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CAPÍTULO 7: EL OCIO
PRODUCTIVO
Lumia despertó sin haber descansado
por completo; la entrevista con Fisko que había
tenido la noche anterior la había dejado maltrecha.
En realidad, el hombrecillo no le había tocado
un solo cabello -no era capaz de recurrir a la violencia
por mano propia-, pero seguir sus pensamientos, adivinar
las respuestas que deseaba recibir, anticipar sus deseos
hasta en los detalles más elementales -¿querría
tomar algo?, ¿desearía cambiar de asiento?-,
fue una tortura constante para ella.
Los ayudantes personales de Fisko
eran droides; de ninguna manera podían sentirse
agobiados por la presión psicológica.
Una vez creyó advertir que los reemplazaba con
frecuencia, y lo comentó, “Estos ayudantes
no son los mismos que los de antes, ¿verdad?”;
entonces, una mueca, una mirada demasiado fija por demasiado
tiempo, cierto temblor en la mano izquierda de su jefe,
le dijeron que era un asunto que nunca más debía
mencionar.
Pero ella no era una droide -aunque
había más de uno que lo aseguraba-, y
el interrogatorio a que se vio sometida por Fisko la
había agotado. En algunos momentos, cuando el
cansancio provocaba una involuntaria demora en responder,
el otro la acusaba de estar pergeñando un embuste;
otras veces fue por el temor que sentía crecer
dentro de su pecho ahogándola, y en su cerebro,
haciéndola más lerda.
Al final había dejado satisfecho
a Fisko, aparentemente. No tenía presente todos
los detalles de la conversación, pero el hecho
de que estuviera viva todavía, y en su propia
cama, era señal suficiente para sacar esa conclusión.
Si al menos pudiera recordar lo que habían hablado
en la última media hora... “¡Pero
sí, qué tonta soy! Con seguridad estará
todo registrado en mi agenda”.
Cuando la conectó, lo primero
que escuchó fue la voz de Fisko, y el mensaje
era: “Termina con Combull...”. La desconectó
porque no quería escuchar el resto; de repente,
lo había recordado todo; se dio cuenta de cuál
sería su única opción...
-Si no le paso los datos al Capi hasta
dentro de unos días, podríamos quedarnos
aquí y gastar a cuenta de la CIO -dijo Albert;
se volvió hacia el mensor con una luz de astucia
en la mirada, buscando su complicidad-. ¿Me acompaña?
Será una buena experiencia, pasar unos días
sin trabajar, digo.
Estaban en uno de los depósitos
del domo-obrador, quitándose los trajes de superficie.
Cuando iban hasta allí, debieron pasar delante
de una puerta abierta; curiosos, miraron a través
de ella y vieron un par de mesas muy largas, paralelas,
donde había unas personas sentadas... bebiendo.
Eso provocó en Albert cierta euforia: ya no quería
volver a Merla ni a Seaque; quería tener nuevas
experiencias.
-¡Envíe esos datos...!
…cuanto antes, no sea que ese aparato se eche
a perder y tengamos que hacerlo de nuevo -dijo Nartus,
añadiendo el nuevo concepto en su grilla de variables
de la especie humana-. ¡Tendremos que quedarnos...!
…de cualquier manera, ya que el acumulador de
la BSE01 no tiene toda la energía que debiera
tener para llegar a Ares sin contratiempos, y hasta
dentro de unas doce horas el sol no estará sobre
nosotros.
-¡Aleluya!
El brinco del humano sorprendió
a Nartus; y si no fuera que Fumelibir era un satélite
con actividad sísmica nula, los trabajadores
que descansaban, o bebían, o cocinaban, o leían,
o que hacían cualquier otra cosa, hubieran jurado
haber sufrido un terremoto, ya que los paneles interiores
del obrador temblaron unos segundos.
Después de pasar por ultra-línea
el contenido completo de la agen-cod, los dos compañeros
se dirigieron hasta el comedor del obrador, donde encontraron
alguna variedad de especies, todas en la interesante
tarea de compartir experiencias del pasado, y crear
experiencias nuevas en el presente. Nartus recomendó
a Albert el máximo control de su síndrome
especista, ya que sería considerado una falta
de cortesía hacer una escena ante la presencia
de los simios de Kai... otra vez.
Se sentaron en una de las mesas: el
azulejo de espaldas al muro, y Albert frente a él.
Hacía mucho tiempo, demasiado, que Nartus estaba
lejos de Unir, su sistema natal, y tenía la edad
suficiente para ser varias veces abuelo; su divertimento
predilecto era la observación de las diferentes
especies y de sus modos de interrelación. Aquí
no había gran variedad; apenas cuatro o cinco,
pero no dejaría pasar la oportunidad. Albert,
por su lado, prefería vivir sin tener que recordar
que en el universo había otras especies además
de la suya.
En la misma larga mesa, apenas a un
par de lugares de distancia, había dos humanos
que parecían muy borrachos, y era evidente que
su forma de ganarse la vida estaba lejos del esfuerzo
físico. Nartus no dejó de notar que por
eso eran diferentes que los demás -obviamente
trabajadores-, y que los asientos vecinos estaban vacíos;
ya llegaría la oportunidad de averiguar -¿preguntar
a Jarton?- la razón de su presencia en el obrador.
En un momento, se pusieron un poco ruidosos y Albert
se aproximó para pedirles que no molestaran,
que quería beber en silencio. Los hombres, de
repente estremecidos ante el tamaño de una de
las manos que el hombretón había apoyado
sobre la mesa, se callaron de inmediato.
La variedad de las bebidas no era
extraordinaria, pero era compensada por la abundancia.
Al correr de algunos litros, estuvieron en condiciones
de hacer nuevos amigos y consolidar los viejos. Nartus
se sentía comunicativo, de modo que aprovechó
que Albert estaba absorto en la contemplación
de sus manos abiertas (para no escuchar el parloteo
en interlengua que llevaban a cabo los dos simios de
Kai que habían entrado en el comedor hacía
sólo unos minutos), y le contó sus problemas
con el amarillo.
