| A REY MUERTO...
-Voy a serle completamente sincero.
Como usted sabrá, nuestro equipo se ha quedado
incompleto debido al desgraciado accidente en el que
falleció nuestro pobre compañero. Ahora
quedamos únicamente dos y, la verdad, pensamos
que es insuficiente; por ese motivo estamos buscando
un sustituto. Ahora bien, usted comprenderá que
no nos vale cualquiera... Nuestro trabajo es sumamente
peculiar y requiere unas dotes muy particulares para
poderlo ejercer con garantías de éxito.
-Sé positivamente que tiene
usted toda la razón. Pero convendrá asimismo
conmigo en que no soy precisamente un desconocido, y
que mi mejor aval es mi propio trabajo tal como no ignoran
ustedes.
-Conocemos de sobra su labor que, lo
confieso con toda sinceridad, siempre nos ha parecido
excelente... Tanto es así, que hubo un tiempo
en el que llegó a preocuparnos seriamente su
competencia. Al fin y al cabo -sonrió-, hemos
sido rivales durante mucho tiempo.
-Sin necesidad, ciertamente.
-Así es. Sin embargo, sí
que hubo momentos en los que perdimos en beneficio suyo
un buen puñado de antiguos clientes... ¡Oh,
discúlpeme! -se interrumpió al ver el
ceño fruncido de su interlocutor- Le aseguro
que no pretendía en modo alguno criticarle. Lo
pasado, pasado está, y lo único que nos
debe interesar en estos momentos es el futuro -sonrió
débilmente.
-Soy de su misma opinión; de
ahí mi deseo de colaborar a partir de ahora con
ustedes.
-Decisión que, créame,
le agradecemos profundamente. Pero dígame, ¿qué
es lo que le ha movido a desear abandonar de una manera
tan repentina su trabajo en solitario? Ciertamente le
iba muy bien.
-Sí, es verdad que me iba perfectamente;
incluso puede que mejor que lo que yo hubiera deseado.
Pero, ¿sabe usted lo tedioso que puede acabar
resultando estar siempre solo? Ustedes son tres... Bueno,
ahora sólo dos, -se corrigió rápidamente-
y esto hace que su trabajo sea mucho más descansado
y agradable. Y usted mismo acaba de decir además,
recuérdelo, que desean cubrir cuanto antes el
hueco dejado tras el fallecimiento de su desgraciado
compañero. Yo ya no soy joven, y estoy muy cansado
de no poder disfrutar de la menor compañía.
Así que, cuando me enteré de que estaban
buscando un sustituto no dudé un solo instante
en venir a ofrecerles mis servicios junto, claro está,
con mi propia cartera de clientes.
-Me satisface profundamente, al igual
que le ocurre a mi compañero, que haya tomado
usted esta decisión; la verdad es que nos temíamos
que resultara enormemente difícil, por no decir
imposible, poder encontrar alguien lo bastante adecuado.
Usted representa sin duda la mejor opción que
podría presentársenos y, créame,
estaríamos encantados de poder contar con su
colaboración tal como nos ha ofrecido. Pero...
-Pero, ¿qué? -preguntó
con inquietud el aspirante- ¿Acaso existe algún
problema?
-Ninguno que no pueda llegar a solucionarse;
tranquilícese. -y viendo el suspiro de alivio
de su interlocutor, continuó- Pero sí
que encuentro, perdón encontramos, cierto número
de obstáculos que habría que vencer a
la hora de la digamos... homologación. Tenga
en cuenta que sus condiciones de trabajo han sido muy
diferentes de las nuestras, y que sería imprescindible
llegar a una mínima homogeneización de
las mismas para poder alcanzar unos resultados satisfactorios
de nuestra asociación. Si usted entra a formar
parte finalmente de nuestro equipo, mucho me temo que
no tendríamos otro remedio que modificar obligatoriamente
algunas cuestiones, bastante importantes por cierto.
-Yo estoy dispuesto a adaptarme a su
modo de trabajo. -repondió con rapidez.
-No, no es eso... Usted nos ha ganado
siempre en algunos aspectos, y sería completamente
estúpido renunciar a todo aquello que pueda suponer
una mejora; no, nuestra propuesta consiste en tomar
de cada parte todo lo que resulte ser más positivo
independientemente de dónde proceda; tenga en
cuenta que es muy difícil que podamos volver
a contar con una oportunidad como ésta en mucho
tiempo... y que no estamos dispuestos a desaprovecharla.
-Me llena usted de satisfacción.
-Me alegra que sea así. Bien,
¿qué le parece que pasemos a estudiar
las condiciones en las que ha de tener lugar la asociación?
-Cuando usted quiera.
-Pues cuanto antes mejor. En primer
lugar, está la cuestión de la indumentaria:
yo creo que la suya tradicional puede valer; no hay
motivo para cambiar algo tan conocido. Más problemático
es el tema de los medios de transporte; me temo que
el suyo no sea demasiado compatible con los nuestros.
-No hay problema. -atajó el
ya contratado aspirante- Me adaptaré al suyo.
-Perfecto. Otro factor a tener en cuenta
es la residencia; evidentemente, no podemos vivir en
rincones opuestos del planeta.
-Si me permiten ofrecerles mi humilde
morada...
-Puede que sea una buena idea mudarnos
allí; se trata de un lugar mucho más tranquilo
que el nuestro y, créame, estamos ya bastante
hartos de sobresaltos. Eso sí, tendrá
buena calefacción, ¿no?
-Excelente.
-Pues no se hable más. Nos queda
pendiente tan sólo un último punto, que
es el más espinoso de todos: La jornada laboral.
Obviamente, aquí sí que no valen medias
tintas.
-Sí. -sonrió con complicidad
su interlocutor- Y aquí surgieron en el pasado
nuestras principales discrepancias. Sin embargo, yo
no veo por qué no pueden ser conjugadas ambas
cuestiones, la efectividad y la tradición.
-No le comprendo.
-Es muy sencillo. ¿Acaso no
podríamos trabajar las dos veces en vez de hacerlo
una sola? Nuestros clientes tendrían dónde
elegir, y esto beneficiaría a todo el mundo.
Sí, ya sé que es doble trabajo, máxime
teniendo en cuenta que tendremos que contar con la suma
de nuestras dos clientelas...
-Eso es lo de menos; lo importante
es hacer bien el trabajo. Además, los medios
técnicos de que disponemos nos permiten evitar
la mayor parte del esfuerzo, que es además el
más penoso. No se hable más; todo queda
zanjado.
Sonrientes y satisfechos, ambos se
levantaron de sus asientos para abrazarse estrechamente.
El acuerdo era completo y su futuro estaba más
que asegurado.
-Verá qué contento se
va a poner Baltasar cuando se lo diga. La verdad es
que, desde que falleciera Gaspar, el pobre no levanta
cabeza.
-Confío en que se recupere;
no veo ningún motivo para que no sea así.
Por otro lado, me intriga pensar cómo van a reaccionar
los niños ante mi conversión en Rey Mago.
-rió.
-Melchor, Papá Noel, Baltasar...
Resulta divertido. -coreó Melchor- Por cierto,
¿se imagina el lío que les vamos a armar
a los belenistas con usted montado en un camello?
-Peor hubiera sido con mi trineo; me
temo que a mis pobres renos no les habría sentado
demasiado bien el clima de Palestina.
Contentos ambos salieron de la estancia
fraternalmente cogidos del brazo. La Navidad estaba
cerca y aún les quedaba mucho por hacer; en especial,
estaba la cuestión de la campaña publicitaria
que se encargaría de dar a conocer por todo el
mundo la nueva composición de su equipo. Las
cosas había que hacerlas bien, máxime
en unos tiempos en los que la promoción de la
imagen revestía tanta importancia.
PRAGMATISMO
-En resumen; ésta es la propuesta
de mi cliente.
-Realmente se trata de algo muy singular;
tanto es así que carezco de potestad para decidir
por mis representados. Necesito, pues, algún
tiempo para poder consultar con ellos.
-Hágalo -respondió el
primer abogado con una amplia sonrisa- ¿Le parece
bien que nos volvamos a ver dentro de... digamos una
semana?
-Me parece estupendo.
***
-¿Qué, aceptan? -habían
pasado los siete días y de nuevo se encontraban
frente a frente los dos interlocutores.
