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Coordenadas (cap 09-10 y 11) Más sobre Graciela Lorenzo Tillard o Fabio Ferreras

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CAPÍTULO 9: HACER LIMPIEZA

Fisko caminaba de un extremo al otro de su regio salón. Debía tomar una decisión y para eso estaba obligado a evaluar alternativas, y él era una persona hábil para definir las acciones -que harían otras personas- pero tenía enormes dudas a la hora de analizar situaciones. Caminaba y hablaba consigo mismo; un par de veces, sus ayudantes habían respondido a alguna de las preguntas que se formulaba, y la reacción fue de tal magnitud que ahora ninguno osaba abrir la boca; apenas si atinaban a mirarle de reojo.

-... aunque no sé por qué debería mudarme. Por un lado, me siento bien aquí. Por otro, bueno... no sé, ya se me ocurrirá otra razón por la que no quiero mudarme. -Dio una palmada sobre el muro al que acababa de llegar-. ¡Eso! Me gustan los colores de este lugar.

Dio la vuelta y enfiló hacia el otro extremo.

-... claro que debería mudarme para poner algo de distancia, saludable distancia, entre los problemas y yo.

Asintió con energía y, sin haber llegado, dio la vuelta y continuó caminando.

-Problemas... ¿por qué hablo de problemas? Si yo tengo problemas, busco la solución, y hago que alguno de estos animales acabe con ellos.

Se detuvo; se rascó la nuca, pensativo, y giró despacio hacia los dos osos vestidos que guarnecían la entrada.

-¡Tú! -dijo, señalando a uno; la mole lo miró, volvió los ojos hacia el que estaba a su lado, volvió a mirar a Fisko, se señaló el pecho con el pulgar, y se quedó congelado-. ¡Maldita sea tu madre! ¡Que te aproximes, digo! -agregó. “Estos droides deben tener nombres, pero nunca los supe... ¿para qué? Con decir «tú», viene cualquiera. Y para lo que deben hacer, cuanto menos sepa de ellos, mejor”-. Vete hasta la oficina del centro y traes a la mujer, sin demora. ¿Entiendes? -El acólito asintió, pero no se movió-. ¿Qué esperas? ¡Vete, ya!

El oso giró sobre sus talones, abrió la puerta y la cerró después de salir. Fisko estaba pensando que no le gustaba tanto depender de la mujer para estos detalles tan elementales, pero él no lograba que las bestias que utilizaba para los trabajos pesados entendieran las instrucciones complejas. En cambio Lumia les hablaba de alguna manera diferente y hacían lo que ella les pedía.

-Veamos, ¿en qué estaba? -Se rascó la nuca, mirando la pantalla sobre el muro; luego, se dirigió hasta un mueble y se sirvió allí una copa-. ¡Ah! El papel de la venta... Debe estar en manos de algún familiar del tipo... creo. Veré lo que dice Lumia.

 

La mujer no frecuentaba el hogar de Fisko porque nadie debía notar la relación entre ambos; en realidad, recordaba haber estado allí, años atrás, cuando inauguró los jardines hidropónicos, y aun entonces, entró en la casa más por accidente que por invitación.

No supo a dónde la llevaba el droide hasta que vio la enrejada entrada y los jardines; el otro sólo había dicho: “dice que vengas”; ella completó en su mente la frase: “Hola, soy uno de los empleados de Fisko, tu jefe, y me envía a decirte que necesita verte en la casa, a la brevedad”. Ahora caminaba por un amplio e iluminado corredor, a cierta velocidad, seguida -¿perseguida?- por otro de los ayudantes.

Se abrió la puerta que había al final y otro droide enorme taponó la visión. Eran casi idénticos. “¿Cómo hace Fisko para distinguirlos? ¿Los distingue, realmente?”. De inmediato se hizo a un lado y Lumia entró en el salón. Sentado en uno de los sillones estaba su jefe. La saludó con una ligera inclinación de cabeza y le hizo un gesto hacia el asiento más cercano. “Está más viejo que hace dos días”, pensó Lumia; se sentó y esperó.

-Te preguntarás para qué te hice venir... -dijo el hombre.

-De todas maneras, me lo dirás, de modo que no me hago preguntas inútiles.

-Yo sí tengo que hacerte algunas preguntas. Espero sepas responderlas.

-Dime -dijo Lumia, y comenzó a temblar por dentro.

Fisko le pidió que le dijera todo lo que sabía de los propietarios de la parcela 21. Al principio, Lumia pensó que estaba tomándole un examen, pero de repente tomó conciencia de que él, en realidad, no tenía la menor idea. Se sintió tentada a tomar venganza, de pasarle los datos equivocados, de... pero lo pensó mejor y le entregó toda la información como ella la conocía.

Fisko se frotó la nuca un buen rato; después, se puso de pie, se sirvió un trago y le ofreció uno a Lumia, que aceptó.

-Entonces, si podemos hacernos de ese papel... ¿quedaría todo terminado? Quiero decir, por lo que sabes, ¿hay alguna otra fracción que no hayamos... solucionado?

-Es la última.

