Contacta con NGC3660
 

El fin de una rivalidad Más sobre José Carlos Canalda

A REY MUERTO...

-Voy a serle completamente sincero. Como usted sabrá, nuestro equipo se ha quedado incompleto debido al desgraciado accidente en el que falleció nuestro pobre compañero. Ahora quedamos únicamente dos y, la verdad, pensamos que es insuficiente; por ese motivo estamos buscando un sustituto. Ahora bien, usted comprenderá que no nos vale cualquiera... Nuestro trabajo es sumamente peculiar y requiere unas dotes muy particulares para poderlo ejercer con garantías de éxito.

-Sé positivamente que tiene usted toda la razón. Pero convendrá asimismo conmigo en que no soy precisamente un desconocido, y que mi mejor aval es mi propio trabajo tal como no ignoran ustedes.

-Conocemos de sobra su labor que, lo confieso con toda sinceridad, siempre nos ha parecido excelente... Tanto es así, que hubo un tiempo en el que llegó a preocuparnos seriamente su competencia. Al fin y al cabo -sonrió-, hemos sido rivales durante mucho tiempo.

-Sin necesidad, ciertamente.

-Así es. Sin embargo, sí que hubo momentos en los que perdimos en beneficio suyo un buen puñado de antiguos clientes... ¡Oh, discúlpeme! -se interrumpió al ver el ceño fruncido de su interlocutor- Le aseguro que no pretendía en modo alguno criticarle. Lo pasado, pasado está, y lo único que nos debe interesar en estos momentos es el futuro -sonrió débilmente.

-Soy de su misma opinión; de ahí mi deseo de colaborar a partir de ahora con ustedes.

-Decisión que, créame, le agradecemos profundamente. Pero dígame, ¿qué es lo que le ha movido a desear abandonar de una manera tan repentina su trabajo en solitario? Ciertamente le iba muy bien.

-Sí, es verdad que me iba perfectamente; incluso puede que mejor que lo que yo hubiera deseado. Pero, ¿sabe usted lo tedioso que puede acabar resultando estar siempre solo? Ustedes son tres... Bueno, ahora sólo dos, -se corrigió rápidamente- y esto hace que su trabajo sea mucho más descansado y agradable. Y usted mismo acaba de decir además, recuérdelo, que desean cubrir cuanto antes el hueco dejado tras el fallecimiento de su desgraciado compañero. Yo ya no soy joven, y estoy muy cansado de no poder disfrutar de la menor compañía. Así que, cuando me enteré de que estaban buscando un sustituto no dudé un solo instante en venir a ofrecerles mis servicios junto, claro está, con mi propia cartera de clientes.

-Me satisface profundamente, al igual que le ocurre a mi compañero, que haya tomado usted esta decisión; la verdad es que nos temíamos que resultara enormemente difícil, por no decir imposible, poder encontrar alguien lo bastante adecuado. Usted representa sin duda la mejor opción que podría presentársenos y, créame, estaríamos encantados de poder contar con su colaboración tal como nos ha ofrecido. Pero...

-Pero, ¿qué? -preguntó con inquietud el aspirante- ¿Acaso existe algún problema?

-Ninguno que no pueda llegar a solucionarse; tranquilícese. -y viendo el suspiro de alivio de su interlocutor, continuó- Pero sí que encuentro, perdón encontramos, cierto número de obstáculos que habría que vencer a la hora de la digamos... homologación. Tenga en cuenta que sus condiciones de trabajo han sido muy diferentes de las nuestras, y que sería imprescindible llegar a una mínima homogeneización de las mismas para poder alcanzar unos resultados satisfactorios de nuestra asociación. Si usted entra a formar parte finalmente de nuestro equipo, mucho me temo que no tendríamos otro remedio que modificar obligatoriamente algunas cuestiones, bastante importantes por cierto.

-Yo estoy dispuesto a adaptarme a su modo de trabajo. -repondió con rapidez.

-No, no es eso... Usted nos ha ganado siempre en algunos aspectos, y sería completamente estúpido renunciar a todo aquello que pueda suponer una mejora; no, nuestra propuesta consiste en tomar de cada parte todo lo que resulte ser más positivo independientemente de dónde proceda; tenga en cuenta que es muy difícil que podamos volver a contar con una oportunidad como ésta en mucho tiempo... y que no estamos dispuestos a desaprovecharla.

-Me llena usted de satisfacción.

-Me alegra que sea así. Bien, ¿qué le parece que pasemos a estudiar las condiciones en las que ha de tener lugar la asociación?

-Cuando usted quiera.

-Pues cuanto antes mejor. En primer lugar, está la cuestión de la indumentaria: yo creo que la suya tradicional puede valer; no hay motivo para cambiar algo tan conocido. Más problemático es el tema de los medios de transporte; me temo que el suyo no sea demasiado compatible con los nuestros.

-No hay problema. -atajó el ya contratado aspirante- Me adaptaré al suyo.

-Perfecto. Otro factor a tener en cuenta es la residencia; evidentemente, no podemos vivir en rincones opuestos del planeta.

-Si me permiten ofrecerles mi humilde morada...

-Puede que sea una buena idea mudarnos allí; se trata de un lugar mucho más tranquilo que el nuestro y, créame, estamos ya bastante hartos de sobresaltos. Eso sí, tendrá buena calefacción, ¿no?

-Excelente.

-Pues no se hable más. Nos queda pendiente tan sólo un último punto, que es el más espinoso de todos: La jornada laboral. Obviamente, aquí sí que no valen medias tintas.

-Sí. -sonrió con complicidad su interlocutor- Y aquí surgieron en el pasado nuestras principales discrepancias. Sin embargo, yo no veo por qué no pueden ser conjugadas ambas cuestiones, la efectividad y la tradición.

-No le comprendo.

-Es muy sencillo. ¿Acaso no podríamos trabajar las dos veces en vez de hacerlo una sola? Nuestros clientes tendrían dónde elegir, y esto beneficiaría a todo el mundo. Sí, ya sé que es doble trabajo, máxime teniendo en cuenta que tendremos que contar con la suma de nuestras dos clientelas...

-Eso es lo de menos; lo importante es hacer bien el trabajo. Además, los medios técnicos de que disponemos nos permiten evitar la mayor parte del esfuerzo, que es además el más penoso. No se hable más; todo queda zanjado.

Sonrientes y satisfechos, ambos se levantaron de sus asientos para abrazarse estrechamente. El acuerdo era completo y su futuro estaba más que asegurado.

-Verá qué contento se va a poner Baltasar cuando se lo diga. La verdad es que, desde que falleciera Gaspar, el pobre no levanta cabeza.

-Confío en que se recupere; no veo ningún motivo para que no sea así. Por otro lado, me intriga pensar cómo van a reaccionar los niños ante mi conversión en Rey Mago. -rió.

-Melchor, Papá Noel, Baltasar... Resulta divertido. -coreó Melchor- Por cierto, ¿se imagina el lío que les vamos a armar a los belenistas con usted montado en un camello?

-Peor hubiera sido con mi trineo; me temo que a mis pobres renos no les habría sentado demasiado bien el clima de Palestina.

Contentos ambos salieron de la estancia fraternalmente cogidos del brazo. La Navidad estaba cerca y aún les quedaba mucho por hacer; en especial, estaba la cuestión de la campaña publicitaria que se encargaría de dar a conocer por todo el mundo la nueva composición de su equipo. Las cosas había que hacerlas bien, máxime en unos tiempos en los que la promoción de la imagen revestía tanta importancia.

PRAGMATISMO

-En resumen; ésta es la propuesta de mi cliente.

-Realmente se trata de algo muy singular; tanto es así que carezco de potestad para decidir por mis representados. Necesito, pues, algún tiempo para poder consultar con ellos.

-Hágalo -respondió el primer abogado con una amplia sonrisa- ¿Le parece bien que nos volvamos a ver dentro de... digamos una semana?

-Me parece estupendo.

