| Lanzar con precisión
la colilla de un cigarrillo hacia una bandada de palomas
que picotean en el césped del Paseo, sus ojos
como canicas negras me odian, sentir el aquaplanning
de bajo rango en la suela de las botas de montaña,
dejar que la lluvia siga cayendo, parar y pasar, dar
por cierto lo que dicen los graffiti, que los humanos
ya no nacemos sino que se nos cultiva, que La Caixa
es un organismo de opresión fascista, que cuando
el papel valga más que el trigo los poetas garrapatearán
sus invocaciones en paredes a la luz de las velas, asentir
a los truenos y achinar los ojos con el rayo, tener
miedo al derrumbe de los andamios, el entramado leucocitario
de las fachadas, trotar por un paso de cebra, compartir
legañas y encofrar pasiones, con las vallas publicitarias
como entretenimiento madrugador, igual que la falda
de esa estudiante que se aprieta la carpeta contra los
pechos, igual que la nada bien conocida entre coche
zumbante y coche zumbante, abrir el buzón y encontrar
una tarjeta en rojo que sin embargo arroja brillos como
formando letras, descubrir que la tarjeta en rojo es
una invitación escrita con tinta reactiva a la
luz negra, aunque ésta es violeta y hace que
el mensaje se encienda en amarillo y verde fosforescente,
anotar mentalmente el lugar, la fecha y la hora de la
rave, que es hoy, a la puesta de sol tras las nubes
de este simulacro de monzón, en un territorio
en barbecho, quitarme el sombrero ante los miembros
fantasma de la organización de la fiesta por
lo sublime del sitio escogido, tan a la vista de todos
y tan escondido, sólo hacía falta que
alguien diese con la idea y ellos lo han hecho, recordar
de dónde viene toda esta movida y al momento
se asoma la morriña por los últimos años
del veinte en los cajones a medio cerrar que sirven
de almacén de la adolescencia a mi cabeza cascada,
volver a pretender y a esperar pasar un rato como los
de antes, cuando vibrábamos en la frecuencia
correcta y lo sabíamos, rebuscar sin cerrar nunca
del todo los cajones, tener preparado el guión
de poesía automática para más tarde,
como si se le pudiesen marcar pautas al trance, aún
no nos hemos empapado de la lección ni la hemos
hecho nuestra, por eso se siguen celebrando jubileos
house, se sigue danzando al son preprogramado de bits
a la misma velocidad a la que late el corazón
de un feto en el vientre de la madre, y seguimos pretendiendo
no haber salido de las cavernas al ocupar los humedales
oscuros de la civilización como un rayo, vamos,
nos esparcimos con el tam-tam y lo estroboscópico
y lo dejamos todo un poco mejor de lo que estaba, tribalismo
pero no, disponer sobre la cama la segunda piel que
lucir esta noche, tirar para la ducha mientras absorbo
un aperitivo de minimalismo hip-hop, volver a leer la
tarjeta, cambiarle las pilas al portabombillas de luz
negra que me regalaron en la última fiesta, hacer
que resalte de nuevo la caligrafía ultravioleta,
que se grabe en el nervio óptico y, de ahí,
a la memoria, contemplar el concepto de memoria ultravioleta
e inmediata en forma de cura para lo gris y abúlica
que pintaba la tarde, salir otra vez siendo otro, aunque
el mismo pero implementado, dispuesto a lo que sea con
tal de asomar la cabeza en el enésimo acto mágico
soberano, eso promete la invitación que he quemado
en el lavabo para no dejar una sola huella de mis intenciones,
como está mandado, un acto mágico soberano,
unirme al bostezo de la boca del metro con un bostezo
análogo, estirarme y contraerme con el transporte
público, atrapar el flúor atrapado en
un tubo con un vistazo. Traquetear con los demás
y entrever, en el infinitesimal cruce de piernas bajo
la falda de otra tímida estudiante, ese Otro
Lado al que hacen referencia las escrituras chamánicas
en las paredes de la paleohistoria, la historia y la
posthistoria que haremos a partir de ahora mismo.
***
Me cifro en la estructura rítmica
del vagón de metro, justo como hacen otros cuantos.
Somos cinco en total. Somos los únicos que quedan,
los que van hasta el final de la línea. El último
entre las buenas gentes que no son como nosotros se
ha apeado hace un buen rato ya. Los que ahora estamos
aquí nos saludamos con un gesto pactado. Nos
reconocemos. Asentimos. Entendemos. Ellos y yo hemos
recibido la invitación. La estructura rítmica
son nuestras respiraciones al sincronizarse sin querer.
Tribu en tránsito.
