| -Ante todo, señores,
permítanme que les exprese mi agradecimiento,
en nombre de mi empresa y en el mío propio, por
haber atendido a nuestra llamada -el atildado personaje
hacía aspavientos al tiempo que indicaba a los
recién llegados sus respectivos asientos.
-Aunque ya han sido informados del
motivo de esta reunión -explicó, una vez
que éstos estuvieron acomodados-, antes de pedirles
su opinión desearía informarles de una
manera más exhaustiva. Por este motivo, me he
tomado la libertad de prepararles unos dossieres.
Tras entregarles la citada documentación,
que sacó de un portafolios, y sin dejar siquiera
hojearla a sus interlocutores, continuó impertérrito
con su exposición.
—Aunque en el informe que les
acabo de entregar viene recogida toda la documentación
pertinente, permítanme no obstante que se lo
resuma brevemente. El origen de toda la tradición
actual, en lo que a este personaje respecta, es una
figura histórica, san Nicolás de Bari,
nacido a finales del siglo III de nuestra era en Asia
Menor, la actual Turquía, y muerto a mediados
del siglo IV, debiendo su actual gentilicio al traslado
de sus reliquias a esa ciudad italiana en el año
1087, con objeto de salvarlas de los invasores turcos.
Aunque llegó a ser obispo de una diócesis
local, su fama, al menos en los países occidentales,
arranca de una tradición piadosa según
la cual realizó el milagro de resucitar a tres
niños descuartizados por un carnicero, lo que
le convirtió en una especie de santo patrón
de la infancia.
»Esta tradición arraigó,
entre otros lugares, en Holanda, y cuando los inmigrantes
holandeses llegaron a la costa oriental de lo que ahora
son los Estados Unidos de América, la implantaron
allí con el nombre de Sinterklaas, que es como
llamaban en su idioma a San Nicolás. Más
tarde la tradición arraigaría en la cultura
anglosajona, corrompiéndose el término
holandés original hasta dar el actual Santa Claus;
por cierto, parece ser que el propio Washington Irwin
fue uno de los culpables de ello.
»Sin embargo, el Santa Claus
original de la primera mitad del siglo XIX seguía
siendo un santo obispo sin nada que ver con su imagen
actual; no sería sino hasta la década
de 1860 cuando el dibujante sueco Thomas Nast lo convirtió
en algo parecido al actual, aunque todavía quedaba
bastante camino por delante. Por cierto, fue más
o menos por entonces cuando esta tradición, si
es que se le puede llamar así, pasó a
Europa, conociéndosele en algunos países,
por influencia francesa, como Papá Noel, es decir,
Papá Navidad; al menos, en esto los franceses
fueron más respetuosos que los anglosajones con
la memoria de nuestro obispo.
»Pero a pesar de todo ese primitivo
Santa Claus, aunque ya nada tenía de obispo,
seguía sin parecerse al actual, al menos en lo
que a su atavío se refiere; de hecho vestía
de blanco, un color sea dicho bastante más afín
a la navidad, e incluso de verde, pero no de rojo. No
sería sino hasta 1931, como quien dice ayer mismo,
cuando la compañía Coca-Cola
comenzó a utilizarlo como icono publicitario,
esta vez ya vestido con sus colores corporativos, rojo
y blanco en lo que quizá fue uno de los primeros
ejemplos de publicidad subliminal. Y el invento cuajó,
vaya que si cuajó, como también lo hizo
su residencia en las cercanías del Polo Norte,
a varios miles de kilómetros de distancia de
la verdadera patria de San Nicolás. Todo lo demás
ya es historia.
»¿Y bien? -preguntó
a modo de colofón de su exposición- ¿Qué
opinan de esto?
-Bueno... -carraspeó uno de
los visitantes- La verdad es que esta historia ya la
conocíamos.
-¿Y no han caído ustedes
en la cuenta de que ese material, convenientemente explotado,
es dinamita pura? Si quisieran, podrían dar tal
golpe a su rival que tardaría mucho, pero mucho
tiempo en reponerse.
-Hombre, nosotros llevamos mucho tiempo
coexistiendo con él sin demasiados problemas...
-objetó otro de sus interlocutores, el único
de los tres que tenía la tez oscura- en realidad
nunca le hemos considerado como un rival, sino más
bien como un colega.
-Un colega que lleva años robándoles
sistemáticamente la clientela incluso en su propio
feudo, cosa que no ocurre al contrario... -le atajó
su anfitrión en tono mordaz.
-En honor a la verdad, justo es reconocer
que más de una vez nos desagradaron sus modales
agresivos, sobre todo al principio, pero hace ya mucho
que aceptamos esta situación; al fin y al cabo,
hay mercado para todos -terció el último
de los visitantes, que hasta ese momento no había
intervenido en la conversación.
-Si están dispuestos a resignarse
allá ustedes; nada tengo que objetar a ello.