***

-¿Qué, aceptan? -habían pasado los siete días y de nuevo se encontraban frente a frente los dos interlocutores.

-Bien, en principio no les parece una mala idea, pero opinan que existen algunos inconvenientes bastante importantes, tales como la discrepancia de fechas.

-Se podría llegar a un acuerdo.

-¿Cómo? ¿Renunciando su cliente a la suya, o haciendo lo propio los míos?

-No necesariamente. Podrían atender conjuntamente a ambas.

-Eso supondría un trabajo doble.

-Pero también una doble efectividad; y además, se habrían acabado definitivamente todos los conflictos que han venido envenenando la relación entre las dos partes.

-Necesito consultar de nuevo.

-Hágalo.

***

Meses más tarde, al acercarse el fin de año, millones y millones de padres e hijos se quedaron sorprendidos por la inesperada noticia: Los Reyes Magos ya no eran tres sino cuatro, y la nueva incorporación atendía al nombre de Papá Noel. Este último, ufano como nunca, respondía a las preguntas de la siguiente manera:

-Yo lo tengo muy claro -decía-. Si no puedes vencer al enemigo, lo mejor es que te unas a él.

¿ALTRUISMO?

Aquella aciaga nochebuena fueron millones los hogares en los que la llegada de la Navidad supuso una amarga decepción tanto para los pequeños como para los que ya no lo eran tanto: Papá Noel no había pasado por ningún lugar del planeta para dejar su cargamento de juguetes.

Afortunadamente, días más tarde hubo finalmente regalos para todos gracias a la generosidad de unos Reyes Magos que se multiplicaron para poder visitar, en la noche del cinco al seis de enero, la totalidad de las viviendas del mundo entero, tanto si en éstas se les esperaba a ellos como si eran de aquéllas a las que Papá Noel había dejado de ir. Fue sin duda un bello gesto alabado por todos y que tuvo su continuidad al prometer sus Majestades Orientales que en años sucesivos continuarían obrando de igual manera, al menos mientras su antiguo competidor continuara sin dar señales de vida.

Lo que nadie llegó a saber fue que, en un remoto y desconocido rincón cercano al polo norte, el cadáver del que fuera el amigo de los niños reposa para siempre enterrado bajo varias toneladas de hielo y rocas derrumbadas repentinamente sobre su vivienda cuando él se encontraba en su interior... Y es que, ser Rey Mago no tiene por qué estar reñido con ser un experto en explosivos.

DONDE LAS DAN...

Hubo una Navidad, hace ya muchos años, que fue conocida por todos como la Navidad de la Confusión... Y no porque en ese preciso año ocurriera nada especialmente singular y único -de hecho, fue justo lo que ahora consideramos normal- sino porque fue el inicio de una tradición que entonces, y sólo entonces, supuso una revolución copernicana en los modos navideños.

Imagínese por un momento, amigo lector, una Navidad con un único Papá Noel... El de color rojo, concretamente. ¿Absurdo? Ahora sí, por supuesto, pero no antes, y basta con que pregunte a alguien de edad tan provecta como la mía; y es que, ahora que lo pienso, el tiempo pasa endemoniadamente rápido. Imagínese, insisto, y le aseguro que no me estoy inventando nada, un único y solitario Papá Noel al que un buen día le surgieron tres competidores vestidos exactamente igual que él con la única diferencia de los distintos colores con los que estaban confeccionados sus trajes: Verde esmeralda el primero, azul turquesa el segundo y un deslumbrante amarillo dorado el tercero, dándose además la circunstancia de que este último era de tez negra y lampiño al contrario de sus barbudos compañeros.

La confusión, huelga decirlo, fue realmente mayúscula: cuatro personajes idénticos salvo en el color, realizando todos ellos las mismas labores de repartir juguetes a los niños mientras uno de ellos -el rojo concretamente- protestaba desaforadamente ante lo que consideraba una violación de su exclusiva en el reparto de juguetes en Navidad... Sí, de hecho amenazó incluso con denunciar en el Sindicato a los intrusos. A todo esto sus tres competidores, que parecían actuar conjuntamente, respondieron acusándole de robarles la clientela gracias al poco ético sistema de comenzar su trabajo cuando a ellos todavía no les estaba permitido hacerlo, incurriendo por ello en el delito de la competencia desleal. Por tal motivo, añadían, se encontraban plenamente legitimados para actuar con sus mismas armas.

El caso es que ese año Papá Noel -alguno de los cuatro, se entiende- llegó a la totalidad de los hogares acabándose de esta manera tan simple todas las disputas entre los partidarios de la Navidad y los de Reyes a la hora de repartir los regalos; y por si fuera poco este café para todos, apenas quince días más tarde los tres Reyes Magos volvieron a desempeñar su labor secular al tiempo que un cuarto personaje vestido también de Rey -aunque eso sí, el traje le quedaba bastante grande debido probablemente a la premura de su confección- intentaba desesperadamente llegar antes que ellos a los hogares en un claro intento de devolverles la bofetada recibida.

Conforme cuentan las crónicas de la época hubo de todo en esa doble confrontación, desde discusiones y peleas en los umbrales de las casas a las que llegaron los cuatro al mismo tiempo -y más de un vecino tuvo que increparles airado porque no le dejaban dormir- hasta sabotajes de todo tipo tales como escaleras con los barrotes serrados o chimeneas tapiadas, sin que faltara tampoco algún que otro cepo de los de cazar lobos; aunque lo más grave de todo fue sin duda el envenenamiento de camellos y renos, víctimas inocentes de una disputa a la que eran ajenos.

Si hemos de ser sinceros, habremos de convenir que la pugna concluyó en un honroso empate ligeramente escorado -aunque no demasiado, eso sí- hacia la sociedad tripartita; pero fue tal el escándalo que se armó, y fueron tantas las protestas surgidas de multitud de colectivos diferentes, desde padres hasta ecologistas, que ambas partes se comprometieron formalmente a entablar negociaciones en busca de una solución pacífica para el problema.

Nunca se llegó a saber qué fue lo que ocurrió en los meses posteriores ya que el mutismo de las dos partes fue absoluto; pero lo cierto es que a la llegada de la siguiente Navidad volvieron a actuar de nuevo los cuatro Papás Noel secundados dos semanas más tarde por los cuatro Reyes Magos... Aunque en esta ocasión, como se cuidaron muy bien de resaltar los interesados, la anterior rivalidad había sido reemplazada por una activa colaboración entre las dos partes implicadas. A pesar del tiempo transcurrido desde entonces, y a pesar también de la insistencia de los periodistas que no ha cesado en ningún momento, los cuatro en bloque se siguen negando a revelar los detalles del histórico acuerdo limitándose a reseñar que los principales obstáculos surgieron a la hora de repartirse sus respectivas cuotas, ya que mientras Papá Noel reclamaba un cincuenta por ciento los Reyes sólo le ofrecieron en principio un veinticinco... Eso sí, la cuota final sigue siendo secreta -lo importante es que todos los niños tengan juguetes, dicen- a la par que aparentemente satisfactoria para todos ellos.

Y así han seguido las cosas hasta nuestros días, con los antiguos rivales convertidos en socios fraternales olvidadas ya definitivamente sus viejas querellas. Ahora los niños son más felices que nunca puesto que cuentan con ración doble de juguetes, y únicamente algunos pocos padres expresan su desagrado ante lo que consideran un injustificado derroche. Pero bien pensado, ¿a quién le importa realmente eso?

ETERNOS RIVALES

Los Reyes Magos se las prometían realmente muy felices cuando consiguieron denunciar a Papá Noel ante los grupos protectores de los animales a causa del presunto maltrato al que éste sometía a los renos de su trineo; teniendo en cuenta la gran relevancia que en los últimos años habían alcanzado estos grupos así como su gran influencia política y social, si conseguían de esta manera privar a su gran rival de su principal herramienta de trabajo esto supondría, o al menos así lo entendían los Magos, el fin definitivo de una competencia desleal que duraba ya demasiados años.

