| I: Pasaje
PASAJEROS
Somos pasajeros de una Eterna Melodía,
dolorosa para el espíritu, pero necesaria para
el correcto funcionamiento del universo que conforma
nuestras mentes. La música de las Esferas Celestes
brilla en intensa armonía, mientras nuestro viaje
apenas acaba de comenzar. La Nave de los Sueños
atracará en todos los Puertos de la Memoria Colectiva
de esta caótica invención de nuestros
sentidos.
Nada es Efímero, pero, a la
vez nada es Eterno.
Viajamos, y nuestra propia estela
de realidad define un espacio nuevo que hay que concretar.
Creamos, a medida que visitamos Antiguos
Lugares, una corriente temporal apenas definida por
nuestra presencia. A veces, la creación se aparta
a nuestro paso; y otras, es nuestra propia alteración
la que la busca para, en increíble armonía,
crear la Eterna Melodía, la intensa Armonía
por la que viajaremos de nuevo, o por primera vez, según
el punto de la corriente temporal en el que nos encontremos.
Y así, empezamos viaje eternamente, efímeramente...
nada es eterno, pero tampoco nada es efímero,
y nuestra Memoria Colectiva hace escala en todos los
puertos posibles creados por nuestra propia indefinición.
Arribamos a costas nunca antes escuchadas,
creadas por la música de los corales nacidos
por la etérea muerte de las estrellas de nieve.
Y un punto en el horizonte nos recuerda
nuestro punto de partida; mera escoria, que borramos
para siempre en un simple bostezo de la eterna armonía,
la intensa melodía que nos ha trasladado hasta
aquí.
Hemos acabado nuestro involuntario
viaje; hemos comenzado nuestra ilusionante travesía.
Llegamos a donde decidimos cuando
partimos; arribamos a cotas impredecibles desde nuestro
origen.
Pero, al fin y al cabo, es una etapa
más de la Eterna Melodía, necesaria para
el funcionamiento de nuestro Orden Establecido, aunque
dolorosa para el espíritu animal que todavía
anida en nuestro interior.
II: Efímero
FRIALDAD
Ya todo es efímero.
La frialdad de una glaciación
acompaña a las almas condenadas a la eterna congoja.
Un pájaro canta sobre una vieja
gramola, y su canto se reproduce con inexacta pulcritud
a merced de las ondas de un estanque cercano.
Nadie entiende nada, pregona un viejo
alguacil; pero aún así, la ciudad de los
bandos inertes convoca a sus habitantes a una vieja
tradición. Y los ciudadanos responden casi automáticamente,
como si la eternidad les pesara sobre cada uno de sus
miembros.
Y, sin embargo, la vieja gramola sigue
desgranando sus pulcros chirridos sobre las olas del
estanque, como queriendo explicar que ya todo es efímero,
y la eterna congoja nos alcanzará con su inexacta
e inmerecida frialdad.
III: Conclusión
NOTA
Una única nota, desgarrada,
solitaria, casi apagada, es lo único que nos
queda de la, supuesta, eterna melodía universal...
publicado en febrero de
2008
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