| El Universo entero
y sus leyes permanecían ocultos; dijo Dios: “Que
Newton sea.” Y todo se volvió Luz.
Alexander Pope. Halagador.
Sí, bueno. Otros dijeron otras
cosas.
Recuerdo las tardes de mi infancia.
En mi cuarto guardaba unos pocos libros de matemáticas
y de física. Me fascinaban los grabados. Los
colores de las figuras, los triángulos, tan orgullosos,
tan elegantes, a la vez tan sencillos. Las líneas
saltaban sobre el papel hasta encontrarse con mis ojos.
Los números, aparentemente triviales, guardaban
relaciones asombrosas que entonces casi no comprendía.
Sólo acertaba a vislumbrar que oculto detrás
de ellos había un mundo diferente, un mundo que
no me resultaba tan hostil como el mundo en el que estaba
condenado a moverme. Era un mundo que estaba a mi alcance.
Un mundo que estaba a mi alcance. Tan cerca de mí
como el cielo estrellado que solía contemplar
en silencio cada noche. Al caer la tarde, tras la puesta
de sol, el cielo era conquistado por el viento, por
el frío del septentrión, por el cierzo
despiadado. Pero era una conquista muy leve. Porque
poco más tarde yo sabía que la calma regresaba
al cielo con las estrellas. Entonces, salía fuera
y desde el rincón que la casa resguardaba para
mí en la penumbra, en el lado en que las tapias
daban a la desembocadura del arroyuelo, podías
elevar los ojos y llenártelos de luz. Allí
miraba al cielo y contemplaba las estrellas. Las estrellas
eran un riachuelo eternamente silencioso pero yo podía
escuchar su sonido, su música, las miles de canciones
que cantaban sólo para mí, solamente para
mis oídos. No había renacuajos ni larvas,
como en el arroyuelo que rodeaba nuestra casa, ni peces.
Pero las estrellas formaban una miríada de pequeños
guijarros de colores semejantes a los guijarros de colores
que yo buscaba en las orillas del río, poco más
lejos. Y el agua, esa corriente saltarina y helada que
escuchaba cada noche desde mi lecho y cuyo son me arrullaba
hasta adormecerme, tenía en el cielo su reflejo,
en la corriente de luz de las estrellas.
Sé que en general no seré
demasiado bien recordado. Un poco por Leibniz y también
por el asunto de la Casa de la Moneda. Supongo que hay
muchas almas cándidas que prefieren aún
a un santo antes que a un brujo, como ellos me llamaron
a veces. Bueno: no se atrevieron a tanto. No, no se
hubieran atrevido. Porque de haber llegado a mis oídos
en los buenos años, cuando ni una rama del jardín
de la Real Sociedad se movía sin mi consentimiento,
habrían sido ellos los que hubieran terminado
en la hoguera, y no yo. Por todos los diablos: la hubiera
reinventado de ser preciso. La hubiera vuelto a poner
en funcionamiento lo mismo que hice tensar la soga alrededor
del cuello de un buen puñado de rebeldes. Los
papistas, los rebeldes al Rey, los alborotadores, los
miserables que prefieren su propio beneficio, que son
capaces de trapichear con los impuestos que Inglaterra
necesita, sólo merecen la horca. La horca, y
nada más.
Hace demasiado frío y mis manos,
mis manos, ya no son jóvenes. Es curioso. En
aquellos años no me hubiera importado cortar
hielo con mis uñas si ello hubiera aumentado
un ápice mi conocimiento acerca de la física,
jejejejeje... Es cierto que una vez estuve a punto de
quedarme ciego por mirar al Sol. El Sol... qué
misterio. El Sol. Dios. Dios... Dios, sí. Le
he mirado de frente, quizás... quizás
no. No, no, no me atrevería a tanto, no sé.
