| Lunes 18, julio,
2005
Erie Street 446, apartamento 513, quinto
piso. Cuando gozo de algún tiempo libre me gusta
ir caminando a la playa de la calle Ohio, sólo
para contemplar el mar. Nunca entro al agua, sigo preguntándome
cómo es que no sé nadar. Nadie se tomó
la molestia en enseñarme y nunca creí
que fuera útil, ¿para qué ir por
debajo del agua si podías correr sobre ella?
Me siento extraño sin mi uniforme,
me siento vacío cuando no estoy trabajando. En
la esquina de mi edificio está aquel loco de
la pancarta que vive pregonando el advenimiento del
Götterdämmerung. Alguna vez fue ministro de
la Iglesia de Wotan, pero perdió un tornillo
tras una supuesta “experiencia de contemplación
infusa”. Sufre de sobrepeso y diabetes, ahora
vive con su anciana madre a unas cuantas cuadras de
aquí. Antes sermoneaba afuera de su casa pero
los vecinos lo corrieron. Se vino a mi vecindario donde
a nadie le importa nada. “…y cuando
los dioses pierdan la fe en ellos mismos será
cuando el lobo Fenrir logre romper sus cadenas…”
escuché cuando pasaba a su lado. Es increíble
cómo ha ganado adeptos la Iglesia de Wotan desde
la muerte de Baldur, a pesar incluso que nunca le reconocieran
como su Mesías. Era un meta peligroso ese Baldur,
si supiera la opinión pública que fue
el Escuadrón de la Justicia quienes decidieron
borrarle del mapa… pero ahora que Baldur no está
necesitamos más aún a nuestros “héroes”,
sobre todo si se avecina el Götterdämmerung
como anuncia mi amigo del cartel.
El sólo pensar en aquella palabra
alemana me provoca escalofríos. El Dr. Sussex
de Ciudad Cero era fanático de Wagner y solía
escuchar sus óperas, sobre todo el Anillo
de los Nibelungos y El Crepúsculo de
los Dioses, el Götterdämmerung.
Era un tipo siniestro el Dr. Sussex, parecía
un fantasma, una aparición de ultratumba. El
germanófilo Sussex era británico y como
Caravaggio o Da Vinci había adoptado el nombre
de su condado natal. Sus ojos eran completamente negros,
sin pupilas visibles, y su piel era blanca como la nieve.
Uno no podía escapar a la mirada hipnótica
de Sussex ni evitar hacer lo que solicitara. Cuando
empleaba sus habilidades metas sus ojos adoptaban un
intenso y brillante color carmesí, al igual que
el rombo grabado en medio de su frente. Se rumoreaba
que Sussex durante la Segunda Guerra Mundial había
servido a Hitler y que con su talento coercitivo había
hecho desfilar confiada y tranquilamente a los hornos
crematorios a miles de inocentes. Según he sabido
por Englehart, el Dr. Sussex ahora trabaja para el Pentágono.
¡Cómo quisiera poner mis manos encima de
ese monstruo despiadado!, pero de nada me serviría.
Es un intocable, un inmortal.
Estuve sentado en la arena hasta que
se ocultó el sol. No soy del tipo de persona
que disfrute de los atardeceres ni nada por el estilo.
Lo que hago lo hago de ocioso nada más…
Supongo que debería haber comenzado
esta bitácora presentándome a mí
mismo en vez de hablar del loco del letrero en la esquina
de mi casa y el siniestro Dr. Sussex. Pero como no persigo
ningún fin literario ni estético me he
dejado llevar por el flujo de mis pensamientos. Es la
única forma en que puedo motivarme a escribir.
Mi nombre es Randall William Russell
y soy un meta. ¿Cómo lo descubrí?,
pues cuando tenía catorce años me gustaba
una chica llamada Maggie con la que solía caminar
a casa después de la escuela. En cierta ocasión
unos bravucones nos molestaron, yo los desafié
y arremetieron en mi contra mientras Maggie gritaba:
“¡corre Randall, corre!”.
