| Las venas de aquel edificio
habían luchado por conducir la energía
a los lugares donde ésta estaba siendo requerida,
pero tras el último corte en el suministro, el
que ya parecía el definitivo, el rascacielos
quedó finalmente sumido en un inusitado letargo.
Segundos antes, la pantalla holográfica donde
se mostraron las imágenes de aquella conferencia
cardiológica, también quiso dar señales
de que algo no marchaba bien: de buenas a primeras,
se apagó, y tras ella, también lo hizo
el conferenciante virtual.
Y así, de una manera tan simple,
dio comienzo su pesadilla.
Aún retrepado sobre su asiento,
Phausto desvió la atención del ventanal
apretando sus pequeños ojos con extraordinaria
fuerza. No quería ver lo que estaba sucediendo,
¡no podía! Afuera, otros gigantes de acero
y cristal también permanecían prácticamente
sin vida, iluminados tan solo por las tenues luces de
emergencia; pero eso no era lo peor, hasta donde alcanzaba
la vista, sus fachadas habían sido salpicadas
de ascensores-cápsula con gente en su interior.
«¡Maldita sea! ¿Pero
por qué yo?». Phausto le propinó
un puñetazo a su pupitre y éste respondió
replegándose y desapareciendo de su vista. «¡Mierda!
¡Mierda, mierda, mierda!».
Afortunadamente nadie era consciente
de su frustración. En cuanto les había
sobrevenido la permanente oscuridad, el que más
o el que menos había echado mano de su flamante
móvil y ahora, muy cortésmente, estaba
siendo informado de la ausencia de red. Todos a una
se abalanzaron entonces sobre sus respectivas computadoras.
Éstas, alimentándose exclusivamente de
su pequeña batería portátil, continuaron
sin suministrar noticias: No había conexión
a la Red.
Pasaron varios segundos; dos minutos,
tres… indudablemente la situación no iba
a cambiar.
Phausto decidió salir entonces
fuera del edificio para ver con sus propios ojos qué
estaba sucediendo. Mientras corría casi a oscuras
escaleras abajo, su mente no pudo evitar intentar darle
algún tipo de explicación lógica
a todo aquello, alguna que ciertamente pudiera exculparle
del reciente desorden...
***
-¡Dios mío, es peor de
lo que pensaba!»
Ya en la calle y sobre su cabeza aeromóviles
de todos los colores y tamaños permanecían
gravitando silenciosamente sobre sí mismos, sus
ocupantes, vociferando histéricos desde las alturas.
También un sinnúmero de vehículos
terrestres salpicaban la inmensa avenida de improvisados
mojones mientras robot urbanos y androides de compañía,
intentaban sacar a sus ocupantes forzando puertas y
ventanas.
Boquiabierto, Phausto pegó un
par de tirones a su corbata deshaciendo el nudo por
completo, y con ella arrastras, dio unos pasos al frente
abandonando la ahora estática acera móvil.
Salvo el Alumbrado Urbano de Emergencia
no había ninguna otra fuente de luz, y merced
a ello, MadridFutura se encontraba casi totalmente desnuda.
Aunque en aquellas circunstancias eran del todo inútiles,
tanto las señales y semáforos reguladores
del tráfico terrestre, como aquellas señalizaciones
necesarias para el tráfico aéreo, ya no
existían, y tampoco lo hacían las delimitaciones
semifluorescentes de los carriles. Y eso no era todo;
las marquesinas de los aerobuses también se habían
apagado y lo mismo sucedía con las bocas de metro
y los gigantescos displays publicitarios, enmudecidos
tras una funesta oscuridad. Aquellos ángeles
publicitarios que acompañaban siempre a los habitantes
de la inhóspita pero bien aderezada ciudad, se
habían visto obligados a privarles de su grata
presencia y “buenos consejos”. Todo lo que
antes era luz se había transformado en sombra.
