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El lago del Edén Más sobre Domingo Largo Rodríguez

En las orillas del lago del Edén, el viento soplaba muy fuerte en el atardecer de otoño. Se deslizaba entre los brazos desnudos de las armaduras metálicas de las criaturas, todavía sin cubrir. Pasaba silbando entre los hierros, lamiendo con esmero los esqueletos de las cerchas y de las correas. Bajaba hasta las zanjas de los cimientos, rebotaba en las zapatas de hormigón y ascendía de nuevo, llevando consigo espirares de polvo y de arena, pequeñas nubes marrones que se iban depositando a lo largo de la línea del ocaso, acompañando a las sombras que se alargaban en medio del vacío. Las canciones del viento eran suaves, dulces, sencillas, apenas un pequeño montón de notas sibilantes, una armónica lejana y metálica. Las criaturas se elevaban a un lado de la carretera y de la senda de los dragones. Al otro lado de la senda de los dragones, estaba el laberinto. Era alargado, articulado a lo largo de una larga y estrecha calle mayor. Las criaturas más viejas se habían ido colocando a lo largo de la calle mayor, largo tiempo atrás. Desde el centro, el laberinto había ido creciendo a lo largo, delimitado al este por la senda de los dragones, al este por el río. Eso fue cuando el laberinto era un niño y cuando los veleros lo atravesaban a lo largo de la calle mayor. Después, cuando el laberinto había crecido, ya no quiso seguir jugando con los veleros. Buscó la tranquilidad de la madurez, y construyó la carretera paralela al sendero de los dragones por el este, para que los veleros pudieran rodearlo. Las criaturas del centro se iban quedando viejas, y poco a poco algunas cayeron por el paso del tiempo y fueron sustituidas por otras nuevas. También hubo otras criaturas a las que se les dio un lavado de cara para que pudieran resistir el paso de los años. Otras, las más jóvenes, decidieron establecerse en el sur, cerca de lo que había sido el límite del laberinto en su comienzo. Sin atreverse a cruzar el río, las criaturas se fueron estableciendo hacia el sur, luego hacia el norte, de manera que el laberinto iba creciendo a lo largo, extendiéndose como una mancha de aceite dentro de un canal alargado. Poco después, algunas criaturas habían empezado a establecerse al otro lado de la senda de los dragones. Los dragones, rojos y blancos o verdes y negros, pasaban cada tarde y cada mañana y cada noche por la senda. Sus ojos dorados lanzaban miradas desconfiadas a las criaturas, pero aunque mantenían su recelo, no las atacaban ni se dirigían a ellas directamente: sólo las gruñían con su silbido agudo y estridente. Así, muchas criaturas nuevas habían ido creciendo a lo largo de la senda al otro lado de ella. Para comunicarse con sus hermanas del otro lado, hundieron sus cabezas bajo la senda y salieron por el otro lado; o pasaron sus manos y sus piernas por encima y se posaron al otro lado. El laberinto pudo así continuar creciendo y extendiéndose. Sus ojos se multiplicaron. Sus bocas se multiplicaron. Se multiplicaron sus genitales, y sus apetitos. El laberinto englobó al río y a los dragones, y pronto fue más peligroso que los dragones y más peligroso que el río. Fue entonces, en una décima de segundo, cuando las brujas decidieron reunirse en el lago.

Había llovido la noche anterior. Todo estaba húmedo. En la tierra rojiza y arcillosa de los descampados junto a los esqueletos de las criaturas nacientes junto al sendero de los dragones, las brujas escogieron un pequeño charco entre tres piedras negras y una piedra blanca. Los matorrales ralos se mecían al viento frío de la tarde, los cardos estaban muriendo y la otoñada tocaba a su fin. En el lecho del charco apenas quedaban las últimas larvas del tiempo, moviendo sus colas en los últimos estertores antes de que el frío del invierno las matase. En medio del agua, sobresalían tres o cuatro pequeños tallitos verdes de hierba. Y en estos tallos se reunieron las brujas.

Por un instante todo el mundo quedó en silencio. Sólo el silbido del viento siguió escuchándose en la distancia. Fue a la hora nona, justo en el mismo instante en que Jesucristo moría y moriría y hubiera muerto y había y habría muerto en la cruz. En el último rayo verde del atardecer, el que trae los suspiros de los moribundos, y las visiones de los enloquecidos, las brujas llegaron a posarse en el oasis. Traían las llaves del Tiempo, y el Tiempo se paralizó para recibir su aquelarre. Ya no había dragones. No había caminos. El río era un concepto vacío y las criaturas dormían en silencio. El laberinto cerraba los ojos y se preguntaba si era real. Si algo de lo que había sido o era o podría o pudiera o hubiera de ser, era. Algo, salvo las brujas. Las brujas llenaban el universo entero. Llenaban el mundo. Eran el mundo.

