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Coordenadas (cap-7 y cap-8) Más sobre Graciela Lorenzo Tillard o Fabio Ferreras

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CAPÍTULO 7: EL OCIO PRODUCTIVO

Lumia despertó sin haber descansado por completo; la entrevista con Fisko que había tenido la noche anterior la había dejado maltrecha. En realidad, el hombrecillo no le había tocado un solo cabello -no era capaz de recurrir a la violencia por mano propia-, pero seguir sus pensamientos, adivinar las respuestas que deseaba recibir, anticipar sus deseos hasta en los detalles más elementales -¿querría tomar algo?, ¿desearía cambiar de asiento?-, fue una tortura constante para ella.

Los ayudantes personales de Fisko eran droides; de ninguna manera podían sentirse agobiados por la presión psicológica. Una vez creyó advertir que los reemplazaba con frecuencia, y lo comentó, “Estos ayudantes no son los mismos que los de antes, ¿verdad?”; entonces, una mueca, una mirada demasiado fija por demasiado tiempo, cierto temblor en la mano izquierda de su jefe, le dijeron que era un asunto que nunca más debía mencionar.

Pero ella no era una droide -aunque había más de uno que lo aseguraba-, y el interrogatorio a que se vio sometida por Fisko la había agotado. En algunos momentos, cuando el cansancio provocaba una involuntaria demora en responder, el otro la acusaba de estar pergeñando un embuste; otras veces fue por el temor que sentía crecer dentro de su pecho ahogándola, y en su cerebro, haciéndola más lerda.

Al final había dejado satisfecho a Fisko, aparentemente. No tenía presente todos los detalles de la conversación, pero el hecho de que estuviera viva todavía, y en su propia cama, era señal suficiente para sacar esa conclusión. Si al menos pudiera recordar lo que habían hablado en la última media hora... “¡Pero sí, qué tonta soy! Con seguridad estará todo registrado en mi agenda”.

Cuando la conectó, lo primero que escuchó fue la voz de Fisko, y el mensaje era: “Termina con Combull...”. La desconectó porque no quería escuchar el resto; de repente, lo había recordado todo; se dio cuenta de cuál sería su única opción...

 

-Si no le paso los datos al Capi hasta dentro de unos días, podríamos quedarnos aquí y gastar a cuenta de la CIO -dijo Albert; se volvió hacia el mensor con una luz de astucia en la mirada, buscando su complicidad-. ¿Me acompaña? Será una buena experiencia, pasar unos días sin trabajar, digo.

Estaban en uno de los depósitos del domo-obrador, quitándose los trajes de superficie. Cuando iban hasta allí, debieron pasar delante de una puerta abierta; curiosos, miraron a través de ella y vieron un par de mesas muy largas, paralelas, donde había unas personas sentadas... bebiendo. Eso provocó en Albert cierta euforia: ya no quería volver a Merla ni a Seaque; quería tener nuevas experiencias.

-¡Envíe esos datos...! …cuanto antes, no sea que ese aparato se eche a perder y tengamos que hacerlo de nuevo -dijo Nartus, añadiendo el nuevo concepto en su grilla de variables de la especie humana-. ¡Tendremos que quedarnos...! …de cualquier manera, ya que el acumulador de la BSE01 no tiene toda la energía que debiera tener para llegar a Ares sin contratiempos, y hasta dentro de unas doce horas el sol no estará sobre nosotros.

-¡Aleluya!

El brinco del humano sorprendió a Nartus; y si no fuera que Fumelibir era un satélite con actividad sísmica nula, los trabajadores que descansaban, o bebían, o cocinaban, o leían, o que hacían cualquier otra cosa, hubieran jurado haber sufrido un terremoto, ya que los paneles interiores del obrador temblaron unos segundos.

Después de pasar por ultra-línea el contenido completo de la agen-cod, los dos compañeros se dirigieron hasta el comedor del obrador, donde encontraron alguna variedad de especies, todas en la interesante tarea de compartir experiencias del pasado, y crear experiencias nuevas en el presente. Nartus recomendó a Albert el máximo control de su síndrome especista, ya que sería considerado una falta de cortesía hacer una escena ante la presencia de los simios de Kai... otra vez.

Se sentaron en una de las mesas: el azulejo de espaldas al muro, y Albert frente a él. Hacía mucho tiempo, demasiado, que Nartus estaba lejos de Unir, su sistema natal, y tenía la edad suficiente para ser varias veces abuelo; su divertimento predilecto era la observación de las diferentes especies y de sus modos de interrelación. Aquí no había gran variedad; apenas cuatro o cinco, pero no dejaría pasar la oportunidad. Albert, por su lado, prefería vivir sin tener que recordar que en el universo había otras especies además de la suya.

En la misma larga mesa, apenas a un par de lugares de distancia, había dos humanos que parecían muy borrachos, y era evidente que su forma de ganarse la vida estaba lejos del esfuerzo físico. Nartus no dejó de notar que por eso eran diferentes que los demás -obviamente trabajadores-, y que los asientos vecinos estaban vacíos; ya llegaría la oportunidad de averiguar -¿preguntar a Jarton?- la razón de su presencia en el obrador. En un momento, se pusieron un poco ruidosos y Albert se aproximó para pedirles que no molestaran, que quería beber en silencio. Los hombres, de repente estremecidos ante el tamaño de una de las manos que el hombretón había apoyado sobre la mesa, se callaron de inmediato.

La variedad de las bebidas no era extraordinaria, pero era compensada por la abundancia. Al correr de algunos litros, estuvieron en condiciones de hacer nuevos amigos y consolidar los viejos. Nartus se sentía comunicativo, de modo que aprovechó que Albert estaba absorto en la contemplación de sus manos abiertas (para no escuchar el parloteo en interlengua que llevaban a cabo los dos simios de Kai que habían entrado en el comedor hacía sólo unos minutos), y le contó sus problemas con el amarillo.