-Habrá que hacer algo, de inmediato. Aprovecharé que ese Combull está entretenido aquí, en Ares, y enviaré a alguien a recoger el maldito documento. ¿Dices que es un papel? Tendrás que explicarle a un par de mis empleados lo que tendrán que hacer... y si tienes un trozo de papel para que vean lo que van a buscar, mejor todavía.

Lumia se había quedado muy quieta. No sabía si decirle lo que pensaba... o dejar que metiera la pata, él solito. Al final, dijo:

-No estoy de acuerdo con la solución que propones...

Fisko parecía haber recibido un rayo neurálgico. Cerró los párpados en apenas una línea dura y la miró fijo entre ellos hasta que Lumia bajó la vista.

-No he pedido tu aprobación -dijo con voz ronca-, pero estoy en un día bueno de modo permitiré que ocupes mi cerebro y que me expliques, si puedes, las objeciones que tienes.

-Primero: ninguno de tus secuaces podrá vencer la desconfianza de la tía como para acercarse al lugar -clavó la mirada en la pantalla que mostraba una serie de frases contra el muro del fondo, pero a esa distancia no pudo descifrarlas; tampoco deseaba ver los ojos de su jefe-. Segundo: ninguno de tus secuaces podrá aprender a leer en tan breve tiempo de modo que, aunque encuentre el papel y lo traiga, no sabrás si es el que buscas hasta que tú mismo lo leas. Tercero: ninguno de tus secuaces que sabe leer merece tu propia confianza, ya que podría quedarse con él para negociar por su cuenta. -Había dicho todo de un solo tirón y estaba sin aliento; de refilón, vio que Fisko había comenzado a frotarse la nuca otra vez.

A los pocos minutos, el hombre se puso de pie y exclamó:

-¡Incendiaré el lugar! ¡Incendiaré la ciudad! ¡Incendiaré el planeta, si fuera necesario! ¡Pero que ese papel desaparece... já, lo puedes apostar!

Realizó un grotesco bailoteo alrededor de su sillón y volvió a sentarse. Activó el comunicador y dijo unas frases. Al rato, entrarpn un par de ayudantes; Fisko tomó una agenda, le ordenó a Lumia que grabara las instrucciones en ella, incluyendo lo del incendio. La mujer estaba extrañada; nunca había necesitado de su participación para organizar una de las fiestas de fuego que tanto le deleitaban. Los droides hicieron un levísimo gesto con la cabeza y salieron del salón.

-Ahora, dime todo lo que sabes de nuestro Combull, el que está en Ares.

Tía Marga estaba preocupada; no tenía noticias de Albert desde hacía más de una semana. Un mensaje, sin dudas de su sobrino -estaba enredado, mal escrito, y había equivocado la dirección-, llegó un día antes de su salida hacia Alfa Buakol, y después de perder más de media hora tratando de descifrarlo, llegó a la conclusión de que el muchacho iría a Ares a averiguar lo que pudiera, siempre y cuando alguien -¿Capele?- le diera permiso.

Suspiró. Extrañaba su casa, sus cosas, sus olores... hasta su cocina, aunque hacía ya varios años que no la pisaba; la droide que le regalara Albert hacía todo sin chistar. Su estadía en Buakol parecía extenderse pero no debía quejarse; después de todo, allí podrían, tal vez, mejorar el estado de salud de Jufro. Había empacado apenas lo necesario; el viaje no era barato y se cobraba por el peso transportado. “Ya bastante tuvimos que pagar por la cama especial de este desgraciado muchacho, pobrecito”, pensó Marga, y extendió su mano para acariciar la de él. Jufro abrió los ojos y le miró con tanto cariño que la mujer sintió deseos de llorar. Pero no lo haría; no mostraría debilidad; debía ser fuerte... menos ahora que había alguna esperanza de que se recuperara definitivamente.

-No te preocupes, mi muchacho, que la tía Marga no se separará de ti -dijo, con voz suave-, aunque quieran volver a encerrarme.

Recordaba la llegada a Alfa Buakol. El anclaje, los dos gigantes que quisieron llevarse la cama de Jufro... eran tan feos que pensó que le harían daño y saltó sobre el cuerpo del muchacho para protegerlo. Los del centro de salud habían resuelto ponerla en una habitación acolchada y no dejarla salir hasta que recuperara la serenidad... bueno, tal vez había sido necesario. Cuando la liberaron, lo primero que hizo fue reclamar sus pertenencias, y estaba todo allí, en el gabinete dentro de la habitación donde Jufro había sido instalado... hasta el sobre con el documento del abuelo Miquel.

 

Albert despertó con la sensación de que había transcurrido un millón de años. Se incorporó gimiendo y se vistió despacio; le dolía todo; necesitaba un trago cuanto antes, de otra manera no sabría dónde estaba, ni qué día era... ¡Día! ¡Los tres días del Capitán Ele!

Salió al corredor y no tomó el elevador; se sentó en uno de los escalones y esperó hasta que la escalera llegó a la planta baja. En el vestíbulo de la Posada sólo estaba el conserje tras su mostrador, concentrado en un monitor. Sigilosamente enfiló hacia la entrada del bar; un trago era ya imprescindible, pero no llegó.