-¡Luz amarilla...! …es
una mala cosa y por eso, cuando quedo expuesto a ella
por un tiempo excesivo, me pongo enfermo -dijo, algo
avergonzado-. No me pregunte las características
de la dolencia porque son algo embarazosas...
-¿Mmmm?
-Que... ¡Oh! Déjelo -Nartus
se sintió solo de improviso, en medio de ese
local semivacío, y sentado frente a un hombre
simple que no sabía controlar sus impulsos, pero
igual continuó con su relato-. ¡Eso me
sucede...! …en todos los sistemas en los que su
sol irradia luz en la frecuencia de ese color. En Unir
vienen realizando investigaciones para lograr algún
tipo de filtro -continuó Nartus, aunque estaba
siendo atraído por el bailoteo que el par de
simios realizaba delante de tres seres de Gabokon, que
no tenían piernas, pero sí varios trozos
de anatomía que hacían de extremidades
y oscilaban de modo sugerente-. Algunos buscan un filtro
interno, del tipo metabólico, aunque es la solución
menos deseada; nunca se sabe en qué va a terminar
una modificación genética -Hizo un minuto
de silencio en honor de algunas casi personas que vegetaban
en Unir, y continuó-. Los otros se empeñan
en una especie de traje que realice el filtrado o la
conversión de la longitud de ondas... pero hasta
el momento sólo son buenos deseos.
Los seres de Gabokon habían
tomado asiento junto a los simios; en algún lugar
de afuera se escuchó un batintín a lo
que siguió un redoble de pisadas producidas por
un alud de trabajadores que ingresaba en el comedor,
y un trueno que crecía y disminuía mientras
se acomodaban para comer. Entonces se abrió una
compuerta sobre el muro del fondo y un batallón
de autocamares se desplazó entre las mesas distribuyendo
alguna vajilla, muchos cazos humeantes y centenares
de botellas.
Los dos borrachos de la mesa contigua
colocaron algo de alimento en sus escudillas y se frotaron
las manos antes de hacerse de un botellón que
contenía un líquido dorado y burbujeante.
Llenaron sus copas y brindaron por algún lejano
propósito; giraron hacia Nartus y Albert -los
lugares entre ellos permanecían vacíos-,
y repitieron el brindis.
Albert, que estaba sintiendo una desusada
simpatía por los dos tipos segregados, separó
las sillas junto a él y, sin pedir la conformidad
del azulejo, los invitó a ocuparlas; de alguna
manera, se estaba proveyendo de un panorama lleno de
su propia especie.
Nartus abandonó su relato acerca
de la luz amarilla; ninguno lo escuchaba, pero no se
resintió ya que, a cambio, el trío le
estaba suministrando una muestra que observar, con mucha
ampliación y detalle. La comunicación
entre los humanos era entrecortada; un poco de charla,
un poco de ¿reflexión?, ¿introspección?,
¿búsqueda de la razón de la vida?
Los tres hablaban y bebían con la mirada baja,
como si su interlocutor estuviera planchado sobre la
mesa; de vez en cuando, alguno extendía la mano
y acariciaba la superficie.
El mismo azulejo se perdía,
por momentos, en sus propios recuerdos. Cuando regresaba
de uno de vieja data, escuchó algo que decía
el más viejo y más borracho de los hombres.
-... y así fue que se llevaron
una buena tajada. En realidad los descubrieron por ambiciosos...
-¡La ambición...! ...peca
por exhibicionista. Pero ¿qué decía
usted? ¿A qué tajada se refiere? -preguntó.
-Eso, que los descubrieron por ambiciosos;
si hubieran realizado la estafa dentro de ciertos límites,
nunca lo...
-¡Un hurra...! ...por los límites.
¿En qué consistía la estafa? -interrumpió
Nartus.
Albert y el otro estaban haciendo
una parodia de autocamar, tratando de quitarse el botellón
el uno al otro para -supuestamente- llenar las copas;
emitían sonidos inconexos, abrían grandes
los ojos, se movían con lentitud y torpeza...
y la bebida seguía sin servirse.
-Las coordenadas... -El viejo volvió
la mirada hacia Nartus; parpadeó un rato para
centrar su mirada en la totalidad azul-. Bueno, no sé
si usted entiende de esto. En ese tiempo yo trabajaba
en la Oficina de Territorios de Sesum, capital de Oqumi.
Un par de tíos, muy astutos, vendieron parcelas
de los satélites y las señalaron con coordenadas
espaciales... ¿Sabe algo de eso? Porque para
entenderlo, se necesitan estudios...
Nartus sonrió. Albert, que
comenzaba a sentirse molesto porque le parecía
que la extendida conversación entre esos dos
estaba tomando un carácter demasiado serio -y
él quería diversión-, se volvió
para mirarlo y se encontró con una media luna
perfecta, llena de dientes blancos.
-¡Oiga! -exclamó-. Sus
dientes... ¡Já!
-¡Oiga! -le respondió-.
Sus coordenadas... ¡Já!
Albert se quedó mirándolo.
De manera lenta y casi palpable, Nartus pudo ver que
se hacía la luz dentro del cerebro del hombretón.
-... espaciales -dijo al fin-. ¡Que
mal rayo los parta! ¡Eso es todo!
-¡Buena deducción...!
…ha hecho usted. Por eso el localizador nos llevaba
a cualquier otra parte -completó Nartus.
Las horas que tuvieron que esperar
hasta la recarga de energía en el convertidor
de la BSE01 pasaron sin mayores recuerdos en la memoria
de Albert. La ingesta de bebidas en el comedor se había
extendido algún tiempo, y se produjo una pequeña
trifulca cuando un autocamar intentó desocupar
las mesas de la vajilla utilizada, incluso de botellones.
Por fortuna, Albert se quedó dormido después
de recibir la primera trompada en la mandíbula,
propinada por un enorme ser -humano- que hacía
de jefe de cocineros. Por su lado, Nartus aprovechó
el tiempo para comunicarse con varias centrales de información
propias de los mensores registrados, y cuando el hombretón
recuperó el sentido le entregó los datos.
