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Coordenadas (cap-1 y cap-2) Más sobre Graciela Lorenzo Tillard o Fabio Ferreras

CAPÍTULO 1: UNA VELADA AMISTOSA

El enrarecido ambiente del “Respiro del Peregrino” quizá pudiera cortarse con un láser... pero se hubieran necesitado unos cuantos disparos para lograrlo. Las amarillentas volutas de humo provenientes de cigarros, sahumerios y cazoletas subían hacia el techo, se acumulaban hasta formar una nube densa y maloliente que amenazaba con abombar las vigas de madera auténtica, y desde allí se desparramaban por todos los rincones del bar, inundando los pulmones de los devotos parroquianos.

Sí, el “Respiro del Peregrino” era un auténtico paraíso. Su propietario, Gauno Londas -obeso, malhumorado y de oscura historia-, no solía ventilar el local muy a menudo; el reciclador de aire no funcionaba desde hacía dos o tres meses: lo atravesó un láser que salió en la dirección equivocada, y allí quedó, arrumbado a un costado del mostrador, como soporte para la Sensola. De vez en cuando, Gauno le propinaba un buen golpe en el compartimiento de la bomba con la esperanza de que el reciclador volviera a traquetear como en los viejos tiempos, pero hasta ahora no había tenido tanta suerte, de modo que el aire sólo se renovaba cuando los clientes entraban o salían, o cuando algún eventual disparo destruía el empañado vidrio de la única ventana del local y la densa nube interna dejaba paso a la externa. Era algo que sucedía a menudo, porque en el «Respiro del Peregrino» abundaban los disparos.

En ese momento no estaba muy concurrido; borrachines perdidos, trabajadores en paro, o traficantes de kurbo -a juzgar por el aroma que desprendían sus cazoletas-, ocupaban poco menos de la mitad de las veinte mesas del local. De todas formas aún era temprano, y en una o dos horas Gauno debería dejar el trapo con que lustraba las mesas -lo único inmaculadamente limpio en el lugar- por su puesto tras el dispensador automático de bebidas. Pero eso sería después; por ahora la tarde transcurría tranquila, y Gauno rondaba de mesa en mesa, sirviendo y cobrando él mismo los tragos. Los droides de compañía yacían desactivados en la trastienda, la tarima del escenario esperaba la llegada de los músicos y la Sensola, enmudecida sobre el inútil reciclador, aguardaba a que algún cliente aportara los primeros créditos.

Albert Combull, acodado sobre una mesa en penumbras (los globos fluorescentes de los rincones brillaban en baja potencia porque la nueva política de gastos de Gauno incluía el ahorro de energía), estaba relatando a sus colegas los pormenores de su último viaje. La conversación llevaría varias horas, porque Albert era muy, pero muy detallista -sobre todo cuando hablaba de sí mismo-, pero la duración no representaba un gran problema, ya que el bar de Londas no cerraba nunca.

El grupo estaba compuesto por el propio Albert, procedente de Bangaor, Kurt Lacyter, del sistema Reqei (aunque se comentaba que no podría regresar a casa en el corto plazo), y Fredo Biehl, un renegado del Imperio Gasitano... y el Imperio Gasitano tampoco olvidaba a sus renegados. Eran compañeros de trabajo en la Compañía Interplanetaria Overmicoler -subsidiaria de Magnacorp-, bajo las órdenes del Capitán Ele, una manera simplificada de hacer referencia a un ser al que no conocían en persona, que firmaba sus órdenes con algo impronunciable que se leía LLLKPILLLPTYRNLLLNOLLL y lo acompañaba con un sello redondo con una “L” en el centro; lo de ‘capitán’ provenía del hecho de que los tres, en su pasado, habían servido cierto tiempo en la flota de algún imperio, facción, empresa, o cualquier entidad que tuviera el poderío económico suficiente para mantener una flota y pagar su contrato.

Con un leve gesto circular de su mano derecha, Albert indicó a Gauno que sirviera otra vuelta; los otros empleados de la CIO hacían apuestas sobre la cantidad de tragos que podía tomar el trío antes de caer redondos de las sillas; llevaban el registro de las rondas por la cantidad de créditos que se descontaban cada vez que terminaba alguna de las misiones y se reunían en el “Respiro del Peregrino”.

Las zapatillas de Gauno, una plancha de silicox adherida a las plantas de sus pies gordos y deformados, producían un siseo extraño sobre el piso cubierto de suciedad mientras se acercaba con la botella. Sirvió con una mano y con la otra recibió la tarjeta de crédito que hizo deslizar por el dispositivo que llevaba sujeto al cinturón, una banda gruesa y perforada que se sumergía entre los rollos de grasa.