Lo malo fue que en su euforia olvidaron que ellos también tenían necesidad de recurrir a unos auxiliares animales para poder desarrollar satisfactoriamente su trabajo; y si bien consiguieron, conforme a sus planes, privar a Papá Noel de sus renos, ellos mismos se encontraron de pronto sin camellos en los que poder cargar sus regalos.

Han pasado ya varios años y desde entonces ambas partes se han apañado como buenamente han podido cada vez que llegaba la hora de repartir los regalos a los niños: tras probar con aviones, helicópteros, camiones y hasta bicicletas, finalmente han conseguido llegar a una solución de compromiso que, mejor o peor, resulta ser razonablemente aceptable. Cierto es que algunos de los niños no reciben sus regalos hasta el mes de mayo debido a lo imperfecto de los medios de transporte utilizados por los Reyes Magos; pero cierto es también que su ancestral enemigo tropieza asimismo con idénticas dificultades, con lo cual la situación no es tan mala como hubiera podido llegar a ser.

Al fin y al cabo, continúan estando empatados.

UNA SUSTITUCIÓN DIFÍCIL (I)

Decididamente, la fiesta de Reyes no es ya lo que era... No, desde luego, a partir del momento en el que un desequilibrado neonazi asesinara alevosamente al pobre rey Baltasar mientras éste procedía a repartir juguetes por las casas en la noche de un cinco de enero.

Cierto es que Melchor y Gaspar se apresuraron a cubrir el hueco del llorado Baltasar con alguien tan ilustre como el fallecido monarca y también, al igual que todos ellos, de honda estirpe real; pero la nota de exotismo que aportaba el rey negro no existe ya puesto que su sustituto, el noble y sabio rey Salomón, es también de raza blanca.

Dice la oficina de prensa de SS.MM. que se trata de una simple casualidad, y que el rey Salomón fue elegido debido exclusivamente a su sabiduría y bondad; pero no falta quien afirma, en especial dentro de los círculos de inmigrantes subsaharianos, que se trató de un simple y deliberado blanqueo de imagen aprovechándose de las trágicas circunstancias que envolvieron la desaparición del rey favorito de los niños... Aunque ya se sabe que estas minorías raciales suelen ser muy, pero que muy susceptibles.

UNA SUSTITUCIÓN DIFÍCIL (II)

Cuando un desequilibrado asesinó al pobre rey Baltasar en un atentado racista instigado por Papá Noel, su mortal enemigo, sus colegas Melchor y Gaspar se vieron en la necesidad de elegir rápidamente un sustituto. Para ello barajaron diversos nombres que, por una u otra razón, no pudieron o no quisieron asumir el cargo vacante.

Y, aunque finalmente consiguieron ver cubierto su objetivo, han sido numerosas las voces que se han alzado calificando de desafortunada su elección. Ellos afirman que les fue de todo punto imposible encontrar otro candidato más idóneo para cubrir la vacante, y puede que no les falte razón; pero a pesar de ello, ¿a quién se le pudo ocurrir que el rey Herodes pudiera llegar a ser un buen Rey Mago?

CABALGATA RACISTA

M es una población de más de ciento cincuenta mil habitantes que forma parte, como es sabido, del área metropolitana de la capital X. Dicen las malas lenguas que no es sino una ciudad satélite de la gran urbe y que carece de cualquier atisbo de vida e identidad propias; pero el ayuntamiento de M niega vehementemente tan artera afirmación al tiempo que se esfuerza en demostrar, a todo aquél que quiera escucharle, que desde que ellos gobiernan la calidad de vida de esta población ha mejorado considerablemente. Y en cuanto al hecho de que la práctica totalidad de sus convecinos se autodefinan como X eños en vez de M eños cada vez que se realiza una encuesta en el municipio, lo interpretan explicando que nadie tiene la culpa de que la provincia y la cercana capital compartan un mismo nombre.

Pero vayamos al grano. Durante las pasadas fiestas de navidad M saltó a los titulares de los periódicos (hay que apuntar que sólo suele hacerlo con motivo de sucesos, a ser posible morbosos) a causa del comportamiento racista que, según el colectivo de inmigrantes de color, había mostrado su ayuntamiento durante la reciente celebración de la cabalgata de Reyes. ¿Cual había sido el grave delito de los honrados munícipes M eños? Pues nada menos que tiznar a una persona de raza blanca para representar al rey Baltasar. Hay que aducir, en descargo de los ediles, que desde tiempo inmemorial (es decir, desde las elecciones de 1979) el papel de los Reyes Magos ha sido desempeñado tradicionalmente por tres concejales elegidos de forma completamente democrática por la totalidad de la corporación; y por azares del destino, que no por discriminación de ningún tipo, nunca hasta ahora ha contado la villa con ningún concejal de tez oscura. Cierto es que en el padrón municipal de M figuran un total de seiscientos cuarenta y siete vecinos de raza negra, pero cierto es también que nadie en el municipio había caído nunca en ese detalle.

Pero como los concejales de M son unos perfectos demócratas y están muy sensibilizados además frente a la oleada de racismo y xenofobia que actualmente azota a nuestro país, asumieron públicamente su error prometiendo que en el futuro no se volvería a repetir tal despropósito; y así, para demostrar su gran aprecio por los seiscientos cuarenta y siete ciudadanos subsaharianos y caribeños residentes en su municipio (orientales y norteafricanos por el momento no hay), a partir del año próximo los tres Reyes magos serán encarnados exclusivamente por M eños de piel oscura aunque, claro está, dos de ellos deberán ir pintados de blanco debido a la necesidad imperiosa de respetar la tradición.

ECOLOGÍA REAL

GABINETE DE PRENSA DE SS. MM.
LOS REYES MAGOS DE ORIENTE

A la opinión Pública

Cercana ya la festividad de la Epifanía, de tan arraigada tradición y en la que tan importante participación tienen desde hace mucho SS.MM., este gabinete de prensa desea manifestar que, conscientes SS.MM. de la necesidad de respetar la ecología de nuestro planeta, y sensibles siempre a todas aquellas cuestiones que supongan una mejora del medio ambiente, han decidido introducir una importante modificación en el tradicional reparto de regalos que, en dicha fecha, suelen realizar a los niños de todo el mundo. Esta modificación será ya efectiva en la próxima campaña y tendrá continuidad en las sucesivas.

Dados los graves problemas de contaminación, lluvia ácida y efecto invernadero existentes en extensas zonas del planeta, todos ellos provocados por la combustión indiscriminada de carbón y otros combustibles fósiles, SS.MM. han tenido a bien revocar el castigo tradicional para los niños malos, consistente en dejarles carbón en vez de juguetes u otros objetos de regalo, sustituyéndolo en todos los casos en que sea necesario hacerlo por la entrega de una lupa como símbolo de una energía, la solar, que no es contaminante ni provoca efectos secundarios de ningún tipo.

Es deseo de SS.MM. que esta iniciativa real suponga una aportación importante y positiva a la tan necesaria política de respeto y conservación de la Tierra, inculcando con ella a sus principales destinatarios, los niños de hoy que serán los hombres del mañana, la convicción de que nadie debe hacer nada que suponga dañar o poner en peligro el equilibrio ecológico del planeta.

 

En Oriente, a 28 de diciembre de 20..

INTERCAMBIO DE PAPELES

Tras muchos años de hostilidad manifiesta, los Reyes Magos y Papá Noel lograron reconciliarse prometiéndose mutuamente que a partir de entonces ya no serían rivales, sino colegas y amigos. Y para refrendar su pacto, acordaron intercambiar sus respectivos papeles actuando ese año los Reyes Magos para Navidad y Papá Noel para Epifanía.

Lamentablemente, a pesar de las buenas intenciones de todos ellos la iniciativa resultó ser un completo fracaso. Los Reyes Magos fueron incapaces de uncir los camellos al trineo, mientras Papá Noel no consiguió tampoco convencer a ninguno de sus renos para que soportara su a todas luces excesivo peso. Así pues, al año siguiente cada cual volvió a su labor tradicional que era, al fin y al cabo, lo que se les daba mejor.

