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Psytrance Más sobre Francisco Javier Pérez

Lanzar con precisión la colilla de un cigarrillo hacia una bandada de palomas que picotean en el césped del Paseo, sus ojos como canicas negras me odian, sentir el aquaplanning de bajo rango en la suela de las botas de montaña, dejar que la lluvia siga cayendo, parar y pasar, dar por cierto lo que dicen los graffiti, que los humanos ya no nacemos sino que se nos cultiva, que La Caixa es un organismo de opresión fascista, que cuando el papel valga más que el trigo los poetas garrapatearán sus invocaciones en paredes a la luz de las velas, asentir a los truenos y achinar los ojos con el rayo, tener miedo al derrumbe de los andamios, el entramado leucocitario de las fachadas, trotar por un paso de cebra, compartir legañas y encofrar pasiones, con las vallas publicitarias como entretenimiento madrugador, igual que la falda de esa estudiante que se aprieta la carpeta contra los pechos, igual que la nada bien conocida entre coche zumbante y coche zumbante, abrir el buzón y encontrar una tarjeta en rojo que sin embargo arroja brillos como formando letras, descubrir que la tarjeta en rojo es una invitación escrita con tinta reactiva a la luz negra, aunque ésta es violeta y hace que el mensaje se encienda en amarillo y verde fosforescente, anotar mentalmente el lugar, la fecha y la hora de la rave, que es hoy, a la puesta de sol tras las nubes de este simulacro de monzón, en un territorio en barbecho, quitarme el sombrero ante los miembros fantasma de la organización de la fiesta por lo sublime del sitio escogido, tan a la vista de todos y tan escondido, sólo hacía falta que alguien diese con la idea y ellos lo han hecho, recordar de dónde viene toda esta movida y al momento se asoma la morriña por los últimos años del veinte en los cajones a medio cerrar que sirven de almacén de la adolescencia a mi cabeza cascada, volver a pretender y a esperar pasar un rato como los de antes, cuando vibrábamos en la frecuencia correcta y lo sabíamos, rebuscar sin cerrar nunca del todo los cajones, tener preparado el guión de poesía automática para más tarde, como si se le pudiesen marcar pautas al trance, aún no nos hemos empapado de la lección ni la hemos hecho nuestra, por eso se siguen celebrando jubileos house, se sigue danzando al son preprogramado de bits a la misma velocidad a la que late el corazón de un feto en el vientre de la madre, y seguimos pretendiendo no haber salido de las cavernas al ocupar los humedales oscuros de la civilización como un rayo, vamos, nos esparcimos con el tam-tam y lo estroboscópico y lo dejamos todo un poco mejor de lo que estaba, tribalismo pero no, disponer sobre la cama la segunda piel que lucir esta noche, tirar para la ducha mientras absorbo un aperitivo de minimalismo hip-hop, volver a leer la tarjeta, cambiarle las pilas al portabombillas de luz negra que me regalaron en la última fiesta, hacer que resalte de nuevo la caligrafía ultravioleta, que se grabe en el nervio óptico y, de ahí, a la memoria, contemplar el concepto de memoria ultravioleta e inmediata en forma de cura para lo gris y abúlica que pintaba la tarde, salir otra vez siendo otro, aunque el mismo pero implementado, dispuesto a lo que sea con tal de asomar la cabeza en el enésimo acto mágico soberano, eso promete la invitación que he quemado en el lavabo para no dejar una sola huella de mis intenciones, como está mandado, un acto mágico soberano, unirme al bostezo de la boca del metro con un bostezo análogo, estirarme y contraerme con el transporte público, atrapar el flúor atrapado en un tubo con un vistazo. Traquetear con los demás y entrever, en el infinitesimal cruce de piernas bajo la falda de otra tímida estudiante, ese Otro Lado al que hacen referencia las escrituras chamánicas en las paredes de la paleohistoria, la historia y la posthistoria que haremos a partir de ahora mismo.

 

***

 

Me cifro en la estructura rítmica del vagón de metro, justo como hacen otros cuantos. Somos cinco en total. Somos los únicos que quedan, los que van hasta el final de la línea. El último entre las buenas gentes que no son como nosotros se ha apeado hace un buen rato ya. Los que ahora estamos aquí nos saludamos con un gesto pactado. Nos reconocemos. Asentimos. Entendemos. Ellos y yo hemos recibido la invitación. La estructura rítmica son nuestras respiraciones al sincronizarse sin querer. Tribu en tránsito.