-¿Vas a comenzar? Nos lo debes -dijo Kurt, desperezándose y extendiendo las piernas por debajo de la mesa-. No sabes cómo se puso el Capitán cuando te excediste en días...

-No podía volver antes de terminar el asunto -respondió Albert. Giraba la copa entre los dedos. Por suerte, la deficiente iluminación impedía que notara que la copa que debía ser transparente... no lo era. Pero lo que les había llevado a convertir ese antro en su lugar de recalada era precisamente eso-. Y cuando sepan lo que me sucedió, se van a caer de espaldas. -Levantó la copa e hizo desaparecer el contenido de un solo trago.

Los otros dos, por no ser menos, lo imitaron. Otro gesto, otro siseo, otro pase de tarjeta. Los codiciosos ojillos de Gauno brillaron un momento entre los párpados caídos. Iba a ser un buen día, como siempre que el trío aparecía.

-Viajé allá a pedido de mi hermano Jufro -continuó Albert-. Él no puede salir de la residencia porque, bueno... no sé si recordarán que hace unos años tuvo una especie de ataque y quedó impedido. -Albert hablaba con la mirada baja, como escondiéndola a los ojos de los otros-. El asunto viene de un siglo atrás, cuando el bis-bisabuelo Miquel -mi tatarabuelo- compró unos terrenos en Caenir, uno de los satélites de Luqsa, y desde una gaveta olvidada, el papel le llegó a Jufro...

-¿Explotación minera en Caenir, Albert? -Fredo se enderezó en el asiento, demostrando un instantáneo interés por el tema. Le gustaba el dinero... tanto, que fue una de las razones -si no la principal- que le obligaron a abandonar el Imperio Gasitano a toda velocidad-. Caramba, si se trata de esos terrenos que acaban de explorar, y con el uranio tan escaso en ese sector, tu hermano debe estar bien forrado...

-No te adelantes, que las cosas no son tan así. -Albert cambió de posición; instintivamente se colocó de manera de poder vigilar a un par de nuevos clientes que ingresaba en el “Respiro”-. El tatarabuelo Miquel murió al poco tiempo de depositar sus créditos por la fracción. La familia dejó esos papeles en una gaveta, unos tíos muy supersticiosos, pero tía Marga, muy desprejuiciada ella, creyó que era momento de saber de qué se trataba. Rompió los sellos y abrió la tapa. Salieron volando un par de polillas: los documentos se habían deteriorado después de tantos años...

-¿Y para eso te buscaron? -preguntó Kurt, observando también a los dos tipos; eran delgados y se les veía hambrientos; ladronzuelos, a ojos vista-. ¿Para un trámite tan sencillo? Podrían haberse comunicado con la Oficina de Territorios y simplificar el asunto.

-Eso mismo es lo que hicieron, Jufro y tía Marga. -Albert rebuscó algo en el bolsillo de la chaqueta-. Comenzaron por el principio, por una copia del documento, ya que era de papel y estaba un poco deteriorado por los bichos, y la enviaron a la Oficina, con una solicitud de información.

-Les respondieron... -comenzó Fredo, tratando de acortar los preliminares de la historia de Albert, pero nervioso por no poder mirar con disimulo hacia donde observaban de reojo sus dos compañeros.

-No les respondieron -dijo Albert, encontrando por fin un cigarro oscuro y grueso, y tomándose tiempo para encenderlo, aspirar y soltar un aro apestoso que en el aire del “Respiro” apenas se notó-. Entonces Jufro subió a una nave y se fue hasta Ares.

-Entonces, ¿puede viajar?

-Es que antes podía. -Carraspeó antes de continuar-. Sabemos lo que hizo porque lo grabó en su agenda el día previo al patatús, por decirlo de alguna manera. Primero llenó un formulario de reclamo en la Oficina de Territorios, por la falta de respuesta, y envió a tía Marga una copia. Después decía que tenía una cita -al día siguiente-, pero no puso el nombre de la persona; sólo que era un empleado de la Oficina. Lo único que tenemos sobre esa entrevista es un mensaje por ultra-línea, donde dice sospechar que todo el asunto es una estafa, y que estará de regreso a la brevedad, apenas terminara de hacer algo que tenía pendiente; no dice qué. Después de eso, el patatús...