Eternamente mudas, eternamente escondidas en los rincones, eternamente la misma y mil diferentes a la vez. Estaban allí, en las orillas del Éufrates, una vez más, como habían estado y estarían tantas veces.

-Van a venir.

-Sí.

-Van a venir.

-Van a venir los Hombres.

-Sí. Van a venir los Hombres.

Las brujas sabían que iban a venir los Hombres. Si los Hombres venían, el mundo acabaría. Nacería un mundo nuevo: un mundo poblado por Hombres. Un mundo distinto al mundo en el que vivían las brujas. Los vientos serían sustituidos por las llamaradas de los calefactores. Las lechuzas no volverían a volar, y en su lugar aparecerían los gorriones o las urracas. Los gatos callejeros se marcharían, y los insectos y las arañas se irían también y cederían su lugar a las cucarachas. La melancolía del ocaso se llenaría de ruidos de televisores y de luces de neón. La dulzura del amanecer quedaría aplastada bajo el despertar de miles de motores. El aire dejaría de susurrar canciones para llenarse con humo y con olor a animales. Las sombras ya no podrían acariciarse, porque serían combatidas por los Hombres, lo mismo que el silencio. Los recuerdos y las almas en pena ya no podrían vagar libres ni cantar al cielo estrellado su dolor, ni perseguir ni devorar los recuerdos que los Hombres lanzaban a través del vacío para atraparlas o para implorar su misericordia. Los dragones perderían su alma. Las criaturas se volverían mudas. Al laberinto se le pintarían en sus muros los carteles que señalasen su entrada y su salida. Sí, iban a venir. Iban a venir los Hombres. Y las brujas más jóvenes tenían miedo.

Así que Mirkad, la Bruja sonriente de melena de León, decidió acudir al Éufrates para divertirse un rato y tranquilizar a las pequeñuelas. Fue la primera en llegar. Llegó y se sentó bajo una vieja semilla seca de amapola. Acunando a su pequeño, le canturreaba las viejas canciones de los Espíritus del Oeste, y le recitaba las letanías con los nombres de las estrellas y de las Diez Mil Constelaciones del pasado. Poco a poco ellas fueron acercándose. Llegaron por familias. Las primeras que aparecieron eran Suleil y Shazard. Shazard había heredado de Suleil el verdor de los ojos y la blancura de la piel, pero era mucho más joven y mucho más oscura. Las dos eran melancólicas, pero Suleil unía a la melancolía la dulzura y en cambio Shazard era un cristal de cortes mucho más afilados. Shalla, la hermana de Suleil, llegó más tarde. Shalla era tan dulce como su hermana pero no había en ella atisbo de tristeza. Con todo no eran demasiado poderosas, salvo Shazard. Mirkad no podía percibir con exactitud hasta qué punto llegaría Shazar, pero siempre había esperado bastante de ella e incluso había pensado en que podía ser digna de sucederla algún día al frente del Consejo. Pero al verla ahora, una vez más sus esperanzas de dejar algún día la Jefatura del Consejo eran cada vez más escasas. Es un enigma, se dijo. Sigue siéndolo ahora igual que hace mil años, mi pequeño.

Después llegó Eranther. Eranther era la segunda más joven. Sólo dos veces había visto Eranther despertarse los Dioses de su eterno sueño para exhalar un mundo. Ellos dormían, desde el Principio, Aquel que ni siquiera Mirkad hubiera sido capaz de determinar con exactitud. Ellos dormían, y de vez en cuando sus pesadillas se hacían tan intensas que necesitaban expresarlas en voz alta. Todos los universos posibles dormían el sueño de los dioses y vivían en sus pesadillas. Todos los matices de cada color, todos los caminos de cada encrucijada, todas las sedas de cada tela de araña, todos los lazos de cada nudo, todos los destellos de cada cristal, dormían en el mismo lecho el sueño de los Dioses. Y solamente muy de tarde en tarde, cuando un sueño era más intenso que los otros, los Dioses abrían los ojos, despertaban por un instante, y miraban la materia inerte. La oscuridad se tornaba luz, y una de las miles de soluciones posibles al trillón de ecuaciones quedaba plasmada en un fogonazo, y un universo de los millones de universos posibles aparecía y duraba un instante apenas un poco más largo que los otros, apenas la sucesión de unos pocos billones de mundos, de unos pocos Tiempos, no más duraderos que los demás, hasta que los ojos de los Dioses volvían a cerrarse de nuevo.

