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Coordenadas (cap-5 y cap-6) Más sobre Graciela Lorenzo Tillard o Fabio Ferreras

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CAPÍTULO 5: UN COMPAÑERO MENSOR

Según la medición estándar de veinticuatro horas de Seaque, Albert ya estaba viviendo su tercer día allí, aunque en Ares no fuera lo mismo. Claro que al Capitán Ele no se le podía engatusar con triquiñuelas astronómicas: si él decía tres días, entonces eran tres días... seaquianos.

Conclusión, que me estoy quedando sin tiempo”, reflexionó Albert tirado en la cama de su habitación, con la vista clavada en el techo y fumándose el segundo cigarro de la mañana, la tarde, o lo que diablos fuera aquello. A través de la ventana abierta llegaba el rumor de la calle: los pies apresurados, los retazos de conversación, el siseo neumático de los transportes, el zumbido de los abejorros...

Pensó en el mensor muerto en la víspera por un accidente tan estúpido. Desalentado por la situación, Albert se había encerrado en la Posada y había dormido doce horas de un tirón, un sueño plagado de pesadillas y sobresaltos que no representó descanso alguno.

"Pero como no me ponga en movimiento y obtenga algo para volver con el Capi, me las voy a ver moradas..."

Se levantó de la cama y se miró al espejo: un hombretón de barriga incipiente (a la que el alcohol iba adobando con insistencia lenta pero sostenida), vestido con unos ridículos calcetines floreados y un calzoncillo con la imagen de Marvel Mandrus, su ídolo de la infancia. Había afectos que nunca se olvidaban...

Extrajo del bolsillo del pantalón (le costó trabajo encontrarlo: lo había tirado bajo la cama al llegar la noche anterior) la agenda facilitada por Merla, la de las piernas larguísimas. Ayudado por una profunda línea de concentración que le arrugó el entrecejo, creyó recordar cómo se activaba el mecanismo, y por fin se decidió por el segundo botón empezando desde la derecha.

-¡Beeeeeerp! -arrojó la agenda con su vocecita electrónica tan parecida a la suya.

-No, que esto seguro no es...

Jugó un minuto con los botones, retrocediendo y avanzando en la memoria molecular del aparato, hasta que por fin encontró:

-AAANARTUS, Avenida del Dogal 327, piso 48-atic.

Ya lo tenía. El segundo mensor de la lista. Eso, si no se lo había llevado por delante otro abejorro, por supuesto...

Empezó a vestirse despacio, preguntándose si no le quedaría tiempo para tomar un trago en el bar de la Posada antes de ir a buscar al tal AAANARTUS... presentía que sí. Siempre se puede dedicar un momento a un asunto primordial.

 

Los años de servicio en la Avanzada Planetaria le habían brindado a Albert Combull la certeza de cuán variados podían ser los seres vivientes con inteligencia suficiente para establecer comunicación con el humano. Pero al mismo tiempo habían provocado esa íntima repulsión que sentía por todos los alienígenas. Era el síndrome especista, o como quisieran llamarlo los sabihondos que siempre le estaban poniendo nombre a todo, pero lo cierto es que si, por azar, se encontraba frente a frente con un tipo azul, el síndrome especista saltaría solo, ¡y vaya si lo hizo...! Porque el mensor que figuraba en la Guía bajo el nombre de AAANARTUS -y que insistía en que le llamara Nartus, a secas-, era azul, por completo azul; era uno de esos seres que provenían del sistema Unir.

No era que estuviese un poco cianótico por el frío, o que la exposición a los rayos de una determinada frecuencia pusiera en su piel matices azulados. No, era absoluta y rotundamente azul, desde la... ehh... cabeza hasta los... uhh... pies.

Su aspecto general podía describirse como simpático; algo globoso, similar a un abdomen demasiado desarrollado y sin cintura, con una especie de vesícula en la parte superior donde dos pequeñas bolas azules mostraban algo de humedad, movimiento y expresión, por lo que Albert dedujo que debían ser los ojos. Las extremidades, cuatro, tenían un patrón de implantación en el globo que desorientaba; según fuera la necesidad, podían aparecer todas abajo y colaborar en la caminata, o todas arriba, y era como ver una multitud de operarios, todos trabajando sobre el mismo objeto. Sin ir más lejos, en ese momento el tal Nartus estaba sirviéndole un trago a Albert, tomándose el suyo, anotando los datos en el ordenador del escritorio y rascándose el trasero, si es que lo tenía; todo al mismo tiempo. Albert se recordó rechazar cualquier trago que el tipo le ofreciera con la misma extremidad con que ahora seguía escarbando ahí atrás.

Estaban ambos en la oficina de Nartus, tan globular como él, ubicada en el último piso del edificio de la Avenida del Dogal. Visto desde afuera, la esfera transparente de la cima parecía apenas un adorno estrafalario: mientras subía por el ascensor, Albert no imaginó que aquella esfera fuera un despacho, y que cinco minutos después estaría sentado en el interior, obligándose a clavar la mirada en el ser azul para no ver a través de la pared única, curvada y translúcida que lo rodeaba, mientras controlaba el vértigo y el síndrome especista. No sabía qué era peor, si el racimo azulado y movedizo del mensor o el grácil desfile de las nubes allí afuera, demasiado bajas para el gusto de Albert.

-¡Gracias...! ...por elegir mis servicios. Mi nombre es Nartus, mensor matriculado, registro ABR-5570 -dijo el azulejo al comienzo de la entrevista-. ¿Puedo preguntarle cómo llegó hasta mí?

Albert dudó un segundo si contarle o no lo de AAAJOTA. Al final, algo poco común en él, venció la prudencia.

-Estaba su nombre en la Guía de Merla.

Nartus lo miró, calibrando las cualidades del posible cliente; no quiso apresurar conclusiones.

