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El incierto valor de la realidad Más sobre Rafael Rius Sánchez

Probablemente aquella idea no era demasiado mala, pero que de los dos fuese él quien tuviese que hacer de cebo, era lo que no le parecía tan bueno. Era posible que el plan de Stanley para despistar a aquellas insistentes larvas metálicas no hubiese resultado tan brillante como habían pensado en un principio, pero de lo que no le cabía ninguna duda era que salir a aquel corredor había constituido el mayor de los errores que podía cometer, y lo peor del asunto era la imposibilidad material de ponerle remedio.

Supuso sin razón, y ahora no comprendía muy bien por qué, que controlaba el número de aquellos carceleros con forma de gusano, y cuando vio que un nuevo miembro de aquella comunidad hacía su aparición en la única salida disponible, el temor a lo que le podía suceder cambió un instante de impotente rabia por la mayor de las debilidades físicas. Respiró hondo, intentó calmarse. Se fijó en cómo el que tenía frente a él había desplegado sus haces energéticos formando una malla que bloqueaba todo el ancho del corredor, por lo que le sería imposible avanzar sin acabar achicharrado; mientras tanto los otros dos se le acercaban de forma amenazante invitándole con su silencio a un sometimiento voluntario. La situación se le había complicado, y no creía que el disparador láser que escondía en su mano le fuera a servir en ese momento de mucha ayuda, sabía bien que en el preciso instante en que intentase utilizarlo sería acribillado por las tres larvas que le rodeaban. Carecía de opciones, al menos de aquellas en las que uno se siente alentado y ve cierta luminosidad en las tinieblas de su estancada situación. Nada de lo que se le ocurría se destacaba como una buena idea, por eso, como siempre suele ocurrir en estos casos, eligió la peor de ellas.

Confiando en una rapidez inexistente intentó hacer uso de su arma pero ni siquiera le permitieron la oportunidad de disparar. Pensó que habían sido magnánimos porque se habían limitado a alcanzarle en la mano justo en el instante en que pensaba disparar, pero el agudo dolor que acompañaba a su ahora muñón de retorcidos dedos le hacía presagiar lo que sería su inevitable final. Gritó de nuevo cuando las varillas eléctricas, como si de aguijones se trataran, tocaron su piel y las potentes descargas le dejaron inerte prácticamente todo su cuerpo. Lacio, apenas con leves movimientos y con la totalidad de su cuerpo invadido por un intenso hormigueo, sintió horrorizado cómo era elevado por la tenaza de uno de ellos, presionándole con tal intensidad que notó sus indefensas costillas crujir y partirse en su interior; un crepitar de huesos que le hizo invocar un agónico alarido que no sirvió de nada. Ni el dolor que se hacía extremo ni su sufrimiento parecía causar mella en la falta de humanidad de su captor. El mismo que le tenía agarrado levantó su segunda tenaza, tres extensiones metálicas entrelazadas que ahora rodeaban su cabeza. Sintió con fuerza cómo el terror le hacía mella ante la inminencia de su final, pero aun así percibió fugazmente la ubicación de una de las cámaras de vigilancia y pensó que sin duda alguna ahora Stanley lo estaría viendo todo, y que el resultado de su brillante plan le estaría produciendo un grito ahogado en su garganta... Bueno, en eso le llevaba la ventaja del condenado ya que podía gritar, gritar frenéticamente, demostrando la misma falta de compasión que ahora mostraban hacia él, con las tres pinzas que se cerraban lentamente y cuyo dolor, intenso como jamás lo había sentido, le hizo perder el sentido en un gesto compasivo de la naturaleza. La oscuridad apareció, el sufrimiento desapareció, la calma volvió a reinar… Pero poco antes, cuando aún se debatía con la atenazadora muerte, entre el dolor y el horror, un leve lamento acudió a su mente antes de ser destruida, y se dio cuenta de que lo verdaderamente preocupante de su final no era el hecho de que muriera, sino la posibilidad de no poder recordar nada de lo que le había ocurrido.

 

***

 

La relajación que su nueva Monker le había hecho sentir se había visto recompensada con una pequeña cabezada. Y no era para menos, pues aquel silencio, únicamente quebrado por el sutil zumbido del motor principal, invitaba a eso y a mucho más. Aún acostumbrado a su vieja Cambriam, el suave mecer de la cabina de pilotaje le había arrullado de tal manera que le había sido del todo imposible haberse mantenido despierto. Había soñado, y estaba convencido de que su sueño se había materializado en cuanto abrió los ojos y observó aquella cabina. Seguro que si alguien le pudiese ver en ese momento se regocijaría de lo bobo que parecía mientras admiraba aquella perfección estética de elegante diseño, pero es que aquel cuidadoso acabado le confería al interior la relajación que transmitía.

Aquella Monker pertenecía al exclusivo club de unifamiliares de sexta generación; astronaves silenciosas, veloces y, por descontado, confortables. Los tiempos cambiaban y los fabricantes con ellos. Ya no se buscaba sólo la funcionalidad de los antiguos modelos, ahora se pretendía la conquista del usuario mediante estilizadas obras de arte, tan bellas como eficaces; él lo sabía, y ese convencimiento le arrancó una sonrisa. Acarició levemente el salpicadero que tenía ante sí, sus dedos se deslizaron lentamente por la lisa superficie, preactivando los distintos sensores táctiles en él ubicados; sus manos ya podían olvidarse de las veteranas botoneras que durante años habían conferido un engorroso aspecto a la cabina de la Cambriam.

Seleccionó la modalidad de multipantalla y activó cuatro de las seis cámaras que acopladas en el fuselaje proporcionaban una holovisión completa del exterior de la nave; una práctica herramienta de observación que en sus manos curiosas se convertía en un caprichoso juguete. Las distintas imágenes holográficas conformaban un todo muy especial de la Monker, mostrando un diseño tan innovador que se deleitaba al pensar que aquella maravilla le pertenecía, que al final había logrado uno de sus sueños más primarios.

 

-Suave como la seda… Bien, pequeña. Te estás portando de manera extraordinaria así que no me falles, ¿vale? -acarició la consola táctil, sólo por el hecho de sentirla de nuevo en la yema de sus dedos-. Estoy seguro de que eres una máquina estupenda, la mejor de todas; haremos grandes viajes juntos y mi orgullo hacia ti aumentará con cada uno de ellos…

-¿Con quién hablas, cariño? -Raymond no se volvió; seguía con una mueca de satisfacción en su rostro mientras observaba el oscuro infinito salpicado de estrellas-. Parece como si ligaras con alguien en la Visionet.

-Intento entablar buenas relaciones con la nave.

-Ya... ¿Y te contesta?

-No, no lo hace. Pero ahórrate el sarcasmo, las especificaciones indican que tras un período de adaptación, empezará a interaccionar con nosotros.

-No sé, a mí estas modernidades me dan algo de reparo, no entiendo por qué ahora te ha dado por comprar lo último en todo.

-¡Hombre, cariño! Ahora podemos permitírnoslo.

-¿Sí?, pues díselo a los niños… A Jenny aún no se le ha pasado el mareo; le he dado un Becefour a ver si se le pasa. Y Eddie, bueno, ayer porque fue la novedad, pero es un crío de nueve años y se acaba aburriendo en un viaje de varios días si debe permanecer encerrado en una lata de sardinas, por muy cara y moderna que ésta sea.

-Pero aquí puede hacer lo mismo que hace habitualmente en casa. Allí se encierra todo el día en su cuarto, enganchado a la Holoplay y a la Visionet, y no hay manera de sacarle de ahí.

-Sí, de acuerdo. Pero si le apetece corretear un rato allí puede hacerlo, en cambio aquí está muy limitado; se asfixia.

