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Animus in consulendo liber…
De pie, en medio de un hermoso campo verde cubierto
de arbustos ornamentales y lápidas espectaculares de piedra
genuina, siento cómo el viento golpea mi rostro y percibo
el sutil descenso de temperatura que anuncia la llegada del ocaso.
Frente a mis ojos se extiende una sencilla losa blanca sobre cuya
superficie está escrito el nombre de un gran científico
fallecido tiempo atrás, debajo del cual se lee un sencillo
epitafio: El hijo que no morirá.
Suspiro. La pequeña oración que
proclama el amor por el hijo que ha partido me golpea directo
en el corazón, como si me recordase con cada giro sutil
de sus letras la agobiante situación familiar en la que
me hallo y de la que no puedo ni siquiera considerarme responsable.
No me estremezco. Tampoco lo envidio. Era un hombre insigne, que
a su vez contó con la suerte de verse rodeado de una familia
unida y amorosa. No sería justo que mis oscuridades me
hicieran considerarlo con sentimientos hostiles. Vivió
su vida y fue grande. Yo… sólo siento tristeza de
mí mismo y de mi futuro, porque el pasado ni siquiera me
pertenece.
Los árboles que bordean el camino que
me ha conducido hasta aquí se estremecen con el soplo de
la fuerte brisa de la tarde y amortiguan los sonidos de la ciudad,
tan ajena a este ámbito de paz. Más lápidas
se extienden a los lados del sendero, separadas unas de otras
por hermosos parterres de flores blancas, rodeadas de ofrendas
y recordatorios de familiares y admiradores de los muertos que
descansan su último sueño en este cementerio.
Sonrío al recordar de pronto los parques
de mi niñez. Hacía mucho tiempo que nuestras ciudades
habían dejado de ser aquellos nichos de contaminación
y concreto que afeaban el paisaje y mataban a sus habitantes poco
a poco con nubes de gases tóxicos y ruidos infernales.
Avanzamos notablemente en este nuevo siglo de prosperidad, pues
limpiamos las urbes, embellecimos los paisajes y devolvimos a
la naturaleza gran parte de su antiguo esplendor. Pero aún
así, los parques seguían siendo los verdaderos refugios
de la paz y la beatitud de una natura controlada, el centro informal
de reuniones sociales ocasionales, el campo de ejercicio de atletas
aficionados y el lugar favorito de los juegos infantiles. Solía,
pues, ir con mi madre a aquellos parques, y era pequeño
de verdad cuando en uno de ellos vi un perro grande por primera
vez. Corría detrás de una pelota lanzada por su
amo. Era fuerte, de pelaje dorado que brillaba bajo el sol, alegre
en su carrera.
-¡Yo quiero uno! -exclamé entonces,
señalando al animal. Me levanté de la caja de arena
y corrí hacia el lugar donde mi madre charlaba con otras
mujeres, sentadas todas en los escanios de granito del borde del
sendero.
-Aún eres muy pequeño, Andresito
-me dijo ella con una sonrisa, con esa mirada intensa que solía
prodigarme -Pero no te preocupes: cuando alcances la edad te daré
uno. Lo prometo.
No entendí muy bien a qué edad
se refería, pero recuerdo que desde entonces me quedé
pensando en el perrito que querría y hasta planeé
algunos nombres “apropiados” para el que sería
mi mascota.
La promesa se cumplió dos años
más tarde. Un claro día de verano, cuando yo alcanzaba
mi séptimo cumpleaños, mi madre trajo a casa una
mota negra y peluda de ojos brillantes que colocó entre
mis brazos.
-Aquí tienes a tu cachorro, mi amor -me
dijo en tono orgulloso.
Miré al animalito sintiéndome
muy confundido.
-No… se parece al perrito que yo quería
-murmuré con palabras apenas pronunciadas.
Mi madre las descartó con un gesto.