Pero si desearan que la situación actual pudiera
cambiar en beneficio suyo, mi compañía
se ofrecería muy gustosa a ayudarles. La decisión
está en sus manos -concluyó el empresario
abriendo teatralmente los brazos.
-¿Cómo? -preguntó
el primero de los visitantes.
-Como ya les he dicho, el Papá
Noel actual, o mejor dicho, el Santa Claus anglosajón,
es en buena medida un invento publicitario de Coca-Cola...
y nosotros somos, como es sabido, sus tradicionales
competidores en el mercado de los refrescos de cola,
al igual que ustedes lo son de ese viejo ridículo.
Así pues, dado que nuestros intereses son paralelos,
nada más natural que aunar nuestras respectivas
fuerzas...
-¿En qué consistiría
esa alianza? -preguntó, suspicaz, el negro.
-Es muy sencillo. A ustedes no les
supondría ningún esfuerzo, de hecho continuarían
actuando prácticamente igual. Tan sólo
sería necesario un pequeño cambio en su
vestuario ya que, en opinión de nuestros expertos,
sus atavíos han quedado un tanto... digamos anticuados,
por lo que no resultan atractivos para los jóvenes
actuales. En el dossier que les he entregado
encontrarán algunos bocetos sobre cómo
podrían ser sus nuevos trajes. Si lo abren por
el anexo 2... aquí los tienen -exclamó
mostrándoselos-. Como pueden comprobar, están
mucho más ajustados a los gustos actuales sin
por ello renunciar a la tradición, y al igual
que ocurre con Santa Claus y Coca-Cola, está
claro que hemos optado por atacarles con sus propias
armas, en ellos predominan los colores corporativos
de Pepsi-Cola, eso sí, combinados con mucha elegancia
y discreción, nada que ver con ese ridículo
pijama rojo con ribetes blancos. Al fin y al cabo -concluyó
con orgullo-, estos diseños han salido de los
lápices de nuestros mejores profesionales.
-¿Y eso sería todo? -preguntó
incrédulo el Mago que parecía llevar la
voz cantante de los tres- ¿Un simple cambio de
indumendaria?
-Bueno, todo lo que se dice todo,
no... -concedió el interpelado- Por supuesto,
iría acompañado de una gran campaña
publicitaria anunciando nuestra alianza; algo así
como: “Si ellos tienen uno, nosotros tenemos
tres. Triple regalo, triple sabor...” Ustedes
se convertirían en el símbolo mundial
de nuestra bebida, con la consiguiente popularidad añadida
-el ejecutivo estaba cada vez más exultante-.
Y atacaríamos allá donde más les
duele, en pleno corazón de su feudo, los propios
Estados Unidos y el resto de los países anglosajones
y centroeuropeos, en todos los cuales su implantación
actual es mínima. Y por supuesto, reforzaríamos
su afianzamiento en sus territorios tradicionales, España
e Hispanoamérica, faltaría más.
Créanme, si esto sigue adelante, jamás
habrían podido llegar a soñar con semejante
proyección a nivel mundial. ¡Les conocerán
hasta en China, la India o Japón!
-Visto así la idea parece buena,
pero...
-¿Pero qué? Les ruego
que me expresen con total sinceridad todas sus posibles
dudas, yo estoy aquí precisamente para aclarárselas.
-No lo sé, lo veo demasiado
sencillo como para que pueda funcionar bien. ¿Dice
usted que todo se reduciría a nuestro cambio
de imagen y a su campaña publicitaria?
-Básicamente, sí.
-¿Qué quiere decir con
ese “básicamente”? ¿Acaso
hay letra pequeña?
-¡Oh, no, en absoluto! -gesticuló
el representante de Pepsi Cola poniendo cara de asombro-
Ocurre que nuestros expertos publicitarios estiman que,
aunque con lo anteriormente expuesto ya resultaría
probablemente suficiente para sacar adelante la campaña,
quizá fuera conveniente potenciarla con algunos
pequeños retoques adicionales... simples guindas
del pastel, aunque efectivos.
-Por favor, explíquenoslas -intervino
ahora el más taciturno de los Reyes Magos.
-En principio, convendrán ustedes
que tener su residencia fijada en Oriente, tal como
están ahora las cosas en ese rincón del
mundo, no parece ser la mejor tarjeta de visita para
abrir nuevos mercados en Estados Unidos, Gran Bretaña,
Israel u otros países... Irán, Irak, Palestina,
Afganistán o Pakistán no puede decirse
que sean precisamente unas balsas de aceite, por desgracia...
-¡Pero siempre hemos venido de
allí, desde mucho antes incluso de que surgieran
estos conflictos! -protestó el Rey negro haciendo
enérgicos gestos con la cabeza- ¡Nosotros
jamás nos hemos metido en política, ni
hemos tenido nada que ver con esos problemas! ¡Tendría
narices, después de dos mil años viniendo
del mismo sitio!