-Bien, en principio no les parece una
mala idea, pero opinan que existen algunos inconvenientes
bastante importantes, tales como la discrepancia de
fechas.
-Se podría llegar a un acuerdo.
-¿Cómo? ¿Renunciando
su cliente a la suya, o haciendo lo propio los míos?
-No necesariamente. Podrían
atender conjuntamente a ambas.
-Eso supondría un trabajo doble.
-Pero también una doble efectividad;
y además, se habrían acabado definitivamente
todos los conflictos que han venido envenenando la relación
entre las dos partes.
-Necesito consultar de nuevo.
-Hágalo.
***
Meses más tarde, al acercarse
el fin de año, millones y millones de padres
e hijos se quedaron sorprendidos por la inesperada noticia:
Los Reyes Magos ya no eran tres sino cuatro, y la nueva
incorporación atendía al nombre de Papá
Noel. Este último, ufano como nunca, respondía
a las preguntas de la siguiente manera:
-Yo lo tengo muy claro -decía-.
Si no puedes vencer al enemigo, lo mejor es que te unas
a él.
¿ALTRUISMO?
Aquella aciaga nochebuena fueron millones
los hogares en los que la llegada de la Navidad supuso
una amarga decepción tanto para los pequeños
como para los que ya no lo eran tanto: Papá Noel
no había pasado por ningún lugar del planeta
para dejar su cargamento de juguetes.
Afortunadamente, días más
tarde hubo finalmente regalos para todos gracias a la
generosidad de unos Reyes Magos que se multiplicaron
para poder visitar, en la noche del cinco al seis de
enero, la totalidad de las viviendas del mundo entero,
tanto si en éstas se les esperaba a ellos como
si eran de aquéllas a las que Papá Noel
había dejado de ir. Fue sin duda un bello gesto
alabado por todos y que tuvo su continuidad al prometer
sus Majestades Orientales que en años sucesivos
continuarían obrando de igual manera, al menos
mientras su antiguo competidor continuara sin dar señales
de vida.
Lo que nadie llegó a saber fue
que, en un remoto y desconocido rincón cercano
al polo norte, el cadáver del que fuera el amigo
de los niños reposa para siempre enterrado bajo
varias toneladas de hielo y rocas derrumbadas repentinamente
sobre su vivienda cuando él se encontraba en
su interior... Y es que, ser Rey Mago no tiene por qué
estar reñido con ser un experto en explosivos.
DONDE LAS DAN...
Hubo una Navidad, hace ya muchos años,
que fue conocida por todos como la Navidad de la Confusión...
Y no porque en ese preciso año ocurriera nada
especialmente singular y único -de hecho, fue
justo lo que ahora consideramos normal- sino porque
fue el inicio de una tradición que entonces,
y sólo entonces, supuso una revolución
copernicana en los modos navideños.
Imagínese por un momento, amigo
lector, una Navidad con un único Papá
Noel... El de color rojo, concretamente. ¿Absurdo?
Ahora sí, por supuesto, pero no antes, y basta
con que pregunte a alguien de edad tan provecta como
la mía; y es que, ahora que lo pienso, el tiempo
pasa endemoniadamente rápido. Imagínese,
insisto, y le aseguro que no me estoy inventando nada,
un único y solitario Papá Noel al que
un buen día le surgieron tres competidores vestidos
exactamente igual que él con la única
diferencia de los distintos colores con los que estaban
confeccionados sus trajes: Verde esmeralda el primero,
azul turquesa el segundo y un deslumbrante amarillo
dorado el tercero, dándose además la circunstancia
de que este último era de tez negra y lampiño
al contrario de sus barbudos compañeros.
La confusión, huelga decirlo,
fue realmente mayúscula: cuatro personajes idénticos
salvo en el color, realizando todos ellos las mismas
labores de repartir juguetes a los niños mientras
uno de ellos -el rojo concretamente- protestaba desaforadamente
ante lo que consideraba una violación de su exclusiva
en el reparto de juguetes en Navidad... Sí, de
hecho amenazó incluso con denunciar en el Sindicato
a los intrusos. A todo esto sus tres competidores, que
parecían actuar conjuntamente, respondieron acusándole
de robarles la clientela gracias al poco ético
sistema de comenzar su trabajo cuando a ellos todavía
no les estaba permitido hacerlo, incurriendo por ello
en el delito de la competencia desleal. Por tal motivo,
añadían, se encontraban plenamente legitimados
para actuar con sus mismas armas.
El caso es que ese año Papá
Noel -alguno de los cuatro, se entiende- llegó
a la totalidad de los hogares acabándose de esta
manera tan simple todas las disputas entre los partidarios
de la Navidad y los de Reyes a la hora de repartir los
regalos; y por si fuera poco este café para todos,
apenas quince días más tarde los tres
Reyes Magos volvieron a desempeñar su labor secular
al tiempo que un cuarto personaje vestido también
de Rey -aunque eso sí, el traje le quedaba bastante
grande debido probablemente a la premura de su confección-
intentaba desesperadamente llegar antes que ellos a
los hogares en un claro intento de devolverles la bofetada
recibida.
Conforme cuentan las crónicas
de la época hubo de todo en esa doble confrontación,
desde discusiones y peleas en los umbrales de las casas
a las que llegaron los cuatro al mismo tiempo -y más
de un vecino tuvo que increparles airado porque no le
dejaban dormir- hasta sabotajes de todo tipo tales como
escaleras con los barrotes serrados o chimeneas tapiadas,
sin que faltara tampoco algún que otro cepo de
los de cazar lobos; aunque lo más grave de todo
fue sin duda el envenenamiento de camellos y renos,
víctimas inocentes de una disputa a la que eran
ajenos.
Si hemos de ser sinceros, habremos
de convenir que la pugna concluyó en un honroso
empate ligeramente escorado -aunque no demasiado, eso
sí- hacia la sociedad tripartita; pero fue tal
el escándalo que se armó, y fueron tantas
las protestas surgidas de multitud de colectivos diferentes,
desde padres hasta ecologistas, que ambas partes se
comprometieron formalmente a entablar negociaciones
en busca de una solución pacífica para
el problema.
Nunca se llegó a saber qué
fue lo que ocurrió en los meses posteriores ya
que el mutismo de las dos partes fue absoluto; pero
lo cierto es que a la llegada de la siguiente Navidad
volvieron a actuar de nuevo los cuatro Papás
Noel secundados dos semanas más tarde por los
cuatro Reyes Magos... Aunque en esta ocasión,
como se cuidaron muy bien de resaltar los interesados,
la anterior rivalidad había sido reemplazada
por una activa colaboración entre las dos partes
implicadas. A pesar del tiempo transcurrido desde entonces,
y a pesar también de la insistencia de los periodistas
que no ha cesado en ningún momento, los cuatro
en bloque se siguen negando a revelar los detalles del
histórico acuerdo limitándose a reseñar
que los principales obstáculos surgieron a la
hora de repartirse sus respectivas cuotas, ya que mientras
Papá Noel reclamaba un cincuenta por ciento los
Reyes sólo le ofrecieron en principio un veinticinco...
Eso sí, la cuota final sigue siendo secreta -lo
importante es que todos los niños tengan juguetes,
dicen- a la par que aparentemente satisfactoria para
todos ellos.
Y así han seguido las cosas
hasta nuestros días, con los antiguos rivales
convertidos en socios fraternales olvidadas ya definitivamente
sus viejas querellas. Ahora los niños son más
felices que nunca puesto que cuentan con ración
doble de juguetes, y únicamente algunos pocos
padres expresan su desagrado ante lo que consideran
un injustificado derroche. Pero bien pensado, ¿a
quién le importa realmente eso?
ETERNOS RIVALES
Los Reyes Magos se las prometían
realmente muy felices cuando consiguieron denunciar
a Papá Noel ante los grupos protectores de los
animales a causa del presunto maltrato al que éste
sometía a los renos de su trineo; teniendo en
cuenta la gran relevancia que en los últimos
años habían alcanzado estos grupos así
como su gran influencia política y social, si
conseguían de esta manera privar a su gran rival
de su principal herramienta de trabajo esto supondría,
o al menos así lo entendían los Magos,
el fin definitivo de una competencia desleal que duraba
ya demasiados años.