-Créeme -me aseguró- Éste
es tu perro, tal como siempre lo quisiste. Se llama Lucas.
-En realidad…
-No se hable más -zanjó entonces
mi padre, que hablaba poco y cuando lo hacía, era normalmente
para que se hiciera silencio. Me sorprendió su intervención,
pues tampoco solía intervenir en asuntos infantiles, o
sea, en los míos. No añadí comentarios entonces.
Por alguna razón que no comprendía, aquel tenía
que ser mi perro y debía llamarse Lucas,
aunque no fuese con exactitud la mascota que yo deseaba ni el
nombre que tenía planeado otorgarle.
¡Cómo se acumulan ahora los recuerdos,
cuando comprendo el porqué de aquellas extrañas
disposiciones que tanto afectaron mi vida! En la calma de este
cementerio, la beatitud se confunde con la soledad, y la paz con
el abandono. Sólo el viento me acompaña, lo mismo
que el atardecer que me rodea y las lápidas silenciosas
que yacen incólumes en la vera de un sendero empedrado.
Los recuerdos fluyen como ríos, cada uno brillando en sí
mismo.
Me inscribieron en la escuela a la que mi padre
había asistido, lo cual era muy normal entre algunas familias,
como constaté luego entre varios de mis condiscípulos.
Lo que no resultó, en cambio, necesariamente lógico
fue que mi madre insistiera en que yo debía formar parte
del equipo científico de la escuela, aunque mi padre había
sido campeón escolar del equipo de fútbol y yo mismo
me sentía inclinado a desempeñarme en dicho deporte.
-Mi profesor de deportes dice que sería
un gran jugador, mamá -protesté aquella vez.
-Eres un brillante cerebro para la ciencia y
siempre lo serás -insistió ella.
Sus afirmaciones no me parecían convincentes
y estuve insistiendo en mi punto por varios minutos más.
Cuando mi padre entró a la casa, yo esperaba ansiosamente
que me ayudara a convencerla, dado que había sido una estrella
deportiva tan brillante. ¡Tenía que esperar que su
único hijo siguiera sus pasos, tal como sucedía
con los padres de mis compañeros de escuela!
Contra todos los pronósticos, sin embargo,
él la apoyó.
-Ingresa al club de ciencias -me indicó-
Tu madre sabe mejor que tú lo que te conviene.
Era muy chico y obedecí, pero me sentí
frustrado durante los años que siguieron.
Mi madre tuvo razón, sin embargo: mi
equipo de ciencias ganó diversos torneos académicos,
incluso desarrollamos una metodología nueva en la confección
de materiales autorregenerables, que fue aprovechada por un sector
de la industria de la construcción, para beneficio de nuestras
futuras carreras científicas. De hecho, mi familia se alegró
cuando me gradué con honores de la secundaria y fui admitido
de inmediato en uno de los institutos de investigación
científica más prestigiosos del mundo. Bueno…
todos, menos mi madre.
-No son los materiales biodegradables ni las
estructuras moleculares ni ninguna de esas tonterías lo
que te apasiona -me aseguró intensamente cuando le mostré
el brillante resultado de nuestro proyecto científico.
-¿Ah, no? -exclamé entonces enojado,
confundido y triste- ¿No era la ciencia mi camino, mamá?
¿No fue esa la razón por la que nunca pude integrarme
al equipo de fútbol?
-Nunca te gustó el fútbol -declaró
ella con una seguridad atemorizante- Nunca. Siempre miraste hacia
las estrellas. Era la exploración del espacio lo que arrebataba
tu imaginación.
-¡Por todos los cielos, mamá! -grité
desesperado- ¡Parece que hablaras de otra persona!
-No, jamás -me dijo ella, de nuevo clavando
en mis ojos su mirada intensa- Siempre he hablado de ti y sólo
de ti puedo hablar.