-¡Señor Combull! -El conserje-. Tiene un mensaje de su planeta. ¿Quiere tomarlo, por favor?

Con la cabeza baja y arrastrando los pies, Albert se aproximó.

-¿Puedo verlo un poco más tarde?

-Vamos, que ya está aquí. Pulse esa tecla e ingrese la clave de su tarjeta...

-¿Lo tengo que pagar? -“Si responde que sí, diré que no tengo crédito, y no tendré que recibir el mensaje del Capitán donde me dice que estoy despedido. Y si responde que no... ¿qué haré si me dice que no?”.

-Por supuesto que no -dijo el conserje con una sonrisa, quizás demasiado burlona; vio que el rostro del pasajero se ponía un poco pálido, interpretó equivocadamente la razón, y se apresuró a pedir disculpas.

-No, no se disculpe -dijo Albert-, es que no tengo nada en el estómago y así no estoy preparado para recibir malas noticias.

El conserje prefirió no agregar comentario alguno. Le entregó el micro-dictor y se alejó un poco.

Albert se quedó mirando fijo el aparato. Dentro de esa bolita de plástico estaba su muerte. Extendió una mano... que temblaba contra toda evidencia, cerró el puño para controlar la agitación y se lo metió en el bolsillo. Extendió la otra mano, igual... El conserje se impacientó.

-¡Vamos, señor Combull! Que no será para tanto, hombre... -dijo, desde lejos.

Albert cambió. No había nada que lo enfureciera más que un tipo como ése, flaco y lleno de dientes y calvo y con anteojos y petiso y perfumado y... que se burlara de él. Puso la clave con tanto énfasis que casi descalabra el aparato, luego se metió el micro en la oreja. El mensaje que Albert escuchó decía, más o menos:

Maldito rufián, ¡estás despedido! Hace años que trato de reunir la energía necesaria para quitarte de mi compañía pero siempre pusiste cara de llorar y no soporto ver a un hombre, por rufián que sea, que se deshace como una mujer. Pero ahora estás allá, ¡y no te veré cuando te pongas a hacer pucheros! De modo que, Albert Combull, ya no estás en mi nómina. Y si se te ocurre utilizar el salvoconducto desde este momento, verás lo que es una cárcel, por el lado de adentro”.

(En realidad, sólo había una frase: “Visto y considerando que abandonaste tu puesto, estás despedido. LLLKPILLLPTYRNLLLNOLLL.”)

El conserje tuvo mucho material de chismorreo, porque a continuación Albert interpretó de manera genial, magistral, el papel de niño abandonado a lo largo de cinco minutos, y sin maquillaje.

Terminó desparramado sobre el escalón de la entrada, mirando hacia adelante con el rostro bañado en lágrimas, inventando alguna manera de morir; así lo encontró Nartus. El azulejo se sentó a su lado; se sentía un poco avergonzado por el estado lastimoso del otro, pero al fin y al cabo, le había tomado cariño.

Unos minutos después, Albert se percató de una presencia a su lado; giró la cabeza y trató de enfocarlo.

-Ah, es el azulejo -dijo, y sorbió-. Déjame morir en paz...

-¡Vaya...! ...depresión que cargas -dijo Nartus, sin demasiado énfasis esta vez-. Si me cuentas lo que te ha sucedido, tal vez... sólo tal vez, te pueda dar una mano.

Albert lo miró; las cuatro extremidades del azulejo estaban entrelazadas de tal manera que parecían formar una larga trenza.

-Mira si puedes contratarme, porque me he quedado sin empleo.

-¡Tal vez...! ...exageras. ¿Se ha comunicado contigo? ¿Te lo ha dicho?

-Con todas las letras de su asqueroso nombre -Se pasó el revés de la mano por las mejillas para secarlas; después se acomodó, al parecer un poco más animado-. Vamos a tomar un trago a la salud de ese mala entraña.

-¡Espera...! ...un poco más antes de ponerte hecho una cuba -dijo el azulejo, dispuesto a mantenerlo sobrio el mayor tiempo posible; había estado pensando que había una manera de ayudar a Jufro y tenía que hacérselo entender a Albert-. Dime algo: ¿sabe tu bendito Capitán lo que te ha pasado? ¿El atentado criminal? ¿Tus días en la USA? ¿El asunto de la estafa con las parcelas? -Las cuatro extremidades sujetaron la cabeza de Albert, obligándolo a mirarlo de frente-. ¿Lo sabe?

El hombretón estaba impacientándose. “¿Qué se mete este alienígena con mi tristeza? ¿Por qué viene a arruinarlo todo? ¿Y cómo es que osa tocarme con esos tubos azules...? ¡Vaya, es bastante fuerte! ¡No lo parecía!

-Suelta, ya.

Nartus sabía que había captado su atención, de modo que volvió a la carga.

-¡Responde ya...! ...a mis preguntas. ¿Hablaste con él o sólo recibiste un mensaje?

-¡Deja ya...! ...de molestarme -dijo, sacudiéndose una extremidad apoyada sobre su antebrazo-. ¡Oye! ¡Ya estoy hablando como tú!

-¡Quiero que pienses...! ...como yo.