Lo malo fue que en su euforia olvidaron
que ellos también tenían necesidad de
recurrir a unos auxiliares animales para poder desarrollar
satisfactoriamente su trabajo; y si bien consiguieron,
conforme a sus planes, privar a Papá Noel de
sus renos, ellos mismos se encontraron de pronto sin
camellos en los que poder cargar sus regalos.
Han pasado ya varios años y
desde entonces ambas partes se han apañado como
buenamente han podido cada vez que llegaba la hora de
repartir los regalos a los niños: tras probar
con aviones, helicópteros, camiones y hasta bicicletas,
finalmente han conseguido llegar a una solución
de compromiso que, mejor o peor, resulta ser razonablemente
aceptable. Cierto es que algunos de los niños
no reciben sus regalos hasta el mes de mayo debido a
lo imperfecto de los medios de transporte utilizados
por los Reyes Magos; pero cierto es también que
su ancestral enemigo tropieza asimismo con idénticas
dificultades, con lo cual la situación no es
tan mala como hubiera podido llegar a ser.
Al fin y al cabo, continúan
estando empatados.
UNA SUSTITUCIÓN DIFÍCIL
(I)
Decididamente, la fiesta de Reyes no
es ya lo que era... No, desde luego, a partir del momento
en el que un desequilibrado neonazi asesinara alevosamente
al pobre rey Baltasar mientras éste procedía
a repartir juguetes por las casas en la noche de un
cinco de enero.
Cierto es que Melchor y Gaspar se apresuraron
a cubrir el hueco del llorado Baltasar con alguien tan
ilustre como el fallecido monarca y también,
al igual que todos ellos, de honda estirpe real; pero
la nota de exotismo que aportaba el rey negro no existe
ya puesto que su sustituto, el noble y sabio rey Salomón,
es también de raza blanca.
Dice la oficina de prensa de SS.MM.
que se trata de una simple casualidad, y que el rey
Salomón fue elegido debido exclusivamente a su
sabiduría y bondad; pero no falta quien afirma,
en especial dentro de los círculos de inmigrantes
subsaharianos, que se trató de un simple y deliberado
blanqueo de imagen aprovechándose de las trágicas
circunstancias que envolvieron la desaparición
del rey favorito de los niños... Aunque ya se
sabe que estas minorías raciales suelen ser muy,
pero que muy susceptibles.
UNA SUSTITUCIÓN DIFÍCIL
(II)
Cuando un desequilibrado asesinó
al pobre rey Baltasar en un atentado racista instigado
por Papá Noel, su mortal enemigo, sus colegas
Melchor y Gaspar se vieron en la necesidad de elegir
rápidamente un sustituto. Para ello barajaron
diversos nombres que, por una u otra razón, no
pudieron o no quisieron asumir el cargo vacante.
Y, aunque finalmente consiguieron ver
cubierto su objetivo, han sido numerosas las voces que
se han alzado calificando de desafortunada su elección.
Ellos afirman que les fue de todo punto imposible encontrar
otro candidato más idóneo para cubrir
la vacante, y puede que no les falte razón; pero
a pesar de ello, ¿a quién se le pudo ocurrir
que el rey Herodes pudiera llegar a ser un buen Rey
Mago?
CABALGATA RACISTA
M es una población de más
de ciento cincuenta mil habitantes que forma parte,
como es sabido, del área metropolitana de la
capital X. Dicen las malas lenguas que no es sino una
ciudad satélite de la gran urbe y que carece
de cualquier atisbo de vida e identidad propias; pero
el ayuntamiento de M niega vehementemente tan artera
afirmación al tiempo que se esfuerza en demostrar,
a todo aquél que quiera escucharle, que desde
que ellos gobiernan la calidad de vida de esta población
ha mejorado considerablemente. Y en cuanto al hecho
de que la práctica totalidad de sus convecinos
se autodefinan como X eños en vez de M eños
cada vez que se realiza una encuesta en el municipio,
lo interpretan explicando que nadie tiene la culpa de
que la provincia y la cercana capital compartan un mismo
nombre.
Pero vayamos al grano. Durante las
pasadas fiestas de navidad M saltó a los titulares
de los periódicos (hay que apuntar que sólo
suele hacerlo con motivo de sucesos, a ser posible morbosos)
a causa del comportamiento racista que, según
el colectivo de inmigrantes de color, había mostrado
su ayuntamiento durante la reciente celebración
de la cabalgata de Reyes. ¿Cual había
sido el grave delito de los honrados munícipes
M eños? Pues nada menos que tiznar a una persona
de raza blanca para representar al rey Baltasar. Hay
que aducir, en descargo de los ediles, que desde tiempo
inmemorial (es decir, desde las elecciones de 1979)
el papel de los Reyes Magos ha sido desempeñado
tradicionalmente por tres concejales elegidos de forma
completamente democrática por la totalidad de
la corporación; y por azares del destino, que
no por discriminación de ningún tipo,
nunca hasta ahora ha contado la villa con ningún
concejal de tez oscura. Cierto es que en el padrón
municipal de M figuran un total de seiscientos cuarenta
y siete vecinos de raza negra, pero cierto es también
que nadie en el municipio había caído
nunca en ese detalle.
Pero como los concejales de M son unos
perfectos demócratas y están muy sensibilizados
además frente a la oleada de racismo y xenofobia
que actualmente azota a nuestro país, asumieron
públicamente su error prometiendo que en el futuro
no se volvería a repetir tal despropósito;
y así, para demostrar su gran aprecio por los
seiscientos cuarenta y siete ciudadanos subsaharianos
y caribeños residentes en su municipio (orientales
y norteafricanos por el momento no hay), a partir del
año próximo los tres Reyes magos serán
encarnados exclusivamente por M eños de piel
oscura aunque, claro está, dos de ellos deberán
ir pintados de blanco debido a la necesidad imperiosa
de respetar la tradición.
ECOLOGÍA REAL
GABINETE DE PRENSA DE SS. MM.
LOS REYES MAGOS DE ORIENTE
A la opinión Pública
Cercana ya la festividad de la Epifanía,
de tan arraigada tradición y en la que tan importante
participación tienen desde hace mucho SS.MM.,
este gabinete de prensa desea manifestar que, conscientes
SS.MM. de la necesidad de respetar la ecología
de nuestro planeta, y sensibles siempre a todas aquellas
cuestiones que supongan una mejora del medio ambiente,
han decidido introducir una importante modificación
en el tradicional reparto de regalos que, en dicha fecha,
suelen realizar a los niños de todo el mundo.
Esta modificación será ya efectiva en
la próxima campaña y tendrá continuidad
en las sucesivas.
Dados los graves problemas de contaminación,
lluvia ácida y efecto invernadero existentes
en extensas zonas del planeta, todos ellos provocados
por la combustión indiscriminada de carbón
y otros combustibles fósiles, SS.MM. han tenido
a bien revocar el castigo tradicional para los niños
malos, consistente en dejarles carbón en vez
de juguetes u otros objetos de regalo, sustituyéndolo
en todos los casos en que sea necesario hacerlo por
la entrega de una lupa como símbolo de una energía,
la solar, que no es contaminante ni provoca efectos
secundarios de ningún tipo.
Es deseo de SS.MM. que esta iniciativa
real suponga una aportación importante y positiva
a la tan necesaria política de respeto y conservación
de la Tierra, inculcando con ella a sus principales
destinatarios, los niños de hoy que serán
los hombres del mañana, la convicción
de que nadie debe hacer nada que suponga dañar
o poner en peligro el equilibrio ecológico del
planeta.
En Oriente, a 28 de diciembre de 20..
INTERCAMBIO DE PAPELES
Tras muchos años de hostilidad
manifiesta, los Reyes Magos y Papá Noel lograron
reconciliarse prometiéndose mutuamente que a
partir de entonces ya no serían rivales, sino
colegas y amigos. Y para refrendar su pacto, acordaron
intercambiar sus respectivos papeles actuando ese año
los Reyes Magos para Navidad y Papá Noel para
Epifanía.
Lamentablemente, a pesar de las buenas
intenciones de todos ellos la iniciativa resultó
ser un completo fracaso. Los Reyes Magos fueron incapaces
de uncir los camellos al trineo, mientras Papá
Noel no consiguió tampoco convencer a ninguno
de sus renos para que soportara su a todas luces excesivo
peso. Así pues, al año siguiente cada
cual volvió a su labor tradicional que era, al
fin y al cabo, lo que se les daba mejor.