-¡Caray! -dijo Albert, rascándose
la nuca con mirada absorta; en realidad, muy poco le
decían todos esos números que le mostraba
Nartus; lo que sí entendía era la conclusión
final-: “El registro de una parcela por coordenadas
espaciales se convierte en una estafa ya que al moverse
el astro de referencia en el espacio, lo que señalan
las coordenadas es un trozo de espacio, o de cualquier
otro cuerpo que incidentalmente ocupe las coordenadas,
de manera transitoria”.
-Levantó la vista y la fijó
en el azulejo-. Estafaron a mi tatarabuelo Miquel, y...
-Se volvió a rascar la nuca, pero su rostro se
fue poniendo muy tenso, sus ojos comenzaron a brillar
con furia, y la respiración se hizo jadeante-.
¿Sabe? No me gusta nada este torcido asunto.
Creo que tendré que enderezarlo, a la fuerza,
si es necesario.
Nartus estaba un poco inquieto ante
la transformación de su compañero; hasta
ese momento, no había dejado de ser un hombre
grande y tonto, pero de pronto se le apareció
como una enorme masa de furia reparadora. Recordó
que alguna vez, cuando era bastante joven, se había
topado con un ser que, como Albert, le había
parecido manso y tonto durante unos cuantos días,
pero que se convirtió en una fiera vengadora
cuando se encontró delante de los dos tipos que
había estado rastreando. El trozo mayor de lo
que quedó de ellos cabía en un puño...
no demasiado grande.
-¡Yo le aconsejo...! ...un poco
de prudencia -dijo, eligiendo las palabras con cautela,
y bajando un poco el énfasis de su exclamación-.
Una operación de esta magnitud, y desde hace
tanto tiempo, exige de una organización importante.
Por un lado...
-Escucho sus consejos con media oreja
y medio cerebro, porque con lo demás estoy haciendo
un plan para hacerlos picadillo -dijo Albert, escondiendo
el cuello y estrujando con sus manos algo de aire; mantenía
la mirada fija delante de él, en el vacío.
-¡Vaya parcela...! …de
atención que me concede. ¿Sabe cuántos
son? ¿Quiénes? ¿Dónde están?
-No me importa cuántos son,
ni quiénes, ni dónde -respondió,
jadeante-. Los iré encontrando de a uno y los
haré picadillo.
-¡Haremos picadillo...! …de
todos ellos. ¿Por dónde comenzará?
-dijo el azulejo, comenzando a inquietarse ante la negativa
del otro a pensar con algún sentido.
-Mmm... bueno, comenzaría con
esa Lumia, aunque no me gusta meterme con mujeres. Quizás
sea una droide, entonces me importará menos.
-¡Eso...! …mismo -dijo
Nartus; Albert lo miró, desconcertado; hasta
ese momento estaba creyendo que el otro quería
detenerle-. ¡Comenzaremos por la mujer...! …y
la haremos picadillo... -Se estremeció al escucharse
a sí mismo usar la frase del hombre-, y nos quedaremos
sin la punta del ovillo, porque... ¿con quién
seguiríamos? -Albert no respondió-. ¿Lo
ve? No sabe nada de ese grupo.
-¿Y usted sí? -preguntó
amoscado ante las palabras del otro; de repente, le
pareció escuchar a su tía Marga, cuando
le explicaba lo que estaba haciendo mal.
-¡Claro que no...! …pero
podemos averiguarlo, si nos ponemos en ello.
Nartus habló con serenidad.
Y sus palabras llegaron a la parte del cerebro del otro
donde las decisiones tomaban cuerpo.
Después de despedirse con afabilidad
de los dos hombres, quienes casi no recordaban haber
compartido la mesa con él, y de agradecer a Jarton
sus gentilezas, Albert cerró los ojos y corrió
por la manga de Moixis hasta que se estrelló
contra uno de los paneles de la BSE01, mientras Nartus
se tomaba el tiempo necesario para sacudir amigablemente
las manos de los dos simios de Kai al mismo tiempo,
y caminar con paso solemne a lo largo del ducto.
Estaban de nuevo en el espacio, con
el globo rosado de Honesaq a sus espaldas. Esta vez
Albert no tenía sueño; miraba por la ventanilla
con aire pensativo, como si le estuviera dando vueltas
en la mente a problemas matemáticos de difícil
solución. Por fin pareció llegar a un
acuerdo consigo mismo y se volvió hacia Nartus.
-¿Hay alguna explicación
para el intento de secuestro que sufrimos la otra tarde?
-preguntó.
-¡A usted le pareció...!
…un secuestro -gorjeó el azulejo, aplaudiendo
encantado con dos pares de apéndices-. ¡Una
nave con armamento...! …detrás nuestro
en posición de disparar. A mí no me pareció
un secuestro. Iban a acabar con nosotros. Un buen par
de bombazos y ¡puf!
-Accionaron el campo remolcador...
-Albert hizo una pausa mientras se pellizcaba el labio
inferior y lo estiraba hacia fuera, ensimismado-. Se
proponían secuestrarnos... antes de
acabar con nosotros.
-¡Ahora que lo recuerdo...! …aprovecho
para preguntarle. ¿Qué fue lo que hizo
ahí atrás? -Nartus señaló
hacia el flamante panel que ocultaba el convertidor.
-Les lancé una ququ -Lo dijo
de manera tan casual, mirando hacia afuera, que Nartus
entendió que no era el momento de saber más.
Continuaron navegando en silencio.
Albert sentía una inquietud similar a la que
le acosaba cuando no recordaba si al salir de casa había
cerrado el grifo del agua. No era por él... sino
por el azulejo. "Me estoy volviendo blando",
se dijo. "¿Qué se hizo de mi
bienamado síndrome especista?"
Lo más extraño era que
vinculaba a Nartus con Brenda, como si el mensor tuviera
algo que ver con su compañera desaparecida...
lo cual era absolutamente ridículo.
