| I remember her,
The girl who wouldn’t die.
She said it wasn’t true.
I knew it was a lie.
People on the streets
Would cry out if they knew
The things that I have done
To make the dream come true…
TZAR.
SWEETHEART
But I shall sleep, for where is
any death
While in these blue hills slumbrous overhead
I’m rooted like a tree? Though I be dead,
This earth that holds me fast will find me breath.
William Faulkner
Y ya no era más la niña
que recogía caracoles con su abuelo en el atardecer
de los arrabales de la ciudad lejana, bajo el sol rojizo
y las lluvias pegajosas en el otoño fresco y
lejano de la infancia, entre los matorrales que daban
cobijo a las manadas de nanofitos y a los últimos
insectos vivos de la Tierra, aunque podía seguir
siéndolo en el fondo de su corazón, plantada
allí, junto al tronco del gran árbol muerto,
contemplando el nuevo amanecer, y recordando el lecho
del río, los pequeños puentes y a un lado
las casas vacías de los barrios abandonados ya
y al otro las luces y los sonidos de la ciudad lejana,
los barrios ocupados aún, tardíamente,
los automóviles atravesando los ramales de las
autopistas y los ruidos lejanos de los bares del centro
y de las avenidas a lo largo del curso del río
allí donde éste se ensanchaba y se transformaba
en el eje de su pequeño mundo. Los caracoles
salían al atardecer y retozaban, lentos esbozos
de sí mismos, entre los matorrales de la orilla
del cauce, y ella y su abuelo paseaban lentamente y
los iban recogiendo. Entonces era una niña de
ojos brillantes y melena rubia enmarañada, manos
sucias y piernas fuertes, pantalón corto de tirantes
y camisa arrugada, descubriendo el universo a la luz
de las estrellas y de los carteles de neón, bajo
las nubes cargadas de ácido y las estelas anaranjadas
de los reactores en el cielo y de los cohetes más
allá, que recorrían el vacío oscuro
de la noche entre la Tierra y Marte. Los nanofitos saltaban
y se multiplicaban pequeños, azules y cúbicos,
entre los matorrales, mientras los caracoles se asustaban
y se escondían entre las piedras y entre las
grietas de las baldosas del paseo en las orillas y su
abuelo maldecía a los nanofitos y a los que los
habían creado, y maldecía a la Oficina
de Patentes que aseguraba cada tarde en las noticias
que los nuevos productos no constituían ningún
peligro. Ella en cambio no los tenía miedo, y
le gustaba cogerlos con las manos desnudas y observar
de cerca cómo ellos se quedaban quietos un segundo,
y luego se retorcían, tratando de acomodarse
al entramado de las rayas de las palmas de sus manos
y a su calor, y a veces adoptaban su forma, como una
pequeña lámina de cuarzo caliente y suave,
resbaladiza y palpitante. Sin embargo no la gustaban
lo suficiente como para permitirles vivir con ella,
no todavía, y seguía encontrando más
fascinantes a los caracoles y a las parejas que recorrían
al atardecer el mismo camino que ella y su abuelo, abrazadas
bajo las estrellas hasta perderse en alguno de los recodos
de las callejuelas que daban a los barrios vacíos.
A medianoche, ella y su abuelo regresaban a su casa
de dos plantas, a su pequeño jardín y
a la buhardilla donde ella se acostaba, llegaba, se
quitaba las botas, las tiraba en un rincón y
se acurrucaba en su cama, abría la ventana y
se quedaba hasta muy tarde despierta, enrollada en su
manta, mirando al cielo y diciendo que le gustaría
estar allí, y así, noche tras noche, hasta
que el sueño le vencía.
Lady Marian Sweetheart forjó
su pequeña leyenda en los años que vieron
caer a la emperatriz y esperaron con impaciencia la
llegada del nuevo canciller. Por aquel entonces su abuelo
había muerto y su casa estaba dedicada a su memoria.
La buhardilla existía aún y la ventana
que daba a los sueños de la infancia continuaba
abierta en su corazón, que era el de una joven
pequeña y fuerte, de hermoso cabello rubio recogido
por una cinta verde y ojos profundos y muy, muy abiertos,
siempre pendientes de todo lo que les rodeaba. Su sonrisa
era tímida, tan tímida como a la vez segura,
como profundos eran sus ojos y profundamente certeras
sus miradas. Siempre vistió con botas altas,
pantalones de montar y chaqueta azul con el distintivo
amarillo de las Milicias, que ella misma fundó
en el Barrio Alto de Cheba City. Por aquel entonces
su carita pequeña y sonriente parecía
la de una gata, una preciosa gatita peligrosa e inteligente.