Lo que antes fue contenido había sido ocupado
por la nada. El último y más destacado
ejemplo eran las hermosas fuentes de agua virtual, que
habían dejado de funcionar y en aquellos momentos
ni existía ya el mecanismo virtual, ni existía
el líquido igualmente ficticio, ni el sonido
de la simulación. Todo lo que ahora pudiera tener
que ver con la naturaleza ese lugar donde antes simuló
remansar el agua, era la materia prima utilizada en
la mezcla para obtener el cemento del pavimento.
Y entre tanto, MadridFutura seguía
convirtiéndose en una ciudad atestada de ciudadanos
histéricos, vociferantes, confusos, violentos,
y a esa creciente y eufórica plaga, se le iban
sumando nuevos grupúsculos apiñados en
las puertas de los edificios principales: En vista de
que la situación no mejoraba, todo ser viviente
había sido prácticamente vomitado al exterior.
-Señor, ¿puedo ayudarle
en algo?
Un gigantesco robot humanoide interceptó
su camino. El cardiólogo hubo de alzar la mirada
para contemplar al artefacto a los ojos:
-¿Cómo te denominas,
robot?
-Soy un SLU3000. Me hacen llamar Hércules
-su voz torpemente humanizada volvió a repetir
la pregunta-. ¿Puedo ayudarle en algo?
Phausto contempló severamente
al robot procurando dominar su ansiedad. Sabía
perfectamente que la gigantesca figura humanoide pertenecía
al Servicio de Limpieza Urbana, ¡todo el mundo
lo sabía dada su configuración!, pero
no así su estúpida denominación.
-Bien, sí, puedes ayudarme.
Dime ¿qué ha ocurrido? ¡Esto es
inadmisible!
El engendro entendió que se
le requería para una tarea distinta a la que
normalmente debía desempeñar, y se dispuso
a recoger algunos de los artilugios configurados para
la limpieza. En un abrir y cerrar de ojos, hubo escondido
hasta el último en los receptáculos configurados
para ello:
-Aún no lo sé con exactitud,
señor. Todo está patas arriba y…
El cardiólogo levantó
una mano rápidamente:
-Déjalo ya ¿quieres?
No me aburras con explicaciones inútiles. Y bien,
¿es posible que te conectes a la Red y me digas
qué está ocurriendo exactamente? ¿Por
qué nada funciona?
Aún guardando silencio, el robot
volvió a mirar en todas direcciones y antes de
cumplir con su cometido, se permitió el extraño
lujo de coger al estupefacto humano de los hombros y
conducirlo cerca de un edificio próximo. La actividad
podía reiniciarse en cualquier momento, y entonces
aquel minúsculo hombrecillo podría haber
corrido peligro.
-Procediendo con la información
solicitada.
-¿Estás conectado a la
Red?
-No señor, es imposible acceder
a ella. No obstante procedo a suministrarle el último
registro solicitado por uno de los transeúntes
hace veinticinco minutos seis segundos exactamente.
Precisamente cuando tuvo lugar el tercer corte en el
suministro eléctrico. En éste rezaba que
en primer lugar perdimos contacto con todos nuestros
satélites de comunicación, después
las grandes computadoras se paralizaron; computadoras
de empresas, de instituciones... todas fallaron hasta
que quedaron bloqueadas casi por completo. Asimismo,
y como puede ver, lo último fue el suministro
de energía de la ciudad. Un momento... -la minúscula
antena que llevaba adherida a una de sus sienes, se
movió milimétricamente buscando la frecuencia
de radio adecuada. Mientras, sus encarnados ojos electrónicos
perdieron intensidad-. Parece que ya es posible conectarse
a la Red Mundial. Efectivamente, no se trata sólo
de un problema de comunicación en la Red o fallos
en el suministro eléctrico. Es... se trata de
un problema global. El mundo… el mundo se está
paralizando. Todo... todo…
Los ojos del mecanismo se apagaron
por completo.
-Robot... ¡Hércules! ¡Hérculeeesss!