¿Había soñado
acaso con ambos? Albert no podía recordarlo.
Tenía la explicación justo ahí,
escurridiza, revoloteando en la superficie de su mente
consciente; por fin desistió. Observó
al azulejo que estaba sentado ante los controles con
los apéndices trenzados; había accionado
la tecla verde y disfrutaba del panorama. Se acomodó
en su asiento y decidió que resolvería
en tema entre Nartus y Brenda a la brevedad, pero que
ahora vendría bien una pequeña siesta.
Estacionaron la nave en el hangar de
Futunir. Albert no quiso pasar por la oficina; su ego
estaba demasiado vapuleado para someterlo a otro desdén
de la droide. Nartus entró y salió...
con una media luna de dientes sobre su inmensidad azul.
-¡Esa preciosura...! …preguntó
por usted -dijo, y su gorjeo tuvo una calidad especial,
como cantado a dos voces; es que el viejo azulejo también
recordaba algunas viejas azulejas-. ¡Hasta le
envió...! …un mensaje.
-¿Qué dijo? ¿Eh?
¿Qué le dijo? -Albert estaba un poco inclinado
hacia Nartus, con las piernas abiertas como a punto
de lanzarse a la carrera; de pronto, su cara cambió,
se irguió y extendió una tremenda mano
hacia el azulejo; el dedo era un puntal colocado delante
de la nariz del otro-. Me dice ya mismo el mensaje,
o...
-¡Que no se olvide...! …de
devolver la agenda. -Terminadas las palabras, Nartus
bajó sus cuatro extremidades y salió a
toda velocidad del hangar; contaba con cierta lentitud
de Albert en entender la broma.-¡Que no se olvide...!
…de devolver la agenda. -Terminadas las palabras,
Nartus bajó sus cuatro extremidades y salió
a toda velocidad del hangar; contaba con cierta lentitud
de Albert en entender la broma.
Al rato, exhaustos y reconciliados,
caminaban los dos hacia la oficina de Territorios; tendrían
una entrevista con Lumia, e intentarían que la
mujer les diera alguna información. Al fin de
cuentas, Nartus era bueno en eso de hacer que los humanos
dijeran cosas que a él le interesaban. Lo que
no tuvieron en cuenta fue la tendencia al asesinato
del grupo de estafadores.
CAPÍTULO 8: PALABRAS
Y ACCIONES
Lumia Dentra estaba sentada tras su
escritorio cuando los dos entraron en la diminuta oficina.
-Señor Combull... adelante,
por favor -dijo, y con un gesto señaló
el asiento que estaba vacío-. No sabía
que venía acompañado. En un minuto traerán
otra silla.
-Buen día, señora...
Dentra -dijo, recordando el apellido de la mujer como
de milagro-. Vengo a que me diga qué información
ha logrado encontrar acerca de la parcela de mi hermano
Jufro.
-La parcela... -dijo Lumia; un droide
entró en la oficina, dejó un asiento y
volvió a salir-. La parcela que su hermano reclama
no existe.
-No existe... -dijo Albert-. Explíqueme
cómo es que una parcela que está anotada
en un certificado de propiedad no existe.
-Usted lo ha dicho, señor Combull
-dijo Lumia, con los ojos clavados en Albert, porque
había comenzado a sentirse molesta por la quieta
mirada azul del otro-. Esa parcela fue adquirida a través
del canal. Las operaciones de ese tipo están
sujetas a condiciones que no se condicen con los reglamentos
de registro de la mayoría de los sistemas civilizados,
y los compradores corren el riesgo de sufrir una estafa.
Y como no hubo ocupación...
-¿Usted quiere decir que mi
tatarabuelo Miquel debía haberse instalado en
la parcela para que la venta por canal no fuera una
estafa? -Albert se sintió perplejo ante la complejidad
de la frase que había soltado de una vez; Nartus
no necesitaba explicaciones de esa circunstancia.
-En realidad, no -dijo Lumia, más
inquieta que antes ya que no debía haber usado
la palabra “estafa” en ningún momento-.
Las coordenadas que usted anotó en el formulario
son del tipo espacial...
-¡Ah! Entiendo... -interrumpió
Albert-. Unas coordenadas espaciales que señalan
un trozo de espacio y que no señalan un trozo
de planeta.
-Tal cual usted lo expresa -Lumia
Dentra sentía que la conversación estaba
tomando un rumbo diferente al planeado-. Al realizar
una compra de una parcela con coordenadas espaciales,
lo aconsejado es solicitar de inmediato una equivalencia
con las coordenadas territoriales y registrarla en esta
oficina o en cualquiera de las otras.
Nartus hizo un ruido parecido a un
carraspeo; intentaba llamar la atención de la
mujer. Lumia movió dolorosamente los ojos hacia
él.
-¡Perdone usted...! …señora
Dentra -dijo, con formalidad-. ¿Se han realizado
otras reclamaciones de este tipo en su oficina? Sería
interesante saber qué solución hallaron
los otros perjudicados -si los hubo- para esta situación
tan enojosa.
Lumia sintió que el peligro
estaba en el azulejo; no podía resistirse a la
sugerencia. Respiró hondo, fijó su mente
en Fisko, y respondió:
-No es mi función entregar esa
clase de información a cualquiera que se presente
en esta oficina con un grupo de coordenadas espaciales
que hace referencia a una parcela comprada por canal
-Sentía que no podía controlar lo que
decía-. Pero seré gentil con usted. Se
presentaron tres reclamaciones, y después del
tiempo transcurrido desde entonces, no puedo afirmar
que hayan hecho algo más que lamentarlo... o
quizás están muertos.
Se llevó una mano hasta la
boca; había hablado de más. El propio
Fisko le había prevenido, con insistencia, que
no utilizara las palabras “estafa, ocupación
y muertos”, y acababa de decir la única
que faltaba. Su cerebro volaba a toda velocidad; tenía
que arreglar el asunto.
