| Probablemente aquella
idea no era demasiado mala, pero que de los dos fuese
él quien tuviese que hacer de cebo, era lo que
no le parecía tan bueno. Era posible que el plan
de Stanley para despistar a aquellas insistentes larvas
metálicas no hubiese resultado tan brillante
como habían pensado en un principio, pero de
lo que no le cabía ninguna duda era que salir
a aquel corredor había constituido el mayor de
los errores que podía cometer, y lo peor del
asunto era la imposibilidad material de ponerle remedio.
Supuso sin razón, y ahora no
comprendía muy bien por qué, que controlaba
el número de aquellos carceleros con forma de
gusano, y cuando vio que un nuevo miembro de aquella
comunidad hacía su aparición en la única
salida disponible, el temor a lo que le podía
suceder cambió un instante de impotente rabia
por la mayor de las debilidades físicas. Respiró
hondo, intentó calmarse. Se fijó en cómo
el que tenía frente a él había
desplegado sus haces energéticos formando una
malla que bloqueaba todo el ancho del corredor, por
lo que le sería imposible avanzar sin acabar
achicharrado; mientras tanto los otros dos se le acercaban
de forma amenazante invitándole con su silencio
a un sometimiento voluntario. La situación se
le había complicado, y no creía que el
disparador láser que escondía en su mano
le fuera a servir en ese momento de mucha ayuda, sabía
bien que en el preciso instante en que intentase utilizarlo
sería acribillado por las tres larvas que le
rodeaban. Carecía de opciones, al menos de aquellas
en las que uno se siente alentado y ve cierta luminosidad
en las tinieblas de su estancada situación. Nada
de lo que se le ocurría se destacaba como una
buena idea, por eso, como siempre suele ocurrir en estos
casos, eligió la peor de ellas.
Confiando en una rapidez inexistente
intentó hacer uso de su arma pero ni siquiera
le permitieron la oportunidad de disparar. Pensó
que habían sido magnánimos porque se habían
limitado a alcanzarle en la mano justo en el instante
en que pensaba disparar, pero el agudo dolor que acompañaba
a su ahora muñón de retorcidos dedos le
hacía presagiar lo que sería su inevitable
final. Gritó de nuevo cuando las varillas eléctricas,
como si de aguijones se trataran, tocaron su piel y
las potentes descargas le dejaron inerte prácticamente
todo su cuerpo. Lacio, apenas con leves movimientos
y con la totalidad de su cuerpo invadido por un intenso
hormigueo, sintió horrorizado cómo era
elevado por la tenaza de uno de ellos, presionándole
con tal intensidad que notó sus indefensas costillas
crujir y partirse en su interior; un crepitar de huesos
que le hizo invocar un agónico alarido que no
sirvió de nada. Ni el dolor que se hacía
extremo ni su sufrimiento parecía causar mella
en la falta de humanidad de su captor. El mismo que
le tenía agarrado levantó su segunda tenaza,
tres extensiones metálicas entrelazadas que ahora
rodeaban su cabeza. Sintió con fuerza cómo
el terror le hacía mella ante la inminencia de
su final, pero aun así percibió fugazmente
la ubicación de una de las cámaras de
vigilancia y pensó que sin duda alguna ahora
Stanley lo estaría viendo todo, y que el resultado
de su brillante plan le estaría produciendo un
grito ahogado en su garganta... Bueno, en eso le llevaba
la ventaja del condenado ya que podía gritar,
gritar frenéticamente, demostrando la misma falta
de compasión que ahora mostraban hacia él,
con las tres pinzas que se cerraban lentamente y cuyo
dolor, intenso como jamás lo había sentido,
le hizo perder el sentido en un gesto compasivo de la
naturaleza. La oscuridad apareció, el sufrimiento
desapareció, la calma volvió a reinar…
Pero poco antes, cuando aún se debatía
con la atenazadora muerte, entre el dolor y el horror,
un leve lamento acudió a su mente antes de ser
destruida, y se dio cuenta de que lo verdaderamente
preocupante de su final no era el hecho de que muriera,
sino la posibilidad de no poder recordar nada de lo
que le había ocurrido.
***
La relajación que su nueva Monker
le había hecho sentir se había visto recompensada
con una pequeña cabezada. Y no era para menos,
pues aquel silencio, únicamente quebrado por
el sutil zumbido del motor principal, invitaba a eso
y a mucho más. Aún acostumbrado a su vieja
Cambriam, el suave mecer de la cabina de pilotaje le
había arrullado de tal manera que le había
sido del todo imposible haberse mantenido despierto.
Había soñado, y estaba convencido de que
su sueño se había materializado en cuanto
abrió los ojos y observó aquella cabina.
Seguro que si alguien le pudiese ver en ese momento
se regocijaría de lo bobo que parecía
mientras admiraba aquella perfección estética
de elegante diseño, pero es que aquel cuidadoso
acabado le confería al interior la relajación
que transmitía.
Aquella Monker pertenecía al
exclusivo club de unifamiliares de sexta generación;
astronaves silenciosas, veloces y, por descontado, confortables.
Los tiempos cambiaban y los fabricantes con ellos. Ya
no se buscaba sólo la funcionalidad de los antiguos
modelos, ahora se pretendía la conquista del
usuario mediante estilizadas obras de arte, tan bellas
como eficaces; él lo sabía, y ese convencimiento
le arrancó una sonrisa. Acarició levemente
el salpicadero que tenía ante sí, sus
dedos se deslizaron lentamente por la lisa superficie,
preactivando los distintos sensores táctiles
en él ubicados; sus manos ya podían olvidarse
de las veteranas botoneras que durante años habían
conferido un engorroso aspecto a la cabina de la Cambriam.
Seleccionó la modalidad de
multipantalla y activó cuatro de las seis cámaras
que acopladas en el fuselaje proporcionaban una holovisión
completa del exterior de la nave; una práctica
herramienta de observación que en sus manos curiosas
se convertía en un caprichoso juguete. Las distintas
imágenes holográficas conformaban un todo
muy especial de la Monker, mostrando un diseño
tan innovador que se deleitaba al pensar que aquella
maravilla le pertenecía, que al final había
logrado uno de sus sueños más primarios.
-Suave como la seda… Bien, pequeña.
Te estás portando de manera extraordinaria así
que no me falles, ¿vale? -acarició la
consola táctil, sólo por el hecho de sentirla
de nuevo en la yema de sus dedos-. Estoy seguro de que
eres una máquina estupenda, la mejor de todas;
haremos grandes viajes juntos y mi orgullo hacia ti
aumentará con cada uno de ellos…
-¿Con quién hablas, cariño?
-Raymond no se volvió; seguía con una
mueca de satisfacción en su rostro mientras observaba
el oscuro infinito salpicado de estrellas-. Parece como
si ligaras con alguien en la Visionet.
-Intento entablar buenas relaciones
con la nave.
-Ya... ¿Y te contesta?
-No, no lo hace. Pero ahórrate
el sarcasmo, las especificaciones indican que tras un
período de adaptación, empezará
a interaccionar con nosotros.
-No sé, a mí estas modernidades
me dan algo de reparo, no entiendo por qué ahora
te ha dado por comprar lo último en todo.
-¡Hombre, cariño! Ahora
podemos permitírnoslo.
-¿Sí?, pues díselo
a los niños… A Jenny aún no se le
ha pasado el mareo; le he dado un Becefour a ver si
se le pasa. Y Eddie, bueno, ayer porque fue la novedad,
pero es un crío de nueve años y se acaba
aburriendo en un viaje de varios días si debe
permanecer encerrado en una lata de sardinas, por muy
cara y moderna que ésta sea.
-Pero aquí puede hacer lo mismo
que hace habitualmente en casa. Allí se encierra
todo el día en su cuarto, enganchado a la Holoplay
y a la Visionet, y no hay manera de sacarle de ahí.
-Sí, de acuerdo. Pero si le
apetece corretear un rato allí puede hacerlo,
en cambio aquí está muy limitado; se asfixia.
-¡Pero la Cambriam era mucho
más pequeña!