Albert sintió que la tristeza estaba desapareciendo; respondió a las preguntas del azulejo como a la fuerza, con monosílabos casi.

-¡Pero entonces...! ...no sabe nada, y apenas sepa lo que sucedió, será otra su actitud.

-¿Lo crees?

Y tanto que lo creía que fue el propio Nartus quien solicitó una comunicación de persona a persona con el Capitán Ele mediante el salvoconducto, que para sorpresa de Albert funcionaba a la perfección.

El azulejo habló bastante tiempo mientras Albert se mantenía a unos pasos, intentando escuchar, pero tratando de aparentar que no le interesaba el resultado de la conferencia. Al final, Nartus le hizo una seña para que se aproximara.

-¡Tu jefe...! ...tiene instrucciones para ti -dijo y entregó el auricular al otro.

Albert lo tomó como si estuviera candente y se lo colocó en la oreja. (Después, al recordar, estuvo de acuerdo consigo mismo en que tal acción revelaba el altísimo grado de confusión que imperaba en su mente, ya que el aparato había estado en algún lugar dentro del globo azul, y él no estaba muy seguro de cuál había sido el agujero correspondiente) (En realidad, esta observación fue realizada por Fredo).

A medida que el mensaje del Capitán le llegaba al cerebro, su rostro fue cambiando de color; del sucio gris al límpido y exultante color carne de un Albert sobrio. Cuando la comunicación terminó, giró hacia Nartus y le dijo:

-Estoy en la nómina, vienen refuerzos... ¡y tengo un día entero para acabar con esos créditos nuevecitos que han llegado a mi cuenta en forma de bono... emborrachándome hasta perder el sentido! ¡Bendita sea mi suerte! -Bajó la mirada hasta el azulejo, quien lo observaba asombrado mientras agregaba un nuevo dato en su grilla de los humanos-. ¿Tendría usted la gentileza de acompañarme, señor Nartus? -dijo, con voz engolada y un gesto de invitación hacia el bar.

En realidad, lo que el Capitán Ele le dijo fue exactamente lo contrario: “¡Aléjate del bar, retonto! ¡Quisieron asesinarte con una bebida! ¿No aprendes?” Pero lo que más le importaba al viejo LLLKPILLLPTYRNLLLNOLLL era la posibilidad de conseguir un cliente que estuviera interesado en los beneficios de la explotación del uranio de Caenir, a cambio de hacerse cargo de los gastos de la investigación.

 

Habían transcurrido unas veinte horas cuando el conserje se aproximó al dúo instalado en el bar. Ya era hora de terminar con la sesión. Recordaba que a altas horas de la noche, su reemplazo -droide, formal y eficiente-, en medio de un mar de excusas, le había despertado para preguntar dónde podía encargar un ramo de holo-flores, porque el más grande de los dos había tomado al autocamar como rehén hasta que apareciera tal cosa. Dos horas después, ya de regreso tras su mostrador, había sido sorprendido por una estampida de clientes; en realidad eran sólo dos, pero presentaron quejas con gritos y gestos, y no fue nada agradable, ya que ambos provenían de Lequmcu, donde la densidad de la atmósfera hacía que las cuerdas vocales -o lo que fuera- de sus habitantes se desarrollaran cien veces más resistentes que los seres de la misma especie y que habitaban en otros lugares; cuando terminó de hacer la lista de cristales trizados, la rompió. No creía poder cobrárselos a nadie.

-Señor Combull -dijo, con voz fría y serena-. Las personas que usted esperaba acaban de registrarse; son dos. Los he alojado en las habitaciones vecinas a la suya y he abierto las puertas de comunicación, a pedido de ellos. ¿Desea desayunar en su cuarto? Necesitamos hacer la limpieza del bar... -dijo, mirando el desorden que el dúo había ocasionado; las copas vacías, lejos de haber sido recogidas por el servicio automático de la mesa que ocupaban, habían sido estrelladas contra cualquier elemento de la decoración-... para que lo utilicen todos los demás pasajeros. -A pesar de su formalidad, se distinguió una nota de súplica en la frase final.

-Ya nos iremos, estimado nocser... cosner... socner... ¿Cómo diablos se dice? ¡Hey, ¿qué te pasa?! -Nartus estaba sumido en una especie de arrobamiento, pero Albert se refería a que su piel: latía; o sea, un minuto estaba azul, al siguiente violeta y al otro color de caramelo. Acercó la cabeza para mirarlo a los ojos-. ¡Hey, Nartus, despierta! Mira cómo me vengo a enterar que no tienes párpados y que dormido te pareces a un cartel de publicidad... ¡Jé! ¡Me encantan los carteles que cambian de colores!

Entre varios empleados, incluyendo al eridario, acompañaron a los borrachines hasta la habitación 567; decidieron llevarlos a los dos -aunque lo que hicieron fue arrastrarlos-, ya que Albert podía despertar y reclamar la presencia del azulejo, y los acomodaron sobre los lechos, a dormir.

Desde la puerta intermedia, un par de tipos con cara de personas serias miraban el procedimiento.