-¡Luz amarilla...! …es una mala cosa y por eso, cuando quedo expuesto a ella por un tiempo excesivo, me pongo enfermo -dijo, algo avergonzado-. No me pregunte las características de la dolencia porque son algo embarazosas...

-¿Mmmm?

-Que... ¡Oh! Déjelo -Nartus se sintió solo de improviso, en medio de ese local semivacío, y sentado frente a un hombre simple que no sabía controlar sus impulsos, pero igual continuó con su relato-. ¡Eso me sucede...! …en todos los sistemas en los que su sol irradia luz en la frecuencia de ese color. En Unir vienen realizando investigaciones para lograr algún tipo de filtro -continuó Nartus, aunque estaba siendo atraído por el bailoteo que el par de simios realizaba delante de tres seres de Gabokon, que no tenían piernas, pero sí varios trozos de anatomía que hacían de extremidades y oscilaban de modo sugerente-. Algunos buscan un filtro interno, del tipo metabólico, aunque es la solución menos deseada; nunca se sabe en qué va a terminar una modificación genética -Hizo un minuto de silencio en honor de algunas casi personas que vegetaban en Unir, y continuó-. Los otros se empeñan en una especie de traje que realice el filtrado o la conversión de la longitud de ondas... pero hasta el momento sólo son buenos deseos.

Los seres de Gabokon habían tomado asiento junto a los simios; en algún lugar de afuera se escuchó un batintín a lo que siguió un redoble de pisadas producidas por un alud de trabajadores que ingresaba en el comedor, y un trueno que crecía y disminuía mientras se acomodaban para comer. Entonces se abrió una compuerta sobre el muro del fondo y un batallón de autocamares se desplazó entre las mesas distribuyendo alguna vajilla, muchos cazos humeantes y centenares de botellas.

Los dos borrachos de la mesa contigua colocaron algo de alimento en sus escudillas y se frotaron las manos antes de hacerse de un botellón que contenía un líquido dorado y burbujeante. Llenaron sus copas y brindaron por algún lejano propósito; giraron hacia Nartus y Albert -los lugares entre ellos permanecían vacíos-, y repitieron el brindis.

Albert, que estaba sintiendo una desusada simpatía por los dos tipos segregados, separó las sillas junto a él y, sin pedir la conformidad del azulejo, los invitó a ocuparlas; de alguna manera, se estaba proveyendo de un panorama lleno de su propia especie.

Nartus abandonó su relato acerca de la luz amarilla; ninguno lo escuchaba, pero no se resintió ya que, a cambio, el trío le estaba suministrando una muestra que observar, con mucha ampliación y detalle. La comunicación entre los humanos era entrecortada; un poco de charla, un poco de ¿reflexión?, ¿introspección?, ¿búsqueda de la razón de la vida? Los tres hablaban y bebían con la mirada baja, como si su interlocutor estuviera planchado sobre la mesa; de vez en cuando, alguno extendía la mano y acariciaba la superficie.

El mismo azulejo se perdía, por momentos, en sus propios recuerdos. Cuando regresaba de uno de vieja data, escuchó algo que decía el más viejo y más borracho de los hombres.

-... y así fue que se llevaron una buena tajada. En realidad los descubrieron por ambiciosos...

-¡La ambición...! ...peca por exhibicionista. Pero ¿qué decía usted? ¿A qué tajada se refiere? -preguntó.

-Eso, que los descubrieron por ambiciosos; si hubieran realizado la estafa dentro de ciertos límites, nunca lo...

-¡Un hurra...! ...por los límites. ¿En qué consistía la estafa? -interrumpió Nartus.

Albert y el otro estaban haciendo una parodia de autocamar, tratando de quitarse el botellón el uno al otro para -supuestamente- llenar las copas; emitían sonidos inconexos, abrían grandes los ojos, se movían con lentitud y torpeza... y la bebida seguía sin servirse.

-Las coordenadas... -El viejo volvió la mirada hacia Nartus; parpadeó un rato para centrar su mirada en la totalidad azul-. Bueno, no sé si usted entiende de esto. En ese tiempo yo trabajaba en la Oficina de Territorios de Sesum, capital de Oqumi. Un par de tíos, muy astutos, vendieron parcelas de los satélites y las señalaron con coordenadas espaciales... ¿Sabe algo de eso? Porque para entenderlo, se necesitan estudios...

Nartus sonrió. Albert, que comenzaba a sentirse molesto porque le parecía que la extendida conversación entre esos dos estaba tomando un carácter demasiado serio -y él quería diversión-, se volvió para mirarlo y se encontró con una media luna perfecta, llena de dientes blancos.

-¡Oiga! -exclamó-. Sus dientes... ¡Já!

-¡Oiga! -le respondió-. Sus coordenadas... ¡Já!

Albert se quedó mirándolo. De manera lenta y casi palpable, Nartus pudo ver que se hacía la luz dentro del cerebro del hombretón.

-... espaciales -dijo al fin-. ¡Que mal rayo los parta! ¡Eso es todo!

-¡Buena deducción...! …ha hecho usted. Por eso el localizador nos llevaba a cualquier otra parte -completó Nartus.

 

Las horas que tuvieron que esperar hasta la recarga de energía en el convertidor de la BSE01 pasaron sin mayores recuerdos en la memoria de Albert. La ingesta de bebidas en el comedor se había extendido algún tiempo, y se produjo una pequeña trifulca cuando un autocamar intentó desocupar las mesas de la vajilla utilizada, incluso de botellones. Por fortuna, Albert se quedó dormido después de recibir la primera trompada en la mandíbula, propinada por un enorme ser -humano- que hacía de jefe de cocineros. Por su lado, Nartus aprovechó el tiempo para comunicarse con varias centrales de información propias de los mensores registrados, y cuando el hombretón recuperó el sentido le entregó los datos.

