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Vuelta a empezar Más sobre Pily B.

–Así fue, señoría, me desperté en la primera embestida. No puedo explicarle exactamente cómo llegamos a mi apartamento ni cómo se desarrollaron los acontecimientos una vez estuvimos allí, ya sabe que –la mujer bajó su mirada ruborizándose momentáneamente–, bueno, como les dije antes, yo había bebido más de la cuenta en aquella maldita fiesta. El caso es que él, él había insistido en llevar mi coche y acompañarme a casa para después despedirse a solas de mí, y una vez allí, aprovechó el brumoso sueño que me provocó el haber bebido de más, para atarme de pies y manos y... y... –la víctima permaneció paralizada, como si su mente se hubiese quedado momentáneamente bloqueada.

–¿Cree que puede continuar, o prefiere que hagamos un pequeño descanso? –La juez habló con todo el tacto que la otra mujer se merecía ya que, un caso como aquél, no era nada corriente y por supuesto no debía ser nada fácil de llevar. ¡Era tan humillante que un hombre...! ¡Por Dios! ¿Adónde irían a parar si ellos empezaban a tomarse ese tipo de libertades?

–¡No, no, creo que... en fin, creo que puedo!

–Adelante pues, pero por favor, aunque le cueste, vaya al grano. A la hora de contestar procure ceñirse a las preguntas que le hacen, ¿de acuerdo?

–Está bien –la interrogada sonrió débilmente a la juez y ésta última asintió en silencio–. Su señoría, quería decir que una vez me hubo inmovilizado, fue cuando hizo lo que hizo, ya sabe...

–¿Qué hizo, señora Gómez, podría especificar más o piensa tenernos aquí indefinidamente?

–¡Protesto señoría! –la acusación se puso prácticamente de un salto a la altura de la defensa–.Teniendo en cuenta las circunstancias, no creo que sea correcto el trato que le están dando a mi cliente, por lo tanto pido que ese hombre, ese, abogado, retire su pregunta y conduzca su interrogatorio de un modo más adecuado, si es que sabe.

La juez miró de soslayo a la cuadriculada y musculosa abogada entendiendo perfectamente que se le crispasen los nervios, los suyos, ya lo estaban desde hacía horas, lo cierto era que no soportaba tener que llevar un caso así, no obstante, se enfurecía aún más cuando, mirando al frente, veía a aquella preciosidad que supuestamente había tenido la osadía de agredir a una mujer, pacíficamente sentado y con cara de no haber roto un plato en su vida. ¿Cómo era posible que algo tan bello y aparentemente frágil...? ¡Cínico!

–Ejem, petición denegada, y por favor, siéntese abogada. Y ahora señora Gómez, por favor, conteste a la pregunta del señor Martín.

–Eh, me, me penetró, me... violó.

–¿Está segura señora Gómez? –el abogado defensor volvió a la carga. Sabía lo que prácticamente toda la concurrencia opinaba de él, pero en realidad, a esas alturas poco le importaba que todas estuvieran más pendientes de su físico  y movimientos respondiendo patética e inevitablemente a sus hormonas, que de lo que verdaderamente importaba, su trabajo; el intentar demostrar que se estaba cometiendo una auténtica injusticia al culpar a su cliente sólo por el simple hecho de ser un hombre, pero ¿y qué se podía esperar en un mundo hecho por y para mujeres?–. Si es así, ¿puede decirnos con qué la penetró exactamente?

–¿Bromea? –la víctima abrió los ojos de par en par mientras el sudor insistía en perlar su alopécica cabeza.

–En absoluto, y por favor, conteste a mi pregunta ¿con qué la penetró su presunto agresor?

–¡Protesto señoría! ¿Con qué va a ser? ¿Con qué narices se lo hace usted a su mujer si es que la tiene?

Al oír las agresivas palabras de la abogada contraria, una creciente algarabía invadió la sala. Tanto el público como el jurado, compuesto mayoritariamente por mujeres, fueron levantando las voces y algunas de ellas más que replicar, insultaron groseramente al abogado defensor.

