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CAPÍTULO 9: HACER LIMPIEZA
Fisko caminaba de un extremo al otro
de su regio salón. Debía tomar una decisión
y para eso estaba obligado a evaluar alternativas, y
él era una persona hábil para definir
las acciones -que harían otras personas- pero
tenía enormes dudas a la hora de analizar situaciones.
Caminaba y hablaba consigo mismo; un par de veces, sus
ayudantes habían respondido a alguna de las preguntas
que se formulaba, y la reacción fue de tal magnitud
que ahora ninguno osaba abrir la boca; apenas si atinaban
a mirarle de reojo.
-... aunque no sé por qué
debería mudarme. Por un lado, me siento bien
aquí. Por otro, bueno... no sé, ya se
me ocurrirá otra razón por la que no quiero
mudarme. -Dio una palmada sobre el muro al que acababa
de llegar-. ¡Eso! Me gustan los colores de este
lugar.
Dio la vuelta y enfiló hacia
el otro extremo.
-... claro que debería mudarme
para poner algo de distancia, saludable distancia, entre
los problemas y yo.
Asintió con energía
y, sin haber llegado, dio la vuelta y continuó
caminando.
-Problemas... ¿por qué
hablo de problemas? Si yo tengo problemas, busco la
solución, y hago que alguno de estos animales
acabe con ellos.
Se detuvo; se rascó la nuca,
pensativo, y giró despacio hacia los dos osos
vestidos que guarnecían la entrada.
-¡Tú! -dijo, señalando
a uno; la mole lo miró, volvió los ojos
hacia el que estaba a su lado, volvió a mirar
a Fisko, se señaló el pecho con el pulgar,
y se quedó congelado-. ¡Maldita sea tu
madre! ¡Que te aproximes, digo! -agregó.
“Estos droides deben tener nombres, pero nunca
los supe... ¿para qué? Con decir «tú»,
viene cualquiera. Y para lo que deben hacer, cuanto
menos sepa de ellos, mejor”-. Vete hasta
la oficina del centro y traes a la mujer, sin demora.
¿Entiendes? -El acólito asintió,
pero no se movió-. ¿Qué esperas?
¡Vete, ya!
El oso giró sobre sus talones,
abrió la puerta y la cerró después
de salir. Fisko estaba pensando que no le gustaba tanto
depender de la mujer para estos detalles tan elementales,
pero él no lograba que las bestias que utilizaba
para los trabajos pesados entendieran las instrucciones
complejas. En cambio Lumia les hablaba de alguna manera
diferente y hacían lo que ella les pedía.
-Veamos, ¿en qué estaba?
-Se rascó la nuca, mirando la pantalla sobre
el muro; luego, se dirigió hasta un mueble y
se sirvió allí una copa-. ¡Ah! El
papel de la venta... Debe estar en manos de algún
familiar del tipo... creo. Veré lo que dice Lumia.
La mujer no frecuentaba el hogar de
Fisko porque nadie debía notar la relación
entre ambos; en realidad, recordaba haber estado allí,
años atrás, cuando inauguró los
jardines hidropónicos, y aun entonces, entró
en la casa más por accidente que por invitación.
No supo a dónde la llevaba el
droide hasta que vio la enrejada entrada y los jardines;
el otro sólo había dicho: “dice
que vengas”; ella completó en su mente
la frase: “Hola, soy uno de los empleados
de Fisko, tu jefe, y me envía a decirte que necesita
verte en la casa, a la brevedad”. Ahora caminaba
por un amplio e iluminado corredor, a cierta velocidad,
seguida -¿perseguida?- por otro de los ayudantes.
Se abrió la puerta que había
al final y otro droide enorme taponó la visión.
Eran casi idénticos. “¿Cómo
hace Fisko para distinguirlos? ¿Los distingue,
realmente?”. De inmediato se hizo a un lado
y Lumia entró en el salón. Sentado en
uno de los sillones estaba su jefe. La saludó
con una ligera inclinación de cabeza y le hizo
un gesto hacia el asiento más cercano. “Está
más viejo que hace dos días”,
pensó Lumia; se sentó y esperó.
-Te preguntarás para qué
te hice venir... -dijo el hombre.
-De todas maneras, me lo dirás,
de modo que no me hago preguntas inútiles.
-Yo sí tengo que hacerte algunas
preguntas. Espero sepas responderlas.
-Dime -dijo Lumia, y comenzó
a temblar por dentro.
Fisko le pidió que le dijera
todo lo que sabía de los propietarios de la parcela
21. Al principio, Lumia pensó que estaba tomándole
un examen, pero de repente tomó conciencia de
que él, en realidad, no tenía la menor
idea. Se sintió tentada a tomar venganza, de
pasarle los datos equivocados, de... pero lo pensó
mejor y le entregó toda la información
como ella la conocía.
Fisko se frotó la nuca un buen
rato; después, se puso de pie, se sirvió
un trago y le ofreció uno a Lumia, que aceptó.
-Entonces, si podemos hacernos de
ese papel... ¿quedaría todo terminado?
Quiero decir, por lo que sabes, ¿hay alguna otra
fracción que no hayamos... solucionado?
-Es la última.
-Habrá que hacer algo, de inmediato.
Aprovecharé que ese Combull está entretenido
aquí, en Ares, y enviaré a alguien a recoger
el maldito documento. ¿Dices que es un papel?