-¡Menuda tranca tiene nuestro héroe! -dijo Panizo, el más joven de los dos; era experto en sistemas de información, y estaba allí para seguir las comunicaciones de Lumia con el fin de localizar a su jefe, el invisible Fisko, y hacerle algunas preguntas. El otro, que respondía al nombre de Uroque, tenía bastante más edad; había sido empleado de la Oficina de Territorios de Rusoqmi, y conocía el sistema de registros territoriales al dedillo. Su misión era rastrear la venta, averiguar quiénes habían sido los intermediarios, quiénes habían emitido los certificados, y todo lo que fuera necesario averiguar alrededor de la Venditut, aunque no había sospechas sobre tal empresa.

En una de las habitaciones habían instalado un equipo que daría envidia a la Unicentral de cualquier sistema pequeño, mientras que resolvieron que la otra sería exclusivamente dormitorio.

Ninguno de los dos conocía demasiado del metabolismo de los azulejos; sólo que era mejor dejarlos solos. Lo que sí sabían era que una buena cantidad de cafeína en cualquiera de sus formas pondría de pie a Albert. Y necesitaban que les diera alguna información para completar los datos crudos con que habían salido de Seaque.

Después de una hora de preparar café y de esquivar los manotazos de Albert, comenzaron a trabajar.

 

Lumia caminaba alrededor de la mesilla de su sala de estar. La habitación era reducida pero mucho más amable que el regio salón de Fisko, sobre todo porque aquí no sentía tanto temor.

Había comenzado a trabajar para él después de una conversación que empezó -ahora lo dudaba- de manera casual, durante una fiesta organizada por las nuevas autoridades administrativas de Ares, unos diez años atrás. Ella estaba recién llegada desde su sistema natal, y era una de las “colonas” de la segunda generación; no porque hubieran pasado treinta o cuarenta años arianos, sino porque esta corriente inmigratoria se componía de pequeños expertos administrativos, y debían cubrir los puestos de trabajo recién creados en el Centro Administrativo, un nombre casi pomposo para un grupo de tres edificios, y una central de procesamiento que estaba conectada al resto de los sistemas bajo dominio de la Magnacorp.

Fisko estaba sentado en un sillón y de alguna manera se había hecho un espacio vacío de personas a su alrededor; tal vez la presencia de los dos colosos vestidos con ropas negras provocara ese efecto. Hasta mucho tiempo después no se dio cuenta de que el hombre tenía apenas un poco más de un metro de altura.

Llevó la conversación a temas de índole personal; o sea, él no dio ninguna información, pero escuchó con mucho interés que a ella no le quedaba familia en Tekumir ni en ninguno de los demás sistemas de la galaxia conocida. En realidad, sus padres habían muerto en una frustrada avanzada colonizadora sobre el sistema Buqemu; en ese entonces se prohibía llevar niños por el riesgo que implicaban tales viajes. Atribuyó ese interés a un afán protector... hasta que se dio cuenta de que Fisko estaba interesado sólo en sus cosas, y que no tenía manera de salir de sus redes. Más de una vez lo había pensado, pero a medida que los años pasaban se fue resignando, y en ciertos momentos, hasta disfrutó del placer de saber que el pequeño y peligroso hombrecillo dependía de ella en más de un aspecto.

Pero esta última intervención la había dejado inquieta. Había dado a dos ayudantes de su jefe las instrucciones necesarias para cometer un acto criminal, y ello no sólo significaba la apropiación de un documento; le molestaba la parte “a toda costa y a cualquier precio” que había insertado Fisko.

Estaba pensando seriamente en salir de Ares, y del sistema, cuanto antes. Para eso, buscaría entre las personas que había conocido; a su edad no era fácil conseguir un empleo en el área administrativa de un planeta... o quizás hubiera otro, por algún lugar, que necesitara de personal entrenado en el conocimiento del sistema de registros, como fue su llegada a Ares, o tal vez...

Un zumbido ganó su atención. No es que desde su sala, en el décimo piso del edificio, no se escuchara nada del ruido exterior, pero en general eran sonidos que aparecían, crecían y desaparecían. Éste estaba creciendo de manera incesante, y no decrecía. Giró hacia la ventana. Justo delante de sus ojos había una mancha que aumentaba de tamaño mientras el ruido se hacía más fuerte. Era un abejorro. “Vaya manera de conducir tiene ese turista”, se dijo. Cuando vio que el otro no variaba su curso, fue hasta la salida e intentó abrir la puerta; no pudo, algo la estaba trabando; pulsó la tecla de alarma, pero no escuchó ningún sonido. “Avisaré a la Atmos”, pensó; sin perder la sangre fría, pero algo inquieta, corrió hasta su bolso, tomó el radio-móvil y comenzó a pulsar las teclas... entonces estiró el brazo para mirar el aparato desde cierta distancia; asintió, ya sabía de qué se trataba: su hora había llegado. Respiró hondo y trató de hacer caso omiso del abejorro que llenaba su sala de un ruido tan espantoso que los adornos comenzaron a estremecerse; algo podía hacer, aunque fuera lo último: marcó la clave de Fisko y la cargó en la memoria del aparato; después, buscó su agenda y la mega-memo que grabara el día anterior; se metió en la cocina y envolvió todo con el filete de gubio que iba a ser su almuerzo, lo embolsó y lo puso al fondo de la nevera. Cuando cerró la puerta de la cocina, sonrió. Se colocó en el centro de la sala, abrió los brazos, y exclamó, de cara al abejorro que ya estaba a menos de un metro de los cristales:

-¡Maldigo tu estampa, Fisko! ¡Te he dejado un regalo en la nevera! ¡Ja...!