DAÑOS COLATERALES
Es de sobra conocido que la influencia
cultural, por llamarla de alguna manera, norteamericana
sobre Europa ha sido, y sigue siendo, poco menos que
asfixiante, sin que sea óbice que en muchas ocasiones
la valía intrínseca de lo importado no
supere, o ni siquiera alcance, a la de aquello que viene
a sustituir... estoy hablando de cosas tales como la
comida basura, el halloween, los westerns, ciertos desmañados
modos de vestir y, en general, del gusto por todo lo
trivial o lo kich.
En España, por si fuera poco,
tenemos -mejor dicho, teníamos- un elemento de
roce adicional, la pugna entre nuestra centenaria tradición
de los Reyes Magos y el importado Papá Noel,
diseño exclusivo, por cierto, de la Coca-cola...
y mal que bien íbamos tirando hasta ahora, aunque
con la excusa de una presunta falta de tiempo para que
los críos disfrutaran de los juguetes -¡como
si no pudieran hacerlo durante todo el año! -eran
cada vez más los padres que, renegando de sus
raíces culturales, habían decidido adelantar
a la nochebuena la entrega de los regalos, desdeñando
la tradicional noche de Reyes o, en el colmo del sincretismo,
desdoblándola en dos para regocijo de sus retoños.
Pero esto ya da igual, puesto que es
historia; como también lo son las chuscas cabalgatas
de Reyes en las que algún concejal pasado de
rosca había cometido la herejía de incorporar
a ese mamarracho vestido de rojo a modo de cuarto rey
mago, en igualdad de condiciones con sus tres colegas...
algo que entonces nos escandalizaba, pero que ahora
añoramos ante la imposibilidad de su repetición.
Sí, eso ya no es posible; quién
iba a pensarlo. Porque, pese a todo, la fiesta de los
Reyes Magos seguía gozando de una excelente salud,
y nada hacía temer por su desaparición.
¡Quién lo iba a decir! Y todo por culpa
de la maldita paranoia yanqui surgida a raíz
de los trágicos atentados de las Torres Gemelas
de Nueva York y de su posterior empantanamiento en Oriente
Medio, a donde fueron por lana y salieron trasquilados;
poco es lo que resolvieron y sí mucho lo que
destrozaron, entre ello la más hermosa tradición
quizá de nuestro país.
Fue un mal día de diciembre,
hace ya algunos años, cuando una patrulla norteamericana
interceptó por sorpresa la caravana en la que
Sus Majestades de Oriente se trasladaban camino de España.
El encuentro sucedió en algún lugar secreto
de los desiertos que se extienden por esa zona de Asia
y, ante la magnitud de lo transportado -los regalos
para buena parte de los niños españoles-,
los muy cretinos pensaron que se trataba de un comando
de terroristas islámicos tramando algún
maquiavélico plan en contra de la libertad y
de Occidente... y sin pensárselo dos veces, dispararon
primero y preguntaron después.
La masacre fue absoluta, y no quedó
ningún superviviente. Cuando los yanquis descubrieron
su error ya era demasiado tarde, y tanto Melchor, Gaspar
y Baltasar, como todo su séquito eran ya cadáveres;
fue ésta una estúpida manera de morir
después de haber alegrado a los niños
durante dos mil años.
Lógicamente, las gestiones diplomáticas
comenzaron de inmediato; al fin y al cabo España
era un aliado fiel de los Estados Unidos, y no era cuestión
de destrozar la ilusión de su infancia. Los americanos,
pragmáticos hasta el fin, propusieron que fuera
su propio representante, es decir, Papá Noel,
quien se hiciera cargo del trabajo de los difuntos;
al fin y al cabo, arguyeron, éste ya conocía
el país. Ante la evidencia de la catástrofe
y la falta de soluciones alternativas -pese a sus títulos
los Reyes carecían de príncipes herederos-,
el gobierno español se vio obligado a aceptar
el ofrecimiento.
Y así están las cosas.
Aunque en un principio no resultó fácil
convencer a muchos niños, y menos aún
a bastantes padres, de la irreversibilidad del cambio,
éste se produjo, qué remedio. Eso sí,
las cabalgatas ya no son lo que eran, y es que no se
puede comparar la prestancia de los tres desaparecidos
monarcas con la patosidad de ese ridículo personaje;
pero justo es reconocer que el hombre hace lo que puede,
aunque por más que lo ha intentado sigue siendo
incapaz de montar en camello.
COMPETENCIA DESLEAL
-Póngase en pie el acusado.
Una vez pronunciadas por el juez las
solemnes palabras rituales, un silencio sepulcral se
abatió sobre la abarrotada sala de audiencias
a la espera del inminente veredicto.
No era para menos, ya que se trataba
de un proceso singular que había sido seguido
con detenimiento, cuando no con pasión, no sólo
por la práctica totalidad de los españoles,
sino asimismo por muchos millones de personas a lo largo
y ancho del planeta, algo insólito para un juicio
celebrado en España; y todavía más
sorprendente resultaba que fuera precisamente en los
Estados Unidos, siempre tan indiferentes hacia las noticias
procedentes de más allá de sus fronteras,
donde se hubiera desatado un mayor interés fuera
del propio territorio español.
Claro está que se estaba dirimiendo
algo que afectaba muy directamente a su prestigio y
a su hegemonía mundiales.
El acusado era un viejecillo rechoncho
de luenga barba y aspecto inofensivo, vestido con un
sobrio terno al que evidentemente no estaba demasiado
acostumbrado; por prohibición expresa del tribunal
se le había impedido presentarse ante el juez
con su traje habitual, ya que, en palabras de la acusación
particular, esto hubiera supuesto un chantaje emocional
difícilmente compatible con la imprescindible
imparcialidad judicial.
Por supuesto, a los tres demandantes
se les había aplicado idéntico criterio.
-Nicolás de Myra, -carraspeó
el magistrado, consciente de la gran repercusión
mundial de su intervención- también conocido
como Nicolás de Bari, Sinterklaas, Santa Claus,
Papá Noel, Father Crhristmas, Julenisse o Joulupukki,
entre otros apelativos...
Hizo una pausa, y prosiguió:
-Estudiada la demanda interpuesta por
Melchor, Gaspar y Baltasar, también conocidos
con el apelativo de los Reyes Magos de Oriente, este
tribunal, una vez oídas las partes y considerados
los hechos, ha acordado dar por probado lo siguiente:
»Primero, que la tradicional
actividad de repartir juguetes a los niños en
el territorio español, durante la festividad
de la Epifanía, por parte de los demandantes,
está documentada históricamente de forma
fehaciente e incontrovertible desde fechas muy anteriores
a la llegada del demandado a este país.
»Segundo, que aunque ambas partes,
demandantes y demandado, vienen realizando tareas similares
en diferentes países, nunca hasta fechas relativamente
recientes había surgido ninguna interferencia
entre ellos como la que actualmente existe en España,
pudiendo considerarse como intrusión la actividad
del demandado en este país.
»Tercero, que esta intrusión
se ve agravada dada la proximidad existente, apenas
dos semanas de diferencia, entre las fechas en las que
tienen lugar sus respectivas intervenciones, Navidad
en el caso del demandado y Epifanía en el caso
de los demandantes, lo que hace poco recomendable la
coexistencia de ambas. Antes bien, ha de ser considerado,
y así lo atestiguan los informes periciales recabados
por este tribunal, que esta coincidencia temporal puede
resultar altamente perjudicial para el equilibrio emocional
de los niños, siendo asimismo contraproducente,
en opinión de los expertos, que éstos
reciban una doble visita de esta naturaleza en tan corto
espacio de tiempo, puesto que la duplicidad de regalos
que se suele producir en la mayoría de los casos
es susceptible de acabar induciendo en ellos hábitos
consumistas muy poco recomendables dadas las consecuencias
negativas que éstos podrían acarrearles
en el futuro.
»Cuarto, que en numerosas ocasiones
se ha detectado asimismo un retroceso palpable de la
secular tradición española en beneficio
de la advenediza traída por el demandado; aunque
no es atribución de este tribunal dictaminar
sobre los hábitos y costumbres de los ciudadanos
españoles, entendemos no obstante que sobre él
recae un cierto grado de responsabilidad moral que,
en casos como el presente, no puede ser en modo alguno
ignorada.