No quise escucharla más. Para mí
estaba loca. Pero era decidida y no me dejó en paz hasta
que le prometí que me especializaría en ciencia
espacial en el instituto.
Cae la tarde a mi alrededor y en el firmamento
se encienden las estrellas. Inspiran sentimientos poderosos en
un alma poética y pensamientos extraños en una mente
científica. Rápidamente descubrí que yo me
situaba en el segundo grupo. Recuerdo con mezcla de ironía
y fatalismo cómo me involucré en la exploración
espacial y logré mi especialización en geología
extraterrestre. Mi madre aplaudía el día en que
partí en mi primera misión, hacia un lejano sistema
estelar, en compañía de biólogos, astrónomos,
físicos, químicos y médicos de gran prestigio.
Son siempre viajes de exploración, de investigación,
aquellos que proporcionan el conocimiento suficiente para luego
iniciar la verdadera conquista. En cuanto a mi madre, yo simplemente
estaba cumpliendo con mi “destino”.
El crepúsculo ilumina con intensos tintes
naranjas las frías lápidas del cementerio. Estamos
lejos de las inmensas bóvedas donde la mayoría de
los ciudadanos mantiene resguardadas las cenizas de sus muertos.
No nos queda espacio para tumbas. Sólo aquellos seres humanos
que realmente han contribuido al progreso de nuestra especie disponen
de un sitio de honor que aguarda contener sus restos bienamados
en un cementerio como este. Era en verdad grandioso el destino
del hombre frente a cuya lápida me hallo en silencio. No
sólo rodean su tumba los vestigios de las ofrendas amorosas
de su familia y amigos, sino también las notas y los restos
de muestras agradecidas de incontables personas beneficiadas por
sus acciones en vida. Con un estremecimiento, compruebo al instante
que sus actos lo llevaron a la gloria, tal como ocurrió
con mis primeras acciones, que también me depararon fama
y mérito.
Mi madre tenía razón. Mi trabajo
como geólogo en la exploración espacial me deparó
múltiples satisfacciones y grandes honores. He tenido en
mis manos la suerte de colonias enteras, miles de seres humanos
me deben su bienestar, incluso su vida, y junto a mi nombre se
acumulan celebrados epítetos y premios de gran prestigio.
Pero, ¿algún día contaré con el éxito
familiar y social de este hombre que yace bajo tierra, o de todos
aquellos otros que también descansan su sueño eterno
bajo las blancas lápidas de la vera del sendero?
Mi fama… mi vida… mi destino…
Conocí el amor una tarde de invierno
polar, en un remoto paisaje ártico. Mi musa: una bióloga
genetista de preclara inteligencia y sonrisa mágica, llamada
Sara, que sabía hacerme sentir como un ser único,
sin que importaran destinos o misiones. Enamorarme de ella y unirla
a mi vida fueron actos de concatenación fatal. Cuando regresé
al hogar, ya estaba casado.
Mi madre reaccionó de forma violenta
y extraña.
-¿Qué has hecho? -me gritó,
como si se hallara al borde del pánico- ¿Una bióloga?
¡Genetista! ¡Pero si nunca te gustaron las mujeres
cerebrales y frías!
-¿Ah, no? -exclamé, debatiéndome
indeciso entre la confusión y la furia- ¿Y tú
sabes mejor que yo qué clase de mujer debe gustarme?
-¡Una maestra de escuela! -dijo ella, ansiosa,
vehemente- ¡Dulce y maternal!
La situación era ridícula, casi
inverosímil. Así lo expresé en voz alta y
cansada. Mi madre se echó a llorar, protestando al mismo
tiempo por mi “grave” error, mientras mi padre me
miraba con ojos tristes.
-Las circunstancias nunca pueden ser exactamente
iguales -me dijo, palabras que sólo enturbiaban más
una situación de por sí confusa.
Fue la primera vez en que discutí agriamente
con ambos. De pronto quedó de manifiesto que yo no deseaba
proseguir los derroteros que mi madre se empeñaba en trazarme.