La explosión sacudió el edificio; todos los apartamentos vecinos, por arriba y por abajo, fueron desocupados con premura bajo el estridente sonido de la alarma. Un batallón de guardias arianos corrió arriba por las escaleras exteriores; no había duda de que la cosa era en el décimo piso; el agujero que había quedado sobre la fachada abarcaba un par de ventanales a cada lado del centro y por lo menos las de los pisos de arriba y abajo. Según los expertos, era demasiado agujero para un solo abejorro, pero dedujeron que se debía a la explosión que acompañó al choque. Claro que tampoco se explicaban el origen de eso, ya que los abejorros funcionaban con acumuladores de energía de origen solar y el sistema no podía provocar una explosión.

Fisko apagó el monitor con un porrazo; luego, con lentitud, cerró el cajón que contenía el teclado de su control remoto. Terminar con Lumia había sido necesario, aunque de alguna manera sentía haberlo hecho. “¿Quién me ayudará a hacerle entender a los animales las instrucciones complicadas? Tendré que buscar a otro... o a otra. ¿Debo anotarlo en mi lista de tareas pendientes? En fin, ya veremos”.

Se preparó una copa y se sentó en un sillón; extendió la mano hacia el radio-móvil. Tenía que saber qué... “¡Qué estupidez! Este aparato me vincula sin sombra de dudas con la mujer; pueden llegar a rastrearlo, si encuentran el de ella... aunque, claro, si se salvó de la explosión, aunque... mejor será que cubra las huellas apropiadamente”.

Entregó el aparato a uno de los ayudantes y le dio la orden de tomar una de las naves y llegar hasta la atmósfera del planeta. El otro asintió y salió del salón; de inmediato fue reemplazado por otro, indistinguible.

Fisko abrió de nuevo el cajón y descubrió el teclado; después de pulsar algunas teclas, lo cerró sonriendo. “¡Adiós, animal!”. Había programado para que la nave -o mejor, los explosivos que cargaba- estallara media hora después de dejar el ducto de salida.

 

CAPÍTULO 10: ATANDO CABOS

El trabajo minucioso de Uroque había dado sus frutos. No cabía ninguna duda que un cliente como la mismísima Magnacorp abría todas las puertas. Había comenzado por la Oficina de Registros de Ares; no encontró nada, lógico, pero el débil rastro de la empresa que realizara la división en parcelas, agregado a la metódica clasificación de peticiones que había llevado a cabo un empleado administrativo del canal en la época de las ventas, más cierta pereza de sucesivos gerentes comerciales que prefirieron cobrar en lugar de limpiar, permitieron que Uroque se hiciera de los datos necesarios y suficientes para ponerlos uno al lado del otro y confeccionar un caso “redondito”, al menos en lo referente al modo en que se llevó a cabo la estafa. Lo que resultó un poco más laborioso fue encontrar a los actores principales; hasta que recibió un aporte impensado, involuntario, e irracional de Albert.

El trabajo de Panizo era menos minucioso, pero había necesitado de un montón de maquinaria y de colaboración de la Unicentral de Ares. El sector de la habitación donde realizaba sus tareas era una especie de semicírculo de metal y plástico del que salían toda clase de antenas y cables. Hasta el momento no había tenido demasiada suerte, pero a media mañana recibió un mensaje de la Atmos donde se le pedía pasar por la oficina. Después de un par de llamadas y de un centenar de claves regresó a su cueva portando dos elementos que resultaron de vital importancia para su misión: la agenda de Lumia y su radio-móvil.

Lo que no estaba en sus planes -que se vieron, por esa razón, demorados de manera irremediable- fue tener que soportar el berrinche de Albert, quien se sentía personalmente agraviado por el hecho de que Lumia se había muerto antes de que él pudiera hacerla picadillo; no hubo forma de hacerle entender que había sido un accidente de carácter dudoso.

 

El trabajo rutinario producía cierta somnolencia. La nave de patrulla seguía su curso habitual alrededor del planeta; llevaba una velocidad media cuando sobrevolaba zonas sin habitar -el 80% de la superficie- pero la reducía a la mitad cuando pasaba por encima de alguno de los domos. Sobre Ares, porque su domo tenía demasiados ductos de acceso, los tres agentes observaban al mismo tiempo por las ventanillas. Así vieron que una nave, en lugar de salir y cambiar el rumbo para hacer los giros de rigor, volaba en línea recta. Era peligroso navegar de esa manera, pero era más importante que no seguía las reglas. Trataron de establecer comunicación, pero nadie respondió; le dieron a la nave de patrulla su máxima potencia para aproximarse; podían ver a una persona sentada delante de los controles. Recurrieron a un comuray, pero aun así, el otro no dio señales de querer establecer comunicación. Las acciones siguientes en el manual eran: atrapar, abordar, detener y remolcar, y así lo hicieron.