Eso hice, corrí lo más fuerte que pude
y pronto me encontré en medio de un maizal con
mis zapatos completamente destrozados por la fricción.
Había recorrido en diez segundos una milla de
distancia.
Bueno, la historia anterior no es del
todo cierta, es un plagio a una película, pero
así es como me hubiese gustado que mis habilidades
se manifestaran y no en un campo de experimentación
del gobierno.
Supervelocidad, ese es mi principal
poder meta. No soy de los más rápidos
pero tampoco de los más lentos. Mi cuerpo está
adaptado completamente para resistir los rigores de
la supervelocidad. Mi sistema cardiovascular y respiratorio
es mucho más eficiente que el de los nulos y
metabolizo el 96% de la energía calórica
de los alimentos, a diferencia del 25% del humano normal,
por lo que no necesito comer grandes cantidades para
mantenerme en forma. Mis articulaciones son más
suaves y están mejor lubricadas y mis tendones
son similares en fuerza a las cuerdas de acero. Mis
huesos contienen materiales superiores al calcio y pueden
resistir fácilmente los golpes dinámicos
de mis pies sobre la tierra a velocidades mayores a
las 100 millas por hora.
Mientras empleo la supervelocidad
mi tiempo de reacción es cinco veces más
rápido que el de un nulo, y la velocidad a la
cual mi cerebro procesa la información es proporcional
a la velocidad de mi cuerpo, lo que me ayuda a percibir
mi entorno al desplazarme a grande velocidades. Los
procesos químicos de mi musculatura son tan eficientes
que mi cuerpo nunca se fatiga, así como tampoco
envejece. Las secreciones de mis glándulas lagrimales
son más espesas y pegajosas que las de un nulo,
previniendo así la evaporación como resultado
de la fricción y el eventual daño a mis
globos oculares. Dada una distancia de unos 500 pies
para ganar momentum puedo avanzar por la pared de un
edificio hasta 300 pies de altura antes que la gravedad
me venza. Puedo correr hasta 1000 pies sobre el agua
antes de hundirme y hasta 180 metros por hora durante
cinco horas antes de consumir mis recursos energéticos.
Podría llenar cien páginas
tan sólo explicando cómo funcionan mis
poderes y las conclusiones obtenidas por lo científicos
del estudio de estos, pero sería muy aburrido.
La supervelocidad es para experimentarla, no para reducirla
a fórmulas matemáticas y términos
bioquímicos. Es como querer explicar a Dios por
medio de la ciencia, es una cuestión de fe.
Yo soy católico, algo que hoy
en día es casi un anacronismo ante la proliferación
de tantos cultos y sectas. Desde la Iglesia de Wotan
a la secta herética de Loki, desde los Templos
de Yog-Sothot y Sid Barret al resurgimiento de los adamitas.
Y ni hablar sobre los escándalos de pedofilia
contra sacerdotes católicos que sacudieron a
América. Pero nada de eso debilita mi fe en Jesús.
Hoy es mi día libre, me levanté
temprano como de costumbre, no puedo dormir más
de cuatro horas seguidas. Anoche estuve con Eleanor,
charlamos durante una hora y pese a que no lo hicimos
le pagué la tarifa correspondiente. No dejo de
pensar que dadas otras circunstancias ella podría
haber sido la mujer de mi vida, pero si tomamos el “dadas
otras circunstancias” como parámetro todo
sería posible, yo podría ser una ameba,
un criminal o lo que es peor: un nulo. O también
podría ser nada, eso no sería tan malo…
Ya bebí mi jarra de café,
peruvian blonde (primeros granos de la temporada) y
leí el periódico con la escasa atención
de costumbre. Por cierto, beber un buen café
es el único lujo que me permito en estos días.