-¡Caray! -dijo Albert, rascándose la nuca con mirada absorta; en realidad, muy poco le decían todos esos números que le mostraba Nartus; lo que sí entendía era la conclusión final-: “El registro de una parcela por coordenadas espaciales se convierte en una estafa ya que al moverse el astro de referencia en el espacio, lo que señalan las coordenadas es un trozo de espacio, o de cualquier otro cuerpo que incidentalmente ocupe las coordenadas, de manera transitoria”.

-Levantó la vista y la fijó en el azulejo-. Estafaron a mi tatarabuelo Miquel, y... -Se volvió a rascar la nuca, pero su rostro se fue poniendo muy tenso, sus ojos comenzaron a brillar con furia, y la respiración se hizo jadeante-. ¿Sabe? No me gusta nada este torcido asunto. Creo que tendré que enderezarlo, a la fuerza, si es necesario.

Nartus estaba un poco inquieto ante la transformación de su compañero; hasta ese momento, no había dejado de ser un hombre grande y tonto, pero de pronto se le apareció como una enorme masa de furia reparadora. Recordó que alguna vez, cuando era bastante joven, se había topado con un ser que, como Albert, le había parecido manso y tonto durante unos cuantos días, pero que se convirtió en una fiera vengadora cuando se encontró delante de los dos tipos que había estado rastreando. El trozo mayor de lo que quedó de ellos cabía en un puño... no demasiado grande.

-¡Yo le aconsejo...! ...un poco de prudencia -dijo, eligiendo las palabras con cautela, y bajando un poco el énfasis de su exclamación-. Una operación de esta magnitud, y desde hace tanto tiempo, exige de una organización importante. Por un lado...

-Escucho sus consejos con media oreja y medio cerebro, porque con lo demás estoy haciendo un plan para hacerlos picadillo -dijo Albert, escondiendo el cuello y estrujando con sus manos algo de aire; mantenía la mirada fija delante de él, en el vacío.

-¡Vaya parcela...! …de atención que me concede. ¿Sabe cuántos son? ¿Quiénes? ¿Dónde están?

-No me importa cuántos son, ni quiénes, ni dónde -respondió, jadeante-. Los iré encontrando de a uno y los haré picadillo.

-¡Haremos picadillo...! …de todos ellos. ¿Por dónde comenzará? -dijo el azulejo, comenzando a inquietarse ante la negativa del otro a pensar con algún sentido.

-Mmm... bueno, comenzaría con esa Lumia, aunque no me gusta meterme con mujeres. Quizás sea una droide, entonces me importará menos.

-¡Eso...! …mismo -dijo Nartus; Albert lo miró, desconcertado; hasta ese momento estaba creyendo que el otro quería detenerle-. ¡Comenzaremos por la mujer...! …y la haremos picadillo... -Se estremeció al escucharse a sí mismo usar la frase del hombre-, y nos quedaremos sin la punta del ovillo, porque... ¿con quién seguiríamos? -Albert no respondió-. ¿Lo ve? No sabe nada de ese grupo.

-¿Y usted sí? -preguntó amoscado ante las palabras del otro; de repente, le pareció escuchar a su tía Marga, cuando le explicaba lo que estaba haciendo mal.

-¡Claro que no...! …pero podemos averiguarlo, si nos ponemos en ello.

Nartus habló con serenidad. Y sus palabras llegaron a la parte del cerebro del otro donde las decisiones tomaban cuerpo.

 

Después de despedirse con afabilidad de los dos hombres, quienes casi no recordaban haber compartido la mesa con él, y de agradecer a Jarton sus gentilezas, Albert cerró los ojos y corrió por la manga de Moixis hasta que se estrelló contra uno de los paneles de la BSE01, mientras Nartus se tomaba el tiempo necesario para sacudir amigablemente las manos de los dos simios de Kai al mismo tiempo, y caminar con paso solemne a lo largo del ducto.

Estaban de nuevo en el espacio, con el globo rosado de Honesaq a sus espaldas. Esta vez Albert no tenía sueño; miraba por la ventanilla con aire pensativo, como si le estuviera dando vueltas en la mente a problemas matemáticos de difícil solución. Por fin pareció llegar a un acuerdo consigo mismo y se volvió hacia Nartus.

-¿Hay alguna explicación para el intento de secuestro que sufrimos la otra tarde? -preguntó.

-¡A usted le pareció...! …un secuestro -gorjeó el azulejo, aplaudiendo encantado con dos pares de apéndices-. ¡Una nave con armamento...! …detrás nuestro en posición de disparar. A mí no me pareció un secuestro. Iban a acabar con nosotros. Un buen par de bombazos y ¡puf!

-Accionaron el campo remolcador... -Albert hizo una pausa mientras se pellizcaba el labio inferior y lo estiraba hacia fuera, ensimismado-. Se proponían secuestrarnos... antes de acabar con nosotros.

-¡Ahora que lo recuerdo...! …aprovecho para preguntarle. ¿Qué fue lo que hizo ahí atrás? -Nartus señaló hacia el flamante panel que ocultaba el convertidor.

-Les lancé una ququ -Lo dijo de manera tan casual, mirando hacia afuera, que Nartus entendió que no era el momento de saber más.

Continuaron navegando en silencio. Albert sentía una inquietud similar a la que le acosaba cuando no recordaba si al salir de casa había cerrado el grifo del agua. No era por él... sino por el azulejo. "Me estoy volviendo blando", se dijo. "¿Qué se hizo de mi bienamado síndrome especista?"