-Ya, pero como no podía hacer
viajes interplanetarios, en sólo unas horas nos
podíamos recorrer Marte de polo a polo, y no
como va a ser a partir de ahora, que los viajes durarán
días… y es posible que hasta semanas.
-Bueno, no te preocupes tanto; este
viaje es algo excepcional por aquello del rodaje, ya
sabes.
-¿Y era verdaderamente necesario
que nosotros viniéramos? De verdad, aunque me
duela separarme de ti, preferiría que nos hubiéramos
quedado en casa mientras tú te hacías
este viajecito. Total, últimamente ya nos estamos
acostumbrando…
-No empecemos otra vez, ¿quieres?
Sabes tan bien como yo que gracias a ese trabajo ahora
podemos permitirnos algunos lujos que antes sólo
eran simples ilusiones.
-Sí, lo sé, pero es que
te echamos de menos… Ya ves qué tontería…
-Y yo a vosotros… ¿Por
qué crees que quería que vinierais? Os
necesito cerca, sois mi vida…, sois la energía
que me impulsa a seguir hacia delante. Os necesito para
que los engranajes de mi cabeza…, de mi cuerpo,
funcionen; si no estáis conmigo, sólo
soy una máquina vieja y oxidada.
Betty le abrazó desde atrás
por encima del butacón de control.
-Siempre sabes cómo convencerme,
caradura -y le besó en la mejilla.
-Sólo digo la verdad como la
siento.
-Pues ten cuidado con esos sentimientos
y con lo que te hacen decir, no sea que tu nueva amiguita
se encariñe contigo.
-¿Quién…? ¡Ah,
ya! No te preocupes por eso, que interaccione no quiere
decir que tenga sentimientos. Tras su cálida
voz femenina, se esconde la más fría de
las máquinas.
-Pues para no tener sentimientos parece
que no le ha gustado nada lo que has dicho.
-¿Por qué…?
-Esa luz de ahí -señaló
una pequeña luz roja que, con su intermitencia,
se hacía notar en el extenso panel de control-,
se acaba de encender.
-Creo que es un detector de proximidad.
Espera un momento -un esquema holográfico cubrió
todo el panel; todos los nombres de hasta el más
minúsculo de los sensores y lucecita apareció
sobre éste-. ¿Qué te decía?
Algo se está acercando a nosotros.
-¿Un meteorito? -preguntó
ella preocupada.
-No… bueno, no lo creo. Según
los indicadores este chivato sólo se activa cuando
lo que se acerca es una nave… o un resto de ella.
-¿Un resto?
-Sí, un resto…
-Pero puede ser una nave… entera.
-¡Claro que puede serlo! Pero
no tienes por qué preocuparte, puede tratarse
de cualquiera. Recuerda que estamos en una ruta habitual.
-¿Y no puedes saber de quién
se trata? -su voz reflejaba la intranquilidad que empezaba
a sentir-, ya sabes que a mí estos encuentros,
con tantas historias de piratas espaciales y todo eso,
me dan verdadero pánico…
-Por eso no te preocupes, no son piratas.
-¿Y cómo lo sabes? -dijo
nerviosa.
-No lo sé! Pero no lo son…
¿Sabes cuál es la probabilidad de que
nos crucemos con unos piratas? Una entre un millón
al menos, y no creo que tengamos tan mala suerte -hizo
una pausa-. Mira, los sensores de largo alcance han
escaneado el objeto -una imagen holográfica de
pobre definición apareció delante de ellos-.
Vaya… qué nave más extraña.
-Parece como si le faltara una parte…
-Espera, quizá si entramos en
la base de datos del Centro de Estructuras Astronavales,
ésta pueda hacer una comparativa y nos diga,
si no a quién, al menos sí a qué
tipo de nave pertenece ese resto. Un momento…,
un momentito -la imagen delante de ellos se transformó
en un galimatías holográfico mientras
se realizaba la comparativa con las múltiples
entradas de la base de datos-. ¡Sí! Aquí
está, identificación positiva… ¡Joder,
es la Invictus!
-¿La Invictus? ¿Y qué
es la Invictus? -preguntó extrañada por
la reacción de Raymond.
-Es uno de los más sofisticados
ingenios espaciales que ha construido el hombre. Es
una gran plataforma móvil de investigación
astronómica, aunque en ella no sólo se
realizan estudios de astronomía, claro; en sus
más de doscientos laboratorios hay cabida para
todos los ramales de la ciencia…
-Pero lo que la pantalla muestra no
debe de medir más de ochenta o noventa metros…
Ahí no pueden entrar tantos laboratorios.
-Según la base del Centro, lo
que vemos corresponde a una de sus secciones…
Mira, aquí dice que la plataforma está
configurada en secciones independientes y autosuficientes
como medida de contención por el riesgo existente
de muchos de los experimentos que allí se investigan…
-¿Quieres decir que esa sección
fue independizada porque suponía un riesgo para
el resto de la plataforma? ¿Y ahora va a la deriva
por una ruta habitual?
-Lo que dices no parece tener mucho
sentido, ¿no crees? A no ser que quieran que
alguien la encuentre. Pero entonces lo podemos estar
enfocando con una perspectiva errónea…
Puede que sea el resto de la plataforma la afectada
y esta sección sea como... un módulo de
escape.
-No sé… pero no me gusta
nada.
-¿Qué demonios les habrá
pasado?… La Invictus…, la Invictus…
¿Crees en las coincidencias?
-¿En las coincidencias? -preguntó
Betty extrañada- ¿Qué es lo que
quieres decir, Ray? ¿Por qué me preguntas
algo así?
-Esta tarde, Eddie ojeaba unos archivos
de la Visionet. Parecía absorto y le pregunté
qué era lo que le mantenía tan entretenido,
y ya le conoces… “Nada en particular, papá”,
dijo. Pero en ese momento que estuve con él me
di cuenta que lo que estaba viendo era uno de esos reportajes
tan de moda ahora que hablan de la expansión
del ser humano por el Cosmos… En ese momento no
me pareció significativo, pero ahora me parece
increíble…
-¿El qué?
-Que precisamente el reportaje hablaba
de la plataforma Invictus…
Ambos se miraron en silencio, ella
pudo ver la curiosidad en su rostro y eso era algo que
le preocupaba, sobre todo porque le conocía bien
después de tantos años de matrimonio;
sabía que pese a la preocupación que él
podía leer en su rostro, la decisión ya
había sido tomada.
Permanecieron atentos al acercamiento
de aquella sección fantasma aun a sabiendas de
los trastornos que su pequeño viaje de placer
iba a sufrir. Betty se mostró bastante intranquila
y Ray, aunque reparó en ello, dedicó todo
el tiempo a recabar la información que le fuera
posible sobre la Invictus, y en concreto sobre el sector
diecisiete, el que presumiblemente y antes de lo esperado,
se fue haciendo visible a sus atónitos ojos.
-No parece tener daños -dijo
ella rompiendo el silencio.
-Al menos no en el exterior. Si se
hubiese fragmentado como consecuencia de alguna explosión
mostraría marcas más visibles. No, debieron
de desacoplar la sección del resto de la plataforma
y desde entonces debe de estar vagando a la deriva por
el espacio.
-¿Y qué piensas hacer?
-pese a temer su respuesta, sabía que tenía
que intentarlo-. ¿Por qué no nos olvidamos
de ella? Tú lo has dicho antes, esta es una ruta
habitual, muchas naves comerciales la recorren y se
encontrarán más en disposición
de prestarles ayuda que la que una simple nave como
la nuestra le puede ofrecer… Bueno, di algo…
-No creas que me hace mucha gracia
la idea de averiguar qué les ocurre y prestarles
ayuda si de verdad la necesitan, y menos contigo y los
niños abordo. Pero así está reflejado
en la reglamentación… Si no contactamos
con ellos, o al menos no lo intentamos, podemos tener
problemas -hizo una pequeña pausa en que le dedicó
una sonrisa a su mujer-. Mira, la sección parece
bastante entera, puede que en realidad no les pase nada
y nos estemos dejando llevar por nuestra imaginación
-tocó uno de los sensores táctiles suavemente-.