Tendrás que explicarle a un par de mis empleados
lo que tendrán que hacer... y si tienes un trozo
de papel para que vean lo que van a buscar, mejor todavía.
Lumia se había quedado muy
quieta. No sabía si decirle lo que pensaba...
o dejar que metiera la pata, él solito. Al final,
dijo:
-No estoy de acuerdo con la solución
que propones...
Fisko parecía haber recibido
un rayo neurálgico. Cerró los párpados
en apenas una línea dura y la miró fijo
entre ellos hasta que Lumia bajó la vista.
-No he pedido tu aprobación
-dijo con voz ronca-, pero estoy en un día bueno
de modo permitiré que ocupes mi cerebro y que
me expliques, si puedes, las objeciones que tienes.
-Primero: ninguno de tus secuaces podrá
vencer la desconfianza de la tía como para acercarse
al lugar -clavó la mirada en la pantalla que
mostraba una serie de frases contra el muro del fondo,
pero a esa distancia no pudo descifrarlas; tampoco deseaba
ver los ojos de su jefe-. Segundo: ninguno de tus secuaces
podrá aprender a leer en tan breve tiempo de
modo que, aunque encuentre el papel y lo traiga, no
sabrás si es el que buscas hasta que tú
mismo lo leas. Tercero: ninguno de tus secuaces que
sabe leer merece tu propia confianza, ya que podría
quedarse con él para negociar por su cuenta.
-Había dicho todo de un solo tirón y estaba
sin aliento; de refilón, vio que Fisko había
comenzado a frotarse la nuca otra vez.
A los pocos minutos, el hombre se
puso de pie y exclamó:
-¡Incendiaré el lugar!
¡Incendiaré la ciudad! ¡Incendiaré
el planeta, si fuera necesario! ¡Pero que ese
papel desaparece... já, lo puedes apostar!
Realizó un grotesco bailoteo
alrededor de su sillón y volvió a sentarse.
Activó el comunicador y dijo unas frases. Al
rato, entrarpn un par de ayudantes; Fisko tomó
una agenda, le ordenó a Lumia que grabara las
instrucciones en ella, incluyendo lo del incendio. La
mujer estaba extrañada; nunca había necesitado
de su participación para organizar una de las
fiestas de fuego que tanto le deleitaban. Los droides
hicieron un levísimo gesto con la cabeza y salieron
del salón.
-Ahora, dime todo lo que sabes de nuestro
Combull, el que está en Ares.
Tía Marga estaba preocupada;
no tenía noticias de Albert desde hacía
más de una semana. Un mensaje, sin dudas de su
sobrino -estaba enredado, mal escrito, y había
equivocado la dirección-, llegó un día
antes de su salida hacia Alfa Buakol, y después
de perder más de media hora tratando de descifrarlo,
llegó a la conclusión de que el muchacho
iría a Ares a averiguar lo que pudiera, siempre
y cuando alguien -¿Capele?- le diera permiso.
Suspiró. Extrañaba su
casa, sus cosas, sus olores... hasta su cocina, aunque
hacía ya varios años que no la pisaba;
la droide que le regalara Albert hacía todo sin
chistar. Su estadía en Buakol parecía
extenderse pero no debía quejarse; después
de todo, allí podrían, tal vez, mejorar
el estado de salud de Jufro. Había empacado apenas
lo necesario; el viaje no era barato y se cobraba por
el peso transportado. “Ya bastante tuvimos
que pagar por la cama especial de este desgraciado muchacho,
pobrecito”, pensó Marga, y extendió
su mano para acariciar la de él. Jufro abrió
los ojos y le miró con tanto cariño que
la mujer sintió deseos de llorar. Pero no lo
haría; no mostraría debilidad; debía
ser fuerte... menos ahora que había alguna esperanza
de que se recuperara definitivamente.
-No te preocupes, mi muchacho, que
la tía Marga no se separará de ti -dijo,
con voz suave-, aunque quieran volver a encerrarme.
Recordaba la llegada a Alfa Buakol.
El anclaje, los dos gigantes que quisieron llevarse
la cama de Jufro... eran tan feos que pensó que
le harían daño y saltó sobre el
cuerpo del muchacho para protegerlo. Los del centro
de salud habían resuelto ponerla en una habitación
acolchada y no dejarla salir hasta que recuperara la
serenidad... bueno, tal vez había sido necesario.
Cuando la liberaron, lo primero que hizo fue reclamar
sus pertenencias, y estaba todo allí, en el gabinete
dentro de la habitación donde Jufro había
sido instalado... hasta el sobre con el documento del
abuelo Miquel.
Albert despertó con la sensación
de que había transcurrido un millón de
años. Se incorporó gimiendo y se vistió
despacio; le dolía todo; necesitaba un trago
cuanto antes, de otra manera no sabría dónde
estaba, ni qué día era... ¡Día!
¡Los tres días del Capitán Ele!
Salió al corredor y no tomó
el elevador; se sentó en uno de los escalones
y esperó hasta que la escalera llegó a
la planta baja. En el vestíbulo de la Posada
sólo estaba el conserje tras su mostrador, concentrado
en un monitor. Sigilosamente enfiló hacia la
entrada del bar; un trago era ya imprescindible, pero
no llegó.
-¡Señor Combull! -El
conserje-. Tiene un mensaje de su planeta. ¿Quiere
tomarlo, por favor?