»En base a todo lo anteriormente
expuesto, este tribunal considera ajustada a derecho
la querella interpuesta por los demandantes, y en consecuencia
-al llegar a este punto el juez se vio obligado a elevar
el tono de su voz, como única manera de sobreponerse
a los murmullos que comenzaron a desatarse en la sala-
en ejercicio de las atribuciones que le han sido conferidas
por el Reino de España, declara culpable a Nicolás
de Myra, etc., etc., del delito de competencia desleal
con los Reyes Magos de Oriente, prohibiéndosele
que a partir de este momento realice cualquier tipo
de actividad relacionada con el reparto de juguetes
a los niños en la totalidad del territorio nacional
español, quedando ésta reservada en exclusiva
a los aludidos Reyes Magos de Oriente o, en su caso,
a los miembros de las tradiciones locales que puedan
demostrar de forma fehaciente tanto su condición
de autóctonos como su arraigo popular en sus
respectivos territorios.
La algarabía que se desató
en la sala de audiencias una vez concluida la lectura
de la sentencia, fue tal que los servicios de orden
se vieron obligados a aplicarse con total contundencia.
Finalmente la sala pudo ser desalojada, pero lo peor
del debate público estaba aún por llegar.
Hubo quienes aplaudieron sin reservas
la sentencia, entendiéndola como una defensa
necesaria de la idiosincrasia española, amenazada
severamente por el colonialismo cultural anglosajón.
Hubo quienes opinaron que se trataba
de algo irrelevante, cuando no absurdo, abogando porque
fueran los propios ciudadanos quienes decidieran por
sí mismos, llegándose incluso a denunciar
la presunta existencia de presiones ocultas por parte
de determinados intereses económicos.
-No faltaron tampoco quienes -políticos,
por supuesto- intentaron organizar campañas en
contra, con argumentos que iban desde la presunta interferencia
-que ellos interpretaban como intolerable- de la Iglesia
Católica en la sociedad civil, hasta la también
presunta imposición de una supuesta tradición
castellana en sus naciones; y eso a pesar de
que la sentencia había avalado el respeto a algunas
minoritarias tradiciones locales a las que curiosamente
nadie o casi nadie había prestado mayor atención
hasta entonces. Claro está que bastó con
la amenaza espontánea, y nunca probada, de un
hipotético boicot a determinados productos de
sus respectivas regiones, para que las aguas volvieran
rápidamente -al menos por el momento- a su cauce.
Mucho peores fueron las presiones ejercidas
sin el menor disimulo por determinadas empresas que,
imbuidas por la política del “siempre
dos mejor que uno”, protestaron airadamente
ante lo que definían como un menoscabo de sus
intereses, encontrándose no obstante con la férrea
e inesperada oposición de una asociación
que, bautizada con el significativo nombre de Padres
Esquilmados, apoyaba sin reservas el interdicto
judicial.
También resultó importante
la reacción internacional, y más concretamente
la norteamericana -los países europeos callaron
diplomáticamente- en su triple vertiente gubernamental,
comercial y ciudadana. Mientras el embajador estadounidense
deploraba lo ocurrido al tiempo que elevaba una tibia
protesta diplomática, varias compañías
multinacionales amenazaron con apelar a los tribunales
internacionales pese a que se trataba de un asunto interno
español; era mucho el dinero que estaba en juego,
máxime teniendo en cuenta que estas empresas
hacían de la campaña navideña,
centrada en buena parte en torno a la figura de Papá
Noel, una de sus más importantes promociones
comerciales.
En cuanto a los norteamericanos de
a pie... bueno, reaccionaron tal como cabía esperar
de ellos, proponiendo un boicot a la tortilla de patatas
-rebautizada por los más exaltados como “liberty
omelette” y exigiendo como represalia la
prohibición de los Reyes Magos en su país,
lo que a su vez motivó las airadas protestas
de la jerarquía católica estadounidense
y el repudio casi unánime de las importantes
minorías hispanas del país. De rebote,
un actor español que había logrado hacerse
un hueco en el exigente Hollywood tuvo que hacer las
maletas y volverse para su tierra, mientras los exportadores
de ciertos productos españoles, desde cava a
zapatos, vieron asimismo mermados sus balances de ventas
allende el Atlántico.
Muy pocos, por el contrario, fueron
los que llegaron a conocer lo que aconteció a
los protagonistas directos de la querella, discretamente
desaparecidos del mapa mientras la polémica arreciaba
en torno suyo. En realidad, una vez despojados de sus
ropajes y privados de su correspondiente iconografía
-el trineo y los camellos- pasaban completamente inadvertidos
en mitad de la vorágine de la indiferente metrópolis.
Nadie, pues, se apercibió de
la identidad de los cuatro personajes anónimos
que tomaban tranquilamente unas cervezas en un bar de
madrileño barrio de Lavapiés, uno de los
pocos que todavía quedaban regentados por autóctonos,
antes de partir hacia sus respectivos y lejanos destinos.
-Jo, tíos, os habéis
pasado. -reprochaba Nicolás a sus tres acompañantes-
Tantos siglos sin problemas entre nosotros, y ahora
en un momento...
-Te juro que nunca llegamos a sospechar
que pudieran llegar las cosas tan lejos. -se disculpó
Melchor- La verdad es que lo planeamos como una simple
cuestión de marketing para mejorar nuestros
índices de impacto, que últimamente estaban
un tanto bajos. ¿Verdad, Gaspar?
-Uh... -el interpelado terminó
de masticar precipitadamente los chopitos y, tras ayudar
la deglución con un trago de cerveza, corroboró
lo afirmado por su colega- Sí, es cierto, estábamos
preocupados por el descenso de nuestra cuota de mercado,
y decidimos consultar a un asesor financiero que fue
quien nos sugirió que... bueno, ya lo sabes.
No buscábamos más que una simple campaña
de imagen que nos ayudara a mejorar la balanza de resultados,
pero se nos acabó yendo de las manos sin que
pudiéramos hacer nada por evitarlo; el dichoso
juicio nos resultó tan embarazoso como a ti,
puedo asegurártelo. ¿Cómo íbamos
a imaginar que ese cretino de juez fuera a admitir a
trámite una querella tan ridícula? Lo
único que queríamos era publicidad, sólo
publicidad, y no desde luego a ese precio.
-Pero eso no se hace. -insistió
su rival- Me parece muy bien que quisierais potenciar
vuestra imagen y todo eso que habéis dicho, pero
no a costa mía...
-Hombre, Nico, si nos ponemos así,
vamos a decirlo todo. -terció el hasta entonces
silencioso Baltasar, esgrimiendo a guisa de florete
el pincho moruno que tenía a medio comer- Tú
llevabas mucho tiempo haciéndonos una competencia
desleal, reconócelo, invadiendo nuestro territorio
con la ayuda de toda la parafernalia publicitaria de
las multinacionales yanquis e incluso de buena parte
de las españolas... y nosotros, hasta ahora,
nos habíamos aguantado sin decir ni pío.
Pero la paciencia tiene un límite.
-Además, -remachó Gaspar-
por si fuera poco, todos los años te adelantabas
a nosotros; y eso duele.
-Bueno, no digo que no tengáis
razón en eso, -reconoció el interpelado-
la verdad es que también a mí se me fueron
las riendas de las manos. ¿Creéis que
me hace gracia que se me utilice impunemente, por supuesto
sin ningún tipo de retribución ni tan
siquiera el más mínimo reconocimiento,
como un mero reclamo publicitario para intentar venderle
a la gente esto o aquello? Yo también tengo mi
dignidad y mi orgullo profesional, y os aseguro que
estoy completamente harto de hacer de hombre anuncio.
En un principio me agradó, no lo niego, por la
publicidad que me daba, pero se acabó volviendo
contra mí causándome un perjuicio muy
superior a los presuntos beneficios, que dicho sea de
paso no veo por ningún lado.
-¿Entonces? -interrogó
Melchor al tiempo que pelaba una gamba a la plancha.
-Hombre, es que esa no era manera de
hacer las cosas. ¡Camarero! ¡Traiga otra
ronda de cañas para mí y mis amigos, y
también otra ración de callos!