No estoy seguro de atreverme a tanto. El Dios de Moisés,
el Dios de Isaac. El Dios de Isaac. Es casi lo único
que no me he atrevido a dominar, lo único que
nunca he llegado a ambicionar. Es tan enorme, tan vasto,
tan perfecto, el espejo de todos los espejos, la maravilla
de la sencillez suprema. La sencillez. Eso es lo que
buscaba desde aquella mañana hace tantos años
en que salía de casa con mi perro. Un pequeño
que contaba estrellas y un viejo perro pastor que saltaba
a mí alrededor y que me llevaba siempre colina
arriba, hasta pasar el río por el viejo puente,
temblando bajo su carrera los maderos podridos, hasta
llegar a lo alto de la colina y bajar luego hasta el
fondo del valle más allá de la cumbre.
El mejor amigo de todos los que tuve nunca, el que me
enseñó el valor de la libertad.
No he atesorado demasiados recuerdos
de aquellos años. Bueno, en realidad no atesoro
demasiado de cuanto ha pasado por mi vida. Vida aburrida,
dicen algunos mentecatos. Imbéciles bastardos,
me gustaría poder contemplar en un teatro el
miserable espectáculo de sus tristes existencias.
Aunque en realidad no me pasaría ni un segundo
en tal tormento. Mi tiempo ha sido siempre demasiado
valioso para perderlo contemplando a otro ser humano.
Casi a ninguno. Casi. Ese es un recuerdo del que no
voy a hablar aquí. Mi corazón es demasiado
valioso para exponerlo como un pellejo colgado de una
percha. Nadie tiene derecho a tanto, tampoco tú.
Dediqué mi vida y mi tiempo
a contemplar la Obra de Dios en las Cosas: Su Aliento
en la Luz; Su voz en las Estrellas; Su Mano en la Tormenta;
Su Ley en la Justicia, en la Oscuridad del Espacio;
Su Mente, en la sencillez de sus Leyes. En mis ecuaciones
está Dios. Esto es un pensamiento que no puedo
expresar libremente. Tan astutos como zorras, dijo.
Así sea.
Así que, en realidad, hay bien
poco aquí que pueda complacer una curiosidad
ociosa, veamos: una habitación sencilla. Mi mesa,
mis instrumentos de laboratorio, los frascos con los
reactivos, el pequeño hornillo, las herramientas
para pulir lentes... todo eso en la pequeña sala
bajo la escalera. Aquí, en el gabinete, sólo
el telescopio, los prismas, los mapas, los libros, los
útiles de dibujo, escuadra, compás, papel,
recado de escribir, la carta de agradecimiento por el
ejemplar de los Principios que le dediqué a alguien
importante que dicho sea con sinceridad ni recuerdo
ni me importa demasiado (en su momento era la persona
a la que había que dedicárselo y así
se hizo), algunos retratos no demasiado bien logrados
(aunque en todos estoy bastante delgado lo cual es de
agradecer), y el manuscrito del problema de la braquistocrona.
Reconocemos al León por sus garras,
dijeron. Fue un buen día.
Pocos objetos. El tesoro de toda mi
vida está en otra parte. En otra parte... recuerdos,
quizás. El Tiempo, qué enigma. Mi flecha
dorada, inexorable, precisa, imposible de torcer ni
de engañar. Mi punto de apoyo, mi referencia,
mi estricto baluarte. Las cosas, las obras de la creación
de Dios, bailan un vals delicado. Los lazos que las
mantienen unidas se debilitan con la distancia, de tal
manera que resulta descorazonador. El Tiempo es una
suerte de distancia. Me gustaría saber de qué
forma se alejan nuestros recuerdos de la conciencia
presente según el tiempo que nos aleja del momento
en que se produjeron. Es una cuestión extraña
porque no debe seguir Ley alguna. Es la fuerza de la
impresión que nos produjeron la que parece mantenerlos
unidos a nuestro presente, más que la distancia
ni el tiempo. Pero lo olvidaba: todo es un cuerpo movido
por un impulso. Yo soy un cuerpo movido por un impulso.
He descrito mi parábola siempre hacia arriba
y hacia delante y nunca jamás nada ni nadie se
cruzó en mi camino sin salir malparado. Los recuerdos,
entonces, han quedado en mi cerebro o se han ido en
función de los pasos dados, del momento en la
parábola, del instante en que iban marcando mi
carrera. Recuerdo el problema de geometría en
la escuela. Había otros jóvenes allí.
