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Por la revolución Más sobre Néstor Darío Figueiras

Había llegado el técnico.

El alivio se pintó en la cara de mi jefe. Ahora sonreía estúpidamente al borgo de mono gris, mientras el sudor le perlaba la frente estriada y los mofletes morados. Sus ojillos, curiosamente bovinos, parecían hundirse cada vez más en esa cara congestionada. Espasmódicamente, como si se tratara de un tic, su índice derecho subía como el gancho de una grúa y trataba de aflojar el cuello rígido de la camisa, ceñido por una llamativa corbata mimética, de esas que tornasolan para combinar con la pintura de las paredes, o con la alfombra. A pesar del tironeo continuo, la papada grasienta seguía desbordando, estrangulada y lívida, sobre el nudo tudor desmañadamente hecho. La camaleónica seda italiana replicaba el logo de Sonilex & Cía., que se repetía infinitas veces en los muros acristalados y en los salvapantallas de las computadoras en desuso: una semifusa aserrando con su plica dentada a un cerebro sangrante. Sonilex suena más fuerte.

Por alguna razón siempre observé a mi jefe minuciosamente. Tal vez porque el aborrecimiento también se alimenta con los detalles nimios. La forma en que se le aflautaba la voz cuando gritaba. Su constante e irritante mal humor. La asquerosa manía de sacarse los mocos de la nariz subrepticiamente, con los dedos torvos. Sus anteojos siempre sucios.

En fin, se esforzaba en hacerse detestar. Era desagradable. Explotador. Mal bicho. Obeso. Un hijo de puta. Resumiendo: era un biocomponente clase A, con todos los engreimientos propios de su abolengo. Y era el jefe.

La cuestión es que ese día, desde que el Soporte de Enlace Vital de mi puesto de trabajo había empezado a fallar, el muy turro se había puesto insoportable.

-¡Una hora hasta que venga el técnico, Fareccia! ¡Más vale que durante esa hora su nivel de productividad no decaiga! -esa voz penetrante podía crispar al más paciente.

En cuanto el jefe se hubo metido en su oficina luego de rezongar y putear con ahínco, acentuando su disgusto con un portazo terrible, sé que Lomaxx, Iturriarte y todos los demás se hubieran acercado atropelladamente, si las cánulas, los filamentos, el suero intravenoso y las sondas uretrales se lo hubieran permitido. Un SEV descompuesto no era cosa de todos los días. Casi podía sentir como se estremecían de envidia, mientras bizqueaban frente a sus monitores retinales, ligados con las apretadas correas de ciclofibra a sus escritorios ergonómicos. Sus dedos volaban sobre los teclados captores, que reconocían las huellas digitales y la secreción sudorípara de las yemas del usuario, y que chillaban estrepitosamente si pasaban más de diez segundos sin ser aporreados. Pobres diablos. Eran una manga de estúpidos tiranizados que se contentaban con su existencia desdichada. Y ninguno de ellos podía achacar esa resignación de corderos a su clase.

Miré mi monitor. En el ángulo superior derecho, la ventana del LifeScan mostraba mis signos vitales como líneas que discurrían rectas y sin interrupciones. Yo ya estaba muerto para el SEV. Las numerosas cánulas que me unían al microordenador habían dejado de ronronear, y colgaban inertes entre los receptáculos implantados en mi piel y el hardware de interfase. Me desasí de las correas elásticas y me desenchufé, con la misma celeridad con que lo hacía cada día a la hora de salida: la sensación de libertad era indescriptible. Era la primera vez, luego de diez años de empleo, que podía permanecer sentado frente a mi monitor retinal holgazaneando sin temer que el corazón me estallara, o que un tumor maligno apareciera como por arte de magia y una virulenta metástasis lo repartiera entre mis órganos vitales. Miré las pilas de papeles que me rodeaban, amontonadas sobre el piso, y tuve que contener una risotada. Le hice un corte de mangas al monitor, que se ennegreció y mostró la semifusa serruchando el cerebro chorreante. Sonilex suena más fuerte. Hubiera deseado tener dos dedos mayores mucho más largos y gruesos -como los del borgo técnico que ahora estaba examinando mi SEV- para que el estereofónico fuck you que gesticulé en dirección a la oficina de mi jefe se adecuara a su enorme culo de hipopótamo.

Estiré las piernas sobre el escritorio y entrelacé las manos detrás de la nuca. Durante un hora entera pude vaguear a mi antojo. No había ningún maldito SEV que controlara la cantidad de Formularios de Solicitud de Entrega Rápida que cargaba en el sistema, espoleándome como si fuera un esclavo, capaz de provocarme un coma diabético o un derrame cerebral si no alcanzaba los objetivos de productividad.

Pero ahora tenía frente a mí a un impasible borgo técnico, inspeccionando mi puesto de trabajo; y al neurasténico de mi jefe, impaciente por verme encadenado otra vez. Con desgano volví a encastrar los terminales de las cánulas en mi piel, me ajusté la sonda uretral y me clavé otra vez la aguja del suero.

Luego de hacer las verificaciones pertinentes en el software, y de desmantelar el microordenador por completo, y volver a montarlo, el borgo sentenció con su voz metálica:

-Todos los módulos del SEV en perfecto estado.

-¡Pero eso no es posible! ¿No ve que Fareccia está muerto para la máquina? -Mi jefe señaló las líneas rectas del LifeScan en el monitor, mientras que los ojos de vaca se le humedecían -¡Algo anda mal en ese maldito SEV! -aulló mi jefe, entre toses y ahogos. La cara amoratada parecía a punto de explotar. Seguía tironeando del cuello de la camisa.