Dos días más tarde, sin embargo,
mis padres conocieron en persona a mi esposa, de forma accidental.
Sonrieron y bromearon, charlaron amablemente con ella y hasta
la abrazaron para despedirse. Me sentí aún más
confuso que antes y no supe qué sentir cuando mi madre
se acercó a mí con una sonrisa aprobadora.
-No es maestra -me dijo- pero tiene el pelo negro
y liso, rebosa tranquilidad y es de verdad dulce y maternal. ¡Qué
agradable pareja forman los dos!
Con aquellas palabras parecía cerrar
el asunto y me sentí tranquilizado de momento. Durante
los meses que siguieron, ningún incidente se presentó
para enturbiar nuestra armónica relación familiar,
hasta que un año después de nuestro enlace volvió
a explotar la polémica.
-¿Embarazada? -exclamó mi madre
cuando le transmití la noticia de que sería padre
por primera vez- ¡Qué bien! ¿Para cuándo?
-Quince de octubre próximo -le contesté.
-Sí, está ajustado -comentó
ella, críptica- ¿Ya pensaron en el nombre? ¿Puedo
sugerirte el de tu abuela? ¿Sí?
-Madre, aún no sé cuál es
el sexo del bebé.
-Será una niña, naturalmente -me
dijo con gran seguridad, como si la naturaleza también
tuviera que obedecerla.
No discutí ni ocupé mi mente con
aquel pensamiento. De hecho, olvidé aquella conversación
por completo hasta el día en que la obstetra nos confirmó
el sexo del pequeño que esperábamos, unos dos meses
después de comentarle a mi madre que tendríamos
uno. Se trataba de un varón, fuerte y saludable a todas
vistas, y tanto Sara como yo estábamos satisfechos, aunque
yo supuse de inmediato que mi madre enloquecería.
Así fue. Estaba furiosa.
-¡Era una niña! ¡Una niña!
-gritaba- ¡Tenías que engendrar primero
una niña!
-Madre, esto es insoportable -declaré,
mientras mi padre se sentaba en un rincón, con el rostro
cubierto por las manos, y mi madre despotricaba furiosa por la
habitación.
-Me voy -les dije. Esta vez, ella no se saldría
con la suya. Y si se le pasaba la malvada idea de hacer sufrir
a mi mujer o de atreverse a sugerir que abortara, estaba muy equivocada.
Mi corazón late acelerado ante este oscuro
recuerdo. Es indudable que marcaría un hito en mi vida,
que abriría la puerta hacia miles de zonas grises en el
corazón de la autora de mis días. Luego de semanas
de silencio por ambas partes, intenté hablar con ella de
nuevo, sin mencionarle a mi esposa lo que ocurría. Mis
sospechas se confirmaron cuando me hizo una tajante declaración
que creía que yo no tenía derecho a rechazar: quería
el aborto. Era preciso que “eliminara” al
intruso.
-¡El intruso es tu nieto, mujer!
-le grité, fuera de mí- ¡Y tú estás
loca!
-¡Yo siempre tengo razón! -gritó
ella y algo más dijo, pero no la escuché, pues salí
como una tromba de esa casa sin la más mínima intención
de regresar jamás.
No hubo llamadas ni mensajes. Ni una palabra,
ni siquiera un intento de reconciliación. Mis padres mantuvieron
un absoluto silencio, una ausencia total de mi vida. Ante la extrañeza
de Sara, pues siempre habíamos sido una familia unida,
terminé por explicarle la situación de la manera
más diplomática posible.
-No la reconozco -le dije al final de mi narración.
No es mi madre. Está demente.
-Sus reacciones son muy curiosas --comentó
entonces ella, con una voz extrañamente provista de fría
racionalidad- ¿Puedo investigar un poco, amor? Algo muy
raro, anormal, se esconde detrás de tan extraña
conducta.