Y respondiendo a la muda interrogación
de sus compañeros, prosiguió:
-Yo nunca os he considerado rivales,
sino colegas. Por cierto, estos callos están
para chuparse los dedos; no veáis lo que cansa
una dieta de carne de reno y pescado durante todo el
año.
-Pero nosotros jamás hemos invadido
tu territorio, como tú hiciste con el nuestro...
-apuntó suavemente el Rey negro.
-Yo... ya os he dicho que mi figura
ha sido muy manipulada en contra de mi voluntad; no
fui yo quien pretendió penetrar en vuestro mercado,
fueron ellos los que me obligaron.
-Podrías haberte negado.
-¿Cómo? -un brillo de
impotencia se esbozó en los tristes ojillos del
vejete- ¡Si hasta ese ridículo traje rojo
con ribetes blancos que me veo obligado a llevar año
tras año me fue impuesto por la Coca-cola! Yo,
todo un obispo, disfrazado de mamarracho...
-Bueno, Nico, no te pongas así.
-contemporizó Melchor- Nos conocemos desde hace
mucho tiempo, y de sobra sabemos que eres una buena
persona. Pero reconocerás que a Baltasar no le
falta razón cuando dice que las cosas se estaban
pasando ya de castaño oscuro...
-¿Acaso creéis que para
mí era un plato de gusto? -hipó el acusado-
Imaginaos el esfuerzo que me suponía ese trabajo
adicional... Y encima vosotros sois tres, pero yo estoy
solo. Mi médico está harto de decirme
que no trabaje tanto, que el día menos pensado
voy a tener un disgusto... ¡Ah, los callos! ¿Podría
traer también un poco más de pan?
-Y de paso unos calamares. -remachó
Gaspar- Nico, te aseguro que en ningún momento
hemos dudado de tu buena fe, pero los hechos son los
hechos. Y encima, vienes ahora reprochándonos
que defendiéramos nuestros intereses... ¿es
que tú, en nuestro lugar, no habrías hecho
lo propio?
-Lo único que pretendía
deciros, es que podríamos haber intentado llegar
a un acuerdo amistoso sin necesidad de tener que pasar
por el juzgado... ¡oye, estos calamares tienen
muy buena pinta!
-Pincha, pincha, te aseguro que no
volverás a comerlos igual en mucho tiempo. -ofreció
Melchor arrimándole el plato- Lo que veo que
no has probado todavía es el chorizo; y es ibérico
de verdad, no las cosas que te venden por ahí.
-Es que tengo el colesterol un poco
alto; -se excusó- ya sabéis, de comer
tanto reno... pero todavía no habéis respondido
a mi pregunta.
-Para nosotros tampoco fue nada agradable
tener que ir al juzgado, pero nuestro asesor insistió
mucho en que ésta sería la única
manera de poder conseguir algo. -confesó Melchor-
Y desde luego, nunca llegamos a sospechar que se acabara
llegando hasta el juicio, pensamos que la cosa se pararía
antes. Te aseguro que, de haber existido alguna alternativa,
habríamos recurrido a ella sin dudarlo.
-Además, tú mismo has
reconocido que el verdadero enemigo nuestro no eras
tú, sino esas malditas multinacionales que explotaban
tu imagen y te sobrecargaban de trabajo, al tiempo que
nos comían el terreno a nosotros. -añadió
Baltasar, limpiándose con la servilleta la salsa
de los callos- ¿Piensas que, por mucho que hubiéramos
llegado a alcanzar un acuerdo amistoso, estos señores
habrían accedido por las buenas? Amigo Nico,
no seas ingenuo.
-No, si la verdad es que yo prefiero
que las cosas hayan salido así; no veáis
la cantidad de trabajo que me voy a quitar de encima.
El problema es que mi imagen ha salido muy malparada,
y eso es algo que también es preciso tener en
cuenta; soy una figura emblemática para muchos
millones de niños, y no puedo, ni quiero, defraudarlos.
En cuanto a esas malditas compañías...
que las den por saco. Total, para lo que saco de ellas...
-Bueno, -reflexionó Gaspar-
quizá pudiéramos llegar a una solución
de compromiso que nos satisficiera a todos. ¿Qué
os parece si emitimos un comunicado conjunto afirmando
que hemos llegado a un acuerdo amistoso y bla, bla,
bla...
-Oye, chico, no me parece mala idea
eso que has dicho. ¿Por qué no? ¡Camarero!
¡Traiga una botella de champán y cuatro
copas!
-¡Del bueno, que te conozco!
-añadió Baltasar, que siempre había
sido el más sibarita de todos.
QUE PAREZCA UN ACCIDENTE
En las vastas y desoladas regiones
de Laponia septentrional se había decretado luto
nacional. Papá Noel, el veterano amigo de los
niños, había fallecido de forma inesperada
víctima de un mortal accidente cuando se aprestaba
a iniciar su tradicional campaña navideña.
La capilla ardiente, levantada en el
amplio salón central de la residencia boreal
del fallecido, rebosaba de personalidades venidas expresamente,
desde todos los rincones del planeta, hasta ese remoto
rincón del globo para dar su último adiós
al popular personaje. Entre la pléyade de monarcas,
jefes de gobierno, altos cargos militares, actores y
cantantes famosos, representantes de las principales
confesiones religiosas y magnates económicos,
las figuras de los tres Reyes Magos, seculares rivales
del difunto pasaban casi desapercibidas a pesar de lo
vistoso de sus ropajes. Tras rendir su silencioso homenaje
al yacente y dar el pésame a sus consternados
colaboradores, los Magos abandonaron discretamente el
recinto; también ellos tenían mucho trabajo
pendiente, razón que arguyeron para justificar
su prematura marcha sin esperar al funeral ni al entierro.
Afuera, soportando con estoicismo las
gélidas temperaturas -evidentemente estaban poco
acostumbrados a tan inhóspito clima-, les aguardaban
sus ateridos pajes, embutidos en gruesos forros polares
de los que sobresalían cómicamente sus
llamativos tocados. En aras de la rapidez, eso sí,
habían decidido prescindir de los tradicionales
camellos, sustituidos en esta ocasión por un
moderno helicóptero.
Entre los pajes se encontraba un hombre
de mediana estatura y hermético aspecto, vestido
con un impecable terno de color negro y tocado con sombrero
y gafas de sol de idéntico color. Éste
se adelantó al ver llegar a los monarcas y, arrodillándose
ante Melchor, le besó respetuosamente la mano.
-Luiggi, mi querido Luiggi... -le recibió
éste paternalmente- Dile a tu padrino que le
estoy muy agradecido por su ayuda, y que realizaste
nuestro encargo a la perfección; todo el mundo
está convencido de que se trató de un
accidente fortuito. Y ahora es mejor que te vayas, no
es conveniente que te vean rondando por aquí.
Obedeció el interpelado y, tras
despedirse de los tres compañeros, se escabulló
hacia un mototrineo que tenía aparcado al cobijo
de unos abetos cercanos. Melchor, por su parte, se volvió
hacia sus compañeros con aspecto satisfecho y
les dijo:
-¿Veis como yo tenía
razón? Ya os dije que podíamos confiar
en los sicilianos siempre que hubiera por medio una
tradición en peligro; como habéis podido
comprobar, son extremadamente respetuosos con todo aquello
que han heredado de sus antepasados.
CONSPIRACIÓN
-Ante todo, señores, deseo mostrarles
mi agradecimiento y el de mis compañeros por
haber atendido a nuestra invitación asistiendo
a esta reunión. -expresó majestuoso el
anciano de luenga barba blanca al tiempo que con la
vista barría al resto de los asistentes.
Éstos eran, además de
él mismo, otro anciano de aspecto similar aunque
con la barba y el cabello de color más oscuro,
un tercero lampiño con el rostro de profundo
color azabache, un minúsculo ratón y un
enigmático personaje del cual tan sólo
se vislumbraban unas llamativas gafas de sol que aparentemente
flotaban ingrávidas en el aire.
-Todos no. -objetó una profunda
voz de barítono surgida de donde debería
haber estado la boca en el invisible rostro que se adivinaba
tras las gafas- Falta Valentín.