DAÑOS COLATERALES

Es de sobra conocido que la influencia cultural, por llamarla de alguna manera, norteamericana sobre Europa ha sido, y sigue siendo, poco menos que asfixiante, sin que sea óbice que en muchas ocasiones la valía intrínseca de lo importado no supere, o ni siquiera alcance, a la de aquello que viene a sustituir... estoy hablando de cosas tales como la comida basura, el halloween, los westerns, ciertos desmañados modos de vestir y, en general, del gusto por todo lo trivial o lo kich.

En España, por si fuera poco, tenemos -mejor dicho, teníamos- un elemento de roce adicional, la pugna entre nuestra centenaria tradición de los Reyes Magos y el importado Papá Noel, diseño exclusivo, por cierto, de la Coca-cola... y mal que bien íbamos tirando hasta ahora, aunque con la excusa de una presunta falta de tiempo para que los críos disfrutaran de los juguetes -¡como si no pudieran hacerlo durante todo el año! -eran cada vez más los padres que, renegando de sus raíces culturales, habían decidido adelantar a la nochebuena la entrega de los regalos, desdeñando la tradicional noche de Reyes o, en el colmo del sincretismo, desdoblándola en dos para regocijo de sus retoños.

Pero esto ya da igual, puesto que es historia; como también lo son las chuscas cabalgatas de Reyes en las que algún concejal pasado de rosca había cometido la herejía de incorporar a ese mamarracho vestido de rojo a modo de cuarto rey mago, en igualdad de condiciones con sus tres colegas... algo que entonces nos escandalizaba, pero que ahora añoramos ante la imposibilidad de su repetición.

Sí, eso ya no es posible; quién iba a pensarlo. Porque, pese a todo, la fiesta de los Reyes Magos seguía gozando de una excelente salud, y nada hacía temer por su desaparición. ¡Quién lo iba a decir! Y todo por culpa de la maldita paranoia yanqui surgida a raíz de los trágicos atentados de las Torres Gemelas de Nueva York y de su posterior empantanamiento en Oriente Medio, a donde fueron por lana y salieron trasquilados; poco es lo que resolvieron y sí mucho lo que destrozaron, entre ello la más hermosa tradición quizá de nuestro país.

Fue un mal día de diciembre, hace ya algunos años, cuando una patrulla norteamericana interceptó por sorpresa la caravana en la que Sus Majestades de Oriente se trasladaban camino de España. El encuentro sucedió en algún lugar secreto de los desiertos que se extienden por esa zona de Asia y, ante la magnitud de lo transportado -los regalos para buena parte de los niños españoles-, los muy cretinos pensaron que se trataba de un comando de terroristas islámicos tramando algún maquiavélico plan en contra de la libertad y de Occidente... y sin pensárselo dos veces, dispararon primero y preguntaron después.

La masacre fue absoluta, y no quedó ningún superviviente. Cuando los yanquis descubrieron su error ya era demasiado tarde, y tanto Melchor, Gaspar y Baltasar, como todo su séquito eran ya cadáveres; fue ésta una estúpida manera de morir después de haber alegrado a los niños durante dos mil años.

Lógicamente, las gestiones diplomáticas comenzaron de inmediato; al fin y al cabo España era un aliado fiel de los Estados Unidos, y no era cuestión de destrozar la ilusión de su infancia. Los americanos, pragmáticos hasta el fin, propusieron que fuera su propio representante, es decir, Papá Noel, quien se hiciera cargo del trabajo de los difuntos; al fin y al cabo, arguyeron, éste ya conocía el país. Ante la evidencia de la catástrofe y la falta de soluciones alternativas -pese a sus títulos los Reyes carecían de príncipes herederos-, el gobierno español se vio obligado a aceptar el ofrecimiento.

Y así están las cosas. Aunque en un principio no resultó fácil convencer a muchos niños, y menos aún a bastantes padres, de la irreversibilidad del cambio, éste se produjo, qué remedio. Eso sí, las cabalgatas ya no son lo que eran, y es que no se puede comparar la prestancia de los tres desaparecidos monarcas con la patosidad de ese ridículo personaje; pero justo es reconocer que el hombre hace lo que puede, aunque por más que lo ha intentado sigue siendo incapaz de montar en camello.

COMPETENCIA DESLEAL

-Póngase en pie el acusado.

Una vez pronunciadas por el juez las solemnes palabras rituales, un silencio sepulcral se abatió sobre la abarrotada sala de audiencias a la espera del inminente veredicto.

No era para menos, ya que se trataba de un proceso singular que había sido seguido con detenimiento, cuando no con pasión, no sólo por la práctica totalidad de los españoles, sino asimismo por muchos millones de personas a lo largo y ancho del planeta, algo insólito para un juicio celebrado en España; y todavía más sorprendente resultaba que fuera precisamente en los Estados Unidos, siempre tan indiferentes hacia las noticias procedentes de más allá de sus fronteras, donde se hubiera desatado un mayor interés fuera del propio territorio español.

Claro está que se estaba dirimiendo algo que afectaba muy directamente a su prestigio y a su hegemonía mundiales.

El acusado era un viejecillo rechoncho de luenga barba y aspecto inofensivo, vestido con un sobrio terno al que evidentemente no estaba demasiado acostumbrado; por prohibición expresa del tribunal se le había impedido presentarse ante el juez con su traje habitual, ya que, en palabras de la acusación particular, esto hubiera supuesto un chantaje emocional difícilmente compatible con la imprescindible imparcialidad judicial.

Por supuesto, a los tres demandantes se les había aplicado idéntico criterio.

-Nicolás de Myra, -carraspeó el magistrado, consciente de la gran repercusión mundial de su intervención- también conocido como Nicolás de Bari, Sinterklaas, Santa Claus, Papá Noel, Father Crhristmas, Julenisse o Joulupukki, entre otros apelativos...

Hizo una pausa, y prosiguió:

-Estudiada la demanda interpuesta por Melchor, Gaspar y Baltasar, también conocidos con el apelativo de los Reyes Magos de Oriente, este tribunal, una vez oídas las partes y considerados los hechos, ha acordado dar por probado lo siguiente:

»Primero, que la tradicional actividad de repartir juguetes a los niños en el territorio español, durante la festividad de la Epifanía, por parte de los demandantes, está documentada históricamente de forma fehaciente e incontrovertible desde fechas muy anteriores a la llegada del demandado a este país.

»Segundo, que aunque ambas partes, demandantes y demandado, vienen realizando tareas similares en diferentes países, nunca hasta fechas relativamente recientes había surgido ninguna interferencia entre ellos como la que actualmente existe en España, pudiendo considerarse como intrusión la actividad del demandado en este país.

»Tercero, que esta intrusión se ve agravada dada la proximidad existente, apenas dos semanas de diferencia, entre las fechas en las que tienen lugar sus respectivas intervenciones, Navidad en el caso del demandado y Epifanía en el caso de los demandantes, lo que hace poco recomendable la coexistencia de ambas. Antes bien, ha de ser considerado, y así lo atestiguan los informes periciales recabados por este tribunal, que esta coincidencia temporal puede resultar altamente perjudicial para el equilibrio emocional de los niños, siendo asimismo contraproducente, en opinión de los expertos, que éstos reciban una doble visita de esta naturaleza en tan corto espacio de tiempo, puesto que la duplicidad de regalos que se suele producir en la mayoría de los casos es susceptible de acabar induciendo en ellos hábitos consumistas muy poco recomendables dadas las consecuencias negativas que éstos podrían acarrearles en el futuro.