-Mire, señor...
-¡Nartus...! …para servirle.
Mensor matriculado ABR-5570.
-Mire, señor Nartus. En este
lugar soy una simple funcionaria y tengo limitaciones.
Si usted, ustedes, quisieran reunirse conmigo, más
tarde, cuando termine mi tarea diaria, podremos hablar
con mayor libertad, aunque no tengo mucho más
que decirles.
Albert aceptó antes de que
Nartus pudiera responder, de modo que quedaron en reunirse
en el bar de la “Posada del Pasajero”.
El ambiente en el salón de la
residencia particular de Fisko estaba caliente. Y por
caliente deberá entenderse... caliente.
El pequeño hombrecito estaba
alimentando el hogar. No era una chimenea secular por
donde habría entrado un sonriente obeso vestido
de rojo; o un trío de hombres de coloridos ropajes
y sus camellos. Nada de eso. Como todo lo que Fisko
elegía para componer su escenario, era un artefacto
de última tecnología y funcionaba con
energía solar. Pero lo que no tuvieron en cuenta,
ni él ni su arquitecto, era que la residencia
estaba debajo de la gruesa lámina de glasita
del domo, y que Luqsa distaba de Rik a una distancia
mil veces mayor que el planeta donde el artefacto había
sido concebido. Entonces, el hogar de Fisko, en pleno
régimen, apenas lanzaba algún vaho tibio,
aunque era bastante vistoso y denotaba poderío
económico; por eso no había terminado
en el basurero.
Y lo estaba alimentando: colocaba
sobre él, como quien juega con pequeñas
naves a escala, todos los mega-memos que iba sacando,
con delicadeza, de su caja fuerte personal. Iba y venía
en silencio, como cumpliendo un rito. Los ayudantes,
dos réplicas exactas de cualquiera de los otros
ayudantes, movían la cabeza al mismo tiempo,
siguiendo los movimientos de su patrón. Se habían
parado delante de la puerta -no a los lados-, porque
había comenzado a salir humo, y olor, del hogar
de Fisko; y aunque estaban diseñados para hacer
caso omiso de su propia integridad, algún resabio
ancestral en la programación base de sus sistemas
les decía que humo era igual a fuego, y que fuego
era dolor.
Cada tanto, el hombrecillo se aproximaba
a una pantalla sobre uno de los muros; señalaba,
asentía, y volvía a su recorrido. Susurraba,
a veces, pero no se entendía muy bien lo que
decía. Era algo como...
-Ahora... los contratos del canal...
y después las copias de los anuncios... eso ya
está... ahora, los datos de las parcelas falsas.
Al cabo de una hora el aire estaba
irrespirable; Fisko, con los ojos llenos de lágrimas
giró hacia las bebidas, buscando servirse un
trago; entonces se dio cuenta de que no se veía
nada.
-Tú -dijo, y esperó
sin resultado a que uno de los ayudantes se acercara;
ambos habían desaparecido-. ¡Malditos cobardes!
Por un poco de humo... Si al menos hubieran...
A tientas, llegó hasta la puerta
y la abrió. Afuera había al menos veinte
ayudantes con cara de susto.
-¡¿Qué hacen allí
afuera, bastardos?! -explotó, tratando de secarse
las mejillas, pero embarrando el hollín por toda
la cara-. ¡Traigan un reciclador! ¡Traigan
todos los recicladores! ¡Ya mismo!
Giraron al mismo tiempo y galoparon
al mismo ritmo. Fisko se quedó parado allí
hasta que regresaron. Al rato, el aire estaba más
claro y volvió adentro. Se paró delante
de la pantalla.
-Ya falta poco para terminar -dijo,
mientras señalaba un par de líneas antes
del final-. Falta deshacerme de todos y de la radio-móvil.
Entonces podré largarme... -Giró veloz
para mirar a los ayudantes-. Tú, avisa a los
del hangar que necesitaré una de mis naves. Que
la revisen y la carguen de energía. Hoy mismo.
Lumia se detuvo en la puerta del bar;
se asomó y miró hacia ambos lados, como
buscando algo dentro del amplio local, pero estaba vacío
a excepción de una mesa ocupada por Albert y
Nartus; desde esa distancia, unos seis metros, se le
veía una mujer con buenas formas, aunque un tanto
excedida en años. El mensor se puso de pie -sobre
sus cuatro extremidades, para sorpresa de Lumia-, cuando
ella se aproximó. Con gentileza, Albert hizo
una reverencia y se apresuró a acercarle una
silla.
Lumia estaba perdiendo el primer round;
no se había esperado que el par de tíos
tuviera modales tan anticuados.
Cuando apenas habían ordenado
sus tragos en el autocamar -y de inmediato la mesa se
abrió al centro para entregar las copas-, se
asomó por la entrada una pareja de hunasianos
algo desgreñados y agitados, como si acabaran
de reñir. La parte femenina se sentó bruscamente
en la primera de las mesas vacías y le hizo señas
al autocamar. Pulsó un par de teclas al azar
y giró hacia el centro de la mesa, por donde
subió su copa; por la manera de asirla y beberla
se diría que recién terminaba una travesía
-longitudinal- del desierto de Atacama, reliquia arqueológica
prohibida al tránsito humano por su nivel de
radiación y a la que las generaciones recientes
sólo conocían por holos.
La parte masculina no le quitaba de
encima ninguno de sus tres ojos, y llegado el momento
en que ella dejó la copa vacía sobre la
mesa, extendió un brazo -o como se llamara a
uno de sus cinco apéndices-, la jaló por
el cuello, y sacudió un buen rato... a la parte
femenina quien, sin tratar de liberarse, ululaba en
dos tonos.
Albert se puso frenético. Tuviera
la forma que tuviera, una fémina era una fémina.
-¡Hey! ¡Oye, animal! -dijo,
con voz plana, pero que retumbó en todos los
rincones de la sala vacía-. No harás nada
de eso mientras yo esté en este lugar y te esté
mirando.
l otro giró uno de sus ojos
-por un momento, Albert sintió vértigo-,
y respondió con un ruido extraño que le
brotó por donde los humanos tienen el ombligo.