Dicen que por entonces ya había empezado a interesarse
por los simbiontes, y que en realidad su agilidad, su
fuerza, su inteligencia, provenían de haber incorporado
a su cuerpo genes felinos. Pudiera ser. En los rincones
de las viejas casas derruidas, los viejos almacenes,
los subterráneos de los polígonos industriales
de las otrora prósperas ciudades del Imperio,
habían quedado abandonados los secretos de veinticuatro
siglos de tecnología. Las Milicias surgieron
entre los jóvenes abandonados, una generación
entera perdida entre la muerte de un imperio y el nacimiento
de otro, los que se resistieron a abandonar las ciudades
y refugiarse en las granjas y en las plantaciones de
las fronteras. Con ellos, Marian fundó su feudo,
y reclutó el primero de los ejércitos
que formaría a lo largo de su vida. Dicen que
una mañana ella también pensó en
marcharse. Pero se asomó a la vieja ventana y
miró no al cielo sino hacia los barrios del centro
de la ciudad, que siempre hubieran estado prohibidos
para ella de haber seguido la emperatriz con vida y
se dijo “me gustaría estar ahí”
y fue allí con los suyos y recorrió las
calles abandonadas y se hizo dueña y señora
de avenidas plazas rascacielos fábricas talleres
herramientas y llegó a la plaza de la Catedral
de Asiria y más allá y al entrar en la
plaza al norte de la Catedral bajo el edificio de la
Universidad Vieja, bajo la estatua de la Virgen, se
paró y se dijo “Este será mi
palacio”. Reinó allí, en la
plaza, la veían sentada en las escalinatas bajo
la mirada atenta de la Señora, allí atendía
a todos, allí ordenaba a cada uno sus tareas,
desde allí mantenía la ciudad viva. Los
simbiontes fueron producidos en los viejos sótanos
con las máquinas abandonadas tiempo atrás,
que ella mandó reparar y puso al cargo de los
ingenieros que encontró en su peregrinaje. Ahora
sus rasgos eran más afilados, los de una verdadera
gata, sus ojos más vivos, su sonrisa más
cínica, sus gestos más veloces y su belleza
mucho, mucho más profunda. Las banderas rojas
y negras ondeaban al viento en los huecos destartalados
de los edificios en ruinas que marcaban los límites
de su reino en el centro de la ciudad, cuando se encontró
por vez primera con el Canciller. El Canciller habló
con ella de igual a igual. Él era la cultura,
prodigiosamente, celosamente mantenida en el silencio
de las hileras de árboles protegidos por las
nubes de arañas bajo las cúpulas de cristal.
Ella era el orden nuevo que se había mantenido
vivo, renacido de las cenizas del pasado. Él
podía alimentar las ciudades en las que ella
y otros como ella se habían empeñado en
seguir viviendo.
Ya no había caracoles que cazar
y los nanofitos corrían por las mismas venas
de Lady Marian, bebían su sangre y formaban sus
huesos y su carne. Y era carne nueva y nuevos huesos,
más longevos, más fuertes y distintos.
Las Milicias se pusieron a las órdenes del Canciller.
Ya no había caracoles que cazar pero las estrellas
esperaban en lo alto y el mundo no se había detenido
y esperaba al otro lado de las fronteras que los reactores
guardaban y señalaban en el cielo cada noche.