-¡Pero la Cambriam era mucho más pequeña!

-Ya, pero como no podía hacer viajes interplanetarios, en sólo unas horas nos podíamos recorrer Marte de polo a polo, y no como va a ser a partir de ahora, que los viajes durarán días… y es posible que hasta semanas.

-Bueno, no te preocupes tanto; este viaje es algo excepcional por aquello del rodaje, ya sabes.

-¿Y era verdaderamente necesario que nosotros viniéramos? De verdad, aunque me duela separarme de ti, preferiría que nos hubiéramos quedado en casa mientras tú te hacías este viajecito. Total, últimamente ya nos estamos acostumbrando…

-No empecemos otra vez, ¿quieres? Sabes tan bien como yo que gracias a ese trabajo ahora podemos permitirnos algunos lujos que antes sólo eran simples ilusiones.

-Sí, lo sé, pero es que te echamos de menos… Ya ves qué tontería…

-Y yo a vosotros… ¿Por qué crees que quería que vinierais? Os necesito cerca, sois mi vida…, sois la energía que me impulsa a seguir hacia delante. Os necesito para que los engranajes de mi cabeza…, de mi cuerpo, funcionen; si no estáis conmigo, sólo soy una máquina vieja y oxidada.

Betty le abrazó desde atrás por encima del butacón de control.

-Siempre sabes cómo convencerme, caradura -y le besó en la mejilla.

-Sólo digo la verdad como la siento.

-Pues ten cuidado con esos sentimientos y con lo que te hacen decir, no sea que tu nueva amiguita se encariñe contigo.

-¿Quién…? ¡Ah, ya! No te preocupes por eso, que interaccione no quiere decir que tenga sentimientos. Tras su cálida voz femenina, se esconde la más fría de las máquinas.

-Pues para no tener sentimientos parece que no le ha gustado nada lo que has dicho.

-¿Por qué…?

-Esa luz de ahí -señaló una pequeña luz roja que, con su intermitencia, se hacía notar en el extenso panel de control-, se acaba de encender.

-Creo que es un detector de proximidad. Espera un momento -un esquema holográfico cubrió todo el panel; todos los nombres de hasta el más minúsculo de los sensores y lucecita apareció sobre éste-. ¿Qué te decía? Algo se está acercando a nosotros.

-¿Un meteorito? -preguntó ella preocupada.

-No… bueno, no lo creo. Según los indicadores este chivato sólo se activa cuando lo que se acerca es una nave… o un resto de ella.

-¿Un resto?

-Sí, un resto…

-Pero puede ser una nave… entera.

-¡Claro que puede serlo! Pero no tienes por qué preocuparte, puede tratarse de cualquiera. Recuerda que estamos en una ruta habitual.

-¿Y no puedes saber de quién se trata? -su voz reflejaba la intranquilidad que empezaba a sentir-, ya sabes que a mí estos encuentros, con tantas historias de piratas espaciales y todo eso, me dan verdadero pánico…

-Por eso no te preocupes, no son piratas.

-¿Y cómo lo sabes? -dijo nerviosa.

-No lo sé! Pero no lo son… ¿Sabes cuál es la probabilidad de que nos crucemos con unos piratas? Una entre un millón al menos, y no creo que tengamos tan mala suerte -hizo una pausa-. Mira, los sensores de largo alcance han escaneado el objeto -una imagen holográfica de pobre definición apareció delante de ellos-. Vaya… qué nave más extraña.

-Parece como si le faltara una parte…

-Espera, quizá si entramos en la base de datos del Centro de Estructuras Astronavales, ésta pueda hacer una comparativa y nos diga, si no a quién, al menos sí a qué tipo de nave pertenece ese resto. Un momento…, un momentito -la imagen delante de ellos se transformó en un galimatías holográfico mientras se realizaba la comparativa con las múltiples entradas de la base de datos-. ¡Sí! Aquí está, identificación positiva… ¡Joder, es la Invictus!

-¿La Invictus? ¿Y qué es la Invictus? -preguntó extrañada por la reacción de Raymond.

-Es uno de los más sofisticados ingenios espaciales que ha construido el hombre. Es una gran plataforma móvil de investigación astronómica, aunque en ella no sólo se realizan estudios de astronomía, claro; en sus más de doscientos laboratorios hay cabida para todos los ramales de la ciencia…

-Pero lo que la pantalla muestra no debe de medir más de ochenta o noventa metros… Ahí no pueden entrar tantos laboratorios.

-Según la base del Centro, lo que vemos corresponde a una de sus secciones… Mira, aquí dice que la plataforma está configurada en secciones independientes y autosuficientes como medida de contención por el riesgo existente de muchos de los experimentos que allí se investigan…

-¿Quieres decir que esa sección fue independizada porque suponía un riesgo para el resto de la plataforma? ¿Y ahora va a la deriva por una ruta habitual?

-Lo que dices no parece tener mucho sentido, ¿no crees? A no ser que quieran que alguien la encuentre. Pero entonces lo podemos estar enfocando con una perspectiva errónea… Puede que sea el resto de la plataforma la afectada y esta sección sea como... un módulo de escape.

-No sé… pero no me gusta nada.

-¿Qué demonios les habrá pasado?… La Invictus…, la Invictus… ¿Crees en las coincidencias?

-¿En las coincidencias? -preguntó Betty extrañada- ¿Qué es lo que quieres decir, Ray? ¿Por qué me preguntas algo así?

-Esta tarde, Eddie ojeaba unos archivos de la Visionet. Parecía absorto y le pregunté qué era lo que le mantenía tan entretenido, y ya le conoces… “Nada en particular, papá”, dijo. Pero en ese momento que estuve con él me di cuenta que lo que estaba viendo era uno de esos reportajes tan de moda ahora que hablan de la expansión del ser humano por el Cosmos… En ese momento no me pareció significativo, pero ahora me parece increíble…

-¿El qué?

-Que precisamente el reportaje hablaba de la plataforma Invictus…

Ambos se miraron en silencio, ella pudo ver la curiosidad en su rostro y eso era algo que le preocupaba, sobre todo porque le conocía bien después de tantos años de matrimonio; sabía que pese a la preocupación que él podía leer en su rostro, la decisión ya había sido tomada.

Permanecieron atentos al acercamiento de aquella sección fantasma aun a sabiendas de los trastornos que su pequeño viaje de placer iba a sufrir. Betty se mostró bastante intranquila y Ray, aunque reparó en ello, dedicó todo el tiempo a recabar la información que le fuera posible sobre la Invictus, y en concreto sobre el sector diecisiete, el que presumiblemente y antes de lo esperado, se fue haciendo visible a sus atónitos ojos.

-No parece tener daños -dijo ella rompiendo el silencio.

-Al menos no en el exterior. Si se hubiese fragmentado como consecuencia de alguna explosión mostraría marcas más visibles. No, debieron de desacoplar la sección del resto de la plataforma y desde entonces debe de estar vagando a la deriva por el espacio.

-¿Y qué piensas hacer? -pese a temer su respuesta, sabía que tenía que intentarlo-. ¿Por qué no nos olvidamos de ella? Tú lo has dicho antes, esta es una ruta habitual, muchas naves comerciales la recorren y se encontrarán más en disposición de prestarles ayuda que la que una simple nave como la nuestra le puede ofrecer… Bueno, di algo…

-No creas que me hace mucha gracia la idea de averiguar qué les ocurre y prestarles ayuda si de verdad la necesitan, y menos contigo y los niños abordo. Pero así está reflejado en la reglamentación… Si no contactamos con ellos, o al menos no lo intentamos, podemos tener problemas -hizo una pequeña pausa en que le dedicó una sonrisa a su mujer-. Mira, la sección parece bastante entera, puede que en realidad no les pase nada y nos estemos dejando llevar por nuestra imaginación -tocó uno de los sensores táctiles suavemente-. Aquí astronave utilitaria Alexia, número de registro KXC 79482 Mars, llamando a sección de plataforma Invictus… Aquí astronave utilitaria Alexia, llamando a sección a la deriva de la Invictus, contesten por favor…

-¿Puedes saber si nos reciben? -él movió negativamente la cabeza, de forma lenta, sin dejar de prestar atención a lo que estaba haciendo- ¿Y sabes si está todo bien en su interior? ¿O para eso debes consultar la base de registros?