-Posible error en la última actualización de la historia clínica del biocompenente del puesto de trabajo. Será explorada -respondió indiferente el borgo. Luego, dirigiéndose a mí -Si me permite…

-Biocomponente tu abuela, cachivache oxidado. Soy un hombre, de carne y hueso -Odio a los borgos. Su programación tan rigurosa los hace insolentes.

Me hice a un lado, deslizándome sobre el mullido sillón con rueditas. Mi jefe masculló un par de insultos al ver las correas de mi escritorio desprendidas. Escondí la sensación de triunfo detrás de mi mejor cara de idiota. Las manos plateadas del borgo relumbraron sobre mi teclado captor, que no distinguiría a ningún usuario hasta que lo configuraran nuevamente. En el monitor apareció todo mi historial clínico, con cada una de sus actualizaciones a lo largo de mis veinticinco años de vida, desde la inseminación en un tanque amniótico clase D hasta el leve resfriado de la semana anterior.

Uno los ve tan rápidos y eficientes a estos borgos que se pregunta por qué no hacen ellos todo el trabajo. Pero se sabe que su mantenimiento le cuesta una fortuna al gobierno. Más rentables son los puestos de trabajo regulados por SEV que emplean a hombres y mujeres, los biocomponentes. A los borgos se los reserva para las labores de precisión, y para los oficios burocráticos, para los cuales son infinitamente morosos y leguleyos. En cambio, toda tarea monótona y peligrosa la hacemos nosotros, bajo el estricto control del SEV. Somos mano de obra barata y renovable: los tanques no paran de parirnos.

-La historia clínica del biocomponente clase D Isidro Fareccia no presenta ningún dato erróneo.

Mi jefe estalló. Gritó a viva voz, mientras revoleaba los brazos, sudaba a chorros y respiraba con gran dificultad:

-¡Este borgo me está tomando por boludo! Si el SEV de Fareccia no está descompuesto, y su historia clínica no presenta error, ¿cómo es posible que estando él conectado a la maldita máquina el LifeScan no pueda monitorear sus signos vitales? ¡Dígame, pedazo de chatarra, dígame cómo es posible, androide pelot…!

Una retahíla de toses desgarradoras lo interrumpió. Se estaba asfixiando lentamente. El mal bicho era duro de voltear. Pero entonces supe qué hacer.

Salté hacia el escritorio más cercano, desenchufándome violentamente, ignorando un dolor lacerante en la muñeca: la aguja del suero. Caí sobre Clementi, la mina “difícil” de la oficina, una clase C despampanante. Qué pechos, qué piernas. Bendito el tanque que la formó. De un tirón, le arranqué a su microordenador el cable del teclado. Me clavó una mirada desorbitada de horror.

-¡Farec-c-ia…! -Mi jefe empezó a maldecirme con un hilo de voz ronca, que ahora sonaba más aflautada que nunca. El borgo intentaba asistirlo inútilmente.

Indiferente a las imprecaciones inútiles de la bola de grasa, proseguía con mi plan. Vrandeker, Lomaxx, Iturriarte… En cuestión de segundos, todos los empleados del sector habían interrumpido su trabajo, paralizados en sus puestos de trabajo. Los teclados captores empezaron a quejarse escandalosamente. Los monitores se oscurecieron y mostraron el movedizo y sanguinario logo de Sonilex & Cía.

Inmediatamente, el hipopótamo se desplomó de culo. Apenas respiraba. Un agudo rechinido le brotaba del pecho, lo que indicaba que el aire le entraba por un resquicio ínfimo. En la cabeza inflamada latían, con prisa y vanamente, unas venas azulinas. Su piel se había cubierto de una urticaria papulosa.

Ayudé rápidamente a los pobres diablos a conectarse, antes que el SEV los desangrara, reventara, o engangrenara por holgazanes.

Luego se informó que el mal bicho murió a causa de un shock anafiláctico. Un jefe que no podía mantener el orden y el nivel de productividad entre sus empleados era incompetente. Su SEV inalámbrico -propio de los de su clase- había sido muy paciente: había pasado más de una hora y media desde que el nivel de productividad del sector había descendido notablemente, y unos dos minutos desde que había disminuido por debajo del límite aceptable.

No hubo arresto, ni proceso judicial alguno. Nada sucedió, tal como lo habíamos previsto. Un borgo técnico -cuyo testimonio no tiene validez en los juzgados de Montebayres-, y un grupo de empleados alegaron que me vieron causar algunos disturbios en la oficina. Sólo eso, lo que era suficiente para que Sonilex & Cía. me despidiera sin indemnización alguna. Aunque logré sacarles una veintena de equipos Audiochip, unas maravillas nanotecnólogicas que se instalan quirúrgicamente en la membrana timpánica. Realmente, Sonilex suena más fuerte.

Aún no hay legislación vigente para que puedan incriminarme en un caso de homicidio. Los borgos son legisladores lentos y parsimoniosos, carentes del sentido de la urgencia.

Y en todo caso, deberían arrestar al maldito turro que inventó el SEV. De vez en cuando, una cucharada de su propia medicina no les viene mal, ¿no?

O tendrían que inculpar a mis prostaglandinas nuevas, que encapsularon e inhibieron las conexiones de mis tejidos con las terminales de las cánulas y los filamentos, cegando al LifeScan. Ahora que la glándula artificial está probada, no tardaremos en implantarla en todos los miembros de la Resistencia. Poco a poco, nos vamos tecnificando.

Siempre estaremos agradecidos al hipopótamo. Todo un mártir. Dio su vida por la revolución…

 
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