-Eso es cierto, pero por desgracia
las circunstancias han cambiado mucho nos guste o no,
y resultaría difícil andar explicando
estos matices a todos sus potenciales clientes. Desde
luego, resultaría mucho más efectivo que
ustedes optaran por cambiar de domicilio mudándose
a un lugar carente de connotaciones negativas para el
imaginario público.
-¿Y a dónde tendríamos
que emigrar para que esos cenutrios nos aceptaran? -preguntó
su compañero en tono conciliador- Porque el resto
del planeta tampoco se puede decir que sea un remanso
de paz... Supongo que ahora nos dirá que lo mejor
sería elegir algún lugar remoto y despoblado
tipo el Polo Norte; lo malo es que este último
ya está ocupado por nuestro rival, y mucho me
temo que no se dejaría desalojar.
-Está usted en lo cierto, pero
olvida que la Tierra tiene dos polos... y el Polo Sur
está todavía sin ocupar -respondió
impertérrito su interlocutor-. De hecho la Antártida
podría dar mucho juego, dado que se trata de
uno de los últimos lugares del globo que siguen
manteniendo un grado notable de exotismo. Eso sin contar
con su carencia de connotaciones negativas, así
como con el paralelismo con la residencia de su rival.
Créanme, ésta sería la opción
ideal.
-¿Usted no se ha parado a pensar
que a lo mejor no nos gusta el frío, y que nos
aburriría ver sólo pingüinos? Papá
Noel al menos tiene renos, focas y osos polares... Menudo
sitio nos ha buscado para vivir -explotó de nuevo
el Rey negro, con diferencia el más sanguíneo
de los tres.
-Hombre de Dios -se rió el empresario-
¿acaso se cree que Papá Noel vive en Laponia?
Eso es todo pura campaña de marketing; en realidad
suele residir en las islas Hawai, aunque también
pasa largas temporadas en la Costa Azul o en California.
Al fin y al cabo, vestido de calle no pasa de ser un
orondo jubilado anónimo. Lo de Laponia es un
montaje, por allí ni pisa, dado que cuando es
necesario sus agentes recurren a un doble. Y créanme,
no ha montado en trineo en su vida.
-¿Entonces?
-Con ustedes pasaría exactamente
igual; al fin y al cabo, fuera de la campaña
navideña tampoco acostumbran a ir por ahí
disfrazados de Reyes Magos. Ustedes podrían seguir
viviendo exactamente igual que ahora, y ni tan siquiera
tendrían que molestarse en aparecer por allí,
de todo eso ya nos encargaríamos nosotros. Y
si por casualidad fuera necesario rodar alguna escena
ambientada en los parajes antárticos, les aseguro
que nuestros expertos en efectos especiales son auténticos
genios, imagínense que muchos de ellos han trabajado
con George Lucas o Steven Spielberg antes de fichar
por nuestra compañía.
-¿Eso es todo? -era evidente
que los tres visitantes comenzaban a impacientarse.
-Casi. Hemos pensado que también
podría resultar efectivo atacar a su rival justo
en otro de sus puntos débiles, acusándolo
de someter a explotación laboral a sus subordinados
los elfos; hemos estado recopilando información
al respecto, y contamos con una considerable cantidad
de pruebas incriminatorias. ¿Qué tal les
parecería a ustedes encabezar la denuncia pública?
-se interrumpió al ver cómo los tres Magos
fruncían repentinamente el ceño, concluyendo
la frase en un torpe tartamudeo- Supongo que ustedes
no obrarán del mismo modo con sus pajes...
-Eso es algo que con el tiempo se podría
arreglar -zanjó con aspereza el más anciano
de los visitantes-. Pero por el momento, preferiríamos
no tocar este tema. Ya habría bastantes cambios,
y de suficiente calibre, como para digerirlos sin necesidad
de ir abriendo nuevos frentes.
-¿Significa eso que aceptan
nuestra oferta? -preguntó con entusiasmo el representante
de la multinacional- En el anexo 1 figura una copia
del contrato...
-Tranquilícese, no es necesario
ir tan deprisa; antes de tomar una decisión de
este calibre, preferiríamos consultarlo con nuestros
asesores jurídicos. Al fin y al cabo -sonrió
el monarca con picardía-, llevamos tantos siglos
trabajando sin cambios, que por un breve retraso no
creo que fuera a pasar nada.
-Pero... nosotros habíamos pensado
que podríamos empezar a trabajar ya para la próxima
campaña navideña -objetó débilmente
su anfitrión tragando saliva-; de hecho, ya lo
teníamos todo preparado. Bastaría con
que firmasen el documento... -añadió con
un hilo de voz- Está bien, como ustedes deseen.
La señorita Smith les conducirá a la salida.
Y recuerden, aquí siempre serán bienvenidos
-concluyó, al tiempo que se incorporaba y les
ofrecía la mano-. Aguardo su respuesta, sus majestades.
publicado en mayo de 2008
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