| En las orillas del lago
del Edén, el viento soplaba muy fuerte en el
atardecer de otoño. Se deslizaba entre los brazos
desnudos de las armaduras metálicas de las criaturas,
todavía sin cubrir. Pasaba silbando entre los
hierros, lamiendo con esmero los esqueletos de las cerchas
y de las correas. Bajaba hasta las zanjas de los cimientos,
rebotaba en las zapatas de hormigón y ascendía
de nuevo, llevando consigo espirares de polvo y de arena,
pequeñas nubes marrones que se iban depositando
a lo largo de la línea del ocaso, acompañando
a las sombras que se alargaban en medio del vacío.
Las canciones del viento eran suaves, dulces, sencillas,
apenas un pequeño montón de notas sibilantes,
una armónica lejana y metálica. Las criaturas
se elevaban a un lado de la carretera y de la senda
de los dragones. Al otro lado de la senda de los dragones,
estaba el laberinto. Era alargado, articulado a lo largo
de una larga y estrecha calle mayor. Las criaturas más
viejas se habían ido colocando a lo largo de
la calle mayor, largo tiempo atrás. Desde el
centro, el laberinto había ido creciendo a lo
largo, delimitado al este por la senda de los dragones,
al este por el río. Eso fue cuando el laberinto
era un niño y cuando los veleros lo atravesaban
a lo largo de la calle mayor. Después, cuando
el laberinto había crecido, ya no quiso seguir
jugando con los veleros. Buscó la tranquilidad
de la madurez, y construyó la carretera paralela
al sendero de los dragones por el este, para que los
veleros pudieran rodearlo. Las criaturas del centro
se iban quedando viejas, y poco a poco algunas cayeron
por el paso del tiempo y fueron sustituidas por otras
nuevas. También hubo otras criaturas a las que
se les dio un lavado de cara para que pudieran resistir
el paso de los años. Otras, las más jóvenes,
decidieron establecerse en el sur, cerca de lo que había
sido el límite del laberinto en su comienzo.
Sin atreverse a cruzar el río, las criaturas
se fueron estableciendo hacia el sur, luego hacia el
norte, de manera que el laberinto iba creciendo a lo
largo, extendiéndose como una mancha de aceite
dentro de un canal alargado. Poco después, algunas
criaturas habían empezado a establecerse al otro
lado de la senda de los dragones. Los dragones, rojos
y blancos o verdes y negros, pasaban cada tarde y cada
mañana y cada noche por la senda. Sus ojos dorados
lanzaban miradas desconfiadas a las criaturas, pero
aunque mantenían su recelo, no las atacaban ni
se dirigían a ellas directamente: sólo
las gruñían con su silbido agudo y estridente.
Así, muchas criaturas nuevas habían ido
creciendo a lo largo de la senda al otro lado de ella.
Para comunicarse con sus hermanas del otro lado, hundieron
sus cabezas bajo la senda y salieron por el otro lado;
o pasaron sus manos y sus piernas por encima y se posaron
al otro lado. El laberinto pudo así continuar
creciendo y extendiéndose. Sus ojos se multiplicaron.
Sus bocas se multiplicaron. Se multiplicaron sus genitales,
y sus apetitos. El laberinto englobó al río
y a los dragones, y pronto fue más peligroso
que los dragones y más peligroso que el río.
Fue entonces, en una décima de segundo, cuando
las brujas decidieron reunirse en el lago.
Había llovido la noche anterior.
Todo estaba húmedo. En la tierra rojiza y arcillosa
de los descampados junto a los esqueletos de las criaturas
nacientes junto al sendero de los dragones, las brujas
escogieron un pequeño charco entre tres piedras
negras y una piedra blanca. Los matorrales ralos se
mecían al viento frío de la tarde, los
cardos estaban muriendo y la otoñada tocaba a
su fin. En el lecho del charco apenas quedaban las últimas
larvas del tiempo, moviendo sus colas en los últimos
estertores antes de que el frío del invierno
las matase. En medio del agua, sobresalían tres
o cuatro pequeños tallitos verdes de hierba.
Y en estos tallos se reunieron las brujas.
Por un instante todo el mundo quedó
en silencio. Sólo el silbido del viento siguió
escuchándose en la distancia. Fue a la hora nona,
justo en el mismo instante en que Jesucristo moría
y moriría y hubiera muerto y había y habría
muerto en la cruz. En el último rayo verde del
atardecer, el que trae los suspiros de los moribundos,
y las visiones de los enloquecidos, las brujas llegaron
a posarse en el oasis. Traían las llaves del
Tiempo, y el Tiempo se paralizó para recibir
su aquelarre. Ya no había dragones. No había
caminos. El río era un concepto vacío
y las criaturas dormían en silencio. El laberinto
cerraba los ojos y se preguntaba si era real. Si algo
de lo que había sido o era o podría o
pudiera o hubiera de ser, era. Algo, salvo las brujas.