-el cardiólogo se abalanzó sobre él
pero Hércules continuó sin responder.
Fuera de sí, se giró, comprobando que
al resto le sucedía lo mismo.
-Phausto. ¡Phausto! ¿Qué
está sucediendo?
-¿Qué, cómo? Ha
dejado de funcionar, yo, ¡le pedí...!
-No, no me refiero al dichoso robot,
quiero decir que qué está sucediendo exactamente.
¿Has averiguado algo ya? Saliste como un rayo.
Dime ¿qué ocurre?
Phausto volvió a contemplar
al recién llegado ahora con más detenimiento.
Su compañero y ¡ex!cuñado Josh,
al mismo tiempo le miraba con aquellos gigantescos ojos
queriendo salirse de su cuadriculado y perfecto rostro.
El pequeño galeno contuvo una náusea.
-¿Porque supongo que habrás
averiguado algo, no? Fuiste el primero en salir de la
sala de conferencias y al menos tú has tenido
tiempo de interrogar a uno de estos chismes -se mordió
el labio superior mostrando lo que ahora se había
convertido en la última moda: toda una ristra
de dientes de diversos y rabiosos colores.
-Pues no, lo siento -Phausto carraspeó
y contestó lo más cortésmente que
pudo, ya que su ¡ex!cuñado insistía
en revolverle las tripas-. Aún no he averiguado
nada. Estaba intentándolo cuando este…
este sujeto se bloqueo y tú viniste presuroso
a interrumpirme -enseñó irónicamente
su perfecta y por mucho tiempo blanca dentadura-. Y
ahora siento tener que prescindir de tu grata presencia,
pero he de irme.
-¿Pero qué estás
diciendo? ¿Adónde vas, qué vas
a hacer si nada funciona?
-Lo sé, pero debo irme. Aquí
desde luego que no hago nada.
-¿Pero adónde? ¿Quieres
que te acompañe? -Josh lo agarró de ambos
brazos-. Voy contigo, ¿de acuerdo?
Phausto se lo quedó mirando
pero Josh no cogía la indirecta, así que
hubo de retroceder bruscamente para soltarse. En su
retroceso, tropezó con una señora que
a su vez corría cogida a la chaqueta de su presunto
esposo.
-Lo siento, perdonen, perdonen! -Phausto
volvió a encararse a su ¡ex!cuñado-
La verdad, no creo que sea de tu incumbencia.
Josh se cruzó de brazos observando
atentamente a su compañero de profesión:
-¿Ah no? Bueno, pues dime una
última cosa, ¿vayas donde vayas, cómo
piensas ir?
-¿Y qué importa ahora
eso? -Phausto echó a andar en dirección
opuesta a la de su amigo.
-Sí que importa.
-No, no importa... -contestó
por encima de su hombro-Y voy a pie.
Josh le persiguió:
-Bueno, tú verás, pero
yo puedo hacer que vayas donde vayas llegues antes.
Mi apartamento está muy cerca, ya lo sabes, y
hace un par de días adquirí una vieja
bicicleta que ahora podría servirnos...
-¿Qué? -Phausto se detuvo
en seco.
-Efectivamente, tengo una vieja bicicleta
en muy buen estado. Ya sabes que soy dado a coleccionar
rarezas, pero si la quieres, tienes que dejar que vaya
contigo a donde sea. Aquí yo tampoco hago nada.
-Ni hablar, ¡niiiii hablar! No.
¡No, no y no!
El pequeño cardiólogo
metió las manos en los bolsillos de su chaqueta,
corbata incluida, y echó a andar mascando una
increíble variedad de palabros.
-¿Pero qué te ocurre?
¿Adónde vas? ¡Dime eso al menos!
Phausto se volvió congestionado
y casi escupió sus palabras. Empezaba a entender
que sin aquella reliquia tardaría una eternidad
en llegar:
-A casa! ¡A casa, a casa, a casa!
-¿Pero estás loco o qué?