Eranther era pequeña y callada. Sus largos cabellos dorados caían sobre sus hombros estrechos como una mata lacia y cansada. Sus ojos eran tan negros como la noche. Eran muy profundos. Contenían muchos mundos posibles, la oscuridad y la soledad eternas de muchos universos, y Mirkad nunca la había visto sonreír. De alguna manera llegaba a temerla. Ninguna sabía muy bien cómo dirigirse a ella, y ella nunca había dirigido la palabra a ninguna otra de las Hermanas. El Consejo la tenía como un ser poderoso, joven pero determinado, y de una violencia contenida y sabía que atesoraba la rabia del mismísimo Príncipe del Mundo. Algunos decían que de todas las brujas del Consejo, únicamente Eranther sería digna de ser amada por cualquiera de los Ángeles Negros.

Estaban allí. Suleil suavizaba con su mirada un cielo azul de primavera. Shazard estaba en el centro de un palacio mozárabe, los capiteles sirviendo de marco a su mirada perdida. Eranther se apoyaba en una gran columna tallada en un diamante blanco, eternamente frío y duro, coronada por un capitel corintio. Al otro rincón del lago estaban las restantes, las más veteranas del Consejo: Dejhtharj contemplaba divertida a Eranther. Era la única que no la temía, desde el fondo oscuro de sus ojos, apenas entrevistos bajo su flequillo de carbón. Sentada en la barra de un bar, tenía frente a ella una botella de ginebra. El bar había estado alguna vez en una de las puertas que no se habían abierto para alguna pareja de amantes. Verial cubría su pecho desnudo con su cabello de fuego dentro de un cristal de roca tallado con la forma de un largo cilindro en el fondo del lago. Kashanna, la gitana, y Luella y Dartan, las pequeñas pícaras de Zul, eran las únicas a las que las gustaba aparecer con el viejo traje, cabalgando sobre una escoba y con un gato negro a su lado. Mirkad sentía por ellas un sincero afecto. Luella era como una hija para Mirkad, y sabía que nunca la traicionaría. Dartan era tan joven como Luella pero sí que era capaz de traicionarla, aunque solamente fuera para divertirse. La última en llegar fue la Reina.

Arislad solo dejaba ver su rostro. Sus ojos eran serenos. Su cabello era tan lacio como el de Eranther, aunque de un tono marrón, mucho más suave y reconfortante. Su piel era más oscura y sus ojos más claros. Los ojos de Arislad podían contener el mundo, varios mundos. Algunos decían que era la madre de Eranther, y podía haberlo sido, porque Arislad era en realidad la hija de un Dios. Decían algunos que era la más vieja de todas las brujas del Consejo, más vieja que Mirkad, más vieja que la mítica Nurrath, la Bruja del Cabello de Fuego, que vivía en otro de los sueños diferentes de otros dioses distintos. Más vieja que la Muerte.

-Tenemos miedo, Madre. Miedo de que al llegar los Hombres los fantasmas no tengan dónde aparecerse, ni dónde guarecerse del calor los espíritus. Miedo de que los monstruos no puedan gritar su dolor al atardecer, ni los unicornios puedan encontrar doncellas que sacien su sed. Miedo de que el silencio muera, de que los campos ya nunca brillen al atardecer, de que el viento ya no pueda contener canciones, de que las estrellas no vuelvan a clavar sus ojos en el dolor de los solitarios. Miedo de que hechizos se vayan, y de que los torreones se queden vacíos.

-OH, vamos...

Mirkad dejó su pequeño en brazos de Luella y dirigió los ojos hacia los ojos de Arislad.

