| CAPÍTULO 1: UNA
VELADA AMISTOSA
El enrarecido ambiente del “Respiro del
Peregrino” quizá pudiera cortarse con un láser...
pero se hubieran necesitado unos cuantos disparos para lograrlo.
Las amarillentas volutas de humo provenientes de cigarros, sahumerios
y cazoletas subían hacia el techo, se acumulaban hasta
formar una nube densa y maloliente que amenazaba con abombar las
vigas de madera auténtica, y desde allí se desparramaban
por todos los rincones del bar, inundando los pulmones de los
devotos parroquianos.
Sí, el “Respiro del Peregrino”
era un auténtico paraíso. Su propietario, Gauno
Londas -obeso, malhumorado y de oscura historia-, no solía
ventilar el local muy a menudo; el reciclador de aire no funcionaba
desde hacía dos o tres meses: lo atravesó un láser
que salió en la dirección equivocada, y allí
quedó, arrumbado a un costado del mostrador, como soporte
para la Sensola. De vez en cuando, Gauno le propinaba un buen
golpe en el compartimiento de la bomba con la esperanza de que
el reciclador volviera a traquetear como en los viejos tiempos,
pero hasta ahora no había tenido tanta suerte, de modo
que el aire sólo se renovaba cuando los clientes entraban
o salían, o cuando algún eventual disparo destruía
el empañado vidrio de la única ventana del local
y la densa nube interna dejaba paso a la externa. Era algo que
sucedía a menudo, porque en el «Respiro del Peregrino»
abundaban los disparos.
En ese momento no estaba muy concurrido; borrachines
perdidos, trabajadores en paro, o traficantes de kurbo -a juzgar
por el aroma que desprendían sus cazoletas-, ocupaban poco
menos de la mitad de las veinte mesas del local. De todas formas
aún era temprano, y en una o dos horas Gauno debería
dejar el trapo con que lustraba las mesas -lo único inmaculadamente
limpio en el lugar- por su puesto tras el dispensador automático
de bebidas. Pero eso sería después; por ahora la
tarde transcurría tranquila, y Gauno rondaba de mesa en
mesa, sirviendo y cobrando él mismo los tragos. Los droides
de compañía yacían desactivados en la trastienda,
la tarima del escenario esperaba la llegada de los músicos
y la Sensola, enmudecida sobre el inútil reciclador, aguardaba
a que algún cliente aportara los primeros créditos.
Albert Combull, acodado sobre una mesa en penumbras
(los globos fluorescentes de los rincones brillaban en baja potencia
porque la nueva política de gastos de Gauno incluía
el ahorro de energía), estaba relatando a sus colegas los
pormenores de su último viaje. La conversación llevaría
varias horas, porque Albert era muy, pero muy detallista -sobre
todo cuando hablaba de sí mismo-, pero la duración
no representaba un gran problema, ya que el bar de Londas no cerraba
nunca.
El grupo estaba compuesto por el propio Albert,
procedente de Bangaor, Kurt Lacyter, del sistema Reqei (aunque
se comentaba que no podría regresar a casa en el corto
plazo), y Fredo Biehl, un renegado del Imperio Gasitano... y el
Imperio Gasitano tampoco olvidaba a sus renegados. Eran compañeros
de trabajo en la Compañía Interplanetaria Overmicoler
-subsidiaria de Magnacorp-, bajo las órdenes del Capitán
Ele, una manera simplificada de hacer referencia a un ser al que
no conocían en persona, que firmaba sus órdenes
con algo impronunciable que se leía LLLKPILLLPTYRNLLLNOLLL
y lo acompañaba con un sello redondo con una “L”
en el centro; lo de ‘capitán’ provenía
del hecho de que los tres, en su pasado, habían servido
cierto tiempo en la flota de algún imperio, facción,
empresa, o cualquier entidad que tuviera el poderío económico
suficiente para mantener una flota y pagar su contrato.