¡Está casi a treinta kilómetros,
no llegarás nunca! Además, fuera del núcleo
urbano no habrá ninguna iluminación de
emergencia. Mi bicicleta sí tiene alumbrado y...
-Está bien, ¡estáaaaaaaaaa
bien! -gritó-. ¡Vámonos!
***
Minutos más tarde Phausto hubo
de verse sentado en el lugar reservado a llevar los
bultos, puesto que aquel dichoso vehículo era
una antiquísima bicicleta de paseo. Aun así,
lo peor no fue viajar de paquete junto a ese memo al
que no le importaba ir pedaleando sobre un velocípedo
pintado de color rosa, sino soportar su cháchara
y pasar por alto algún que otro comentario sobre
lo bien que le iba a su hermanita. Lo bien que le iba
a esa enana arpía…
A pocos metros de su casa Phausto decidió
que era el momento de bajarse de la bicicleta, y haciendo
caso omiso de las preguntas de su cuñado, avanzó
rápidamente echando mano de la poca dignidad
que aún le quedaba.
Una vez dentro de la casa ambos médicos
se encontraron frente a una cámara levitante,
que casi les golpeó mientras les filmaba. Detrás
de ésta, se encontraba el esperado periodista,
que estuvo a punto de tragarse su moderno micrófono
justo cuando Phausto le hizo brutalmente a un lado.
Y allí, en el salón,
como si nada, estaba él… Su querido SLD1000.
Aquel condenado cacharro que le había puesto
en ridículo. Y para colmo no estaba solo, junto
a él, también esperaba su habitual robopsicólogo.
A pesar de no haber esperado compañía,
el cardiólogo no se reprimió:
-Bien, ganaste la maldita apuesta!
¡Ahora sólo espero que estés contento!
El “Servicio de Limpieza Domestico”
miró a Phausto sin terminar de reaccionar, después
a su robopsicólogo, y por último a la
holocamara. Sabía que había ganado la
apuesta, pero ¿y qué? Ya le advirtió
de que lo haría.
-Suéltalo ya de una vez, ¿quieres?
¡Dilo de una vez!
-¿Si insiste? Doctor, ya se
lo dije.
El cardiólogo apretó
los puños dispuesto a golpearle, pero en vez
de eso, se detuvo en seco y durante unos instantes permaneció
en silencio, con la vista fija en el suelo. Después
cerró los ojos y respiró hondo, debía
mantener la calma.
-Muy bien, llevabas razón…
pero ahora haz el maldito favor de poner fin a todo
esto. ¿Quieres?
Sin necesidad de intercambiar una sola
palabra más, el SLD en un presunto alarde de
superioridad, en vez de utilizar su tarjeta inalámbrica
de red y mediante ésta su propia conexión,
decidió dirigirse al ordenador principal de la
casa ubicado allí mismo. Desde allí, acabó
con la pesadilla en un santiamén.
-Ya está, señor, el virus
está desactivado. Y ahora que se lo he demostrado,
¿cumplirá con su parte del trato?
-¿Qué parte del trato?
-se interpuso el periodista-, ¿cuál es
la apuesta? ¿Cómo es posible que un robot
y su amo tengan algo por lo que apostar?
El zoom de la cámara pasó
del rostro impertérrito del robot al semblante
congestionado del humano.
Antes de contestar a su robot, Phausto
se volvió hacia el periodista:
-¿Se puede saber quién
demonios es usted y cómo narices sabía
que tenía que venir a mi casa en busca de una
exclusiva?
El robopsicólogo tomó
la palabra entonces:
-Es mi pareja. Su SLD me dijo que le
trajese minutos antes de que todo esto diese comienzo.
-Ya veo…
-¿Señor, cumplirá
con su parte del trato? -repitió el SLD.
-Por supuesto! ¿Por quién
me has tomado? -Phausto volvió a espirar como
un auténtico toro de lidia- ¡Maldita sea,
soy un hombre de palabra y lo sabes!