-¡Excelente...! ...idea, entonces. Es que he invertido algunos créditos, verá, para salir en primero o segundo puesto de la lista de mensores. La búsqueda alfabética no me ayudaba, entiende usted, pero siempre se encuentran soluciones alternativas cuando uno tiene apenas unas pocas “moneditas” para invertir en el lugar correcto. ¡Otro trago...! ...de whisky gasitano. -El mensor hizo una pausa, recuperó el vaso vacío de Albert y con un segundo apéndice buscó la botella, mientras desconectaba el ordenador y se rascaba la coronilla con el tercero y el cuarto respectivamente; el movimiento mareó a Albert, quien dijo:

-No, gracias. Casi no bebo alcohol.

-¡Muy malo...! ...porque un trago fuerte estimula la irrigación de los serópodos. Claro que usted no tiene serópodos.

Albert se preguntó si los tenía y dedujo que no.

-No, no los tengo, y espero que no me vayan a salir cualquier día de estos.

-¡Muy buena...! ...su broma. -Nartus gorjeó, un sonido que Albert no tardaría en interpretar como una risa. La forma que tenía de articular las frases, con esa breve exclamación inicial, estaba comenzando a volverlo loco-. ¡Ya veo...! ...que es usted un humano con sentido del humor. ¡Me alegro...! ...porque eso; sin duda alguna, facilitará sobremanera nuestra pequeña transacción comercial, señor Combull. ¿Comenzamos?

-¡Por favor...! -dijo Albert, imitándolo de manera inconsciente-. Vayamos a Futunir a buscar el transporte. Ya lo tengo alquilado desde ayer.

-¡Resultó previsor...! ...mi nuevo cliente -Nartus presionó en un teclado una clave de cuatro cifras valiéndose de sus cuatro extremidades. El escritorio que los separaba se hundió en la mullida alfombra, y la idea de estar sentado en el aire le resultó a Albert más intensa que nunca, en especial porque allí mismo apareció la boca de entrada del ascensor.

-¡Primero usted! -exclamó el azulejo, señalando la entrada.

 

Fueron a Futunir en el automóvil privado de Nartus, de un estilo que Albert no había visto desde su llegada a Ares: un globo cristalino con dos butacas de cuero rojo, ordenador de a bordo sono-comandado (Nartus se pasó todo el viaje exclamando “¡Dobla...! ...a la izquierda. ¡Adelanta...! ...al imbécil de la derecha”) y cuatro ruedas esféricas al final de unos amortiguadores largos, fuera de toda proporción; como resultado, Albert volvió a sufrir de vértigo, pero esta vez a cuatro metros sobre las atestadas calles. Era evidente que Nartus disfrutaba de las alturas. Conducía con lentitud; sobre sus cabezas, los transeúntes iban y venían en sus abejorros con exagerada premura. Albert se preguntó si el único habitante sin apuro de todo Luqsa era él... entonces recordó el plazo de tres días que terminaría a medianoche, y cambió de idea.

Merla ya había abandonado su plan de conquista; más aún al ver entrar a Albert con el azulejo.

-¡Buenas tardes...! ...tenga usted -saludó Nartus.

-Hola -dijo Albert lacónicamente: acababa de descubrir que la droide se había vestido con un pantalón de raso negro que no tenía nada que ver con la minifalda del día anterior, y había perdido parte del interés. Pero sin embargo...

-Buenas tardes, señor Combull, señor...

-¡Nartus...!

-Encantada -Merla señaló la puerta que conducía al hangar con una uña nacarada con esmero, sin abandonar su lugar tras el escritorio-. Garaje #7F-101. El empleado del hangar le entregará la clave del panel.

Nartus no tardó en salir del despacho, pero Albert se rezagó un momento. No sabía cómo abordarla; con Brenda había sido distinto. Había entrado al Complejo Comercial de la Comcom, recorrido los altos escaparates de muestra, y cuando le pareció encontrar lo que andaba buscando, con un leve rubor subiéndole a las mejillas y señalando la belleza desnuda de Brenda, envuelta aún por los vapores del concentrador crio-orgánico, dijo: “Elijo aquélla”.

Pero enfrentar a una droide que tenía un empleo administrativo y que con seguridad no estaba diseñada para ser compañera, ya era una cosa muy diferente. Y si a eso se le agregaba la forma en que él la había ignorado la tarde anterior...

-Ejem -comenzó Albert.

Merla no alzó la mirada del monitor, enfrascada en su trabajo.

-¿Desea algo más, señor Combull? -dijo, con tono enérgico y distante.

-Yo... yo... -deglutió con dificultad, y el sonido le resultó tan estrepitoso y ridículo que no pudo decir más. Quedó en silencio, tratando de encontrar unas palabras que no llegaron.

-Recuerde que le presté una agenda, señor Combull -dijo Merla-. Deberá devolverla a la empresa antes de abandonar Ares.

Como no había nada que decir, Albert asintió con la cabeza, dio media vuelta y fue tras los pasos de Nartus, que se desplazaba ahora sobre sus cuatro extremidades, convertidas todas en piernas. Le costó bastante resuello darle alcance.

 

La BSE01 era confortable y pequeña. La cabina, ubicada en la parte central y un poco elevada con respecto al resto del armazón, poseía un amplio ventanal de 360º, imprescindible para los trabajos de búsqueda minera, y viajes de turismo, que solían realizarse en esa clase de vehículos. Por fortuna Nartus la conocía al dedillo, de modo que Albert le entregó los grupos de cifras, se acomodó en el asiento lateral y dispuso a dormir.

El techo del hangar se hizo a un lado y la BSE01 se elevó, obedeciendo los experimentados apéndices del azulejo. Albert contempló los edificios de Ares con los ojos entrecerrados, sumido en un estupor que no tardaría en convertirse en sueño. Lamentó con sinceridad no haberse traído una provisión de «Ordeñe acuático»

-Oiga, no olvide despertarme cuando lleguemos a destino, ¿eh?

-¡Por supuesto...! ...que no lo haré -Nartus gorjeó con aire complacido. Albert se preguntó si no estaría burlándose de él, pero lo dejó pasar, cada vez más somnoliento. Alcanzó a ver que la nave se introducía en uno de los ductos que llevaban directamente al exterior de la cúpula de glasita que protegía la ciudad, y cerró los ojos.