Como le sonara bastante insultante, Albert decidió
ponerse en movimiento hacia la parte masculina, pero
se topó con dos de sus apéndices a medio
camino; le sujetaron los brazos contra las costillas
con tal presión que casi no podía respirar.
Lo que siguió a continuación
se convirtió en el motivo de las pesadillas del
humano, por varias semanas.
Nartus, que observaba a la pareja
con curiosidad, llegó a la conclusión
de que algo no encajaba. Por lo que conocía de
los hunasianos, el macho no necesitaba hacer uso de
la fuerza para someter a la hembra, ya que la formación
de una pareja implicaba una simbiosis de características
muy especiales, una de las cuales era la división
de capacidades, y era el macho quien se quedaba con
la sugestión hipnótica... sobre ella,
o ellas, según fuera el caso.
La mente ágil del azulejo buscó
una razón en su grilla de especies, y de repente
la encontró: giró uno de sus ojos justo
a tiempo para ver que la mujer vertía algo en
la copa de Albert, y estaba mirándole.
-¡Guardia! ¡Guardia! -gritó
Lumia-. ¿No hay nadie aquí que venga en
mi ayuda? -y al mismo tiempo extendió un dedo
hacia Nartus; un empleado de la Posada se aproximó.
-Este ser ha colocado una toxina en
mi copa. Acabo de verlo -dijo, fría y decidida;
el empleado miró a Albert que estaba bien sujeto,
y decidió que no era posible que la acusación
fuera lanzada contra él. Giró hacia el
azulejo y quiso tomarlo por un brazo, pero de repente
se encontró con un flexible tubo azul entre las
manos.
-¡Vamos... caballero! No se
resista. La dama ha presentado una denuncia...
-¡Vaya denuncia...! …la
que ha presentado. Se requieren pruebas y usted lo sabe.
Declaro no haber puesto nada en la copa de esta mujer
-recitó Nartus, casi derrotado por las circunstancias.
-No se preocupe por las formalidades.
Acompáñeme, por favor. El análisis
del contenido llevará sólo unos minutos
y si lo que usted dice es verdad, estará libre
enseguida.
-¡Yo que usted...! ...analizaría
todas las copas. Podría suceder que hubiera una
toxina en alguna de las otras.
Lumia se puso tensa; sin perder el
aire autoritario señaló su copa, mirando
fijo al empleado. Éste pulsó algunas teclas
del autocamar del que se extendió una especie
de brazo que selló la copa por el borde con una
lámina de silicox, para colocarla dentro de una
cavidad que apareció por detrás del visor.
A continuación, Nartus fue invitado a caminar
hasta una oficina.
El azulejo no sabía cómo
hacer para prevenir a Albert, que continuaba bajo el
efecto del abrazo del hunasiano. Al final, resignado,
dejó que el destino siguiera su curso.
Albert despertó de una especie
de sueño; miró a su alrededor para ubicarse:
estaba sentado a la mesa de un bar... sí, en
la Posada, solo. Hizo un esfuerzo para recordar qué
había sucedido en los últimos minutos.
Un vuelo en una nave... no estaba al mando... había...
¡aj! Le estaba costando mucho. Extendió
su brazo y levantó la copa que estaba sobre la
mesa. La miró. Parecía decirle algo, pero
no podía descifrarlo. Con fastidio, se la tomó
de un solo trago; hizo señas al autocamar y presionó
una de las teclas. Otra copa subió en la mesa,
de la que dio cuenta en un segundo. No había
recordado mucho más, pero se sentía mejor.
Se tanteó el cuerpo, y comprobó
que tenía sus armas, pistola y ququs, y notó
el bulto de la agenda. Con cuidado, ya que se sentía
algo mareado, le pidió que le recitara las anotaciones.
De a poco, recuperó los recuerdos, aunque no
sabía muy bien dónde estaba Nartus.
Sintiéndose notablemente mareado,
decidió ir hasta su cuarto y echarse a dormir;
sus obligaciones con la CIO estaban terminadas y tenía
que volver a ocuparse de la parcela de su hermano Jufro.
Se pondría en contacto con... ¿o ya había
estado con ella? Una nube de humo estaba creciendo en
su cerebro y no podía recordar lo sucedido desde...
desde que salieran de la Oficina de Territorios. Sí,
había estado con ella, y con Nartus, en ese bar,
hasta que apareció ese par de hunasianos, y...
¡Maldición, no podía mantenerse
despierto!
Albert estaba sobre un mar encrespado
y rojo; a lo lejos, una línea dorada revelaba
la existencia de una playa; sobre la playa, en el aire,
se veía un punto negro. Buscó a Brenda
a su lado, pero estaba solo. Inclinó un brazo
y su trayectoria cambió hacia la costa. Agua
roja por debajo, cielo rosado por encima. El punto negro
en el aire se agrandaba poco a poco. Abajo, otros dos
puntos negros se desplazaban a lo largo de la línea
de agua. Parecían dos escarabajos que corrían
zigzagueantes; si las olas llegaban, se movían
tierra adentro; si las olas se iban, se acercaban al
mar. Entonces, pudo distinguir el abejorro de Brenda.
“¡Por fin te encuentro! Estuve buscándote
todo el tiempo”, dijo. El abejorro giró
la escafandra. “Si me alcanzas, te mueres”.
De pronto, a través de la glasita, vio que en
lugar del suave perfil de su compañera había
una calavera, y que se reía. “¡Noooooo!
No quiero verte muerta en mi sueño. ¡Vive!”,
gritó. Abajo, los dos escarabajos se habían
detenido y miraban hacia el cielo. Uno era muy azul
y el otro tenía garabatos sobre el caparazón.