Los titulares anunciaban el regreso
de Buck Salväsche, otra vez. ¿Cuántas
veces puede darse a un hombre muerto sólo para
ver cómo regresa a la vida? Si se tratase de
un sujeto normal: una; si estuviésemos hablando
de un meta-humano, dos o tres. Pero Salväsche no
es un sujeto normal, tampoco un meta…
La extensa nota del periódico
entregaba datos hasta ahora desconocidos por la opinión
pública sobre el científico-convertido-en-monstruo
como la participación clave que tuvo en el desarrollo
del Proyecto Übermensch durante la Segunda Guerra
Mundial, que dio origen al célebre Overman. Salväsche,
sin embargo, fue excluido del proyecto que él
mismo ayudara a crear tras comprobarse ciertos experimentos
reñidos con la ética realizados en prisioneros
de guerra y soldados aliados. En eso al parecer no era
muy distinto al Dr. Sussex que en aquella época
jugaba en el bando contrario y del cual ahora era colega.
A diferencia del pasado, Salväsche estaba por fin
“en total control” de su monstruoso cuerpo
y pese a las protestas de Overman contaba con todo el
apoyo del Gobierno para continuar sus investigaciones,
ellos eran después de todo quienes le habían
regresado a la vida esta ocasión. Esos burócratas
nunca aprenden.
Otra noticia igual de espectacular
daba cuenta del descubrimiento por parte del Escuadrón
de la Justicia de un hangar subterráneo en Nueva
Zelandia atestado de fragmentos de robots gigantes.
Según la prensa este sitio era desde donde habían
sido lanzados los ataques entre 1963 y 1987 pero yo
no lo creo. Más bien parece una puesta en escena
del Pentágono en coordinación con Overman
y sus chicos. Son todos empleados del gobierno después
de todo, y eso no me excluye ciertamente.
Una noticia con mucho menos cobertura
que el regreso de Salväsche daba cuenta del asesinato
del embajador de Bolivia. El encabezado de la primera
columna explicaba el hallazgo de los restos del diplomático
dentro de una vieja nevera abandonada de un apartamento
vacío de Secaucus, Nueva Jersey. La vivienda
pertenecía a un sujeto vinculado a la Hermandad
del Plenilunio, lo que explicaría la ausencia
de las extremidades inferiores del embajador ya qué,
como todos bien saben, la parte del cuerpo que más
gustan devorar los lycanes son los muslos… ¡Bullshit!
Los licántropos no comen carne humana, eso
no es más que otra mentira de los medios para
asustar a los incautos. Es curioso cmo el canibalismo
suele atribuirse a cada grupo, tribu o minoría
que inspira temor o sospecha a las masas: los salvajes
de África o Inframérica, las brujas, los
metas, los lycanes…
Antes de ser transferido a Chicago
vivía en Nueva York, con mi esposa y mis tres
hijas nulas: Angie que acaba de cumplir diecisiete el
viernes pasado, Kate de diecinueve y Betsy de veintitrés.
¡Veintitrés años!, cómo pasa
el tiempo… al menos para los demás. Dentro
de dos años Betsy tendrá la misma edad
en la que yo me quedé estancado, luego será
mayor, al igual que todas mis hijas y ni hablar de Janet
que ya no soportaba que le preguntasen si acaso era
mi mamá. “Meta-humano” y “familia
feliz” son dos conceptos que no puedan conciliarse,
ya me lo habían dicho en el orfanato y me lo
repitieron en las instalaciones del gobierno donde supuestamente
se “potenciaba” a los metas con proyección.
Sí, me lo repitieron hasta el cansancio, los
gendarmes, los científicos, los militares, otros
metas… pero, ¿puede alguien señalarme
con el dedo por querer formar una familia como la que
nunca tuve?
Los realmente poderosos, los nulos
que nos detestan y jalan nuestros hilos, decidieron
que Nueva York estaba lo suficientemente protegida por
lo que algunos metas seríamos reubicados en otras
ciudades y esa fue la oportunidad que Janet estaba esperando
para solicitarme el divorcio. Para mí no fue
ninguna sorpresa, lo veía venir y por lo visto
nuestras hijas también.