-Para eso tenemos que entrar en la base -asintió con la cabeza-. En el momento en que solicitemos los códigos de frecuencias de los sensores internos de la Invictus ya constará como que hemos establecido contacto. Puede que con eso baste.

 

Lo bueno de las rutas habituales era que habían tenido especial interés en asegurar las comunicaciones a lo largo de ellas cuando en su día las trazaron y ahora, si se disponía del equipo adecuado, el acceso a la Visionet no constituía problema alguno. Contactó con la página del Registro Oficial de Astronaves e Ingenios Interplanetarios y utilizó su condición de propietario de una de ellas para acceder con su clave a la base de datos. Le llevó un rato localizar los códigos de emergencia de la Invictus pero al menos pudo hacerse con ellos. Para los códigos de astronaves con categoría oficial se requería una autorización especial que para un particular era prácticamente imposible de conseguir, pero al tratarse de una plataforma móvil de investigación sus códigos aparecieron sin ningún problema. Raymond los traspasó a los sistemas de la Alexia y al poco un plano tridimensional de la red de sensores internos de aquella sección de plataforma hizo su aparición.

 

-Bien, aquí los tenemos..., veamos... Parece que la mayoría de ellos se encuentran desactivados, aunque algunos también parecen estropeados... La verdad es que esta información es muy confusa...

-Si se despegaron del resto de la plataforma es muy posible que estén desactivados más que estropeados... ¿No crees?

-Es probable. Mira ¿Ves estos valores? -señaló con su dedo índice una maraña de gráficos e indicaciones en medio del esquema general-, indican que el aire no es respirable, de hecho indica que es inexistente... Debe de haber alguna fuga definitivamente.

-¿Han podido provocarlo?

-Pueden haber procedido a la apertura de las esclusas y provocar así el vaciado, quién sabe... La gravedad artificial también está anulada, comunicaciones cortadas tanto interiores como con el exterior..., pocos son los sistemas que se mantienen activos, entre ellos los de soporte básico de vida..., concretamente hay cuatro contenedores estacionarios activos.

-¿Cuatro personas?

-Eso parece. Pero en estado latente. Es posible que la falta de atmósfera les obligara a utilizarlos. Necesitan que se restablezca el aire para poder abandonar los contenedores, y no parece que eso vaya a ocurrir -se quedó un momento pensativo—. Si se encontrase el motivo de la fuga y se activase los protocolos primarios y secundarios... No sé..., habría que verlo desde dentro para saber si le podemos ayudar...

-¡Ah, no! Ni hablar. No voy a dejar que entres en ese lugar.

-Betty, escúchame...

-¡No! ¡Escúchame tú a mí! ¿Pero has visto en qué condiciones se encuentra? Limitémonos a transmitir esta información en abierto y que una patrulla de ruta se encargue de ellos.

-Mira, eso sería una solución, sí. Pero piénsalo fríamente y no llevada por tu corazón... Esas cuatro personas se encuentran confinadas, aletargadas, muy probablemente de forma voluntaria pues esa fue la única manera que tenían de salvar sus vidas cuando pasó lo que les haya pasado, fuera lo que fuera. Puede que hasta ignorasen la gravedad que podía alcanzar su situación, pero ahora mismo se encuentran en una situación verdaderamente crítica. ¿Ves estos datos? Indican que en las últimas horas los distintos sistemas de la Invictus han ido fallando paulatinamente. Si hacemos lo que dices y lo dejamos todo al azar confiando en que los patrulleros lleguen a tiempo, puede que lo consigan, sí. Pero en cualquier momento el soporte básico de vida puede fallar y entonces... -dejó de mirar a los ojos de su mujer y los posó instintivamente sobre la Invictus- No sé, puede que lo consiguiese superar, pero no creo que lleve bien la muerte de esas cuatro personas sobre mi conciencia durante el resto de mi vida... Sólo te pido que me des la oportunidad de convencerme de que lo que he hecho ha sido todo lo posible que podía hacer...

Sabía que su mujer continuaba asustada, pero ya no era ese miedo físico que te provocan los piratas o el miedo maternal a que algo le pasara a sus hijos, no. Su nuevo temor era a perder al hombre que ella había elegido tener a su lado, aquel hombre por el que lo arriesgaría todo, ese hombre al que su corazón amaba... Y ahora ese mismo hombre le pedía que no hiciese caso a lo que sus sentimientos le dictaban.

-Vamos, vamos... -continuó él-, te prometo que no arriesgaré más de lo debido; ya sabes que tampoco destaco precisamente por mi valentía.

-Eso es precisamente lo que me preocupa...

-Entro, echo un vistazo. Que veo que puedo restablecer alguno de los sistemas, lo hago; que veo que no puedo, pues me vuelvo... Pero al menos lo habremos intentado.

-Prométeme que no harás tonterías.

-Te lo prometo. Sabes que me tengo mucho aprecio y que quiero seguir con nuestra vida -sonrió-. Además, jamás haría algo que pudiera dañaros ni a ti ni a los niños; sois demasiado importantes para mí.

-Anda tonto -dijo con ojos humedecidos-. Abrázame.

 

***

 

Calcular los vectores de acercamiento, igualar la velocidad, dirección y sentido con la plataforma, y encontrar el ángulo adecuado para la unión con la esclusa de la Invictus, eran tareas complicadas que su nueva Monker había automatizado hasta tal punto que cuando quisieron darse cuenta ya estaban ensamblados. Con anterioridad habían realizado una inspección visual para localizar los posibles puntos de anclaje, y cuando ya habían decidido por cuál acceder, no tuvieron más que introducir unos sencillos datos telemétricos para que el ordenador de la astronave hiciese el resto. Raymond tardó un poco en embutirse en su nuevo traje para tareas exteriores ya que, desde que le hicieran entrega de la Alexia, aún no había necesitado de él y se trataba de un traje tan ligero y complicado que durante su puesta dudó en más de una ocasión si lo estaba haciendo correctamente. De un numeroso grupo de herramientas heredadas directamente de la Cambriam seleccionó aquellas que pensó podría llegar a necesitar, las distribuyó por los distintos apartados y sujeciones que se encontraban repartidos por todo su traje. Dudó sobre el material a escoger pues desconocía lo que le iba a deparar el interior de aquella plataforma, pero lo que sí tomó sin dudar fue una palanqueta cuya forma final de uno de sus extremos recordaba claramente a la hoja de un hacha.

Con un tranquilizador beso se despidió de Betty y, aunque también le hubiese gustado despedirse de los niños, estos se encontraban ya acomodados en sus respectivas literas y probablemente estarían ya dormidos. Si bien en el espacio no existía un día solar como tal, se venía aceptando de manera universal el período de veinticuatro horas establecido en La Tierra, y eso les situaba en la una y media de la madrugada. Aunque lo sintiese por Eddie, era mejor para ellos que durmiesen ignorantes toda la noche y que se enterasen de todo al día siguiente, cuando ellos se lo contasen.

Selló la escotilla del módulo de descompresión y el sistema se inició automáticamente. A través de una pequeña ventanilla pudo observar cómo se humedecían los amedrentados ojos de su mujer, mostrando una preocupación que pese a su intento de disimulo no podía ocultar.