Albert dejó caer el cigarro y llevó la mano a la sobaquera; Kurt lo imitó. Al mismo tiempo, el par de tipos extraños se puso de pie en la mesa vecina y se acercó a Gauno a todo gas. En el camino, pasaron cerca de la mesa del trío y de repente cayeron de bruces; se encontraron con una pistola de rayos en la nuca, una para cada uno.

Fredo se puso de pie con calma y levantó a los ladronzuelos del cinturón; respiró hondo y pasó a la trastienda, después de mirar a Gauno y recibir un leve movimiento de cabeza como autorización. Regresó en unos minutos y volvió a sentarse en su silla. Los otros habían renovado la ración de bebida, esperándolo.

-Ya está. Continúa.

-Jufro no regresó porque había sido hospitalizado -dijo Albert, encendiendo un nuevo cigarro-. Pasó un tiempo y tía Marga se inquietó. Pidió noticias sobre él en la admisión de la posada donde estaba alojado y una semana después recibió un aviso de que las pertenencias de Jufro serían descartadas si nadie las retiraba. -Albert respiró hondo y bebió su trago. Gesto, siseo, tarjeta; esperó a que Gauno se alejara y continuó-. Yo estaba de servicio en la Avanzada Planetaria y no me enteré de nada de esto. Cuando terminaron las refriegas en el Imperio Gasitano quedé varado allí por un tiempo.

-Miró a Fredo-. Lo único que saqué de esa maldita aventura fue el haberte conocido, aunque hasta el día de hoy maldito si sé si eso fue algo bueno o malo.

-Gracias, Albert, yo te quiero más todavía. Y que me hayas salvado la vida es algo que nunca dejaré de deberte.

-Bueno, cuando por fin tía Marga me localizó, Jufro estaba en casa, y en manos de los médicos.

-¿Y de cuánto tiempo atrás estamos hablando? -preguntó Kurt.

-Eso sucedió hace cinco años, meses más, meses menos. Por eso, cuando tía Marga me pidió que tratara de averiguar si esa maldita fracción se podía vender para usar los créditos en la recuperación de mi hermano, le pedí al Capitán que me diera unos días de licencia.

-Y a nosotros que nos hiciéramos cargo de tus trabajos en curso...

-Y claro... ¿en quién más podría confiar?

-Está bien. Pero ahora, nos debes la historia.

-De acuerdo, aunque... -Albert levantó las cejas interrogativamente, en dirección a Fredo.

-Pues, hice lo que tenía que hacer... los amordacé y maniaté junto a los droides de limpieza -respondió Fredo, desentendiéndose del asunto con un gesto de la mano-. Le diré a Gauno que los deje ir al amanecer; tendrán suficiente con eso.

-¿No los habrás golpeado demasiado, verdad?

-¿Bromeas? -dijo Fredo, con cara de ofendido-. ¡Si los ladronzuelos ni siquiera se resistieron...!

Albert y Kurt intercambiaron una mirada dubitativa durante un segundo.

-Oh, bueno, ya está bien -dijo Kurt, dando una brusca palmada sobre la mesa-. Olvidémoslo. Estabas a punto de contar la maldita historia, Albert...

-¿Por dónde prefieren que empiece? ¿Por la discusión con el Capitán, por la muerte de mi compañera, o por el florista? Todo eso sucedió en la misma mañana...

Tanto Kurt como Fredo abrieron los ojos grandes como ceniceros.

-Joder, Albert... -exclamó Kurt, buscando el vaso con gesto maquinal... para encontrarlo otra vez vacío-. ¿Lo dices en serio?

-¿Alguna vez he mentido? ¡Gauno, otra ronda! ¡Y de vez en cuando ve a la trastienda a fijarte cómo siguen esos dos!



CAPÍTULO 2: UNA MAÑANA AGITADA

El despertador neurónico no había funcionado, como de costumbre, así que desperté media hora más tarde, y sólo porque mi compañera me dio un buen codazo en las costillas. Abrí los ojos de mala gana, con el dolor de cabeza instalado tan al fondo que pensé que los sesos se me derramarían sobre la almohada... y allí estaba Brenda, tan preciosa como siempre, mirándome a los ojos con esa sonrisa suya que... bueno ya saben cómo es ella -cómo era, mejor dicho-, así que no voy a describirla ahora...

¿La conociste, Kurt, verdad? ¿Acaso no fuimos juntos a ese senso-recital de mala muerte del grupo New Cynetick, el que tenía unas coristas andróginas muy exuberantes? ¡Recuerdo que te acompañaba esa chica que conociste durante tu licencia en Venusiland, la que se había hecho aquel injerto tan seductor entre los senos!