Ella seguía mirándose en el espejo de
los mundos cada noche y se decía cada día
“me gustaría, me gustaría, me
gustaría estar allí”. Puso
su pie sobre la primera piedra del Templo de Cidonia
en el Marte conquistado, y el viento del desierto de
Marte golpeó su cara y arañó la
piel de sus mejillas que temblaba, agitada por los millones
de simbiontes que ahora formaban parte de ella y eran
sus hijos. Su mano enguantada para siempre se hundió
en las arenas de Marte y ella sintió un profundo
regocijo, una alegría inmensa en su corazón,
pues los caracoles de la infancia se habían transformado
en estrellas y en mundos nuevos, en arenas ardientes
de un mar desconocido y lejano, muerto muchos siglos
atrás, y ella estaba allí para verlo,
y la niña de la orilla del río de la infancia
no había hecho sino sentirse más niña
y más fuerte. Sus ojos se perdieron entre las
estrellas, y su sonrisa y el brillo de su mirada profunda
y azul iluminó muchas noches de alegría
y de valses en los jardines de Cidonia, la mano del
Canciller en su cintura, sus ojos en los suyos, perdiéndose
en aquel inmenso mar azul. La Gran Embajadora, la que
visitó al Imán de Persia, sentado frente
a ella un viejo barbudo oscuro y sonriente, y ella sonriendo
también, las botas brillantes y las manos enguantadas
entrelazadas en el regazo, muy dulcemente, los ojos
fijos en los ojos del Imán mientras le susurraba
a la interprete “ya sé que dices que
somos unos bárbaros, pero ya que no me das la
mano por ser un bárbaro deberías dármela
por ser una mujer, pero si no me la das precisamente
por ser una mujer, entonces tendrías que lamentarlo”.
La Gran Embajadora, que entraría de nuevo en
el Palacio del Imán seis meses más tarde
al frente de sus Milicias, y saldría con las
manos del Imán colgando de su cinturón
“veamos, ahora sí puedes decir que
soy un bárbaro”. Lady Marian desató
las tempestades y vistió el águila del
Imperio. Los Bastiones atravesaban las ciudades mordiéndolas
hasta los cimientos de los edificios, rocas vivas arrastrando
los ejércitos del Canciller, y era ella la que
cabalgaba sobre colinas ardientes y apartaba a un lado
y a otro los edificios vacíos de las ciudades
de la frontera, abriendo paso al Orden Nuevo que renacía
desde el corazón de Nueva Germania y se extendía
como una enredadera o como los tentáculos de
un monstruo antiguo hasta abrazar el mundo. Fue ella
la que estuvo en el lecho de muerte de la Princesa María
y la que la condujo hasta su tumba, mientras el Canciller
y Elaine se deshacían en llanto entre los muros
de Cidonia. Bajo un cielo grisáceo una figura
pequeña y orgullosa, oscura rubia azul, con una
niña pequeña en los brazos, “has
muerto muy pronto, princesa, y no tendrás que
soportar el dolor que supone vivir en este mundo; pero
no envidio tu suerte aún con todo”.
Y así, la silueta de una mujer de edad indefinida,
arrodillada al borde de una pequeña tumba entre
las dunas de un desierto olvidado. Dicen que Lady Marian
estuvo enamorada una vez. Dicen que le vio pasar años
más tarde, el mismo hombre de quien había
estado enamorada. Dicen que se quitó uno de sus
guantes, su piel lucía un color verdoso, terrosas
capitas de piel muerta mezcladas con nanofitos desconocidos
se escapaban de ella como un polvillo seco, y aún
así acariciaba ella su mejilla, la mirada perdiéndose
en el vacío a través de los cristales
de la nave que la llevaba al cielo, entre Lacerta y
Deneb.
Hocico de Gata, Sonrisa de Diosa, Ojos
de Cielo, Señora de Ruinas, Jefe de Ejércitos,
Amiga de Emperadores, “producto de la superstición,
errante de la fe, invocadora de demonios, idólatra
y hereje” temida en todo el mundo no sometido
al Canciller, su más fiel amiga, el más
terrible de sus capitanes, Lady Marian no quiso acompañarlo
cuando todo hubo acabado y el mundo desapareció
tal como había sido conocido. Ella se retiró,
só, pero no quiso convertirse en un muerto viviente,
en un cerebro adormecido alimentado de sueños
imposibles. Así pues, ella, que ya sab.a lo que
era sentir crecer el cristal bajo la piel, se convirtió
por completo en inmortal, sacrificando todo lo que le
quedaba de humana. Sonrisa, Mirada, Melena, Piel, se
transformaron en el recubrimiento de maquinarias nuevas
que penetraron entre su carne y sus vísceras
y las imbuyeron de una vitalidad mecánica, en
parte metal y en parte vida, pero vida nueva, vida plástica,
polvorienta, pulular de partículas muertas agitadas
por energías encaminadas a la autotransformación
constante. Ahora su sonrisa abarcaba continentes desconocidos
que morían y renacían y se agitaban en
oleadas cada noche, corrientes de eternidad en el fondo
de simas de mares de profundidad desconocida, los mares
de la vida y de la muerte. Su mirada, potenciada por
lentes que nacían de la médula de sus
propios huesos, buscando con creciente avidez la luz
del sol rojo y perdido entre las nubes ardientes, sus
manos y sus pies fundiéndose con el cuero de
los guantes y de las botas hasta crecer dentro de él,
adentrándose en la misma tierra bajo su cuerpo,
fundiéndose con ella, como un árbol anclado
en sus raíces. Así, Lady Marian se transformó
en Inmortal, más inmortal de lo que había
sido criatura alguna dentro o fuera del nuevo mundo.
