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CAPÍTULO 3: PRIMEROS
PASOS EN ARES
Todos los asuntos de registros de propiedades
en Luqsa debían gestionarse en su capital, Ares;
la actividad en la Oficina de Territorios era intensa
ya que en fechas recientes habían descubierto
abundante uranio en los tres satélites del planeta
y numerosas empresas de minería (legales y de
las otras) presentaban reclamos de explotación.
La nave de línea sobrevoló
la cúpula que protegía a Ares del riguroso
clima de Luqsa y descendió en el espacio-puerto;
a Albert Combull no le gustaba llegar a ningún
sistema sin el habitual salvoconducto de la CIO; esta
vez tuvo que pasar por todos los controles como un turista
común. Suspiró con cara de aburrido mientras
caminaba entre las placas detectoras, ubicadas a lo
largo del canal de salida de la nave. Por supuesto,
llevaba su pistola láser debidamente resguardada
tras un campo de estasis, bajo la axila izquierda. Saludó
con un gesto a los droides de vigilancia y avanzó
junto al resto de los pasajeros.
Llegó a un recinto amplio y
casi desprovisto de mobiliario con excepción
de los robots de desembarco, que iban de aquí
para allá ayudando con el equipaje; el edificio
estaba construido con paredes de cristal ahumado que
no dejaban ver hacia el exterior. Mientras tomaba asiento
frente a una de las terminales de bienvenida, Albert
se prometió cobrarle todas aquellas molestias
burocráticas al Capitán Ele en cuanto
tuviera oportunidad.
-Agradable día tenga usted -saludó
la terminal, con voz apenas atiplada y empleando un
particular acento de interlengua que Albert no recordaba
haber escuchado en su anterior estancia en Ares-. Coloque
su identificación en la ranura, por favor.
-Que tenga usted el doble -respondió
él, haciendo lo que le indicaba y preguntándose
si las reglas de cortesía antiguas serían
válidas en la actualidad.
La pantalla de la terminal se iluminó
con un admonitorio color violeta.
-Creo necesario advertirle que soy
una IA, señor... -un breve repiqueteo electrónico-,
señor Albert Combull, Registro Universal Único
AC-M25/5/7645, referencia Seaque-QWERTYUIO; y que el
protocolo imperante en su planeta de origen no posee
especial interés para mí. Le ruego que
responda a mis preguntas con información concreta
y fidedigna.
Albert torció el rostro y apretó
los puños.
-Claro, siempre y cuando te vayas
al diablo y no regreses -dijo.
-Lo que acabo de advertirle incluye
también las maldiciones e insultos de carácter
soez, señor. Gracias por su cooperación-.
De la ranura bajo el monitor surgió la identificación
de Albert; éste la recuperó y guardó
en su creditera sin decir palabra.
-Muy bien -continuó la terminal-.
¿Puede explicar la razón de una firma
personal tan extraña?
-¿Te parece difícil
de comprender, chatarra?
-La palabra QWERTYUIO carece de sentido
en cualquiera de las 1037 lenguas almacenadas en mi
banco de datos, incluidas jergas, jerigonzas, desvaríos
culturales y neo-lenguajes de desarrollo droide. Parece
una simple sucesión de caracteres librados al
azar. ¿Sabía usted leer y escribir al
momento de ingresar al Registro Universal Único,
señor... grrrfrzzzz, Combull? ¿Sabe usted
hacerlo ahora?
Albert hervía de indignación;
se estaba pasando la mano entre el cabello y la vena
que le palpitaba en la sien derecha era del tamaño
de uno de sus dedos; se limitó a responder con
voz grave y controlada:
-Yo leía los tebeos de Marvel
Mandrus mucho antes de que salieras de las factorías
de Focus IV, máquina pedante. Sucede que elegí
estampar mi identidad con un panel antiguo, los que
tenían teclas, y presioné las
primeras que encontré.
-¿Y por qué no una cripto-firma
vulgar y corriente, señor... grrrfrzzzz, Combull?
-Porque me gusta hacer las cosas al
estilo antiguo... aunque para ti bastaría con
decirte que se me dio la real gana de hacerlo así.
Como puedes ver -agregó, con una sonrisa-, te
estoy dando información concreta y fidedigna.
La terminal lo consideró unos
instantes, al tiempo con el monitor variaba del violeta
al verde hierba... la manera que tenía la IA
de armarse de paciencia, quizá.
-De acuerdo, señor... grrr...
-Combull, cacharro, me llamo Combull...
-Exactamente, señor Combull.
Sólo resta una breve descripción de sus
actividades en Luqsa. Por favor, limítese a ser
conciso y no supere los 150 caracteres.
Albert se removió en el mullido
asiento. “¿Cuántos días de
cuarentena psíquica me darían por descerrajarle
un tiro a la maldita cosa?”, se preguntó.
-Estoy de paso en Luqsa -dijo-, y
no pienso permanecer más de tres días,
en el caso que el trámite se complique demasiado.
Si de mí dependiera, me iría esta misma
noche con tal de regresar a...
-Señor Combull, ya ha utilizado
los ciento cincuenta caracteres permitidos, y no ha
dicho en qué consiste, con exactitud, el trámite
que lo trae a nuestro sistema. Le ruego que...
Albert perdió la paciencia.
Su mano derecha se disparó, golpeando a un costado
del monitor con tanta fuerza que la voz sintetizada
murió al instante (¡GRRRFRZZZZ!), mientras
el color verde hierba se transformaba en un plata definitivo.
Se puso de pie y llamó a un
droide que pasaba cerca, cargando un montón de
maletas.
-Oye, amigo -dijo Albert, con cara
de inocente-. ¿Podrías llamar a un funcionario
de Ingresos, por favor? A un funcionario humano,
quiero decir. Parece que esta terminal tiene problemas...
Cinco minutos después, y tras
un rápido papeleo que no tuvo incidentes, el
funcionario (por fortuna humano) le ofreció a
Albert un abejorro, una nave diminuta “que le
dará al señor la libertad de movimientos
que merece”, frase que terminó de convencerlo,
sobre todo porque previamente había sido informado
de que dicha nave funcionaba con energía solar
y que no le costaría un milicrédito por
legua recorrida. Subió a la navecilla -aunque
más bien sintió que se la estaba poniendo
como un mono ajustado; era una especie de carcasa con
algo parecido a una escafandra a manera de parabrisas,
donde el propulsor iba colgado a la espalda como una
mochila y los controles de... bueno, cerca de la entrepierna-,
y fue lanzado a lo largo del ducto de ingreso al domo.