El SLD permaneció entonces inmóvil
en medio del enorme salón, mientras Phausto,
de nuevo apretando los puños, se daba media vuelta.
-Espere… ¡Un momento Doctor!
¡Espere un momento por favor! -el robopsicólogo
le interceptó.
-¿Qué narices quiere?
-Discúlpeme, pero aún
tengo una duda. ¿Cómo surgió la
apuesta?
Phausto dirigió una mirada al
SLD. Después volvió a clavar la vista
en su afeminado interlocutor y resignado, tomó
aire. ¿Qué importaba ya? Al fin y al cabo
acababan de darle una buena lección.
-Bueno, verá, yo…Todo
esto empezó hará un par de semanas o así,
durante una de nuestras habituales charlas nocturnas.
Ya conoce mi trabajo, éste es de lo más
absorbente, así que esa noche acabé emocionándome
más de la cuenta mientras comentaba lo maravilloso
del funcionamiento de nuestro cuerpo, cuando no surge
ningún problema, claro está. Bien, pues
de pronto, ¡sin venir a cuento!, el SLD me interrumpió
y empezó a soltar una increíble cantidad
de estupideces. ¿Se lo puede creer? Le dio por
teorizar y comparar la funcionalidad de las máquinas
con nuestro cuerpo. Eso lógicamente me sacó
de quicio, así que yo… -carraspeó
para terminar guardando silencio.
-Entiendo…
-¿Que entiende? ¡Usted
qué va a entender! Esa jodida máquina
va a arruinar mi imagen en cuanto su amiguito entregue
el material que ha grabado. Seré el hazmerreír
del mundo entero. ¿Entiende ahora? ¡Del
mundo entero!
De bastante peor humor, Phausto quiso
dirigirse de nuevo hacia las escaleras que le conducirían
a una segunda planta.
-Un momento, espere. ¡Espere!
-el robopsicólogo le persiguió, seguido
del periodista y adelantado por la cámara-. Comprenda
que yo sólo intento cumplir con mi trabajo, y
usted aún no me ha dicho qué ocurrió.
¿Qué le dijo exactamente?
El otro se volvió furioso:
-Está bien! Se lo diré
si me promete que me dará lo que ese… su
amiguito ha grabado.
-Ni hablar -el periodista negó
con la cabeza en dirección a su compañero.
-Bueno, pues entonces haga el favor
de apagar la cámara y aléjese de mí.
Creo que ya tiene más que suficiente con ese
material.
-No.
Phausto se cruzó de brazos y
permaneció en silencio con la vista fija en el
objetivo. Un par de minutos después, y cansado
ya de aquella guerra, el robopsicólogo hizo una
seña a su compañero y finalmente el periodista
hubo de alejarse sin rechistar, junto a su eterno compañero
electrónico.
-¿Y bien?
-¿Pero de verdad quiere saberlo?
¿De verdad quiere conocer la crueldad de ese
cacharro? -el otro afirmó en silencio-. ¡Muy
bien, pues ahí va! Le dije que no entendía
a qué venía aquella absurda teoría
suya y menos aún, cómo había sido
capaz de exponerla en voz alta comparándose con
tanto descaro a nosotros, sus amos, cuando sabía
tan bien como yo que ellos eran prácticamente
imperecederos y que nosotros, por el contrario, no sólo
no lo éramos, sino que cuando abandonábamos
esta vida la mayoría de las veces lo hacíamos
sufriendo. Le repetí una y otra vez que aquella
comparativa era lo más absurdo que había
oído en toda mi vida, porque lo mirase por donde
lo mirase, sus vidas eran un cómodo camino de
rosas. Un auténtico y patético camino
de rosas.
-Oh, oh, ¿eso le dijo? -Raford,
que así se llamaba el experto en robótica,
empezaba a imaginarse cómo se había desarrollado
aquella última conversación.