Una chica en gualda, amatista y negro se saca del bolso que lleva bajo el sobaco una de esas bolsas con autocierre para congelados repleta de pastillas rosadas. Ahora puede hacerlo, porque todo el que la observa entiende que ahora es el mejor momento. Se traga una de las pastillas con la ayuda de un botellín de agua que ha materializado de ninguna parte, le ofrece la bolsa abierta a los tres chicos que le quedan cerca y, ante la negativa de ellos, me guiña un ojo. Yo también paso. No quiero meterme nada hasta estar en el meollo.

Hay gorras de béisbol, hay viseras transparentes, hay pantalones anchos y sudaderas con el anagrama de universidades a las que ninguno de nosotros ha ido, hay dedos que chasquean y lenguas que chasquean, hay calor humano y humedad ambiente que se acrecienta conforme nos saltamos estaciones.

Por lo visto, el conductor también entiende.

Nadie dice nada, ni falta que hace. Durante un buen momento redondo, al menos. Luego, la chica de las pastillas se agarra a la barra en el centro del vagón como en ademán de strip tease, se mece y suelta:

-¿Alguien tiene idea de cuándo va a parar el tren? Porque yo creía que lo único que había al final del trayecto era un garaje, o algún sitio donde adecentar los vagones.

-A lo mejor nos dejan en una estación abandonada -contesta uno de los chicos que le quedan cerca-. El otro día dijeron en las noticias que hay un montón de ellas que no se han llegado siquiera a usar nunca. Estaciones que clausuraron antes de acabarlas, sin inaugurar aún, o selladas durante la guerra civil.

-¡Eso sí sería la hostia! -replica un segundo chico, henchido de entusiasmo provocado por la MDMA.

-O sea, que sabemos todos lo mismo… -recapitula la chica.

Le damos la razón. Todos sabemos lo mismo. Su buen trabajo les habrá costado a los organizadores. Al chico de las noticias sobre estaciones que no existen (pelo cobalto, chándal Cassette Playa y sandalias) se le ha enervado la imaginación:

-¿Nunca os han contado que por debajo de los túneles que se usan normalmente hay otra maraña de túneles anterior, de cuando lo de tener un ferrocarril subterráneo interurbano era pura ciencia-ficción? -dice. Los demás hacemos como que no sabemos de qué coño habla-. Venga ya… ¿Ni lo de los campamentos de vagabundos en esos túneles por debajo de los túneles? ¿Los criaderos de animales exóticos que sus dueños tiraron por el retrete cuando se hicieron demasiado grandes para no llamar la atención?

-Lo último me suena -digo, decidiéndome a intervenir.

-Debe ser la leyenda urbana más penosa y más conocida del mundo -tercia la chica de las pastillas-. ¿Entonces, qué? ¿Nos vamos de rave al submundo, con los vagabundos y los cocodrilos y los koalas mutantes?

Nos partimos de risa. Buen ambiente, sí señor. Las discusiones se atajan con refrescante cinismo antes de que broten. Así debería ser la vida siempre. Claro que, entonces, no apreciaríamos las fiestas ilegales como se merecen.

-Eres uno de esos tíos callados, ¿eh? -me dice la chica de las pastillas.

-Supongo -contesto, rápido-. Prefiero bailar antes que hablar.

Una frase bien puesta. El chico combustionado por las drogas de diseño (gorra calada hasta las cejas sobre el cráneo rapado, emblema de Michigan State en el pecho, tejanos y Converse All-Star de piel vuelta) aplaude la ocurrencia. Su colega de pelo cobalto le sigue. Agradezco los vítores con una reverencia y me sorprendo un poco, porque si hay alguien callado en el vagón es ese tercer tipo sentado junto a los otros dos que se abraza al pasamanos al final del asiento y se mira los pies como leyendo las sagradas escrituras en la lengüeta de sus deportivas. Le señalo con el dedo y pregunto:

-Si el callado soy yo, ¿qué pasa con él?

-Pues que lleva en danza desde anteayer, eso es lo que le pasa -replica la chica de las pastillas, tomando la palabra por los demás-. Pero que no te engañe, en cuanto empiece a sonar la música estará mas despierto que todos nosotros juntos.

Así que los otros cuatro se conocen. Así que yo soy el elemento discordante. No me preocupa más que lo justo. Como bien dice la chica, en cuanto la música empiece a sonar será distinto. No más divisiones, otra tribu unitaria de nuevo.