Con un leve gesto circular de su mano derecha,
Albert indicó a Gauno que sirviera otra vuelta; los otros
empleados de la CIO hacían apuestas sobre la cantidad de
tragos que podía tomar el trío antes de caer redondos
de las sillas; llevaban el registro de las rondas por la cantidad
de créditos que se descontaban cada vez que terminaba alguna
de las misiones y se reunían en el “Respiro del Peregrino”.
Las zapatillas de Gauno, una plancha de silicox
adherida a las plantas de sus pies gordos y deformados, producían
un siseo extraño sobre el piso cubierto de suciedad mientras
se acercaba con la botella. Sirvió con una mano y con la
otra recibió la tarjeta de crédito que hizo deslizar
por el dispositivo que llevaba sujeto al cinturón, una
banda gruesa y perforada que se sumergía entre los rollos
de grasa.
-¿Vas a comenzar? Nos lo debes -dijo
Kurt, desperezándose y extendiendo las piernas por debajo
de la mesa-. No sabes cómo se puso el Capitán cuando
te excediste en días...
-No podía volver antes de terminar el
asunto -respondió Albert. Giraba la copa entre los dedos.
Por suerte, la deficiente iluminación impedía que
notara que la copa que debía ser transparente... no lo
era. Pero lo que les había llevado a convertir ese antro
en su lugar de recalada era precisamente eso-. Y cuando sepan
lo que me sucedió, se van a caer de espaldas. -Levantó
la copa e hizo desaparecer el contenido de un solo trago.
Los otros dos, por no ser menos, lo imitaron.
Otro gesto, otro siseo, otro pase de tarjeta. Los codiciosos ojillos
de Gauno brillaron un momento entre los párpados caídos.
Iba a ser un buen día, como siempre que el trío
aparecía.
-Viajé allá a pedido de mi hermano
Jufro -continuó Albert-. Él no puede salir de la
residencia porque, bueno... no sé si recordarán
que hace unos años tuvo una especie de ataque y quedó
impedido. -Albert hablaba con la mirada baja, como escondiéndola
a los ojos de los otros-. El asunto viene de un siglo atrás,
cuando el bis-bisabuelo Miquel -mi tatarabuelo- compró
unos terrenos en Caenir, uno de los satélites de Luqsa,
y desde una gaveta olvidada, el papel le llegó a Jufro...
-¿Explotación minera en Caenir,
Albert? -Fredo se enderezó en el asiento, demostrando un
instantáneo interés por el tema. Le gustaba el dinero...
tanto, que fue una de las razones -si no la principal- que le
obligaron a abandonar el Imperio Gasitano a toda velocidad-. Caramba,
si se trata de esos terrenos que acaban de explorar, y con el
uranio tan escaso en ese sector, tu hermano debe estar bien forrado...
-No te adelantes, que las cosas no son tan así.
-Albert cambió de posición; instintivamente se colocó
de manera de poder vigilar a un par de nuevos clientes que ingresaba
en el “Respiro”-. El tatarabuelo Miquel murió
al poco tiempo de depositar sus créditos por la fracción.
La familia dejó esos papeles en una gaveta, unos tíos
muy supersticiosos, pero tía Marga, muy desprejuiciada
ella, creyó que era momento de saber de qué se trataba.
Rompió los sellos y abrió la tapa. Salieron volando
un par de polillas: los documentos se habían deteriorado
después de tantos años...
-¿Y para eso te buscaron? -preguntó
Kurt, observando también a los dos tipos; eran delgados
y se les veía hambrientos; ladronzuelos, a ojos vista-.
¿Para un trámite tan sencillo? Podrían haberse
comunicado con la Oficina de Territorios y simplificar el asunto.
-Eso mismo es lo que hicieron, Jufro y tía
Marga. -Albert rebuscó algo en el bolsillo de la chaqueta-.
Comenzaron por el principio, por una copia del documento, ya que
era de papel y estaba un poco deteriorado por los bichos, y la
enviaron a la Oficina, con una solicitud de información.