»Cuarto, que en numerosas ocasiones se ha detectado asimismo un retroceso palpable de la secular tradición española en beneficio de la advenediza traída por el demandado; aunque no es atribución de este tribunal dictaminar sobre los hábitos y costumbres de los ciudadanos españoles, entendemos no obstante que sobre él recae un cierto grado de responsabilidad moral que, en casos como el presente, no puede ser en modo alguno ignorada.

»En base a todo lo anteriormente expuesto, este tribunal considera ajustada a derecho la querella interpuesta por los demandantes, y en consecuencia -al llegar a este punto el juez se vio obligado a elevar el tono de su voz, como única manera de sobreponerse a los murmullos que comenzaron a desatarse en la sala- en ejercicio de las atribuciones que le han sido conferidas por el Reino de España, declara culpable a Nicolás de Myra, etc., etc., del delito de competencia desleal con los Reyes Magos de Oriente, prohibiéndosele que a partir de este momento realice cualquier tipo de actividad relacionada con el reparto de juguetes a los niños en la totalidad del territorio nacional español, quedando ésta reservada en exclusiva a los aludidos Reyes Magos de Oriente o, en su caso, a los miembros de las tradiciones locales que puedan demostrar de forma fehaciente tanto su condición de autóctonos como su arraigo popular en sus respectivos territorios.

La algarabía que se desató en la sala de audiencias una vez concluida la lectura de la sentencia, fue tal que los servicios de orden se vieron obligados a aplicarse con total contundencia. Finalmente la sala pudo ser desalojada, pero lo peor del debate público estaba aún por llegar.

Hubo quienes aplaudieron sin reservas la sentencia, entendiéndola como una defensa necesaria de la idiosincrasia española, amenazada severamente por el colonialismo cultural anglosajón.

Hubo quienes opinaron que se trataba de algo irrelevante, cuando no absurdo, abogando porque fueran los propios ciudadanos quienes decidieran por sí mismos, llegándose incluso a denunciar la presunta existencia de presiones ocultas por parte de determinados intereses económicos.

-No faltaron tampoco quienes -políticos, por supuesto- intentaron organizar campañas en contra, con argumentos que iban desde la presunta interferencia -que ellos interpretaban como intolerable- de la Iglesia Católica en la sociedad civil, hasta la también presunta imposición de una supuesta tradición castellana en sus naciones; y eso a pesar de que la sentencia había avalado el respeto a algunas minoritarias tradiciones locales a las que curiosamente nadie o casi nadie había prestado mayor atención hasta entonces. Claro está que bastó con la amenaza espontánea, y nunca probada, de un hipotético boicot a determinados productos de sus respectivas regiones, para que las aguas volvieran rápidamente -al menos por el momento- a su cauce.

Mucho peores fueron las presiones ejercidas sin el menor disimulo por determinadas empresas que, imbuidas por la política del “siempre dos mejor que uno”, protestaron airadamente ante lo que definían como un menoscabo de sus intereses, encontrándose no obstante con la férrea e inesperada oposición de una asociación que, bautizada con el significativo nombre de Padres Esquilmados, apoyaba sin reservas el interdicto judicial.

También resultó importante la reacción internacional, y más concretamente la norteamericana -los países europeos callaron diplomáticamente- en su triple vertiente gubernamental, comercial y ciudadana. Mientras el embajador estadounidense deploraba lo ocurrido al tiempo que elevaba una tibia protesta diplomática, varias compañías multinacionales amenazaron con apelar a los tribunales internacionales pese a que se trataba de un asunto interno español; era mucho el dinero que estaba en juego, máxime teniendo en cuenta que estas empresas hacían de la campaña navideña, centrada en buena parte en torno a la figura de Papá Noel, una de sus más importantes promociones comerciales.

En cuanto a los norteamericanos de a pie... bueno, reaccionaron tal como cabía esperar de ellos, proponiendo un boicot a la tortilla de patatas -rebautizada por los más exaltados como “liberty omelette” y exigiendo como represalia la prohibición de los Reyes Magos en su país, lo que a su vez motivó las airadas protestas de la jerarquía católica estadounidense y el repudio casi unánime de las importantes minorías hispanas del país. De rebote, un actor español que había logrado hacerse un hueco en el exigente Hollywood tuvo que hacer las maletas y volverse para su tierra, mientras los exportadores de ciertos productos españoles, desde cava a zapatos, vieron asimismo mermados sus balances de ventas allende el Atlántico.

Muy pocos, por el contrario, fueron los que llegaron a conocer lo que aconteció a los protagonistas directos de la querella, discretamente desaparecidos del mapa mientras la polémica arreciaba en torno suyo. En realidad, una vez despojados de sus ropajes y privados de su correspondiente iconografía -el trineo y los camellos- pasaban completamente inadvertidos en mitad de la vorágine de la indiferente metrópolis.

Nadie, pues, se apercibió de la identidad de los cuatro personajes anónimos que tomaban tranquilamente unas cervezas en un bar de madrileño barrio de Lavapiés, uno de los pocos que todavía quedaban regentados por autóctonos, antes de partir hacia sus respectivos y lejanos destinos.

-Jo, tíos, os habéis pasado. -reprochaba Nicolás a sus tres acompañantes- Tantos siglos sin problemas entre nosotros, y ahora en un momento...

-Te juro que nunca llegamos a sospechar que pudieran llegar las cosas tan lejos. -se disculpó Melchor- La verdad es que lo planeamos como una simple cuestión de marketing para mejorar nuestros índices de impacto, que últimamente estaban un tanto bajos. ¿Verdad, Gaspar?

-Uh... -el interpelado terminó de masticar precipitadamente los chopitos y, tras ayudar la deglución con un trago de cerveza, corroboró lo afirmado por su colega- Sí, es cierto, estábamos preocupados por el descenso de nuestra cuota de mercado, y decidimos consultar a un asesor financiero que fue quien nos sugirió que... bueno, ya lo sabes. No buscábamos más que una simple campaña de imagen que nos ayudara a mejorar la balanza de resultados, pero se nos acabó yendo de las manos sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo; el dichoso juicio nos resultó tan embarazoso como a ti, puedo asegurártelo. ¿Cómo íbamos a imaginar que ese cretino de juez fuera a admitir a trámite una querella tan ridícula? Lo único que queríamos era publicidad, sólo publicidad, y no desde luego a ese precio.

-Pero eso no se hace. -insistió su rival- Me parece muy bien que quisierais potenciar vuestra imagen y todo eso que habéis dicho, pero no a costa mía...

-Hombre, Nico, si nos ponemos así, vamos a decirlo todo. -terció el hasta entonces silencioso Baltasar, esgrimiendo a guisa de florete el pincho moruno que tenía a medio comer- Tú llevabas mucho tiempo haciéndonos una competencia desleal, reconócelo, invadiendo nuestro territorio con la ayuda de toda la parafernalia publicitaria de las multinacionales yanquis e incluso de buena parte de las españolas... y nosotros, hasta ahora, nos habíamos aguantado sin decir ni pío. Pero la paciencia tiene un límite.

-Además, -remachó Gaspar- por si fuera poco, todos los años te adelantabas a nosotros; y eso duele.

-Bueno, no digo que no tengáis razón en eso, -reconoció el interpelado- la verdad es que también a mí se me fueron las riendas de las manos. ¿Creéis que me hace gracia que se me utilice impunemente, por supuesto sin ningún tipo de retribución ni tan siquiera el más mínimo reconocimiento, como un mero reclamo publicitario para intentar venderle a la gente esto o aquello? Yo también tengo mi dignidad y mi orgullo profesional, y os aseguro que estoy completamente harto de hacer de hombre anuncio. En un principio me agradó, no lo niego, por la publicidad que me daba, pero se acabó volviendo contra mí causándome un perjuicio muy superior a los presuntos beneficios, que dicho sea de paso no veo por ningún lado.

-¿Entonces? -interrogó Melchor al tiempo que pelaba una gamba a la plancha.

-Hombre, es que esa no era manera de hacer las cosas. ¡Camarero! ¡Traiga otra ronda de cañas para mí y mis amigos, y también otra ración de callos!