Aquí astronave utilitaria Alexia, número
de registro KXC 79482 Mars, llamando a sección
de plataforma Invictus… Aquí astronave
utilitaria Alexia, llamando a sección a la deriva
de la Invictus, contesten por favor…
-¿Puedes saber si nos reciben?
-él movió negativamente la cabeza, de
forma lenta, sin dejar de prestar atención a
lo que estaba haciendo- ¿Y sabes si está
todo bien en su interior? ¿O para eso debes consultar
la base de registros?
-Para eso tenemos que entrar en la
base -asintió con la cabeza-. En el momento en
que solicitemos los códigos de frecuencias de
los sensores internos de la Invictus ya constará
como que hemos establecido contacto. Puede que con eso
baste.
Lo bueno de las rutas habituales era
que habían tenido especial interés en
asegurar las comunicaciones a lo largo de ellas cuando
en su día las trazaron y ahora, si se disponía
del equipo adecuado, el acceso a la Visionet no constituía
problema alguno. Contactó con la página
del Registro Oficial de Astronaves e Ingenios Interplanetarios
y utilizó su condición de propietario
de una de ellas para acceder con su clave a la base
de datos. Le llevó un rato localizar los códigos
de emergencia de la Invictus pero al menos pudo hacerse
con ellos. Para los códigos de astronaves con
categoría oficial se requería una autorización
especial que para un particular era prácticamente
imposible de conseguir, pero al tratarse de una plataforma
móvil de investigación sus códigos
aparecieron sin ningún problema. Raymond los
traspasó a los sistemas de la Alexia y al poco
un plano tridimensional de la red de sensores internos
de aquella sección de plataforma hizo su aparición.
-Bien, aquí los tenemos...,
veamos... Parece que la mayoría de ellos se encuentran
desactivados, aunque algunos también parecen
estropeados... La verdad es que esta información
es muy confusa...
-Si se despegaron del resto de la plataforma
es muy posible que estén desactivados más
que estropeados... ¿No crees?
-Es probable. Mira ¿Ves estos
valores? -señaló con su dedo índice
una maraña de gráficos e indicaciones
en medio del esquema general-, indican que el aire no
es respirable, de hecho indica que es inexistente...
Debe de haber alguna fuga definitivamente.
-¿Han podido provocarlo?
-Pueden haber procedido a la apertura
de las esclusas y provocar así el vaciado, quién
sabe... La gravedad artificial también está
anulada, comunicaciones cortadas tanto interiores como
con el exterior..., pocos son los sistemas que se mantienen
activos, entre ellos los de soporte básico de
vida..., concretamente hay cuatro contenedores estacionarios
activos.
-¿Cuatro personas?
-Eso parece. Pero en estado latente.
Es posible que la falta de atmósfera les obligara
a utilizarlos. Necesitan que se restablezca el aire
para poder abandonar los contenedores, y no parece que
eso vaya a ocurrir -se quedó un momento pensativo—.
Si se encontrase el motivo de la fuga y se activase
los protocolos primarios y secundarios... No sé...,
habría que verlo desde dentro para saber si le
podemos ayudar...
-¡Ah, no! Ni hablar. No voy a
dejar que entres en ese lugar.
-Betty, escúchame...
-¡No! ¡Escúchame
tú a mí! ¿Pero has visto en qué
condiciones se encuentra? Limitémonos a transmitir
esta información en abierto y que una patrulla
de ruta se encargue de ellos.
-Mira, eso sería una solución,
sí. Pero piénsalo fríamente y no
llevada por tu corazón... Esas cuatro personas
se encuentran confinadas, aletargadas, muy probablemente
de forma voluntaria pues esa fue la única manera
que tenían de salvar sus vidas cuando pasó
lo que les haya pasado, fuera lo que fuera. Puede que
hasta ignorasen la gravedad que podía alcanzar
su situación, pero ahora mismo se encuentran
en una situación verdaderamente crítica.
¿Ves estos datos? Indican que en las últimas
horas los distintos sistemas de la Invictus han ido
fallando paulatinamente. Si hacemos lo que dices y lo
dejamos todo al azar confiando en que los patrulleros
lleguen a tiempo, puede que lo consigan, sí.
Pero en cualquier momento el soporte básico de
vida puede fallar y entonces... -dejó de mirar
a los ojos de su mujer y los posó instintivamente
sobre la Invictus- No sé, puede que lo consiguiese
superar, pero no creo que lleve bien la muerte de esas
cuatro personas sobre mi conciencia durante el resto
de mi vida... Sólo te pido que me des la oportunidad
de convencerme de que lo que he hecho ha sido todo lo
posible que podía hacer...
Sabía que su mujer continuaba
asustada, pero ya no era ese miedo físico que
te provocan los piratas o el miedo maternal a que algo
le pasara a sus hijos, no. Su nuevo temor era a perder
al hombre que ella había elegido tener a su lado,
aquel hombre por el que lo arriesgaría todo,
ese hombre al que su corazón amaba... Y ahora
ese mismo hombre le pedía que no hiciese caso
a lo que sus sentimientos le dictaban.
-Vamos, vamos... -continuó él-,
te prometo que no arriesgaré más de lo
debido; ya sabes que tampoco destaco precisamente por
mi valentía.
-Eso es precisamente lo que me preocupa...
-Entro, echo un vistazo. Que veo que
puedo restablecer alguno de los sistemas, lo hago; que
veo que no puedo, pues me vuelvo... Pero al menos lo
habremos intentado.
-Prométeme que no harás
tonterías.
-Te lo prometo. Sabes que me tengo
mucho aprecio y que quiero seguir con nuestra vida -sonrió-.
Además, jamás haría algo que pudiera
dañaros ni a ti ni a los niños; sois demasiado
importantes para mí.
-Anda tonto -dijo con ojos humedecidos-.
Abrázame.
***
Calcular los vectores de acercamiento,
igualar la velocidad, dirección y sentido con
la plataforma, y encontrar el ángulo adecuado
para la unión con la esclusa de la Invictus,
eran tareas complicadas que su nueva Monker había
automatizado hasta tal punto que cuando quisieron darse
cuenta ya estaban ensamblados. Con anterioridad habían
realizado una inspección visual para localizar
los posibles puntos de anclaje, y cuando ya habían
decidido por cuál acceder, no tuvieron más
que introducir unos sencillos datos telemétricos
para que el ordenador de la astronave hiciese el resto.
Raymond tardó un poco en embutirse en su nuevo
traje para tareas exteriores ya que, desde que le hicieran
entrega de la Alexia, aún no había necesitado
de él y se trataba de un traje tan ligero y complicado
que durante su puesta dudó en más de una
ocasión si lo estaba haciendo correctamente.
De un numeroso grupo de herramientas heredadas directamente
de la Cambriam seleccionó aquellas que pensó
podría llegar a necesitar, las distribuyó
por los distintos apartados y sujeciones que se encontraban
repartidos por todo su traje. Dudó sobre el material
a escoger pues desconocía lo que le iba a deparar
el interior de aquella plataforma, pero lo que sí
tomó sin dudar fue una palanqueta cuya forma
final de uno de sus extremos recordaba claramente a
la hoja de un hacha.
Con un tranquilizador beso se despidió
de Betty y, aunque también le hubiese gustado
despedirse de los niños, estos se encontraban
ya acomodados en sus respectivas literas y probablemente
estarían ya dormidos. Si bien en el espacio no
existía un día solar como tal, se venía
aceptando de manera universal el período de veinticuatro
horas establecido en La Tierra, y eso les situaba en
la una y media de la madrugada. Aunque lo sintiese por
Eddie, era mejor para ellos que durmiesen ignorantes
toda la noche y que se enterasen de todo al día
siguiente, cuando ellos se lo contasen.
Selló la escotilla del módulo
de descompresión y el sistema se inició
automáticamente. A través de una pequeña
ventanilla pudo observar cómo se humedecían
los amedrentados ojos de su mujer, mostrando una preocupación
que pese a su intento de disimulo no podía ocultar.