El largo corredor caracoleaba sobre
sí mismo, a veces descendiendo y volviendo a
subir sin motivo aparente. Su tonalidad gris delataba
el duro megacero con el que estaba construido. A intervalos
regulares se abrían a los costados unas arcadas
semicirculares con carteles indicadores por encima;
por gracia de la estandarización estaban escritos
en interlengua; Albert buscaba la que lo conduciría
directamente al centro administrativo de Ares. Dejó
atrás las que decían "Regreso al
espacio-puerto" y "Salida del domo-PELIGRO-SE
REQUIERE ESCUDO DE PROTECCIÓN"; no le interesaba
en lo absoluto abandonar la cúpula de Ares: no
había nada en el estéril mundo de Luqsa
que le llamara la atención, de modo que siguió
su camino.
Presionó el mando acelerador y el impulso extra
fue como una mano que lo empujaba desde la espalda.
Sin perder la vertical inclinó la cabeza hacia
delante y los talones un poco hacia atrás para
mejorar la aerodinámica... o al menos eso creía,
ya que Albert nunca fue muy bueno en ciencias.
No estaba solo en el ducto; varios
grupos de transeúntes se desplazaban dentro de
sus respectivos abejorros. Se adelantó a una
pareja (quizá turistas a juzgar por las maletas
que los seguían como hilera de cachorrillos,
dentro de un campo de éxtasis lenticular); el
hombre y la mujer, ambos de avanzada edad, iban muy
tiesos, los rostros expectantes y solemnes tras el cristal
de sus parabrisas, o escafandras.
-Jo, vejetes -dijo Albert, activando
el altavoz para que pudieran oírlo-. ¡Denle
gas si quieren alcanzarme!
Se lo quedaron viendo con cara de
pocos amigos.
La pequeña broma hizo que Albert
se pasara el cartel de "Ares-Centro Administrativo-POR
FAVOR DISMINUYA LA VELOCIDAD". Así que tuvo
que dar media vuelta y regresar por el ducto de dirección
contraria, maniobra algo imprudente que casi le costó
un impacto frontal con otro abejorro.
-¡Animal! -gritó Albert
levantando una manaza en el reducido espacio de la carcasa-.
¡A ver si te fijas por dónde vas!
Hacía tiempo que no visitaba
Ares, y pudo apreciar, al salir del ducto, que había
dos erguidos cilindros llenos de oquedades hacia el
poniente: eran las unidades de vivienda para los nuevos
colonos mineros, que llegaban por cientos. Por arriba,
la inmensa cúpula de glasita opacaba el brillo
de Rik, el sol del sistema.
Buscó la señal entre
los techos de las construcciones bajas que había
alrededor del único espacio abierto en el Centro
y de inmediato la localizó. Tuvo que esperar
unos minutos su turno de posarse, pero enseguida fue
liberado de la carcasa; por fin puso el pie en plena
ciudad.
Echó a andar entre la gente
vestida de colores diversos entre los que no se destacaban
ni el blanco ni el negro. Se preguntó qué
podrían encontrar los turistas en un mundo como
Luqsa, donde era imposible salir de la cúpula
de Ares sin traje aislante... y se encogió de
hombros. Lo preguntaría a la primera amistad
que hiciera en el bar, porque Albert ya estaba planeando
meterse en alguno; la bebida autóctona de Luqsa
colmaba sus exigencias.
Por sobre su cabeza iban y venían
los abejorros, al parecer el medio de transporte más
utilizado luego de las dos piernas... porque había
peatones por todas partes. Ocasionalmente pasaba algún
vehículo de pasajeros o furgones automatizados
de mercancías; no se veían automóviles
ni motocicletas. “Mejor, menos polución”,
pensó Albert mientras encendía un cigarro.
Llegó a la “Posada del
Pasajero”, un establecimiento de aspecto más
o menos decente. Consultó las tarifas, regateó
con astucia, y terminó pagando el mismo importe
que le dijeron al principio. Al menos el conserje era
humano y le aseguró que en el reglamento del
lugar estaba prohibido el ingreso de robots humanoides.
Tuvo un breve momento de pánico al entrar en
el elevador porque lo operaba un eridario, un ser petiso
-más ancho que alto- con un inquietante par de
cuernos velludos que le sobresalían de los pómulos
y que provenía del sistema Aqecumor. Albert padecía
de síndrome especista, palabra surgida por modificación
de “racista” -como consecuencia del descubrimiento
de otros grupos inteligentes en el universo-, y eso
significaba un rechazo irracional y visceral de cualquier
especie diferente a la propia; no demasiado, pero sí
lo suficiente para preferir la compañía
humana, o droide en alguno de los casos (una breve imagen
de Brenda cruzó por su mente mientras decía
"Habitación 567" con vocecita tenue),
razón por la cual no quitó la vista del
eridario durante todo el trayecto, y con la mano cerca
de la pistolera. Cuando se detuvieron en su piso, Albert
salió del elevador con tanta premura que casi
no esperó a que se abrieran las puertas.
Iba a medio camino del pasillo cuando
escuchó el susurro ronco del eridario a sus espaldas:
-Señor, se acostumbra agraciar
al ascensorista con una insignificante propina, a elección
del amable pasajero.
Albert se detuvo, dio media vuelta,
y sin aproximarse al otro -bastante cerca lo había
tenido- respondió:
-¿Ah sí? ¿Y quién
te dijo que soy amable, cara de vaca?
Tras un segundo de silencio, las puertas
se cerraron y el ascensor siguió camino.
La pequeña habitación
resultó mucho más confortable que las
que habitualmente le asignaba la CIO en sus misiones.
Albert deshizo el equipaje casi inexistente y bajó
hasta el bar valiéndose de las escaleras móviles.
“Un poco de ejercicio siempre viene bien”,
se dijo a sí mismo, mientras encendía
un nuevo cigarro y se sentaba en los escalones. Al minuto
llegó a la planta baja y se puso de pie con un
satisfactorio crujido de rodillas. “No hay nada
como el deporte, hombre...”