Pero la paz no duró mucho tiempo: un persistente ulular, no demasiado alto, indicó que había alguna nave en la cercanía. Estaban sobrevolando el hemisferio diurno alejándose de Ares; medio dormido, Albert apenas si echó un vistazo al estéril panorama planetario, constituido por un extensivo muestrario de rocas y de arena color naranja sucio. Pero entonces vio algo que le llamó la atención: un área cuadrangular extensa, señalada por cuatro torres de importante altura, estaba acribillada por cráteres; infinidad de cráteres... grandes y pequeños, profundos y superficiales. Había boquetes de todos los tamaños y para todos los gustos, tantos que casi no parecía quedar un lugar para caminar tranquilo sin tropezar y caer.

-¿Qué hacen allí esos ahhhh... a-a-agujeros? -preguntó Albert desperezándose y bostezando a sus anchas. Nartus lo miró con aire divertido; había estado observando por la ventana de su izquierda sin prestar atención a los controles-. ¡Jo! ¡Que los hay por millares! -continuó Albert, abriendo los ojos como platos y despertándose del todo-. ¿Qué se supone que hacen en ese lugar? ¿Tiro al blanco espacial?

-¡Y qué cree...! ...que hacen esos tipos de afuera... -El azulejo emitió su característico trino, apuntó una de las extremidades hacia abajo y no dio más explicaciones.

Albert estiró el cuello; en el borde mismo del horizonte se destacaba el resplandor de la cúpula de Ares, destellando en la distancia como una joya abandonada; se achicaba segundo a segundo a medida que el selector automático orientaba el curso y la BSE01 se alejaba. Pero Nartus se había referido a dos grupos de puntitos negros que se movían en ordenada formación, uno flotando en el aire y el otro sobre la tierra. A Albert le hicieron pensar en una hilera de hormigas y en una nube de mosquitos, marchando decididos bajo un cielo de verano, camino al hormiguero y al... adonde sea que se metieran los mosquitos. Si hasta casi creía escuchar el zumbido...

-¿Abejorros? -preguntó, en un arrebato de intuición-. ¿Aquellos que vuelan hacia aquí son abejorros? ¿Y los de abajo?

Nartus soltó un nuevo gorjeo, decididamente alegre.

-¡Turistas...! -dijo- ¿... no los ha visto pululando por todo Ares como moscas molestas? ¡Allí los tiene...! ...con sus holo-cámaras a cuestas, seguro...

-Pero... -Albert se rascó la coronilla, perplejo-. ¿Qué rayos vienen a visitar? ¿Estos cráteres de porquería? ¿O es que acaso los fabrican ellos para divertirse?

Con otro gorjeo, más largo y distendido que nunca, Nartus ignoró la pregunta.

La BSE01 se elevó para esquivar el compacto grupo de abejorros, cuyos conductores saludaron con entusiasmo al cruzarse; luego ingresó en la curva para superar el límite de la atmósfera y los turistas desaparecieron con rapidez. Albert, que había perdido el interés en los puntitos negros, cerró los ojos.

Para cuando volvió a abrirlos, Luqsa era una bola de color amarronado a sus espaldas. El campo estelar les rodeaba por todos lados, salpicado aquí y allá por intermitencias amarillas que debían ser otros vehículos que recibían la luz de Rik, o quizá estaciones colectoras de energía solar. Miró el reloj de pulsera. Había pasado poco más de una hora.

-¡Al demonio...! ...con esta nave -dijo Nartus.

Albert maldijo en voz baja; odiaba despertarse con malas noticias.

-¿Qué sucede, amigo? -dijo-. ¿Ya estamos llegando?

-¡No quiere ir...! ...a Caenir -dijo Nartus, mientras los cuatro apéndices (las puntas se habían ramificado para formar manos con dedos) pasaban una y otra vez sobre el panel de control, rectificando las cifras-. ¡Mire...! ...lo que está haciendo esta nave. Creo que tendré que guiarla de forma manual. De otro modo no llegaremos nunca.

-Haga como quiera -dijo Albert, disponiéndose a dormir otra vez-. Y avise cuando vaya a aterrizar. No quiero perderme el espectáculo.

-¡No logro entender...! ...por qué esta máquina obcecada insiste en indicar que el curso que quiero hacerle tomar está equivocado.

Al rato, Albert sintió un sacudón y tuvo que abandonar el sueño que estaba compartiendo con Brenda, en el que ambos sobrevolaban un mundo oceánico vestidos cada uno con una carcasa de abejorro. Ella conducía con la mirada fija al frente, su delicado perfil enmarcado por el cristal de la escafandra. “Debo acordarme de cambiar tu célula de energía”, pensó Albert, absorbido por el sueño. “¿Ves allí abajo, el que corre tan asustado?”, decía Brenda, y él miraba donde ella le indicaba. Ahora sobrevolaban la costa, y justo al comienzo de la playa, corría la silueta minúscula de un humano calvo. “¡Es AAAJOTA!”, dijo Albert, desesperado. Se volvió hacia Brenda, que volaba junto a él. “¡Es el mensor que contraté ayer!”, gritó. “¡Tenemos que salvarlo antes de que muera!” Pero al mirar a través de la otra escafandra Albert descubrió que Brenda había desaparecido, que estaba viajando acompañado por un abejorro vacío, como si lo estuvieran dirigiendo por control remoto. El abejorro aumentó su velocidad y apuntó directamente a la silueta de abajo... se precipitó hacia ella... “¡Nooo!”, gritó Albert, angustiado... y entonces se produjo el sacudón, y tuvo que volver a la realidad de la BSE01, Nartus, y el escurridizo satélite de Jufro.

-¿Ya llegamos? -murmuró, con la voz pastosa. Tenía la impresión de que en el sueño había dado con un dato importante, pero no alcanzaba a comprenderlo. Si hasta ya casi comenzaba a olvidar el maldito sueño...

-¡No, hombre...! ...que no es por eso que lo he despertado -dijo Nartus-. Dígame una cosa, ¿de dónde sacó esas cifras?

-Están en el documento de compra de una parcela que ahora pertenece a mi hermano Jufro.