Vivió por espacio de siglos, eternamente sonriente
y eternamente ansiosa de luz y de calor. Al cabo de
unos siglos más, cuando el mundo era una corteza
abrasada por el viento y quemada por las lluvias radiactivas,
Sweetheart vivió sus últimos años
en el sueño de una noche sin nubes, colores vivos
agitándose en la brisa del atardecer en el que
una niña buscaba caracoles con su abuelo en la
orilla de un mar lejano. Un cuerpo metálico dorado
como el viejo sol salía cada mañana y
se acercaba al tocón de un árbol, muerto
muchos años atrás, junto a los muros de
una Catedral derruida. La figura metálica caminaba
lentamente hasta llegar al árbol muerto, y se
acercaba a é y se apoyaba en é, y protegiéndose
la mirada con una mano, contemplaba durante todo el
día la ascensión y la caía del
Sol desde el amanecer hasta el ocaso, y dentro de la
cabeza metálica los sueños se alimentaban
de la luz violeta y venenosa del sol moribundo que a
sus ojos parecía tan amarilla y deliciosa como
en los años de la niñez. La luz así
filtrada acariciaba las entrañas lejanas de formas
ahora irreconocibles de una niña de hocico de
gata y ojos azules, carne y esquirlas en lechos calientes
y burbujeantes entre plástico, flagelos, y tubos
de cristal. “He cometido pecados, Señor,
tantos pecados… vi tantas señales…
las que yo quise ver. Luchó por venganza y desesperación,
fui todo aquello que piensa la gente que puede ser cuando
lucha por una causa, fui orgullosa y terca, egoísta
y cruel”.
Y una mañana ella, que había
cabalgado sobre Bastiones y sobre montañas ardientes,
que había reinado bajo banderas ondeantes al
viento entre las ruinas de ciudades muertas, que había
volado en rayos de luz entre los hornos de las estrellas
y enterrado a hijas de reyes en las arenas de desiertos
lejanos, ella, que había bailado un vals mirando
los ojos del Canciller en una tarde de verano, ella,
que sabía lo que es sentir crecer el cristal
bajo la piel, volvió a mirar a las estrellas
y se dijo “Morir… es lo único
que me queda por hacer. Morir y volver a buscar caracoles
contigo de nuevo. Me gustaría, Oh sí,
me gustaría ¿por qué no? Estar
de nuevo ahí”.
La forma metálica se detuvo
un día más junto al tronco del árbol
muerto, elevó de nuevo su mirada al cielo, fijó
en el centro del disco del sol su mirada, y una sonrisa
encapsulada en un rincón perdido en el iempo
abarcó de nuevo y ya sin ataduras el espacio
entre las galaxias incontables que llenaban los vacíos
de la noche entre sus huesos y sus recuerdos, sus esperanzas
y sueños olvidados. "This is the Lord’s
doing, and it is marvellous in our eyes."
-¿La estatua de la Virgen?
-Sí, por qué no.
Símbolos, símbolos arrancados del entramado
en el que fueron concebidos y convertidos en figuras
de significado distinto, que funcionan en el nuevo entorno
mítico que creamos para ellas. He diseñado
los algoritmos y del mismo modo que se puede hacer en
literatura o en religión, podrás incorporarlos
al mundo del inconsciente.
Y allí junto al árbol,
en el límite de una Potestad desconocida, la
figura metálica se quedó quieta, eternamente
fría y silenciosa.
“…Y soñando
en aquella mujer
Que esperaba al Sol,
Se detuvo, deslumbrado por el
resplandor de la estrella…” 1.
publicado en diciembre de
2007
1.-
Paul Anderson.
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