Mi esposa sí era fría y cerebral,
después de todo, pero a mí me gustaba, contrariamente
a lo que mi madre podría pensar, y de hecho me confié
a ella con más tranquilidad de la que nunca sentí
con mi progenitora. Escuchó con paciencia pormenores de
mi pasado y detalles de la vida de mi madre, al menos aquellos
de los que yo había sido informado alguna vez, y luego
me prometió que hallaría una respuesta a aquel enigma.
La brisa vuelve a soplar en el cementerio, pero
no guarda relación con mi repentino estremecimiento. La
noche me rodea en silencio, mientras mi corazón late acelerado.
Pienso con intensidad en las intempestivas revelaciones que me
ha hecho mi esposa esta mañana.
Con voz grave, mirada seria, me ha mostrado
una dirección en la pantalla de su diminuta computadora
personal.
-¿Qué es eso? -pregunté
intrigado, sospechando al mismo tiempo que al fin hallaría
respuestas a los grandes enigmas de mi vida, aunque posiblemente
nada agradables.
-Es un prestigioso centro de investigaciones
genéticas, que durante décadas se ha encargado de
diseñar al hijo perfecto para los padres que lo paguen
-me explicó mi mujer con voz calma- Intervienen en algún
momento en el proceso de gestación para favorecer algunas
características genéticas solicitadas por los padres
en sus hijos por nacer.
-¿Quieres decir que mis padres pagaron
a este centro para que yo fuese su hijo “perfecto”?
-le pregunté, amargamente consciente de que la respuesta
podría ser positiva- ¿Es por eso que mi madre siempre
está segura sobre qué tiene que gustarme y cuáles
han de ser mis acciones en uno u otro sentido?
-No exactamente -me dijo en cambio Sara, mirándome
de reojo con una cautela que me sorprendió por un momento-
La respuesta a las extrañas reacciones de tu madre se halla
en un camino mucho más tortuoso…
Tortuoso… la palabra resuena con dolor
en mi corazón. Casi de forma siniestra. La brisa sopla
entre los árboles, las estrellas iluminan la noche apacible
y en la lápida resaltan las palabras que me hicieron recorrer
en la memoria el curso de mi existencia...
Visité el centro en cuestión,
busqué el archivo con mi nombre y lo encontré en
uno de los departamentos más especializados de aquel lugar.
Mi esposa me acompañó entonces, para ofrecerme tanto
su apoyo moral, como su influencia y ayuda. En los medios genetistas
del país, Sara cuenta con un especial prestigio que le
abre las puertas con facilidad, lo que me significó una
entrada directa a los archivos que me interesaban. En ellos encontré
la respuesta que tanto temía encontrar.
“Andrés Botero Ansúa”,
el mismo nombre con el que siempre fui identificado, acumulaba
una larga lista de archivos y reportes, desde la inscripción
en el programa de diseño genético hasta el cuidadoso
proceso de gestación y crianza recomendada. Todo.
Incluso su muerte.
Sí, Andrés Botero Ansúa
está muerto. El original. El que mi madre parió
hace más de 50 años en medio de fulgurantes expectativas.
El que tuvo un perrito negro de nombre Lucas, un brillante paso
por el club científico de la escuela, la magnífica
carrera de geólogo en escenarios extraterrestres, que se
casó con una dulce maestra de escuela y que iba a ser padre
de una niña con el esperado nombre de la abuela. El hijo
amado, muerto junto con esposa e hija no nata en el lamentable
accidente ferroviario de una fría mañana otoñal,
acaecido unas tres décadas atrás. El que yace bajo
esta lápida, cuyas palabras esculpidas brillan bajo la
luz de las estrellas de esta noche, frente a mí.
Yo… soy sólo la segunda versión.
El clon. El que nunca será él mismo. El que siempre
será, haga lo que haga, sufra lo que sufra, por siempre
otro.
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