-Tenéis miedo porque vuestra experiencia es limitada. Tenéis miedo porque creéis que los Hombres son tan poderosos como quieren demostrar. Pero si los Hombres fueran tan poderosos, nosotras ya no estaríamos aquí. Hasta veinte veces he visto despertarse de su sueño a los Dioses, y en más de seis veces sus pesadillas contuvieron a los Hombres o a otras criaturas que se les asemejaban. Vi despertarse a los Dioses para que existieran los ojos de una mujer hermosa. Les vi despertarse para ahogar su dolor, y el sudor frío de sus pesadillas en palabras. Los sueños de los Dioses crearon poemas una y otra vez, sagas interminables. El silencio nunca pudo acallar los sueños de los Dioses. El silencio duerme, igual que duermen todas las cosas, allí donde el azul es y puede ser verde, o rojo o amarillo o azul a un tiempo. Allí donde las criaturas viven y al mismo tiempo están muertas. Pero siempre que los Dioses despierten el color será o rojo o azul, las criaturas seguirán vivas o habrán muerto, pero las palabras existirán. Porque las palabras contienen las soluciones a las dudas que suscita en los Dioses el sueño. Y allí donde un mundo cobre vida, con o sin Hombres, estaremos las brujas.

-Mirkad tiene razón. Vosotras habéis vivido en un mundo solitario. Allí donde mejor crece y se desarrolla la melancolía. Pero los Hombres son un paisaje diferente. Ni mejor ni peor. No, no moriremos. Nos adaptaremos, sencillamente. Como hemos hecho durante años las Hijas de la Sociedad.

Arislad contempló los sueños de los Dioses, hechos carne y sangre después de su último despertar, y vio lo que yacía en el alma de los Hombres, y los refugios que ofrecían. Verial se refugiaría en los errores de las máquinas, entre las rocas y las criaturas muertas de las que gustaban de rodearse los Hombres; estaría en sus ventanas, contemplándolos; en el fondo de los vasos con los que ahogaban su soledad, en los cristales de los ordenadores con los que creaban realidades falsas en las que olvidarse de sí mismos. Suleil tendría su hogar en la tristeza de los amores no correspondidos, en los lechos a los que iban a parar las lágrimas de los amantes desesperanzados, y las que se vierten frente a las tumbas de los niños; y Shalla, por el contrario, encantaría con sus hechizos a los amores que comienzan. Shazard se escondería en las mentes alucinadas de los Mesías y de los revolucionarios, en los delirios de los descarriados y de los pastores, contemplaría desde lo profundo los bombardeos y las cargas de caballería. Dejhtharj reiría eternamente contemplando la estupidez y la torpeza de los ingenuos; estaría en los callejones sin salida, en las oportunidades perdidas, en las esperanzas desilusionadas, en los amores muertos antes de nacer. Eranther se sentaría en silencio contemplando la agonía de los suicidas y el sadismo de los verdugos. Mirkad acunaría a su pequeño cada tarde con las listas de los traidores y de aquellos a los que habían vendido, con las listas de los vencidos y de los muertos. Y Kashanna, Luella y Dartan vivirían eternamente en los sueños de los niños, en las calabazas de Halloween y los palotes de algodón de azúcar. ¿Y ella? ¿Qué haría para sobrevivir? No le importaba. Ella estaba más cerca de los Dioses que sus hermanas. Ella sencillamente era. Era y seguiría siendo, eternamente una, sin tener que ligarse a lugar alguno. Las brujas seguirían presentes en cada universo, en cada salida del laberinto. Y cuando los Hombres creyeran haberlas arrinconado, aquí y allá caerían en la cuenta. Sólo ella de todas podía vivir lo mismo en la alegría de los alegres que en la agonía de los desengañados. Sólo ella tenía su hogar a la vez en el calor y en el frío, en el día y en la noche. La Dama Blanca, el icono eternamente repetido en todas las civilizaciones de aquel universo, al que los Hombres habían dado culto bajo mil formas diferentes, era tan sólo su reflejo. Ese era el regalo que le había hecho su padre, uno de los Únicos, mucho tiempo atrás, antes de que nacieran las otras brujas, antes del Príncipe, antes de los Clanes y de los Ángeles Negros. Así que las brujas volverían. Una y otra vez. Como pasa el agua borboteando por debajo de la superficie helada en los torrentes la mañana de enero, las brujas seguirían llegando una y otra vez en las palabras de aquellos relatos con los que los Dioses habían fijado sin quererlo al abrir los ojos el mundo, un mundo, aquel mundo, de los Hombres.

Un segundo después, la vida había seguido su curso.

 

Aquel atardecer, Mirkad enseñó a su hijito a poner nombre a todos los animales.

 

Y así fue cómo las brujas entraron en el mundo.

 

publicado en abril de 2008

 
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