Buscaba tomar un trago y algo de conversación;
el salón parecía desierto, pero no lo
estaba: al fondo de la barra, cerca de los ventanales,
el eridario se echaba un par de tragos al gaznate, un
vaso en cada mano y en forma simultánea. Tal
vez le había llegado el cambio de turno. Albert
gruñó y se dirigió al rincón
opuesto, donde estaban las mesas. Un autocamar, una
máquina que cumplía las funciones de camarero
automático, se le cruzó en el camino y
comenzó a recitar la lista de alimentos y bebidas
entre las que podía seleccionar. Intrigado, Albert
se inclinó para mirarlo más cerca; era
una especie de cilindro recubierto con algo de paño
que simulaba un uniforme... vaya ocurrencia... pero
tenía una placa receptora, como debía
ser, y un panel con botones. Uno de ellos decía;
‘Sin Voz’; divertido, presionó, y
el autocamar calló de repente. Lo que no esperaba
era que se encendiera la placa receptora y que una lista
de artículos, ¡eran dibujos!, pasara delante
de sus ojos. A Albert, que no se llevaba bien con la
tecnología de última generación,
le gustaban estos trastos medios pasados de moda, así
que se puso a jugar un rato. Pero la diversión
duró poco: la lista terminaba enseguida de comenzar;
casi aburrido, señaló uno de los dibujos
al azar. La fila cambió y ahora le mostró
logotipos de bebidas. ¡Al fin! Cuando tocó
la placa, el autocamar le dio la espalda, por llamar
de alguna manera la parte que le mostró al alejarse,
y se deslizó raudamente... sólo hasta
donde estaba cuando Albert entró.
Desconcertado por su actitud, fue
hasta una de las mesas, y para su sorpresa se abrió
el centro y subió su pedido. Entonces se enteró
que había tomado, ¡y pagado!, una porción
de egleido, un pez de sabor espantoso que se pescaba
en Tamor... y una abundante copa de su licor preferido.
La bebió de un trago.
Al día siguiente, -aunque el
sol no había bajado y subido otra vez, sino que
se había cumplido el ciclo seaquenio de sueño-,
Albert buscó en el libro de registros de la Posada
algún nombre conocido para que le diera una mano
con los trámites; no encontró a nadie.
Entonces, resignado, se dirigió a la Oficina
de Territorios, que por suerte quedaba a sólo
dos calles.
Después de utilizar un monitor
donde puso sus datos personales ¡y de su tarjeta!,
pasó a una terminal donde debía anotar
las coordenadas que ocasionaban la consulta. Tuvo algún
problema con ellas; parecía que el sistema se
negaba a tomarlas y una y otra vez mostraba un cartel
en rojo que decía: “POR FAVOR, INTÉNTELO
NUEVAMENTE”. Bufando y sudando buscó ayuda
a su alrededor; no veía más que a otros
consultantes... hasta que detrás de un panel
con una pequeña ventana divisó a un droide.
No es que lo adivinara, sino que era una máquina
de tan baja calidad, que podía escuchar el ronroneo
de sus capacitores a esa distancia. Se aproximó
con sigilo, y cuando estuvo delante de ¿ella?
¿Él? dijo:
-¿Puede ayudarme?
El droide dio un respingo y giró
la cabeza hacia Albert. Los ojos no eran eso, sino una
placa que ocupaba el ancho de las dos órbitas,
¡y de color rosado!
-¿Qué necesita, señor?
-Esa máquina no acepta mis coordenadas
-dijo con vergüenza, señalando hacia atrás
con el pulgar. Extendió el papel hacia el droide,
pero éste, en lugar de tomarlo, se alejó,
como amedrentado.
-Inténtelo otra vez -respondió
y a Albert le pareció que más que un sonido,
había visto el mismo cartel que en la terminal.
-Es que ya lo intenté -dijo,
con voz un poco más alta-. No me permite escribir
los cuatro grupos de cifras...
-¿Cuatro? Las coordenadas de
una localización son tres grupos de cuatro cifras.
Sus datos deben contener algún error.
Albert bajó la vista hasta
el papel. La letra de la tía Marga era un poco
rebuscada, con firuletes y esas cosas, pero había
escrito las coordenadas en cuatro líneas diferentes.
-¿Por qué no consulta
a su supervisor? Porque estas cifras son las que aparecen
en el documento de venta de una parcela, y están
bien.
El droide le extendió un micro-dictor
y le pidió que recitara las cifras en él.
Después se puso de pie y desapareció por
el fondo. Al rato, apareció en el salón
y Albert fue invitado a pasar a una oficina donde le
recibió, con sequedad, una mujer que tenía
todo el aspecto de reír como máximo dos
veces al año, y en sus años buenos.
-Me llamo Lumia Dentra -dijo con voz
fría, indicando el asiento delante de su escritorio-.
Nos extraña la naturaleza de su asunto, señor...
-Albert Combull -dijo mientras se
acomodaba-, y no es asunto mío, sino de mi hermano
Jufro, Jufro Combull, que presentó un reclamo
por no haber recibido respuesta a un pedido de información
remitida el...
-Entiendo -interrumpió la mujer-
que usted actúa en su nombre.
-Claro, él está impedido
por cuestiones de salud. Si necesita que le muestre
la autorización...
-No es necesario -dijo ella, con un
leve gesto de fastidio-. Lo que sucede es que tenemos
registrado a Jufro Combull como “sin familia”.
¿Podría usted acreditar su identidad?
-¡Oh! Ya veo. En el tiempo en
que Jufro hacía la solicitud de información,
y la posterior reclamación, se suponía
que yo estaba perdido en acción -dijo Albert
de un tirón, y aspiró antes de continuar-.
Prestaba servicio en la Avanzada Planetaria y las trifulcas
en el Imperio Gasitano eran tan confusas que él
recibió la noticia de mi muerte. Además,
Jufro considera que la familia no se extiende a tíos
y primos, y de ésos hay varios con vida todavía.
Lumia Dentra se reclinó sobre
el respaldo, con la mirada fija en Albert.
-De modo que es usted un héroe...
-dijo; la voz había adquirido cierto tono sensual
que lo desorientó.
-Estee... bueno, no tanto como eso
-se excusó, sonrojándose-. Fueron sólo
obligaciones a cumplir, ya sabe.
-Pero su vida estaba en peligro...