-¿Qué tal me oyes? -le preguntó él a través del comunicador del traje. Ella carecía de dispositivos autónomos de comunicación; ésta se establecería por uno incorporado en la escotilla y más tarde desde el comunicador de la cabina de mando.

-Te recibo perfectamente…

-Estupendo. Temía que hubiese algún fallo en la comunicación…, como aún no habíamos tenido un momento para probarlo -hizo una breve pausa-. Ahora procederé a la apertura de la compuerta exterior. Según el panel, el pasaje se encuentra anclado correctamente a la esclusa de la Invictus, sin fugas aparentes, así que cuando la alcance tendré que utilizar la apertura manual para poder acceder a su interior… Recuerda que es uno de los sistemas que no funcionan -ella afirmó en silencio con un gesto de la cabeza-. En cuanto salga, cierras la compuerta de la Alexia y te diriges a la cabina de mando, desde allí me podrás ir guiando por el plano de distribución de sensores que hemos copiado antes… ¿Lo has entendido todo?

-Sí, no te preocupes… ¡Oye, Ray! Vuelve de una pieza, ¿vale?

-Cuenta con ello… Bien, aquí la descompresión ya es total; vía libre para abrir la esclusa.

Respiró hondo antes de abrir la esclusa. También se sentía preocupado aunque su miedo no era tan real como el de su mujer. Su temor era suavizado por la insistente curiosidad que sentía y que en definitiva le había llevado a ese punto, una situación en la que aún cabía el arrepentimiento; una oportunidad de dar marcha atrás de la que no quería ahora ni pensar.

Lo primero que pudo observar fue el perfecto anclaje del túnel de transferencia, un sólido tubo de tres metros de longitud que ganaba en flexibilidad gracias a un tratamiento específico de polímeros microelásticos; otra de las avanzadas novedades de la Alexia. Al acercarse a la Invictus pudo ver cómo el poco aire residual que había quedado en el interior de su cámara de despresurización había contaminado el túnel y se había cristalizado instantáneamente al tocar la gélida superficie de la nave fantasma. Con su protegida mano, apartó la escarcha que cubría la portezuela de apertura manual, asió la manija y la giró con fuerza; ésta se abrió sin ningún problema. Una fina lámina metalizada protegía la llave que debía insertar en el orificio de apertura, así que no arriesgó y con el filo de su palanca sajó el fino metal hasta dejarla al descubierto. Su forma recordaba un asa, suficientemente grande para poder manejarla cómodamente con sus manos enguantadas. En ambos extremos lucía un conjunto de ruedas dentadas de diversos diámetros que al ser insertadas en los orificios expresos, reducirían con su acción la presión hidráulica que mantenía cerrada la esclusa y facilitaría así su apertura manual. Al dar con el asa tres giros completos la esclusa se abrió, pero sólo lo hizo unos pocos centímetros, así que Raymond se resignó a pasarse algunos minutos girándola hasta lograr una apertura cómoda a su tamaño.

-Bueno... ya está abierta...

-¿Qué es lo que ves, Ray? -dijo ella a través del intercomunicador.

-La verdad es que no mucho. El sistema de iluminación no parece estar operativo, al menos por esta zona; pero no te preocupes, he cogido una linterna adicional por si me fallan las luces del casco -observó todo el habitáculo mientras hacía una pequeña pausa-. Esta cámara no parece muy amplia, para cuatro o cinco personas a lo máximo... ¿Puedes ver en el esquema que hay detrás de la compuerta C 22? Debe de tratarse de un pasillo si no lo recuerdo mal.

-Lo es, de unos cinco metros de ancho. Aproximadamente a unos cincuenta metros parece que hay una escalerilla que accede a una cubierta superior..., cubierta B. La distribución de sensores se realiza por cuatro cubiertas enteras y una parcial, situada en la zona inferior; pero en la B parece existir una sala amplia de la que parten todos los sensores...

-¿Una Sala de Control?

-Eso parece.

-¿Queda muy lejos de los contenedores estacionarios? Si esa sala es el centro neurálgico de esta sección de la Invictus, no deberían estar muy distanciados.

-Y no lo están, de hecho la pequeña sala en donde se encuentran también posee un acceso por la Sala de Control.

-Entonces ya sabemos a dónde hay que ir... Voy a abrir la compuerta C22, espero que éste sistema sí esté activado porque no encuentro ninguna apertura manual.

-¡Espera!... Espera un momento. ¿Vas a abrirla por las buenas? ¿No se producirá una despresurización?

-Bueno, la lectura de los sensores indican que no existe presión... No debería ocurrir nada -accionó un pulsador naranja y la compuerta de deslizó dejando ante él la visión de un negro pasaje-. Ya está, abierto. Ha habido suerte con este sistema, pero parece que es uno de los pocos que funcionan, casi no se ve nada... Algunos puntos que brillan bajo mis luces, pero aún no se ve bien lo que son.

-Ten cuidado -dijo con preocupación.

Raymond ya había entrado en el pasaje cuando se dio cuenta de su error. Tras él, la misma compuerta que se había abierto a su petición, se acababa de cerrar de manera automática.

-¡Mierda!

-¿Qué ocurre? Dime algo...

-No te preocupes, no pasa nada grave. El sistema de la compuerta es automático y se ha cerrado al cruzarla... Hay un panel con un teclado táctil, estoy probando varias teclas -intentó varias combinaciones sin éxito-. Nada, parece que sin el código adecuado no hay manera de abrirla desde aquí.

-¡Espérame ahí entonces! Me pongo uno de los trajes y voy a buscarte…

-No Betty, no hagas eso, no con los niños en la Alexia. Si quedaras también tú atrapada… Pero no te preocupes, éste es un mal menor si piensas que de todas formas me iba a acercar a esa Sala de Control. Si de verdad lo es, seguramente desde allí pueda abrirla.

-No, no vayas… Ya has intentado ayudarles, has entrado y has sufrido este percance… Nadie te reprochará nada…

-Quizá porque ninguno de ellos se encuentra en una de esas cápsulas -Betty no contestó enseguida.

-Está bien, tú ganas -dijo ella seria. Ray sabía que su tono de voz significaba que, pese a la preocupación que ahora sentía, el hecho de que él siguiese con su pequeña excursión la había encolerizado.

-Bueno, no perdamos más tiempo…

Raymond sabía que si conectaba el dispositivo magnético de sus botas tardaría bastante en llegar a la Sala de Control, así que prefirió desplazarse impulsándose en la microgravedad a fin de adelantar tiempo. Tras el primer impulso, flotó en el oscuro pasaje únicamente iluminado por las luces del traje, pero cuando sólo llevaba unos pocos metros algo le inquietó.

-Háblame Ray… -dijo impaciente.

-Me dirijo flotando a la escalerilla, aunque… aún no la alcanzo a ver; pese a las luces no se aprecia bien el fondo… Hay cristalización en la atmósfera, flotando al igual que yo… Son pequeños, simples puntos que se iluminan a mi paso… Debe haber una pequeña fuga de líquido por alguna parte, su color ambarino me hace pensar en aceite pero… no sé, no te lo puedo asegurar…

-Ray… no… recibo bien… perdiendo…

-¿Betty? ¿Betty, me oyes?

-... No... oigo... vuelve...

-Debe ser la composición de esta estructura o… ¿Me oyes Betty?… ¿Betty? ¡Joder! -respiró hondo-. Bueno, tranquilízate, te acabas de quedar solo… -frenó su impulso con los pequeños retropropulsores del traje y volvió por el pasillo hasta recuperar la comunicación con su mujer- ¿Me oyes bien ahora?

-¿Dónde estabas? Me has dado un susto de muerte… ¿Qué demonios ha pasado?