Y respondiendo a la muda interrogación de sus compañeros, prosiguió:

-Yo nunca os he considerado rivales, sino colegas. Por cierto, estos callos están para chuparse los dedos; no veáis lo que cansa una dieta de carne de reno y pescado durante todo el año.

-Pero nosotros jamás hemos invadido tu territorio, como tú hiciste con el nuestro... -apuntó suavemente el Rey negro.

-Yo... ya os he dicho que mi figura ha sido muy manipulada en contra de mi voluntad; no fui yo quien pretendió penetrar en vuestro mercado, fueron ellos los que me obligaron.

-Podrías haberte negado.

-¿Cómo? -un brillo de impotencia se esbozó en los tristes ojillos del vejete- ¡Si hasta ese ridículo traje rojo con ribetes blancos que me veo obligado a llevar año tras año me fue impuesto por la Coca-cola! Yo, todo un obispo, disfrazado de mamarracho...

-Bueno, Nico, no te pongas así. -contemporizó Melchor- Nos conocemos desde hace mucho tiempo, y de sobra sabemos que eres una buena persona. Pero reconocerás que a Baltasar no le falta razón cuando dice que las cosas se estaban pasando ya de castaño oscuro...

-¿Acaso creéis que para mí era un plato de gusto? -hipó el acusado- Imaginaos el esfuerzo que me suponía ese trabajo adicional... Y encima vosotros sois tres, pero yo estoy solo. Mi médico está harto de decirme que no trabaje tanto, que el día menos pensado voy a tener un disgusto... ¡Ah, los callos! ¿Podría traer también un poco más de pan?

-Y de paso unos calamares. -remachó Gaspar- Nico, te aseguro que en ningún momento hemos dudado de tu buena fe, pero los hechos son los hechos. Y encima, vienes ahora reprochándonos que defendiéramos nuestros intereses... ¿es que tú, en nuestro lugar, no habrías hecho lo propio?

-Lo único que pretendía deciros, es que podríamos haber intentado llegar a un acuerdo amistoso sin necesidad de tener que pasar por el juzgado... ¡oye, estos calamares tienen muy buena pinta!

-Pincha, pincha, te aseguro que no volverás a comerlos igual en mucho tiempo. -ofreció Melchor arrimándole el plato- Lo que veo que no has probado todavía es el chorizo; y es ibérico de verdad, no las cosas que te venden por ahí.

-Es que tengo el colesterol un poco alto; -se excusó- ya sabéis, de comer tanto reno... pero todavía no habéis respondido a mi pregunta.

-Para nosotros tampoco fue nada agradable tener que ir al juzgado, pero nuestro asesor insistió mucho en que ésta sería la única manera de poder conseguir algo. -confesó Melchor- Y desde luego, nunca llegamos a sospechar que se acabara llegando hasta el juicio, pensamos que la cosa se pararía antes. Te aseguro que, de haber existido alguna alternativa, habríamos recurrido a ella sin dudarlo.

-Además, tú mismo has reconocido que el verdadero enemigo nuestro no eras tú, sino esas malditas multinacionales que explotaban tu imagen y te sobrecargaban de trabajo, al tiempo que nos comían el terreno a nosotros. -añadió Baltasar, limpiándose con la servilleta la salsa de los callos- ¿Piensas que, por mucho que hubiéramos llegado a alcanzar un acuerdo amistoso, estos señores habrían accedido por las buenas? Amigo Nico, no seas ingenuo.

-No, si la verdad es que yo prefiero que las cosas hayan salido así; no veáis la cantidad de trabajo que me voy a quitar de encima. El problema es que mi imagen ha salido muy malparada, y eso es algo que también es preciso tener en cuenta; soy una figura emblemática para muchos millones de niños, y no puedo, ni quiero, defraudarlos. En cuanto a esas malditas compañías... que las den por saco. Total, para lo que saco de ellas...

-Bueno, -reflexionó Gaspar- quizá pudiéramos llegar a una solución de compromiso que nos satisficiera a todos. ¿Qué os parece si emitimos un comunicado conjunto afirmando que hemos llegado a un acuerdo amistoso y bla, bla, bla...

-Oye, chico, no me parece mala idea eso que has dicho. ¿Por qué no? ¡Camarero! ¡Traiga una botella de champán y cuatro copas!

-¡Del bueno, que te conozco! -añadió Baltasar, que siempre había sido el más sibarita de todos.

QUE PAREZCA UN ACCIDENTE

En las vastas y desoladas regiones de Laponia septentrional se había decretado luto nacional. Papá Noel, el veterano amigo de los niños, había fallecido de forma inesperada víctima de un mortal accidente cuando se aprestaba a iniciar su tradicional campaña navideña.

La capilla ardiente, levantada en el amplio salón central de la residencia boreal del fallecido, rebosaba de personalidades venidas expresamente, desde todos los rincones del planeta, hasta ese remoto rincón del globo para dar su último adiós al popular personaje. Entre la pléyade de monarcas, jefes de gobierno, altos cargos militares, actores y cantantes famosos, representantes de las principales confesiones religiosas y magnates económicos, las figuras de los tres Reyes Magos, seculares rivales del difunto pasaban casi desapercibidas a pesar de lo vistoso de sus ropajes. Tras rendir su silencioso homenaje al yacente y dar el pésame a sus consternados colaboradores, los Magos abandonaron discretamente el recinto; también ellos tenían mucho trabajo pendiente, razón que arguyeron para justificar su prematura marcha sin esperar al funeral ni al entierro.

Afuera, soportando con estoicismo las gélidas temperaturas -evidentemente estaban poco acostumbrados a tan inhóspito clima-, les aguardaban sus ateridos pajes, embutidos en gruesos forros polares de los que sobresalían cómicamente sus llamativos tocados. En aras de la rapidez, eso sí, habían decidido prescindir de los tradicionales camellos, sustituidos en esta ocasión por un moderno helicóptero.

Entre los pajes se encontraba un hombre de mediana estatura y hermético aspecto, vestido con un impecable terno de color negro y tocado con sombrero y gafas de sol de idéntico color. Éste se adelantó al ver llegar a los monarcas y, arrodillándose ante Melchor, le besó respetuosamente la mano.

-Luiggi, mi querido Luiggi... -le recibió éste paternalmente- Dile a tu padrino que le estoy muy agradecido por su ayuda, y que realizaste nuestro encargo a la perfección; todo el mundo está convencido de que se trató de un accidente fortuito. Y ahora es mejor que te vayas, no es conveniente que te vean rondando por aquí.

Obedeció el interpelado y, tras despedirse de los tres compañeros, se escabulló hacia un mototrineo que tenía aparcado al cobijo de unos abetos cercanos. Melchor, por su parte, se volvió hacia sus compañeros con aspecto satisfecho y les dijo:

-¿Veis como yo tenía razón? Ya os dije que podíamos confiar en los sicilianos siempre que hubiera por medio una tradición en peligro; como habéis podido comprobar, son extremadamente respetuosos con todo aquello que han heredado de sus antepasados.

CONSPIRACIÓN

-Ante todo, señores, deseo mostrarles mi agradecimiento y el de mis compañeros por haber atendido a nuestra invitación asistiendo a esta reunión. -expresó majestuoso el anciano de luenga barba blanca al tiempo que con la vista barría al resto de los asistentes.

Éstos eran, además de él mismo, otro anciano de aspecto similar aunque con la barba y el cabello de color más oscuro, un tercero lampiño con el rostro de profundo color azabache, un minúsculo ratón y un enigmático personaje del cual tan sólo se vislumbraban unas llamativas gafas de sol que aparentemente flotaban ingrávidas en el aire.

-Todos no. -objetó una profunda voz de barítono surgida de donde debería haber estado la boca en el invisible rostro que se adivinaba tras las gafas- Falta Valentín.