-¿Qué tal me oyes? -le
preguntó él a través del comunicador
del traje. Ella carecía de dispositivos autónomos
de comunicación; ésta se establecería
por uno incorporado en la escotilla y más tarde
desde el comunicador de la cabina de mando.
-Te recibo perfectamente…
-Estupendo. Temía que hubiese
algún fallo en la comunicación…,
como aún no habíamos tenido un momento
para probarlo -hizo una breve pausa-. Ahora procederé
a la apertura de la compuerta exterior. Según
el panel, el pasaje se encuentra anclado correctamente
a la esclusa de la Invictus, sin fugas aparentes, así
que cuando la alcance tendré que utilizar la
apertura manual para poder acceder a su interior…
Recuerda que es uno de los sistemas que no funcionan
-ella afirmó en silencio con un gesto de la cabeza-.
En cuanto salga, cierras la compuerta de la Alexia y
te diriges a la cabina de mando, desde allí me
podrás ir guiando por el plano de distribución
de sensores que hemos copiado antes… ¿Lo
has entendido todo?
-Sí, no te preocupes…
¡Oye, Ray! Vuelve de una pieza, ¿vale?
-Cuenta con ello… Bien, aquí
la descompresión ya es total; vía libre
para abrir la esclusa.
Respiró hondo antes de abrir
la esclusa. También se sentía preocupado
aunque su miedo no era tan real como el de su mujer.
Su temor era suavizado por la insistente curiosidad
que sentía y que en definitiva le había
llevado a ese punto, una situación en la que
aún cabía el arrepentimiento; una oportunidad
de dar marcha atrás de la que no quería
ahora ni pensar.
Lo primero que pudo observar fue el
perfecto anclaje del túnel de transferencia,
un sólido tubo de tres metros de longitud que
ganaba en flexibilidad gracias a un tratamiento específico
de polímeros microelásticos; otra de las
avanzadas novedades de la Alexia. Al acercarse a la
Invictus pudo ver cómo el poco aire residual
que había quedado en el interior de su cámara
de despresurización había contaminado
el túnel y se había cristalizado instantáneamente
al tocar la gélida superficie de la nave fantasma.
Con su protegida mano, apartó la escarcha que
cubría la portezuela de apertura manual, asió
la manija y la giró con fuerza; ésta se
abrió sin ningún problema. Una fina lámina
metalizada protegía la llave que debía
insertar en el orificio de apertura, así que
no arriesgó y con el filo de su palanca sajó
el fino metal hasta dejarla al descubierto. Su forma
recordaba un asa, suficientemente grande para poder
manejarla cómodamente con sus manos enguantadas.
En ambos extremos lucía un conjunto de ruedas
dentadas de diversos diámetros que al ser insertadas
en los orificios expresos, reducirían con su
acción la presión hidráulica que
mantenía cerrada la esclusa y facilitaría
así su apertura manual. Al dar con el asa tres
giros completos la esclusa se abrió, pero sólo
lo hizo unos pocos centímetros, así que
Raymond se resignó a pasarse algunos minutos
girándola hasta lograr una apertura cómoda
a su tamaño.
-Bueno... ya está abierta...
-¿Qué es lo que ves,
Ray? -dijo ella a través del intercomunicador.
-La verdad es que no mucho. El sistema
de iluminación no parece estar operativo, al
menos por esta zona; pero no te preocupes, he cogido
una linterna adicional por si me fallan las luces del
casco -observó todo el habitáculo mientras
hacía una pequeña pausa-. Esta cámara
no parece muy amplia, para cuatro o cinco personas a
lo máximo... ¿Puedes ver en el esquema
que hay detrás de la compuerta C 22? Debe de
tratarse de un pasillo si no lo recuerdo mal.
-Lo es, de unos cinco metros de ancho.
Aproximadamente a unos cincuenta metros parece que hay
una escalerilla que accede a una cubierta superior...,
cubierta B. La distribución de sensores se realiza
por cuatro cubiertas enteras y una parcial, situada
en la zona inferior; pero en la B parece existir una
sala amplia de la que parten todos los sensores...
-¿Una Sala de Control?
-Eso parece.
-¿Queda muy lejos de los contenedores
estacionarios? Si esa sala es el centro neurálgico
de esta sección de la Invictus, no deberían
estar muy distanciados.
-Y no lo están, de hecho la
pequeña sala en donde se encuentran también
posee un acceso por la Sala de Control.
-Entonces ya sabemos a dónde
hay que ir... Voy a abrir la compuerta C22, espero que
éste sistema sí esté activado porque
no encuentro ninguna apertura manual.
-¡Espera!... Espera un momento.
¿Vas a abrirla por las buenas? ¿No se
producirá una despresurización?
-Bueno, la lectura de los sensores
indican que no existe presión... No debería
ocurrir nada -accionó un pulsador naranja y la
compuerta de deslizó dejando ante él la
visión de un negro pasaje-. Ya está, abierto.
Ha habido suerte con este sistema, pero parece que es
uno de los pocos que funcionan, casi no se ve nada...
Algunos puntos que brillan bajo mis luces, pero aún
no se ve bien lo que son.
-Ten cuidado -dijo con preocupación.
Raymond ya había entrado en
el pasaje cuando se dio cuenta de su error. Tras él,
la misma compuerta que se había abierto a su
petición, se acababa de cerrar de manera automática.
-¡Mierda!
-¿Qué ocurre? Dime algo...
-No te preocupes, no pasa nada grave.
El sistema de la compuerta es automático y se
ha cerrado al cruzarla... Hay un panel con un teclado
táctil, estoy probando varias teclas -intentó
varias combinaciones sin éxito-. Nada, parece
que sin el código adecuado no hay manera de abrirla
desde aquí.
-¡Espérame ahí
entonces! Me pongo uno de los trajes y voy a buscarte…
-No Betty, no hagas eso, no con los
niños en la Alexia. Si quedaras también
tú atrapada… Pero no te preocupes, éste
es un mal menor si piensas que de todas formas me iba
a acercar a esa Sala de Control. Si de verdad lo es,
seguramente desde allí pueda abrirla.
-No, no vayas… Ya has intentado
ayudarles, has entrado y has sufrido este percance…
Nadie te reprochará nada…
-Quizá porque ninguno de ellos
se encuentra en una de esas cápsulas -Betty no
contestó enseguida.
-Está bien, tú ganas
-dijo ella seria. Ray sabía que su tono de voz
significaba que, pese a la preocupación que ahora
sentía, el hecho de que él siguiese con
su pequeña excursión la había encolerizado.
-Bueno, no perdamos más tiempo…
Raymond sabía que si conectaba
el dispositivo magnético de sus botas tardaría
bastante en llegar a la Sala de Control, así
que prefirió desplazarse impulsándose
en la microgravedad a fin de adelantar tiempo. Tras
el primer impulso, flotó en el oscuro pasaje
únicamente iluminado por las luces del traje,
pero cuando sólo llevaba unos pocos metros algo
le inquietó.
-Háblame Ray… -dijo impaciente.
-Me dirijo flotando a la escalerilla,
aunque… aún no la alcanzo a ver; pese a
las luces no se aprecia bien el fondo… Hay cristalización
en la atmósfera, flotando al igual que yo…
Son pequeños, simples puntos que se iluminan
a mi paso… Debe haber una pequeña fuga
de líquido por alguna parte, su color ambarino
me hace pensar en aceite pero… no sé, no
te lo puedo asegurar…
-Ray… no… recibo bien…
perdiendo…
-¿Betty? ¿Betty, me oyes?
-... No... oigo... vuelve...
-Debe ser la composición de
esta estructura o… ¿Me oyes Betty?…
¿Betty? ¡Joder! -respiró hondo-.
Bueno, tranquilízate, te acabas de quedar solo…
-frenó su impulso con los pequeños retropropulsores
del traje y volvió por el pasillo hasta recuperar
la comunicación con su mujer- ¿Me oyes
bien ahora?
-¿Dónde estabas? Me has
dado un susto de muerte… ¿Qué demonios
ha pasado?