Las brujas llenaban el universo entero. Llenaban el
mundo. Eran el mundo.
Eternamente mudas, eternamente escondidas
en los rincones, eternamente la misma y mil diferentes
a la vez. Estaban allí, en las orillas del Éufrates,
una vez más, como habían estado y estarían
tantas veces.
-Van a venir.
-Sí.
-Van a venir.
-Van a venir los Hombres.
-Sí. Van a venir los Hombres.
Las brujas sabían que iban a
venir los Hombres. Si los Hombres venían, el
mundo acabaría. Nacería un mundo nuevo:
un mundo poblado por Hombres. Un mundo distinto al mundo
en el que vivían las brujas. Los vientos serían
sustituidos por las llamaradas de los calefactores.
Las lechuzas no volverían a volar, y en su lugar
aparecerían los gorriones o las urracas. Los
gatos callejeros se marcharían, y los insectos
y las arañas se irían también y
cederían su lugar a las cucarachas. La melancolía
del ocaso se llenaría de ruidos de televisores
y de luces de neón. La dulzura del amanecer quedaría
aplastada bajo el despertar de miles de motores. El
aire dejaría de susurrar canciones para llenarse
con humo y con olor a animales. Las sombras ya no podrían
acariciarse, porque serían combatidas por los
Hombres, lo mismo que el silencio. Los recuerdos y las
almas en pena ya no podrían vagar libres ni cantar
al cielo estrellado su dolor, ni perseguir ni devorar
los recuerdos que los Hombres lanzaban a través
del vacío para atraparlas o para implorar su
misericordia. Los dragones perderían su alma.
Las criaturas se volverían mudas. Al laberinto
se le pintarían en sus muros los carteles que
señalasen su entrada y su salida. Sí,
iban a venir. Iban a venir los Hombres. Y las brujas
más jóvenes tenían miedo.
Así que Mirkad, la Bruja sonriente
de melena de León, decidió acudir al Éufrates
para divertirse un rato y tranquilizar a las pequeñuelas.
Fue la primera en llegar. Llegó y se sentó
bajo una vieja semilla seca de amapola. Acunando a su
pequeño, le canturreaba las viejas canciones
de los Espíritus del Oeste, y le recitaba las
letanías con los nombres de las estrellas y de
las Diez Mil Constelaciones del pasado. Poco a poco
ellas fueron acercándose. Llegaron por familias.
Las primeras que aparecieron eran Suleil y Shazard.
Shazard había heredado de Suleil el verdor de
los ojos y la blancura de la piel, pero era mucho más
joven y mucho más oscura. Las dos eran melancólicas,
pero Suleil unía a la melancolía la dulzura
y en cambio Shazard era un cristal de cortes mucho más
afilados. Shalla, la hermana de Suleil, llegó
más tarde. Shalla era tan dulce como su hermana
pero no había en ella atisbo de tristeza. Con
todo no eran demasiado poderosas, salvo Shazard. Mirkad
no podía percibir con exactitud hasta qué
punto llegaría Shazar, pero siempre había
esperado bastante de ella e incluso había pensado
en que podía ser digna de sucederla algún
día al frente del Consejo. Pero al verla ahora,
una vez más sus esperanzas de dejar algún
día la Jefatura del Consejo eran cada vez más
escasas. Es un enigma, se dijo. Sigue siéndolo
ahora igual que hace mil años, mi pequeño.
Después llegó Eranther.
Eranther era la segunda más joven. Sólo
dos veces había visto Eranther despertarse los
Dioses de su eterno sueño para exhalar un mundo.
Ellos dormían, desde el Principio, Aquel que
ni siquiera Mirkad hubiera sido capaz de determinar
con exactitud. Ellos dormían, y de vez en cuando
sus pesadillas se hacían tan intensas que necesitaban
expresarlas en voz alta. Todos los universos posibles
dormían el sueño de los dioses y vivían
en sus pesadillas. Todos los matices de cada color,
todos los caminos de cada encrucijada, todas las sedas
de cada tela de araña, todos los lazos de cada
nudo, todos los destellos de cada cristal, dormían
en el mismo lecho el sueño de los Dioses. Y solamente
muy de tarde en tarde, cuando un sueño era más
intenso que los otros, los Dioses abrían los
ojos, despertaban por un instante, y miraban la materia
inerte. La oscuridad se tornaba luz, y una de las miles
de soluciones posibles al trillón de ecuaciones
quedaba plasmada en un fogonazo, y un universo de los
millones de universos posibles aparecía y duraba
un instante apenas un poco más largo que los
otros, apenas la sucesión de unos pocos billones
de mundos, de unos pocos Tiempos, no más duraderos
que los demás, hasta que los ojos de los Dioses
volvían a cerrarse de nuevo.