-Les respondieron... -comenzó Fredo,
tratando de acortar los preliminares de la historia de Albert,
pero nervioso por no poder mirar con disimulo hacia donde observaban
de reojo sus dos compañeros.
-No les respondieron -dijo Albert, encontrando
por fin un cigarro oscuro y grueso, y tomándose tiempo
para encenderlo, aspirar y soltar un aro apestoso que en el aire
del “Respiro” apenas se notó-. Entonces Jufro
subió a una nave y se fue hasta Ares.
-Entonces, ¿puede viajar?
-Es que antes podía. -Carraspeó
antes de continuar-. Sabemos lo que hizo porque lo grabó
en su agenda el día previo al patatús, por decirlo
de alguna manera. Primero llenó un formulario de reclamo
en la Oficina de Territorios, por la falta de respuesta, y envió
a tía Marga una copia. Después decía que
tenía una cita -al día siguiente-, pero no puso
el nombre de la persona; sólo que era un empleado de la
Oficina. Lo único que tenemos sobre esa entrevista es un
mensaje por ultra-línea, donde dice sospechar que todo
el asunto es una estafa, y que estará de regreso a la brevedad,
apenas terminara de hacer algo que tenía pendiente; no
dice qué. Después de eso, el patatús...
Albert dejó caer el cigarro y llevó
la mano a la sobaquera; Kurt lo imitó. Al mismo tiempo,
el par de tipos extraños se puso de pie en la mesa vecina
y se acercó a Gauno a todo gas. En el camino, pasaron cerca
de la mesa del trío y de repente cayeron de bruces; se
encontraron con una pistola de rayos en la nuca, una para cada
uno.
Fredo se puso de pie con calma y levantó
a los ladronzuelos del cinturón; respiró hondo y
pasó a la trastienda, después de mirar a Gauno y
recibir un leve movimiento de cabeza como autorización.
Regresó en unos minutos y volvió a sentarse en su
silla. Los otros habían renovado la ración de bebida,
esperándolo.
-Ya está. Continúa.
-Jufro no regresó porque había
sido hospitalizado -dijo Albert, encendiendo un nuevo cigarro-.
Pasó un tiempo y tía Marga se inquietó. Pidió
noticias sobre él en la admisión de la posada donde
estaba alojado y una semana después recibió un aviso
de que las pertenencias de Jufro serían descartadas si
nadie las retiraba. -Albert respiró hondo y bebió
su trago. Gesto, siseo, tarjeta; esperó a que Gauno se
alejara y continuó-. Yo estaba de servicio en la Avanzada
Planetaria y no me enteré de nada de esto. Cuando terminaron
las refriegas en el Imperio Gasitano quedé varado allí
por un tiempo.
-Miró a Fredo-. Lo único que saqué
de esa maldita aventura fue el haberte conocido, aunque hasta
el día de hoy maldito si sé si eso fue algo bueno
o malo.
-Gracias, Albert, yo te quiero más todavía.
Y que me hayas salvado la vida es algo que nunca dejaré
de deberte.
-Bueno, cuando por fin tía Marga me localizó,
Jufro estaba en casa, y en manos de los médicos.
-¿Y de cuánto tiempo atrás
estamos hablando? -preguntó Kurt.
-Eso sucedió hace cinco años,
meses más, meses menos. Por eso, cuando tía Marga
me pidió que tratara de averiguar si esa maldita fracción
se podía vender para usar los créditos en la recuperación
de mi hermano, le pedí al Capitán que me diera unos
días de licencia.
-Y a nosotros que nos hiciéramos cargo
de tus trabajos en curso...
-Y claro... ¿en quién más
podría confiar?
-Está bien. Pero ahora, nos debes la historia.
-De acuerdo, aunque... -Albert levantó
las cejas interrogativamente, en dirección a Fredo.
-Pues, hice lo que tenía que hacer...
los amordacé y maniaté junto a los droides de limpieza
-respondió Fredo, desentendiéndose del asunto con
un gesto de la mano-. Le diré a Gauno que los deje ir al
amanecer; tendrán suficiente con eso.