Con la cabeza baja y arrastrando los
pies, Albert se aproximó.
-¿Puedo verlo un poco más
tarde?
-Vamos, que ya está aquí.
Pulse esa tecla e ingrese la clave de su tarjeta...
-¿Lo tengo que pagar? -“Si
responde que sí, diré que no tengo crédito,
y no tendré que recibir el mensaje del Capitán
donde me dice que estoy despedido. Y si responde que
no... ¿qué haré si me dice que
no?”.
-Por supuesto que no -dijo el conserje
con una sonrisa, quizás demasiado burlona; vio
que el rostro del pasajero se ponía un poco pálido,
interpretó equivocadamente la razón, y
se apresuró a pedir disculpas.
-No, no se disculpe -dijo Albert-,
es que no tengo nada en el estómago y así
no estoy preparado para recibir malas noticias.
El conserje prefirió no agregar
comentario alguno. Le entregó el micro-dictor
y se alejó un poco.
Albert se quedó mirando fijo
el aparato. Dentro de esa bolita de plástico
estaba su muerte. Extendió una mano... que temblaba
contra toda evidencia, cerró el puño para
controlar la agitación y se lo metió en
el bolsillo. Extendió la otra mano, igual...
El conserje se impacientó.
-¡Vamos, señor Combull!
Que no será para tanto, hombre... -dijo, desde
lejos.
Albert cambió. No había
nada que lo enfureciera más que un tipo como
ése, flaco y lleno de dientes y calvo y con anteojos
y petiso y perfumado y... que se burlara de él.
Puso la clave con tanto énfasis que casi descalabra
el aparato, luego se metió el micro en la oreja.
El mensaje que Albert escuchó decía, más
o menos:
“Maldito rufián,
¡estás despedido! Hace años que
trato de reunir la energía necesaria para quitarte
de mi compañía pero siempre pusiste cara
de llorar y no soporto ver a un hombre, por rufián
que sea, que se deshace como una mujer. Pero ahora estás
allá, ¡y no te veré cuando te pongas
a hacer pucheros! De modo que, Albert Combull, ya no
estás en mi nómina. Y si se te ocurre
utilizar el salvoconducto desde este momento, verás
lo que es una cárcel, por el lado de adentro”.
(En realidad, sólo había
una frase: “Visto y considerando que abandonaste
tu puesto, estás despedido. LLLKPILLLPTYRNLLLNOLLL.”)
El conserje tuvo mucho material de
chismorreo, porque a continuación Albert interpretó
de manera genial, magistral, el papel de niño
abandonado a lo largo de cinco minutos, y sin maquillaje.
Terminó desparramado sobre el
escalón de la entrada, mirando hacia adelante
con el rostro bañado en lágrimas, inventando
alguna manera de morir; así lo encontró
Nartus. El azulejo se sentó a su lado; se sentía
un poco avergonzado por el estado lastimoso del otro,
pero al fin y al cabo, le había tomado cariño.
Unos minutos después, Albert
se percató de una presencia a su lado; giró
la cabeza y trató de enfocarlo.
-Ah, es el azulejo -dijo, y sorbió-.
Déjame morir en paz...
-¡Vaya...! ...depresión
que cargas -dijo Nartus, sin demasiado énfasis
esta vez-. Si me cuentas lo que te ha sucedido, tal
vez... sólo tal vez, te pueda dar una mano.
Albert lo miró; las cuatro
extremidades del azulejo estaban entrelazadas de tal
manera que parecían formar una larga trenza.
-Mira si puedes contratarme, porque
me he quedado sin empleo.
-¡Tal vez...! ...exageras. ¿Se
ha comunicado contigo? ¿Te lo ha dicho?
-Con todas las letras de su asqueroso
nombre -Se pasó el revés de la mano por
las mejillas para secarlas; después se acomodó,
al parecer un poco más animado-. Vamos a tomar
un trago a la salud de ese mala entraña.
-¡Espera...! ...un poco más
antes de ponerte hecho una cuba -dijo el azulejo, dispuesto
a mantenerlo sobrio el mayor tiempo posible; había
estado pensando que había una manera de ayudar
a Jufro y tenía que hacérselo entender
a Albert-. Dime algo: ¿sabe tu bendito Capitán
lo que te ha pasado? ¿El atentado criminal? ¿Tus
días en la USA? ¿El asunto de la estafa
con las parcelas? -Las cuatro extremidades sujetaron
la cabeza de Albert, obligándolo a mirarlo de
frente-. ¿Lo sabe?
El hombretón estaba impacientándose.
“¿Qué se mete este alienígena
con mi tristeza? ¿Por qué viene a arruinarlo
todo? ¿Y cómo es que osa tocarme con esos
tubos azules...? ¡Vaya, es bastante fuerte! ¡No
lo parecía!”
-Suelta, ya.
Nartus sabía que había
captado su atención, de modo que volvió
a la carga.
-¡Responde ya...! ...a mis preguntas.
¿Hablaste con él o sólo recibiste
un mensaje?
-¡Deja ya...! ...de molestarme
-dijo, sacudiéndose una extremidad apoyada sobre
su antebrazo-. ¡Oye! ¡Ya estoy hablando
como tú!
-¡Quiero que pienses...! ...como
yo.
Albert sintió que la tristeza
estaba desapareciendo; respondió a las preguntas
del azulejo como a la fuerza, con monosílabos
casi.
