| A Carlos Alberto
Gómez Villafuertes por su apoyo y consejo.
Me acerqué más a la imagen que reflejaba
el espejo a fin de estudiar pupila a pupila la verde
expresión de mi mirada porque, estaba seguro, en ella
sí se atisbaría aquello que desesperadamente buscaba
desde hacía rato... pero al contrario de lo que pensaba
y tras un arduo reconocimiento, descubrí que el brillo
de aquellos ojos que yo mismo dotaba de vida se negaba
rotundamente a reflejar mi yo interior. No quería
desvelar la auténtica naturaleza de mi persona, me imposibilitaba
reconocerme a mí mismo al otro lado del espejo...
¡Pero eso no era posible! ¿¡Qué me
estaba pasando!?
Desde hacía un mes aproximadamente
no era capaz de reconocer aquel reflejo como el mío
propio, y cada vez que me ocurría, tenía la sensación
de que era la primera vez que me enfrentaba a ello aunque
también sabía con toda seguridad que no era así. Así
que, tembloroso, decidí acabar de una vez por todas
con aquel mórbido estado interior y enfrentarme al mismo
tiempo a ese enigma que me martirizaba. Así, volví a
arrimarme al espejo y contemplé prácticamente boquiabierto
ese cuerpo con el que había convivido durante ¡toda
mi vida!, dándome cuenta como en cada ocasión de lo
ajeno que me resultaba. Ahora tenía la extraña sensación
de que a pesar de hallarme dentro de él, en realidad
era como si nunca me hubiera pertenecido, y aquella
sensación de estar fuera de mí mismo me sobrecogió.
Acto seguido mi mente comenzó a vagabundear frenéticamente,
buscando alguna conexión aunque mínima con la imagen.
¡Dios, aquella sensación me asustaba tanto! Empecé a
sentirme terriblemente solo, perdido, fuera de mí...
exactamente igual que si acabaran de arrebatarme el
derecho a ser yo mismo y ahora tan solo pudiera subsistir
siendo un pobre espíritu errante, una simple presencia
desprovista irracionalmente de mi cuerpo material.
Pero aun sintiéndome desfallecer, continué
con aquella búsqueda para tratar de averiguar a través
de la distante imagen, dónde estaba y quién era verdaderamente,
cuál era mi lugar exacto en el mundo, ahora que no sabía
ni quién era, y más aún, si verdaderamente tenía ya
un papel que desempeñar dentro de aquel cuerpo. ¡Debía
encontrar a toda prisa algo que me hiciese sentir como
hasta entonces dentro de mi hogar, o terminaría volviéndome
completamente loco!
Desgraciadamente como venía ocurriéndome
de un tiempo a esta parte, no encontré lo que buscaba.
Tuve la impresión de estar ahogándome en algún lugar
dentro de mí mismo, y al otro lado del espejo, la imagen
tenía la expresión del que está ahogándose también.
Observé aquello perplejo ¡qué es lo que estaba ocurriendo!
¡A qué venía todo aquello!
Me dirigí presurosamente hacia la habitación.
Desde allí, rozando con mi cuerpo desnudo el marco de
la puerta, contemplé inmóvil a Belinda, tendida en la
cama con expresión complacida mientras respiraba levemente
en brazos de Morfeo. Mi estómago quiso revolverse pero
logré contener las náuseas, si bien el sosiego que intenté
encontrar en la presencia de mi amante no se manifestó
como esperaba. Sin saber por qué, con la misma vehemencia
volví a girarme regresando al interior del cuarto de
baño, pero en esta ocasión, cuando volví a situarme
ante el espejo vi una expresión en aquellas pupilas
reflejadas totalmente distinta: Esta vez se trataba
de MÍ, del de siempre, DEL VERDADERO, ¡gracias al cielo
aún estaba allí aquél que había existido en un pasado,
ciertamente dudé volver a encontrarme...! Y entonces
ocurrió, como la vez anterior, y la anterior, y la otra...
fue como si aquel espectro que albergaba mi mirada de
un tiempo a esta parte, se materializase delante mío,
al otro lado del espejo, con una expresión que jamás
antes había visto en mí mismo incluso cuando él ya me
habitó, pero que al mismo tiempo sabía que se había
reproducido como si fuera la primera vez, la vez anterior,
y la anterior, y la otra...
Era una expresión reprobatoria, aunque
tal vez se aproximaba más a la decepción. Entonces habló,
utilizando un inquietante tono sibilino:
–¿Por qué lo hiciste, traidor? ¿Por
qué cambiaste aquel hábito aun cuando sabías que significaba
ir totalmente en contra de tus principios?
***
¿Qué sucede, dónde estoy? ¡Mierda!
¡Otra vez la misma pesadilla!
Miro los gigantescos números digitales
del despertador, ¡son las ocho de la mañana! Me levanto
sigilosamente y me dirijo al cuarto de baño, me miro
en el espejo y...
¡Oh Dios! ¡No es una pesadilla! ¡Sigue
ahí! ¡Sigue ahí! Pero ¿¡por qué no me deja en paz!?
¿¡Por qué no me deja en paz de una maldita vez!? ¿¡Quién
es, qué es!? ¿Mi ego? ¡Mi ego! Pero si es él ¿por qué
me martiriza así? ¿Yo qué he hecho, qué he hecho...?
¡Un momento!
Oigo un ruido. Sin dejar de contemplar
mi imagen veo que algo se acerca por detrás, lentamente.
Por último, cuando ya casi la empiezo a vislumbrar con
algo más de nitidez, descubro que no despierta en mí
ningún temor ya que resulta agradablemente familiar...
Ahora se está desperezando, es una
mujer ¡una preciosa mujer! Acaba parándose detrás de
mí y cariñosamente acaricia mi cabeza, ¡mmmm me gusta!
Ahora se mira también en el espejo
realizando tontas muecas todavía con las legañas pegadas
a los ojos. Pero ¿qué está haciendo? ¡Está hablando
con otra figura que también se acerca por detrás de
ella, qué demonios...! Agudizo mi oído...
–Tú dirás lo que quieras, pero desde
que le hemos cambiado a Raspas la comida enlatada
por el pienso, su carácter ha cambiado, ¡de acuerdo
que ya no tendrá más problemas en su pobre vejiguita,
pero es que ha cambiado tanto Mariano! Ya no es el mismo
minino juguetón de antes, se ha vuelto solitario y melancólico,
y me da mucha pena, ya ni siquiera hace caso a Belinda,
¡su Belinda!
Como si hubiera estado escuchado, Belinda,
¡mi preciosa Belinda!, silenciosa entra en este preciso
momento restregándose contra la puerta del baño, mientras,
bambolea incitadora su increíble y hermoso rabo blanco.
–Pero mujer... –la segunda figura que,
mientras realizaba su primer quehacer matutino
me ha dejado ver gentilmente que es un hombre, ahora
besa el hombro de la mujer y después también me acaricia,
¡sobón! Decido bajarme del lavabo y saludar a mi amada–...
ya sabes que es por su bien, en un año ha padecido dos
veces cistitis y según el veterinario es por la comida.
Ten paciencia, querida, ya verás como cuando acabe acostumbrándose
a sus nuevos alimentos vuelve a ser el mismo Raspas
de antes... ¡y venga! –me vuelvo hacia ellos, ¡la está
pellizcando el trasero!–, métete en la ducha y espabílate,
que como te prometí hoy estoy dispuesto a soportar un
día entero de rebajas.
Enero 2002
|