–¡Orden, oooooooorden! –la juez hizo uso de su visiblemente desarrollado bíceps mientras le daba rienda suelta a su mazo. Una vez los golpes hubieron restablecido el orden, se volvió hacia el joven abogado–. Señor Martín, por favor, no haga preguntas estúpidas y procure también ir al grano. Este juicio se está alargando innecesariamente. Debería hacerse cargo del estado en el que se debe encontrar mentalmente la señora Gómez aquí presente.

– ¡Me gustaría saber con quién narices te has acostado para conseguir acabar tu carrera, monada!

–Ssssssh, –por enésima vez el mazo de la juez hubo de tomar protagonismo –. ¡Orden he dicho, y por favor, un poco de respeto! –después de otear entre el público intentando encontrar inútilmente a la artífice de tan lamentable frase, la juez volvió a clavar su mirada en el joven letrado.

–Lo siento señoría, retiro mi pregunta.

–Está bien, continúe pues.

A pesar del trato que acababan de darle y de sentir cómo le taladraban algunas miradas lascivas, el abogado se volvió hacia la víctima con renovado ímpetu.

–Está bien, perdóneme señora Gómez, no quería importunarla, –el letrado miró a la víctima desafiante–. Bien, entonces, continúa afirmando que lo que ha declarado a lo largo de este juicio ha sido la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad ¿no es cierto?

–Así es –la víctima contestó amoscada, acababa de observar una torcida sonrisa en los labios de aquel inepto.

–Si es así, ¿es tan amable de explicarnos por qué cuando denunció los hechos, no dejó que le realizaran un examen médico? Si realmente había sido violada no creo que tuviese nada que ocultar, ¿no es cierto? Entonces, ¿no será que lo hizo para que no se pudiera demostrar que lo que ahora está usted declarando aquí, no está siendo más que una sarta de mentiras? ¿No será que lo que realmente sucedió fue que aquella noche, al igual que durante todo el tiempo que trabajó para usted, fue que el presunto violador la rechazó? ¿Que precisamente la fiesta de despedida en honor al que usted dice fue su violador, fue celebrada porque éste decidió dejar de trabajar para su empresa harto ya de soportar los abusos sexuales de su jefa, es decir de usted?

 

***

 

–No quiero ver nada más, por favor, desconecta –el fundador número veintitrés dio la espalda a la pantalla principal en la que acababa de contemplar el vergonzoso juicio–, ¿y dices que no es el único brote?

–Efectivamente, señor. La muestra que acaba de ver no es más que el comienzo. ¿Qué piensa hacer ahora?

–Desde luego volver a intentarlo hasta la saciedad –levantó su alargado e impoluto dedo volviéndose cansinamente hacia su súbdito–. Aunque no lo creas, sé que dicha combinación es la correcta, lo sé, sencillamente tengo que averiguar cuál es el fallo, qué hace que ambos sexos sean incapaces de convivir en paz y armonía.

–Pero, señor, ¿no cree que es posible que...? En fin, tal vez la fórmula no funcione de ninguna de las maneras. Ya en la primera ramificación perfeccionada de la raza humana, cuando las mujeres consiguieron la, tan añorada igualdad, demostraron que no era eso lo que querían, sino sustentar el poder, dominar a los hombres como ellos lo hicieron desde el principio de sus tiempos y hasta el momento en que el sexo femenino consiguió lo que tanto buscó. Después lo intentó haciéndolo al revés, otorgándoles el poder a ellas y dejando que poco a poco, los hombres escalaran consiguiendo por último la igualdad que tanto añoraban, ¿y qué pasó entonces? Que no era eso lo que querían, ellos también buscaban tener el poder entre sus manos para poder controlarlo todo, incluidas las  vidas de las féminas... Por último hizo algunos cambios en los genes y ¡ya ve! Las mujeres son más fuertes y los hombres más sensibles; desde el comienzo ambos cazaron y, aunque ha seguido dando a luz la mujer, ambos han cuidado de sus hijos, ¿pero y qué es lo que ha conseguido, señor? ¡Nada!, volvemos a las mismas... ganaron las mujeres y vuelven a someter a los hombres. Quizá se ha obcecado y le está sucediendo lo mismo que con algunas de sus otras fallidas creaciones. Recuerde a los dedraks, o el disgusto que le dieron los salcanos... Sé que es doloroso reconocerlo pero, es muy posible que aunque la fórmula hombre-mujer mujer-hombre, resulte verdaderamente atractiva, lo mejor sería terminar de una vez por todas con ella igual que debió hacer con las mencionadas razas y tantas otras. Recuerde que, con respecto al proyecto Tierra, ya se vio obligado a acabar con los pretéritos dinosaurios. No olvide que, finalmente, tuvo que sacrificar a unos en beneficio de otros, y aunque los seres humanos fueron una apuesta que en un principio prometía, es posible que ellos también deban desaparecer... además, tenga presente que sólo tras haber bocetado a los humanos consideró a los dinosaurios como auténticas bestias, pero hasta el momento, si hubieran logrado evolucionar como usted había proyectado, aquellos animales parecían la apuesta perfecta para poblar la Tierra siendo la raza dominante. En fin, es posible que... ¡no sé! Tal vez deba diseñarlos de nuevo comenzando desde el cero absoluto. Podría ser que de los caminos que ya ha tomado o que decida tomar, ninguno acabe siendo el correcto.