-La mujer se inclinó, sugerente, sobre el escritorio,
dejándole ver el comienzo de los pechos; Albert,
de repente, sintió nostalgia de Brenda-. Dígame,
¿a qué se dedica ahora?
-¿Yo? ¿Jufro? -dijo
Albert, confundido-. Jufro no puede hacer nada. Está
inválido...
Ella hizo el mismo gesto de fastidio
que antes; luego se enderezó sobre su asiento
y recuperó la voz fría del comienzo.
-Mire, señor Combull. Deme
algún tiempo para averiguar los datos de esta
propiedad, digamos una semana. ¿Dónde
para usted?
-No puedo quedarme mucho en Ares.
En realidad, tengo tres días de permiso y llegué
ayer. Debo regresar a Seaque a la brevedad. ¿No
puede ser en menos tiempo?
-Está bien. Investigaré
el asunto lo más rápido que pueda y me
comunicaré con usted. Por ahora, es todo lo que
puedo prometerle. ¿Dónde me dijo que se
hospeda?
-Pues en la posada.
-¿En cuál, señor
Combull? Tenemos veintitrés posadas en el centro
administrativo de Ares.
-Pues... en la que está a dos
calles de aquí. No recuerdo el nombre...
-Ah, ya sé a cuál se
refiere. La “Posada del Pasajero”. No imaginaba
que era usted uno de esos obsoletos que prefieren tecnología
antigua, señor Combull. ¿Problemas de
adaptación?
Albert se puso rojo de furia porque
aquél era un tema que siempre le producía
urticaria... “Si no fueras mujer”, pensó
con calor, “flor de tortazo te estaría
dando, golfa...”
-Problema mío, muñeca
-dijo, poniéndose de pie-. Y será mejor
que se ponga con lo de la propiedad, que estaré
esperando su llamado.
Salió de estampida.
Lumia Dentra esperó hasta que
Albert cerrase la puerta de la oficina y tomó
su radio-móvil. En pocos segundos, Fisko atendería
su llamado; no le gustaba molestarle porque era individuo
de pocas pulgas y siempre estaba ocupado, pero esta
vez las cosas podían salir mal y él debía
hacerse cargo.
-Hola, ¿quién es? -se
escuchó, con alguna interferencia; el sistema
de radio no era demasiado fiel, pero se mantenía
fuera de la vigilancia del Gobierno Autonimato de Ares-.
¿Eres tú, Lumia?
-Sí, Fisko. Tenemos problemas.
-Tendría que ser escueta, o de lo contrario no
le haría caso-. El tipo de la parcela 21 envió
a su hermano. ¿Te harás cargo? Está
en la “Posada del Pasajero”.
-Parcela 21... -repitió lentamente-.
¿Puedes ampliar la información, querida?
Era evidente que Fisko se estaba impacientando;
de alguna manera Lumia esperó que así
fuera; era la mejor manera de retener su atención.
-Las parcelas que vendió la
Venditut -dijo-. Ésta es la 21. Hubo un Jufro
que vino hace unos cinco años y recibió
tratamiento.
-Ésa... -Se produjo un silencio
prolongado; Lumia pensó que la comunicación
se había interrumpido-. Bien. “Posada del
Pasajero”, dices.
-Así es. Y ten cuidado. El tipo
es un combatiente.
-Gracias, linda. Lo tendré presente.
Muy despacio, Lumia colocó
el radio-móvil en su funda otra vez. Pensó
por un momento si sería tiempo de buscar otros
horizontes. La galaxia era tan extensa y los viajes
tan fáciles... Aunque abandonar a Fisko le traería,
con seguridad, un final nada agradable; no era hombre
de aceptar deserciones.
Lo imaginó en su oficina, acompañado
por dos fieles guardaespaldas que lo mirarían
con ansiedad, esperando órdenes. “Hay que
saber qué clase de persona es este Combull; quizá
lo indicado sea comenzar con una visita personal”,
pensó Lumia, mientras desconectaba el ordenador
y miraba por la ventana. El señor Combull se
alejaba por la acera, un hombretón obsoleto perdido
entre la multitud de droides, trabajadores, turistas
y ciudadanos comunes de Ares.
CAPÍTULO 4: EN BUSCA
DE UNA PARCELA
Al salir de la Oficina de Territorios,
Albert se metió en una Agencia de Orientación
al Turista Aresiano (AOrTA), y preguntó dónde
podía encontrar una empresa de viajes exclusivos,
y lo más económica posible. Había
decidido llegar hasta la parcela del tatarabuelo Miquel
por sus propios medios y ver qué había
allí. Por enésima vez, maldijo la actitud
del Capitán Ele por no darle facilidades en su
tarea, pero al final encontró lo que buscaba:
“FUTUNIR, la empresa que encontrará SU
paraíso y lo llevará a ÉL.”
Las letras multicolores de la publicidad atrajeron de
manera automática la atención de Albert,
quien solía dejarse embaucar con bastante facilidad
por los avisos comerciales, especialmente por los más
coloridos y bullangueros.
Cuando llegó al lugar caminando,
-parecía que la suerte le acompañaba porque
no necesitaba tomar esos achaparrados vehículos
de pasajeros, atiborrados de turistas, ni usar su tarjeta-,
se dio con que la publicitada empresa era apenas una
salita de espera delante de un panel reforzado con una
ventanilla enrejada, a través de la cual se percibía
una enorme cúpula que cubría un hangar
o depósito donde estarían guardadas las
naves de alquiler... pero que poco atractivo podían
tener para él cuando por delante estaba esa muchacha
tan hermosa, de cabello tan rubio y tan corto quien
dijo llamarse Merla.
Ella quedó de inmediato prendada
de él, a juzgar por el repentino brillo que apareció
en sus ojos, pero Albert no se percató, ya que
cuando tenía una misión en la cabeza no
se fijaba en esa clase de detalles personales. De todos
modos, Merla se puso en plan de conquista: le brindó
cuanta información creyó que necesitaría,
le facilitó un radio-móvil, y le explicó
el funcionamiento, alcance y todos los detalles técnicos
del artefacto. Estuvieron hablando unos buenos diez
minutos, puesto que Albert volvía a preguntar
una y otra vez lo mismo porque nunca había manejado
un modelo tan nuevo y le costaba un poco entenderlo.