Pero en lugar de empezar la música, lo que pasa es que el tren para de repente con un violento frenazo que nos impulsa unos contra otros y contra el chico abrazado al pasamanos que nos sirve de tope. Veo cómo a la chica de las pastillas le resbalan las manos hasta perder adherencia a la barra vertical en el centro del vagón y cae de culo y da media voltereta hacia atrás. Los vagones se quedan a oscuras después del frenazo. Todos los vagones: el nuestro y los dos que podemos otear por las ventanillas. Silencio y luego un siseo. Un siseo que crece y silba, como el que hace el humo de las máquinas de humo en las discotecas si te acercas mucho y pegas el oído a ellas. Al silbido le sigue un trueno y me convenzo de que no puede ser, de que estamos a muchos metros de hormigón por debajo de la tormenta. Creo que lo he dicho en voz alta, porque la chica de las pastillas, desde el suelo, musita:

-Eso no ha sonado para nada como un trueno.

Y el chico espídico, que ha perdido la gorra durante nuestro peculiar y patoso derrumbe, dice:

-¡Como una bomba de las gordas! ¡Así ha sonado!

Y el chico de pelo cobalto apostilla:

-Pues no lo descartaría… Vienen amenazando con poner una bomba en el metro desde las navidades pasadas… ¿Se habrán atrevido?

Ni el chico silencioso ni yo abrimos la boca. Me he torcido un tobillo y me duele la espalda cuatro dedos por debajo del omóplato izquierdo, donde he topado con el codo del chico espídico.

-Tenemos que salir de aquí cagando leches -dice el chico de pelo cobalto.

No nos da tiempo ni de fantasear con la posibilidad que plantea. Otro trueno retumba cerca mientras nos buscamos a tientas. El vagón se sacude. Las paredes de chapa se arrugan, ceden y se abren. Un cuchillo gigantesco está partiendo el vagón en dos.

 

***

 

Esconder el rostro tras los antebrazos cruzados, hacer oídos sordos a las llamadas de la chica de las pastillas, lo que daría ahora mismo por una sobredosis de éxtasis con la que aplacar la sobrestimulación provocada por la mayor fiesta de la historia al desatarse a nuestro alrededor, un poco de edulcorante rosa para volver este vagón quebrado un corazón quebrado y rosa, no poder oírme pensar, parpadear de forma inconsciente con cada cambio en la cadencia de la estructura rítmica, del pánico al júbilo, del júbilo al orgasmo y del orgasmo al baile en fracciones irregulares de segundo, sentir un par de manos que me separan los antebrazos y me obligan a mirar, ver puntitos luminosos moteando la oscuridad, ver el filo del cuchillo y las criaturitas que por él descienden, maquetas, robotitos con bolas de plasma en lugar de cabezas y eslabones modulares unidos por un cinturón flexible como el mecanismo de tracción de un vehículo oruga en lugar de pies, animados por el ritmo de la mayor fiesta de la historia, pretender que seguimos siendo sólo cinco cuando puedo calcular por encima al menos dos docenas de almas sorbiendo oxígeno, agarrarme a los dos clavos ardiendo que son las dos manos que me aferran las muñecas, doble trampa cruzada, la boca del estómago se me cierra acongojada cuando dejan de bajar robots por la cuchilla y aparecen los demonios, pasar diapositivas mentales en flashback, los demonios se parecen al chico espídico, se parecen al chico de pelo cobalto, se parecen al chico silencioso y se parecen a mí, estamos esperando a las damas, los demonios se parecen a una versión amable de las figuras en alguna ilustración de Giger para la hipotética segunda parte de su Necronomicón, tragar el mal viaje, instante refractario, arriarse los machos para atreverse a dar un paso adelante y tocar a uno de los demonios, que se vuelve, sus ojos como canicas negras me quieren, llenarme los pulmones hasta el tope cuando la chica de las pastillas me lanza un beso desde la distancia que me llega sincopado por el parpadeo de los destellos de las cabecitas de los robots al rebotar en el filo del cuchillo, menear el culo con los demonios, el parpadeo de los destellos nos hace parecer una orgía fotograma a fotograma, buscar a los que venían conmigo además de la chica, mezclados entre los robotitos y los demonios alegres que se embarullan en una mezcolanza de tecnología vetusta y brillante e imaginería gótica desprovista de maldad, estar en el Otro Lado pero estar en Este Lado a la vez, dejar de preocuparse por si lo que me pringa las orejas es sangre después de que mis tímpanos hayan reventado por la música arrítmica, dejarse llevar, pasar y no parar, compartir la ausencia de vacío entre nosotros, todos, uno y polifacético, red de cuentas formando una membrana de tambor electrónico, ser tan consciente de que la música no viene de ninguna parte más que de nosotros mismos que casi duele, celebrar el alivio cuando cesa el bombardeo house definitivo y vuelve el pitido para dar paso al discurso que los fiesteros escuchamos atentos ahora que nuestra percepción se ha enrocado, tocada y hundida y maleable, escuchar al chamán designado a nuestra ciudad, oír de sus labios, de labios del cuchillo, la verdad acerca de la evolución cancerigena de la ciudad hacia un organismo psicodélico autónomo al que el chamán ha decidido domar y mostrarnos mediante el baile, mediante el beat, mediante el flow y mediante la mayor fiesta de la historia, saber que el metaprogramador sobre el que otros más listos que yo llevan discutiendo desde los setenta está haciendo lo suyo y lo está haciendo del modo correcto, impregnarme de cháchara que sólo el metaprogramador comprende, el metaprogramador es una versión aún más implementada de mí, es el Buda dormido en mí, es Amida con un subidón trance al que el chamán está proporcionando un arsenal y conminando a mover el culo para sacarnos a todos al espacio, volémosles los sesos con esas buenas intenciones nuestras que los tiranos yonquis se inyectan en vena hasta hacerlos ir un paso más allá de la adicción y que nos tomen en cuenta como una fuerza de cambio imparable, totalmente de acuerdo, hagámosles ver que las cuerdas y varas de sus fascios son de cáñamo y un regalo de la tierra, ¿por qué no tendría que funcionar?, ayudemos a que la ciudad desarrolle piernas gracias a las cuales poder deslazarse para ir a fornicar con otras ciudades, entusiasmarse con un vaticinio lisérgico de primogénitos satánicos y eléctricos y sus pezones reactivos a la luz negra. Seguir bailando, porque el terror es un mecanismo de defensa obsoleto, química orgánica adulterada.