-Algo de aquí dentro debe interferir
con las comunicaciones, así que perderemos el
contacto… no sé bien durante cuánto
tiempo. Pero no te preocupes, tengo oxígeno de
sobra para ir y volver. No estaría de más
que me indicaras cómo llegar a esa Sala de Control
por si esto dura.
-Está bien, pero no me gusta
nada esta situación.
-No pasará nada. Estaré
bien, te lo aseguro.
-Ojalá estés en lo cierto…
A ver, cuando accedas a la cubierta B, coje el pasillo
que surge a tu izquierda. Al final de éste hay
otra nueva bifurcación, entonces tomas el de
la derecha…, a unos veinte metros deberías
encontrar el acceso a la sala. No parece complicado
llegar…
-Y no lo será, no te preocupes.
Espérame mientras ahí y no te vayas.
-¡Estás loco? Me devoraré
las uñas hasta que me sangren pero nada me moverá
de aquí mientras no vuelvas. Eso sí, de
vez en cuando relátame lo que hagas por si en
algún punto recuperamos la comunicación.
-De acuerdo, no te preocupes…
Y recuerda que te quiero.
-Dímelo cuando estés
aquí.
-Lo haré… -se desplazó
de nuevo flotando por el largo y oscuro pasillo. Tuvo
cuidado de esquivar una infinidad de cristales donde
algunos, más grandes y afilados como cuchillas,
parecían empeñados en cernerse sobre él-.
Sigo avanzando y distingo varias puertas…, debe
de tratarse de distintos compartimientos… Uno
de ellos tiene una pequeña ventanilla, a ver
si consigo distinguir algo tras ella… Parece un
laboratorio pero no puedo asegurártelo. Voy a
continuar…
Entre los finos cristales llegó
a la escalerilla; una estrecha de mano, posiblemente
una vía secundaria para acceder a la cubierta
B, su destino. Se asió lentamente a la barandilla
y le dio la sensación de que se tumbaba en el
suelo, una consecuencia de su posición de flotación
respecto a los puntos de referencia de aquel pasillo…
y entonces fue cuando notó aquella inquietante
sensación.
Se mantuvo quieto, ni pestañeó,
pues había algo allí que le hacía
sentir que no se encontraba solo. Su corazón
empezó a latir con fuerza; el miedo, presente
en todo momento, le azuzó para que continuase.
Subió por la escalerilla tan rápido como
pudo en un infantil intento de escapar de aquel corredor
que de repente le aterraba, pero algo le golpeó
con tal fuerza que salió disparado de nuevo hacia
la compuerta por la que había entrado; de no
ser porque activó las botas magnéticas,
hubiera llegado a ésta. No sabía quién
o qué le había empujado, pero lo habían
hecho a conciencia. Dolorido, recuperó la posición
como pudo y buscó con sus focos el origen de
la agresión. No tardó en encontrarlo,
pues éste tampoco hizo nada por ocultarse, y
un sudor frío invadió todo su cuerpo.
Al menos medía los dos metros y medio de altura
y su constitución metálica le encuadraba
en la categoría de los ciberoides. En su vida
había visto muchos de aquellos ingenios, pero
éste se desviaba de todos los cánones
estandarizados conocidos, al menos por él. Su
morfología carecía de extremidades inferiores
y su cuerpo, ancho y acintado, recordaba ligeramente
a las larvas de los insectos. Pese a su imponente imagen,
presentaba un aspecto bastante deteriorado. En su ancho
volumen superior se podían apreciar varias marcas
de impactos láser; diversos golpes, repartidos
por todo su cuerpo, habían descascarillado parte
de su estética pintura. Sus extremidades superiores,
que a diferencia de otros ciberoides partían
del frontal del torso en vez de los laterales, habían
sufrido tales golpes que uno de los brazos flotaba enganchado
a él como si de un inservible trozo de chatarra
se tratase. Con sólo una tenaza con la que poder
asirse y su dispositivo autónomo gravitacional
visiblemente dañado, flotaba por aquel pasillo
rebotando tal y como él había hecho. El
ciberoide consiguió recuperar al fin la posición,
entonces Raymond se dio cuenta de que él se encontraba
de pie en el techo de aquel pasillo y aquella máquina,
de pie en el suelo, se encontraba bocabajo desde su
techo; fugazmente aquella situación le recordó
la de antiguos duelos, aquellos donde el más
lento solía perder ante el más rápido.
Pese a estar claramente averiado, aquel ser metálico
seguía siendo muy superior a él en todo,
si no le permitía pasar se encontraría
con un verdadero problema pues, con su amenazante presencia,
era evidente que ahora más que nunca no podía
dar marcha atrás, no podía arriesgar la
vida de Betty ni de sus hijos.
El ciberoide intentó desplegar
sus lazos energéticos que a modo de red debían
impedirle el paso, pero tras un par de atisbos azulones
el intento cesó; más tarde Raymond debería
dar gracias por aquella avería. Tras el fracaso
energético empezó a avanzar. Le costaba
mantener la verticalidad, pero ese era un problema menor
en aquel ambiente carente de gravedad; su avance le
apremiaba a pensar una solución, y ésta
le llegó casi sin darse cuenta al notar cómo
algo le golpeaba suavemente en su brazo. Soltó
la palanca de su enganche y la blandió como si
se tratara de un hacha; sabía que no era mucho
contra aquel engendro, pero era su único recurso.
El inestable avance del ciberoide en aquel oscurecido
pasaje hizo que le flojeasen las piernas, no sabía
bien cómo agarrar aquella palanca y para colmo,
en vez de concentrarse en lo que le venía encima,
sus pensamientos se centraban sin quererlo en Betty
y los niños; nunca antes en su vida se había
encontrado en igual situación y no tenía
ni idea de cómo iba a salir de ella. De repente
se imaginó insignificante con su palanquita ante
la proximidad de aquel Goliat y se sintió derrotado
siquiera antes de hacer nada, la tensión de su
cuerpo dio paso a una relajación sin sentido;
todo estaba perdido… Y entonces lo vio.
Prácticamente lo tenía
encima, las luces de su traje lo iluminaban casi por
completo. Pequeñas y afiladas cuchillas flotaban
entre ambos y algunas gotas, antes de su casi inmediata
cristalización, se escapaban de uno de los costados
del ciberoide. Uno de los impactos de láser le
había practicado en aquel punto un orifico bastante
amplio y aparentemente le había dañado
algún sistema de fluido; si se tratase del sistema
hidráulico motriz… Casi a la desesperada,
contemplando posiblemente la única opción
que le quedaba, ni siquiera se lo pensó; se agachó,
sujetó con fuerza la palanca e invirtió,
mediante una orden que el propio traje procesó,
el magnetismo de sus botas. La maniobra le salió
bien, o al menos eso le parecía, pues al salir
impulsado con gran potencia hacia el ciberoide éste
tardó en reaccionar y esa circunstancia la aprovechó
Raymond para asestarle un fuerte golpe con el extremo
en hoja de hacha de la palanca. Acertó de pleno
en el orificio y tuvo la precaución de arrastrar
consigo la palanca para evitar que ésta hiciese
de tapón en un posible conducto seccionado; cuando
vio el borbotón de líquido supo que había
tenido éxito.
Ambos voltearon varias veces en el
ingrávido hueco del pasillo y pudo observar cómo
el chorro de fluido que exhalaba ahora el cuerpo del
ciberoide era cada vez más intenso. Comprobó
que efectivamente podía tratarse de líquido
hidráulico ya que sus movimientos se ralentizaron
rápidamente y, aunque aún funcional, quedaba
a merced de aquella microgravedad.
La tensa situación había
quedado resuelta y él recibió este hecho
con unas nerviosas lágrimas que no pudo reprimir.