Al final, la muchacha salió de detrás
del panel con algunos diagramas en la mano y lo invitó
a sentarse en una de las sillas, después de trabar
la puerta de entrada.
-¿Adónde necesita ir,
con exactitud, señor Combull?
-A Caenir, uno de los satélites.
Creo que es el que tiene la órbita más
cercana a Luqsa.
-Tenemos el transporte adecuado. La
nave se llama BSE01 y cuenta con un localizador -dijo
Merla, acercándose al fornido brazo de Albert
para indicarle dónde estaba el mencionado dispositivo
en una imagen del panel de control que él tenía
entre las manos-. ¿Lo ve? Usted carga las coordenadas
en este lector, ¿lo ve? -Volvió a señalar,
dando otro empujón contra el brazo-. El sistema
entiende tres tipos de coordenadas de modo que no importa
cuáles sean, y entonces la BSE01 lo deja en el
lugar preciso. Y cuando quiera regresar, sólo
pulse esta tecla verde y ancha -un nuevo empujón-
y puede ponerse a dormir ya que la BSE01 entrará
en el hangar por sí misma, sin que usted haga
nada.
-¿Nada de nada?
-Nada de nada -aseguró ella,
cada vez más cerca. Albert observó a la
muchacha; por debajo de su minifalda aparecía
un par de piernas que merecían ser miradas...
más de un minuto; la cintura estaba de acuerdo
con el material descendente; el pecho estaba presionando
su brazo, y no pudo apreciarlo en su totalidad, pero
presentía que sería un buen espectáculo...
Bajó la mirada, otra vez; a pesar de lo minúscula
que era, la minifalda estaba adquiriendo proporciones
grandiosas en la imaginación de Albert. Quizá
era un poco lerdo, pero al fin comenzaba a entender
la intención de los empujones. La miró
a los ojos y preguntó:
-¿Cuál dijo que era su
nombre?
-Me llamo Merla. -Una sonrisa, amplia
y perfecta... demasiado perfecta-. ¿Le parece
bonito?
-Sí, claro, cómo no.
Y dígame, ¿es usted una droide? -preguntó
sin tapujos.
-Júreme que no lo había
notado... me sentiré muy triste si es así.
-Merla se sujetó de su brazo con ambas manos
y puso cara de echarse a llorar-. Porque es importante
para mí que usted no se dé cuenta hasta...
hasta después.
-¿Después? No sé
a qué se refiere. -Albert sintió que la
nostalgia por Brenda se transformaba en angustia monetaria,
ya que una demora significaría la evacuación
de más créditos de su cuenta personal.
Y a propósito, ¿eran ideas suyas, o sólo
se llevaba bien con las mujeres droides? ¿Acaso
tenía algún problema de comunicación
que le dificultaba relacionarse de manera natural con
mujeres humanas? No es que Brenda no lo fuera,
claro que no (sólo bastaba pensar en dos o tres
circunstancias para recordar cuán humana era)
pero, no obstante...
-¡Oh, déjelo así!
-dijo Merla, sustrayéndolo de un insólito
divagar introspectivo por completo infrecuente en el
hombretón. La droide se levantó con un
inquietante contoneo de caderas que le devolvió
la nostalgia a Albert, y se metió detrás
del panel, después de quitarle la traba a la
puerta-. Dígame si le puedo ser útil en
algo más.
-Oh, sí -dijo Albert rascándose
la barbilla, mientras trataba de encontrar la manera
de hacer que Merla saliera otra vez de su puesto y se
moviera como antes-. No conozco la zona, al menos no
Caenir, y me gustaría tener a la mano algún
experto que me ayude a reconocer las demarcaciones territoriales
para localizar una fracción.
-Para eso es mejor que busque un mensor
-dijo Merla, extendiéndole un pequeño
artefacto que tenía teclado y monitor-. Esto
es una Guía. Escriba primero su clave para que
le debiten la consulta y anote ‘mensor’.
Aparecerán algunos nombres y sus localizaciones.
Puede pedir referencias de ellos en la Oficina de Trabajadores,
pero suelen demorar más de treinta ciclos en
responder.
Albert se había quedado mirando
la Guía mientras abría y cerraba la mano;
era tan pequeña que quedaba totalmente cubierta
por sus dedos. Se arrellanó en la silla y estuvo
manipulándola unos minutos. Al final, se puso
de pie y le mostró el visor a Merla.
-¿Puede anotar estos datos
en un papel? -le dijo.
-¿Papel? -Merla esperó
hasta que su conexión con el banco de datos de
Futunir le confirmara lo que ella suponía y suspiró;
o el tipo provenía de uno de los planetas de
carbono, o era uno de esos obsoletos que aún
seguían tomando anotaciones sobre papel y...
y algo llamado "lápiz", según
aseguraba el banco de datos; en alguna parte de su cuerpo,
la calificación que le había adjudicado
a Albert bajó unos puntos-. Permítame
ofrecerle en préstamo esta agenda. -Tras rebuscar
un momento en un cajón fuera de la vista de Albert,
le extendió un artefacto muy parecido al anterior-.
Puede grabar en ella lo que quiera. Antes de dejar Ares,
me la devuelve.
-¿Cómo funciona? -dijo
Albert, observándola por todos lados, y comenzando
a probar botones.
-Con la voz, y podrá recuperar
sus anotaciones sólo escuchándolas.
-¿De veras? -preguntó,
y quedó con la boca abierta.
De un diminuto altavoz surgió
una vocecita que casi era una parodia de la suya:
-¿De veras?
Albert se quedó mirando la
agenda con la boca más abierta todavía.
-Parece que ya aprendió a manejarla,
señor Combull -dijo Merla, poniéndose
de pie y mostrándole las piernas por última
vez.
“Y que me aspen si las droides
no son más humanas que la mayoría”,
se dijo Albert mientras le pegaba una última
repasada.
Después de hacer una reserva
de la BSE01 con su propia tarjeta, repitió los
nombres y localizaciones de los dos primeros mensores
que aparecían para grabarlos en la agenda, devolvió
la Guía a Merla y salió de Futunir. Se
dirigió a una AOrTA y marcó las coordenadas.
De alguna manera, le extrañaba que ambos mensores
tuvieran nombres tan similares: AAAJOTA y AAANARTUS.
Poco sabía Albert acerca de cómo aparecer
en los primeros lugares de tales listados.
