| Los altavoces parece
que me miran, dos ojos graves que penetran en mi alma.
El sonido les hace vibrar, pero yo
no puedo escuchar nada. Sólo veo sus membranas,
moviéndose arrítmicamente, como si su
movimiento estuviera dictado por mi grado de consciencia.
Ahora suben ahora bajan, paran un momento, se excitan
y lanzan una gran explosión- supongo, por el
movimiento- de sonido; sigo sin poder oírlo,
pero lo noto penetrar en mis músculos, en mis
huesos, en todo mi ser.
E implosiono. Me fundo con el sonido.
Desaparezco y me convierto en onda.
Movimiento oscilatorio (que realmente,
ni es movimiento, ni oscila).
Y penetro en las entrañas del
ser mecánico que devora ondas.
Ahora soy una partícula más
moviéndose al compás de una frecuencia,
siguiendo un color, luchando por un poco de espacio
entre las ondas.
Por fin soy feliz, he llegado a cumplir
mi deseo.
Y miro al siguiente, al que ha ocupado
mi puesto frente a los altavoces.
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