Se sentía contento, feliz de seguir vivo, había
experimentado una situación que le había
llevado al límite, a su límite como persona,
y mientras todo su cuerpo intentaba volver a la normalidad,
se sentía orgulloso de haber impedido que tanto
Betty, como sus dos hijos, hubiesen podido sufrir algún
tipo de daño. Se olvidó del ciberoide,
ahora ya no le podría hacer mal alguno, así
que se dirigió de nuevo a la escalerilla con
la intención de cambiar de nivel lo antes posible;
pero cuando alcanzó ésta un repentino
haz perforó parte de ella. En la reinante oscuridad
aquel verdoso fulgor iluminó momentáneamente
el pasillo. El siguiente disparo no le alcanzó
en la pierna por unos pocos centímetros; un tercer
disparo erró su objetivo en un par de metros.
Raymond se maldijo por lo estúpido que había
sido al pensar que tenía el control de la situación.
Había dado por sentado que aquel monstruo ya
se encontraba acabado, que había sucumbido ante
su mayor astucia, y no reparó en que la mayoría
de los ciberoides poseían disparadores láser
acoplados en su estructura; que no las hubiera visto
no quería decir que no las tuviera. ¡Qué
ingenuo!
Accedió lo más rápido
que pudo a la cubierta B, esperando que aquel monstruo
no le siguiese. El hecho de que tuviese un disparador
complicaría bastante su regreso a la Alexia.
Lo único en lo que ahora podía confiar
era en que al tener estropeado su dispositivo antigravitacional
y su sistema hidráulico motriz, se viese dificultada
su puntería.
Tras la mala experiencia vivida en
la anterior cubierta procuró no confiarse cuando
de nuevo se vio rodeado de la más absoluta oscuridad.
El pasillo en el que se encontraba no difería
mucho del que había abandonado, igual de diáfano
y con la misma solitaria sensación. Notó
cómo su ritmo cardíaco no acababa de recuperar
su estado de tranquilidad y su respiración entrecortada
resonaba dentro de su traje martilleándole los
oídos. Pero dada la situación, quién
le iba a reprochar algo de excitación.
-Me…, me encuentro ya en la cubierta
B. No creo que me recibas pero… intentaré
relatarte de todas formas lo que vaya ocurriendo. Parece
que todo permanece aquí desierto, abandonado,
pero eso no me da ninguna tranquilidad… Hay algunos
cristales flotando, pero muchos menos que antes y conforme
me vaya alejando de la escalerilla creo que iré
dejándolos de ver; debe ser una transferencia
entre niveles… Avanzo por el pasillo que se abría
a la izquierda de la escalerilla, tal y como me indicaste…
Betty, ahora creo que debí haberte hecho caso,
que teníamos que haber ignorado este atisbo de
pecio… Como siempre tenías razón…
Bien, parece que este tramo no me va a causar problemas…,
ya estoy casi en la bifurcación… No me
gustaría tener otra sorpresa aguardándome…
Vamos allá… Parece despejado… Veo
una compuerta a mitad del… ¡Uff! Parece
que… me cuesta respirar más… más
de lo normal… Como te decía… veo
una compuerta a mitad del pasillo…, debe ser…
el acceso a la… Sala de Control… ¿Pero
qué demonios me está pasando?…
Raymond comprendía que no era
normal lo que le estaba ocurriendo. No entendía
por qué le costaba tanto respirar si ya habían
pasado varios minutos desde su enfrentamiento con el
ciberoide. Sabía que pese a su retraso tenía
oxígeno de sobra, al menos para el triple del
tiempo que había estimado al principio, aun así
revisó las lecturas de su traje, las observó
con detenimiento y no pudo dar crédito a lo que
de ellas se deducía. Según dichas lecturas
se encontraba con el depósito principal de oxígeno
al dos por ciento, y aunque se había iniciado
el trasvase automático desde el depósito
auxiliar, éste no se había podido completar;
posiblemente ambos fueron dañados durante la
pelea. Le entró pánico, con aquel mísero
porcentaje no tendría tiempo para restablecer
la atmósfera en aquella nave, y esa era ahora
su única opción si quería salvar
su vida.
Se desplazó por el pasaje lo
más rápido que pudo hasta que alcanzó
la compuerta, pero cuando intentó abrirla ésta
permaneció inmóvil; como buena Sala de
Control necesitaba de un código para su apertura,
sin ese código abrirla se hacía imposible.
Se dio cuenta de que ya no llevaba su palanca, de que
debió de habérsele escapado tras el choque,
y se maldijo por no haberla echado antes de menos, por
no haberse asegurado la única herramienta que
ahora le permitiría abrir aquella infranqueable
barrera. Y fue entonces cuando comprendió que
iba a morir.
La impotencia que sufría le
hizo golpear repetidamente la compuerta hasta que, exhausto,
quedó arrodillado sobre el techo de ésta.
Su indicador ya marcaba el nivel más crítico,
apenas le quedaba un par de bocanadas de aire y aquel
conocimiento de lo que le iba a ocurrir le hizo acordarse
de su amada Betty; ahora sí que se llevaría
un buen disgusto… Jenny, Eddie… Desde su
corazón les pedía perdón por abandonarles,
ellos le necesitaban en su vida y él les había
fallado. Entonces sobrevino la asfixia. Empezó
a moverse instintivamente, de manera casi convulsiva,
intentando quitarse ese casco que intensificaba su sensación
de ahogo y a la vez luchando por no hacerlo. Un dolor
en el pecho se hizo agudo, las venas le latían
vertiginosamente en las sienes horrorizándose
al no poder aguantar más, hasta que la oscuridad
total y una placentera quietud le anunciaron su inminente
final.
***
Siempre había pensado que lo
primero que experimentaría al morir sería
la levedad de su espíritu, ascendiendo livianamente
por encima de su propio cuerpo, viéndose empequeñecer
hasta perder de vista su antigua corporeidad. Puede
que siempre hubiera estado equivocado al respecto, que
tal suposición fuese errónea, pero de
ahí a notar una pesadez aplastante, había
una vida de diferencia.
Respiró de manera intensa un
aire que encontraba terriblemente viciado pero que tras
su última experiencia era bien recibido. Notó
como sus pulmones se expandían y comprimían
nuevamente de forma rítmica oxigenando de nuevo
su sangre y su cerebro, algo que le provocó una
incómoda sensación de mareo. No alcanzaba
a comprender muy bien lo que había pasado, quizá
como consecuencia del aturdimiento que tenía,
pero sí recordaba los últimos momentos
que había vivido; recordó la angustia
por la falta de aire, el dolor en su pecho, el latir
de sus sienes… Abrió lentamente los ojos,
parpadeó algunas veces hasta que las borrosas
imágenes ganaron nitidez en su cerebro; agradeció
el hecho de que la luz reinante fuese bastante tenue
y de que el ruido que llegaba a percibir no fuese intenso.
Intentó reincorporarse pero se sintió
inesperadamente pesado, contrario a su recuerdo último
de ingravidez, y eso sólo podía indicar
que el sistema de aire y el de gravedad autónoma
funcionaban… ¿La Alexia? No, no lo parecía.
Aquella sala en la que se encontraba era mucho más
grande y compleja en comparación con los departamentos
de su nueva Monker. Consiguió sentarse en un
suelo frío, cuyo liso tacto no reconocía.
Como no llevaba el casco puesto y no recordaba habérselo
quitado, significaba que alguien se lo tenía
que haber quitado, ¿pero quién? Miró
a su alrededor en un intento de estudiar el lugar en
que se encontraba y así conseguir comprender…
Múltiples consolas, pantallas, mandos de dirección,
todos ellos delante de unos asientos aparentemente autoajustables,
racks de conexiones y sofisticados paneles distribuidores…
No cabía la menor duda, se encontraba en la Sala
de Control de la Invictus…
-Veo que ya has despertado…
Raymond se sobresaltó al oír
aquella voz tras él y rápidamente se giró
para encontrarse con un hombre sentado delante de una
de las consolas. Su aspecto era normal, de hecho había
algo en él que le resultaba familiar aunque en
ese momento no pudiese precisar el qué. Le sonreía
mostrando una blanca dentición resaltada ligeramente
por un lejano reflejo de luz ultravioleta. Llevaba un
mono de color blanco bajado hasta la cintura, anudado
a ésta por las mangas, y una camiseta azul oscura
mostraba un emblema de la plataforma Invictus.