Lo más extraño era que vinculaba a Nartus con Brenda, como si el mensor tuviera algo que ver con su compañera desaparecida... lo cual era absolutamente ridículo.

¿Había soñado acaso con ambos? Albert no podía recordarlo. Tenía la explicación justo ahí, escurridiza, revoloteando en la superficie de su mente consciente; por fin desistió. Observó al azulejo que estaba sentado ante los controles con los apéndices trenzados; había accionado la tecla verde y disfrutaba del panorama. Se acomodó en su asiento y decidió que resolvería en tema entre Nartus y Brenda a la brevedad, pero que ahora vendría bien una pequeña siesta.

 

Estacionaron la nave en el hangar de Futunir. Albert no quiso pasar por la oficina; su ego estaba demasiado vapuleado para someterlo a otro desdén de la droide. Nartus entró y salió... con una media luna de dientes sobre su inmensidad azul.

-¡Esa preciosura...! …preguntó por usted -dijo, y su gorjeo tuvo una calidad especial, como cantado a dos voces; es que el viejo azulejo también recordaba algunas viejas azulejas-. ¡Hasta le envió...! …un mensaje.

-¿Qué dijo? ¿Eh? ¿Qué le dijo? -Albert estaba un poco inclinado hacia Nartus, con las piernas abiertas como a punto de lanzarse a la carrera; de pronto, su cara cambió, se irguió y extendió una tremenda mano hacia el azulejo; el dedo era un puntal colocado delante de la nariz del otro-. Me dice ya mismo el mensaje, o...

-¡Que no se olvide...! …de devolver la agenda. -Terminadas las palabras, Nartus bajó sus cuatro extremidades y salió a toda velocidad del hangar; contaba con cierta lentitud de Albert en entender la broma.-¡Que no se olvide...! …de devolver la agenda. -Terminadas las palabras, Nartus bajó sus cuatro extremidades y salió a toda velocidad del hangar; contaba con cierta lentitud de Albert en entender la broma.

 

Al rato, exhaustos y reconciliados, caminaban los dos hacia la oficina de Territorios; tendrían una entrevista con Lumia, e intentarían que la mujer les diera alguna información. Al fin de cuentas, Nartus era bueno en eso de hacer que los humanos dijeran cosas que a él le interesaban. Lo que no tuvieron en cuenta fue la tendencia al asesinato del grupo de estafadores.

 

CAPÍTULO 8: PALABRAS Y ACCIONES

 

Lumia Dentra estaba sentada tras su escritorio cuando los dos entraron en la diminuta oficina.

-Señor Combull... adelante, por favor -dijo, y con un gesto señaló el asiento que estaba vacío-. No sabía que venía acompañado. En un minuto traerán otra silla.

-Buen día, señora... Dentra -dijo, recordando el apellido de la mujer como de milagro-. Vengo a que me diga qué información ha logrado encontrar acerca de la parcela de mi hermano Jufro.

-La parcela... -dijo Lumia; un droide entró en la oficina, dejó un asiento y volvió a salir-. La parcela que su hermano reclama no existe.

-No existe... -dijo Albert-. Explíqueme cómo es que una parcela que está anotada en un certificado de propiedad no existe.

-Usted lo ha dicho, señor Combull -dijo Lumia, con los ojos clavados en Albert, porque había comenzado a sentirse molesta por la quieta mirada azul del otro-. Esa parcela fue adquirida a través del canal. Las operaciones de ese tipo están sujetas a condiciones que no se condicen con los reglamentos de registro de la mayoría de los sistemas civilizados, y los compradores corren el riesgo de sufrir una estafa. Y como no hubo ocupación...

-¿Usted quiere decir que mi tatarabuelo Miquel debía haberse instalado en la parcela para que la venta por canal no fuera una estafa? -Albert se sintió perplejo ante la complejidad de la frase que había soltado de una vez; Nartus no necesitaba explicaciones de esa circunstancia.

-En realidad, no -dijo Lumia, más inquieta que antes ya que no debía haber usado la palabra “estafa” en ningún momento-. Las coordenadas que usted anotó en el formulario son del tipo espacial...

-¡Ah! Entiendo... -interrumpió Albert-. Unas coordenadas espaciales que señalan un trozo de espacio y que no señalan un trozo de planeta.

-Tal cual usted lo expresa -Lumia Dentra sentía que la conversación estaba tomando un rumbo diferente al planeado-. Al realizar una compra de una parcela con coordenadas espaciales, lo aconsejado es solicitar de inmediato una equivalencia con las coordenadas territoriales y registrarla en esta oficina o en cualquiera de las otras.

Nartus hizo un ruido parecido a un carraspeo; intentaba llamar la atención de la mujer. Lumia movió dolorosamente los ojos hacia él.

-¡Perdone usted...! …señora Dentra -dijo, con formalidad-. ¿Se han realizado otras reclamaciones de este tipo en su oficina? Sería interesante saber qué solución hallaron los otros perjudicados -si los hubo- para esta situación tan enojosa.

Lumia sintió que el peligro estaba en el azulejo; no podía resistirse a la sugerencia. Respiró hondo, fijó su mente en Fisko, y respondió:

-No es mi función entregar esa clase de información a cualquiera que se presente en esta oficina con un grupo de coordenadas espaciales que hace referencia a una parcela comprada por canal -Sentía que no podía controlar lo que decía-. Pero seré gentil con usted. Se presentaron tres reclamaciones, y después del tiempo transcurrido desde entonces, no puedo afirmar que hayan hecho algo más que lamentarlo... o quizás están muertos.

Se llevó una mano hasta la boca; había hablado de más. El propio Fisko le había prevenido, con insistencia, que no utilizara las palabras “estafa, ocupación y muertos”, y acababa de decir la única que faltaba. Su cerebro volaba a toda velocidad; tenía que arreglar el asunto.