“Sólo vine a decirte que si no te cuidas,
terminarás como yo”. De pronto, el
horizonte comenzó a elevarse, el cielo se puso
todo rojo como el agua, y los escarabajos se ampliaron
tanto que cubrieron toda la playa. Y ya no hubo perspectiva;
era un solo plano. El abejorro hizo un boquete en el
dibujo y escapó a su vista. Quiso seguirlo, pero...
Nartus entró en la habitación
de Albert después de discutir largamente con
el conserje de la Posada. Así fue como el empleado
aprendió que no existía tenacidad más
acendrada que la de un azulejo. El hombretón
estaba derrumbado sobre el lecho, a través, y
respiraba con trabajo.
Rebuscó entre sus cosas hasta
que halló la tarjeta que le servía de
salvoconducto. Corrió hasta un foncom que había
en el corredor y solicitó comunicación
con la Unidad Sanitaria Ariana, USA; en menos de media
hora, Albert estaba internado, rodeado de médicos
orgánicos y droides, y conectado a un montón
de artefactos diversos. El sólo imaginar para
qué servía cada uno de ellos le produjo
estremecimiento.
Los médicos se demoraron en
hacer las pruebas adecuadas, a pesar de que Nartus les
previno de que le habían dado a tomar alguna
cosa. Lo que veían, y olían, era una buena
cantidad de alcohol, de modo que sólo le habían
hecho un tratamiento de rutina para desintoxicarlo;
también ellos aprendieron acerca de la tenacidad
de un azulejo.
El informe era terminante: el tipo
de toxina que Albert tenía en su cuerpo era de
origen desconocido; sus efectos alteraban la química
de las células nerviosas; se intentaría
buscar un antídoto a la brevedad.
Nartus permaneció junto a su
lecho, toda la noche, sin pegar un ojo. De alguna manera
sentía que su poco carácter había
dado ocasión al estado de Albert. En realidad,
no pensaba que debía haber atacado al empleado,
o a la mujer, o al hunasiano; su cuerpo físico
no estaba preparado para la violencia. Pero bien hubiera
podido concentrarse en el ser que sujetaba a Albert
y hacer que lo soltara; sí, hubiera podido, pero
no lo hizo. Con un suspiro, reconoció que se
estaba poniendo viejo. De alguna manera se estaba dando
cuenta de que era tiempo de volver a casa.
Extendió sus ojos hacia el
hombre; observó con preocupación que su
rostro estaba demasiado oscuro, de modo que llamó
a un asistente y se lo hizo notar. Éste salió
disparado, y regresó en un minuto con toda la
tropa de médicos.
-¡Está empeorando! -dijo
uno-. El cambio de pigmentación precede al final.
-Bajó la vista hasta el azulejo, que se había
refugiado en el rincón más alejado para
no ser atropellado-. Diga, usted no es de la familia,
¿verdad? ¿Qué hace aquí
adentro? ¡Salga ya mismo!
Nartus lo miró fijamente; primero,
verificó si el médico era orgánico,
y vio que sí; segundo, lanzó una orden
mental tan firme que el otro parpadeó, y giró
el rostro hacia Albert, y no volvió a dirigirle
la palabra... ni siquiera parecía darse cuenta
de su existencia. El azulejo se sintió agotado;
hacía años, muchos años, que no
hacía uso de su sentido mental; temía
haberse excedido.
Habían entrado a la habitación
un montón de artefactos y estaban instalándolo
alrededor de Albert. De repente, el lugar se vio inundado
por una intensa luz amarilla. Nartus, en pánico,
salió al corredor y buscó dónde
meterse; lo único que veía era una secuencia
interminable de puertas iguales que se perdía
allá, muy lejos. Sin pensar, se alejó,
y se alejó, hasta que una mano lo detuvo. Era
un asistente.
-Usted es un azulejo -dijo, con la
voz llena de triunfo, como si acabara de hacer girar
una rueda-. Digo, usted tiene problemas con la luz amarilla.
Nartus se había detenido, pero
no se atrevía a girar un solo grado por no verse
expuesto a la luz que salía de la habitación
de Albert. El asistente se adelantó y abrió
una de las puertas, invitándolo a pasar. Era
un depósito de ropa.
-Aquí estará más
tranquilo -dijo, sentándose en una silla que
había contra el paramento, e invitando a Nartus
a hacer lo mismo-. Estuve trabajando algún tiempo
en Unir. Cuando lo vi en la habitación, apenas
sí me fijé en su color, pero cuando salió
disparado, me di cuenta.
-¡Ajá! -dijo Nartus,
recobrando su presencia de ánimo, pero con un
inexplicable deseo de mofarse de alguien, y este asistente...
sí, droide, estaba justo allí para satisfacer
su deseo malicioso-. ¡Miren al observador...!
...que ha notado mi color. ¡Vaya con el joven...!
...que ha realizado un descubrimiento. ¡Ya puede
anotar...! ...en su agenda personal que hoy es el día
más importante de su vida.
-¡Já! -dijo el asistente;
aunque su boca se extendió en una sonrisa, sus
ojos no se alegraron-. El efecto rebote.
-¿Rebote? -Había llegado
el momento en que Nartus no sabía de qué
se estaba hablando.
-Efecto rebote -El asistente se acomodó
en su asiento y se dispuso a dar su discurso; también
conocía la inacabable paciencia de los azulejos-.
Cuando uno de su especie se ve sometido a los rayos
de luz amarilla, antes de sufrir un daño más
profundo, se vuelve insufrible.
Una andanada de insultos salió
de la boca de Nartus, hasta que éste, desconcertado,
la cerró, en medio de un vocablo imposible de
reproducir. Estaba recuperando su sentido común.
-¡Vaya efecto...! ...más
desenfrenado. De modo que estoy en medio de un efecto
rebote, ¿eh?
-Evidentemente, ya lo ha superado -dijo
el otro, con voz alegre-. Bien, no es que me importe
mucho su estado de salud; bien sé que al final
usted se hubiera puesto bien, aunque yo no lo hubiera
hecho entrar en este depósito. Lo que me interesa
es que usted se someta a una extracción de flujo
corporal para preparar el antídoto para el otro.