-¡La parcela...! ...de su hermano. ¿La compró él?

-No, mi tatarabuelo Miquel, a través de esas promociones de venta por canal... por la Venditut, ¿la conoces?

-¡Ignoro...! ...de qué habla. O sea que él nunca pisó esa parcela...

-Nunca, que yo sepa. Era bastante reacio a abandonar su cómodo sillón, mi tatarabuelo Miquel. Hacía funcionar las cosas con un aparatito que llamaba “control remoto”. -¡Ey! ¡Ahí lo tenía! Ya casi podía recordar el sueño... en él volaba con Brenda sobre un mar azul, y cuando llegaron a la costa y vieron al pobre tipo que corría allí abajo, en la playa...

-¡Estoy seguro...! ...que tiene un problema. Creo que esa parcela no existe.

Albert se quedó mirando la cara del azulejo sin saber cómo entender lo que decía.

-Bueno, si se siente incapaz de encontrarla, no tiene más que decirlo -dijo, con voz suave, ya que la cabina de la BSE01 era demasiado estrecha para comenzar un pleito-. Podemos regresar a Ares. Sólo tiene que presionar...

-¡Darme por vencido...! ...es lo más fácil del mundo -dijo Nartus, y a pesar de todo el azul que había en su rostro, se notó que estaba un poco fastidiado-. Le propongo una cosa. Pondré las coordenadas en la lectora y dejaré que la nave haga el trabajo. Pero quiero que esté atento al monitor. -Señaló un punto brillante y parpadeante-. Este punto somos nosotros; este globo más grande es Luqsa y este otro azul es Caenir. Fíjese hacia dónde nos llevan sus cifras.

En pocos minutos, Albert se dio cuenta de que el rumbo de la nave se alejaba a toda velocidad de las otras luces en el monitor; muy despacio giró su rostro en blanco, y con patente temor preguntó:

-¿Le vendieron una parcela en otro lugar, al tatarabuelo Miquel?

Nartus resopló. En su larga vida como mensor, había tenido clientes altos y bajos, gordos y flacos, blancos y negros... pero era la primera vez que tenía un cliente más estúpido que el más estúpido.

-¡Es la primera vez...! ...que tengo un cliente...

Albert estaba señalando el monitor y sacudiendo alguna parte de su azul anatomía.

-¿Qué es eso?

Un punto nuevo, de color amarillo, había aparecido muy cerca de ellos.

-¡Caray...! ...mmmm... Me temo que tenemos otro problema.

-¡Oiga! ¡Parece que no le importara!

-¡Me importa...! ...pero no creo que tenga solución y por eso no me inquieto. Además, si estuviéramos charlando en algún lugar apacible, le contaría lo que me sucede con el amarillo...

-¿Solución? ¿Inquieto? ¿Amarillo? ¿Me puede decir de qué está hablando?

-¡La luz amarilla...! ...es una nave con armamento. Viene por nosotros, que estamos en una nave de exploración, sin armamento. ¿Lo entiende?

Albert se quedó mirándolo fijo unos segundos.

-Dígame, ¿tiene un plano de este cacharro?

-¡Apuesto...! ...a que sí. Tiene que haber un diagrama en el ordenador, por simple que éste sea -Enseguida se lo pudo ver en la pantalla-. ¿Qué busca?

-Un agujero -dijo Albert; observó el esquema unos minutos y se levantó para dirigirse al panel posterior de la cabina.

Después de forcejear unos momentos, éste se desplazó -con algún daño colateral, claro, pero la BSE01 siguió volando- y dejó a la vista una enorme máquina con multitud de tubos. Era el convertidor de energía. Por debajo, uno de los conductos terminaba en la cáscara de la nave. Lo que Albert hizo no estuvo a la vista de Nartus, aunque éste había modelado su cabeza como un largo tubo azul que buscaba espiar por detrás.

-Póngase una máscara de respirar y sujétese -dijo Albert, al tiempo que saltaba sobre su asiento, se colocaba su máscara y se aferraba con todas las fuerzas.

-¡Qué fue...! ...lo que hizo ahí atrás.

-Observe el punto amarillo -explicó Albert, señalando la pantalla. La voz sonaba ahogada por el respirador-. Se han detenido justo detrás de nosotros, a sólo dos unidades astronómicas de distancia. Eso significa que están a punto de utilizar el campo remolcador. Si quisieran disparar ya lo habrían hecho antes.

-¡Y qué significa...! ...eso.

-Que ya deben estar recibiendo el regalito que acabo de enviarles...

Lo que siguió fue una especie de vals acuático, pero sin salvavidas y con música y luces de alarma por todo el panel. Al final, volvió la calma. En el monitor sólo aparecían los puntos conocidos; ni rastros del punto amarillo.

Nartus, sin hacer un solo comentario, presionó la tecla verde y se dispuso a dormir una siesta junto a Albert, quien le llevaba unos minutos de delantera.

 

Lumia Dentra caminaba de un lado al otro en la pequeña oficina. Hacía horas que esperaba noticias de los dos tipos que enviara tras Albert Combull, y no tenía nada. Había tomado la decisión sin consultar con Fisko y estaba pensando que había sido una equivocación. Si algo andaba mal, tendría a las autoridades tras su rastro, y lo peor de todo, tras Fisko. Y aunque la idea de una temporada de arresto no le gustaba demasiado, era mucho más peligrosa la venganza de su jefe.

Al borde de un ataque de nervios, tomó la radio-móvil e intentó comunicarse. No lo logró, pero cuando se disponía a salir hacia su casa, se topó de frente con el mismísimo Fisko, que venía a su encuentro.

-Estimada Lumia, querida -dijo, abriendo los brazos, con una amplia sonrisa-. ¿Lista para partir?

-Es tarde ya. No me queda nada pendiente por hoy.

-Te equivocas -dijo Fisko, con la voz helada de improviso-. Me tienes que explicar por qué la Patrulla Atmos de Luqsa me dice que una de mis naves está destrozada.

Lumia se sintió en verdad extrañada. ¿Qué tenían que ver las naves de Fisko en todo este rollo?