Una chica en gualda, amatista y negro
se saca del bolso que lleva bajo el sobaco una de esas
bolsas con autocierre para congelados repleta de pastillas
rosadas. Ahora puede hacerlo, porque todo el que la
observa entiende que ahora es el mejor momento. Se traga
una de las pastillas con la ayuda de un botellín
de agua que ha materializado de ninguna parte, le ofrece
la bolsa abierta a los tres chicos que le quedan cerca
y, ante la negativa de ellos, me guiña un ojo.
Yo también paso. No quiero meterme nada hasta
estar en el meollo.
Hay gorras de béisbol, hay
viseras transparentes, hay pantalones anchos y sudaderas
con el anagrama de universidades a las que ninguno de
nosotros ha ido, hay dedos que chasquean y lenguas que
chasquean, hay calor humano y humedad ambiente que se
acrecienta conforme nos saltamos estaciones.
Por lo visto, el conductor también
entiende.
Nadie dice nada, ni falta que hace.
Durante un buen momento redondo, al menos. Luego, la
chica de las pastillas se agarra a la barra en el centro
del vagón como en ademán de strip tease,
se mece y suelta:
-¿Alguien tiene idea de cuándo
va a parar el tren? Porque yo creía que lo único
que había al final del trayecto era un garaje,
o algún sitio donde adecentar los vagones.
-A lo mejor nos dejan en una estación
abandonada -contesta uno de los chicos que le quedan
cerca-. El otro día dijeron en las noticias que
hay un montón de ellas que no se han llegado
siquiera a usar nunca. Estaciones que clausuraron antes
de acabarlas, sin inaugurar aún, o selladas durante
la guerra civil.
-¡Eso sí sería
la hostia! -replica un segundo chico, henchido de entusiasmo
provocado por la MDMA.
-O sea, que sabemos todos lo mismo…
-recapitula la chica.
Le damos la razón. Todos sabemos
lo mismo. Su buen trabajo les habrá costado a
los organizadores. Al chico de las noticias sobre estaciones
que no existen (pelo cobalto, chándal Cassette
Playa y sandalias) se le ha enervado la imaginación:
-¿Nunca os han contado que
por debajo de los túneles que se usan normalmente
hay otra maraña de túneles anterior, de
cuando lo de tener un ferrocarril subterráneo
interurbano era pura ciencia-ficción? -dice.
Los demás hacemos como que no sabemos de qué
coño habla-. Venga ya… ¿Ni lo de
los campamentos de vagabundos en esos túneles
por debajo de los túneles? ¿Los criaderos
de animales exóticos que sus dueños tiraron
por el retrete cuando se hicieron demasiado grandes
para no llamar la atención?
-Lo último me suena -digo,
decidiéndome a intervenir.
-Debe ser la leyenda urbana más
penosa y más conocida del mundo -tercia la chica
de las pastillas-. ¿Entonces, qué? ¿Nos
vamos de rave al submundo, con los vagabundos
y los cocodrilos y los koalas mutantes?
Nos partimos de risa. Buen ambiente,
sí señor. Las discusiones se atajan con
refrescante cinismo antes de que broten. Así
debería ser la vida siempre. Claro que, entonces,
no apreciaríamos las fiestas ilegales como se
merecen.
-Eres uno de esos tíos callados,
¿eh? -me dice la chica de las pastillas.
-Supongo -contesto, rápido-.
Prefiero bailar antes que hablar.
Una frase bien puesta. El chico combustionado
por las drogas de diseño (gorra calada hasta
las cejas sobre el cráneo rapado, emblema de
Michigan State en el pecho, tejanos y Converse All-Star
de piel vuelta) aplaude la ocurrencia. Su colega de
pelo cobalto le sigue. Agradezco los vítores
con una reverencia y me sorprendo un poco, porque si
hay alguien callado en el vagón es ese tercer
tipo sentado junto a los otros dos que se abraza al
pasamanos al final del asiento y se mira los pies como
leyendo las sagradas escrituras en la lengüeta
de sus deportivas. Le señalo con el dedo y pregunto:
-Si el callado soy yo, ¿qué
pasa con él?
-Pues que lleva en danza desde anteayer,
eso es lo que le pasa -replica la chica de las pastillas,
tomando la palabra por los demás-. Pero que no
te engañe, en cuanto empiece a sonar la música
estará mas despierto que todos nosotros juntos.
Así que los otros cuatro se
conocen. Así que yo soy el elemento discordante.
No me preocupa más que lo justo. Como bien dice
la chica, en cuanto la música empiece a sonar
será distinto. No más divisiones, otra
tribu unitaria de nuevo.
Pero en lugar de empezar la música,
lo que pasa es que el tren para de repente con un violento
frenazo que nos impulsa unos contra otros y contra el
chico abrazado al pasamanos que nos sirve de tope. Veo
cómo a la chica de las pastillas le resbalan
las manos hasta perder adherencia a la barra vertical
en el centro del vagón y cae de culo y da media
voltereta hacia atrás. Los vagones se quedan
a oscuras después del frenazo. Todos los vagones:
el nuestro y los dos que podemos otear por las ventanillas.
