Contacta con NGC3660
 
 

Cambios [en mp3 en Divergencia Cero] Más sobre Pily B.

A Carlos Alberto Gómez Villafuertes por su apoyo y consejo.

 

Me acerqué más a la imagen que reflejaba el espejo a fin de estudiar pupila a pupila la verde expresión de mi mirada porque, estaba seguro, en ella sí se atisbaría aquello que desesperadamente buscaba desde hacía rato... pero al contrario de lo que pensaba y tras un arduo reconocimiento, descubrí que el brillo de aquellos ojos que yo mismo dotaba de vida se negaba rotundamente a  reflejar mi yo interior. No quería desvelar la auténtica naturaleza de mi persona, me imposibilitaba reconocerme a mí mismo al otro lado del espejo...

¡Pero eso no era posible! ¿¡Qué me estaba pasando!?

Desde hacía un mes aproximadamente no era capaz de reconocer aquel reflejo como el mío propio, y cada vez que me ocurría, tenía la sensación de que era la primera vez que me enfrentaba a ello aunque también sabía con toda seguridad que no era así. Así que, tembloroso, decidí acabar de una vez por todas con aquel mórbido estado interior y enfrentarme al mismo tiempo a ese enigma que me martirizaba. Así, volví a arrimarme al espejo y contemplé prácticamente boquiabierto ese cuerpo con el que había convivido durante ¡toda mi vida!, dándome cuenta como en cada ocasión de lo ajeno que me resultaba. Ahora tenía la extraña sensación de que a pesar de hallarme dentro de él, en realidad era como si nunca me hubiera pertenecido, y aquella sensación de estar fuera de mí mismo me sobrecogió. Acto seguido mi mente comenzó a vagabundear frenéticamente, buscando alguna conexión aunque mínima con la imagen. ¡Dios, aquella sensación me asustaba tanto! Empecé a sentirme terriblemente solo, perdido, fuera de mí... exactamente igual que si acabaran de arrebatarme el derecho a ser yo mismo y ahora tan solo pudiera subsistir siendo un pobre espíritu errante, una simple presencia desprovista irracionalmente de mi cuerpo material.

Pero aun sintiéndome desfallecer, continué con aquella búsqueda para tratar de averiguar a través de la distante imagen, dónde estaba y quién era verdaderamente, cuál era mi lugar exacto en el mundo, ahora que no sabía ni quién era, y más aún, si verdaderamente tenía ya un papel que desempeñar dentro de aquel cuerpo. ¡Debía encontrar a toda prisa algo que me hiciese sentir como hasta entonces dentro de mi hogar, o terminaría volviéndome completamente loco!

Desgraciadamente como venía ocurriéndome de un tiempo a esta parte, no encontré lo que buscaba. Tuve la impresión de estar ahogándome en algún lugar dentro de mí mismo, y al otro lado del espejo, la imagen tenía la expresión del que está ahogándose también. Observé aquello perplejo ¡qué es lo que estaba ocurriendo! ¡A qué venía todo aquello!

Me dirigí presurosamente hacia la habitación. Desde allí, rozando con mi cuerpo desnudo el marco de la puerta, contemplé inmóvil a Belinda, tendida en la cama con expresión complacida mientras respiraba levemente en brazos de Morfeo. Mi estómago quiso revolverse pero logré contener las náuseas, si bien el sosiego que intenté encontrar en la presencia de mi amante no se manifestó como esperaba. Sin saber por qué, con la misma vehemencia volví a girarme regresando al interior del cuarto de baño, pero en esta ocasión, cuando volví a situarme ante el espejo vi una expresión en aquellas pupilas reflejadas totalmente distinta: Esta vez se trataba de MÍ, del de siempre, DEL VERDADERO, ¡gracias al cielo aún estaba allí aquél que había existido en un pasado, ciertamente dudé volver a encontrarme...! Y entonces ocurrió, como la vez anterior, y la anterior, y la otra... fue como si aquel espectro que albergaba mi mirada de un tiempo a esta parte, se materializase delante mío, al otro lado del espejo, con una expresión que jamás antes había visto en mí mismo incluso cuando él ya me habitó, pero que al mismo tiempo sabía que se había reproducido como si fuera la primera vez, la vez anterior, y la anterior, y la otra...

Era una expresión reprobatoria, aunque tal vez se aproximaba más a la decepción. Entonces habló, utilizando un inquietante tono sibilino:

–¿Por qué lo hiciste, traidor? ¿Por qué cambiaste aquel hábito aun cuando sabías que significaba ir totalmente en contra de tus principios?

 

***

 

¿Qué sucede, dónde estoy? ¡Mierda! ¡Otra vez la misma pesadilla!

Miro los gigantescos números digitales del despertador, ¡son las ocho de la mañana! Me levanto sigilosamente y me dirijo al cuarto de baño, me miro en el espejo y... 

¡Oh Dios! ¡No es una pesadilla! ¡Sigue ahí! ¡Sigue ahí! Pero ¿¡por qué no me deja en paz!? ¿¡Por qué no me deja en paz de una maldita vez!? ¿¡Quién es, qué es!? ¿Mi ego? ¡Mi ego! Pero si es él ¿por qué me martiriza así? ¿Yo qué he hecho, qué he hecho...? ¡Un momento!

Oigo un ruido.  Sin dejar de contemplar mi imagen veo que algo se acerca por detrás, lentamente. Por último, cuando ya casi la empiezo a vislumbrar con algo más de nitidez, descubro que no despierta en mí ningún temor ya que resulta agradablemente familiar...

Ahora se está desperezando, es una mujer ¡una preciosa mujer! Acaba parándose detrás de mí y cariñosamente acaricia mi cabeza, ¡mmmm me gusta! 

Ahora se mira también en el espejo realizando tontas muecas todavía con las legañas pegadas a los ojos. Pero ¿qué está haciendo? ¡Está hablando con otra figura que también se acerca por detrás de ella, qué demonios...! Agudizo mi oído... 

 

–Tú dirás lo que quieras, pero desde que le hemos cambiado a Raspas la comida enlatada por el pienso, su carácter ha cambiado, ¡de acuerdo que ya no tendrá más problemas en su pobre vejiguita, pero es que ha cambiado tanto Mariano! Ya no es el mismo minino juguetón de antes, se ha vuelto solitario y melancólico, y me da mucha pena, ya ni siquiera hace caso a Belinda, ¡su Belinda!

Como si hubiera estado escuchado, Belinda, ¡mi preciosa Belinda!, silenciosa entra en este preciso momento restregándose contra la puerta del baño, mientras, bambolea incitadora su increíble y hermoso rabo blanco.

–Pero mujer... –la segunda figura que, mientras realizaba su primer quehacer matutino me ha dejado ver gentilmente que es un hombre, ahora besa el hombro de la mujer y después también me acaricia, ¡sobón! Decido bajarme del lavabo y saludar a mi amada–... ya sabes que es por su bien, en un año ha padecido dos veces cistitis y según el veterinario es por la comida. Ten paciencia, querida, ya verás como cuando acabe acostumbrándose a sus nuevos alimentos vuelve a ser el mismo Raspas de antes... ¡y venga! –me vuelvo hacia ellos, ¡la está pellizcando el trasero!–, métete en la ducha y espabílate, que como te prometí hoy estoy dispuesto a soportar un día entero de rebajas.

 

 

Enero 2002

 

 
 © Copyright 'NGC 3660' en órbita desde el año 2000 ngc@ccapitalia.net