-¡Pero entonces...! ...no sabe
nada, y apenas sepa lo que sucedió, será
otra su actitud.
-¿Lo crees?
Y tanto que lo creía que fue
el propio Nartus quien solicitó una comunicación
de persona a persona con el Capitán Ele mediante
el salvoconducto, que para sorpresa de Albert funcionaba
a la perfección.
El azulejo habló bastante tiempo
mientras Albert se mantenía a unos pasos, intentando
escuchar, pero tratando de aparentar que no le interesaba
el resultado de la conferencia. Al final, Nartus le
hizo una seña para que se aproximara.
-¡Tu jefe...! ...tiene instrucciones
para ti -dijo y entregó el auricular al otro.
Albert lo tomó como si estuviera
candente y se lo colocó en la oreja. (Después,
al recordar, estuvo de acuerdo consigo mismo en que
tal acción revelaba el altísimo grado
de confusión que imperaba en su mente, ya que
el aparato había estado en algún lugar
dentro del globo azul, y él no estaba muy seguro
de cuál había sido el agujero correspondiente)
(En realidad, esta observación fue realizada
por Fredo).
A medida que el mensaje del Capitán
le llegaba al cerebro, su rostro fue cambiando de color;
del sucio gris al límpido y exultante color carne
de un Albert sobrio. Cuando la comunicación terminó,
giró hacia Nartus y le dijo:
-Estoy en la nómina, vienen
refuerzos... ¡y tengo un día entero para
acabar con esos créditos nuevecitos que han llegado
a mi cuenta en forma de bono... emborrachándome
hasta perder el sentido! ¡Bendita sea mi suerte!
-Bajó la mirada hasta el azulejo, quien lo observaba
asombrado mientras agregaba un nuevo dato en su grilla
de los humanos-. ¿Tendría usted la gentileza
de acompañarme, señor Nartus? -dijo, con
voz engolada y un gesto de invitación hacia el
bar.
En realidad, lo que el Capitán
Ele le dijo fue exactamente lo contrario: “¡Aléjate
del bar, retonto! ¡Quisieron asesinarte con una
bebida! ¿No aprendes?” Pero lo que más
le importaba al viejo LLLKPILLLPTYRNLLLNOLLL era la
posibilidad de conseguir un cliente que estuviera interesado
en los beneficios de la explotación del uranio
de Caenir, a cambio de hacerse cargo de los gastos de
la investigación.
Habían transcurrido unas veinte
horas cuando el conserje se aproximó al dúo
instalado en el bar. Ya era hora de terminar con la
sesión. Recordaba que a altas horas de la noche,
su reemplazo -droide, formal y eficiente-, en medio
de un mar de excusas, le había despertado para
preguntar dónde podía encargar un ramo
de holo-flores, porque el más grande de los dos
había tomado al autocamar como rehén hasta
que apareciera tal cosa. Dos horas después, ya
de regreso tras su mostrador, había sido sorprendido
por una estampida de clientes; en realidad eran sólo
dos, pero presentaron quejas con gritos y gestos, y
no fue nada agradable, ya que ambos provenían
de Lequmcu, donde la densidad de la atmósfera
hacía que las cuerdas vocales -o lo que fuera-
de sus habitantes se desarrollaran cien veces más
resistentes que los seres de la misma especie y que
habitaban en otros lugares; cuando terminó de
hacer la lista de cristales trizados, la rompió.
No creía poder cobrárselos a nadie.
-Señor Combull -dijo, con voz
fría y serena-. Las personas que usted esperaba
acaban de registrarse; son dos. Los he alojado en las
habitaciones vecinas a la suya y he abierto las puertas
de comunicación, a pedido de ellos. ¿Desea
desayunar en su cuarto? Necesitamos hacer la limpieza
del bar... -dijo, mirando el desorden que el dúo
había ocasionado; las copas vacías, lejos
de haber sido recogidas por el servicio automático
de la mesa que ocupaban, habían sido estrelladas
contra cualquier elemento de la decoración-...
para que lo utilicen todos los demás pasajeros.
-A pesar de su formalidad, se distinguió una
nota de súplica en la frase final.
-Ya nos iremos, estimado nocser...
cosner... socner... ¿Cómo diablos se dice?
¡Hey, ¿qué te pasa?! -Nartus estaba
sumido en una especie de arrobamiento, pero Albert se
refería a que su piel: latía; o sea, un
minuto estaba azul, al siguiente violeta y al otro color
de caramelo. Acercó la cabeza para mirarlo a
los ojos-. ¡Hey, Nartus, despierta! Mira cómo
me vengo a enterar que no tienes párpados y que
dormido te pareces a un cartel de publicidad... ¡Jé!
¡Me encantan los carteles que cambian de colores!
Entre varios empleados, incluyendo
al eridario, acompañaron a los borrachines hasta
la habitación 567; decidieron llevarlos a los
dos -aunque lo que hicieron fue arrastrarlos-, ya que
Albert podía despertar y reclamar la presencia
del azulejo, y los acomodaron sobre los lechos, a dormir.
Desde la puerta intermedia, un par
de tipos con cara de personas serias miraban el procedimiento.