Nartus miró hacia la puerta;
el asistente se había sentado de manera de bloquear
la salida. Pero podría sugerir...
-No haga nada antes de escucharme
-dijo el droide. Y a continuación, Nartus escuchó
un breve resumen sobre la experiencia del asistente
-que se identificó como Ruser- en un centro de
salud en su sistema natal. Al final, Nartus supo que
un destilado de su propio flujo corporal era la base
de un antídoto contra esa toxina. Debía
permitir la extracción; se lo debía al
hombre.
Despertó en una habitación
semejante a la de Albert, sólo que no estaba
conectado a ningún artefacto. Recordó
las manipulaciones a que había estado sometido
y comprendió que estaba en buenas manos: el lugar
estaba muy fresco, quizás un poco demasiado,
e inundado con luz azul globular: estaba en recuperación.
Sintiéndose en paz, se durmió.
Se reencontró con Albert dos
días más tarde. Fue un momento algo embarazoso
cuando el hombretón quiso abrazarlo, agradecerle,
besarlo... Nartus no sabía cómo hacer
para tranquilizarlo, sobre todo porque las personas
que estaban en la sala de acceso de la clínica
de la USA los observaban con curiosidad.
Un poco después estaban los
dos sentados en una mesa del bar de la Posada.
-Te debo mi vida, Nartus, amigo -dijo
Albert, mirándole con afecto y tuteándolo
por primera vez.
-¡Vaya deuda...! ...la tuya.
¿Cómo podrías pagarla? -Nartus
trataba de que Albert le soltara una de las extremidades-.
¡Nada de eso...! ...que lo hubiera hecho por cualquier
desconocido.
-¿De veras? Entonces, ¿no
me quieres?
Le habían prevenido al azulejo
acerca de cierta tendencia a la sensiblería como
consecuencia del tratamiento.
-¡Claro...! ...que no te quiero,
Albert. -Esperó el puchero del otro-. ¡Te
respeto...! ...porque eres mi compañero. Y en
el espacio, no se abandona a un compañero en
problemas.
Medio llorando, medio riendo, Albert
estaba sacudiendo la extremidad con tal entusiasmo que
Nartus estaba temiendo una amputación; aunque
sus miembros podían volver a crecer, ya estaba
demasiado viejo para asegurar que el nuevo tendría
la misma funcionalidad que el anterior. Cuando al fin
recuperó esa parte de su anatomía, tomó
su bebida y miró directo a los ojos de Albert.
-¡Brindemos...! ...por la amistad
-dijo, y se bebió el extracto de un solo trago-.
¡Ahora quiero...! ...que te quedes quieto y que
intentes conservar la calma -continuó-. Has sido
víctima de un ataque mortal, o casi.
El hombre se fue poniendo serio; luego
comenzó a verse enfadado.
-¿Quién fue? ¿Quién
quiso ponerme en órbita para siempre?
-¡Lumia Dentra...! ...hasta donde
sé -dijo Nartus, y expandió una mano para
mostrar una palma-. ¡Espera un poco...! ...y razonemos.
Este asunto de la parcela de tu hermano tiene demasiados
ángulos que desconocemos. Sabemos que las coordenadas
son espaciales; sabemos que la venta fue una estafa;
sabemos que algo gordo hay detrás de todo esto
ya que te metieron una toxina que te hubiera puesto
en órbita, como dijiste, o que al menos te hubiera
dejado como un vegetal.
De repente, el hombre que bufaba,
gruñía y sacudía la cabeza se quedó
congelado.
-¿Vegetal?
-¡No creas...! ...que te iban
a crecer flores, o algo así, pero...
-¿Vegetal? ¿Vida vegetativa?
¿Inmóvil? ¿Sin hablar?
-¡Eso mismo...! ...estoy diciendo.
¿Has visto a alguien en ese estado? Es algo muy
triste...
-Eso hicieron con Jufro -dijo Albert.
Por un momento, Nartus recibió una ola de convicción
tan fuerte que casi no necesitó que el otro le
contara nada.
Al final, ambos se quedaron muy quietos,
sumidos en sus propias reflexiones. Nartus pensaba que
sería interesante saber si sus fluidos podrían
hacer algo por Jufro, aunque tendría que haber
alguna solución a la cuestión de la radiación
de Rik, pletórica de ondas de la longitud dañina.
Albert estaba haciendo una lista de las diferentes maneras
de hacerle daño a una Lumia, con sólo
una pistola y una docena de ququs.
-Y
EN LA SIGUIENTE ENTREGA...-
9-HACER LIMPIEZA
Fisko caminaba de un extremo al otro de su regio salón.
Debía tomar una decisión y para eso estaba
obligado a evaluar alternativas, y él era una
persona hábil para definir las acciones -que
harían otras personas- pero tenía enormes
dudas a la hora de analizar situaciones. Caminaba y
hablaba consigo mismo; un par de veces, sus ayudantes
habían respondido a alguna de las preguntas que
se formulaba, y la reacción fue de tal magnitud
que ahora ninguno osaba abrir la boca; apenas sí
atinaban a mirarle de reojo.
-... aunque no sé por qué
debería mudarme. Por un lado, me siento bien
aquí. Por otro, bueno... no sé, ya se
me ocurrirá otra razón por la que no quiero
mudarme -Dio una palmada sobre el muro al que acababa
de llegar-. ¡Eso! Me gustan los colores de este
lugar.
Dio la vuelta y enfiló hacia
el otro extremo.
-... claro que debería mudarme
para poner algo de distancia, saludable distancia, entre
los problemas y yo.
Asintió con energía
y, sin haber llegado, dio la vuelta y continuó
caminando.
-Problemas... ¿por qué
hablo de problemas? Si yo tengo problemas, busco la
solución, y hago que alguno de estos animales
acabe con ellos.
Se detuvo; se rascó la nuca,
pensativo, y giró despacio hacia los dos osos
vestidos que guarnecían la entrada.
(ir al capítulo
siguiente)
publicado en febrero de
2008
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