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No apagues la luz Más sobre Joaquín Torres

-¡No apagues la luz! -exclamó el pequeño Andrés tapado hasta la barbilla, temblando su miedo bajo una manta del ratón Mickey.

-¿Qué ocurre, cariño? -inquirió su madre frunciendo el ceño. Estaba de pie bajo el marco de la puerta del cuarto, con el brazo estirado a media altura y las yemas de los dedos rozando suavemente el interruptor de la pared.

Andrés tragó saliva, dudó un instante entre contarle o no aquello que le inquietaba y finalmente respondió:

-En la oscuridad vendrán los monstruos y se me llevarán.

La mujer relajó el semblante, esbozó una ligera sonrisa y se acercó despacio a la cabecera de la cama.

-¿Quién te ha dicho eso? -preguntó al niño tras depositar un sonoro beso en su frente pecosa.

Andrés desvió la mirada hacia la mesilla donde las agujas del reloj con forma de dinosaurio indicaban las once menos cuarto, después volvió a clavar la vista en su madre y susurró:

-En la escuela todos lo dicen: que a medianoche, en la oscuridad, vienen los monstruos y te llevan con ellos-. En ese instante, la voz se le quebró y gruesas lágrimas comenzaron a desbordar sus parpados.

Ella le rodeó con sus cálidos brazos.

-Tranquilo, cielo -repuso intentando consolarle-. No debes temer a los monstruos, te lo he dicho ya muchas veces…

-Pero en la escuela -replicó Andrés entre sollozos.

-Solo pretenden burlarse de ti.

-¿De verdad? -preguntó el muchacho alzando la cabeza y observándola con los ojos enrojecidos y las mejillas brillantes por las lágrimas derramadas.

-Acaso te he mentido alguna vez. Anda, acuéstate y piensa en cosas agradables… En la excursión que mañana haremos a la feria o en esa bicicleta roja que tanto te gusta.

Aún sin estar del todo convencido, el chico obedeció y permitió que su madre le arropase de nuevo. Luego ella le deseó dulces sueños con otro beso estentóreo y, tras apagar la luz, salió de la habitación.

Un escalofrío sacudió el menudo cuerpo de Andrés cuando la puerta se cerró y las sombras silenciosas barnizaron las paredes. Para disipar el miedo que empezaba a atenazarle, pensó en la bicicleta nueva que sus abuelos habían prometido regalarle para su cercano aniversario. Sólo imaginándose por las calles del barrio a los pedales de aquel raudo velocípedo, logró por fin quedarse dormido.

 

Cuando las manecillas del vientre del dinosaurio habían rebasado las doce, su madre, muy sigilosa, volvió a entrar en el cuarto. Sonrió complacida al escuchar los graves ronquidos de su hijo. Procurando no despertarle, se sentó en el borde de la cama y acarició su mejilla con la zarpa peluda en que se había convertido su brazo al compás del sonido monocorde de las campanadas. “Se acerca el momento de desvelarle el secreto”, pensó, “Tal vez en su próximo cumpleaños. Sin duda, sería un regalo acorde a la ocasión, un regalo mejor que cualquier bicicleta del mundo”.

Pronto su retoño dejaría de temer a los monstruos.

Pronto los otros chicos de la escuela comenzarían a temerle a él.

 
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