| Lo veo salir al ruedo y se me
ocurre: quizá hoy me toque morir.
Dyoll parece más preparado que nunca.
Más fuerte. Me sonríe, seguro de sí, mientras
el rugido sintetizado de miles de gargantas brota de algún
lugar que ya no me interesa precisar. Las paredes de vidrio espejado
me devuelven decenas de cuerpos dispuestos a la lucha. Mañana,
algún mañana, la gente verá gradas repletas
de fanáticos en su lugar.
Dyoll se ha puesto el yelmo otra vez, previniendo
un ataque que vuelva a partirle el cráneo como una manzana.
Pero salvo la malla de metal nada ha variado en su atuendo. Ninguna
defensa o armadura extra que pueda crear la sospecha, en quienes
vayan a ver el combate, que la victoria no dependió solo
de su propia destreza.
Observo sus movimientos, buscando diferencias
sutiles en su modo de pararse, de empuñar la espada, de
desplazar los pies; algo que me diga cuánto ha aprendido
desde la última vez.
Su cuerpo permanece de costado, en lugar de
avanzar de frente; de esta manera oculta el flanco derecho, el
más vulnerable a mis ataques. Ya las dos veces anteriores
Dyoll corrigió este error. La memoria perdura de algún
modo.
Sin quitarle la vista de encima me percato,
simplemente por el peso, de que mi propia espada es de hoja más
ancha esta vez. No puedo evitar una sonrisa ante el recuerdo -muy
reciente- de mi espada penetrando por una de las aberturas oculares
de su yelmo.
Hay algo diferente. Intento precisar qué
es y me doy cuenta de que Dyoll aún no ha avanzado: está
a la expectativa, esperando a que yo haga el primer movimiento.
Eso ya es algo. Ha aprendido a dominar su orgullo.
Doy un paso hacia él y amago un mandoble.
Dyoll prepara la guardia pero no intenta devolver el golpe. Bien.
La siguiente vez mi espada termina el movimiento
descendente pero por el otro lado. Dyoll lo detiene y aleja mi
espada con firmeza, sacando chispas al acero. Mantiene su postura
defensiva. Lanzo una estocada contenida y la esquiva, a medias
con la espada, a medias con un juego de cintura.
Y retrocede. Pareciera que quiere aprender más,
que apuesta a largo plazo. Su seguridad no proviene de sus posibilidades
de ganar. No cree que pueda vencerme hoy. Pero está dispuesto
a conseguirlo algún día y sabe que si aprende lo
necesario lo logrará. Su meta de hoy es durar, obligarme
a mostrar, de a poco, todo lo que soy capaz de hacer.
Ataco dispuesto a terminarlo rápido,
a no mostrarle nada. Su espada detiene mis golpes uno a uno.
Para enfurecerlo, desvío un golpe que
parece destinado a sus costillas y le hago un corte en el brazo.
La sangre empieza a manar. Le sonrío, mostrándole
los dientes, pero no reacciona. Quiere controlar sus emociones
hasta el final.
Por primera vez siento que ya no se trata del
combate de siempre. Poder contra habilidad; el poder de las armas,
de la medicina, de la tecnología, del dinero. Hoy no quiere
imponerse por la fuerza, por el peso de ese poder. Quizá
porque hasta hoy le he demostrado que no puede. ¿Pero por
cuánto tiempo más? ¿Qué tan delgada
es la línea que nos separa, a él de la victoria
y a mí de la muerte?
Vuelvo a atacarlo, pensando que esta vez Dyoll
no guarda ninguna sorpresa. Mi espada es más rápida
que la suya pero el filo choca contra la malla metálica.
En lugar de rebotar, la espada queda pegada y un látigo
de dolor recorre mi brazo y salta del hombro hasta mi cerebro.
Obligo a mis dedos a no aceptar el reflejo de soltar la empuñadura.
Sin darle tiempo a aprovechar la sorpresa, le
doy una patada en el torso mientras tiro con todas mis fuerzas
de la espada. El filo se despega en medio de un chisporroteo casi
invisible. Dyoll aprovecha para golpear con su espada y salta
hacia atrás.
Mi brazo derecho cuelga a un costado, aferrando
la espada que apunta al piso. Un hormigueo constante es la única
señal de vida. Con la mano izquierda intento inútilmente
tapar un tajo recién abierto entre mis costillas, que deja
escapar la sangre a escupitajos rítmicos.
¿Tan mala será la muerte? ¿Tan
terrible sería no levantar la espada y dejar que la suya
me hunda en la oscuridad? ¿Por qué? ¿Por
qué no escapar a esta rueda interminable, a esta maldición
de Sísifo? Solo hay un final posible. El que la historia
va a contar. Yo no puedo evitarlo, solo retrasarlo.
Una sonrisa feroz enciende el rostro de mi contrincante.
Es la proximidad de la victoria. La seguridad de que esta vez
no tengo escape. La euforia de saber que dentro de unas horas
la imagen triunfal del emperador derrotando al rebelde con sus
propias manos podría recorrer, por fin, todo el sistema
solar.
La historia dirá que Dyoll destruyó
el ejército de Belzder, atrapó a su líder
y lo derrotó en combate público. Así habrá
demostrado su valor, que está hecho -que nació-
para gobernar el destino de trillones de seres humanos desparramados
por la Vía Láctea.
Se adelanta, empuñando en alto su espada.
La historia no va a hablar de los combates anteriores.
Ni de los millones de muertos en las guerras separatistas. Ni
del hambre y miseria de los mundos de la periferia. Mundos tan
distintos y tan iguales a mi Belzder. Ese es su verdadero poder.
El poder de un emperador: el de escribir la historia.
Tarda demasiado. Tendría que rematarme
ahora, pero duda. El miedo a la derrota lo carcome. Si es verdad
que la memoria persiste, debe ser el recuerdo de tantas muertes,
el dolor que antecede a cada una de ellas, lo que lo detiene.
Aún no está preparado para sacrificarse por el próximo.
Quiere ser él mismo.
Apenas de pie, lo miro fijo y sonrío
una vez más. Su propia sonrisa mengua. Ya está.
La inseguridad se instaló y crece.
Dyoll se obliga a seguir caminando a pesar del
temor pero ralentiza imperceptiblemente el avance.
El hormigueo en mi brazo se intensifica; aflojo
levemente los dedos y vuelvo a apretarlos en torno a la empuñadura.
Dyoll está tan concentrado en dominar su miedo que no lo
percibe.
En lugar de ello, da un grito violento y con
ambas manos descarga la espada sobre mi cabeza. Adivinando el
movimiento, me arrojo hacia atrás y le pateo con fuerza
el estómago que el movimiento de ataque deja al descubierto.
Algo en su interior revienta como una bolsa de agua. Dyoll se
dobla en dos y suelta el arma. De un salto me paro a un costado
y lanzo con furia el filo de mi espada sobre su cuello. La cabeza
se separa con el chasquido de la columna al partirse y cae con
el yelmo aún puesto. El cuerpo se derrumba en medio de
un charco creciente de sangre.
Me dejo caer en el piso. Otro charco se forma
a mi alrededor. Mi espada está tirada unos metros más
allá. Los guardias imperiales ingresan al ruedo. Los genetistas
rodean el cuerpo de Dyoll para tomar las muestras de células
vivas.
La rueda sigue girando. Mi piedra está
arriba de la colina lista para caer. La historia no podrá
ser escrita hoy. Un médico atiende mi herida. No van a
permitir que muera desangrado antes del próximo combate.
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