Escribieron en sus cuartillas el enunciado lo mismo
que yo, y lo mismo que yo eran aplicados, o incluso
más. Aquella tarde ninguno supimos cómo
resolverlo. Yo no soportaba su compañía,
era la realidad. Me costaba pensar en su presencia.
Nunca me gustó la compañía de nadie
que no fueran mis propios pensamientos, mis deseos,
mis apetitos, ávido de todo. Vi la solución
aquella noche. Pude verla en mi cabeza, tan claramente
como el primer saludo del nuevo día. Sobre el
papel al amanecer las curvas cobraban sentido. Habíamos
pasado por alto los valores demasiado pequeños.
Una tabla. Una tabla sencilla, una humilde colección
de números relacionados por una expresión
matemática simple. La curva se iniciaba en la
izquierda del eje de abscisas. Llegaba descolgándose
desde el infinito, viajera infatigable de reinos lejanos
y desconocidos. Se acercaba al centro, y luego volvía
a elevarse hacia el infinito por la derecha. Pero en
el centro, no era una curva única: tenía
tres brazos, abajo, arriba, abajo, tres brazos delicados,
minúsculos, invisibles, casi invisibles, casi
escondidos en lo profundo, como la huella de la Verdad
en los corazones. Había que buscar sus brazos
en lo pequeño, como peinando los rayos del Sol
para hacer nacer un arco iris.
Diez años después inventé
el cálculo diferencial.
Y digo bien: inventé el cálculo
diferencial. Lo inventé yo, y no Leibniz, aunque
últimamente se ha hecho muy popular. Escribe
sobre filosofía, ¡¡¡AAAHHH!!!
Claro, lo olvidaba, olvidaba la filosofía, LA
FILOSOFÍA, la ÉTICA, la TEOLOGÍA,
y todas ellas juntas. Por Dios Bendito, cómo
olvidarlas, Los alemanes desayunan con la Filosofía,
la llevan a comer al campo, pasean con ella al atardecer,
la llevan al Teatro, a la Ópera, al baile. Incluso
se diría que la llevan con ellos al lecho y copulan
juntos. A mí me basta con explicar cómo
funcionan las mareas, la Luna, y las balas de cañón.
Es mi particular filosofía. Y no perdería
el tiempo en tarea que me distrajese de la contemplación
del Dios de Israel y de sus pensamientos, de SUS PENSAMIENTOS,
de SU MENTE. Eso es lo que estaba en juego, eso, mi
nombre y mi prestigio y por supuesto que ningún
lerdo advenedizo iba a echarlo todo por los suelos ni
él ni ninguno de los otros. A cada acción
le debe corresponder una reacción, igual y de
signo con-tra-ri-o. Es un principio que siguen los Astros
y que yo desde luego he seguido toda mi vida y seguiré
mientras me quede un hálito. No me importa que
me llamen Alquimista. Eso es otra cosa.
Supongo que después de todo
es esto lo que más me ha amargado al cabo de
los años. Me he pasado mis últimas primaveras
ardiendo más en la fiebre del orgullo que en
la de los achaques de la vejez y lo cierto es que no
me arrepiento, porque normalmente los que se arrepienten
de ser orgullosos es porque no han tenido las agallas
ni el ánimo resuelto para aprender a dirigirse
de manera que su orgullo llegase a buen término
cuantas acciones emprendiesen. Hablan de altruismo y
de otras cosas. Pero la mayor parte de las veces solamente
el orgullo y el deseo insaciable de llegar a la meta
nos mueven a dar el primer paso. Desconfío de
las componendas, desconfío de los conciliábulos,
desconfío de las palmadas en la espalda, de las
sonrisas y del ambiente cálido de la compasión
o la camaradería. Sólo la disciplina y
el orgullo han movido desde que el mundo es mundo el
corazón del Hombre. Sin el gato de siete colas
no hubiéramos llevado ni un solo galeón
más allá del Cabo de Hornos.
El mar. Me pregunto si no será
el Espacio un mar. Un mar enorme. Y las estrellas navíos
lentos y serenos. Sus luces, fanales en la noche eterna.
