| El autobús tenía
la mayor parte de sus asientos vacíos. Javier había
decidido que se sentaría en la última fila y se
dedicaría a leer una novela para pasar el rato. El resto
de los pocos pasajeros se sentaban solos, o como mucho en parejas.
La línea que conectaba las dos ciudades de provincias no
tenía mucho pasaje normalmente y menos aún un martes
de febrero, a última hora de la tarde. Javier intentó
concentrarse en la novela y pasar las largas horas de viaje que
le esperaban de la forma más distraída posible.
Al cabo de una hora leyendo, se dio cuenta que el autobús
estaba más silencioso de lo que era normal. No era lo suficientemente
de noche aún para que estuvieran durmiendo y aunque había
pocos pasajeros, muchos de ellos viajaban solos como él,
lo normal es que la gente mantuviera conversaciones. Allí
nadie hablaba. Intentó no darle importancia al tema y seguir
leyendo. Pero al cabo de unos minutos no podía dejar de
notar ese extraño silencio que le rodeaba. Había
algo inquietante en ese autobús en medio de la noche, en
el que la gente no hablaba. Procuró pensar que se quejaba
de lo que en cierto modo era una bendición. Por eso se
había sentado atrás del todo, para estar tranquilo.
Procuró observar un poco más detenidamente a sus
compañeros de viaje para pasar el rato. Todos parecían
muy concentrados en estar sentados, dedicados a sus cosas y casi
lo único que veía eran cabezas, con peinados más
o menos a la moda según el caso. Unas filas más
adelante, un niño de unos siete años que iba acompañado
por una mujer se giró y le miró fijamente. Javier
de forma espontánea le sonrió, como una forma de
saludo. El niño siguió mirándole con su cara
inexpresiva, sin mover un músculo. Parecía un muñeco
de cera. Conforme pasaba el tiempo sin que el crío se sentara
y dejara de mirarlo, Javier comenzó a sentirse levemente
incomodo. Desde luego el viaje le estaba resultando desagradable,
con el autobús en silencio absoluto y la madre que dejaba
que el chiquillo estuviera todo el rato de espaldas mirándolo
en vez de ir sentado.
Intentó olvidarse del tema, pero se sentía
ya con pocas ganas de leer, un poco descentrado. Decidió
ponerse los auriculares del asiento del autobús, cerrar
los ojos y dejar pasar las horas oyendo la radio hasta que se
durmiera. Debió de quedarse dormido, pero se despertó
con una sensación muy fuerte de frío. Estaba tiritando.
Todavía llevaba los auriculares puestos y la radio seguía
en marcha, con la emisora de música clásica que
había seleccionado. Cuando aún estaba a medio despertarse
escuchó por los auriculares un tremendo alarido que decía,
“¡ESTÁS MUERTO!”. La sorpresa
y el susto lo despejaron al instante, mientras un grito de pánico
pugnaba por salir de su garganta. Entonces vio como todos los
restantes pasajeros del autobús se giraban al unísono
y le sonreían, con una sonrisa terrible, desprovista de
alegría. En ese momento el conductor del autobús
abandonó su asiento y se giró para mirarle, si es
que se puede decir que pudiera mirar un hombre que carecía
de rostro. Cuando le dijo “estamos a punto de llegar“,
Javier comenzó a gritar desesperado.
Al día siguiente la noticia salió
en el periódico. El autobús había sufrido
un terrible accidente. No había supervivientes. El choque
fue tan terrible que sólo se pudo identificar el cadáver
del joven Javier García. El resto de los cuerpos eran irreconocibles.
Los investigadores creen que fueron calcinados por el incendio
que se produjo en el vehículo al chocar.
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