-Con sinceridad, no sé de qué me hablas. Lo siento.

-Claro que lo sientes -dijo él, tomándola del brazo y llevándola de regreso al interior de la oficina-. Te lo contaré. Un par de muchachos muy amigos de la libre empresa, tomaron una de mis naves para ir en persecución de tu famoso Albert Combull. ¿Te dice algo?

-Eso sí. Pero no indiqué una de tus naves. Sólo...

-Sí, sí, sí -dijo Fisko, agitando el aire-. De dónde sacas las ideas será la siguiente cosa que te preguntaré, de modo que comienza a preparar una respuesta, pero lo que me tienes que decir ahora es... ¡¿Qué piensas que estamos haciendo?!

Lumia se sacudió ante la explosión de ira. Fisko nunca le había gritado de ese modo, así que se dio cuenta de que la cosa se estaba poniendo muy mal.

-Será mejor que me lo digas tú -dijo, en tono suave y sumiso. Se quedó mirándolo... y rezando.

Fisko se incorporó. No le gustaba estar de pie junto a otros humanos ya que su estatura era ridículamente pequeña. Pero se incorporó de todos modos.

 

CAPÍTULO 6: LA AURORA DE LA QUINTA ESTACIÓN

-¡Cómo explicaremos...! ...los daños en el convertidor -dijo Nartus mientras descendían de la BSE01. No había muchas naves en el hangar, apenas dos estilizadas XBSE último modelo aparcadas en el extremo más alejado, cerca de la entrada a la oficina-. Tengo la impresión de que esta unidad quedó dañada definitivamente y que no podrá volver a despegar...

-Tranquilo, amigo, no hay problema -explicó Albert, condescendiente-. Pagué un arrendamiento equivalente a dos días más de uso, y el respectivo seguro. Lo mejor será que avisemos que puede tener algún desperfecto (“Haría cualquier cosa por volver a ver a Merla”, pensó). Si es así, lo arreglarán en unas horas, y podremos salir de nuevo, ¿verdad? -Se animó ante la perspectiva.

-¡Es evidente...! ...que necesitaremos esta nave otra vez. Hemos vuelto con las manos vacías, y está cerca el vencimiento de su plazo para regresar a Seaque.

-Hombre, a usted no le gusta ver feliz a nadie... -refunfuñó Albert mientras abría la puerta de la oficina y dejaba pasar la masa globular de Nartus. Bajó la voz-: Bueno, usted no abra la boca. Déjeme hablar, ya verá... -Entonces mostró una nerviosa sonrisa a Merla, quien seguía detrás del escritorio como si el tiempo no hubiese transcurrido-: ¡La nave está en su nido, y se ha comportado de manera apropiada! -Poco después, Nartus se burlaría de esa palabra-. ¡El convertidor de energía funciona que es una maravilla, pero vendría bien echarle una mirada, por las dudas!

La droide resopló sin dignarse a volver la cabeza.

-No olvide devolver la agenda, señor Combull -dijo. El tono de voz fue tan gélido que la temperatura de la oficina pareció descender una docena de grados-. En Futunir no tenemos por costumbre hacer favores. A nadie.

 

El dúo caminó a paso lento por la avenida; algún lazo de aparición reciente se negaba a desaparecer. Al llegar a la “Posada del Pasajero”, el humano invitó al azulejo a tomar un trago en el bar. "Y que después no me vengan con mi síndrome especista", pensó Albert, sorprendiéndose ante su propia actitud.

-¡Debo rechazar...! ...su gentileza -respondió Nartus-. Cuando cargo a mi metabolismo con esos productos destilados que acostumbran ingerir los de su especie me veo obligado a realizar acciones extrañas, y de las que me avergüenzo -Vio que en el rostro de Albert aparecía un atisbo de puchero, y se sintió desconcertado-. ¡Pero puedo entrar...! ...con usted y acompañarle mientras bebe lo que se le antoje; yo pediré algún extracto vegetal. ¡Con seguridad...! ...el autocamar tendrá alguno.

Apenas cruzaron la puerta se aproximó el conserje con un mensaje para Albert; éste sospechó que se trataba del Capitán Ele, recordándole que su permiso expiraba esa noche. Tomó el micro-dictor que el conserje le tendía, le dio las gracias y un efusivo apretón de manos (era evidente que el otro esperaba otra cosa), y le dijo que se marchara a tomar aire a otro lado. Entonces se introdujo la bolita en el oído y la accionó con un leve golpeteo doble. El mensaje se hizo oír de inmediato:

-¡TE ORDENO QUE TE COMUNIQUES CONMIGO DE INMEDIATO!

Fue tan potente el vozarrón que Nartus saltó sobre sus tres patas, porque en ese momento estaba utilizando una de sus extremidades para sacar la creditera de uno de los cuatro bolsillos que estaban simétricamente distribuidos a lo largo del ecuador de su cuerpo.

-Uff... si hay algo que admiro, es la capacidad que tienen algunos para ir directo al grano... -Albert se sacó el micro-dictor del oído, lo tiró al piso y lo aplastó de un pisotón. Luego dijo, apesadumbrado-. Ya me imagino lo que quiere. Y todavía sigo aquí, sin haber logrado ni un ligero avance. Me despedirá... tan cierto como que me llamo...

-¡Ese Capitán Ele...! ...¿es su jefe? -preguntó Nartus, mirando el montoncito de basura en que había quedado convertido el aparato.

-Es mi dueño -respondió-. Sin él, mi vida quedaría sin rumbo.

Se produjo un inesperado silencio. Nartus miró al hombretón con algo de pena, aunque sus ojos no pudieron ser leídos por el otro; eran demasiado azules y difíciles de interpretar. Por otro lado, Albert estaba ensimismado en sus pensamientos y no advirtió la aflicción del azulejo.

-¡Va a llamarle...! ...al Capitán, ¿verdad? -preguntó con cautela; a pesar de que hacía varios siglos que tenía contacto con la especie humana, no había llegado a descubrir todos los recovecos de su intrincada psicología... aunque creía que Albert poseía una de las más simples que había conocido.