Silencio y luego un siseo. Un siseo que crece y silba,
como el que hace el humo de las máquinas de humo
en las discotecas si te acercas mucho y pegas el oído
a ellas. Al silbido le sigue un trueno y me convenzo
de que no puede ser, de que estamos a muchos metros
de hormigón por debajo de la tormenta. Creo que
lo he dicho en voz alta, porque la chica de las pastillas,
desde el suelo, musita:
-Eso no ha sonado para nada como un
trueno.
Y el chico espídico, que ha
perdido la gorra durante nuestro peculiar y patoso derrumbe,
dice:
-¡Como una bomba de las gordas!
¡Así ha sonado!
Y el chico de pelo cobalto apostilla:
-Pues no lo descartaría…
Vienen amenazando con poner una bomba en el metro desde
las navidades pasadas… ¿Se habrán
atrevido?
Ni el chico silencioso ni yo abrimos
la boca. Me he torcido un tobillo y me duele la espalda
cuatro dedos por debajo del omóplato izquierdo,
donde he topado con el codo del chico espídico.
-Tenemos que salir de aquí
cagando leches -dice el chico de pelo cobalto.
No nos da tiempo ni de fantasear con
la posibilidad que plantea. Otro trueno retumba cerca
mientras nos buscamos a tientas. El vagón se
sacude. Las paredes de chapa se arrugan, ceden y se
abren. Un cuchillo gigantesco está partiendo
el vagón en dos.
***
Esconder el rostro tras los antebrazos
cruzados, hacer oídos sordos a las llamadas de
la chica de las pastillas, lo que daría ahora
mismo por una sobredosis de éxtasis con la que
aplacar la sobrestimulación provocada por la
mayor fiesta de la historia al desatarse a nuestro alrededor,
un poco de edulcorante rosa para volver este vagón
quebrado un corazón quebrado y rosa, no poder
oírme pensar, parpadear de forma inconsciente
con cada cambio en la cadencia de la estructura rítmica,
del pánico al júbilo, del júbilo
al orgasmo y del orgasmo al baile en fracciones irregulares
de segundo, sentir un par de manos que me separan los
antebrazos y me obligan a mirar, ver puntitos luminosos
moteando la oscuridad, ver el filo del cuchillo y las
criaturitas que por él descienden, maquetas,
robotitos con bolas de plasma en lugar de cabezas y
eslabones modulares unidos por un cinturón flexible
como el mecanismo de tracción de un vehículo
oruga en lugar de pies, animados por el ritmo de la
mayor fiesta de la historia, pretender que seguimos
siendo sólo cinco cuando puedo calcular por encima
al menos dos docenas de almas sorbiendo oxígeno,
agarrarme a los dos clavos ardiendo que son las dos
manos que me aferran las muñecas, doble trampa
cruzada, la boca del estómago se me cierra acongojada
cuando dejan de bajar robots por la cuchilla y aparecen
los demonios, pasar diapositivas mentales en flashback,
los demonios se parecen al chico espídico, se
parecen al chico de pelo cobalto, se parecen al chico
silencioso y se parecen a mí, estamos esperando
a las damas, los demonios se parecen a una versión
amable de las figuras en alguna ilustración de
Giger para la hipotética segunda parte de su
Necronomicón, tragar el mal viaje, instante refractario,
arriarse los machos para atreverse a dar un paso adelante
y tocar a uno de los demonios, que se vuelve, sus ojos
como canicas negras me quieren, llenarme los pulmones
hasta el tope cuando la chica de las pastillas me lanza
un beso desde la distancia que me llega sincopado por
el parpadeo de los destellos de las cabecitas de los
robots al rebotar en el filo del cuchillo, menear el
culo con los demonios, el parpadeo de los destellos
nos hace parecer una orgía fotograma a fotograma,
buscar a los que venían conmigo además
de la chica, mezclados entre los robotitos y los demonios
alegres que se embarullan en una mezcolanza de tecnología
vetusta y brillante e imaginería gótica
desprovista de maldad, estar en el Otro Lado pero estar
en Este Lado a la vez, dejar de preocuparse por si lo
que me pringa las orejas es sangre después de
que mis tímpanos hayan reventado por la música
arrítmica, dejarse llevar, pasar y no parar,
compartir la ausencia de vacío entre nosotros,
todos, uno y polifacético, red de cuentas formando
una membrana de tambor electrónico, ser tan consciente
de que la música no viene de ninguna parte más
que de nosotros mismos que casi duele, celebrar el alivio
cuando cesa el bombardeo house definitivo y vuelve el
pitido para dar paso al discurso que los fiesteros escuchamos