-No te falta razón, Amigo Invisible, pero todo tiene su explicación. -intervino el segundo anciano tras un profundo carraspeo- En realidad mis compañeros y yo teníamos dudas sobre la oportunidad de hacerle extensiva la invitación, puesto que en rigor la suya no es una tradición autóctona sino importada del mundo anglosajón, justo igual que la que tratamos de combatir; además, su desembarco en nuestro país no pudo ser más mundano, puesto que vino promovido por el dueño de una cadena de grandes almacenes con unos fines descaradamente comerciales...

-¿Y las nuestras no? -ironizó el roedor con su aguda vocecilla.

-Bueno, no puedo negar que, en ciertos entornos y por parte de determinada gente, no hayan podido acabar degenerando también en el sentido que tú apuntas, pero se trata de una desviación circunstancial y ajena por completo al espíritu prístino de nuestras tradiciones, y por supuesto indeseada por nosotros. Además -añadió- las nuestras son tradiciones españolas, no foráneas.

-Ya. -musitó el ratón, nada convencido- Por eso le vetasteis.

-¡Oh, no! -se apresuró a explicar el atribulado anciano. No lo vetamos. Fue él quien nos comunicó su desinterés, alegando que nuestras respectivas tradiciones eran de marcado carácter infantil a diferencia de la suya, razón por la que consideraba que nada tenía que hacer aquí.

-Una afortunada casualidad. -apostilló con sorna el ser invisible- Pero también echo en falta a otros personajes tales como el Olentzero, y no me diréis que este personaje procede también de un país extranjero... con permiso de los nacionalistas vascos, por supuesto.

-En este caso se trata de una tradición local, completamente respetable, por supuesto, pero restringida a un área geográfica muy limitada. -eso sí, silenció que asimismo se trataba de un competidor directo suyo, por minúsculo que pudiera resultar el territorio en conflicto.

-En resumen. -zanjó el invisible- La reunión presente se circunscribe, por las razones que sean, a vosotros tres, los Reyes Magos, al Ratoncito Pérez y a mí mismo... y, tal como rezaba vuestra carta, el motivo de la misma es la conveniencia, a decir vuestro, de crean un frente común para luchar contra la presunta competencia desleal de Papá Noel. ¿Me equivoco?-

Presunta no, real. -apostilló molesto su interlocutor-Y muy perjudicial además.

-Déjame explicárselo a mí, Gaspar. -le interrumpió su compañero, más tranquilo- Supongo que todos nosotros estaremos de acuerdo en que maldita la gracia que tiene que, después de tantos años matándonos a trabajar, venga un advenedizo extranjero a robarnos protagonismo y la clientela...

-Es la libre competencia... -objetó el ratoncito.

-¡Y un cuerno! -explotó Melchor- Es un ejemplo, claro y evidente, del imperialismo cultural yanki al cual debemos oponernos con todas nuestras fuerzas.

-Llámalo como quieras. -sentenció el Amigo Invisible, encogiendo sus asimismo invisibles hombros- Pero lo cierto es que Papá Noel os hace la competencia a vosotros, no a Pérez ni a mí. Dicho con otras palabras es vuestro problema, no el nuestro.

-Dicho con otras palabras, tu respuesta es insolidaria y egoísta. -retrucó Gaspar.

Iba a replicar de nuevo el Amigo Invisible a juzgar por el nervioso balanceo de sus gafas, único indicador posible de sus estados de ánimo, y presumiblemente también de forma desabrida, cuando Baltasar, el único de los allí presentes que hasta el momento no había abierto la boca, intervino por vez primera en un esfuerzo por rebajar la tensión acumulada.-

Calma, amigos, calma. -pronunció con su cadenciosa voz de barítono- Estamos aquí para hablar, no para pelearnos. Si consiguiéramos llegar a un acuerdo estupendo, ya que de eso se trata. Y si no fuera posible alcanzarlo pues qué se le va a hacer, pero en modo alguno estaría justificado que nos enemistáramos; eso, jamás.

-Estoy de acuerdo con la afirmación de Baltasar. -dijo a su vez el ratoncito- Pero para poder opinar con conocimiento de causa, antes necesitaríamos saber qué es lo que pretendéis de nosotros.

-Es sencillo. -respondió Melchor, visiblemente aliviado- Se trata de boicotear de forma conjunta a nuestro común enemigo.

-¿Y cómo habéis pensado hacerlo? -preguntó con sorna el Amigo Invisible, ignorando de forma deliberada su inclusión implícita en la lista de presuntos damnificados de Papá Noel.

-Está claro, declarándole un boicot. Los niños que reciban regalos suyos, siquiera una sola vez, pasarían a formar parte automáticamente de una lista negra cuyos integrantes no serían visitados, de allí en adelante, por ninguno de nosotros. Y por supuesto, estas listas se harían públicas.

Una estentórea carcajada retumbó en toda la sala, ayudando todavía más a incrementar el desconcierto de los anfitriones el hecho de que, a causa del reverbero de las paredes, su origen no podía ser determinado dado que el responsable de la misma se había despojado de las gafas, única manera de localizarlo, pudiendo encontrarse en cualquier rincón del vasto recinto.

-¿De qué te ríes? -preguntó Baltasar, habitualmente el más sosegado de los tres compañeros.

-¿De qué me voy a reír? -respondió en tono burlón una voz que parecía provenir de todos los rincones, que era lo mismo que decir de ninguna parte- De vuestra ingenuidad, por supuesto.

-¿Por qué dices eso? -insistió el Rey negro.

-Pues porque a buen seguro que los niños se van a morir de miedo en cuanto conozcan vuestra pueril amenaza. Almas de cántaro, ¿no os dais cuenta de que corréis el riesgo de incurrir en el más espantoso de los ridículos?

-Al parecer disfrutas bastante zahiriéndonos. -gruñó Gaspar malhumorado. Y cambiado de estrategia, continuó- Y puesto que eres tan sabiondo, ¿por qué no nos propones una alternativa mejor? Te aseguro que te estaríamos muy agradecidos.

-Eso es fácil. -explicó con aplomo su escurridizo interlocutor al tiempo que arrebataba la corona al inadvertido Gaspar para encasquetársela, acto seguido, en su invisible cabeza- A grandes males, grandes remedios. ¿Por qué no, en vez de andaros con tonterías indignas hasta de un niño de pecho, no cogéis el toro por los cuernos y hacéis desaparecer el problema de una vez por todas? -el tono siniestro con el que pronunció el verbo desaparecer dejaba bien a las claras a que tipo de desaparición se refería.

-¿Acaso crees que no lo hemos pensado? -intervino a su vez Melchor, profundamente molesto al no haber podido evitar que el Amigo Invisible le despojara asimismo de su corona, recibiendo a cambio la de su perplejo camarada- Pero ese maldito viejo es tremendamente desconfiado, y vive rodeado de unas medidas de seguridad tan desorbitadas que lo convierten en alguien poco menos que invulnerable. ¿Sabías que los elfos que tiene a su servicio son en realidad, bajo su inofensivo aspecto, unos despiadados matones de la peor calaña? ¿Y que hasta los renos de su trineo están entrenados para acabar, a testarazos, coces y mordiscos, con cualquiera que ose acercarse a su amo con aviesas intenciones? Eso sin contar con el arsenal de armas mortíferas, por supuesto convenientemente camufladas, del que según dicen está equipado el trineo, o con las que lleva ese tipo ocultas bajo su ridículo traje. No, amigo, te pongas como te pongas, no hay forma humana, o al menos nosotros no la conocemos, de quitar de en medio a ese odioso tipejo.

-Y por si fuera poco, -remachó Gaspar- tampoco serviría de nada contratar a unos sicarios ya que, tanto si tenían éxito como si fracasaban, pronto se sabría que éramos nosotros quienes estábamos tras el atentado, puesto que quienes otros, si no, iban a estar interesados en que Papá Noel desapareciera del mapa.