Las estrellas, la Vía Láctea de mi niñez,
el riachuelo junto a la casa, las luces de las estrellas
reflejadas en él. Los peces moviéndose,
las piedras que los niños tiraban, el alzarse
el sol más allá del horizonte cada mañana.
Las curvas en la pizarra de la escuela, silenciosas
como las estrellas, silenciosas como las piedras, pero
llenas de sonidos, de música. La música
del agua, la música de las estrellas, el rugir
del trueno, el siseo del viento, el grito atronador
de la galerna. Todo unido. Todo, todo, todo, todo, todo
una y una única cosa en la mente de Dios, en
los pensamientos de Dios, en el corazón de Dios,
en su Única y Una Voluntad. Expongo a continuación
los Principios del Mundo, ¡OH, Señor,
a veces me estremezco! En medio de la noche, me despierto
cubierto en sudor. Bailan ante mí cinco letras
que explicaron el mundo. En esos instantes, me arrojaría
del lecho, y cayendo de rodillas me hundiría
en mi propia pequeñez y daría gracias;
y me descubro alzando mis ojos a la oscuridad y preguntándome
por qué yo, por qué se me concedió
este honor a mí, por qué, estando tan
clara la obra divina, solamente yo tuve mis ojos en
ella y nadie más; por qué, por qué,
por qué. La misma Ley que rige el mar y las mareas
y que explica los movimientos de los barcos, explica
cómo se mueven los astros en el firmamento. El
mar celeste, reflejo del mar terrenal. Los astros, los
peces, las piedras, el mar, la Vía, la música,
la armonía eterna. La luz. Una y muchas veces.
Aquí y por doquier, la luz. La luz, siempre la
luz. La luz siempre. En mis hipótesis, humildes,
que me llenan de temor y de reverencia; en mis anotaciones;
en las fórmulas tan sencillas, tan sencillas,
tan simples que me hacen arder con la fiebre cuando
las releo, cuando me enfrento a problemas cada vez más
complejos con su sola ayuda y soy capaz de sacarlos
adelante; la luz. En todas partes la luz. La luz por
doquier. En todas partes.
Extrajo uno de los pequeños
prismas de la caja de madera sobre el aparador, y dejando
a un lado la manta que le cubría el regazo, se
puso en pie despacio, un poco encorvado, las manos doloridas
por el frío de enero, y acercándose a
la ventana, cerró con cuidado ambas hojas hasta
dejar la habitación en penumbra. Por una rendija,
abierta a cuchillo en la madera de una de las contraventanas,
se colaba un único y precioso rayo del sol brillante
del invierno. Atravesaba la habitación desde
arriba, recto y sereno, hasta perderse en el rincón
opuesto del cuarto, cercano a la puerta también
cerrada. Las motas de polvo bailaban un baile que le
fascinaba, y con su dedo pasando lentamente por el centro
de la corriente luminosa, se agitaban, como pececillos
en un estanque, molestados por un niño travieso.
Newton, con reverencia, interpuso el prisma en el camino
de la luz. La blancura amarillenta, perezosa, de la
luz de la mañana se dividió en colores,
apagados también, rojizo vinoso, verdes pálidos,
azules semejantes a los reflejos de un falso diamante
descolorido. En aquella sencillez, en medio de aquel
modesto milagro, las motas de polvo continuaron moviéndose,
impasibles, bailando su lento baile eterno.
Me siento como un niño, jugando
en la playa de un mar desconocido, apenas rozando la
orilla, encontrando en la arena, aquí y allá,
una concha más bonita que las otras, mientras
el Océano de la Verdad se mantiene ante mí,
inexplorado, todo él por descubrir.
Pronto deberé iniciar la búsqueda.
Pronto me adentraré en el mar. El niño
se hace hombre, y no puede permanecer para siempre en
la orilla. Espero que no haga tanto frío allí.
Supongo que seré mal recordado.
Dios mío, Descartes: fuimos capaces de explicarles
el arco iris. Y algunos aún se burlarán
de los alquimistas.
publicado en febrero de
2008
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