-Mire, señor...

-¡Nartus...! …para servirle. Mensor matriculado ABR-5570.

-Mire, señor Nartus. En este lugar soy una simple funcionaria y tengo limitaciones. Si usted, ustedes, quisieran reunirse conmigo, más tarde, cuando termine mi tarea diaria, podremos hablar con mayor libertad, aunque no tengo mucho más que decirles.

Albert aceptó antes de que Nartus pudiera responder, de modo que quedaron en reunirse en el bar de la “Posada del Pasajero”.

 

El ambiente en el salón de la residencia particular de Fisko estaba caliente. Y por caliente deberá entenderse... caliente.

El pequeño hombrecito estaba alimentando el hogar. No era una chimenea secular por donde habría entrado un sonriente obeso vestido de rojo; o un trío de hombres de coloridos ropajes y sus camellos. Nada de eso. Como todo lo que Fisko elegía para componer su escenario, era un artefacto de última tecnología y funcionaba con energía solar. Pero lo que no tuvieron en cuenta, ni él ni su arquitecto, era que la residencia estaba debajo de la gruesa lámina de glasita del domo, y que Luqsa distaba de Rik a una distancia mil veces mayor que el planeta donde el artefacto había sido concebido. Entonces, el hogar de Fisko, en pleno régimen, apenas lanzaba algún vaho tibio, aunque era bastante vistoso y denotaba poderío económico; por eso no había terminado en el basurero.

Y lo estaba alimentando: colocaba sobre él, como quien juega con pequeñas naves a escala, todos los mega-memos que iba sacando, con delicadeza, de su caja fuerte personal. Iba y venía en silencio, como cumpliendo un rito. Los ayudantes, dos réplicas exactas de cualquiera de los otros ayudantes, movían la cabeza al mismo tiempo, siguiendo los movimientos de su patrón. Se habían parado delante de la puerta -no a los lados-, porque había comenzado a salir humo, y olor, del hogar de Fisko; y aunque estaban diseñados para hacer caso omiso de su propia integridad, algún resabio ancestral en la programación base de sus sistemas les decía que humo era igual a fuego, y que fuego era dolor.

Cada tanto, el hombrecillo se aproximaba a una pantalla sobre uno de los muros; señalaba, asentía, y volvía a su recorrido. Susurraba, a veces, pero no se entendía muy bien lo que decía. Era algo como...

-Ahora... los contratos del canal... y después las copias de los anuncios... eso ya está... ahora, los datos de las parcelas falsas.

Al cabo de una hora el aire estaba irrespirable; Fisko, con los ojos llenos de lágrimas giró hacia las bebidas, buscando servirse un trago; entonces se dio cuenta de que no se veía nada.

-Tú -dijo, y esperó sin resultado a que uno de los ayudantes se acercara; ambos habían desaparecido-. ¡Malditos cobardes! Por un poco de humo... Si al menos hubieran...

A tientas, llegó hasta la puerta y la abrió. Afuera había al menos veinte ayudantes con cara de susto.

-¡¿Qué hacen allí afuera, bastardos?! -explotó, tratando de secarse las mejillas, pero embarrando el hollín por toda la cara-. ¡Traigan un reciclador! ¡Traigan todos los recicladores! ¡Ya mismo!

Giraron al mismo tiempo y galoparon al mismo ritmo. Fisko se quedó parado allí hasta que regresaron. Al rato, el aire estaba más claro y volvió adentro. Se paró delante de la pantalla.

-Ya falta poco para terminar -dijo, mientras señalaba un par de líneas antes del final-. Falta deshacerme de todos y de la radio-móvil. Entonces podré largarme... -Giró veloz para mirar a los ayudantes-. Tú, avisa a los del hangar que necesitaré una de mis naves. Que la revisen y la carguen de energía. Hoy mismo.

 

Lumia se detuvo en la puerta del bar; se asomó y miró hacia ambos lados, como buscando algo dentro del amplio local, pero estaba vacío a excepción de una mesa ocupada por Albert y Nartus; desde esa distancia, unos seis metros, se le veía una mujer con buenas formas, aunque un tanto excedida en años. El mensor se puso de pie -sobre sus cuatro extremidades, para sorpresa de Lumia-, cuando ella se aproximó. Con gentileza, Albert hizo una reverencia y se apresuró a acercarle una silla.

Lumia estaba perdiendo el primer round; no se había esperado que el par de tíos tuviera modales tan anticuados.

Cuando apenas habían ordenado sus tragos en el autocamar -y de inmediato la mesa se abrió al centro para entregar las copas-, se asomó por la entrada una pareja de hunasianos algo desgreñados y agitados, como si acabaran de reñir. La parte femenina se sentó bruscamente en la primera de las mesas vacías y le hizo señas al autocamar. Pulsó un par de teclas al azar y giró hacia el centro de la mesa, por donde subió su copa; por la manera de asirla y beberla se diría que recién terminaba una travesía -longitudinal- del desierto de Atacama, reliquia arqueológica prohibida al tránsito humano por su nivel de radiación y a la que las generaciones recientes sólo conocían por holos.

La parte masculina no le quitaba de encima ninguno de sus tres ojos, y llegado el momento en que ella dejó la copa vacía sobre la mesa, extendió un brazo -o como se llamara a uno de sus cinco apéndices-, la jaló por el cuello, y sacudió un buen rato... a la parte femenina quien, sin tratar de liberarse, ululaba en dos tonos.

Albert se puso frenético. Tuviera la forma que tuviera, una fémina era una fémina.