-Claro, ¡qué remedio! ¿Me espera? Será una comunicación breve, y necesitaré un hombro... -miró al menudo ser de arriba a abajo; no había nada en ese globo azul que se pudiera llamar hombros-. Bueno, necesitaré que alguien escuche mis penas mientras me emborracho para olvidar que he sido despedido.

Albert dio media vuelta y se introdujo en una de las cabinas de ultra-línea. Al cabo de unos minutos, Nartus vio que regresaba con una sonrisa de oreja a oreja, exultante. “Es evidente que hasta el más simple de los humanos puede sorprenderme”, pensó.

-¡Estoy en la nómina! ¡Jo, jo, jo! ¡El Capi me ha encargado un trabajo... y con salvoconducto! -Albert extendió las manos hacia el otro, con la intención de tomarlo y sacudirlo, o tal vez bailar, pero se detuvo en seco; bajó los brazos y se inclinó hacia él, con gesto elegante-. Caballero azulejo, le invito a tomar lo que usted desee para festejar tan magno acontecimiento -Dicho esto, ambos pasaron, en marcha pomposa, hacia el bar. Desde la puerta del elevador, el eridario les observó ceñudo, los ojillos negros casi perdidos junto a los velludos cuernos que le sobresalían de los pómulos.

 

Albert había tenido que abandonar por el momento sus asuntos familiares porque su jefe lo enviaba a Honesaq. De alguna manera (debido quizá a ese reciente lazo que les unía), Nartus se sentía responsable por él, y llevó la conversación de tal manera que de pronto Albert se sintió impelido a pedirle que fuera con él; después de todo, los gastos estaban pagados por la CIO y el salvoconducto no especificaba si estaba solo o si llevaba compañía.

En realidad, cuando lo estuvo pensando más tarde, lo más lógico era ir a Honesaq con Nartus. Como bien diría el azulejo: ¡Siempre es bienvenida...! ...una ayudita extra.

¿En qué consistía el trabajo que debía realizar para la CIO? Aunque el Capitán Ele no se tomó el trabajo de pasarle a Albert todos los datos -de nada le hubieran servido, y hasta podrían confundir al hombretón-, la Compañía tenía un cliente que necesitaba obtener información para ejecutar un testamento. En el documento de marras se mencionaban ciertas propiedades en Fumelibir, satélite principal de Honesaq, pero sólo aparecían las coordenadas de su localización, sin la necesaria descripción. La tarea de Albert era, entonces, trasladarse a Fumelibir a constatar que las propiedades estuvieran desocupadas, y en caso contrario, describir el tipo de ocupación a que estaban sometidas. Al final, debía enviar por ultra-línea el resultado de sus averiguaciones. Y fue a través de ese medio que Albert recibió su salvoconducto y la autorización para el empleo de una agen-cod “para anotar “todo” lo que tengas que anotar, y “todo” lo que tengas en duda de anotar, también”, según palabras del Capitán.

 

La BSE01 estaba en condiciones de navegar cuando volvieron a Futunir. Merla, más fría que antes aún, apenas si levantó los ojos de su ordenador. Albert se deprimió de tal manera que casi no recordaba en qué momento habían cruzado el ducto de salida, cómo habían realizado las circunvoluciones de rigor para salir de la atmósfera, ni qué se podía ver en el cielo negro que navegaron entre Luqsa y Honesaq, hasta que el azulejo, un tanto preocupado por el estupor que manifestaba su compañero, solicitó que le entregara las coordenadas que debían visitar.

Albert volvió lentamente a la realidad; Nartus estaba sentado ante los controles y, con mucho cuidado, cargaba las cifras en la lectora. El hombretón que observaba de manera vaga el monitor señaló con el dedo un globo grande y rosado, y luego cuatro luces azules menores.

-¡Son Honesaq...! ...y sus satélites -dijo Nartus-: Fumelibir, Bukersi, Ei, y Aoqinu. Mire, nuestra trayectoria es ahora una línea recta, o sea que las coordenadas están bien -Nartus se quedó en silencio un buen rato, mientras Albert se mantenía atento; en esta ocasión no apareció ningún punto amarillo-. ¿Sabe? Sigo preguntándome por la razón de la desviación del curso en el viaje anterior.

-Puse un mensaje a mi tía Marga para que vuelva a enviarme esas cifras -dijo Albert-. Deben tener algún error.

 

Fumelibir y los otros satélites habían sido enormes centros de explotación minera, pero la densidad del material había comenzado a decaer hacía una década, de modo que el Gobierno Autonimato de Zeus, capital de Honesaq, había decidido convertir al mayor de los satélites en un centro de turismo dedicado a la exploración del subsuelo para aprovechar las excavaciones en desuso. El proyecto tenía dos partes: una, el acondicionamiento de las galerías y tiros para el tránsito de turistas, y la otra, la construcción de un domo que contendría, no sólo los edificios de alojamiento transitorio, sino otros para el solaz y entretenimiento de los visitantes. Además, habían comenzado a trabajar en el precario espacio-puerto existente para adaptarlo a las normas interestelares vigentes. En el lugar hacia donde los llevaba la nave había sólo un domo pequeñísimo; a pesar de su tamaño, se perfilaba con nitidez contra la cara oscura del globo azulado; allí era de noche.

Bajaron en el satélite; el sector de anclaje era apenas un área de terreno alisada, pero la posibilidad de descenso en vertical de la BSE01 facilitaba las maniobras y, aparte de una densísima nube de polvo que tardó algún tiempo en asentarse, no hubo otro contratiempo.

Dos figuras con forma humana y enfundadas en trajes de superficie salieron del pequeño domo y se aproximaron. Con los brazos armados de teas fosforescentes hicieron una serie de señales delante de la nave, a las que Nartus respondió con otra serie ejecutada con las cuatro extremidades al mismo tiempo.

-¡Dígame...! ...el código de su salvoconducto -le dijo a Albert que miraba a unos y a otro alternativamente con cara de sospecha-. Necesito el dato para que nos permitan bajar.