-Algo de aquí dentro debe interferir con las comunicaciones, así que perderemos el contacto… no sé bien durante cuánto tiempo. Pero no te preocupes, tengo oxígeno de sobra para ir y volver. No estaría de más que me indicaras cómo llegar a esa Sala de Control por si esto dura.

-Está bien, pero no me gusta nada esta situación.

-No pasará nada. Estaré bien, te lo aseguro.

-Ojalá estés en lo cierto… A ver, cuando accedas a la cubierta B, coje el pasillo que surge a tu izquierda. Al final de éste hay otra nueva bifurcación, entonces tomas el de la derecha…, a unos veinte metros deberías encontrar el acceso a la sala. No parece complicado llegar…

-Y no lo será, no te preocupes. Espérame mientras ahí y no te vayas.

-¡Estás loco? Me devoraré las uñas hasta que me sangren pero nada me moverá de aquí mientras no vuelvas. Eso sí, de vez en cuando relátame lo que hagas por si en algún punto recuperamos la comunicación.

-De acuerdo, no te preocupes… Y recuerda que te quiero.

-Dímelo cuando estés aquí.

-Lo haré… -se desplazó de nuevo flotando por el largo y oscuro pasillo. Tuvo cuidado de esquivar una infinidad de cristales donde algunos, más grandes y afilados como cuchillas, parecían empeñados en cernerse sobre él-. Sigo avanzando y distingo varias puertas…, debe de tratarse de distintos compartimientos… Uno de ellos tiene una pequeña ventanilla, a ver si consigo distinguir algo tras ella… Parece un laboratorio pero no puedo asegurártelo. Voy a continuar…

Entre los finos cristales llegó a la escalerilla; una estrecha de mano, posiblemente una vía secundaria para acceder a la cubierta B, su destino. Se asió lentamente a la barandilla y le dio la sensación de que se tumbaba en el suelo, una consecuencia de su posición de flotación respecto a los puntos de referencia de aquel pasillo… y entonces fue cuando notó aquella inquietante sensación.

Se mantuvo quieto, ni pestañeó, pues había algo allí que le hacía sentir que no se encontraba solo. Su corazón empezó a latir con fuerza; el miedo, presente en todo momento, le azuzó para que continuase. Subió por la escalerilla tan rápido como pudo en un infantil intento de escapar de aquel corredor que de repente le aterraba, pero algo le golpeó con tal fuerza que salió disparado de nuevo hacia la compuerta por la que había entrado; de no ser porque activó las botas magnéticas, hubiera llegado a ésta. No sabía quién o qué le había empujado, pero lo habían hecho a conciencia. Dolorido, recuperó la posición como pudo y buscó con sus focos el origen de la agresión. No tardó en encontrarlo, pues éste tampoco hizo nada por ocultarse, y un sudor frío invadió todo su cuerpo. Al menos medía los dos metros y medio de altura y su constitución metálica le encuadraba en la categoría de los ciberoides. En su vida había visto muchos de aquellos ingenios, pero éste se desviaba de todos los cánones estandarizados conocidos, al menos por él. Su morfología carecía de extremidades inferiores y su cuerpo, ancho y acintado, recordaba ligeramente a las larvas de los insectos. Pese a su imponente imagen, presentaba un aspecto bastante deteriorado. En su ancho volumen superior se podían apreciar varias marcas de impactos láser; diversos golpes, repartidos por todo su cuerpo, habían descascarillado parte de su estética pintura. Sus extremidades superiores, que a diferencia de otros ciberoides partían del frontal del torso en vez de los laterales, habían sufrido tales golpes que uno de los brazos flotaba enganchado a él como si de un inservible trozo de chatarra se tratase. Con sólo una tenaza con la que poder asirse y su dispositivo autónomo gravitacional visiblemente dañado, flotaba por aquel pasillo rebotando tal y como él había hecho. El ciberoide consiguió recuperar al fin la posición, entonces Raymond se dio cuenta de que él se encontraba de pie en el techo de aquel pasillo y aquella máquina, de pie en el suelo, se encontraba bocabajo desde su techo; fugazmente aquella situación le recordó la de antiguos duelos, aquellos donde el más lento solía perder ante el más rápido. Pese a estar claramente averiado, aquel ser metálico seguía siendo muy superior a él en todo, si no le permitía pasar se encontraría con un verdadero problema pues, con su amenazante presencia, era evidente que ahora más que nunca no podía dar marcha atrás, no podía arriesgar la vida de Betty ni de sus hijos.

El ciberoide intentó desplegar sus lazos energéticos que a modo de red debían impedirle el paso, pero tras un par de atisbos azulones el intento cesó; más tarde Raymond debería dar gracias por aquella avería. Tras el fracaso energético empezó a avanzar. Le costaba mantener la verticalidad, pero ese era un problema menor en aquel ambiente carente de gravedad; su avance le apremiaba a pensar una solución, y ésta le llegó casi sin darse cuenta al notar cómo algo le golpeaba suavemente en su brazo. Soltó la palanca de su enganche y la blandió como si se tratara de un hacha; sabía que no era mucho contra aquel engendro, pero era su único recurso. El inestable avance del ciberoide en aquel oscurecido pasaje hizo que le flojeasen las piernas, no sabía bien cómo agarrar aquella palanca y para colmo, en vez de concentrarse en lo que le venía encima, sus pensamientos se centraban sin quererlo en Betty y los niños; nunca antes en su vida se había encontrado en igual situación y no tenía ni idea de cómo iba a salir de ella. De repente se imaginó insignificante con su palanquita ante la proximidad de aquel Goliat y se sintió derrotado siquiera antes de hacer nada, la tensión de su cuerpo dio paso a una relajación sin sentido; todo estaba perdido… Y entonces lo vio.

Prácticamente lo tenía encima, las luces de su traje lo iluminaban casi por completo. Pequeñas y afiladas cuchillas flotaban entre ambos y algunas gotas, antes de su casi inmediata cristalización, se escapaban de uno de los costados del ciberoide. Uno de los impactos de láser le había practicado en aquel punto un orifico bastante amplio y aparentemente le había dañado algún sistema de fluido; si se tratase del sistema hidráulico motriz… Casi a la desesperada, contemplando posiblemente la única opción que le quedaba, ni siquiera se lo pensó; se agachó, sujetó con fuerza la palanca e invirtió, mediante una orden que el propio traje procesó, el magnetismo de sus botas. La maniobra le salió bien, o al menos eso le parecía, pues al salir impulsado con gran potencia hacia el ciberoide éste tardó en reaccionar y esa circunstancia la aprovechó Raymond para asestarle un fuerte golpe con el extremo en hoja de hacha de la palanca. Acertó de pleno en el orificio y tuvo la precaución de arrastrar consigo la palanca para evitar que ésta hiciese de tapón en un posible conducto seccionado; cuando vio el borbotón de líquido supo que había tenido éxito.

Ambos voltearon varias veces en el ingrávido hueco del pasillo y pudo observar cómo el chorro de fluido que exhalaba ahora el cuerpo del ciberoide era cada vez más intenso. Comprobó que efectivamente podía tratarse de líquido hidráulico ya que sus movimientos se ralentizaron rápidamente y, aunque aún funcional, quedaba a merced de aquella microgravedad.