 

***

 

Me reubico y estoy sentado al borde del andén, con las piernas colgando sobre las vías. Esta estación parece desierta, pero no es una de las que hablaba el chico de pelo cobalto. La conozco. Es la misma en la que he cogido el tren que me ha llevado a la fiesta hace… ¿cuánto?... ¿ocho o nueve horas? Estoy dispuesto a premiar con el equivalente a su peso en chucherías a todo aquel que sea capaz de darme una explicación no demasiado esotérica a cómo he llegado hasta aquí.

Más vale que vuelva a casa y duerma un poco. Me levanto y echo a caminar por el andén. Franqueo sin problemas los torniquetes de salida. El hombre detrás del cristal a prueba de balas en la taquilla (camisa a rayas rojiblanca, corporativismo de ayuntamiento, tez canina y voz de tabaco negro) me mira como se mira a algo apetitoso que se ha vuelto incomible después de haberse tostado por demasiadas radiaciones de microondas, y dice:

-¿No te da vergüenza, chaval? A estas horas y volviendo de fiesta.

-¿Y tú, has leído a Platón? -le increpo, con toda la desfachatez que este buen humor espontáneo recién descubierto me proporciona.

El hombre, quien por cierto se parece un poco a un Francis Fukuyama occidentalizado, no sabe qué contestar.

-No creo, porque entonces se te quitarían para siempre las ganas de ir al cine -digo, antes de que el otro tenga tiempo a improvisar una réplica.

Qué duda cabe, ahora todo conecta entre sí en una gran sincronía junguiana… Dejo atrás al taquillero, subo un tramo de escaleras hasta la calle y me topo con el anuncio de la última película de la Hammer, la mítica productora de cine de terror que acaba de resurgir de sus cenizas con un largometraje protagonizado por unos pobres chiquillos que son invitados a una rave en la que el resto de los congregados son vampiros sedientos de espíritu adolescente. Supongo que eso es lo que la mano de sombra de los poderosos entiende por arrancar de cuajo una cultura aún por florecer. Una cultura que les acojona, todo sea dicho.

La necrofilia por la necrofilia, hoy, aún me pone de mejor humor.

Fuera, el monzón sigue su curso. Me acerco hasta el charco formado por un claro de césped en el Paseo, pido perdón a las raíces que se estaban reservando ese barro para más tarde y me embadurno los dedos. Vuelvo a la boca de metro y encaro el cartel de la película otra vez: colmillos, paleta cromática de pesadilla photoshop y actores lozanos maquillados para parecer desnutridos. Estropeo el cartel con una inscripción de barro y abono: P.L.U.R. Dirigido a los que entienden. Y pronto todos entenderéis. Basta con estar en el vagón correcto, llevando la invitación adecuada.

Soy feliz. Enciendo un cigarrillo. Saludo a las palomas.

 

publicado en junio de 2008

 
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