-¡Hey! ¡Oye, animal! -dijo, con voz plana, pero que retumbó en todos los rincones de la sala vacía-. No harás nada de eso mientras yo esté en este lugar y te esté mirando.

l otro giró uno de sus ojos -por un momento, Albert sintió vértigo-, y respondió con un ruido extraño que le brotó por donde los humanos tienen el ombligo. Como le sonara bastante insultante, Albert decidió ponerse en movimiento hacia la parte masculina, pero se topó con dos de sus apéndices a medio camino; le sujetaron los brazos contra las costillas con tal presión que casi no podía respirar.

Lo que siguió a continuación se convirtió en el motivo de las pesadillas del humano, por varias semanas.

Nartus, que observaba a la pareja con curiosidad, llegó a la conclusión de que algo no encajaba. Por lo que conocía de los hunasianos, el macho no necesitaba hacer uso de la fuerza para someter a la hembra, ya que la formación de una pareja implicaba una simbiosis de características muy especiales, una de las cuales era la división de capacidades, y era el macho quien se quedaba con la sugestión hipnótica... sobre ella, o ellas, según fuera el caso.

La mente ágil del azulejo buscó una razón en su grilla de especies, y de repente la encontró: giró uno de sus ojos justo a tiempo para ver que la mujer vertía algo en la copa de Albert, y estaba mirándole.

-¡Guardia! ¡Guardia! -gritó Lumia-. ¿No hay nadie aquí que venga en mi ayuda? -y al mismo tiempo extendió un dedo hacia Nartus; un empleado de la Posada se aproximó.

-Este ser ha colocado una toxina en mi copa. Acabo de verlo -dijo, fría y decidida; el empleado miró a Albert que estaba bien sujeto, y decidió que no era posible que la acusación fuera lanzada contra él. Giró hacia el azulejo y quiso tomarlo por un brazo, pero de repente se encontró con un flexible tubo azul entre las manos.

-¡Vamos... caballero! No se resista. La dama ha presentado una denuncia...

-¡Vaya denuncia...! …la que ha presentado. Se requieren pruebas y usted lo sabe. Declaro no haber puesto nada en la copa de esta mujer -recitó Nartus, casi derrotado por las circunstancias.

-No se preocupe por las formalidades. Acompáñeme, por favor. El análisis del contenido llevará sólo unos minutos y si lo que usted dice es verdad, estará libre enseguida.

-¡Yo que usted...! ...analizaría todas las copas. Podría suceder que hubiera una toxina en alguna de las otras.

Lumia se puso tensa; sin perder el aire autoritario señaló su copa, mirando fijo al empleado. Éste pulsó algunas teclas del autocamar del que se extendió una especie de brazo que selló la copa por el borde con una lámina de silicox, para colocarla dentro de una cavidad que apareció por detrás del visor. A continuación, Nartus fue invitado a caminar hasta una oficina.

El azulejo no sabía cómo hacer para prevenir a Albert, que continuaba bajo el efecto del abrazo del hunasiano. Al final, resignado, dejó que el destino siguiera su curso.

 

Albert despertó de una especie de sueño; miró a su alrededor para ubicarse: estaba sentado a la mesa de un bar... sí, en la Posada, solo. Hizo un esfuerzo para recordar qué había sucedido en los últimos minutos. Un vuelo en una nave... no estaba al mando... había... ¡aj! Le estaba costando mucho. Extendió su brazo y levantó la copa que estaba sobre la mesa. La miró. Parecía decirle algo, pero no podía descifrarlo. Con fastidio, se la tomó de un solo trago; hizo señas al autocamar y presionó una de las teclas. Otra copa subió en la mesa, de la que dio cuenta en un segundo. No había recordado mucho más, pero se sentía mejor.

Se tanteó el cuerpo, y comprobó que tenía sus armas, pistola y ququs, y notó el bulto de la agenda. Con cuidado, ya que se sentía algo mareado, le pidió que le recitara las anotaciones. De a poco, recuperó los recuerdos, aunque no sabía muy bien dónde estaba Nartus.

Sintiéndose notablemente mareado, decidió ir hasta su cuarto y echarse a dormir; sus obligaciones con la CIO estaban terminadas y tenía que volver a ocuparse de la parcela de su hermano Jufro. Se pondría en contacto con... ¿o ya había estado con ella? Una nube de humo estaba creciendo en su cerebro y no podía recordar lo sucedido desde... desde que salieran de la Oficina de Territorios. Sí, había estado con ella, y con Nartus, en ese bar, hasta que apareció ese par de hunasianos, y... ¡Maldición, no podía mantenerse despierto!

 

Albert estaba sobre un mar encrespado y rojo; a lo lejos, una línea dorada revelaba la existencia de una playa; sobre la playa, en el aire, se veía un punto negro. Buscó a Brenda a su lado, pero estaba solo. Inclinó un brazo y su trayectoria cambió hacia la costa. Agua roja por debajo, cielo rosado por encima. El punto negro en el aire se agrandaba poco a poco. Abajo, otros dos puntos negros se desplazaban a lo largo de la línea de agua. Parecían dos escarabajos que corrían zigzagueantes; si las olas llegaban, se movían tierra adentro; si las olas se iban, se acercaban al mar. Entonces, pudo distinguir el abejorro de Brenda. “¡Por fin te encuentro! Estuve buscándote todo el tiempo”, dijo. El abejorro giró la escafandra. “Si me alcanzas, te mueres”. De pronto, a través de la glasita, vio que en lugar del suave perfil de su compañera había una calavera, y que se reía. “¡Noooooo! No quiero verte muerta en mi sueño. ¡Vive!”, gritó. Abajo, los dos escarabajos se habían detenido y miraban hacia el cielo. Uno era muy azul y el otro tenía garabatos sobre el caparazón. “Sólo vine a decirte que si no te cuidas, terminarás como yo”. De pronto, el horizonte comenzó a elevarse, el cielo se puso todo rojo como el agua, y los escarabajos se ampliaron tanto que cubrieron toda la playa. Y ya no hubo perspectiva; era un solo plano. El abejorro hizo un boquete en el dibujo y escapó a su vista. Quiso seguirlo, pero...