La tensa situación había quedado resuelta y él recibió este hecho con unas nerviosas lágrimas que no pudo reprimir. Se sentía contento, feliz de seguir vivo, había experimentado una situación que le había llevado al límite, a su límite como persona, y mientras todo su cuerpo intentaba volver a la normalidad, se sentía orgulloso de haber impedido que tanto Betty, como sus dos hijos, hubiesen podido sufrir algún tipo de daño. Se olvidó del ciberoide, ahora ya no le podría hacer mal alguno, así que se dirigió de nuevo a la escalerilla con la intención de cambiar de nivel lo antes posible; pero cuando alcanzó ésta un repentino haz perforó parte de ella. En la reinante oscuridad aquel verdoso fulgor iluminó momentáneamente el pasillo. El siguiente disparo no le alcanzó en la pierna por unos pocos centímetros; un tercer disparo erró su objetivo en un par de metros. Raymond se maldijo por lo estúpido que había sido al pensar que tenía el control de la situación. Había dado por sentado que aquel monstruo ya se encontraba acabado, que había sucumbido ante su mayor astucia, y no reparó en que la mayoría de los ciberoides poseían disparadores láser acoplados en su estructura; que no las hubiera visto no quería decir que no las tuviera. ¡Qué ingenuo!

Accedió lo más rápido que pudo a la cubierta B, esperando que aquel monstruo no le siguiese. El hecho de que tuviese un disparador complicaría bastante su regreso a la Alexia. Lo único en lo que ahora podía confiar era en que al tener estropeado su dispositivo antigravitacional y su sistema hidráulico motriz, se viese dificultada su puntería.

Tras la mala experiencia vivida en la anterior cubierta procuró no confiarse cuando de nuevo se vio rodeado de la más absoluta oscuridad. El pasillo en el que se encontraba no difería mucho del que había abandonado, igual de diáfano y con la misma solitaria sensación. Notó cómo su ritmo cardíaco no acababa de recuperar su estado de tranquilidad y su respiración entrecortada resonaba dentro de su traje martilleándole los oídos. Pero dada la situación, quién le iba a reprochar algo de excitación.

-Me…, me encuentro ya en la cubierta B. No creo que me recibas pero… intentaré relatarte de todas formas lo que vaya ocurriendo. Parece que todo permanece aquí desierto, abandonado, pero eso no me da ninguna tranquilidad… Hay algunos cristales flotando, pero muchos menos que antes y conforme me vaya alejando de la escalerilla creo que iré dejándolos de ver; debe ser una transferencia entre niveles… Avanzo por el pasillo que se abría a la izquierda de la escalerilla, tal y como me indicaste… Betty, ahora creo que debí haberte hecho caso, que teníamos que haber ignorado este atisbo de pecio… Como siempre tenías razón… Bien, parece que este tramo no me va a causar problemas…, ya estoy casi en la bifurcación… No me gustaría tener otra sorpresa aguardándome… Vamos allá… Parece despejado… Veo una compuerta a mitad del… ¡Uff! Parece que… me cuesta respirar más… más de lo normal… Como te decía… veo una compuerta a mitad del pasillo…, debe ser… el acceso a la… Sala de Control… ¿Pero qué demonios me está pasando?…

Raymond comprendía que no era normal lo que le estaba ocurriendo. No entendía por qué le costaba tanto respirar si ya habían pasado varios minutos desde su enfrentamiento con el ciberoide. Sabía que pese a su retraso tenía oxígeno de sobra, al menos para el triple del tiempo que había estimado al principio, aun así revisó las lecturas de su traje, las observó con detenimiento y no pudo dar crédito a lo que de ellas se deducía. Según dichas lecturas se encontraba con el depósito principal de oxígeno al dos por ciento, y aunque se había iniciado el trasvase automático desde el depósito auxiliar, éste no se había podido completar; posiblemente ambos fueron dañados durante la pelea. Le entró pánico, con aquel mísero porcentaje no tendría tiempo para restablecer la atmósfera en aquella nave, y esa era ahora su única opción si quería salvar su vida.

Se desplazó por el pasaje lo más rápido que pudo hasta que alcanzó la compuerta, pero cuando intentó abrirla ésta permaneció inmóvil; como buena Sala de Control necesitaba de un código para su apertura, sin ese código abrirla se hacía imposible. Se dio cuenta de que ya no llevaba su palanca, de que debió de habérsele escapado tras el choque, y se maldijo por no haberla echado antes de menos, por no haberse asegurado la única herramienta que ahora le permitiría abrir aquella infranqueable barrera. Y fue entonces cuando comprendió que iba a morir.

La impotencia que sufría le hizo golpear repetidamente la compuerta hasta que, exhausto, quedó arrodillado sobre el techo de ésta. Su indicador ya marcaba el nivel más crítico, apenas le quedaba un par de bocanadas de aire y aquel conocimiento de lo que le iba a ocurrir le hizo acordarse de su amada Betty; ahora sí que se llevaría un buen disgusto… Jenny, Eddie… Desde su corazón les pedía perdón por abandonarles, ellos le necesitaban en su vida y él les había fallado. Entonces sobrevino la asfixia. Empezó a moverse instintivamente, de manera casi convulsiva, intentando quitarse ese casco que intensificaba su sensación de ahogo y a la vez luchando por no hacerlo. Un dolor en el pecho se hizo agudo, las venas le latían vertiginosamente en las sienes horrorizándose al no poder aguantar más, hasta que la oscuridad total y una placentera quietud le anunciaron su inminente final.

 

***

 

Siempre había pensado que lo primero que experimentaría al morir sería la levedad de su espíritu, ascendiendo livianamente por encima de su propio cuerpo, viéndose empequeñecer hasta perder de vista su antigua corporeidad. Puede que siempre hubiera estado equivocado al respecto, que tal suposición fuese errónea, pero de ahí a notar una pesadez aplastante, había una vida de diferencia.

Respiró de manera intensa un aire que encontraba terriblemente viciado pero que tras su última experiencia era bien recibido. Notó como sus pulmones se expandían y comprimían nuevamente de forma rítmica oxigenando de nuevo su sangre y su cerebro, algo que le provocó una incómoda sensación de mareo. No alcanzaba a comprender muy bien lo que había pasado, quizá como consecuencia del aturdimiento que tenía, pero sí recordaba los últimos momentos que había vivido; recordó la angustia por la falta de aire, el dolor en su pecho, el latir de sus sienes… Abrió lentamente los ojos, parpadeó algunas veces hasta que las borrosas imágenes ganaron nitidez en su cerebro; agradeció el hecho de que la luz reinante fuese bastante tenue y de que el ruido que llegaba a percibir no fuese intenso. Intentó reincorporarse pero se sintió inesperadamente pesado, contrario a su recuerdo último de ingravidez, y eso sólo podía indicar que el sistema de aire y el de gravedad autónoma funcionaban… ¿La Alexia? No, no lo parecía. Aquella sala en la que se encontraba era mucho más grande y compleja en comparación con los departamentos de su nueva Monker. Consiguió sentarse en un suelo frío, cuyo liso tacto no reconocía. Como no llevaba el casco puesto y no recordaba habérselo quitado, significaba que alguien se lo tenía que haber quitado, ¿pero quién? Miró a su alrededor en un intento de estudiar el lugar en que se encontraba y así conseguir comprender… Múltiples consolas, pantallas, mandos de dirección, todos ellos delante de unos asientos aparentemente autoajustables, racks de conexiones y sofisticados paneles distribuidores… No cabía la menor duda, se encontraba en la Sala de Control de la Invictus…

-Veo que ya has despertado…

Raymond se sobresaltó al oír aquella voz tras él y rápidamente se giró para encontrarse con un hombre sentado delante de una de las consolas. Su aspecto era normal, de hecho había algo en él que le resultaba familiar aunque en ese momento no pudiese precisar el qué. Le sonreía mostrando una blanca dentición resaltada ligeramente por un lejano reflejo de luz ultravioleta. Llevaba un mono de color blanco bajado hasta la cintura, anudado a ésta por las mangas, y una camiseta azul oscura mostraba un emblema de la plataforma Invictus.