-Vuestros razonamientos son impecablemente correctos. -concedió el Amigo Invisible, que ahora se entretenía en sostener del rabo, cabeza abajo, al aterrorizado Ratoncito Pérez- Pero por suerte, no contempla un factor clave capaz de darle la vuelta a la tortilla conforme a vuestros intereses: Yo.

-¿Quéee? -el asombro de los tres Reyes Magos era auténtico.

-Elemental, querido Watson... -exclamó con engolamiento su invitado al tiempo que liberaba al desdichado roedor, al cual le faltó tiempo para huir despavorido refugiándose en una oportuna grieta que se abría en la pared- aunque bien pensado, no estoy nada seguro de que en las novelas originales de Sherlock Holmes llegara a aparecer una sola vez esta frase.

-¿Y qué más da eso ahora? -se impacientó Melchor al tiempo que rescataba su corona, que había ido a parar de forma misteriosa sobre el turbante de Baltasar- ¿Por qué no te dejas de misterios y nos dices lo que tramas?

-¿Acaso no os lo he estado indicando durante todo este tiempo? -preguntó a su vez el escurridizo bromista fingiendo inocencia- Por cierto, Pérez, puedes salir de tu escondite, te aseguro que no voy a hacerte ninguna otra gamberrada... ni a vosotros tampoco. Pero chicos, qué queréis que os diga, si no sois capaces de ver, nunca mejor dicho, más allá de vuestras narices, pues apaga y vámonos.

-¡Ah, condenado, creo que ya te he pillado! -exclamó Baltasar, presa de una repentina excitación, ante la mirada atónica de sus dos colegas- Así que era eso...

-Vaya, después de todo, resulta que al menos uno de vosotros sí tiene algo de olfato... -ronroneó complacido el Amigo Invisible- así pues, ¿por qué no eres tan amable de explicárselo a tus despistados compañeros, que según todos los indicios siguen estando en Babia?

-Es sencillo... tan sencillo como que nos has estado tocando las narices, y el rabo al pobre Pérez, de forma literal cuanto has querido y a tu antojo, sin que ninguno de nosotros pudiera hacer nada por evitarlo pese a nuestros evidentes deseos -rió- de partirte la cara. ¿Es así, o me equivoco?

-Es así. -concedió su interlocutor, ahora en tono serio-. Y si he podido hacer con vosotros literalmente lo que se me ha antojado, ¿por qué no podría hacerlo con ese rival vuestro al que tanto odiáis? A mí me resultaría extremadamente fácil acercarme a él, burlando todas su precauciones, sin que llegara siquiera a sospecharlo, y a ello he de añadir que sé como hacer que el... percance pudiera pasar por un accidente fortuito o bien por una muerte natural estilo ataque al corazón, según cuales fueran vuestras preferencias. Así de sencillo...

Y sonrió de oreja a oreja, aunque como cabe suponer el deseado efecto teatral de su gesto pasó desapercibido por completo.

-No cabe duda de que tu oferta resulta tentadora. -arguyó Melchor, en tono cauteloso, al cabo de unos segundos- y desde luego, nada vendría mejor a nuestros planes que tu providencial ayuda. Pero, o mucho me equivoco, o ésta tendría un precio...

-En efecto, lo tiene. -fue la respuesta del Amigo Invisible, que ahora se había vuelto a calzar las gafas tras sentarse en su asiento, en un claro intento de aparentar seriedad- Pero os aseguro que se trata de un precio razonable y completamente a vuestro alcance.

-¿Cuál es? -la impaciencia de Melchor, convertido en portavoz del grupo, era más que evidente.

-Algo tan sencillo como que me permitierais entrar en vuestra sociedad en igualdad de condiciones con vosotros. -fue la sorprendente respuesta- Vamos, que nada desearía más en el mundo que convertirme en el cuarto Rey Mago.

-¡Pero hombre, eso que nos pides es imposible! -objetó Baltasar, el primero de los tres en recobrarse de la sorpresa- Ten en cuenta que nosotros arrastramos una tradición secular de la que somos en realidad prisioneros; ¿cómo podríamos decirle al mundo, de repente, que contábamos con un nuevo socio al que además, y para más inri, nadie es capaz de ver? Es absurdo...

-No, no es absurdo en absoluto, puesto que yo no pretendo en modo alguno no ya que se me vea, sino ni tan siquiera que nadie llegue a saber de mi existencia... excepto, claro está, vosotros tres. Sería el Rey Invisible, mejor dicho, el Rey Inexistente. ¿Qué habría de malo en ello?

-Ahora sí que no te entiendo. -confesó cabizbajo Gaspar- Si lo que pretendes, según tú mismo has dicho, es pasar desapercibido por completo, ¿a qué viene entonces tu interés por formar parte de nuestro grupo?

-¡Ay amigos! -suspiró lastimero el postulante- Vosotros no podéis imaginaros la magnitud de mi tragedia, siempre condenado a regalar cosas absurdas y sin sentido a unas gentes que lo único que suelen hacer habitualmente es maldecirme por lo estúpido de mis iniciativas. Estoy harto, completamente harto, del miserable papel que me ha tocado desempeñar desde que guardo memoria, y lo peor de todo es que, cual si de una tortura infernal se tratara, no veía la manera de desembarazarme de semejante cruz... hasta que llegasteis vosotros con vuestra providencial proposición, gracias a la cual he visto el cielo abierto... si es que me aceptáis con vosotros, claro está.

-Bueno... -repuso Melchor, repentinamente reblandecido- creo hablar en nombre de mis compañeros si afirmo que por nuestra parte no habría el menor inconveniente en acceder a tus deseos bajo esas condiciones, pero en estas circunstancias ¿qué labor podrías desempeñar a nuestro lado? Porque confieso que eso sí que sigo sin verlo claro en absoluto.

-¡Oh, ya lo creo que podría aportaros mucho! -exclamó entusiasmado el Amigo Invisible- No interferiría en absoluto en vuestro trabajo, ya que me encargaría de entregar, a todos y cada uno de los niños que visitáramos, un regalo que no hubieran pedido; por supuesto, elegido al azar tal y como he venido haciendo hasta ahora, pero arropado por vuestro prestigio nunca más me vería denostado ni despreciado tal como me ocurre ahora. Nadie, salvo nosotros, sabría siquiera el origen de ese misterioso regalo extra que les llegaba sin haberlo pedido, y por supuesto, al estar acompañado por vuestros regalos, a vosotros no os achacarían jamás esas cosas tan horribles con las que a mí me cargan. Yo seguiría desempeñando el único trabajo que sé hacer, pero todos estaríamos contentos y satisfechos.

-En principio me parece bien, pero ¿qué hacemos con el amigo Pérez? Si te aceptamos a ti como socio, en justicia a él tendríamos que hacerle idéntico ofrecimiento...

-Por mí no tenéis que preocuparos en absoluto. -se apresuró a tranquilizarles el aludido, asomando con desconfianza el hocico de su improvisado refugio- Os aseguro que no tengo el menor interés en asociarme con vosotros, ya que siempre he preferido trabajar en solitario; supongo que será una cuestión de tamaños. Eso sí, entre colegas -añadió, guiñando su vivaz ojillo- os puedo asegurar que ese mamarracho siempre me ha caído gordo, así que si desapareciera del mapa no sería yo quien lo lamentara. Y por supuesto, os guardaría el secreto.

-¡Pues dicho y hecho! -exclamó exultante Baltasar- Bienvenido al club, querido amigo. Y ahora, si me dices donde tienes la mano, concédeme el honor de ser el primero en estrecharla. Ah, por cierto, -añadió al tiempo que alargaba el brazo al vacío- ¿tardarías mucho en quitar de en medio a ese fulano? Es que estamos a punto de iniciar la próxima campaña de navidad, y ya sabes que eso lleva bastante tiempo organizarlo, sobre todo si tuviéramos que encargarnos ya de la cartera de pedidos del finado. No es por meterte prisa, por supuesto, pero...

El resto, ya es historia.

PACIENCIA PREMIADA

-¡Cielo santo, vaya escabechina! -ex