Cuando dos de los agentes abordaron la cabina de control, encontraron a un enorme droide, sentado y estático, sujetando una radio-móvil entre las manos, que intentaron quitarle, sin éxito; lo transportaron a la nave patrulla, más por averiguar de dónde procedía que porque fuera en realidad culpable de algo; al final de cuentas, era un droide. Además, el sistema automático de la nave comenzó a anunciar que la destrucción ocurriría en 5 minutos, en 4...

Pero hasta un día después, no supieron que la radio-móvil que el droide sujetaba con fuerza era la de Fisko.

 

Albert irrumpió donde trabajaban Uroque y Panizo; de pronto, estornudó.

No es que Uroque fuera un hombre anticuado y anotara los datos de sus investigaciones sobre papel, pero había cierta cantidad de documentos originales -como las copias de los contratos con el canal, los planos del fraccionamiento, y otros valiosos elementos de prueba- sobre la mesa que ocupaba el centro de la habitación. Tampoco Panizo era hombre de papeles, pero había conseguido armar una especie de dibujo -también sobre esa mesa- con las localizaciones de los propietarios de las radio-móviles de ciertas frecuencias ya identificadas.

Y Albert había estornudado delante de esa mesa, y con tremenda potencia, y moviendo la cabeza de arriba a abajo.

Los tres -estaba allí uno de la Magnacorp que quería ver lo que habían logrado- se habían quedado mirando la cascada de papeles voladores que después de haber alcanzado el cielorraso con cierta velocidad, aleteaban su camino hacia el piso.

Albert saltó por encima de la mesa y se apresuró a recogerlos entre frases de disculpa, inyectando en los hombres una alta dosis de espanto, furia, desesperación y resignación, en ese orden.

Mientras el hombretón terminaba de levantar los papeles, los otros comenzaron a responder a las preguntas que el delegado traía en su agenda. De pronto, un “¡Vaya!” se escuchó desde el fondo. Trataron de no hacer caso y miraron con fijeza al funcionario; de alguna manera querían retener su atención, pero había interrumpido la grabación de la respuesta que en ese momento daba Panizo, y estaba mirando más allá de ellos.

Giraron al unísono. Con espanto vieron que las dos manazas de Albert sujetaban los papeles, medio abollados, medio colgando. Y que el hombrote sonreía. Nadie les había prevenido acerca de las sonrisas de Albert; eran encantadoras.

-¡Este Fisko es un fiasco! -dijo, moviendo los brazos como si quisiera volar-. ¡Un fiasco de familia!

Panizo se puso de pie y se acercó a Albert. Con cautela le fue quitando los papeles de las manos y los colocó sobre la mesa, mientras miraba al hombrote a los ojos. Éste, un poco amoscado por el profundo silencio que se había hecho después de su frase, perdió la sonrisa y comenzó a embroncarse.

-¡Qué! -dijo, levantando los brazos para que el otro no alcanzara los papeles que todavía retenía-. No me digas que no te habías dado cuenta... ¡Jé! -Recuperó la sonrisa, pero había mucha burla en el resto del rostro.

-No sé a qué te refieres -dijo Panizo; Uroque trataba de recuperar la atención del delegado que observaba medio espantado y medio divertido lo que hacía Albert-. Deja eso sobre la mesa, por favor... -Vio que el hombretón quería seguir con la broma-... o donde quieras. Yo te miraré mientras lo haces.

-¡Y te quedarás mirando mientras este Albert Combull te dice dónde tienes que mirar a continuación!

Abrió una mano y dejó caer los papeles; luego estiró el otro brazo, sacudiendo el manojo que todavía retenía con crujido de hojas secas; con gesto teatral, la mano vacía tomó uno de ellos y lo meneó en el aire, como haciendo un arco por encima de su cabeza.

-¡Nada por aquí! ¡Nada por allá! -dijo imparable-. ¡Y aquí está! ¡Fosik sale! ¡Fisko entra! ¡Una maravilla del mundo conocido...!

Ahora no era broma. Panizo olvidó los musculosos brazos de Albert, olvidó la lista de prevenciones que le obligara a memorizar el Capitán Ele, olvidó las anécdotas de la “historia no-oficial” que varios empleados de la CIO le habían relatado; dio la vuelta a la mesa y sujetó la mano del hombretón; éste, anonadado ante tamaña osadía, lo dejó hacer.

Allí estaba. Una familia Fosik era la socia principal de la Venditut. Por alguna razón Albert estaba relacionando “Fosik” con “Fisko”. Confirmarlo sería un asunto a resolver con una sola llamada. Y una vez confirmado, el delegado regresó a su central con un caso resuelto, los datos y pruebas necesarias, y una historia que nadie le creyó.

-¡Les juro! -decía-. ¡Fue un estornudo!

 

CAPÍTULO 11: EL REPOSO

El aire dentro del “Respiro del Peregrino” era espeso, pesado, denso, delicioso... Después de tantas horas, una nube amarillenta había comenzado a escurrirse bajo la puerta y le agregaba cierta luminosidad al ambiente. Albert Combull suspiró; hizo con la mano gesto circular hacia Gauno Londas que se acercó con el siseo del silicox de sus zapatillas y llenó las copas después de pasar la tarjeta.