Está bien, si dices que no eras tú, pues no eras tú, y se acabó. Aunque hubiera jurado...

Seguro que Fredo la recuerda bien, ¿verdad, Fredo? Dime si Brenda no tenía los ojos azules más hondos que se pudieran encontrar en Seaque -digo en Seaque porque las rintanianas, con esas cabezas de casi medio metro de profundidad, sin duda tienen los ojos más hondos de todas-, esa mirada tan expresiva que podía decírtelo todo sin necesidad de palabras...

Oh, al diablo. Aquí en la creditera guardo una holo de ella, miren. ¿No era una preciosidad...?

¿Emocionado? ¿Emocionado yo? ¿Por qué mejor no cierras la boca y abres bien esas orejas, Fredo? Es el maldito aire viciado de este antro el que me hace lagrimear. Y paga una ronda, que la anterior fue por mi cuenta...

Como les decía, el despertador no funcionó y Brenda me resucitó con un golpe. Estaba a mi lado, incorporada sobre un codo, con el cabello castaño cayéndole sobre el hombro desnudo y...

Está bien, me limito a los hechos entonces. Y devuélveme la holo, joder, que es lo único que me ha quedado de ella. Gracias.

Le di el beso de los buenos días y saqué los pies de la cama. La habitación dio un giro completo, de los que dan náuseas, cosa que debió notarse porque Brenda soltó una carcajada.

“Mejor si vas a lavarte un poco la cara, Albert”, me dijo, y de pronto pareció que su mirada perdía luminosidad, a la vez que su boca despedía una especie de ronquido... Juro que era la primera vez que me sucedía, lo juro. Nunca antes había presenciado la muerte de una compañera.

-Vamos, Albert, ¡jo, jo, jo! -dijo Fredo, aplaudiendo y agitando la nube de kurbo que le rodeaba, sacudido por las carcajadas-. ¡Ahora nos dirás que esa Brenda fue la primera compañera de tu vida...!

Albert frunció el ceño y miró con fijeza a Fredo hasta que éste recuperó la seriedad; el hombretón no era un bebé y había que andarse con cuidado en sus momentos de fastidio.

-Digo que nunca... nunca estuve presente cuando una compañera quedaba sin energía -explicó, y se quedó mirando a Fredo un poco más, por si acaso el otro volvía a burlarse; entonces continuó-. Ninguna me duró tanto tiempo como para presenciar el momento. Y les aseguro que es decepcionante. Peor que cuando un móvil terrestre se queda sin carga... ¡Uf! Es como si un verdadero ser viviente se te muriera en la cama... ¡y estábamos a punto de hacer el amor!

»Sin saber cómo actuar, me levanté y me comuniqué con la central del servicio. Brenda era de la Comcom, y la operadora que me atendió, un droide de una belleza inusitada... -se notaba en la imagen de mi tridífono, aunque de tridi ya no tiene nada porque me atrasé con las facturas- me informó que se había vencido la garantía, el contrato, y el seguro; de modo que yo mismo tenía que hacerme cargo del desecho.

¡Desecho! ¿Se dan cuenta? Esa compañía no tiene corazón. Trataban a Brenda como si fuera un... un trasto pasado de moda. Pedí presupuesto en la central de reciclado más cercana y el monto de créditos que me querían cobrar por el traslado... sólo por quitarla de mi cama, era exorbitante. Les dije lo que podían hacer con su equipo de reciclado y llamé al servicio de sepelios...

-¡Animal! -saltó Kurt; era de los que no aceptaban las relaciones entre humanos y droides, y cuando se hacía referencia a ellas, se mostraba abiertamente indignado-. ¡No harías eso ni siquiera por una mascota! ¡Mira que hacerlo por una máquina! ¡Aj!

-Espera un poco, Kurt -intervino Fredo-. Brenda era algo especial para Albert. Como lo es ese escudo extraño para ti...

-¿Puedo continuar? -dijo Albert, con la voz un tanto contenida-. A este paso no podré terminar mi historia hasta mañana por la tarde... -Gesto. Siseo. Tarjeta. Luego levantó su copa-. Y ahora, brindemos por Brenda, ya que no pudieron estar presentes en su sepelio.