Nartus entró en la habitación de Albert después de discutir largamente con el conserje de la Posada. Así fue como el empleado aprendió que no existía tenacidad más acendrada que la de un azulejo. El hombretón estaba derrumbado sobre el lecho, a través, y respiraba con trabajo.

Rebuscó entre sus cosas hasta que halló la tarjeta que le servía de salvoconducto. Corrió hasta un foncom que había en el corredor y solicitó comunicación con la Unidad Sanitaria Ariana, USA; en menos de media hora, Albert estaba internado, rodeado de médicos orgánicos y droides, y conectado a un montón de artefactos diversos. El sólo imaginar para qué servía cada uno de ellos le produjo estremecimiento.

Los médicos se demoraron en hacer las pruebas adecuadas, a pesar de que Nartus les previno de que le habían dado a tomar alguna cosa. Lo que veían, y olían, era una buena cantidad de alcohol, de modo que sólo le habían hecho un tratamiento de rutina para desintoxicarlo; también ellos aprendieron acerca de la tenacidad de un azulejo.

El informe era terminante: el tipo de toxina que Albert tenía en su cuerpo era de origen desconocido; sus efectos alteraban la química de las células nerviosas; se intentaría buscar un antídoto a la brevedad.

Nartus permaneció junto a su lecho, toda la noche, sin pegar un ojo. De alguna manera sentía que su poco carácter había dado ocasión al estado de Albert. En realidad, no pensaba que debía haber atacado al empleado, o a la mujer, o al hunasiano; su cuerpo físico no estaba preparado para la violencia. Pero bien hubiera podido concentrarse en el ser que sujetaba a Albert y hacer que lo soltara; sí, hubiera podido, pero no lo hizo. Con un suspiro, reconoció que se estaba poniendo viejo. De alguna manera se estaba dando cuenta de que era tiempo de volver a casa.

Extendió sus ojos hacia el hombre; observó con preocupación que su rostro estaba demasiado oscuro, de modo que llamó a un asistente y se lo hizo notar. Éste salió disparado, y regresó en un minuto con toda la tropa de médicos.

-¡Está empeorando! -dijo uno-. El cambio de pigmentación precede al final. -Bajó la vista hasta el azulejo, que se había refugiado en el rincón más alejado para no ser atropellado-. Diga, usted no es de la familia, ¿verdad? ¿Qué hace aquí adentro? ¡Salga ya mismo!

Nartus lo miró fijamente; primero, verificó si el médico era orgánico, y vio que sí; segundo, lanzó una orden mental tan firme que el otro parpadeó, y giró el rostro hacia Albert, y no volvió a dirigirle la palabra... ni siquiera parecía darse cuenta de su existencia. El azulejo se sintió agotado; hacía años, muchos años, que no hacía uso de su sentido mental; temía haberse excedido.

Habían entrado a la habitación un montón de artefactos y estaban instalándolo alrededor de Albert. De repente, el lugar se vio inundado por una intensa luz amarilla. Nartus, en pánico, salió al corredor y buscó dónde meterse; lo único que veía era una secuencia interminable de puertas iguales que se perdía allá, muy lejos. Sin pensar, se alejó, y se alejó, hasta que una mano lo detuvo. Era un asistente.

-Usted es un azulejo -dijo, con la voz llena de triunfo, como si acabara de hacer girar una rueda-. Digo, usted tiene problemas con la luz amarilla.

Nartus se había detenido, pero no se atrevía a girar un solo grado por no verse expuesto a la luz que salía de la habitación de Albert. El asistente se adelantó y abrió una de las puertas, invitándolo a pasar. Era un depósito de ropa.

-Aquí estará más tranquilo -dijo, sentándose en una silla que había contra el paramento, e invitando a Nartus a hacer lo mismo-. Estuve trabajando algún tiempo en Unir. Cuando lo vi en la habitación, apenas sí me fijé en su color, pero cuando salió disparado, me di cuenta.

-¡Ajá! -dijo Nartus, recobrando su presencia de ánimo, pero con un inexplicable deseo de mofarse de alguien, y este asistente... sí, droide, estaba justo allí para satisfacer su deseo malicioso-. ¡Miren al observador...! ...que ha notado mi color. ¡Vaya con el joven...! ...que ha realizado un descubrimiento. ¡Ya puede anotar...! ...en su agenda personal que hoy es el día más importante de su vida.

-¡Já! -dijo el asistente; aunque su boca se extendió en una sonrisa, sus ojos no se alegraron-. El efecto rebote.

-¿Rebote? -Había llegado el momento en que Nartus no sabía de qué se estaba hablando.

-Efecto rebote -El asistente se acomodó en su asiento y se dispuso a dar su discurso; también conocía la inacabable paciencia de los azulejos-. Cuando uno de su especie se ve sometido a los rayos de luz amarilla, antes de sufrir un daño más profundo, se vuelve insufrible.

Una andanada de insultos salió de la boca de Nartus, hasta que éste, desconcertado, la cerró, en medio de un vocablo imposible de reproducir. Estaba recuperando su sentido común.

-¡Vaya efecto...! ...más desenfrenado. De modo que estoy en medio de un efecto rebote, ¿eh?

-Evidentemente, ya lo ha superado -dijo el otro, con voz alegre-. Bien, no es que me importe mucho su estado de salud; bien sé que al final usted se hubiera puesto bien, aunque yo no lo hubiera hecho entrar en este depósito. Lo que me interesa es que usted se someta a una extracción de flujo corporal para preparar el antídoto para el otro.