-No te falta razón, Amigo Invisible,
pero todo tiene su explicación. -intervino el
segundo anciano tras un profundo carraspeo- En realidad
mis compañeros y yo teníamos dudas sobre
la oportunidad de hacerle extensiva la invitación,
puesto que en rigor la suya no es una tradición
autóctona sino importada del mundo anglosajón,
justo igual que la que tratamos de combatir; además,
su desembarco en nuestro país no pudo ser más
mundano, puesto que vino promovido por el dueño
de una cadena de grandes almacenes con unos fines descaradamente
comerciales...
-¿Y las nuestras no? -ironizó
el roedor con su aguda vocecilla.
-Bueno, no puedo negar que, en ciertos
entornos y por parte de determinada gente, no hayan
podido acabar degenerando también en el sentido
que tú apuntas, pero se trata de una desviación
circunstancial y ajena por completo al espíritu
prístino de nuestras tradiciones, y por supuesto
indeseada por nosotros. Además -añadió-
las nuestras son tradiciones españolas, no foráneas.
-Ya. -musitó el ratón,
nada convencido- Por eso le vetasteis.
-¡Oh, no! -se apresuró
a explicar el atribulado anciano. No lo vetamos. Fue
él quien nos comunicó su desinterés,
alegando que nuestras respectivas tradiciones eran de
marcado carácter infantil a diferencia de la
suya, razón por la que consideraba que nada tenía
que hacer aquí.
-Una afortunada casualidad. -apostilló
con sorna el ser invisible- Pero también echo
en falta a otros personajes tales como el Olentzero,
y no me diréis que este personaje procede también
de un país extranjero... con permiso de los nacionalistas
vascos, por supuesto.
-En este caso se trata de una tradición
local, completamente respetable, por supuesto, pero
restringida a un área geográfica muy limitada.
-eso sí, silenció que asimismo se trataba
de un competidor directo suyo, por minúsculo
que pudiera resultar el territorio en conflicto.
-En resumen. -zanjó el invisible-
La reunión presente se circunscribe, por las
razones que sean, a vosotros tres, los Reyes Magos,
al Ratoncito Pérez y a mí mismo... y,
tal como rezaba vuestra carta, el motivo de la misma
es la conveniencia, a decir vuestro, de crean un frente
común para luchar contra la presunta competencia
desleal de Papá Noel. ¿Me equivoco?-
Presunta no, real. -apostilló
molesto su interlocutor-Y muy perjudicial además.
-Déjame explicárselo
a mí, Gaspar. -le interrumpió su compañero,
más tranquilo- Supongo que todos nosotros estaremos
de acuerdo en que maldita la gracia que tiene que, después
de tantos años matándonos a trabajar,
venga un advenedizo extranjero a robarnos protagonismo
y la clientela...
-Es la libre competencia... -objetó
el ratoncito.
-¡Y un cuerno! -explotó
Melchor- Es un ejemplo, claro y evidente, del imperialismo
cultural yanki al cual debemos oponernos con todas nuestras
fuerzas.
-Llámalo como quieras. -sentenció
el Amigo Invisible, encogiendo sus asimismo invisibles
hombros- Pero lo cierto es que Papá Noel os hace
la competencia a vosotros, no a Pérez ni a mí.
Dicho con otras palabras es vuestro problema, no el
nuestro.
-Dicho con otras palabras, tu respuesta
es insolidaria y egoísta. -retrucó Gaspar.
Iba a replicar de nuevo el Amigo Invisible
a juzgar por el nervioso balanceo de sus gafas, único
indicador posible de sus estados de ánimo, y
presumiblemente también de forma desabrida, cuando
Baltasar, el único de los allí presentes
que hasta el momento no había abierto la boca,
intervino por vez primera en un esfuerzo por rebajar
la tensión acumulada.-
Calma, amigos, calma. -pronunció
con su cadenciosa voz de barítono- Estamos aquí
para hablar, no para pelearnos. Si consiguiéramos
llegar a un acuerdo estupendo, ya que de eso se trata.
Y si no fuera posible alcanzarlo pues qué se
le va a hacer, pero en modo alguno estaría justificado
que nos enemistáramos; eso, jamás.
-Estoy de acuerdo con la afirmación
de Baltasar. -dijo a su vez el ratoncito- Pero para
poder opinar con conocimiento de causa, antes necesitaríamos
saber qué es lo que pretendéis de nosotros.
-Es sencillo. -respondió Melchor,
visiblemente aliviado- Se trata de boicotear de forma
conjunta a nuestro común enemigo.
-¿Y cómo habéis
pensado hacerlo? -preguntó con sorna el Amigo
Invisible, ignorando de forma deliberada su inclusión
implícita en la lista de presuntos damnificados
de Papá Noel.
-Está claro, declarándole
un boicot. Los niños que reciban regalos suyos,
siquiera una sola vez, pasarían a formar parte
automáticamente de una lista negra cuyos integrantes
no serían visitados, de allí en adelante,
por ninguno de nosotros. Y por supuesto, estas listas
se harían públicas.
Una estentórea carcajada retumbó
en toda la sala, ayudando todavía más
a incrementar el desconcierto de los anfitriones el
hecho de que, a causa del reverbero de las paredes,
su origen no podía ser determinado dado que el
responsable de la misma se había despojado de
las gafas, única manera de localizarlo, pudiendo
encontrarse en cualquier rincón del vasto recinto.
-¿De qué te ríes?
-preguntó Baltasar, habitualmente el más
sosegado de los tres compañeros.
-¿De qué me voy a reír?
-respondió en tono burlón una voz que
parecía provenir de todos los rincones, que era
lo mismo que decir de ninguna parte- De vuestra ingenuidad,
por supuesto.
-¿Por qué dices eso?
-insistió el Rey negro.
-Pues porque a buen seguro que los
niños se van a morir de miedo en cuanto conozcan
vuestra pueril amenaza. Almas de cántaro, ¿no
os dais cuenta de que corréis el riesgo de incurrir
en el más espantoso de los ridículos?
-Al parecer disfrutas bastante zahiriéndonos.
-gruñó Gaspar malhumorado. Y cambiado
de estrategia, continuó- Y puesto que eres tan
sabiondo, ¿por qué no nos propones una
alternativa mejor? Te aseguro que te estaríamos
muy agradecidos.
-Eso es fácil. -explicó
con aplomo su escurridizo interlocutor al tiempo que
arrebataba la corona al inadvertido Gaspar para encasquetársela,
acto seguido, en su invisible cabeza- A grandes males,
grandes remedios. ¿Por qué no, en vez
de andaros con tonterías indignas hasta de un
niño de pecho, no cogéis el toro por los
cuernos y hacéis desaparecer el problema de una
vez por todas? -el tono siniestro con el que pronunció
el verbo desaparecer dejaba bien a las claras
a que tipo de desaparición se refería.
-¿Acaso crees que no lo hemos
pensado? -intervino a su vez Melchor, profundamente
molesto al no haber podido evitar que el Amigo Invisible
le despojara asimismo de su corona, recibiendo a cambio
la de su perplejo camarada- Pero ese maldito viejo es
tremendamente desconfiado, y vive rodeado de unas medidas
de seguridad tan desorbitadas que lo convierten en alguien
poco menos que invulnerable. ¿Sabías que
los elfos que tiene a su servicio son en realidad, bajo
su inofensivo aspecto, unos despiadados matones de la
peor calaña? ¿Y que hasta los renos de
su trineo están entrenados para acabar, a testarazos,
coces y mordiscos, con cualquiera que ose acercarse
a su amo con aviesas intenciones? Eso sin contar con
el arsenal de armas mortíferas, por supuesto
convenientemente camufladas, del que según dicen
está equipado el trineo, o con las que lleva
ese tipo ocultas bajo su ridículo traje. No,
amigo, te pongas como te pongas, no hay forma humana,
o al menos nosotros no la conocemos, de quitar de en
medio a ese odioso tipejo.
-Y por si fuera poco, -remachó
Gaspar- tampoco serviría de nada contratar a
unos sicarios ya que, tanto si tenían éxito
como si fracasaban, pronto se sabría que éramos
nosotros quienes estábamos tras el atentado,
puesto que quienes otros, si no, iban a estar interesados
en que Papá Noel desapareciera del mapa.