-¿Se puede respirar el aire de este lugar?

-¡Claro...! ...que no -Nartus lo miró para saber si el otro estaba bromeando-. No extenderán el canal de acceso hasta que nos identifiquemos, y si lo ha notado, no llevamos trajes espaciales en esta nave.

Las dos figuras corrieron hacia la boca de luz y desaparecieron. Al rato, algo que se parecía a un gusano de Beqbemor asomó la cabeza y comenzó a reptar hacia ellos. Albert lo miraba, sin quitarle la vista de encima; su inquietud era tan grande que estaba conteniendo la respiración y su párpado derecho temblaba de manera incontrolable.

-¡Esa cosa nos ataca! -dijo al fin, girando el cuerpo hacia Nartus pero sin poder despegar los ojos del gusano.

-¡Vaya imaginación...! ...la que usted tiene -dijo Nartus, con un gorjeo francamente divertido-. Es una manga Moixis. Es un ducto flexible; está adaptado para que cumpla las funciones de canal de desembarco.

A medida que la distancia se acortaba comenzaron a distinguir, por detrás del panel translúcido que sellaba el extremo, a las dos figuras humanas. Se escucharon ruidos y soplidos, y al final, tres golpes rotundos contra la esclusa de entrada de la BSE01; habían terminado de conectar y podían dejar la nave.

Cuando los viajeros salieron al ducto, se encontraron con dos simios de Kai. Albert retrocedió un paso, y quedó congelado; el síndrome especista estaba jugándole una mala pasada. Nartus se adelantó y se dirigió a los otros en una interlengua hablada a toda velocidad.

-¡Vamos...! ...hacia el domo -dijo, dirigiéndose a Albert-. Tendremos que esperar a que regrese el capataz que en este momento está en el emplazamiento de la construcción, para hablar con él -Lo miró; el hombre estaba pálido y parecía que iba a volver el estómago; de sólo pensarlo, Nartus comenzó a sentirse mal, pero le sujetó un brazo y se lo sacudió como si quisiera quitarle la piel-. ¡Vamos...! ...hombre. No sea niño. Son tan inteligentes como cualquier otro. ¡Vamos ya!
Se colocó detrás de Albert y comenzó a empujarlo en dirección al domo; los simios se habían detenido a mitad camino, y con la cabeza vuelta hacia ellos, parloteaban sin cesar.

-¡Dígales...! ...que se callen -dijo el hombretón, sudando a mares-. ¡No tolero...! ...esa forma de vida -Jadeaba y trataba de resistir el persistente empuje del otro-. ¡Está abusando...! ...de mi debilidad -continuó, tratando de volverse para darle un mamporro en alguno de sus lugares azules-. ¡Deje ya...! ...de empujarme, ¿quiere?

El azulejo aflojó la presión; el hombre giró y lo enfrentó. De pronto, Nartus había puesto su cabeza a la altura de la de Albert. Estaban dientes contra dientes, nariz contra nariz, ojos contra ojos. Se miraban, con pánico furioso el uno, con azul indignación el otro.

-¡No vuelva a burlarse...! ...de mi manera de hablar -dijo Nartus con voz baja y sorda-. ¡Se lo prevengo...! ...yo.

Albert se alejó unos centímetros y lo miró de arriba a abajo.

-¡Oiga! ¡Usted está alto y delgado! -dijo, porque el azulejo se había “estirado” y de sus cuatro extremidades sólo veía dos, transformadas en enormes puños medio levantados, en guardia, mientras que por abajo había aparecido una especie de pie de champiñón; apenas oscilaba, pero no por eso dejaba de ser una figura amenazadora.

-Espere un poco, amigo mensor -dijo el hombretón, pegando los brazos al cuerpo que era la manera interestelar de expresar que no se desea iniciar una gresca-, no se lo tome tan a pecho, que ha sido involuntario. Esos simios me ponen loco y no he podido controlarme, ¿sabe? -Como el otro no bajaba los puños, Albert seguía sin mover los brazos-. Escuche, ¿sabe qué? Voy a darme vuelta y caminar hasta adentro sin parar, ¿de acuerdo?

Dicho esto, le dio la espalda; con pasos cortitos y los ojos cerrados se lanzó hacia el extremo y no se detuvo hasta chocar con algo; había llegado. Cuando abrió los ojos, vio que los simios se mantenían a buena distancia y que a su lado estaba el mismo Nartus globoso de siempre.

 

El salvoconducto que llevaba Albert les permitió convencer al capataz para que les facilitara un vehículo hermético. Se llamaba Jarton (especie humana, por fortuna), y su curiosidad era irrefrenable, casi como larga su experiencia. Mientras el dúo se colocaba los trajes de superficie -bufando y sudando porque estaban confeccionados para personas de físico estándar, y una era demasiado gruesa, y la otra demasiado redonda-, les preguntó de todo; más tarde se excusaría diciendo que no había casi comunicación con la capital y que estaban muy escasos de noticias; además de facilitarles un localizador manual, decidió hacerles compañía.

Apiñados en la diminuta cabina del vehículo, hombres y azulejo se dirigieron hacia la primera de las localizaciones. Estaba fuera del terreno reservado a las obras del domo, y cruzaron el límite con apenas un “allí terminaba mi jurisdicción” dicho por Jarton, en mitad de una larga descripción del proyecto que tenía a su cargo, y con la que venía llenando las orejas de Albert, aunque no estaba muy claro si las de Nartus, ya que el azulejo, apenas salieron del ducto, había “producido” un par de pompones azules que le daban el aspecto, gracioso por demás, de un enorme oso de peluche azul metido dentro de un traje de celofán.

A poco trecho, el localizador comenzó a zumbar y parpadear; Jarton había cambiado la dirección del vehículo.

-¡Ha cambiado...! ...el rumbo -dijo Nartus, mientras los pompones desaparecían dentro de algún orificio de su cabeza-. ¿A qué se debe?

-Ya lo verá -dijo el capataz; condujo unos minutos en silencio y detuvo el vehículo en medio de un angosto sendero; se bajó e hizo señas para que hicieran lo mismo. Los otros se miraron; no tenían mucha confianza, pero podían estar prevenidos.