Eranther era pequeña y callada.
Sus largos cabellos dorados caían sobre sus hombros
estrechos como una mata lacia y cansada. Sus ojos eran
tan negros como la noche. Eran muy profundos. Contenían
muchos mundos posibles, la oscuridad y la soledad eternas
de muchos universos, y Mirkad nunca la había
visto sonreír. De alguna manera llegaba a temerla.
Ninguna sabía muy bien cómo dirigirse
a ella, y ella nunca había dirigido la palabra
a ninguna otra de las Hermanas. El Consejo la tenía
como un ser poderoso, joven pero determinado, y de una
violencia contenida y sabía que atesoraba la
rabia del mismísimo Príncipe del Mundo.
Algunos decían que de todas las brujas del Consejo,
únicamente Eranther sería digna de ser
amada por cualquiera de los Ángeles Negros.
Estaban allí. Suleil suavizaba
con su mirada un cielo azul de primavera. Shazard estaba
en el centro de un palacio mozárabe, los capiteles
sirviendo de marco a su mirada perdida. Eranther se
apoyaba en una gran columna tallada en un diamante blanco,
eternamente frío y duro, coronada por un capitel
corintio. Al otro rincón del lago estaban las
restantes, las más veteranas del Consejo: Dejhtharj
contemplaba divertida a Eranther. Era la única
que no la temía, desde el fondo oscuro de sus
ojos, apenas entrevistos bajo su flequillo de carbón.
Sentada en la barra de un bar, tenía frente a
ella una botella de ginebra. El bar había estado
alguna vez en una de las puertas que no se habían
abierto para alguna pareja de amantes. Verial cubría
su pecho desnudo con su cabello de fuego dentro de un
cristal de roca tallado con la forma de un largo cilindro
en el fondo del lago. Kashanna, la gitana, y Luella
y Dartan, las pequeñas pícaras de Zul,
eran las únicas a las que las gustaba aparecer
con el viejo traje, cabalgando sobre una escoba y con
un gato negro a su lado. Mirkad sentía por ellas
un sincero afecto. Luella era como una hija para Mirkad,
y sabía que nunca la traicionaría. Dartan
era tan joven como Luella pero sí que era capaz
de traicionarla, aunque solamente fuera para divertirse.
La última en llegar fue la Reina.
Arislad solo dejaba ver su rostro.
Sus ojos eran serenos. Su cabello era tan lacio como
el de Eranther, aunque de un tono marrón, mucho
más suave y reconfortante. Su piel era más
oscura y sus ojos más claros. Los ojos de Arislad
podían contener el mundo, varios mundos. Algunos
decían que era la madre de Eranther, y podía
haberlo sido, porque Arislad era en realidad la hija
de un Dios. Decían algunos que era la más
vieja de todas las brujas del Consejo, más vieja
que Mirkad, más vieja que la mítica Nurrath,
la Bruja del Cabello de Fuego, que vivía en otro
de los sueños diferentes de otros dioses distintos.
Más vieja que la Muerte.
-Tenemos miedo, Madre. Miedo de que
al llegar los Hombres los fantasmas no tengan dónde
aparecerse, ni dónde guarecerse del calor los
espíritus. Miedo de que los monstruos no puedan
gritar su dolor al atardecer, ni los unicornios puedan
encontrar doncellas que sacien su sed. Miedo de que
el silencio muera, de que los campos ya nunca brillen
al atardecer, de que el viento ya no pueda contener
canciones, de que las estrellas no vuelvan a clavar
sus ojos en el dolor de los solitarios. Miedo de que
hechizos se vayan, y de que los torreones se queden
vacíos.
-OH, vamos...
Mirkad dejó su pequeño
en brazos de Luella y dirigió los ojos hacia
los ojos de Arislad.
-Tenéis miedo porque vuestra
experiencia es limitada. Tenéis miedo porque
creéis que los Hombres son tan poderosos como
quieren demostrar. Pero si los Hombres fueran tan poderosos,
nosotras ya no estaríamos aquí. Hasta
veinte veces he visto despertarse de su sueño
a los Dioses, y en más de seis veces sus pesadillas
contuvieron a los Hombres o a otras criaturas que se
les asemejaban. Vi despertarse a los Dioses para que
existieran los ojos de una mujer hermosa. Les vi despertarse
para ahogar su dolor, y el sudor frío de sus
pesadillas en palabras. Los sueños de los Dioses
crearon poemas una y otra vez, sagas interminables.