-Creía que te iba a perder -continuó el desconocido-, pero me alegro de la equivocación. ¿Cómo te encuentras?

-¿Perdóneme…? -dijo Ray algo confundido- ¿Ha sido usted quien me ha ayudado?

-¡Uy, uy, uy! Qué mal te veo. ¿No me reconoces? Vamos hombre, soy Dale.

-¿Dale…? Pues… no, me es algo… familiar, sí, pero no consigo recordar…

-Puede que necesites algo más de tiempo. Venga… -le ayudó a levantarse del todo- tenemos mucho que hacer y, ahora que estamos los dos, estoy seguro de que lo podremos conseguir.

-Espere, espere… Le agradezco la ayuda, de verdad. Pero quiere decirme qué está pasando. Se supone que le conozco, pero eso me resulta bastante difícil de creer… Es la primera vez que estoy en esta plataforma.

-Tío, lo tuyo es muy fuerte. Han profundizado de lleno en tu subconsciente ¿Eh? ¡Vamos hombre! ¡Recuerda! ¡Sólo estás viviendo una alucinación! Todo esto está pasando en tu cabeza; estoy aquí porque al igual que tú he accedido al sistema y estamos interconectados… ¿Acaso no lo recuerdas?

Raymond se quedó perplejo. No conseguía comprender lo que aquel hombre estaba tratando de decirle. ¿Que todo estaba en su mente? La asfixia que había sentido antes de desmayarse había sido muy real, su enfrentamiento con el ciberoide también; todo lo ocurrido allí le confirmaba que ninguna pesadilla era tan auténtica. Era cierto que encontraba algo familiar a aquel hombre, a Dale, pero podía ser porque sus rasgos faciales parecían tan comunes que se viese sugestionado por la situación. ¿Conocerle? Jamás en su vida le había visto.

-Mire, Dale… Yo sé que esto es real, diga usted lo que diga. He entrado en esta sección de la Invictus porque sus sensores mostraban a cuatro personas en peligro. He tratado de ayudar y casi me matan por hacerlo… Si está usted bien y los distintos sistemas se van restableciendo, me alegro por ustedes, de verdad. Yo me vuelvo a mi nave y…

-Sigues sin comprender -le interrumpió-, ¿verdad?

-¡Qué demonios no comprendo? -dijo agitadamente.

-Que tu nave no existe.

-¿Qué? Pero… ¿Pero qué tontería está diciendo? Mire, permítame el acceso a la compuerta C22, la que da a la esclusa exterior de la cubierta C, sólo necesito eso… y después olvídese de que he estado aquí.

-Ray espera…

-¿Cómo diablos sabe mi nombre? No creo recordar habérselo dicho.

-No necesito que me lo digas, lo sé desde hace mucho tiempo. Dices que es la primera vez que estás en esta plataforma, pues que sepas que trabajas en un proyecto aquí, en la Invictus… Llevamos siete años siendo amigos -Dale comprendió que por ese camino no iba a convencer a Ray, así que decidió cambiar de estrategia-. Ven, acompáñame un momento.

Dudó en seguirle, pero lo cierto es que por muy chiflado que le pareciese, ahora estaba vivo gracias a aquel hombre, al menos eso suponía. Además, empezaba a sentir cierta curiosidad por lo que estaba ocurriendo y por lo que le quería hacer creer, así que cedió un poco; total, lo único que perdería sería un poco más de tiempo. Fue llevado hasta una compuerta donde Dale tecleó un código en uno de aquellos omnipresentes paneles y esta se abrió para dar paso a una sala bien diferente de la que se encontraban. La temperatura allí era mucho más baja, como si aquella cámara hubiese estado expuesta al mismo gélido vacío que había reinado en toda la plataforma y ahora estuviese volviendo a coger temperatura. Era más estrecha, llena de conductos, tubos, cables; ciertamente menos aséptica y más descuidada en su aspecto que el resto de lo que había podido ver. Allí se encontraba una hilera de varios contenedores inclinados sobre la pared. Observó también la consola que precedía a aquella formación, muy diferente también al resto; muy parecida, aunque le resultaba bastante chocante, al salpicadero de mando de la Alexia… ¡Dios, cómo se parecían! Si no fuera por el color…

-¿Lo comprendes ahora? -la pregunta le sacó de sus pensamientos, entonces vio que le señalaba los cuatro contenedores que permanecían ocupados.

-Estos son los contenedores que detectamos pero… no detectamos a nadie más… ¿De dónde has salido, Dale?

-De uno de ellos, al igual que tú. Creo que lo entenderás mejor si miras éste de aquí -se acercaron a uno de ellos-. Raymond Fitzgerald, te presento a Raymond Fitzgerald, el verdadero.

Puede que fuese por aquella temperatura o por lo que acababa de ver, pero un intenso escalofrío recorrió todo su cuerpo. A través del ambarino cristal del contenedor y levemente distorsionado por una fina escarcha en proceso de desaparición, pudo observar que la persona que descansaba dentro era idéntica a él; algo más demacrado, con arrugas más visibles, pero claramente como él. Apartó la escarcha con su mano enguantada y pudo verse mejor, inconsciente, petrificado… inerte.

-La primera vez siempre reaccionamos igual -dijo Dale, pero Raymond no le prestó atención. Ahora toda su concentración recaía en una confusa contemplación de sí mismo-. Es difícil admitir que la vida que ahora estás experimentando es una mera ilusión. Pero cuando ya llevas varios intentos, eso deja de preocuparte… Puedes tirarte todo el tiempo que te queda ahí de pie, mirando el contenedor, pero estás aquí por un motivo, y te aseguro que no es ese.

Ray se giró bruscamente, y agarrándole de la camiseta, lo empujó con fuerza contra unas tuberías.

-¡Dime ahora que esto no te ha dolido, maldito bastardo! ¡Dime que sólo eres una ilusión en mi cabeza! ¡Dímelo!

-¡Quieres soltarme! -y le empujó logrando así que efectivamente le soltara- ¡Lo que te he dicho es verdad! Eres tú quien no quiere aceptarlo… Si te calmas y me escuchas te contaré lo que está pasando, pero como sigas por ese camino te devuelvo de donde vienes de un disparo -la amenaza no era gratuita ya que hábilmente había sacado un disparador láser de uno de los bolsillos de su mono-. No me gustaría hacerlo, te lo aseguro, pero sólo eres útil si cooperas conmigo… Sin tu ayuda no creo que pueda conseguirlo, pero Dios sabe que prefiero intentarlo solo antes de que me estés estorbando todo el rato con tus quejas y paranoias.

-Llevas…, llevas un disparador…

-Sí, en efecto, y te aseguro que el ciberoide de la compuerta C22 sabe lo bien que funciona.

-Ese es el que me ha atacado.

-Bueno, le di lo suficiente como para que me dejara de hostigar y la verdad, deberías dar gracias por ello. Si ese engendro hubiera estado en perfectas condiciones ahora no estarías aquí… Y ahora dime, ¿vas a escuchar lo que tengo que decirte o voy a tener que enfrentarme a todo esto yo solo? No tenemos precisamente mucho tiempo.

-Está bien -contestó con obvio reparo-, puedes empezar a hablar aunque no creo que me convenzas.

-Al menos es un inicio. Volvamos ahí adentro, te lo iré contando mientras lo voy preparando todo; el tiempo se nos acaba -pasaron de nuevo a la Sala de Control, allí la temperatura estaba estabilizada a unos agradables veinte grados, nada que ver con la sala en donde descansaban aquellos contenedores-. Mira, mientras te lo cuento debo hacer unas modificaciones en esta consola de aquí; es sólo para asegurarnos un rato más de existencia, nada importante -dijo con una sarcástica sonrisa-. Desde aquí se pueden falsear las lecturas de los sensores internos, al menos los de esta parte, y eso es algo que nos viene de perlas para alterar la percepción sensorial de esos ciberoides.