El primero estaba a sólo unos
metros de allí (seguía con suerte) y cuando
llegó al lugar resultó ser un bar, tan
parecido al “Respiro” que de inmediato se
sintió en casa; y de inmediato le cayó
simpático el tal AAAJOTA, aunque el otro insistía
en que sólo le llamara Jota. Tomaron unos tragos,
a cuenta de Albert, y recién entonces Jota le
preguntó para qué necesitaba de sus servicios.
-Necesito ir a Caenir a mirar una parcela
que es de mi hermano -dijo Albert, y por un momento
creyó ver a Londas detrás del reciclador,
porque el de aquí tampoco funcionaba. Tomó
un buen trago para sacarse la nostalgia de encima, al
tiempo que se preguntaba si Kurt y Fredo, sus reemplazantes
con el Capitán Ele, la estarían llevando
bien-. Mi problema es que no sabría cómo
identificar las demarcaciones.
-Una parcela en Caenir... -dijo Jota,
rascándose la nuca y mirándolo por encima
del borde de su copa. Era un hombre en extremo delgado,
calvo, con la cabeza tan llena de tatuajes que había
que fijarse bien, y a la luz del día, para no
confundirlos con cabello-. ¿Tiene las coordenadas?
Albert extendió un papel donde
había cuatro grupos de letras y números.
El otro se sorprendió al ver tamaña antigüedad
y alzó las cejas. Albert, malinterpretando la
sorpresa del otro, dijo:
-La letra es de mi tía Marga.
Si quiere se las traduzco.
-No, no... está bien, creo entenderlas.
-Jota se tomó dos o tres minutos para repasar
las cifras.
-¿Le dicen algo? -preguntó
Albert por fin, vaciando su copa.
-Algo, pero tendría que asegurarme
-respondió Jota; en realidad le decían
bastante-. ¿Me permite tomar nota y averiguar?
-Sin esperar la respuesta, sacó su agenda y recitó
las cifras-. ¿Cómo pretende llegar hasta
el satélite?
-He alquilado una nave con localizador,
una que se llama BSE01, y quiero salir cuanto antes.
De la empresa Futunir, ya sabe, la de la publicidad
tan colorida, esa que dice que saben dónde está
el paraíso y cómo llevarte hasta él.
Me atendió una rubia de la ostia que por desgracia
resultó ser más droide que Sarah Glamour,
la del holo-visor, ya sabe, la que descubrieron en aquel
moto-motel con...
-Ya, ya, de acuerdo -dijo Jota, poniéndose
de pie con vivacidad-. En una hora nos veremos en Futunir,
si le parece bien.
-¿Cuánto va a cobrarme?
-preguntó Albert.
El otro lo miró largamente,
como a punto de decir algo importante, pero al final
respondió:
-Mis honorarios están regidos
por un estatuto local y usted debe respetarlo; suele
ser un porcentaje del valor de la propiedad.
-Está bien -dijo Albert, mientras
susurraba en su agenda: “Preguntar por estatuto
de mensores”-. En una hora nos veremos. Me quedaré
aquí, probando unos tragos que no conozco...
¿Le dice algo el «Ordeñe Acuático»?
-No, no lo conozco -respondió
Jota dándose la vuelta-. Pero con semejante nombre,
yo que usted no lo probaría. -Y se marchó.
Al levantar la vista para llamar al
camarero, Albert creyó advertir que el mensor
tenía un rostro tatuado en la nuca, pero no pudo
asegurarlo: el hombre ya se perdía entre el tumulto
y el humo del lugar en dirección a la salida.
Así que Albert se encogió de hombros y
pidió que le trajeran un «Ordeñe
Acuático».
A pesar de la florida letra de tía Marga, Jota
había reconocido las coordenadas; ningún
sistema contenía cuatro grupos de cifras; sólo
el estelar. Y eso significaba que por fin estaba llegando
al meollo de una cuestión que lo había
tenido inquieto durante los últimos años.
El provecho de la explotación del uranio de Caenir
no era importante si las fracciones pertenecían
a propietarios diferentes; pero era muy lucrativo si
eran de uno solo. Y la mejor manera de quedarse con
un satélite, y el capital producido por la venta
de sus parcelas, era vendiendo tales parcelas mediante
coordenadas estelares.
Sonrió pensativo, mientras
a su lado los peatones caminaban apurados hacia sus
desconocidos destinos y sobre su calva los abejorros
zumbaban de aquí para allá. Parecía
que por fin le había llegado la suerte, después
de tanto tiempo de trabajar en una profesión
tan ardua como la de mensor.
En cinco minutos estaba en la Oficina
de Territorios. Lumia Dentra lo hizo pasar de inmediato;
para captar la atención de la mujer sólo
tuvo que decirle los cuatro grupos de cifras.
-¿Qué significa eso?
-dijo la mujer con frialdad.
-Usted lo sabe bien -dijo Jota, acomodándose
en el sillón sin que le invitaran a hacerlo.
La luz de las luminarias que colgaban de los rincones
bailó entre el amasijo de tatuajes que era su
cráneo-. Y su jefe, el invisible Fisko, también
lo sabe. Además, no creo que la idea sea sólo
de él. Pero, ¿sabe?, hace tiempo que ando
tras la pista; sólo necesitaba una prueba como
ésta -activó la agenda que recitó
las cifras con vocecita infantil- para cerrar el círculo.
-No comprendo... -comenzó la
mujer, tiesa y con la mirada fija en el otro-. ¿Es
usted investigador? ¿Funcionario del Autonimato?
Le aseguro que...
-¿Sabe? Sospecho que por aquí
esconde un comunicador abierto. ¡Oiga, Fisko!
¡Sé que me está escuchando! Lo único
que quiero son unos créditos para hacer mi vida
más placentera. He pasado años enteros
rompiéndome el trasero como mensor y ni siquiera
he logrado poner un pie fuera de Luqsa; no hablemos
de visitar otro sistema. Quiero dinero. Quiero largarme
de esta pocilga de cúpula y recorrer la galaxia.
No me cuesta nada rechazar el trabajo de ese Combull,
pero si lo hago otro mensor lo aceptará. Y para
su información, Fisko, diré que este buen
señor Combull tiene al menos otros dos en su
agenda... ¿Hacemos trato? Si acepta, el tipo
no llegará nunca a Caenir; al menos, no al lugar
a donde debiera llegar.
