| Prólogo.-
Sobre las infinitas pantallas holográficas
tetracoloreadas, se desarrolla una ínfima porción
de vida en blanco y negro…
Instante 1.-
Parpadeo, y la realidad se desvanece
instantáneamente, como si estuviera esperando
este momento para hacer mutis por el foro de la vida.
Extrañas, casi bizarras
imágenes inundan lo que debería ser mi
cerebro. Pero donde debería estar ese órgano,
están las imágenes.
Parpadeo una segunda vez, pero la
realidad sigue escondida entre bambalinas.
Un sistema límbico apenas
concebido las procesa, las cataloga, y las deriva por
las redes que son mi cuerpo, que conforman mi ser.
Una mota, un vilano de realidad parece
haber entrado en mis ojos, haciéndome parpadear
por tercera vez; y con ésta, la conjura de enemigos
que han permanecido durante décadas en el límite
borroso y difuso de la visión ancestral, intentan
invadir mi campo de visión.
Las sensaciones son apenas percibidas
como un efecto secundario del reciclado de postales
desde el filo de la conciencia.
Pero parpadeo una cuarta vez, y la
oscuridad reticulada que conforma ahora mi realidad
les gana la batalla.
El aleteo incesante de una mariposa
virtual refleja la urgencia de una noticia; y esa emergencia
recorre la red de neuronas sintéticas que una
vez fueron mis nervios.
Y, en el quinto y definitivo parpadeo
doy origen a una nueva realidad, conformada con la malla
de anteriores mundos, por la urdimbre de vagos recuerdos
que parecen conformar la memoria racial de los que gobernamos
la Cósmica Identidad.
Y, satisfecho, cierro mis ojos,
quizás por última vez.
Se produce la desconexión.
Una veleidad recorre mi espina dorsal; inconsistentes
ramalazos de cordura azotan las costas de mi consciencia.
Una marea de sensaciones amenaza con atribularme; pero
no lo permito: arrío velas, y dejo que el barco
de mi cuerpo, cascarón vacío, derive hacia
destinos más favorables.
Instante 2.-
La incredulidad produce un vértigo
casi orgiástico en las adormecidas mentes que
casi no lo toleran. Múltiples causas, diferentes
estados a los que acceder permiten que esas mismas mentes
despierten a sentidos para los que estaban cegados hasta
ahora. Estados negociables de la materia consumen los
escasos sueños de los que se hacían eco,
y consiente, pues, que la entropía genere falsas
expectativas. Pero en ese preciso momento, un murmullo
estelar irrumpe en sus coordenadas, y la nave de los
sentidos escora hacia la metafísica más
pura, y el vértigo se apodera, definitivamente,
de las mentes omniscientes que gobernaban el cosmos.
Ahora, una vez establecidos en la resaca tras la marejada
producida por infinitas mentes vacilando al unísono,
el cosmos se recrea a sí mismo y, en un microinstante
que nos acompañará durante toda la eternidad,
expira.
Es el fin último, aunque aún
no nos hayamos dado cuenta, pues nuestras mentes no
han digerido el vértigo orgiástico de
la misma destrucción cósmica...
Instante 3.-
Las ruinas del dolor reconstruirán
el camino del olvido. Las aguas de un estigio lago lamerán
las arenas que el tiempo olvidó barrer; arañan
los muros de los oníricos palacios de la melancolía,
donde las eternas bacanales de los antiguos dioses dan
paso al atardecer de una nueva era, al ocaso de una
antigua civilización.
Seres nunca antes vistos, pero recordados
por las memorias raciales de una entidad cósmica,
toman nuestro lugar en la creación, y la partida
se produce sin estridencias: como una llama que se apaga,
como el último suspiro de una raza, como... el
olvido, de nuevo.
Retornaremos, como siempre hemos hecho,
nuestro turno volverá a producirse, en el gran
esquema cósmico, en la rueda del Tiempo. Y seremos
seres nunca recordados en la memoria de los antiguos
dioses del ocaso, y las ruinas del olvido construirán
nuevos palacios de arena y tiempo, de llamas eternas
y melancólicos paseos por la estigia memoria
de la rueda cósmica.
Epílogo.-
La enfermedad se extiende. Vuela,
repta, camina entre nosotros. Poco a poco se va adueñando
de todo. Ahora ya no somos más que enfermedad.
Y así, seguimos (sobre)viviendo, como siempre,
como si no hubiese pasado nada.
La verdad es que no nos hemos dado
ni cuenta; para nosotros, todo sigue como siempre.
publicado en abril
de 2008
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