| -Desde que prohibieron
por ley la mayoría de las mascotas naturales
y los cientos de papeles que hay que tener, con revisiones
antivíricas, para conseguir una, creo que prefiero
algo un poco más artificial y fácil de
obtener —ella sola se enredaba en sus pensamientos
en las horas muertas-. No sé… lo veo ahí
de pie y no sé por qué adoro tanto a ese
metal, aunque bueno, en realidad no es de metal, pero
me gusta pensar que es mi pequeño trocito de
metal. Su material sintético es tan real, con
tanto lujo de detalles físicos… ¡y
qué detalles! Hasta los sexuales… aunque
bueno, todo fue diseñado a medida por petición
mía -siempre se sentía orgullosa de sus
decisiones—. Y bueno, no sé si unirme a
los más atrevidos de este siglo que empiezan
a llamarlo amor. La verdad es que no es tan frío
como parece aquello que se dice que carece de sentimientos
como él. Se supone que ha de ser recíproco
el amor… ¡pero antes la gente también
amaba sin ser recíproco! Es como las mascotas
biológicas y naturales, las de verdad, las que
nunca pude tener, aunque, bueno, las mascotas no eran
productivas en otro sentido que no fuera el sentimental
y el de guía o compañía -hizo una
pausa mental observándole sin ningún pensamiento
concreto-. No sé si es amor, pero adoro tanto
tenerle, que sea mío, que esté ahí,
que me obedezca… que desearía que me obedeciera
si le ordenara que tuviera sentimientos… -los
ojos de Ana centellearon un momento y respiró
hasta oler lo más profundo de su ser.
***
-Admiración, respeto, fascinación…
creo que fascinación sería la palabra
correcta si aplicamos diferencias, aunque tiene todas
las cualidades de forma perfecta. Supongo que a esto
lo llaman suerte pero no termino de asimilar bien por
qué. En ocasiones aparece en sus ojos un diminuto
brillo, como ahora, que recibo como una señal
emotiva que no sé interpretar, pero me gusta
que ocurra. Hoy su pelo está perfecto y se lo
está tocando, calculo seguridad en ella, pero
algún parámetro falla, porque siempre
que la envuelve la seguridad me ordena algo, y en la
mayoría de los casos se toca el pelo como ahora.
No lo hace. No me ordena nada. Estoy dispuesto para
obedecerla. ¿Por qué no lo hace? Quizá
es una emoción que no estoy preparado para comprender.
No paro de revisar toda la historia del comportamiento
de la humanidad y es realmente absurda o de un grado
de complejidad muy alto para mí. No puedo reducir
esos signos a algo porque no se cumple lo que espero.
Quiero aprender más, la humanidad tiene que enseñarme
más detalles del comportamiento, y yo espero
que lo haga ella. Sí… fascinación
es la palabra más correcta. Cada vez que deja
en standby mis procesos primarios para alguna operación
de recarga magnética, mis cálculos se
disparan a probabilidades muy altas de no volver a conectarme
o de ver a una Ana diferente o de percibir la visión
de un lugar diferente, de tener que reprocesar todo
de nuevo. No debería almacenar esos cálculos,
interfieren en mi velocidad de reacción. ¿Pero
por qué lo hago? Guardo demasiadas variables
percibidas de Ana. Cuando está sentada de esa
forma en el sillón, con las piernas encima, dobladas
y observándome sin pedirme nada, mi fascinación
aumenta hasta límites racionales que no suelo
explorar. Y ella no me pide nada. No podría decirle
que no nunca, estoy programado para obedecer y lo sabe.
¿Por qué no me pide nada? Pídeme
que te lea algo. Siempre te duermes y puedo observarte
sin esperar que me pidas nada. ¿Es eso algo bueno?
Creo que sí, pero no sé por qué
-habían pasado treinta minutos desde la última
tarea y todos lo modelos domésticos Synaptic
9 de androides biomecánicos ahorraban energía
pasado ese tiempo de inactividad.
publicado en mayo de 2008
|