-Eso le dije, sé que tal vez
me excedí, pero era lo que pensaba y yo jamás
dejo de decir aquello que se me pasa por la cabeza.
Por primera vez y bajo la mirada atenta
del cardiólogo, el robopsicólogo sacó
su PDA del bolsillo de la chaqueta y apuntó algo
en la pantalla. Phausto no pudo ver qué escribía
exactamente, y eso le alteró aún más.
Por su parte, cuando acabó con lo que le ocupaba,
Raford volvió a guardar la PDA en el bolsillo
e incitó al otro a que continuase con un silencioso
movimiento de cabeza.
-Eeeh, el SLD me contestó entonces
que estaba confundido en algunos, ¡algunos puntos,
los llamó! Me dijo que yo no acababa de verlo
todo como en realidad era, pero que era algo normal
dado que los humanos con el tiempo nos habíamos
convertido en unos pobres ignorantes, creyendo estar
siempre por encima de todo. Desde luego esto último
no me lo dijo así. ¡Jamás se lo
habría permitido! Pero ahora entiendo el significado
de esas palabras que por otra parte, ¡maldita
sea, no recuerdo de forma exacta! Entonces volvió
a aquello de que ambas formas de vida éramos
frágiles y que en el caso de las máquinas,
más de lo que pensábamos. Mucho más.
Le dije que aquella exposición era una solemne
estupidez, ya que para empezar, ni siquiera se les consideraba
formas de vida, sino una simple herramienta de trabajo
o un utensilio mediante el cual hacíamos nuestras
vidas más cómodas, más agradables
-Raford abrió los ojos desmesuradamente. Fue
a echar mano de su PDA, pero decidió dejarlo
para más tarde.
»Entonces fue cuando me dijo
lo confundidos que estábamos aquellos que pensábamos
en ellos como en simples “cosas”. Aquellos
que nos empeñábamos en no ver que los
seres humanos no éramos los únicos seres
que habitaban la Tierra, ya que aunque ellos no fueran
organismos sintientes, también representaban
formas de vida que evolucionaban junto al resto del
ecosistema. Por esa misma razón, quisiéramos
verlo o no, a estas alturas la máquina necesitaba
tanto del hombre como el hombre de la máquina,
porque, y lo repitió varias veces, la máquina
aunque no era sensible ni perfecta, sí era frágil,
igual que lo era el hombre en algunos sentidos. Tras...
tras esta extraña exposición fue cuando,
¡en fin, cuando...! -metió la mano en el
bolsillo y revolvió la corbata, que aún
permanecía allí hecha un auténtico
guiñapo-, cuando me dijo que algún día
me demostraría lo confundido que estaba si insistía
en continuar manteniendo mi actual punto de vista. Dijo
que si fuera necesario, acabaría enseñándome
lo frágiles que éramos ambos y cuánto
necesitábamos los unos de los otros. Después
empezó a parlotear diciendo algo así como
que, lo quisiéramos o no, a estas alturas ambos
éramos complementarios. Que nosotros tampoco
seguiríamos evolucionando si no estuvieran ellos
a nuestro lado. Yo entonces no supe controlarme y le
reté a que me lo demostrase. Le dije que si era
capaz yo, ¡oh Dios! ¿Pero cómo se
lo permití? ¿Cómo es posible que
me dejase embaucar de ese modo? Yo... -finalmente se
dejó caer, y con la ayuda del otro, terminó
sentándose en uno de los primeros escalones.
-Entiendo... -el robopsicólogo
decidió acabar por él-. Entonces todo
este caos que generó vino a demostrar esa fragilidad
de la que hablaba en ambos sentidos ¿no es así?
-el otro asintió, sintiéndose cada vez
más pequeño-. Un simple virus informático
es una epidemia que puede acabar con ellos al igual
que una enfermedad letal con los seres humanos. ¿Cierto?
-el otro bajó la vista mientras el robopsicólogo
también tomaba asiento.