-¡Menuda tranca tiene nuestro
héroe! -dijo Panizo, el más joven de los
dos; era experto en sistemas de información,
y estaba allí para seguir las comunicaciones
de Lumia con el fin de localizar a su jefe, el invisible
Fisko, y hacerle algunas preguntas. El otro, que respondía
al nombre de Uroque, tenía bastante más
edad; había sido empleado de la Oficina de Territorios
de Rusoqmi, y conocía el sistema de registros
territoriales al dedillo. Su misión era rastrear
la venta, averiguar quiénes habían sido
los intermediarios, quiénes habían emitido
los certificados, y todo lo que fuera necesario averiguar
alrededor de la Venditut, aunque no había sospechas
sobre tal empresa.
En una de las habitaciones habían
instalado un equipo que daría envidia a la Unicentral
de cualquier sistema pequeño, mientras que resolvieron
que la otra sería exclusivamente dormitorio.
Ninguno de los dos conocía
demasiado del metabolismo de los azulejos; sólo
que era mejor dejarlos solos. Lo que sí sabían
era que una buena cantidad de cafeína en cualquiera
de sus formas pondría de pie a Albert. Y necesitaban
que les diera alguna información para completar
los datos crudos con que habían salido de Seaque.
Después de una hora de preparar
café y de esquivar los manotazos de Albert, comenzaron
a trabajar.
Lumia caminaba alrededor de la mesilla
de su sala de estar. La habitación era reducida
pero mucho más amable que el regio salón
de Fisko, sobre todo porque aquí no sentía
tanto temor.
Había comenzado a trabajar para
él después de una conversación
que empezó -ahora lo dudaba- de manera casual,
durante una fiesta organizada por las nuevas autoridades
administrativas de Ares, unos diez años atrás.
Ella estaba recién llegada desde su sistema natal,
y era una de las “colonas” de la segunda
generación; no porque hubieran pasado treinta
o cuarenta años arianos, sino porque esta corriente
inmigratoria se componía de pequeños expertos
administrativos, y debían cubrir los puestos
de trabajo recién creados en el Centro Administrativo,
un nombre casi pomposo para un grupo de tres edificios,
y una central de procesamiento que estaba conectada
al resto de los sistemas bajo dominio de la Magnacorp.
Fisko estaba sentado en un sillón
y de alguna manera se había hecho un espacio
vacío de personas a su alrededor; tal vez la
presencia de los dos colosos vestidos con ropas negras
provocara ese efecto. Hasta mucho tiempo después
no se dio cuenta de que el hombre tenía apenas
un poco más de un metro de altura.
Llevó la conversación
a temas de índole personal; o sea, él
no dio ninguna información, pero escuchó
con mucho interés que a ella no le quedaba familia
en Tekumir ni en ninguno de los demás sistemas
de la galaxia conocida. En realidad, sus padres habían
muerto en una frustrada avanzada colonizadora sobre
el sistema Buqemu; en ese entonces se prohibía
llevar niños por el riesgo que implicaban tales
viajes. Atribuyó ese interés a un afán
protector... hasta que se dio cuenta de que Fisko estaba
interesado sólo en sus cosas, y que no tenía
manera de salir de sus redes. Más de una vez
lo había pensado, pero a medida que los años
pasaban se fue resignando, y en ciertos momentos, hasta
disfrutó del placer de saber que el pequeño
y peligroso hombrecillo dependía de ella en más
de un aspecto.
Pero esta última intervención
la había dejado inquieta. Había dado a
dos ayudantes de su jefe las instrucciones necesarias
para cometer un acto criminal, y ello no sólo
significaba la apropiación de un documento; le
molestaba la parte “a toda costa y a cualquier
precio” que había insertado Fisko.
Estaba pensando seriamente en salir
de Ares, y del sistema, cuanto antes. Para eso, buscaría
entre las personas que había conocido; a su edad
no era fácil conseguir un empleo en el área
administrativa de un planeta... o quizás hubiera
otro, por algún lugar, que necesitara de personal
entrenado en el conocimiento del sistema de registros,
como fue su llegada a Ares, o tal vez...
Un zumbido ganó su atención.
No es que desde su sala, en el décimo piso del
edificio, no se escuchara nada del ruido exterior, pero
en general eran sonidos que aparecían, crecían
y desaparecían. Éste estaba creciendo
de manera incesante, y no decrecía. Giró
hacia la ventana. Justo delante de sus ojos había
una mancha que aumentaba de tamaño mientras el
ruido se hacía más fuerte. Era un abejorro.
“Vaya manera de conducir tiene ese turista”,
se dijo. Cuando vio que el otro no variaba su curso,
fue hasta la salida e intentó abrir la puerta;
no pudo, algo la estaba trabando; pulsó la tecla
de alarma, pero no escuchó ningún sonido.
“Avisaré a la Atmos”, pensó;
sin perder la sangre fría, pero algo inquieta,
corrió hasta su bolso, tomó el radio-móvil
y comenzó a pulsar las teclas... entonces estiró
el brazo para mirar el aparato desde cierta distancia;
asintió, ya sabía de qué se trataba:
su hora había llegado. Respiró hondo y
trató de hacer caso omiso del abejorro que llenaba
su sala de un ruido tan espantoso que los adornos comenzaron
a estremecerse; algo podía hacer, aunque fuera
lo último: marcó la clave de Fisko y la
cargó en la memoria del aparato; después,
buscó su agenda y la mega-memo que grabara el
día anterior; se metió en la cocina y
envolvió todo con el filete de gubio que iba
a ser su almuerzo, lo embolsó y lo puso al fondo
de la nevera. Cuando cerró la puerta de la cocina,
sonrió. Se colocó en el centro de la sala,
abrió los brazos, y exclamó, de cara al
abejorro que ya estaba a menos de un metro de los cristales:
-¡Maldigo tu estampa, Fisko!