Jarton se había trepado a un grupo de rocas chatas, como si se hubieran ablandado en algún tiempo, y un enorme animal las hubiera pisado antes de volver a endurecer. Albert ayudó a Nartus a subir y miraron hacia donde señalaba el capataz.

-¡Miren este panorama! -dijo, con entusiasmo-. No creo que tengan otra ocasión de hacerlo.

El espectáculo era soberbio. Había una línea intensamente luminosa que parecía nacer en el infinito, hacer un arco hacia el cielo, pasar por encima de sus cabezas y perderse por detrás; de ella colgaba una cortina de hilos dorados que acariciaba el suelo. Se movía con lentitud hacia la izquierda del paisaje, que estaba en sombras; todo lo que había a la derecha aparecía cubierto con gotas de oro, como tocado por la mano de Campanita, y casi sin relieves; sólo la suave curva brillante del satélite contra el enorme globo rosado de Honesaq; atrás y arriba, el negro cielo sin estrellas.

-Es la aurora de la quinta estación -dijo Jarton-. No me cansaré de admirar lo que la naturaleza nos brinda. Sucede una vez cada cinco años, y se ve con este esplendor sólo desde este lugar. -Se volvió hacia los otros; su rostro dentro de la escafandra aparecía bañado con luz dorada-. Creí que sería un pecado estar tan cerca y que no lo vieran. Es maravilloso, aunque a estos estúpidos del emprendimiento turístico no les interesa porque no pueden ofrecerlo todos los años... -Hizo un gesto de fastidio y señaló hacia abajo-. Miren allí.

Recién entonces, Albert y Nartus se dieron cuenta de dónde estaban. A sus pies, apenas terminaba la roca aplastada donde se habían parado, caía un precipicio de unos 200 metros de profundidad. Abajo, el terreno se veía rugoso, desigual, como si hubiesen caminado cien bestias enormes y dejado sus huellas impresas sobre él.

-Es el “Paso del Ganado” -dijo Jarton-. No es que hayan pasado animales, claro; es por el aspecto. Es roca, pura roca, y estamos en una de las laderas del volcán que lanzó todo ese material. -Con mucha precaución, los otros dos giraron las cabezas para mirar hacia arriba; no era muy tranquilizadora la información que acababan de recibir-. Debe haber sucedido hace miles de millones de años, porque ahora no hay actividad volcánica en Fumelibir. -Suspiró-. ¿Saben qué harán en este lugar? ¡Una pista de carreras para escarabajos!

-¡Buena idea...! ...los escarabajos -dijo Nartus.

-¿Se refiere a esas cosas rastreras que se parecen a los abejorros pero que no vuelan? -preguntó Albert-. ¡Sólo sirven para levantar polvareda! Una vez intenté conducir uno en las ruinas de... mejor no digo nada.

Volvieron al vehículo y llegaron a la primera localización; estaba desierta. Con la ayuda de Nartus, Albert asentó el hecho en la agen-cod. Cuando más tarde alcanzaron las otras dos vieron que también estaban desocupadas.

Durante el viaje, Albert observaba el monitor del localizador; en un momento, Nartus le preguntó el porqué, a lo que el hombretón respondió que no quería ser sorprendido por alguna nave armada.

-¡Nunca sucede...! ...sobre un planeta -dijo el mensor, con acentuado tono festivo en la voz-. Las luces amarillas aparecen en el localizador cuando estamos en el espacio -Vio que el rostro de Albert pasaba de una sana preocupación a una enfermiza cólera-. ¡No se altere...! ...amigo mío. Fíjese en el monitor -Señaló una luz que parpadeaba-. Este punto somos nosotros, y esta sombra abajo es la cadena de montañas que acabamos de rodear, y esta mota de color azul -señaló justo al final de una línea recta que salía del punto parpadeante-, es el lugar donde está la parcela a la que nos dirigimos -Pulsó un par de teclas-. ¡Mire ahora...! ...las otras dos, y verá que nos estamos dirigiendo a la segunda, y que la primera quedó atrás.

-O sea que no nos pueden atacar... -preguntó Albert; en parte, su preocupación nacía de haber registrado varios hechos: que su única arma era una pistola de rayos, que el vehículo no poseía ningún cañón ni nada por el estilo, que el azulejo no llevaba armas con qué defenderse (aunque parecía no carecer de recursos), y que el capataz podía ayudar, pero a lo sumo con otra pistola de rayos.

-¡Claro que sí...! ...pero no lo veríamos en este monitor.

Desde allí en adelante, la situación dentro de la cabina se volvió un poco incómoda, porque si antes era diminuta, el espacio ahora se veía reducido aun más porque Albert giraba la cabeza, ¡y el cuerpo!, de izquierda a derecha para poder mirar hacia todos lados.

Habiendo completado el recorrido sin inconvenientes, y al cabo de un par de horas, regresaron al domo-obrador, ahora atestado de personas.



-Y EN LA SIGUIENTE ENTREGA...-

 

7-EL OCIO PRODUCTIVO


Lumia despertó sin haber descansado por completo; la entrevista con Fisko que había tenido la noche anterior la había dejado maltrecha. En realidad, el hombrecillo no le había tocado un solo cabello -no era capaz de recurrir a la violencia por mano propia-, pero seguir sus pensamientos, adivinar las respuestas que deseaba recibir, anticipar sus deseos hasta en los detalles más elementales -¿querría tomar algo?, ¿desearía cambiar de asiento?-, fue una tortura constante para ella.

Los ayudantes personales de Fisko eran droides; de ninguna manera podían sentirse agobiados por la presión psicológica. Una vez creyó advertir que los reemplazaba con frecuencia, y lo comentó, “Estos ayudantes no son los mismos que los de antes, ¿verdad?”; entonces, una mueca, una mirada demasiado fija por demasiado tiempo, cierto temblor en la mano izquierda de su jefe, le dijeron que era un asunto que nunca más debía mencionar.

 

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publicado en enero de 2008

 
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