-¿No los habrás golpeado demasiado,
verdad?
-¿Bromeas? -dijo Fredo, con cara de ofendido-.
¡Si los ladronzuelos ni siquiera se resistieron...!
Albert y Kurt intercambiaron una mirada dubitativa
durante un segundo.
-Oh, bueno, ya está bien -dijo Kurt, dando
una brusca palmada sobre la mesa-. Olvidémoslo. Estabas
a punto de contar la maldita historia, Albert...
-¿Por dónde prefieren que empiece?
¿Por la discusión con el Capitán, por la
muerte de mi compañera, o por el florista? Todo eso sucedió
en la misma mañana...
Tanto Kurt como Fredo abrieron los ojos grandes
como ceniceros.
-Joder, Albert... -exclamó Kurt, buscando
el vaso con gesto maquinal... para encontrarlo otra vez vacío-.
¿Lo dices en serio?
-¿Alguna vez he mentido? ¡Gauno,
otra ronda! ¡Y de vez en cuando ve a la trastienda a fijarte
cómo siguen esos dos!
CAPÍTULO 2: UNA MAÑANA
AGITADA
El despertador neurónico no
había funcionado, como de costumbre, así
que desperté media hora más tarde, y sólo
porque mi compañera me dio un buen codazo en
las costillas. Abrí los ojos de mala gana, con
el dolor de cabeza instalado tan al fondo que pensé
que los sesos se me derramarían sobre la almohada...
y allí estaba Brenda, tan preciosa como siempre,
mirándome a los ojos con esa sonrisa suya que...
bueno ya saben cómo es ella -cómo era,
mejor dicho-, así que no voy a describirla ahora...
¿La conociste, Kurt, verdad? ¿Acaso
no fuimos juntos a ese senso-recital de mala muerte del grupo
New Cynetick, el que tenía unas coristas andróginas
muy exuberantes? ¡Recuerdo que te acompañaba esa
chica que conociste durante tu licencia en Venusiland, la que
se había hecho aquel injerto tan seductor entre los senos!
Está bien, si dices que no eras tú,
pues no eras tú, y se acabó. Aunque hubiera jurado...
Seguro que Fredo la recuerda bien, ¿verdad,
Fredo? Dime si Brenda no tenía los ojos azules más
hondos que se pudieran encontrar en Seaque -digo en Seaque porque
las rintanianas, con esas cabezas de casi medio metro de profundidad,
sin duda tienen los ojos más hondos de todas-, esa mirada
tan expresiva que podía decírtelo todo sin necesidad
de palabras...
Oh, al diablo. Aquí en la creditera guardo
una holo de ella, miren. ¿No era una preciosidad...?
¿Emocionado? ¿Emocionado yo?
¿Por qué mejor no cierras la boca y abres bien esas
orejas, Fredo? Es el maldito aire viciado de este antro el que
me hace lagrimear. Y paga una ronda, que la anterior fue por mi
cuenta...
Como les decía, el despertador no funcionó
y Brenda me resucitó con un golpe. Estaba a mi lado, incorporada
sobre un codo, con el cabello castaño cayéndole
sobre el hombro desnudo y...
Está bien, me limito a los hechos entonces.
Y devuélveme la holo, joder, que es lo único que
me ha quedado de ella. Gracias.
Le di el beso de los buenos días y saqué
los pies de la cama. La habitación dio un giro completo,
de los que dan náuseas, cosa que debió notarse porque
Brenda soltó una carcajada.
“Mejor si vas a lavarte un poco la cara,
Albert”, me dijo, y de pronto pareció que su mirada
perdía luminosidad, a la vez que su boca despedía
una especie de ronquido... Juro que era la primera vez que me
sucedía, lo juro. Nunca antes había presenciado
la muerte de una compañera.
-Vamos, Albert, ¡jo, jo, jo! -dijo Fredo,
aplaudiendo y agitando la nube de kurbo que le rodeaba, sacudido
por las carcajadas-. ¡Ahora nos dirás que esa Brenda
fue la primera compañera de tu vida...!