Lumia continuaba sin moverse, sin
siquiera parpadear. Un zumbido en el comunicador sobre
la mesa la despertó; levantó un pequeño
auricular y lo colocó dentro de su oreja. Parpadeó.
Asintió. Lo quitó y dijo a Jota:
-Estamos de acuerdo en que el señor
Combull no debe llegar a esa fracción en Caenir,
pero la razón es que no tiene derechos sobre
la misma. Agradecemos su interés en las cuestiones
de esta Oficina, señor Jota, pero está
claro que su visita ha sido innecesaria. Deje sus datos
en la consola de ingreso y le llamaremos en caso de
que requiramos sus servicios en futuras colaboraciones.
-¡Un momento! -exclamó
Jota señalando a Lumia con un dedo tembloroso-.
¡Creo que ninguno de ustedes me ha comprendido!
¡Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa! ¿Entienden?
¡Cualquier cosa! -Sus venas abultaban
en el cuello, pareciendo a punto de estallar. Lumia,
que se había puesto de pie, podía ver
los tatuajes de su coronilla: formaban un denso racimo
de pequeños rostros cautivos, la mayor parte
humanos y femeninos, que parecían gesticular
en silencio, como si estuvieran en armonía con
el arrebato furioso de su dueño-. ¡Los
denunciaré! ¡Iré ya mismo al Autonimato
y les diré lo que está sucediendo aquí!
Se abrió la puerta a sus espaldas
por la que pasó un par de hombretones de altura
descomunal; eran tan grandes que sólo podían
provenir de Honeraq, el planeta con el campo gravitatorio
más aplastante del universo conocido. Tomaron
a Jota por los brazos y lo arrastraron hacia atrás
mientras éste gruñía y se debatía,
pataleando.
-Disculpe que esta despedida no sea
más formal, señor Jota, pero eso se debe,
sin duda alguna, a su culpa y a nada más -Y a
los guardias-: De patitas en la calle, pero sin lastimar,
eh, que no somos criminales, como bien sabe el señor
Jota...
Y se lo llevaron. Lumia quedó
sola en la oficina, preguntándose cuál
sería la reacción de Fisko ante lo que
acababa de ocurrir... y es que su jefe a veces utilizaba
métodos muy poco ortodoxos.
Como muestra, bastaba recordar lo
que le había pasado a aquel Jufro, el hermano
de este Albert Combull de los cojones.
Jota cruzó la avenida hecho
una furia, sin mirar por dónde iba y abriéndose
paso entre la gente con manotazos nerviosos. Pero lo
cierto es que la mayoría se hacía a un
lado; bastaba ver el rostro lívido y los tatuajes
bañados en sudor para saber que el hombre no
estaba en uno de sus mejores días. Hasta los
droides, que por lo general no se impresionaban con
facilidad, le hacían sitio mirando para otro
lado.
“Ya lo verán”,
se decía Jota con tajante determinación.
“Ya verán con quién se han metido
estos tramposos. ¡Echarme a la calle como si fuera
un maldito piojoso! ¡Conmigo no se juega, no señor!
Ya verá ese Fisko quién es Jota, mensor
matriculado serie ABR-2914. ¡Claro que sí!
Te voy a poner semejante denuncia en el Autonimato que
te pudrirás en la cárcel, je, seguro que
sí. Y esa putona de Lumia tendrá que ir
los fines de semana a llevarte cigarros a tu celda VIP,
je, siempre y cuando no la encierran a ella primero,
por putona...”
Se detuvo en una esquina, de repente
desconcertado. “¿Qué haré,
exactamente? ¿Me conviene ir con el Autonimato?
Tal vez me investiguen también a mí. Quizá
descubran ese par de cosillas que, bueno, bueno, no
fueron del todo legales, pero es que de algo hay que
vivir, ¿no? Y si quiero hacerlo bien,
lo que gana un mensor no alcanza para nada...”
La luz seguía en rojo y la gente
se acumulaba a su alrededor, mirándolo de soslayo.
“Tengo que calmarme, eso es lo que debo hacer.
Calmarme y pensar con tranquilidad el siguiente paso.
Por el momento, iré hasta esa empresa Futunir
a encontrarme con Combull. Después veré
si le cuento todo, o no. Y quizá...”
La luz se puso en verde y los transportes
se detuvieron con un siseo sobre sus colchones de aire:
en sus días de buen humor, Jota solía
decir un chiste de su propia cosecha: “en una
pocilga como Luqsa aún no se ha inventado la
rueda”.
La multitud le dejó atrás.
Jota refrenó el paso mientras lo pensaba mejor.
Tenía que actuar con cuidado. A partir de este
momento, debería maquinar cada movimiento como
si fuese el único.
Arriba, el tráfico de abejorros
seguía siendo tan intenso como siempre. La calva
ilustrada de Jota debía destacarse entre el gentío
que poblaba las calles del Centro Administrativo de
Ares.
Albert vació su quinto «Ordeñe
Acuático» y eructó con placer, con
la boca bien abierta. Sobre la mesa descansaba la agenda,
a la que había olvidado desconectar. La vocecita
electrónica lo imitó, obediente:
-¡Beeeeeerp!
Echó un vistazo a su reloj
de pulsera (una de las viejas manías que jamás
abandonaría; no soportaba la idea de injertarse
un cronomaser neural) y descubrió que casi era
la hora de su cita con AAAJOTA en Futunir. ¡Diablos,
qué buenos que habían estado esos tragos!
Recuperó la agenda y salió a la calle.
La esfera luminosa de Rik, a pesar
de estar velada por la glasita de la alta cúpula,
lo deslumbró. Durante un segundo el mundo osciló,
se aquietó, volvió a oscilar, y Albert
estiró una mano para aferrarse de algo y no caer
despatarrado sobre el piso. Encontró algo piloso
y puntiagudo.
Al abrir los ojos descubrió
el rostro del ascensorista eridario que lo observaba
muy tranquilo desde su escaso metro y medio de altura.
-Habitación 567 -expresó,
con ese susurro ronco que Albert odiaba tanto-. Nunca
olvido a uno de mis pasajeros. Es probable que su propina
haya sido demasiado insignificante, señor. Aún
estoy a tiempo de resarcirme. -Señaló
al interior del bar de donde comenzaban a surgir las
primeras oleadas neuronales de la Sensola. Con un respingo,
Albert comprendió que se estaba haciendo de noche-.