¡Te he dejado un regalo en la nevera! ¡Ja...!
La explosión sacudió
el edificio; todos los apartamentos vecinos, por arriba
y por abajo, fueron desocupados con premura bajo el
estridente sonido de la alarma. Un batallón de
guardias arianos corrió arriba por las escaleras
exteriores; no había duda de que la cosa era
en el décimo piso; el agujero que había
quedado sobre la fachada abarcaba un par de ventanales
a cada lado del centro y por lo menos las de los pisos
de arriba y abajo. Según los expertos, era demasiado
agujero para un solo abejorro, pero dedujeron que se
debía a la explosión que acompañó
al choque. Claro que tampoco se explicaban el origen
de eso, ya que los abejorros funcionaban con acumuladores
de energía de origen solar y el sistema no podía
provocar una explosión.
Fisko apagó el monitor con un
porrazo; luego, con lentitud, cerró el cajón
que contenía el teclado de su control remoto.
Terminar con Lumia había sido necesario, aunque
de alguna manera sentía haberlo hecho. “¿Quién
me ayudará a hacerle entender a los animales
las instrucciones complicadas? Tendré que buscar
a otro... o a otra. ¿Debo anotarlo en mi lista
de tareas pendientes? En fin, ya veremos”.
Se preparó una copa y se sentó
en un sillón; extendió la mano hacia el
radio-móvil. Tenía que saber qué...
“¡Qué estupidez! Este aparato
me vincula sin sombra de dudas con la mujer; pueden
llegar a rastrearlo, si encuentran el de ella... aunque,
claro, si se salvó de la explosión, aunque...
mejor será que cubra las huellas apropiadamente”.
Entregó el aparato a uno de
los ayudantes y le dio la orden de tomar una de las
naves y llegar hasta la atmósfera del planeta.
El otro asintió y salió del salón;
de inmediato fue reemplazado por otro, indistinguible.
Fisko abrió de nuevo el cajón
y descubrió el teclado; después de pulsar
algunas teclas, lo cerró sonriendo. “¡Adiós,
animal!”. Había programado para que
la nave -o mejor, los explosivos que cargaba- estallara
media hora después de dejar el ducto de salida.
CAPÍTULO 10: ATANDO
CABOS
El trabajo minucioso de Uroque había
dado sus frutos. No cabía ninguna duda que un
cliente como la mismísima Magnacorp abría
todas las puertas. Había comenzado por la Oficina
de Registros de Ares; no encontró nada, lógico,
pero el débil rastro de la empresa que realizara
la división en parcelas, agregado a la metódica
clasificación de peticiones que había
llevado a cabo un empleado administrativo del canal
en la época de las ventas, más cierta
pereza de sucesivos gerentes comerciales que prefirieron
cobrar en lugar de limpiar, permitieron que Uroque se
hiciera de los datos necesarios y suficientes para ponerlos
uno al lado del otro y confeccionar un caso “redondito”,
al menos en lo referente al modo en que se llevó
a cabo la estafa. Lo que resultó un poco más
laborioso fue encontrar a los actores principales; hasta
que recibió un aporte impensado, involuntario,
e irracional de Albert.
El trabajo de Panizo era menos minucioso,
pero había necesitado de un montón de
maquinaria y de colaboración de la Unicentral
de Ares. El sector de la habitación donde realizaba
sus tareas era una especie de semicírculo de
metal y plástico del que salían toda clase
de antenas y cables. Hasta el momento no había
tenido demasiada suerte, pero a media mañana
recibió un mensaje de la Atmos donde se le pedía
pasar por la oficina. Después de un par de llamadas
y de un centenar de claves regresó a su cueva
portando dos elementos que resultaron de vital importancia
para su misión: la agenda de Lumia y su radio-móvil.
Lo que no estaba en sus planes -que
se vieron, por esa razón, demorados de manera
irremediable- fue tener que soportar el berrinche de
Albert, quien se sentía personalmente agraviado
por el hecho de que Lumia se había muerto antes
de que él pudiera hacerla picadillo; no hubo
forma de hacerle entender que había sido un accidente
de carácter dudoso.
El trabajo rutinario producía
cierta somnolencia. La nave de patrulla seguía
su curso habitual alrededor del planeta; llevaba una
velocidad media cuando sobrevolaba zonas sin habitar
-el 80% de la superficie- pero la reducía a la
mitad cuando pasaba por encima de alguno de los domos.
Sobre Ares, porque su domo tenía demasiados ductos
de acceso, los tres agentes observaban al mismo tiempo
por las ventanillas. Así vieron que una nave,
en lugar de salir y cambiar el rumbo para hacer los
giros de rigor, volaba en línea recta. Era peligroso
navegar de esa manera, pero era más importante
que no seguía las reglas. Trataron de establecer
comunicación, pero nadie respondió; le
dieron a la nave de patrulla su máxima potencia
para aproximarse; podían ver a una persona sentada
delante de los controles. Recurrieron a un comuray,
pero aun así, el otro no dio señales de
querer establecer comunicación. Las acciones
siguientes en el manual eran: atrapar, abordar, detener
y remolcar, y así lo hicieron.