Albert frunció el ceño y miró
con fijeza a Fredo hasta que éste recuperó la seriedad;
el hombretón no era un bebé y había que andarse
con cuidado en sus momentos de fastidio.
-Digo que nunca... nunca estuve presente
cuando una compañera quedaba sin energía -explicó,
y se quedó mirando a Fredo un poco más, por si acaso
el otro volvía a burlarse; entonces continuó-. Ninguna
me duró tanto tiempo como para presenciar el momento. Y
les aseguro que es decepcionante. Peor que cuando un móvil
terrestre se queda sin carga... ¡Uf! Es como si un verdadero
ser viviente se te muriera en la cama... ¡y estábamos
a punto de hacer el amor!
»Sin saber cómo actuar, me levanté
y me comuniqué con la central del servicio. Brenda era
de la Comcom, y la operadora que me atendió, un droide
de una belleza inusitada... -se notaba en la imagen de mi tridífono,
aunque de tridi ya no tiene nada porque me atrasé con las
facturas- me informó que se había vencido la garantía,
el contrato, y el seguro; de modo que yo mismo tenía que
hacerme cargo del desecho.
¡Desecho! ¿Se dan cuenta? Esa compañía
no tiene corazón. Trataban a Brenda como si fuera un...
un trasto pasado de moda. Pedí presupuesto en la central
de reciclado más cercana y el monto de créditos
que me querían cobrar por el traslado... sólo por
quitarla de mi cama, era exorbitante. Les dije lo que podían
hacer con su equipo de reciclado y llamé al servicio de
sepelios...
-¡Animal! -saltó Kurt; era de los
que no aceptaban las relaciones entre humanos y droides, y cuando
se hacía referencia a ellas, se mostraba abiertamente indignado-.
¡No harías eso ni siquiera por una mascota! ¡Mira
que hacerlo por una máquina! ¡Aj!
-Espera un poco, Kurt -intervino Fredo-. Brenda
era algo especial para Albert. Como lo es ese escudo extraño
para ti...
-¿Puedo continuar? -dijo Albert, con
la voz un tanto contenida-. A este paso no podré terminar
mi historia hasta mañana por la tarde... -Gesto. Siseo.
Tarjeta. Luego levantó su copa-. Y ahora, brindemos por
Brenda, ya que no pudieron estar presentes en su sepelio.
»Continúo. Después de arreglar
la tarifa con el servicio de sepelios, más un adicional
para tranquilizar algunos prejuicios, me comuniqué con
la CIO y pedí hablar con el Capitán, para informarle
del hecho y solicitar los días de licencia que necesitaba
para el asunto de Jufro. ¡No saben cómo se puso!
Bueno, en realidad yo tampoco sé como se puso, pero el
volumen del sintetizador de voz subió uno o dos niveles.
Mencioné lo de una licencia por duelo, por lo de Brenda,
y se puso peor. Nos lanzamos un centenar de amenazas y al final
conseguí su promesa de no despedirme a cambio de encontrar
quien se hiciera cargo de mis casos pendientes... y que no me
diera un céntimo por los tres, ¿oyen?, tres
días que estaría fuera. Tampoco pude sacarle
un salvoconducto.
Esa tarde, más tranquilo, me dirigí
al salón del sepelio (los del servicio habían pasado
a buscar a Brenda al mediodía: dos tipos robustos que ni
el pésame me dieron), y vi que allí estaba su cuerpo,
extendido, abandonado... ¡y sin una sola flor! Interpelé
al encargado y se disculpó diciendo que el artista floral,
¡menudo título!, se negaba a hacer el arreglo sobre
una máquina. Lo busqué. Si alguna vez se han imaginado
algo parecido a un gusano flaco, lo pueden ver moverse en la oficina
lateral del servicio. Allí estaba, lánguido y sin
color. Cuando le reclamé los arreglos, comenzó un
discurso sobre lo sublime y lo sagrado, hasta que lo tomé
del cuello y lo sacudí un poco; conclusión: lo sublime
y lo sagrado comenzaron a interesarle de manera muy personal.