¿Sería tan amable de invitarme un par
de tragos? Le advierto que suelo tomarlos de a dos.
-Lárgate, cara de vaca -masculló,
con la boca pastosa-. Y tómate un “Ordeñe
Acuático” a mi salud... aunque quizá
prefieras ordeñarte a ti mismo. Jo. ¿Eres
vaca o toro, amigo? Como sea, déjame en paz...
Y se alejó, dejando al eridario
en la puerta del bar, con el hocico fruncido en sombría
resignación.
Corrió entre el enjambre humano,
pensando que si seguía metiendo la pata el Capitán
Ele le iba a encajar un buen puntapié allí
donde nunca pega el sol. El alcohol estaba muy bien,
pero hombre, si no te controlas...
De pronto, la carrera de Albert fue
detenida por personas que no se movían: permanecían
en círculo, todas inmóviles y con la cabeza
gacha, como mirando algo que estaba sobre la acera.
A lo lejos sonaba la sirena del Servicio Asistencial.
El hombretón se abrió
paso con dificultad, mientras el sol se escondía
con velocidad inesperada (inesperada para Albert, por
supuesto, porque sobre ciclo de Rik no sabía
nada de nada) y las sombras ganaban los rostros de los
peatones.
Albert superó la barrera y
llegó hasta el centro. Había un hombre
derrumbado sobre un charco de su propia sangre; más
allá podía verse la armadura humanoide
de un abejorro, con la escafandra aplastada.
“Culpa del impacto”, pensó
Albert con su mente deductiva inflamada por el exceso
de “ordeñe”. “El conductor
de ese abejorro perdió el control, por Dios,
y vino a caer justo sobre este pobre tipo. ¡Vaya
suerte para un turista!”
Se puso en cuclillas para mirar el
rostro. Era una cara que tenía un aire burlesco:
nariz grande, bigotes tipo mostacho, barbilla casi inexistente;
Albert jamás lo había visto en su vida.
Sin embargo... Los ojos de Albert
se desorbitaron. El cuerpo tenía los brazos extendidos...
¡al revés, como si le hubiesen dado media
vuelta a la cabeza! Y había una agenda junto
a una de sus manos...
La sirena se hizo más potente:
la ambulancia casi llegaba al lugar. Albert se adelantó
un paso y la tomó.
-¡Eh, oiga usted! -gritó
uno de los mirones-. ¡Que a un muerto no se le
roba!
Albert hizo caso omiso. Tocó
los botones hasta que se escuchó una vocecita:
-Coordenadas de la parcela de Combull:
ARD345, STF653...
La detuvo y volvió a mirar
al caído. Casi sin pensarlo, y para tener las
manos libres, puso la agenda en uno de los bolsillos
de su chaqueta.
-Pero este de AAAJOTA no tiene nada
-susurró mirando esa cara desconocida. Entonces
lo comprendió: los tatuajes. Jota tenía
la cabeza desbordante de tatuajes, ¿verdad? ¡El
muy bestia se había hecho dibujar una cara en
la nuca!
Los paramédicos se abrían
camino entre la gente cargando una camilla. Albert se
dijo que era el momento de largarse, de modo que se
incorporó con un crujido de rodillas y salió
a la carrera. Un tipo quiso detenerlo, uno de los Autoflagelantes
de Unicornio IX, a juzgar por la túnica azafrán,
pero Albert lo puso de trasero en el suelo con un fuerte
empujón.
-¡Que se escapa! -chilló
el Autoflagelante, indignado-. ¡Que se escapa!
¡Y se lleva la agenda del muerto!
Al dejar atrás el abejorro
accidentado, Albert notó (o creyó notar)
un detalle muy, pero muy curioso: no había nadie
dentro de la carcasa, como si hubiera caído del
cielo sin nadie dentro para pilotearlo... “Bueno,
si no hay nadie dentro, razón más que
evidente para que se venga abajo”, divagó
la mente de Albert mientras se perdía en dirección
a la posada, los paramédicos llegaban por fin
junto a Jota, y le daban vuelta para conocerle la cara
al muerto.
-Y
EN LA SIGUIENTE ENTREGA...-
5 -UN COMPAÑERO MENSOR
Todos los asuntos de registros de propiedades en Luqsa
debían gestionarse en su capital, Ares; la actividad
en la Oficina Según la medición estándar
de veinticuatro horas de Seaque, Albert ya estaba viviendo
su tercer día allí, aunque en Ares no
fuera lo mismo. Claro que al Capitán Ele no se
le podía engatusar con triquiñuelas astronómicas:
si él decía tres días, entonces
eran tres días... seaquianos.
“Conclusión, que me estoy
quedando sin tiempo”, reflexionó Albert
tirado en la cama de su habitación, con la vista
clavada en el techo y fumándose el segundo cigarro
de la mañana, la tarde, o lo que diablos fuera
aquello. A través de la ventana abierta llegaba
el rumor de la calle: los pies apresurados, los retazos
de conversación, el siseo neumático de
los transportes, el zumbido de los abejorros...
Pensó en el mensor muerto en
la víspera por un accidente tan estúpido.
Desalentado por la situación, Albert se había
encerrado en la Posada y había dormido doce horas
de un tirón, un sueño plagado de pesadillas
y sobresaltos que no representó descanso alguno.
"Pero como no me ponga en movimiento
y obtenga algo para volver con el Capi, me las voy a
ver moradas..."
Se levantó de la cama y se
miró al espejo: un hombretón de barriga
incipiente (a la que el alcohol iba adobando con insistencia
lenta pero sostenida), vestido con unos ridículos
calcetines floreados y un calzoncillo con la imagen
de Marvel Mandrus, su ídolo de la infancia. Había
afectos que nunca se olvidaban...
Extrajo del bolsillo del pantalón
(le costó trabajo encontrarlo: lo había
tirado bajo la cama al llegar la noche anterior) la
agenda facilitada por Merla, la de las piernas larguísimas.
Ayudado por una profunda línea de concentración
que le arrugó el entrecejo, creyó recordar
cómo se activaba el mecanismo, y por fin se decidió
por el segundo botón empezando desde la derecha.
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siguiente)
publicado en diciembre de
2007 |