Cuando dos de los agentes abordaron
la cabina de control, encontraron a un enorme droide,
sentado y estático, sujetando una radio-móvil
entre las manos, que intentaron quitarle, sin éxito;
lo transportaron a la nave patrulla, más por
averiguar de dónde procedía que porque
fuera en realidad culpable de algo; al final de cuentas,
era un droide. Además, el sistema automático
de la nave comenzó a anunciar que la destrucción
ocurriría en 5 minutos, en 4...
Pero hasta un día después,
no supieron que la radio-móvil que el droide
sujetaba con fuerza era la de Fisko.
Albert irrumpió donde trabajaban
Uroque y Panizo; de pronto, estornudó.
No es que Uroque fuera un hombre anticuado
y anotara los datos de sus investigaciones sobre papel,
pero había cierta cantidad de documentos originales
-como las copias de los contratos con el canal, los
planos del fraccionamiento, y otros valiosos elementos
de prueba- sobre la mesa que ocupaba el centro de la
habitación. Tampoco Panizo era hombre de papeles,
pero había conseguido armar una especie de dibujo
-también sobre esa mesa- con las localizaciones
de los propietarios de las radio-móviles de ciertas
frecuencias ya identificadas.
Y Albert había estornudado
delante de esa mesa, y con tremenda potencia, y moviendo
la cabeza de arriba a abajo.
Los tres -estaba allí uno de
la Magnacorp que quería ver lo que habían
logrado- se habían quedado mirando la cascada
de papeles voladores que después de haber alcanzado
el cielorraso con cierta velocidad, aleteaban su camino
hacia el piso.
Albert saltó por encima de la
mesa y se apresuró a recogerlos entre frases
de disculpa, inyectando en los hombres una alta dosis
de espanto, furia, desesperación y resignación,
en ese orden.
Mientras el hombretón terminaba
de levantar los papeles, los otros comenzaron a responder
a las preguntas que el delegado traía en su agenda.
De pronto, un “¡Vaya!” se escuchó
desde el fondo. Trataron de no hacer caso y miraron
con fijeza al funcionario; de alguna manera querían
retener su atención, pero había interrumpido
la grabación de la respuesta que en ese momento
daba Panizo, y estaba mirando más allá
de ellos.
Giraron al unísono. Con espanto
vieron que las dos manazas de Albert sujetaban los papeles,
medio abollados, medio colgando. Y que el hombrote sonreía.
Nadie les había prevenido acerca de las sonrisas
de Albert; eran encantadoras.
-¡Este Fisko es un fiasco! -dijo,
moviendo los brazos como si quisiera volar-. ¡Un
fiasco de familia!
Panizo se puso de pie y se acercó
a Albert. Con cautela le fue quitando los papeles de
las manos y los colocó sobre la mesa, mientras
miraba al hombrote a los ojos. Éste, un poco
amoscado por el profundo silencio que se había
hecho después de su frase, perdió la sonrisa
y comenzó a embroncarse.
-¡Qué! -dijo, levantando
los brazos para que el otro no alcanzara los papeles
que todavía retenía-. No me digas que
no te habías dado cuenta... ¡Jé!
-Recuperó la sonrisa, pero había mucha
burla en el resto del rostro.
-No sé a qué te refieres
-dijo Panizo; Uroque trataba de recuperar la atención
del delegado que observaba medio espantado y medio divertido
lo que hacía Albert-. Deja eso sobre la mesa,
por favor... -Vio que el hombretón quería
seguir con la broma-... o donde quieras. Yo te miraré
mientras lo haces.
-¡Y te quedarás mirando
mientras este Albert Combull te dice dónde tienes
que mirar a continuación!
Abrió una mano y dejó
caer los papeles; luego estiró el otro brazo,
sacudiendo el manojo que todavía retenía
con crujido de hojas secas; con gesto teatral, la mano
vacía tomó uno de ellos y lo meneó
en el aire, como haciendo un arco por encima de su cabeza.
-¡Nada por aquí! ¡Nada
por allá! -dijo imparable-. ¡Y aquí
está! ¡Fosik sale! ¡Fisko entra!
¡Una maravilla del mundo conocido...!
Ahora no era broma. Panizo olvidó
los musculosos brazos de Albert, olvidó la lista
de prevenciones que le obligara a memorizar el Capitán
Ele, olvidó las anécdotas de la “historia
no-oficial” que varios empleados de la CIO le
habían relatado; dio la vuelta a la mesa y sujetó
la mano del hombretón; éste, anonadado
ante tamaña osadía, lo dejó hacer.
Allí estaba. Una familia Fosik
era la socia principal de la Venditut. Por alguna razón
Albert estaba relacionando “Fosik” con “Fisko”.
Confirmarlo sería un asunto a resolver con una
sola llamada. Y una vez confirmado, el delegado regresó
a su central con un caso resuelto, los datos y pruebas
necesarias, y una historia que nadie le creyó.
-¡Les juro! -decía-.
¡Fue un estornudo!
CAPÍTULO 11: EL REPOSO
El aire dentro del “Respiro del
Peregrino” era espeso, pesado, denso, delicioso...