»Continúo. Después de arreglar la tarifa con el servicio de sepelios, más un adicional para tranquilizar algunos prejuicios, me comuniqué con la CIO y pedí hablar con el Capitán, para informarle del hecho y solicitar los días de licencia que necesitaba para el asunto de Jufro. ¡No saben cómo se puso! Bueno, en realidad yo tampoco sé como se puso, pero el volumen del sintetizador de voz subió uno o dos niveles. Mencioné lo de una licencia por duelo, por lo de Brenda, y se puso peor. Nos lanzamos un centenar de amenazas y al final conseguí su promesa de no despedirme a cambio de encontrar quien se hiciera cargo de mis casos pendientes... y que no me diera un céntimo por los tres, ¿oyen?, tres días que estaría fuera. Tampoco pude sacarle un salvoconducto.

Esa tarde, más tranquilo, me dirigí al salón del sepelio (los del servicio habían pasado a buscar a Brenda al mediodía: dos tipos robustos que ni el pésame me dieron), y vi que allí estaba su cuerpo, extendido, abandonado... ¡y sin una sola flor! Interpelé al encargado y se disculpó diciendo que el artista floral, ¡menudo título!, se negaba a hacer el arreglo sobre una máquina. Lo busqué. Si alguna vez se han imaginado algo parecido a un gusano flaco, lo pueden ver moverse en la oficina lateral del servicio. Allí estaba, lánguido y sin color. Cuando le reclamé los arreglos, comenzó un discurso sobre lo sublime y lo sagrado, hasta que lo tomé del cuello y lo sacudí un poco; conclusión: lo sublime y lo sagrado comenzaron a interesarle de manera muy personal.

¡Brenda quedó preciosa, rodeada de holo-flores en todos los colores imaginables! ¡Apenas se le veía el rostro, un poco tieso, eso sí, pero igualmente bello!

Me quedé un par de horas junto al cajón, a solas, disfrutando de la paz de su expresión, hasta que empecé a sentir ganas de tomarme un neo-café y unos bollos; pasé a la confitería del lugar, un anexo regenteado por personas que no entendían gran cosa del negocio a juzgar por la música que tronaba en la Sensola: ritmos sugerentes y alegres que te subían y bajaban por la corteza cerebral como si estuvieras de fiesta... Le dije al camarero lo que pensaba al respecto y no pareció gustarle. Y como a mí tampoco me gustó que a él no le gustara, me encargué yo mismo de enmudecer a la Sensola. Imagino que a estas alturas ya habrán comprado una nueva, porque me cuidé que ésa no siguiera molestando, al menos hasta que terminara el café y los bollos, que tampoco estaban muy buenos.

Volví al salón. Lo primero que me llamó la atención fue la iluminación, demasiado tenue. Tardé un segundo en advertir que las holo flores junto al umbral estaban apagadas; por el rabillo del ojo noté un movimiento furtivo, alguien que escapaba hacia el fondo. Eché mano a la pistolera... para descubrir que había dejado el arma en el cajón de la mesa de noche. Ya saben, con todo el ajetreo de la mañana, demasiada suerte tuve al conseguir ponerme dos medias del mismo color. Así que aferré lo primero que encontré, que resultó ser un florero. Por un segundo temí que fuese una holo, pero no lo era; la imagen de las calas había quedado flotando y parpadeando en el aire, sobre el mármol de la mesa.

De acuerdo, Kurt, ya termino. Es que todo tiene que ver con todo, ¿entiendes? Me abalancé sobre la silueta cuando cruzaba el umbral y le reventé el jarrón donde creía que debía tener la nuca. La tenía. Se derrumbó con un quejido sobre una corona que se desintegró en una maraña de chispas, con lo lindas que estaban esas flores... Levanté al maldito de las solapas; era el gusano blanco, por supuesto, ¡el artista floral! Y estaba llorando como un marrano. Lo solté y cayó como una bolsa vacía.

-¿Puedo saber por qué diablos apagaste las flores? -pregunté. Y juro que tuve que contenerme para no patearle el pescuezo. Alzó la cara; me miró. Caray, me dije, este tipo está más acongojado que yo...

-No quería ser visto por los de administración... -hipó-. Yo... yo creí que usted se había marchado...

-Pues mira por dónde, que sigo aquí. Estaba en esa pocilga de cafetería que tienen ahí atrás, machacándole a la Sensola, amigo. Aunque eso no explica tu actitud.

-Ella... ella es hermosa -dijo, sorbiéndose los mocos-. Quiero decir... era hermosa. Yo simplemente quería... quería verla bien por última vez, antes de llevarla a reciclaje...

