| Memorando 1343B (Reservado):
[…] El efecto de los experimentos es más
perceptible cuanto mayor es la disparidad entre la manera
de ser del sujeto antes y después de la toma
del medicamento. Un hombre joven que no es sedentario,
que hoy está en Miranda V, mañana en Neópolis
y el domingo en Alfa Scriptorium tiene muchas más
posibilidades de ser afectado que un hombre mayor que
permanece en el mismo sitio; ese es el sujeto ideal
para una observación. […]
Semen. Sangre. Todo se vende. No temo
que me clonen o el destino que le den a mi ADN. En realidad
no me importa. Esta vez fue sólo un poco diferente.
Tomar la pastilla frente a la enfermera. Beber el agua.
Abrir la boca. Cobrar fue igual. También firmar
el contrato liberándolos de toda responsabilidad.
Entro a mi departamento. Desorden. Paso por encima de
la tabla de surf. Hay restos de comida pudriéndose
en un rincón. Mucha ropa sucia. Es cuestión
de paciencia. Cumplo las consignas del programa dos
semanas y listo. Suficientes créditos para seguir
viajando. Retiro un papel arrugado de mi bolsillo. Es
la dirección del grupo de realidad virtual que
debo integrar. Tengo que participar cuanto menos una
vez al día. Observo la máquina. Está
cubierta de polvo. Me pongo el traje y el casco. A veces
no puedo creer las cosas que hago para no conseguir
un trabajo. La primera inmersión es aburrida.
Un grupo de enfermitos que diseñan sus propios
entornos. Los presentan con falsa modestia. Los comparan
entre sí. Todos piden disculpas por los supuestos
errores que no son tales. Se empeñan en aprender
a hacer algo que no los llevará a ningún
lado. Carecen de talento. Pelean descarnadamente por
estupideces. Les deseo que consigan una vida. Apago
el aparato y salgo a correr. La segunda pastilla es
más grande. La enfermera sonríe. Creo
que le gusto. Vuelta al hogar. Escucho un mensaje de
Ariadna. Acepta la propuesta de acompañarme a
la playa a fin de mes. Suspiro. Los flagelantes del
ciberespacio siguen arrastrándose. Voy a tener
que participar. A ver si todavía me dejan de
pagar en el laboratorio. Tengo que bajar la última
versión de un desarrollador para aparentar algo.
Lo hago pero no puedo lograr que funcione. Abandono.
No es lo mío. Me voy a tomar un café con
un amigo. La tercera pastilla es en realidad un comprimido.
Cambiaron de enfermera. Esta es gorda y vieja. Adiós.
Luego dos horas de investigación y algunas consultas
a mis “compañeritos” (¿estarán
ellos también en el programa?) logro bajar el
dichoso desarrollador. Ya es muy tarde. Mejor me voy
a dormir. Otra vez la gorda. Otra vez el comprimido.
Se les debe haber acabado la imaginación. La
verdad que el simulador marciano me quedó bárbaro.
Lo muestro. Es demasiado rojo. Eso me dicen. “Hay
que ser realista”. Idiotas. No saben de lo que
hablan. Apago todo. Me siento muy enojado. No tengo
ganas de cocinar. Voy a pedir algo. Y a dormir pronto.
Un médico acompaña a la gorda. O al menos
eso parece por su guardapolvo. Creo que me mira mal.
Trago sin pensar. Estoy apurado. Trabajé toda
la noche en mejorar mi Marte. Lo comparto. Alguien me
dice que podría haber agregado como opcional
el ambiente polar. Y sí. Como poder se podría.
Se podrían tantas cosas. Lo que hacen ellos no
es mucho mejor. Llamo por el videófono. Aviso
que no puedo pasar por la clínica. Me sorprende
que me ofrezcan enviarme la droga hasta aquí.
En realidad no me siento mal. Bajé una nueva
versión del desarrollador. Cuesta más
de lo que llevo ganado. Cancelo una cita con Ariadna
para patinar juntos. No es óptima la resolución.
¿Serán limitaciones mías o tendré
que cambiar la máquina? Tengo un sabor amargo
en la boca. Hoy golpean mi puerta. El mismo mensajero
de ayer. Me entrega dinero y una nota que da por terminado
el programa. ¿Será porque ayer no me presenté
al grupo? Hace treinta y dos horas que estoy sentado
en esta silla, con mi traje y mi casco. Levanto la vista
hacia la ventana. Veo algo rojizo. Ese es el colorado
que estoy buscando. Ese los va a impresionar. Camino
tambaleante hacia el balcón.
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