-Creía que te iba a perder -continuó
el desconocido-, pero me alegro de la equivocación.
¿Cómo te encuentras?
-¿Perdóneme…? -dijo
Ray algo confundido- ¿Ha sido usted quien me
ha ayudado?
-¡Uy, uy, uy! Qué mal
te veo. ¿No me reconoces? Vamos hombre, soy Dale.
-¿Dale…? Pues… no,
me es algo… familiar, sí, pero no consigo
recordar…
-Puede que necesites algo más
de tiempo. Venga… -le ayudó a levantarse
del todo- tenemos mucho que hacer y, ahora que estamos
los dos, estoy seguro de que lo podremos conseguir.
-Espere, espere… Le agradezco
la ayuda, de verdad. Pero quiere decirme qué
está pasando. Se supone que le conozco, pero
eso me resulta bastante difícil de creer…
Es la primera vez que estoy en esta plataforma.
-Tío, lo tuyo es muy fuerte.
Han profundizado de lleno en tu subconsciente ¿Eh?
¡Vamos hombre! ¡Recuerda! ¡Sólo
estás viviendo una alucinación! Todo esto
está pasando en tu cabeza; estoy aquí
porque al igual que tú he accedido al sistema
y estamos interconectados… ¿Acaso no lo
recuerdas?
Raymond se quedó perplejo.
No conseguía comprender lo que aquel hombre estaba
tratando de decirle. ¿Que todo estaba en su mente?
La asfixia que había sentido antes de desmayarse
había sido muy real, su enfrentamiento con el
ciberoide también; todo lo ocurrido allí
le confirmaba que ninguna pesadilla era tan auténtica.
Era cierto que encontraba algo familiar a aquel hombre,
a Dale, pero podía ser porque sus rasgos faciales
parecían tan comunes que se viese sugestionado
por la situación. ¿Conocerle? Jamás
en su vida le había visto.
-Mire, Dale… Yo sé que
esto es real, diga usted lo que diga. He entrado en
esta sección de la Invictus porque sus sensores
mostraban a cuatro personas en peligro. He tratado de
ayudar y casi me matan por hacerlo… Si está
usted bien y los distintos sistemas se van restableciendo,
me alegro por ustedes, de verdad. Yo me vuelvo a mi
nave y…
-Sigues sin comprender -le interrumpió-,
¿verdad?
-¡Qué demonios no comprendo?
-dijo agitadamente.
-Que tu nave no existe.
-¿Qué? Pero… ¿Pero
qué tontería está diciendo? Mire,
permítame el acceso a la compuerta C22, la que
da a la esclusa exterior de la cubierta C, sólo
necesito eso… y después olvídese
de que he estado aquí.
-Ray espera…
-¿Cómo diablos sabe mi
nombre? No creo recordar habérselo dicho.
-No necesito que me lo digas, lo sé
desde hace mucho tiempo. Dices que es la primera vez
que estás en esta plataforma, pues que sepas
que trabajas en un proyecto aquí, en la Invictus…
Llevamos siete años siendo amigos -Dale comprendió
que por ese camino no iba a convencer a Ray, así
que decidió cambiar de estrategia-. Ven, acompáñame
un momento.
Dudó en seguirle, pero lo cierto
es que por muy chiflado que le pareciese, ahora estaba
vivo gracias a aquel hombre, al menos eso suponía.
Además, empezaba a sentir cierta curiosidad por
lo que estaba ocurriendo y por lo que le quería
hacer creer, así que cedió un poco; total,
lo único que perdería sería un
poco más de tiempo. Fue llevado hasta una compuerta
donde Dale tecleó un código en uno de
aquellos omnipresentes paneles y esta se abrió
para dar paso a una sala bien diferente de la que se
encontraban. La temperatura allí era mucho más
baja, como si aquella cámara hubiese estado expuesta
al mismo gélido vacío que había
reinado en toda la plataforma y ahora estuviese volviendo
a coger temperatura. Era más estrecha, llena
de conductos, tubos, cables; ciertamente menos aséptica
y más descuidada en su aspecto que el resto de
lo que había podido ver. Allí se encontraba
una hilera de varios contenedores inclinados sobre la
pared. Observó también la consola que
precedía a aquella formación, muy diferente
también al resto; muy parecida, aunque le resultaba
bastante chocante, al salpicadero de mando de la Alexia…
¡Dios, cómo se parecían! Si no fuera
por el color…
-¿Lo comprendes ahora? -la pregunta
le sacó de sus pensamientos, entonces vio que
le señalaba los cuatro contenedores que permanecían
ocupados.
-Estos son los contenedores que detectamos
pero… no detectamos a nadie más…
¿De dónde has salido, Dale?
-De uno de ellos, al igual que tú.
Creo que lo entenderás mejor si miras éste
de aquí -se acercaron a uno de ellos-. Raymond
Fitzgerald, te presento a Raymond Fitzgerald, el verdadero.
Puede que fuese por aquella temperatura
o por lo que acababa de ver, pero un intenso escalofrío
recorrió todo su cuerpo. A través del
ambarino cristal del contenedor y levemente distorsionado
por una fina escarcha en proceso de desaparición,
pudo observar que la persona que descansaba dentro era
idéntica a él; algo más demacrado,
con arrugas más visibles, pero claramente como
él. Apartó la escarcha con su mano enguantada
y pudo verse mejor, inconsciente, petrificado…
inerte.
-La primera vez siempre reaccionamos
igual -dijo Dale, pero Raymond no le prestó atención.
Ahora toda su concentración recaía en
una confusa contemplación de sí mismo-.
Es difícil admitir que la vida que ahora estás
experimentando es una mera ilusión. Pero cuando
ya llevas varios intentos, eso deja de preocuparte…
Puedes tirarte todo el tiempo que te queda ahí
de pie, mirando el contenedor, pero estás aquí
por un motivo, y te aseguro que no es ese.
Ray se giró bruscamente, y
agarrándole de la camiseta, lo empujó
con fuerza contra unas tuberías.
-¡Dime ahora que esto no te ha
dolido, maldito bastardo! ¡Dime que sólo
eres una ilusión en mi cabeza! ¡Dímelo!
-¡Quieres soltarme! -y le empujó
logrando así que efectivamente le soltara- ¡Lo
que te he dicho es verdad! Eres tú quien no quiere
aceptarlo… Si te calmas y me escuchas te contaré
lo que está pasando, pero como sigas por ese
camino te devuelvo de donde vienes de un disparo -la
amenaza no era gratuita ya que hábilmente había
sacado un disparador láser de uno de los bolsillos
de su mono-. No me gustaría hacerlo, te lo aseguro,
pero sólo eres útil si cooperas conmigo…
Sin tu ayuda no creo que pueda conseguirlo, pero Dios
sabe que prefiero intentarlo solo antes de que me estés
estorbando todo el rato con tus quejas y paranoias.
-Llevas…, llevas un disparador…
-Sí, en efecto, y te aseguro
que el ciberoide de la compuerta C22 sabe lo bien que
funciona.
-Ese es el que me ha atacado.
-Bueno, le di lo suficiente como para
que me dejara de hostigar y la verdad, deberías
dar gracias por ello. Si ese engendro hubiera estado
en perfectas condiciones ahora no estarías aquí…
Y ahora dime, ¿vas a escuchar lo que tengo que
decirte o voy a tener que enfrentarme a todo esto yo
solo? No tenemos precisamente mucho tiempo.
-Está bien -contestó
con obvio reparo-, puedes empezar a hablar aunque no
creo que me convenzas.
-Al menos es un inicio. Volvamos ahí
adentro, te lo iré contando mientras lo voy preparando
todo; el tiempo se nos acaba -pasaron de nuevo a la
Sala de Control, allí la temperatura estaba estabilizada
a unos agradables veinte grados, nada que ver con la
sala en donde descansaban aquellos contenedores-. Mira,
mientras te lo cuento debo hacer unas modificaciones
en esta consola de aquí; es sólo para
asegurarnos un rato más de existencia, nada importante
-dijo con una sarcástica sonrisa-. Desde aquí
se pueden falsear las lecturas de los sensores internos,
al menos los de esta parte, y eso es algo que nos viene
de perlas para alterar la percepción sensorial
de esos ciberoides.