»Sí, Fredo, me quedé duro. No sabía cómo interpretar aquello. Reconozco que tuve un breve ramalazo de compasión; después de todo, un minuto antes había querido pegarle un tiro al pobre tipo, y le había partido un jarrón bien real en la cabeza. Le ayudé a incorporarse. Se limpió las ropas con un «gracias» susurrado, echó un último y rápido vistazo a Brenda (ya no quedaban arreglos y el perfil de mi pequeña casi no se veía en la penumbra del cajón), y caminó muy tieso hacia la salida. Lo detuve antes de que desapareciera.

-Escucha un momento, amigo.

Giró el rostro de gusano hacia mí. ¿Saben qué es lo gracioso? Ya no me parecía tan desagradable. Fue uno de esos momentos en que me felicito por no ser rencoroso.

-¿Sí? -al menos la voz no le temblaba.

-Búscate otro trabajo -dije-. Esto no es para ti. Quizá los de administración crean que es un trabajo ideal para un droide, pero...

-Lo pensaré -respondió. Sus ojos mecánicos despidieron ese leve fulgor azul que sólo muestran en contadas ocasiones, no más de dos o tres veces en su corta vida, cuando los droides se emocionan de verdad-. Es que nunca había visto que velaran a una de los nuestros, ¿sabe? Al menos para mí, fue la primera vez. Sólo quería verla, despedirla. Era hermosa, sí.

Y se marchó, dejándome solo durante el resto de la tarde, entre las holo flores desconectadas y el cuerpo silencioso de Brenda.

Diablos, este maldito aire enrarecido... ¡Londas, a ver cuándo arreglas ese cascajo del reciclador, que los muchachos y yo estamos lagrimeando, sabes!

¿Continúo? ¿Sí? Pues aquel larguísimo día terminó con la llamada que ustedes recibieron; y después de avisar al Capitán Ele quiénes me reemplazarían, me puse en camino hacia Ares, capital de Luqsa, ya que Caenir es uno de sus satélites. ¡Y tengan en cuenta que tuve que viajar en una nave de línea!

 

-Y EN LA SIGUIENTE ENTREGA...-

 

3 - PRIMEROS PASOS EN ARES


Todos los asuntos de registros de propiedades en Luqsa debían gestionarse en su capital, Ares; la actividad en la Oficina de Territorios era intensa ya que en fechas recientes habían descubierto abundante uranio en los tres satélites del planeta y numerosas empresas de minería (legales y de las otras) presentaban reclamos de explotación.

La nave de línea sobrevoló la cúpula que protegía a Ares del riguroso clima de Luqsa y descendió en el espacio-puerto; a Albert Combull no le gustaba llegar a ningún sistema sin el habitual salvoconducto de la CIO; esta vez tuvo que pasar por todos los controles como un turista común. Suspiró con cara de aburrido mientras caminaba entre las placas detectoras, ubicadas a lo largo del canal de salida de la nave. Por supuesto, llevaba su pistola láser debidamente resguardada tras un campo de estasis, bajo la axila izquierda. Saludó con un gesto a los droides de vigilancia y avanzó junto al resto de los pasajeros.

Llegó a un recinto amplio y casi desprovisto de mobiliario con excepción de los robots de desembarco, que iban de aquí para allá ayudando con el equipaje; el edificio estaba construido con paredes de cristal ahumado que no dejaban ver hacia el exterior. Mientras tomaba asiento frente a una de las terminales de bienvenida, Albert se prometió cobrarle todas aquellas molestias burocráticas al Capitán Ele en cuanto tuviera oportunidad.

-Agradable día tenga usted -saludó la terminal, con voz apenas atiplada y empleando un particular acento de interlengua que Albert no recordaba haber escuchado en su anterior estancia en Ares-. Coloque su identificación en la ranura, por favor.

-Que tenga usted el doble -respondió él, haciendo lo que le indicaba y preguntándose si las reglas de cortesía antiguas serían válidas en la actualidad.

La pantalla de la terminal se iluminó con un admonitorio color violeta.

-Creo necesario advertirle que soy una IA, señor... -un breve repiqueteo electrónico-, señor Albert Combull, Registro Universal Único AC-M25/5/7645, referencia Seaque-QWERTYUIO; y que el protocolo imperante en su planeta de origen no posee especial interés para mí. Le ruego que responda a mis preguntas con información concreta y fidedigna.

Albert torció el rostro y apretó los puños.

-Claro, siempre y cuando te vayas al diablo y no regreses -dijo.

(ir al capítulo siguiente)

 

publicado en septiembre de 2007

 
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