Nartus miró hacia la puerta; el asistente se había sentado de manera de bloquear la salida. Pero podría sugerir...

-No haga nada antes de escucharme -dijo el droide. Y a continuación, Nartus escuchó un breve resumen sobre la experiencia del asistente -que se identificó como Ruser- en un centro de salud en su sistema natal. Al final, Nartus supo que un destilado de su propio flujo corporal era la base de un antídoto contra esa toxina. Debía permitir la extracción; se lo debía al hombre.

 

Despertó en una habitación semejante a la de Albert, sólo que no estaba conectado a ningún artefacto. Recordó las manipulaciones a que había estado sometido y comprendió que estaba en buenas manos: el lugar estaba muy fresco, quizás un poco demasiado, e inundado con luz azul globular: estaba en recuperación. Sintiéndose en paz, se durmió.

 

Se reencontró con Albert dos días más tarde. Fue un momento algo embarazoso cuando el hombretón quiso abrazarlo, agradecerle, besarlo... Nartus no sabía cómo hacer para tranquilizarlo, sobre todo porque las personas que estaban en la sala de acceso de la clínica de la USA los observaban con curiosidad.

Un poco después estaban los dos sentados en una mesa del bar de la Posada.

-Te debo mi vida, Nartus, amigo -dijo Albert, mirándole con afecto y tuteándolo por primera vez.

-¡Vaya deuda...! ...la tuya. ¿Cómo podrías pagarla? -Nartus trataba de que Albert le soltara una de las extremidades-. ¡Nada de eso...! ...que lo hubiera hecho por cualquier desconocido.

-¿De veras? Entonces, ¿no me quieres?

Le habían prevenido al azulejo acerca de cierta tendencia a la sensiblería como consecuencia del tratamiento.

-¡Claro...! ...que no te quiero, Albert. -Esperó el puchero del otro-. ¡Te respeto...! ...porque eres mi compañero. Y en el espacio, no se abandona a un compañero en problemas.

Medio llorando, medio riendo, Albert estaba sacudiendo la extremidad con tal entusiasmo que Nartus estaba temiendo una amputación; aunque sus miembros podían volver a crecer, ya estaba demasiado viejo para asegurar que el nuevo tendría la misma funcionalidad que el anterior. Cuando al fin recuperó esa parte de su anatomía, tomó su bebida y miró directo a los ojos de Albert.

-¡Brindemos...! ...por la amistad -dijo, y se bebió el extracto de un solo trago-. ¡Ahora quiero...! ...que te quedes quieto y que intentes conservar la calma -continuó-. Has sido víctima de un ataque mortal, o casi.

El hombre se fue poniendo serio; luego comenzó a verse enfadado.

-¿Quién fue? ¿Quién quiso ponerme en órbita para siempre?

-¡Lumia Dentra...! ...hasta donde sé -dijo Nartus, y expandió una mano para mostrar una palma-. ¡Espera un poco...! ...y razonemos. Este asunto de la parcela de tu hermano tiene demasiados ángulos que desconocemos. Sabemos que las coordenadas son espaciales; sabemos que la venta fue una estafa; sabemos que algo gordo hay detrás de todo esto ya que te metieron una toxina que te hubiera puesto en órbita, como dijiste, o que al menos te hubiera dejado como un vegetal.

De repente, el hombre que bufaba, gruñía y sacudía la cabeza se quedó congelado.

-¿Vegetal?

-¡No creas...! ...que te iban a crecer flores, o algo así, pero...

-¿Vegetal? ¿Vida vegetativa? ¿Inmóvil? ¿Sin hablar?

-¡Eso mismo...! ...estoy diciendo. ¿Has visto a alguien en ese estado? Es algo muy triste...

-Eso hicieron con Jufro -dijo Albert. Por un momento, Nartus recibió una ola de convicción tan fuerte que casi no necesitó que el otro le contara nada.

Al final, ambos se quedaron muy quietos, sumidos en sus propias reflexiones. Nartus pensaba que sería interesante saber si sus fluidos podrían hacer algo por Jufro, aunque tendría que haber alguna solución a la cuestión de la radiación de Rik, pletórica de ondas de la longitud dañina. Albert estaba haciendo una lista de las diferentes maneras de hacerle daño a una Lumia, con sólo una pistola y una docena de ququs.




-Y EN LA SIGUIENTE ENTREGA...-

 

9-HACER LIMPIEZA


Fisko caminaba de un extremo al otro de su regio salón. Debía tomar una decisión y para eso estaba obligado a evaluar alternativas, y él era una persona hábil para definir las acciones -que harían otras personas- pero tenía enormes dudas a la hora de analizar situaciones. Caminaba y hablaba consigo mismo; un par de veces, sus ayudantes habían respondido a alguna de las preguntas que se formulaba, y la reacción fue de tal magnitud que ahora ninguno osaba abrir la boca; apenas sí atinaban a mirarle de reojo.

-... aunque no sé por qué debería mudarme. Por un lado, me siento bien aquí. Por otro, bueno... no sé, ya se me ocurrirá otra razón por la que no quiero mudarme -Dio una palmada sobre el muro al que acababa de llegar-. ¡Eso! Me gustan los colores de este lugar.

Dio la vuelta y enfiló hacia el otro extremo.

-... claro que debería mudarme para poner algo de distancia, saludable distancia, entre los problemas y yo.

Asintió con energía y, sin haber llegado, dio la vuelta y continuó caminando.

-Problemas... ¿por qué hablo de problemas? Si yo tengo problemas, busco la solución, y hago que alguno de estos animales acabe con ellos.

Se detuvo; se rascó la nuca, pensativo, y giró despacio hacia los dos osos vestidos que guarnecían la entrada.

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publicado en febrero de 2008

 
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