El silencio nunca pudo acallar los sueños de
los Dioses. El silencio duerme, igual que duermen todas
las cosas, allí donde el azul es y puede ser
verde, o rojo o amarillo o azul a un tiempo. Allí
donde las criaturas viven y al mismo tiempo están
muertas. Pero siempre que los Dioses despierten el color
será o rojo o azul, las criaturas seguirán
vivas o habrán muerto, pero las palabras existirán.
Porque las palabras contienen las soluciones a las dudas
que suscita en los Dioses el sueño. Y allí
donde un mundo cobre vida, con o sin Hombres, estaremos
las brujas.
-Mirkad tiene razón. Vosotras
habéis vivido en un mundo solitario. Allí
donde mejor crece y se desarrolla la melancolía.
Pero los Hombres son un paisaje diferente. Ni mejor
ni peor. No, no moriremos. Nos adaptaremos, sencillamente.
Como hemos hecho durante años las Hijas de la
Sociedad.
Arislad contempló los sueños
de los Dioses, hechos carne y sangre después
de su último despertar, y vio lo que yacía
en el alma de los Hombres, y los refugios que ofrecían.
Verial se refugiaría en los errores de las máquinas,
entre las rocas y las criaturas muertas de las que gustaban
de rodearse los Hombres; estaría en sus ventanas,
contemplándolos; en el fondo de los vasos con
los que ahogaban su soledad, en los cristales de los
ordenadores con los que creaban realidades falsas en
las que olvidarse de sí mismos. Suleil tendría
su hogar en la tristeza de los amores no correspondidos,
en los lechos a los que iban a parar las lágrimas
de los amantes desesperanzados, y las que se vierten
frente a las tumbas de los niños; y Shalla, por
el contrario, encantaría con sus hechizos a los
amores que comienzan. Shazard se escondería en
las mentes alucinadas de los Mesías y de los
revolucionarios, en los delirios de los descarriados
y de los pastores, contemplaría desde lo profundo
los bombardeos y las cargas de caballería. Dejhtharj
reiría eternamente contemplando la estupidez
y la torpeza de los ingenuos; estaría en los
callejones sin salida, en las oportunidades perdidas,
en las esperanzas desilusionadas, en los amores muertos
antes de nacer. Eranther se sentaría en silencio
contemplando la agonía de los suicidas y el sadismo
de los verdugos. Mirkad acunaría a su pequeño
cada tarde con las listas de los traidores y de aquellos
a los que habían vendido, con las listas de los
vencidos y de los muertos. Y Kashanna, Luella y Dartan
vivirían eternamente en los sueños de
los niños, en las calabazas de Halloween y los
palotes de algodón de azúcar. ¿Y
ella? ¿Qué haría para sobrevivir?
No le importaba. Ella estaba más cerca de los
Dioses que sus hermanas. Ella sencillamente era. Era
y seguiría siendo, eternamente una, sin tener
que ligarse a lugar alguno. Las brujas seguirían
presentes en cada universo, en cada salida del laberinto.
Y cuando los Hombres creyeran haberlas arrinconado,
aquí y allá caerían en la cuenta.
Sólo ella de todas podía vivir lo mismo
en la alegría de los alegres que en la agonía
de los desengañados. Sólo ella tenía
su hogar a la vez en el calor y en el frío, en
el día y en la noche. La Dama Blanca, el icono
eternamente repetido en todas las civilizaciones de
aquel universo, al que los Hombres habían dado
culto bajo mil formas diferentes, era tan sólo
su reflejo. Ese era el regalo que le había hecho
su padre, uno de los Únicos, mucho tiempo atrás,
antes de que nacieran las otras brujas, antes del Príncipe,
antes de los Clanes y de los Ángeles Negros.
Así que las brujas volverían. Una y otra
vez. Como pasa el agua borboteando por debajo de la
superficie helada en los torrentes la mañana
de enero, las brujas seguirían llegando una y
otra vez en las palabras de aquellos relatos con los
que los Dioses habían fijado sin quererlo al
abrir los ojos el mundo, un mundo, aquel mundo, de los
Hombres.
Un segundo después, la vida
había seguido su curso.
Aquel atardecer, Mirkad enseñó
a su hijito a poner nombre a todos los animales.
Y así fue cómo las brujas
entraron en el mundo.
publicado en abril de 2008
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