-¿Qué problema tienen
con nosotros?, ¿por qué quieren matarnos?
-Según ellos somos una amenaza.
Te recuerdo que los ciberoides que se utilizan aquí,
en la Invictus, vienen únicamente con una programación
base de fábrica y dependiendo de las funciones
a desarrollar es completada por nuestro personal cualificado.
Algunos son asignados a la seguridad, pero no por el
concepto habitual de posibles delitos, sino porque aquí
se hacen toda clase de experimentos, muchos de ellos
peligrosos que por sus características especiales
sólo se pueden efectuar en un lugar como éste.
-¿Y qué pasó para
que se pusieran en nuestra contra?
-¿Que qué pasó?
Pues que metimos la pata hasta el fondo, como es natural.
Los científicos somos así, no lo podemos
remediar, nos gusta manipular todo a nuestro antojo,
y eso te incluye a ti también, no te creas. Pero
tranquilo, esta vez quienes la cagaron fueron los biotecnológicos
y su manía de dotar a los ciberoides de serie
con tecnología biológica. Se sabe que
sólo los bioroides poseen esa capacidad, así
son diseñados. Un ciberoide carece del margen
de tolerancia necesario para aceptar esa circuitería
orgánica, eso lo sabe todo el mundo. Pero aquí,
que somos todos muy listos, creíamos que todo
era cuestión de software, que con el programa
adecuado aceptaba esos implantes sin rechazo alguno
-cerró los ojos para concederse unos segundos
antes de continuar-. Todo fue bien al principio, un
notable éxito; el loable esfuerzo del departamento
de biotecnología había dado sus frutos…
hasta que un fallo de contención generó
una plaga bacteriana que contaminó los biocomponentes
implantados en tres ciberoides de seguridad. Como supondrás
se trataba de una variedad de bacterias modificadas
genéticamente, lo que lo convirtió en
un foco terriblemente agresivo; en poco tiempo creó
una verdadera pandemia entre la población ciberoide
de la plataforma.
-Pero sólo afectaba a los que
tenían implantes orgánicos, ¿no?
-Al principio así fue, pero
enseguida la cosa se extendió. La degradación
de su circuitería provocó un conflicto
de comandos en sus subrutinas. Algunos sólo se
mostraban descoordinados, otros en cambio padecían
verdaderos comportamientos sicóticos, su realidad
se distorsionó de tal manera que pasaron a servir
a una alternativa virtual surgida de sus biochips; una
alternativa que gracias a la intranet de comunicaciones
se extendió de forma rápida e implacable
a todos los ciberoides de la Invictus…
-¿Qué ocurría
en esa alternativa virtual? ¿Alguien llegó
a descubrirlo?
-¿Qué ocurría
en ella? ¿No lo ves? Esto es lo que ocurre. Ahora
estamos en ella, tú y yo… Pero al principio
fue más confuso, ignorábamos siquiera
su existencia y para cuando descubrimos el problema
ya era demasiado tarde. Algunos compañeros intentaron
acceder a ella mediante diversos métodos, pero
la mayoría de ellos eran eliminados antes de
poder acabar…
-Eliminados… ¿Quiere decir
que alguien los mató?
-Alguien no, algo. Se acabó
descubriendo que en la realidad alternativa de los ciberoides
éramos nosotros los portadores de la plaga bacteriana,
así que su profanada programación les
aconsejaba eliminar a todo el personal de la Invictus
para acabar con la crisis. Puedes imaginarte el resto…
Los más afortunados fuimos a parar a los contenedores
estacionarios.
-¿Por qué en los contenedores?
Se supone que erais un peligro para ellos.
-Sí, lo éramos, pero
pensamos que atendían a ciertas subrutinas de
la programación original, que no toda se encontraba
alterada; por decirlo de alguna manera, creemos que
respondían a un instinto primario de investigación.
Suponemos que aislaron a todos los que pudieron con
la intención de examinarnos o hacernos llegar
a algún lugar donde pudiéramos ser estudiados
y reparados para así ayudarse a sí mismos
-hizo una pequeña pausa-. Según los registros,
después de encerrarnos desconectaron los distintos
sistemas y abrieron algunas de las esclusas exteriores…
Nadie que no estuviese en un contenedor debió
sobrevivir a aquello, incluso un traje de exteriores
te limitaba el tiempo y posiblemente te hacía
presa fácil de ellos.
-Suena verdaderamente terrible, y lo
peor es que lo que me ha contado parece posible, es
verosímil; todo podría encajar…
menos yo. La verdad, lo que me lleva a no creerle del
todo es que no entiendo qué pinto en su historia.
Por mucho que se empeñe yo jamás he estado
antes aquí, y mucho menos he trabajado aquí.
Sólo he atendido a una posible situación
de peligro tal y como exige la reglamentación
de las rutas habituales. Mi mujer y mis hijos me están
esperando en una maravillosa Monker que acabo de comprar
y…
-¡Escúchame Ray! -le interrumpió-.
La Invictus se desplaza a la deriva por una ruta en
la que es cuestión de tiempo que dé con
un núcleo habitado, y éste sucumbirá
ante la plaga de la misma forma que lo ha hecho esta
plataforma… Si entonces no es dominada, la posibilidad
de que se extienda por todas las colonias del sistema
aumentará de manera exponencial… Las consecuencias
serán catastróficas. Es nuestro deber
frenarlo aquí y ahora, antes de que este infierno
vaya a más -tragó saliva, ahora venía
lo más duro de la explicación para Raymond,
y Dale lo sabía-. Has dicho mujer e hijos…
Ray, tú jamás has estado casado, y por
descontado no has tenido hijos. Recuerda que lo que
ahora estás viviendo es una alternativa virtual,
manipulada por el sistema, para poder combatir la realidad
alternativa creada en la intranet de los ciberoides…,
nada más…
-Mira, antes te concedía el
beneficio de la duda, pero ahora sé que estás
loco. No sé lo que está ocurriendo aquí
pero, de lo que estoy seguro, es de que mi mujer y mis
dos hijos me están esperando. Eso lo sé
porque llevo casi quince años casado con ella…
y eso no es ninguna fantasía virtual, te lo aseguro…
-No, piénsalo… La realidad
alternativa virtual creada por los ciberoides se manifiesta
básicamente como una representación física
de lo que les rodea, así reconocen todo su entorno
y pueden interactuar con los elementos móviles
o ajenos a él… Esto lo tienes claro, ¿no?
Sabes tan bien como yo que los protocolos de conservación
de los contenedores estacionarios pasan por un control
absoluto de los pensamientos para evitar patologías
psicológicas en el tiempo que se pasa dentro
de ellos. Esto es así porque permanecemos conscientes
y gracias a estos protocolos no reparamos en el tiempo
que pasa, sean unas horas, unos días, meses o
incluso años…
-Te repito que estás como una
cabra -dijo Raymond totalmente horrorizado por lo que
estaba oyendo.
-Gracias a ese enlace cerebral hemos
conseguido acceder a la realidad que ellos están
viviendo, para desde aquí controlar la nuestra,
la verdadera. Pero no podemos aparecer aquí sin
más, como si fuéramos la materialización
de unos entes de energía destinados a destrozar
su realidad para salvar la nuestra; no es posible, sencillamente.
Por eso el mismo enlace que nos permite tal invasión
de su intimidad es el mismo que nos dicta nuestra realidad
en su mundo virtual… Hace una selección
con los datos recopilados en el cerebro y desarrolla
un guión coherente para tu incursión en
el universo alternativo de los ciberoides.
-¡No! ¡Eso no puede ser
cierto! Todo esto es muy real y no puedo creer que toda
mi vida, mi estupenda vida, sea simplemente una ilusión…,
no puedo creerte -se dirigió velozmente hacia
la compuerta de salida de la Sala de Control-. Me vuelvo
a la Alexia, y allí seguiré con mi real
y maravillosa vida…
-¡Espera! No debes salir por
esa puerta.
-¿C&oacut |