Después de tantas horas, una nube amarillenta
había comenzado a escurrirse bajo la puerta y
le agregaba cierta luminosidad al ambiente. Albert Combull
suspiró; hizo con la mano gesto circular hacia
Gauno Londas que se acercó con el siseo del silicox
de sus zapatillas y llenó las copas después
de pasar la tarjeta.
Kurt extendió las piernas a
un costado de la mesa y parecía a punto de ponerse
de pie; Fredo le miró, interrogante, pero el
otro sólo sacudió la cabeza, apenas. Albert
alzó su mano; Gauno se apresuró a ponerle
en ella un oscuro cigarro y de inmediato lo encendió;
el hombretón aspiró el humo con placer
y vació su copa de una vez. Otra vuelta de tragos,
tarjeta, y siseo de zapatillas alejándose.
-Ya empieza a amanecer, Albert. ¿Por
qué no terminas la historia para que nos vayamos
a buscar algo que hacer? -dijo Kurt.
-Y tengo que mirar qué ha sucedido
con los rufianes de la trastienda -agregó Fredo-.
Llevan mucho tiempo sin moverse.
-Bueno, veamos... Los tíos
estaban tan complacidos por haber encontrado la conexión
entre la Venditut y Fisko, con su radio y todas las
pruebas a buen recaudo, que prácticamente se
olvidaron de nosotros... de mí y del azulejo,
¿entienden? -dijo mientras miraba de uno a otro;
Kurt y Fredo asintieron-. Entonces decidimos acabar
los asuntos pendientes.
-¿Qué asuntos, Albert?
Si ya tenías todo resuelto...
-¿Y Merla? ¿Y Jufro?
¿Acaso eso está terminado? -La cara roja
se proyectó por encima de la mesa con tanto calor
que los otros se alejaron un poco-. Bueno, no tuve ninguna
posibilidad con Merla porque la habían trasladado
y el nuevo encargado, un droide masculino de mala entraña,
no quiso darme información sobre sus bellas piernas
-Sorbió, y aspiró el cigarro hasta que
la brasa del extremo se puso incandescente-. Entonces
Nartus me dijo de su plan de viajar a Buakol para ayudar
a Jufro.
-¡Qué! ¿El azulejo
encontró la manera de evitar las radiaciones
amarillas? ¡Es un importante logro de la ciencia!
-dijo Fredo, pero Albert se quedó mirándolo
unos minutos; había un innegable tono de burla
en sus palabras. ¿Valía la pena romperle
la nariz? Dejó la decisión para más
tarde.
-No.
-¿Entonces? -preguntó
Kurt, conciliador, con la mirada fija en Fredo para
que no abriera la boca.
-Entonces nada.
Un largo silencio ocurrió entre
los compañeros; luego un gesto, siseo, tarjeta,
copas y siseo en reversa. Pero ninguno extendió
la mano por su trago. Algo se había roto, y no
eran hombres de sutilezas.
Por fin, Kurt se puso de pie y se
alejó hacia la trastienda.
-Si quieres romperme la cara, tendremos
que ponernos de pie, salir a un lugar más privado
y no decirle nada a Kurt -dijo Fredo.
-Si crees que ganaré algo por
tu cara rota... -dijo Albert y tomó su copa.
Fredo lo imitó; la diferencia estaba zanjada-.
Vete a mirar a los tíos ésos, ¿quieres?,
no sea que se te mueran de inactividad.
Albert esperó hasta que volvieron
a la mesa y continuó.
-Lo que no les conté es que
el Gobierno Autonimato de Seaque le entregó una
casa nueva a la tía Marga. Y le devolvió
todas sus comodidades y también una buena cantidad
de créditos, pero creo que los créditos
vienen de Magnacorp... Bueno, la cuestión del
azulejo es muy sencilla. Él no bajó al
planeta, ni siquiera se acercó; montaron una
especie de sala de hospital en un satélite estacionario
que orbita el sol de Buakol... ¿cómo es
que se llama...? Bueno, allí hicieron lo que
tenían que hacer y ahora mi hermano está
recuperándose a toda velocidad.
-¿Y el azulejo? -preguntó
Fredo; la mirada de Albert lo traspasó, pero
él cuidó de no mover ni un pelo de una
ceja de manera inapropiada.
-Se recuperó, por suerte. Es
que ya está un poco viejo. Si me creen... porque
yo sí le creí, tiene más de trescientos
años... Y se fue a Unir, que es su lugar y donde
lo espera una multitudinaria familia... aunque a decir
verdad, no sé qué tiene de grandioso...
pero él estaba muy emocionado.
-Dime, Albert, ¿te ha quedado
algo de crédito adicional por la aventura? Porque
los de Magnacorp deberían mostrarse muy agradecidos,
digo, por lo del uranio -dijo Fredo-. Ahora tienen el
camino llano para explotar todo lo que se les antoje
en el sector.
-¡Jé! ¿Crees que
los tíos son muy sueltos de mano? -dijo Kurt.
-No lo son, pero mi hermano Fredo
es el propietario de una parcela y tendrá que
recibir su...
Los hombretones se quedaron mirando
a Albert, esperando a que terminara la frase; pero él
tenía los ojos fijos por encima de sus cabezas,
con la cara roja y los labios temblorosos. Giraron lentamente
para ver qué había puesto así a
su amigo, y contra el resplandor que pasaba a través
de la puerta abierta pudieron distinguir la silueta
de una mujer de muy bellas piernas.
FIN
publicado en marzo de 2008
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