¡Brenda quedó preciosa, rodeada
de holo-flores en todos los colores imaginables! ¡Apenas
se le veía el rostro, un poco tieso, eso sí, pero
igualmente bello!
Me quedé un par de horas junto al cajón,
a solas, disfrutando de la paz de su expresión, hasta que
empecé a sentir ganas de tomarme un neo-café y unos
bollos; pasé a la confitería del lugar, un anexo
regenteado por personas que no entendían gran cosa del
negocio a juzgar por la música que tronaba en la Sensola:
ritmos sugerentes y alegres que te subían y bajaban por
la corteza cerebral como si estuvieras de fiesta... Le dije al
camarero lo que pensaba al respecto y no pareció gustarle.
Y como a mí tampoco me gustó que a él no
le gustara, me encargué yo mismo de enmudecer a la Sensola.
Imagino que a estas alturas ya habrán comprado una nueva,
porque me cuidé que ésa no siguiera molestando,
al menos hasta que terminara el café y los bollos, que
tampoco estaban muy buenos.
Volví al salón. Lo primero que
me llamó la atención fue la iluminación,
demasiado tenue. Tardé un segundo en advertir que las holo
flores junto al umbral estaban apagadas; por el rabillo del ojo
noté un movimiento furtivo, alguien que escapaba hacia
el fondo. Eché mano a la pistolera... para descubrir que
había dejado el arma en el cajón de la mesa de noche.
Ya saben, con todo el ajetreo de la mañana, demasiada suerte
tuve al conseguir ponerme dos medias del mismo color. Así
que aferré lo primero que encontré, que resultó
ser un florero. Por un segundo temí que fuese una holo,
pero no lo era; la imagen de las calas había quedado flotando
y parpadeando en el aire, sobre el mármol de la mesa.
De acuerdo, Kurt, ya termino. Es que todo tiene
que ver con todo, ¿entiendes? Me abalancé sobre
la silueta cuando cruzaba el umbral y le reventé el jarrón
donde creía que debía tener la nuca. La tenía.
Se derrumbó con un quejido sobre una corona que se desintegró
en una maraña de chispas, con lo lindas que estaban esas
flores... Levanté al maldito de las solapas; era el gusano
blanco, por supuesto, ¡el artista floral! Y estaba llorando
como un marrano. Lo solté y cayó como una bolsa
vacía.
-¿Puedo saber por qué diablos apagaste
las flores? -pregunté. Y juro que tuve que contenerme para
no patearle el pescuezo. Alzó la cara; me miró.
Caray, me dije, este tipo está más acongojado que
yo...
-No quería ser visto por los de administración...
-hipó-. Yo... yo creí que usted se había
marchado...
-Pues mira por dónde, que sigo aquí.
Estaba en esa pocilga de cafetería que tienen ahí
atrás, machacándole a la Sensola, amigo. Aunque
eso no explica tu actitud.
-Ella... ella es hermosa -dijo, sorbiéndose
los mocos-. Quiero decir... era hermosa. Yo simplemente
quería... quería verla bien por última vez,
antes de llevarla a reciclaje...
»Sí, Fredo, me quedé duro.
No sabía cómo interpretar aquello. Reconozco que
tuve un breve ramalazo de compasión; después de
todo, un minuto antes había querido pegarle un tiro al
pobre tipo, y le había partido un jarrón bien real
en la cabeza. Le ayudé a incorporarse. Se limpió
las ropas con un «gracias» susurrado, echó
un último y rápido vistazo a Brenda (ya no quedaban
arreglos y el perfil de mi pequeña casi no se veía
en la penumbra del cajón), y caminó muy tieso hacia
la salida. Lo detuve antes de que desapareciera.
-Escucha un momento, amigo.
Giró el rostro de gusano hacia mí.