Siempre espero que las cosas sucedan
antes de lo que deberían, sufro de una ansiedad
terrible y me frustro fácilmente, pero como buen
chico me tomo los calmantes que prescribió el
doctor, no disminuye mi supervelocidad pero sí
mi libido, aunque a estas alturas poco me importa, ¿me
estaré convirtiendo en un asceta?
Cuando pienso lo que le ocurrió
a Xinetix, al bueno de Xinetix de Los Justicieros de
Phoenix… no puedo decir que fuera uno de mis mejores
amigos, más bien éramos algo así
como fuerzas opuestas, rivales, antagonistas sin ser
enemigos. Si hubiésemos estado en la Guerra de
Troya y él hubiese sido Héctor yo habría
sido Aquiles. Recuerdo que cierta vez compartí
con él esta idea, Xinetix me dijo: “cuidado,
tal vez si yo soy Héctor, tú seas realmente
Paris.” Nunca olvidaré esas palabras,
mientras yo nos creía antagonistas, Xinetix me
consideraba un hermano. Sólo tras nuestro distanciamiento
me di cuenta de lo mucho que lo apreciaba, como a todos
los de la Unidad Omega. Es curioso, primero se suicida
Vigil, luego O’Ryan no regresa del espacio y ahora
Xinetix está tras las rejas por asesinar a una
prostituta adolescente. Qué coincidencia, ¿coincidencia?
¡Ja!, las coincidencias no existen. Alguien nos
está eliminando uno por uno, como en aquel tebeo
que leí de niño. Pero a mí no me
atraparán, no señor. Puede que no sea
tan rápido como el nuevo chico de Missourie o
el de Keystone City en Kansas, pero sigo siendo más
veloz que un tren-bala al menos.
En fin, nunca pasó por mi mente
tener un “diario de vida”, un registro de
mis circunstancias. Siempre me pareció cosa de
niñas eso de estar escribiendo lo que te pasaba,
y por lo tanto, una señal de debilidad, pero
los hechos acaecidos ultimadamente me han obligado a
redactar esta bitácora. Todo comenzó hace
poco más de una semana, el lunes 11 de junio.
El día comenzó normal
y monótonamente, los días lunes suelen
ser tranquilos. Reunidos en el briefing room esperábamos
al sargento Conrad para que nos asignase nuestras labores
del día. Todos charlábamos, Necrosis me
comentaba que estaba pensando en adquirir un nuevo ataúd
ya que las termitas estaban comiéndose el heredado
por su abuelo y blablabla. Finalmente arriba el sargento
Conrad con una chica de aspecto asustadizo.
-Okay, okay, silencio todos, por favor.
Aquí tengo alguien que quiero que conozcan. Esta
es la oficial Clarice O’Leary, acaba de salir
de la Academia y es su primer día en el Precinto
así que háganla sentirse como en casa.
Clarice, busca una siento y comenzaremos con los asuntos
del día si todos me prestan su absoluta atención.
-Ven, querida. Aquí hay un asiento
desocupado -dijo Necrosis mientras clavaba sus ojos
color rubí en la novata.
-Gracias -respondió la chica.
¿Cuántos años tenía?, ¿diecinueve
con mucho?
-Soy Necrosis y este es Randall -dijo
mi compañera sin despegar la vista del cuello
de la nueva.
-¿Randall? -dijo Clarice,- ¿y
tu nombre-código?
-No lo utilizo desde hace mucho tiempo
-le contesté-. ¿Y tú no tienes
uno?
-No, en realidad.
-Ya te buscaremos uno -dijo Necrosis
posando su fría mano sobre la de la chica-, ahora
guarden silencio antes que Conrad nos eche a patadas.
Necrosis es un encanto, si no estuviese
muerta creo que sería la mujer ideal para mí...
Estoy divagando, ya es tarde y mañana
me toca trabajar. Intentaré levantarme un poco
antes para terminar esta entrada.
[publicado en NGC
3660 el 10/04/08] |