-¿Qué problema tienen con nosotros?, ¿por qué quieren matarnos?

-Según ellos somos una amenaza. Te recuerdo que los ciberoides que se utilizan aquí, en la Invictus, vienen únicamente con una programación base de fábrica y dependiendo de las funciones a desarrollar es completada por nuestro personal cualificado. Algunos son asignados a la seguridad, pero no por el concepto habitual de posibles delitos, sino porque aquí se hacen toda clase de experimentos, muchos de ellos peligrosos que por sus características especiales sólo se pueden efectuar en un lugar como éste.

-¿Y qué pasó para que se pusieran en nuestra contra?

-¿Que qué pasó? Pues que metimos la pata hasta el fondo, como es natural. Los científicos somos así, no lo podemos remediar, nos gusta manipular todo a nuestro antojo, y eso te incluye a ti también, no te creas. Pero tranquilo, esta vez quienes la cagaron fueron los biotecnológicos y su manía de dotar a los ciberoides de serie con tecnología biológica. Se sabe que sólo los bioroides poseen esa capacidad, así son diseñados. Un ciberoide carece del margen de tolerancia necesario para aceptar esa circuitería orgánica, eso lo sabe todo el mundo. Pero aquí, que somos todos muy listos, creíamos que todo era cuestión de software, que con el programa adecuado aceptaba esos implantes sin rechazo alguno -cerró los ojos para concederse unos segundos antes de continuar-. Todo fue bien al principio, un notable éxito; el loable esfuerzo del departamento de biotecnología había dado sus frutos… hasta que un fallo de contención generó una plaga bacteriana que contaminó los biocomponentes implantados en tres ciberoides de seguridad. Como supondrás se trataba de una variedad de bacterias modificadas genéticamente, lo que lo convirtió en un foco terriblemente agresivo; en poco tiempo creó una verdadera pandemia entre la población ciberoide de la plataforma.

-Pero sólo afectaba a los que tenían implantes orgánicos, ¿no?

-Al principio así fue, pero enseguida la cosa se extendió. La degradación de su circuitería provocó un conflicto de comandos en sus subrutinas. Algunos sólo se mostraban descoordinados, otros en cambio padecían verdaderos comportamientos sicóticos, su realidad se distorsionó de tal manera que pasaron a servir a una alternativa virtual surgida de sus biochips; una alternativa que gracias a la intranet de comunicaciones se extendió de forma rápida e implacable a todos los ciberoides de la Invictus…

-¿Qué ocurría en esa alternativa virtual? ¿Alguien llegó a descubrirlo?

-¿Qué ocurría en ella? ¿No lo ves? Esto es lo que ocurre. Ahora estamos en ella, tú y yo… Pero al principio fue más confuso, ignorábamos siquiera su existencia y para cuando descubrimos el problema ya era demasiado tarde. Algunos compañeros intentaron acceder a ella mediante diversos métodos, pero la mayoría de ellos eran eliminados antes de poder acabar…

-Eliminados… ¿Quiere decir que alguien los mató?

-Alguien no, algo. Se acabó descubriendo que en la realidad alternativa de los ciberoides éramos nosotros los portadores de la plaga bacteriana, así que su profanada programación les aconsejaba eliminar a todo el personal de la Invictus para acabar con la crisis. Puedes imaginarte el resto… Los más afortunados fuimos a parar a los contenedores estacionarios.

-¿Por qué en los contenedores? Se supone que erais un peligro para ellos.

-Sí, lo éramos, pero pensamos que atendían a ciertas subrutinas de la programación original, que no toda se encontraba alterada; por decirlo de alguna manera, creemos que respondían a un instinto primario de investigación. Suponemos que aislaron a todos los que pudieron con la intención de examinarnos o hacernos llegar a algún lugar donde pudiéramos ser estudiados y reparados para así ayudarse a sí mismos -hizo una pequeña pausa-. Según los registros, después de encerrarnos desconectaron los distintos sistemas y abrieron algunas de las esclusas exteriores… Nadie que no estuviese en un contenedor debió sobrevivir a aquello, incluso un traje de exteriores te limitaba el tiempo y posiblemente te hacía presa fácil de ellos.

-Suena verdaderamente terrible, y lo peor es que lo que me ha contado parece posible, es verosímil; todo podría encajar… menos yo. La verdad, lo que me lleva a no creerle del todo es que no entiendo qué pinto en su historia. Por mucho que se empeñe yo jamás he estado antes aquí, y mucho menos he trabajado aquí. Sólo he atendido a una posible situación de peligro tal y como exige la reglamentación de las rutas habituales. Mi mujer y mis hijos me están esperando en una maravillosa Monker que acabo de comprar y…

-¡Escúchame Ray! -le interrumpió-. La Invictus se desplaza a la deriva por una ruta en la que es cuestión de tiempo que dé con un núcleo habitado, y éste sucumbirá ante la plaga de la misma forma que lo ha hecho esta plataforma… Si entonces no es dominada, la posibilidad de que se extienda por todas las colonias del sistema aumentará de manera exponencial… Las consecuencias serán catastróficas. Es nuestro deber frenarlo aquí y ahora, antes de que este infierno vaya a más -tragó saliva, ahora venía lo más duro de la explicación para Raymond, y Dale lo sabía-. Has dicho mujer e hijos… Ray, tú jamás has estado casado, y por descontado no has tenido hijos. Recuerda que lo que ahora estás viviendo es una alternativa virtual, manipulada por el sistema, para poder combatir la realidad alternativa creada en la intranet de los ciberoides…, nada más…

-Mira, antes te concedía el beneficio de la duda, pero ahora sé que estás loco. No sé lo que está ocurriendo aquí pero, de lo que estoy seguro, es de que mi mujer y mis dos hijos me están esperando. Eso lo sé porque llevo casi quince años casado con ella… y eso no es ninguna fantasía virtual, te lo aseguro…

-No, piénsalo… La realidad alternativa virtual creada por los ciberoides se manifiesta básicamente como una representación física de lo que les rodea, así reconocen todo su entorno y pueden interactuar con los elementos móviles o ajenos a él… Esto lo tienes claro, ¿no? Sabes tan bien como yo que los protocolos de conservación de los contenedores estacionarios pasan por un control absoluto de los pensamientos para evitar patologías psicológicas en el tiempo que se pasa dentro de ellos. Esto es así porque permanecemos conscientes y gracias a estos protocolos no reparamos en el tiempo que pasa, sean unas horas, unos días, meses o incluso años…

-Te repito que estás como una cabra -dijo Raymond totalmente horrorizado por lo que estaba oyendo.

-Gracias a ese enlace cerebral hemos conseguido acceder a la realidad que ellos están viviendo, para desde aquí controlar la nuestra, la verdadera. Pero no podemos aparecer aquí sin más, como si fuéramos la materialización de unos entes de energía destinados a destrozar su realidad para salvar la nuestra; no es posible, sencillamente. Por eso el mismo enlace que nos permite tal invasión de su intimidad es el mismo que nos dicta nuestra realidad en su mundo virtual… Hace una selección con los datos recopilados en el cerebro y desarrolla un guión coherente para tu incursión en el universo alternativo de los ciberoides.

-¡No! ¡Eso no puede ser cierto! Todo esto es muy real y no puedo creer que toda mi vida, mi estupenda vida, sea simplemente una ilusión…, no puedo creerte -se dirigió velozmente hacia la compuerta de salida de la Sala de Control-. Me vuelvo a la Alexia, y allí seguiré con mi real y maravillosa vida…

-¡Espera! No debes salir por esa puerta.

-¿C&oacut