¿Saben qué es lo gracioso? Ya no me parecía
tan desagradable. Fue uno de esos momentos en que me felicito
por no ser rencoroso.
-¿Sí? -al menos la voz no le temblaba.
-Búscate otro trabajo -dije-. Esto no
es para ti. Quizá los de administración crean que
es un trabajo ideal para un droide, pero...
-Lo pensaré -respondió. Sus ojos
mecánicos despidieron ese leve fulgor azul que sólo
muestran en contadas ocasiones, no más de dos o tres veces
en su corta vida, cuando los droides se emocionan de verdad-.
Es que nunca había visto que velaran a una de los nuestros,
¿sabe? Al menos para mí, fue la primera vez. Sólo
quería verla, despedirla. Era hermosa, sí.
Y se marchó, dejándome solo durante
el resto de la tarde, entre las holo flores desconectadas y el
cuerpo silencioso de Brenda.
Diablos, este maldito aire enrarecido... ¡Londas,
a ver cuándo arreglas ese cascajo del reciclador, que los
muchachos y yo estamos lagrimeando, sabes!
¿Continúo? ¿Sí?
Pues aquel larguísimo día terminó con la
llamada que ustedes recibieron; y después de avisar al
Capitán Ele quiénes me reemplazarían, me
puse en camino hacia Ares, capital de Luqsa, ya que Caenir es
uno de sus satélites. ¡Y tengan en cuenta que tuve
que viajar en una nave de línea!
-Y EN LA SIGUIENTE
ENTREGA...-
3 - PRIMEROS PASOS EN ARES
Todos los asuntos de registros de propiedades en Luqsa debían
gestionarse en su capital, Ares; la actividad en la Oficina de
Territorios era intensa ya que en fechas recientes habían
descubierto abundante uranio en los tres satélites del
planeta y numerosas empresas de minería (legales y de las
otras) presentaban reclamos de explotación.
La nave de línea sobrevoló la
cúpula que protegía a Ares del riguroso clima de
Luqsa y descendió en el espacio-puerto; a Albert Combull
no le gustaba llegar a ningún sistema sin el habitual salvoconducto
de la CIO; esta vez tuvo que pasar por todos los controles como
un turista común. Suspiró con cara de aburrido mientras
caminaba entre las placas detectoras, ubicadas a lo largo del
canal de salida de la nave. Por supuesto, llevaba su pistola láser
debidamente resguardada tras un campo de estasis, bajo la axila
izquierda. Saludó con un gesto a los droides de vigilancia
y avanzó junto al resto de los pasajeros.
Llegó a un recinto amplio y casi desprovisto
de mobiliario con excepción de los robots de desembarco,
que iban de aquí para allá ayudando con el equipaje;
el edificio estaba construido con paredes de cristal ahumado que
no dejaban ver hacia el exterior. Mientras tomaba asiento frente
a una de las terminales de bienvenida, Albert se prometió
cobrarle todas aquellas molestias burocráticas al Capitán
Ele en cuanto tuviera oportunidad.
-Agradable día tenga usted -saludó
la terminal, con voz apenas atiplada y empleando un particular
acento de interlengua que Albert no recordaba haber escuchado
en su anterior estancia en Ares-. Coloque su identificación
en la ranura, por favor.
-Que tenga usted el doble -respondió
él, haciendo lo que le indicaba y preguntándose
si las reglas de cortesía antiguas serían válidas
en la actualidad.
La pantalla de la terminal se iluminó
con un admonitorio color violeta.
-Creo necesario advertirle que soy una IA, señor...
-un breve repiqueteo electrónico-, señor Albert
Combull, Registro Universal Único AC-M25/5/7645, referencia
Seaque-QWERTYUIO; y que el protocolo imperante en su planeta de
origen no posee especial interés para mí. Le ruego
que responda a mis preguntas con información concreta y
fidedigna.
Albert torció el rostro y apretó
los puños.
-Claro, siempre y cuando te vayas al diablo
y no regreses -dijo.
(ir al capítulo
siguiente)
publicado en septiembre
de 2007
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