-Vuestros razonamientos son impecablemente
correctos. -concedió el Amigo Invisible, que
ahora se entretenía en sostener del rabo, cabeza
abajo, al aterrorizado Ratoncito Pérez- Pero
por suerte, no contempla un factor clave capaz de darle
la vuelta a la tortilla conforme a vuestros intereses:
Yo.
-¿Quéee? -el asombro
de los tres Reyes Magos era auténtico.
-Elemental, querido Watson... -exclamó
con engolamiento su invitado al tiempo que liberaba
al desdichado roedor, al cual le faltó tiempo
para huir despavorido refugiándose en una oportuna
grieta que se abría en la pared- aunque bien
pensado, no estoy nada seguro de que en las novelas
originales de Sherlock Holmes llegara a aparecer una
sola vez esta frase.
-¿Y qué más da
eso ahora? -se impacientó Melchor al tiempo que
rescataba su corona, que había ido a parar de
forma misteriosa sobre el turbante de Baltasar- ¿Por
qué no te dejas de misterios y nos dices lo que
tramas?
-¿Acaso no os lo he estado indicando
durante todo este tiempo? -preguntó a su vez
el escurridizo bromista fingiendo inocencia- Por cierto,
Pérez, puedes salir de tu escondite, te aseguro
que no voy a hacerte ninguna otra gamberrada... ni a
vosotros tampoco. Pero chicos, qué queréis
que os diga, si no sois capaces de ver, nunca mejor
dicho, más allá de vuestras narices, pues
apaga y vámonos.
-¡Ah, condenado, creo que ya
te he pillado! -exclamó Baltasar, presa de una
repentina excitación, ante la mirada atónica
de sus dos colegas- Así que era eso...
-Vaya, después de todo, resulta
que al menos uno de vosotros sí tiene algo de
olfato... -ronroneó complacido el Amigo Invisible-
así pues, ¿por qué no eres tan
amable de explicárselo a tus despistados compañeros,
que según todos los indicios siguen estando en
Babia?
-Es sencillo... tan sencillo como que
nos has estado tocando las narices, y el rabo al pobre
Pérez, de forma literal cuanto has querido y
a tu antojo, sin que ninguno de nosotros pudiera hacer
nada por evitarlo pese a nuestros evidentes deseos -rió-
de partirte la cara. ¿Es así, o me equivoco?
-Es así. -concedió su
interlocutor, ahora en tono serio-. Y si he podido hacer
con vosotros literalmente lo que se me ha antojado,
¿por qué no podría hacerlo con
ese rival vuestro al que tanto odiáis? A mí
me resultaría extremadamente fácil acercarme
a él, burlando todas su precauciones, sin que
llegara siquiera a sospecharlo, y a ello he de añadir
que sé como hacer que el... percance pudiera
pasar por un accidente fortuito o bien por una muerte
natural estilo ataque al corazón, según
cuales fueran vuestras preferencias. Así de sencillo...
Y sonrió de oreja a oreja, aunque
como cabe suponer el deseado efecto teatral de su gesto
pasó desapercibido por completo.
-No cabe duda de que tu oferta resulta
tentadora. -arguyó Melchor, en tono cauteloso,
al cabo de unos segundos- y desde luego, nada vendría
mejor a nuestros planes que tu providencial ayuda. Pero,
o mucho me equivoco, o ésta tendría un
precio...
-En efecto, lo tiene. -fue la respuesta
del Amigo Invisible, que ahora se había vuelto
a calzar las gafas tras sentarse en su asiento, en un
claro intento de aparentar seriedad- Pero os aseguro
que se trata de un precio razonable y completamente
a vuestro alcance.
-¿Cuál es? -la impaciencia
de Melchor, convertido en portavoz del grupo, era más
que evidente.
-Algo tan sencillo como que me permitierais
entrar en vuestra sociedad en igualdad de condiciones
con vosotros. -fue la sorprendente respuesta- Vamos,
que nada desearía más en el mundo que
convertirme en el cuarto Rey Mago.
-¡Pero hombre, eso que nos pides
es imposible! -objetó Baltasar, el primero de
los tres en recobrarse de la sorpresa- Ten en cuenta
que nosotros arrastramos una tradición secular
de la que somos en realidad prisioneros; ¿cómo
podríamos decirle al mundo, de repente, que contábamos
con un nuevo socio al que además, y para más
inri, nadie es capaz de ver? Es absurdo...
-No, no es absurdo en absoluto, puesto
que yo no pretendo en modo alguno no ya que se me vea,
sino ni tan siquiera que nadie llegue a saber de mi
existencia... excepto, claro está, vosotros tres.
Sería el Rey Invisible, mejor dicho, el Rey Inexistente.
¿Qué habría de malo en ello?
-Ahora sí que no te entiendo.
-confesó cabizbajo Gaspar- Si lo que pretendes,
según tú mismo has dicho, es pasar desapercibido
por completo, ¿a qué viene entonces tu
interés por formar parte de nuestro grupo?
-¡Ay amigos! -suspiró
lastimero el postulante- Vosotros no podéis imaginaros
la magnitud de mi tragedia, siempre condenado a regalar
cosas absurdas y sin sentido a unas gentes que lo único
que suelen hacer habitualmente es maldecirme por lo
estúpido de mis iniciativas. Estoy harto, completamente
harto, del miserable papel que me ha tocado desempeñar
desde que guardo memoria, y lo peor de todo es que,
cual si de una tortura infernal se tratara, no veía
la manera de desembarazarme de semejante cruz... hasta
que llegasteis vosotros con vuestra providencial proposición,
gracias a la cual he visto el cielo abierto... si es
que me aceptáis con vosotros, claro está.
-Bueno... -repuso Melchor, repentinamente
reblandecido- creo hablar en nombre de mis compañeros
si afirmo que por nuestra parte no habría el
menor inconveniente en acceder a tus deseos bajo esas
condiciones, pero en estas circunstancias ¿qué
labor podrías desempeñar a nuestro lado?
Porque confieso que eso sí que sigo sin verlo
claro en absoluto.
-¡Oh, ya lo creo que podría
aportaros mucho! -exclamó entusiasmado el Amigo
Invisible- No interferiría en absoluto en vuestro
trabajo, ya que me encargaría de entregar, a
todos y cada uno de los niños que visitáramos,
un regalo que no hubieran pedido; por supuesto, elegido
al azar tal y como he venido haciendo hasta ahora, pero
arropado por vuestro prestigio nunca más me vería
denostado ni despreciado tal como me ocurre ahora. Nadie,
salvo nosotros, sabría siquiera el origen de
ese misterioso regalo extra que les llegaba sin haberlo
pedido, y por supuesto, al estar acompañado por
vuestros regalos, a vosotros no os achacarían
jamás esas cosas tan horribles con las que a
mí me cargan. Yo seguiría desempeñando
el único trabajo que sé hacer, pero todos
estaríamos contentos y satisfechos.
-En principio me parece bien, pero
¿qué hacemos con el amigo Pérez?
Si te aceptamos a ti como socio, en justicia a él
tendríamos que hacerle idéntico ofrecimiento...
-Por mí no tenéis que
preocuparos en absoluto. -se apresuró a tranquilizarles
el aludido, asomando con desconfianza el hocico de su
improvisado refugio- Os aseguro que no tengo el menor
interés en asociarme con vosotros, ya que siempre
he preferido trabajar en solitario; supongo que será
una cuestión de tamaños. Eso sí,
entre colegas -añadió, guiñando
su vivaz ojillo- os puedo asegurar que ese mamarracho
siempre me ha caído gordo, así que si
desapareciera del mapa no sería yo quien lo lamentara.
Y por supuesto, os guardaría el secreto.
-¡Pues dicho y hecho! -exclamó
exultante Baltasar- Bienvenido al club, querido amigo.
Y ahora, si me dices donde tienes la mano, concédeme
el honor de ser el primero en estrecharla. Ah, por cierto,
-añadió al tiempo que alargaba el brazo
al vacío- ¿tardarías mucho en quitar
de en medio a ese fulano? Es que estamos a punto de
iniciar la próxima campaña de navidad,
y ya sabes que eso lleva bastante tiempo organizarlo,
sobre todo si tuviéramos que encargarnos ya de
la cartera de pedidos del finado. No es por meterte
prisa, por supuesto, pero...
El resto, ya es historia.
PACIENCIA PREMIADA
-¡Cielo santo, vaya escabechina!
-ex |