–¿Insinúas que por muchos cambios que haga a lo ya creado, por muchas involuciones que provoque, nunca conseguiré perfeccionar a mi raza humana? –la pacificadora luz que siempre reflejaban los ojos del fundador número veintitrés, desapareció por primera vez en muchos siglos–. ¿Insinúas que, haga los cambios que haga, voy a verme obligado a renunciar a que ambos sexos de una misma especie, convivan en la paz y armonía para los que fueron creados? ¿De verdad crees que no seré capaz de encontrar el fallo?

El consejero número veintitrés que trabajaba para el fundador número veintitrés, aquél a quien los seres humanos le otorgaban el título de dios seguido asimismo de infinidad de denominaciones, muy a su pesar se vio obligado a proseguir esta vez dándole la razón. Apreciaba demasiado a su “jefe”, y, ¡en fin!, tenían tiempo hasta que el sol se apagase para seguir probando allí si eso es lo que el fundador deseaba:

–Bueno, sí, quizá sólo tenga que hacer algunos ajustes a un sexo y suprimir el otro, tal vez...

–¡Me niego! ¿Me oyes? ¡Me niego! Ambos son demasiado bellos como para ser suprimidos.

–Entonces, eeeeh, no suprima a ninguno, simplemente efectúe diversos cambios y sepárelos en distintos planetas. Si no saben convivir, que sigan existiendo por separado.

–¿Pero criatura, sabes lo que estás diciendo? ¿Es posible que aún no hayas observado a mi lado durante el tiempo suficiente como para ver las maravillas de las que son capaces cuando consiguen superar sus diferencias, cuando dejan de luchar por subyugarse los unos a los otros, cuando ven que, aunque distintos anatómicamente, son iguales porque ambos son seres humanos, que pertenecen a la misma especie? Mi buen consejero, ¡debo luchar por conseguir que se mantenga indefinidamente ese equilibrio que a veces logran, ya que es una de las cosas más bellas que he creado!

 

A pesar de sus palabras, el fundador número veintitrés permaneció durante largo tiempo en riguroso silencio, pensativo, observando sin ver a la presencia del otro hasta que, una microeternidad o dos después, decidió darle la espalda y ausentarse al mismo tiempo que dejaba de lado una de sus imágenes preferidas; despojándose de sus vetustas barbas y túnica, volvió a adoptar su auténtica forma y pasó a convertirse en el ser de luz que era.

Mientras se alejaba, el otro le contempló atónito: «¿Qué significaba aquello? ¿Acaso acababa de verlo todo claro y por último, había decidido rendirse y dejar a su querida raza humana de lado?»

Finalmente, el consejero número veintitrés se encogió de hombros y decidió irse a descansar mientras aún podía hacerlo.

 

 

Julio 2002.

 

También publicado en el nº 20 de "Nitecuento"; Revista de Escritura Creativa

 

 
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