Kurt extendió las piernas a un costado de la mesa y parecía a punto de ponerse de pie; Fredo le miró, interrogante, pero el otro sólo sacudió la cabeza, apenas. Albert alzó su mano; Gauno se apresuró a ponerle en ella un oscuro cigarro y de inmediato lo encendió; el hombretón aspiró el humo con placer y vació su copa de una vez. Otra vuelta de tragos, tarjeta, y siseo de zapatillas alejándose.

-Ya empieza a amanecer, Albert. ¿Por qué no terminas la historia para que nos vayamos a buscar algo que hacer? -dijo Kurt.

-Y tengo que mirar qué ha sucedido con los rufianes de la trastienda -agregó Fredo-. Llevan mucho tiempo sin moverse.

-Bueno, veamos... Los tíos estaban tan complacidos por haber encontrado la conexión entre la Venditut y Fisko, con su radio y todas las pruebas a buen recaudo, que prácticamente se olvidaron de nosotros... de mí y del azulejo, ¿entienden? -dijo mientras miraba de uno a otro; Kurt y Fredo asintieron-. Entonces decidimos acabar los asuntos pendientes.

-¿Qué asuntos, Albert? Si ya tenías todo resuelto...

-¿Y Merla? ¿Y Jufro? ¿Acaso eso está terminado? -La cara roja se proyectó por encima de la mesa con tanto calor que los otros se alejaron un poco-. Bueno, no tuve ninguna posibilidad con Merla porque la habían trasladado y el nuevo encargado, un droide masculino de mala entraña, no quiso darme información sobre sus bellas piernas -Sorbió, y aspiró el cigarro hasta que la brasa del extremo se puso incandescente-. Entonces Nartus me dijo de su plan de viajar a Buakol para ayudar a Jufro.

-¡Qué! ¿El azulejo encontró la manera de evitar las radiaciones amarillas? ¡Es un importante logro de la ciencia! -dijo Fredo, pero Albert se quedó mirándolo unos minutos; había un innegable tono de burla en sus palabras. ¿Valía la pena romperle la nariz? Dejó la decisión para más tarde.

-No.

-¿Entonces? -preguntó Kurt, conciliador, con la mirada fija en Fredo para que no abriera la boca.

-Entonces nada.

Un largo silencio ocurrió entre los compañeros; luego un gesto, siseo, tarjeta, copas y siseo en reversa. Pero ninguno extendió la mano por su trago. Algo se había roto, y no eran hombres de sutilezas.

Por fin, Kurt se puso de pie y se alejó hacia la trastienda.

-Si quieres romperme la cara, tendremos que ponernos de pie, salir a un lugar más privado y no decirle nada a Kurt -dijo Fredo.

-Si crees que ganaré algo por tu cara rota... -dijo Albert y tomó su copa. Fredo lo imitó; la diferencia estaba zanjada-. Vete a mirar a los tíos ésos, ¿quieres?, no sea que se te mueran de inactividad.

Albert esperó hasta que volvieron a la mesa y continuó.

-Lo que no les conté es que el Gobierno Autonimato de Seaque le entregó una casa nueva a la tía Marga. Y le devolvió todas sus comodidades y también una buena cantidad de créditos, pero creo que los créditos vienen de Magnacorp... Bueno, la cuestión del azulejo es muy sencilla. Él no bajó al planeta, ni siquiera se acercó; montaron una especie de sala de hospital en un satélite estacionario que orbita el sol de Buakol... ¿cómo es que se llama...? Bueno, allí hicieron lo que tenían que hacer y ahora mi hermano está recuperándose a toda velocidad.

-¿Y el azulejo? -preguntó Fredo; la mirada de Albert lo traspasó, pero él cuidó de no mover ni un pelo de una ceja de manera inapropiada.

-Se recuperó, por suerte. Es que ya está un poco viejo. Si me creen... porque yo sí le creí, tiene más de trescientos años... Y se fue a Unir, que es su lugar y donde lo espera una multitudinaria familia... aunque a decir verdad, no sé qué tiene de grandioso... pero él estaba muy emocionado.

-Dime, Albert, ¿te ha quedado algo de crédito adicional por la aventura? Porque los de Magnacorp deberían mostrarse muy agradecidos, digo, por lo del uranio -dijo Fredo-. Ahora tienen el camino llano para explotar todo lo que se les antoje en el sector.

-¡Jé! ¿Crees que los tíos son muy sueltos de mano? -dijo Kurt.

-No lo son, pero mi hermano Fredo es el propietario de una parcela y tendrá que recibir su...

Los hombretones se quedaron mirando a Albert, esperando a que terminara la frase; pero él tenía los ojos fijos por encima de sus cabezas, con la cara roja y los labios temblorosos. Giraron lentamente para ver qué había puesto así a su amigo, y contra el resplandor que pasaba a través de la puerta abierta pudieron distinguir la silueta de una mujer de muy bellas piernas.

FIN

 

publicado en marzo de 2008

 
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