió ayudarle a buscar y entonces Carlo encontró una llave metálica que ocultó a ojos del viejo. Finalmente no encontraron nada más, y Carlo se disculpó y se fue. Ya en la calle jugó con la llave entre sus dedos -En pleno siglo XXIV hay pocos sitios donde aún se utilicen llaves metálicas del sistema antiguo -pensó Carlo.

La llave tenía un número grabado y eso era aún más identificativo si cabía. Se dirigió a las taquillas de la estación de taxis que había cerca de allí. Un sitio considerado patrimonio por su memoria histórica de dos siglos atrás. En la taquilla nueve la llave encajó perfectamente y una sonrisa invadió su rostro. Miró a todos lados y sacó con discreción un maletín. Se alejó hasta un pequeño parque trasero a un edificio, para poder echar un primer vistazo rápido. El maletín contenía lo que parecían un montón de documentos clasificados de alto secreto. Carlo hojeaba fugazmente los papeles asombrado por el hallazgo: Proyecto Doce Discípulos, niñas extraterrestres, esquemas del universo, un dios primigenio, el Proyecto Terranova, dibujos de la esfera que hacía poco había salido en las noticias… ni siquiera los que lo habían escrito y analizado parecían tener muy claro qué era.

Entre el montón de papeles había una caja metálica del tamaño de un puño que no sabía cómo abrir. Una presencia le inquietó y al levantar la cabeza encontró frente a él a una niña vestida de negro, diciéndole que no gesticulando con la cabeza. El corazón se le aceleró cuando recordó dónde había visto a esa niña: era la de aquella mañana en el callejón.

 

***

 

Las gemelas se escondían en un bosque de las afueras de la ciudad, cuidando a la chimpancé mejor que a ellas mismas desde que habían escapado. Finalmente llegó una tercera niña, ésta les indicó algo afirmándolo con la cabeza, mientras las cogía de las manos y se las llevaba.

-Es tu momento Evelyn -dijo una de las gemelas a la chimpancé- corre a tu destino, al destino de todos -dijo su hermana idéntica. Ellas siguieron su camino y la chimpancé comprendió cuál era el suyo.

 

***

 

La madre de Adam despertó como si nada hubiera sucedido, ya nada le sorprendía demasiado-. ¿Cuántas horas han pasado? -pensó. Era tarde y aún no había hecho la compra de la semana. Algo le empujó a no dejarla para el día siguiente y vistió a Adam y le subió al carrito. Adam, a pesar de su edad, necesitaba ir en ese carrito para que su madre no tuviera que estar pendiente al cien por cien de él.

Bajaron de casa hacia el gran supermercado que había en la esquina de la calle paralela. Adam, iba más tranquilo que de costumbre en la silla del carrito, pero la compra no estaba resultando agradable.

Solo se había despistado un momento, o quizá dos, y no podía creerlo; Adam ya no estaba ahí sentado. Su madre, preocupada, buscó desesperadamente, pero no halló el más mínimo rastro de su hijo en el supermercado...

 

***

 

Habían dormido a Adam en los baños del gran supermercado con alguna sustancia apropiada para ello... Entre tanto, un hombre joven le había cortado el cabello desastrosamente e implantado unos retractores faciales que le estiraron la piel. Ahora parecía otro niño. Se lo llevó de allí sin que nadie sospechara lo más mínimo. Finalmente, llegaron a su destino; la tercera planta de un edificio mugriento de los suburbios.

 

***

 

La puerta estaba abierta y el hombre moreno entró con el niño en brazos. -¡Duwall! -gritó mientras dejaba al chico sobre la cama deshecha. Por la puerta que daba a la otra habitación apareció el hombre de pelo rojo, con la camisa desabrochada, un cuchillo de caza en su mano, y mascando algo que nunca se interpretaría como un chicle.

-Dijiste un niño y aquí lo tienes. He saldado mi deuda. Yo me largo -hablaba muy rápido y nervioso.

-No tan deprisa… amigo -Duwall remarcó la palabra amigo e hizo una pausa-. Me lo has traído dormido, ¿o muerto?... despiértalo -Se apoyó en una mesa mientras el hombre moreno le rociaba una sustancia al chico que lo volvió en sí. Adam, se movió inquieto y empezó a dar pequeños intentos de alaridos.

-Este niño no está bien -Duwall puso mala cara mientras el otro hombre lo sujetaba-. ¿Me has traído a un niño deficiente? -preguntó con cara de pocos amigos.

El hombre moreno no contestó porque la respuesta era obvia. Adam gritaba ahora un poco más fuerte y Duwall colocó su cuchillo sobre el pecho del chico.

-¡Cállate mocoso! -dijo con voz agresiva.

Adam gritó todavía más alto y Duwall le apretó del cuello mientras el hombre moreno seguía sosteniéndole fuerte. Los ojos de Adam se volvieron cuencas de un color negro vacío, absorbiendo cualquier atisbo de superioridad que pudiera haber habido sobre él.

Duwall y su compañero, se sintieron débiles durante un microinstante, el mismo durante el cual de la garganta de Adam salió un chillido ahogado que produjo un ambiente de terrible pavor en la lóbrega estancia. Aquellos dos hombres se apartaron con temor, sus ojos se inyectaron en sangre y sus cuerpos se hincharon hasta que, literalmente, explotaron.

 

***

 

La habitación era una cueva de atroces paredes sangrientas. La puerta de la habitación se abrió y la cabeza de Adam se volvió hacia allí instintivamente: vio un mono que hacía el gesto de tenderle la mano al mismo tiempo que sus ojos volvían a la normalidad.

… El chico y la chimpancé huyeron de allí. Una vecina, al husmear en la habitación, salió despavorida y chillando como una loca.

 

(continuará)



publicado en marzo de 2008

 
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