»Este, “virus”, también
vendría a demostrar la vulnerabilidad del ser
humano. Que verdaderamente interactuamos con la técnica,
¿verdad? Indudablemente con un descontrol absoluto
la raza humana sería incapaz de seguir adelante
como lo ha hecho hasta el momento, o al menos continuar
haciéndolo sin más. Es cierto que en un
principio vivimos sin alta tecnología, la máquina
no nació junto al hombre, pero ésta sí
lo hizo junto a nosotros, y efectivamente lo queramos
ver así o no, tras su nacimiento ambos hemos
ido evolucionando y adaptándonos simultáneamente
tanto a las nuevas necesidades como a los cambios. Y
ahora, en el punto en el que nos encontramos, habiendo
perdido todas nuestras antiguas capacidades sería
como empezar prácticamente desde cero. Y ciertamente
si hubiéramos de hacerlo, lo pasaríamos
mal, muy mal, ¿no le parece? Imagínelo.
Toda la información; teorías, descubrimientos,
experiencia... El manual de la vida almacenado en cerebros
artificiales y ni una sola posibilidad de acceder a
ella. Por supuesto es una situación del todo
inverosímil, pero si ésta se diera, todo
el conocimiento que ha ido adquiriendo el hombre a lo
largo de la historia se pedería temporalmente,
o quizá para siempre. ¡Dios santo! Sería
como haber obtenido el peor de los resultados tras la
más devastadora de las guerras.
Phausto se puso en pie y atajó:
-Así es. Desgraciadamente me
he dado cuenta de lo que quería decir demasiado
tarde. Pero usted ya se ha encargado de exponerlo a
la perfección.
-Espere, ¡espere! Aún
queda una cuestión.
El cardiólogo se volvió
ceñudo:
-¿Qué cuestión?
-¿Qué apostaron? ¿Qué
es lo que ha ganado su SLD?
Phausto volvió a contemplar
a su robot desde allí. Sin apartar la vista del
individuo artificial, contestó al otro sin pizca
de entusiasmo y con el rostro notoriamente ruborizado.
-Yo, bueno, le dije que si era capaz
de demostrarme algo tan absurdo le daría cualquier
cosa a cambio, y él… él me dijo
que lo único que quería era intercambiarse
conmigo.
-¿Cómo? Perdone pero
no acabo de entender.
Phausto le observó perplejo.
¿Cómo era posible que fuera tan corto?
-En los próximos días
yo, bueno yo, -resultaba más difícil de
lo que había pensado- yo me quedaré encerrado
en casa cumpliendo con sus tareas domésticas,
mientras él, él ejerce la medicina en
mi lugar. ¿Contento? Ese es el jodido trato,
y ahora si me disculpa, tengo que hablar con mi jefe
y algunos de mis compañeros para ponerles al
corriente, así sabrán qué hacer
cuando vean a esa cosa aparecer mañana a primera
hora en mi consulta. Eso si no lo ven antes en holovisión…
Pero antes de seguir subiendo Phausto
observó por última vez al Servicio de
Limpieza Doméstica, perseguido por un sonriente
Josh. Contemplar a su ¡ex!cuñado dialogar
amigablemente con el engendro al mismo tiempo que sostenía
su móvil pegado a la oreja, verle así,
tomando protagonismo alegremente en el salón
de su casa cuando en todo momento se había mantenido
al margen, le hizo recordar algo; aquella última
frase que le dedicó su mujer antes de dar el
portazo definitivo:
-Ah, y por mi parte te puedes quedar
con “Inmaculada” -el cardiólogo observó
con auténtico odio a su SLD, ataviado con un
simple delantal configurado del mismo metal oscuro que
el resto de su cuerpo-, ya que ese pobre robot es todo
lo que siempre has necesitado de una mujer.
Sus glándulas salivares impregnaron
su boca de un sabor amargo. El sabor de saberse víctima
de una posible conspiración.
Publicado originalmente en El
Sitio de Ciencia Ficción
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