atentos ahora que nuestra percepción se ha enrocado,
tocada y hundida y maleable, escuchar al chamán
designado a nuestra ciudad, oír de sus labios,
de labios del cuchillo, la verdad acerca de la evolución
cancerigena de la ciudad hacia un organismo psicodélico
autónomo al que el chamán ha decidido
domar y mostrarnos mediante el baile, mediante el beat,
mediante el flow y mediante la mayor fiesta de la historia,
saber que el metaprogramador sobre el que otros más
listos que yo llevan discutiendo desde los setenta está
haciendo lo suyo y lo está haciendo del modo
correcto, impregnarme de cháchara que sólo
el metaprogramador comprende, el metaprogramador es
una versión aún más implementada
de mí, es el Buda dormido en mí, es Amida
con un subidón trance al que el chamán
está proporcionando un arsenal y conminando a
mover el culo para sacarnos a todos al espacio, volémosles
los sesos con esas buenas intenciones nuestras que los
tiranos yonquis se inyectan en vena hasta hacerlos ir
un paso más allá de la adicción
y que nos tomen en cuenta como una fuerza de cambio
imparable, totalmente de acuerdo, hagámosles
ver que las cuerdas y varas de sus fascios son de cáñamo
y un regalo de la tierra, ¿por qué no
tendría que funcionar?, ayudemos a que la ciudad
desarrolle piernas gracias a las cuales poder deslazarse
para ir a fornicar con otras ciudades, entusiasmarse
con un vaticinio lisérgico de primogénitos
satánicos y eléctricos y sus pezones reactivos
a la luz negra. Seguir bailando, porque el terror es
un mecanismo de defensa obsoleto, química orgánica
adulterada.
***
Me reubico y estoy sentado al borde
del andén, con las piernas colgando sobre las
vías. Esta estación parece desierta, pero
no es una de las que hablaba el chico de pelo cobalto.
La conozco. Es la misma en la que he cogido el tren
que me ha llevado a la fiesta hace… ¿cuánto?...
¿ocho o nueve horas? Estoy dispuesto a premiar
con el equivalente a su peso en chucherías a
todo aquel que sea capaz de darme una explicación
no demasiado esotérica a cómo he llegado
hasta aquí.
Más vale que vuelva a casa
y duerma un poco. Me levanto y echo a caminar por el
andén. Franqueo sin problemas los torniquetes
de salida. El hombre detrás del cristal a prueba
de balas en la taquilla (camisa a rayas rojiblanca,
corporativismo de ayuntamiento, tez canina y voz de
tabaco negro) me mira como se mira a algo apetitoso
que se ha vuelto incomible después de haberse
tostado por demasiadas radiaciones de microondas, y
dice:
-¿No te da vergüenza, chaval?
A estas horas y volviendo de fiesta.
-¿Y tú, has leído
a Platón? -le increpo, con toda la desfachatez
que este buen humor espontáneo recién
descubierto me proporciona.
El hombre, quien por cierto se parece
un poco a un Francis Fukuyama occidentalizado, no sabe
qué contestar.
-No creo, porque entonces se te quitarían
para siempre las ganas de ir al cine -digo, antes de
que el otro tenga tiempo a improvisar una réplica.
Qué duda cabe, ahora todo conecta
entre sí en una gran sincronía junguiana…
Dejo atrás al taquillero, subo un tramo de escaleras
hasta la calle y me topo con el anuncio de la última
película de la Hammer, la mítica productora
de cine de terror que acaba de resurgir de sus cenizas
con un largometraje protagonizado por unos pobres chiquillos
que son invitados a una rave en la que el resto de los
congregados son vampiros sedientos de espíritu
adolescente. Supongo que eso es lo que la mano de sombra
de los poderosos entiende por arrancar de cuajo una
cultura aún por florecer. Una cultura que les
acojona, todo sea dicho.
La necrofilia por la necrofilia, hoy,
aún me pone de mejor humor.
Fuera, el monzón sigue su curso.
Me acerco hasta el charco formado por un claro de césped
en el Paseo, pido perdón a las raíces
que se estaban reservando ese barro para más
tarde y me embadurno los dedos. Vuelvo a la boca de
metro y encaro el cartel de la película otra
vez: colmillos, paleta cromática de pesadilla
photoshop y actores lozanos maquillados para parecer
desnutridos. Estropeo el cartel con una inscripción
de barro y abono: P.L.U.R. Dirigido a los que entienden.
Y pronto todos entenderéis. Basta con estar en
el vagón correcto, llevando la invitación
adecuada.
Soy feliz. Enciendo un cigarrillo.
Saludo a las palomas.
publicado en junio
de 2008
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