| I.
La orquesta del reino de Sulimanedria
tocaba un lento vals.
La fiesta era un derroche de lujo
y fantasía, un regalo para los sentidos.
Las mujeres -y algunos hombres- exhibían
grandes diamantes, estrafalarios sombreros, largos collares
de perlas -cosechadas por los delfines amaestrados de
sus costas-, caros vestidos tejidos por los simios de
sus talleres, y miles de complementos más, a
cada cual más innecesario y estrafalario.
Aeronaves de todos los tamaños,
desde unipersonales, hasta trolebuses espaciales, pugnaban
por aterrizar en el aeropuerto del castillo, como una
plaga de langostas lanzándose hacia una cosecha.
Pero el humor dentro de la sala era sombrío.
Conforme iban llegando los asistentes se les pasaba
a salas de las que no podían salir, y eran obligados
a bailar.
Era una fiesta organizada por la Muerte,
la gran podadora de almas.
En aquel reino, hacía tiempo
que se le había declarado la guerra a la Muerte,
y ésta había tenido que encontrar nuevos
métodos para seguir con su tarea impuesta desde
las más altas esferas. Por eso organizó
esta megafiesta; por eso había emponzoñado
las poncheras con un sutil toque de cicuta. Así,
a la hora señalada para la gran sorpresa, la
Muerte se presentó en la sala, con un maletín
en la mano. Lo abrió, y empezó a pasar
lista. Tal como eran nombrados, los asistentes eran
acompañados por los sirvientes por unas puertas
camufladas al fondo de la sala de baile. Y ese era el
fin de la fiesta.
Así la Muerte volvió
a sus tareas, el equilibrio se recuperó, y el
reino de Sulimanedria purgó sus pecados.
II.
Aquella fecha estaba marcada a fuego
y sangre en el calendario de la Muerte, la gran podadora
de vidas, la cosechadora de almas, la regente del reino
de tinieblas.
Nadie en la Tierra estaba de humor.
Sabían, todas las especies,
desde los más simples insectos, hasta los más
sofisticados delfines, que, cual plaga, la muerte se
abatiría sobre ellos. Las orquestas tocaban tristes
adagios, las banderas ondeaban a media asta, incluso
las bombillas, con sus vestidos de guirnaldas y globos,
parpadeaban a media luz, una luz a veces diamantina,
a veces apagada.
Para el resto de planetas de la confederación,
el exterminio de ese planeta era como un regalo, como
paladear un banquete a base de carnes de brouf salvaje,
sazonado con unas pizcas de cicuta, y toques de arsénico.
Los sobornos circularon, los maletines cambiaron de
mano, y todo se decidió en un instante, para
los parámetros de espacio tiempo que manejaban
aquellos seres. La potente flota de aeronaves arrasó
la Tierra.
La Muerte tachó esa fecha de
su calendario, y trasladó a su reino las orquestas
fúnebres, diamantes sin tallar, y algunas bagatelas
más que le fueron dadas como prebendas por su
colaboración en la desaparición de aquel
molesto planeta, dominado por simios y delfines.
publicado en marzo de 2008
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